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</front><body><![CDATA[ 
	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>

	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>William B. Taylor, <i>Shrines and Miraculous Images. Religious Life in Mexico Before the Reforma</i></b></font></p>

	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>

	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Jaime Cuadriello</b></font></p>

	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>

	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Albuquerque, University of New Mexico Press, 2010</b></font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Instituto de Investigaciones Est&eacute;ticas, Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico.</i></font></p>

	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El profesor William Taylor, al inicio de su libro, ha hecho una reflexi&oacute;n autorreferencial que toca de cerca el compromiso disciplinar de los maestros con los alumnos; o con el hecho de despertar su inter&eacute;s en la investigaci&oacute;n, avivando el "&aacute;nimo de inquirir", dice, sobre todo para acercarse a las fuentes primarias. De la misma manera que un curioso empedernido detecta en los papeles una serie de voces a coro, diversas y excluyentes, que desde all&iacute; permanecen silentes y dormidas: "To study past human experience in all of these paradoxes, uncertainties, and silences".</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para empezar esta rese&ntilde;a, me atrevo a externar mi propia cita referencial. Uno de los profesores que m&aacute;s han influido en mi formaci&oacute;n, El&iacute;as Trabulse, nos dec&iacute;a en el sal&oacute;n de clase a sus disc&iacute;pulos, palabras m&aacute;s, palabras menos: "El historiador que no se enga&ntilde;e debe aceptar que lo suyo no es precisamente una cuesti&oacute;n intelectual sino que ante todo, lo que luego se llamar&aacute; vocaci&oacute;n, se basa en realidad de una pulsi&oacute;n casi instintiva: la curiosidad. Sobre la curiosidad instintiva se monta toda la arquitectura que hace a un historiador pasar por tal durante la vida profesional: en primer lugar, gracias a ella, nace el lector y su af&aacute;n de cavilar, le sucede casi siempre un bibli&oacute;filo de man&iacute;as retentivas, luego aparece el erudito (que es algo ya muy sofisticado), m&aacute;s adelante debe encontrarse con el escritor que lleva adentro y capaz de expresarse con imaginaci&oacute;n y veracidad, pero mucho m&aacute;s tarde, ya rayando la edad de los cuarenta, nace un historiador a cabalidad o en posesi&oacute;n no s&oacute;lo de su masa documental acumulada sino de la mente capaz de narrar y criticar sus propios relatos. Pero si la curiosidad un buen d&iacute;a se acaba, que en verdad se da y recibe como un don y por tal se esfuma, se derrumba todo el edificio humano, profesional e intelectual de lo que se llama un historiador profesional".</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Puedo decir que esta <i>exaempla</i> me ha seguido buena parte de mi vida como una admonici&oacute;n para evitar el descarr&iacute;o intelectual, pero s&oacute;lo en pocas ocasiones he podido constatar que el ejemplo de lograrse como un historiador encarna en una persona de carne y hueso, m&aacute;s a&uacute;n cuando consigue acreditar una trayectoria mayor y sostenida. William Taylor es uno de los pocos historiadores sobre M&eacute;xico (y por) M&eacute;xico que todav&iacute;a apuesta por la investigaci&oacute;n profunda y comprometida, creo, merced a una curiosidad insondable que lo pone continuamente frente a renovadas "small epiphanies". Ante estas revelaciones de sentido, Taylor ejerce su vocaci&oacute;n merced a una rigurosa "cr&iacute;tica constructiva" que pone a la imaginaci&oacute;n en su punto exacto pero sin cancelar la diversidad de los temas o cerrar los problemas escribiendo la &uacute;ltima palabra.</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otra parte, no todo en sus libros es investigaci&oacute;n de gabinete como pudiera pensarse: bien dice Taylor que los viajes por M&eacute;xico rompen los esquemas sobre M&eacute;xico o configuran un nuevo rompecabezas de los "many smaller Mexicos", que exigen del historiador una mirada sin&oacute;ptica, incluyente y comprensiva. As&iacute; pues, desde sus primeros estudios, nuestro autor ha visto a los indios como agentes en activo, maestros en litigar; luego a sus p&aacute;rrocos como intermediarios entre una autoridad omnipotente e invisible, situados entre lo sagrado y lo profano. En una etapa accidentada de su vida, Taylor se top&oacute; con la cultura material de las comunidades ind&iacute;genas y sus parroquias y as&iacute;, ante sus ojos &#45;y el lente de su c&aacute;mara de diapositivas&#45;, qued&oacute; atrapada una gran cantidad de im&aacute;genes de edificios, conjuntos ruinosos, esculturas y retablos desvencijados, pinturas empolvadas y artefactos de uso lit&uacute;rgico que hac&iacute;an m&aacute;s complejo el rompecabezas que deseaba armar: "My curiosity about reception and changes in the history of church and religi&oacute;n has taken me further into material culture".</font></p>

	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">***</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El culto sagrado se entiende como un fen&oacute;meno de representaci&oacute;n social, centrado en la representaci&oacute;n visual de las im&aacute;genes, o una manifestaci&oacute;n sensible de la fe que establece una sinergia entre los actos de ense&ntilde;ar, deleitar y conmover. As&iacute;, los devotos entend&iacute;an que las im&aacute;genes eran "signs of divine presence or focal points of that presence". Incluso, eran vistas, conforme a la tradici&oacute;n bizantina de las im&aacute;genes <i>acheropoietas</i> o <i>non manufactas:</i> "were attributed to divine inspiration , if not direct divine intervention"; por lo tanto, un "vital medium" entre lo personal y lo colectivo. En ellas a&uacute;n se palpaba su ancestral poder de protecci&oacute;n y el aseguramiento del territorio o en el radio de los santuarios y en la vida cotidiana de la poblaci&oacute;n. Todo esto, efectivamente, reconfiguraban las dilatadas "geographies of faith". En esta realidad <i>suigeneris,</i> que implica moverse en el plano de la "realidad interior", interviene este nuevo libro de Taylor explorando la emisi&oacute;n y recepci&oacute;n de las im&aacute;genes sagradas. Una tarea nada f&aacute;cil cuando la ausencia de testimonios de primera mano se hace m&aacute;s evidente, ya que hay poca documentaci&oacute;n que consigne las reacciones del p&uacute;blico, las intenciones reales de los promotores y la funcionalidad precisa que ten&iacute;an las esculturas o pinturas. No es sencillo conocer el uso y abuso de una pastoral tridentina que "mueve a la fe" por medio de objetos sensibles, entre tiempos dilatados y lugares remotos y explicar, as&iacute;, las razones &uacute;ltimas, digamos extra teol&oacute;gicas, que los grupos esgrim&iacute;an para representarse como un factor de poder, "or how history, art, religion and geography intersect".</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El an&aacute;lisis del origen e historia de los santuarios de la Nueva Espa&ntilde;a y de sus bases sociales implica para el investigador, pues, una rutina de trabajo por dem&aacute;s pesada y minuciosa, que casi nadie se atreve a echarse a cuestas (menos todav&iacute;a en un terreno donde todo mundo opina sobre los significados pero pocos acarrean nuevos datos para sostenerlos o criticarlos). Taylor, con gran empe&ntilde;o, ya lleva diez a&ntilde;os en el asunto y no s&oacute;lo ha hecho enormes contribuciones cuantitativas sino que contrasta y refuta los esquemas dicot&oacute;micos con argumentos dial&eacute;cticos. Por ejemplo, se&ntilde;alar los dimes y diretes <i>versus</i> criollos y gachupines, indios y espa&ntilde;oles, ladinos y castas. Se trata adem&aacute;s de una investigaci&oacute;n compleja y cuesta arriba no s&oacute;lo por el nivel inferencial de nuestras informaciones, desbrozado algo de verdad entre el mito y las pr&aacute;cticas humanas, sino por la ingente pesquisa documental que representa dar seguimiento puntual a los actores y sus circunstancias, siempre evasivos, casi siempre indocumentados. Se trata de "episodios" dif&iacute;ciles de penetrar en su intencionalidad para establecer un criterio de verdad propiamente hist&oacute;rico. Bien dice Taylor que en esta cuesta todos empujamos una piedra de S&iacute;sifo que al cabo de sus vueltas y revueltas nos deja a menudo en el punto de partida o lo que es lo mismo en la inicial ignorancia.</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otra parte, los historiadores de "la geograf&iacute;a de la fe" no aspiramos a escribir una <i>magnum opus</i> sin reconocer siempre el valor de la monograf&iacute;a de caso; aunque suene quijotesco este desaf&iacute;o no hay que confiarse a la autoridad de un historiador maduro y consagrado. Pero hay tambi&eacute;n una parte placentera en este af&aacute;n ingrato desde el momento en que la investigaci&oacute;n se ve obligada a dise&ntilde;ar sus nuevas estrategias y, m&aacute;s a&uacute;n, cuando el beneficio de los resultados se comparte con alumnos y colegas. Por eso, el autor ha predicado con el ejemplo y ense&ntilde;a a los historiadores j&oacute;venes que nunca es tiempo de tirar la toalla para un investigador curioso, el cual, si su vanidad no lo impide, alg&uacute;n d&iacute;a se har&aacute; pasar por historiador a cabalidad, ya que siempre habr&aacute; misterios para despejar: "mysteries and doubts have kept me in the archive and at my desk".</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tan s&oacute;lo as&iacute;, cargando y regresando la piedra de S&iacute;sifo, se pueden corregir o negar afirmaciones generales extralimitadas, que se han venido repitiendo en la historiograf&iacute;a como un clich&eacute; culturalista o esencialista de identidades bajo sospecha. Por ejemplo, si bien la Virgen de Guadalupe tuvo un papel pol&iacute;ticamente unificador solo hasta la segunda mitad del siglo XVIII (permaneciendo antes como un culto local), no se puede seguir diciendo que fue desde origen "una madre com&uacute;n" ante la orfandad de la conquista (en una infortunada expresi&oacute;n de Octavio Paz), o un "invento netamente mexicano" (seg&uacute;n la pluma de Francisco De la Maza). Mucho menos que su santuario era el punto cardinal de la evangelizaci&oacute;n, ya que la romer&iacute;a como una pr&aacute;ctica total o de peregrinaci&oacute;n masiva y distante fue un fen&oacute;meno que ocurri&oacute; hasta bien entrado el siglo XIX. Cada provincia de la Nueva Espa&ntilde;a, desde mucho antes, desarroll&oacute; sus propias narrativas devocionales merced a sus peculiares intereses, jurando patrocinios regionales y alzando sus santuarios con sentido de apropiaci&oacute;n urbana o rural. La misma Guadalupana fue el envase de distintas historias e intereses al paso del tiempo todav&iacute;a por esclarecer: desde sus a&ntilde;os originales como una defensa americana del misterio de la Inmaculada Concepci&oacute;n, de acuerdo con la pol&iacute;tica piadosa del obispo Mont&uacute;far, pasando por el sentimiento de distinci&oacute;n criolla del barroco de mediados del siglo XVII, sin desconocer jam&aacute;s su liga con la agenda de la hispanidad, incluso en medio de la guerra de emancipaci&oacute;n. Qu&eacute; decir acerca de sus desconocidos or&iacute;genes como s&iacute;mbolo de identidad racial que sin embargo se prolongan hasta nuestros d&iacute;as en su papel de "morenita del Tepeyac".</font></p>

	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay que admitir que coexisten las paradojas de origen en una sola devoci&oacute;n, que oscilan entre lo subversivo o lo pol&iacute;ticamente correcto: "The image of Guadalupe had a thousand meanings, but not a thousand faces". Por eso quiz&aacute;s la potencia e inmanencia de su culto o arraigo popular de tan larga duraci&oacute;n: es una imagen que queda al paso del tiempo ha sido apropiada, expropiada y rescatada por individuos, comunidades y poderes.</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una suerte de "duda met&oacute;dica" aparece y reaparece en estos ensayos reunidos por Taylor, cada vez que el universo de lo sagrado toca el problema de su relaci&oacute;n con las clases sociales, la tipolog&iacute;a de las razas o la ideolog&iacute;a de patria y naci&oacute;n; ya que a los historiadores siempre nos ha parecido irresistible asociar determinada pr&aacute;ctica cultural a un grupo en espec&iacute;fico, comunidad o corporaci&oacute;n colonial sin detenernos a examinar, repito, sus paradojas o coexistencias. Incluso, el oportunismo de los discursos empleados o la simple ret&oacute;rica de sus expresiones, muchas veces vanas, esquem&aacute;ticas o despojadas de un significado preciso y circunstancial. Por ejemplo, la tibieza del ayuntamiento de M&eacute;xico o del virrey por hacer efectiva la jura o declaraci&oacute;n de la Virgen de los Remedios como "generala del ej&eacute;rcito realista" tiene que ver con tantos problemas de intencionalidad que es dif&iacute;cil decidirse por una sola causa o factor, ya que van desde las circunstancias y atribuciones de la propia autoridad en un momento de crisis (que adem&aacute;s no sabe contener el enfado de algunos prohispanistas de la &eacute;lite), hasta las normativas y costumbres institucionales de frente al celo de la monarqu&iacute;a (creo que esta es la raz&oacute;n de su fracaso como bandera de la contrainsurgencia).</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otro lado all&iacute; se mantienen soterrados otros significados de larga duraci&oacute;n que con buena intuici&oacute;n se pueden reconocer en la romer&iacute;a de este culto. No deja de ser sorprendente, en medio de esta paradoja de intenciones, que esta devoci&oacute;n se mantiene hasta nuestros d&iacute;as como un enclave de fiesta para algunos grupos otom&iacute;es (los grandes aliados en la guerra chichimeca del siglo XVI); m&aacute;s a&uacute;n que este santuario est&aacute; fuera de su territorio &eacute;tnico y hoy Naucalpan es un territorio irreconocible, estrangulado totalmente por la mancha urbana de la ciudad de M&eacute;xico. Pues hasta all&iacute; todav&iacute;a se desplazan actualmente las comunidades de Hidalgo, Tepeji o Jilotepec para venerar a su antigua <i>socia belli</i> o gran aliada de la Conquista. Este dato etnogr&aacute;fico parece desconcertante o al menos tambi&eacute;n requiere una pesquisa m&aacute;s aguzada.</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De hecho, bien hace Taylor en distinguir los dos eventos paralit&uacute;rgicos que se supone giraban en torno a los santuarios y a las im&aacute;genes milagrosas: la vida procesional urbana, con su calzadas extramuros con un radio muy determinado de audiencia, y las peregrinaciones o grandes desplazamientos masivos al uso medieval, en medio de las crisis o desastres o los reclamos, potencialmente peligrosos, de los despose&iacute;dos. Quiz&aacute;s haya que preguntarnos, tal como sugiere nuestro autor, por una pr&aacute;ctica intermedia que en efecto congregaba a la poblaci&oacute;n aut&oacute;ctona: la llamada fiesta de los indios o en un d&iacute;a de romer&iacute;a exclusiva para ellos (que para el caso de Guadalupe ca&iacute;a en septiembre en la fiesta de San Miguel, patrono del cerro) y en donde los caciques y mandones congregaban a sus bases de la comarca o al menos a las comunidades circunvecinas por una ancestral costumbre de mayordom&iacute;a rotativa, ligada al <i>tequio</i> y al control de sus macehuales. Era en efecto una festividad desbordada propia de su rep&uacute;blica que preocupaba constantemente a los capellanes y al mismo cabildo de la Colegiata de Guadalupe, sobre todo a la hora de recolectar las limosnas con los platos petitorios en mano fijados en cada sitio de veneraci&oacute;n. De hecho, este evento anual acababa siendo la expresi&oacute;n cumbre de otros muchos que ten&iacute;an lugar a lo largo del a&ntilde;o mediante la tradici&oacute;n de itinerar las im&aacute;genes "peregrinas" suced&aacute;neas o r&eacute;plicas, mediante las licencias concedidas a los "demandantes" o la de los mayordomos limosneros que con o sin permiso diocesano sacaba la imagen "de la demanda" (una r&eacute;plica para recabar limosnas). Lo cual era en efecto el mecanismo mediante el que se ampliaban los circuitos de las devociones y crec&iacute;a el radio de los santuarios. Se trataba de redes o interconexiones que no dejan de sorprendernos, ahora en d&iacute;a inclusive, ya que sin duda esto suced&iacute;a en el &aacute;mbito de las &eacute;lites ind&iacute;genas que se desplazaban minoritariamente para reforzar sus batallas jur&iacute;dicas o sus mercados interregionales. C&oacute;mo explicar, por ejemplo, que en el convento de las monjas cacicas de Valladolid (hoy Morelia) se conserva todav&iacute;a un retablo y cofrad&iacute;a de la Virgen de Cosamaloapan, devoci&oacute;n procedente desde el sotavento de Veracruz; o que los mayordomos de la tlaxcalteca Virgen de Ocotl&aacute;n se desplazaran hasta la Mixteca Alta para recabar limosnas, y para reclutar a sus devotos de otras lenguas y costumbres.</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En medio de esta diversidad expresiva palpable en los cultos de Remedios y Guadalupe no puede decirse que hay un fen&oacute;meno a parteaguas de disyuntiva social. Despu&eacute;s de lo escrito por Taylor, no hay precisamente un teatro de antagonismo ideol&oacute;gico (ni mucho menos motivos para alzarse en lucha), pero s&iacute; hay que reconocer que, vistos ambos cultos en procesos de larga duraci&oacute;n, acumulaban significados a veces divergentes, a veces confluyentes, pero sin duda propios y distintivos de su amplia o peculiar convocatoria social. M&aacute;s a&uacute;n, significaciones m&uacute;ltiples que no se entienden sin conocer el estatuto de las corporaciones que los promueven (no es los mismo el cabildo de catedral que el cabildo de la ciudad) y, sobre todo, merced a los intereses coyunturales que por momentos se pon&iacute;an en juego. V&eacute;ase la din&aacute;mica entre Naucalpan y el Tepeyac: son complementarias para controlar los excesos o la escasez del agua en la ciudad o para combatir a los enemigos de la monarqu&iacute;a durante las guerras europeas, pero son totalmente dis&iacute;mbolas en la escala de su estatus sagrado y cultual, ya que una fue "tra&iacute;da y hallada", y la otra "aparecida y estampada". En realidad, la narrativa nacionalista del siglo XIX y el XX quiso mirar en ambos cultos una toma de partido excluyente si no es que irreductible y, tal como sostiene el autor, las verdaderas batallas ten&iacute;an lugar muy lejos de la ciudad de M&eacute;xico como para que los santuarios fueran en realidad teatros de filias y fobias sociales. Esta toma de partido s&oacute;lo puede acreditarse hasta que el Congreso mexicano en 1822 &#45;y la creaci&oacute;n de la Orden de Guadalupe por el emperador Iturbide&#45;, configuran p&uacute;blicamente un acto de estado. No s&oacute;lo los diputados decretaron a la Guadalupana como "verdadera emancipadora de la naci&oacute;n mexicana", sino que el caudillo hizo lo propio. As&iacute;, la clase dirigente nacional asumi&oacute; una pol&iacute;tica oficial de culto con el prop&oacute;sito de plegar a la sociedad a reconocer s&iacute;mbolos comunes o generar el concepto de mexicanidad, venido desde la religiosidad, mediante un pronunciamiento colectivo. De tal manera ocurre el consecuente olvido oficial &#45;que no detracci&oacute;n&#45;, del patronato de Remedios sobre la ciudad de M&eacute;xico.</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las juras de los patronatos marianos habidas sobre todo en el siglo XVIII, &eacute;stas s&iacute;, transfirieron buena parte de su peso jur&iacute;dico y votivo a las proclamaciones de lealtad realista, insurgente y nacional, al menos en el orden imaginario del s&uacute;bdito que apelaba a identificar el reino y su territorio en la imagen de la Virgen de Guadalupe, representante y depositaria del voto de sus ciudades y villas, corporaciones y pueblos. Esto es lo que vemos tanto en la banderas insurgentes como en el evento de Tamazulapam, Oaxaca, sucedido a tres meses del grito de 1810, narrado por Taylor, cuando el retrato del rey y de la Virgen de Guadalupe fueron igualmente vitoreados en un acto de reafirmaci&oacute;n hispanista y lealtad a la corona.</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hablemos aqu&iacute;, m&aacute;s bien, de apropiaciones progresivas y retroactivas, de suyo siempre resemantizadas pero sumamente vitales para que los grupos ind&iacute;genas o criollos, tal como suced&iacute;a desde finales del siglo XVI, quedaran como depositarios "leg&iacute;timos" de una memoria originaria y compartida; por lo tanto, sus m&aacute;s efectivos e interesados transmisores en medio de una sociedad mayoritariamente no letrada (no importa que fuese fabricada a modo). Hay que preguntarse, por poner un caso, cu&aacute;l lleg&oacute; a ser el papel de la nobleza ind&iacute;gena de Tacuba (precisamente en la jurisdicci&oacute;n de los Remedios) que financi&oacute; la apertura del Colegio de San Gregorio en la d&eacute;cada de 1580 ingresando all&iacute; como &eacute;lite privilegiada y con acceso a la tradici&oacute;n mariof&aacute;nica; as&iacute;, entre el teatro y la ret&oacute;rica de los jesuitas y el argumento de sus fiestas reescritas en los mitotes (como un mecanismo de transmisi&oacute;n oral del pasado), la nobleza culta qued&oacute; como "el" factor&#45;autor en el origen del culto. Incluso, mediante la figura del indio Juan Tovar &#45;uno de sus representantes y protagonista, all&iacute; beneficiado por las mariofan&iacute;as&#45;, como el grupo nobiliario m&aacute;s leg&iacute;timo para desempe&ntilde;arse como agente de la propagaci&oacute;n (o del imparable "contagio social", como le gusta decir a Taylor, siguiendo a Emile Durkheim).</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un contagio social que se hac&iacute;a patente en los milagros y portentos. Por un lado, hay que valorar las pr&aacute;cticas de "maravillosismo" que interesan a la jerarqu&iacute;a de Trento &#45;y que eran prueba de que la fe era un ente viviente y verdadero&#45;, pero que tambi&eacute;n le inquietan y perturban y para ello pone a andar sus mecanismos de control y prohibici&oacute;n cuando hab&iacute;a excesos, superstici&oacute;n o imposturas. Aunque, en la generalidad de los casos, todo se miraba con disimulo y las informaciones jur&iacute;dicas casi nunca se efectuaban o quedaban archivadas dejando a que la tradici&oacute;n piadosa sostenida, y no impugnada, hiciera su parte para acreditar el prestigio de los santuarios. Al cabo, los relatos fundacionales quedaban como patrimonio de la "publica voz y fama", sustentada en tradici&oacute;n oral y en los ciclos pict&oacute;ricos expuestos que incluso hac&iacute;an las veces de "pruebas en derecho".</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo mismo aqu&iacute; cabe considerar el valor concedido a la reproducci&oacute;n de la <i>vera efigie,</i> aquellas copias que de cada imagen se sacaban por mano de los pintores m&aacute;s expertos con las medidas "arregladas al original" y hechas por petici&oacute;n personal o colectiva. Ya no s&oacute;lo como un mecanismo de reemplazo afectivo, para zanjar mentalmente las distancias entre el devoto y el santuario, sino como verdaderas presencias "inmanentes" que participaban o guardaban un principio con su original y, en eso mismo, adquir&iacute;an el estatuto de objetos sagrados y apotropaicos (para alejar el mal). Por algo la inmanencia es el concepto sobre el estatuto de la imagen colonial que Taylor sostiene a lo largo de sus distintas aproximaciones. Me parece, en verdad, que se trata de una aportaci&oacute;n que define muy bien tanto la mirada de los cl&eacute;rigos, frailes y devotos ante la materialidad como el significado trascendental que aplican a sus im&aacute;genes. La inmanencia es un valor agregado a una representaci&oacute;n ya que es inherente a su prototipo y de alg&uacute;n modo le queda unido; es m&aacute;s, se dice inseparable a su esencia, aunque racionalmente cada persona si se lo propone puede distinguir entre esta &uacute;ltima y lo que f&iacute;sicamente contempla.</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por eso mismo es frecuente la oposici&oacute;n de las comunidades a que las esculturas de la Virgen o los santos abandonen sus tabern&aacute;culos y peor a&uacute;n cuando son robadas o secuestradas, como los varios casos rese&ntilde;ados en este libro. Las im&aacute;genes no se mueven m&aacute;s all&aacute; de su traza procesional, como hasta ahora, porque bien se sabe que son una suerte de <i>axis mundi</i> estabilizadores y, sobre todo, copart&iacute;cipes de sus prototipos. Como dice Taylor: "Clearly, the images at the heart of the action were more than object or 'representations'. But how so? Why were they so important to so wide a range of people of different class, caste and ethnicity? How was their vitality understood and nurtured How did they connect this world of direct experience to imagines world beyond? The idea of immanence, of divine presence, might seem a key to how the potency of a particular image was understood, but that present could not simply be summoned at will like the djinn of Aladdin's lamp. Presence was God's will. Yet images &#45;some more than the others&#45; were bridges to the sacred, their allure a 'sweet magnets souls' coaxing feelings of awe and contrition so pleasing to God that devout believers might be admitted, briefly, in to the divine presence".</font></p>

	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si la norma tridentina sosten&iacute;a y promov&iacute;a el papel edificante y evangelizador de las im&aacute;genes, como predicadores mudos o para acercar al vulgo a la doctrina, la pol&iacute;tica real de la imagen fue bien distinta o m&aacute;s bien ambivalente. Por ejemplo, las evidentes faltas de decoro al vestirlas "conforme al siglo" o el hecho de suponer que la belleza de la representaci&oacute;n era un indicador de lo inefable o incluso equiparable a su perfecci&oacute;n celestial. As&iacute; tambi&eacute;n las pervivencias de la cosmovisi&oacute;n antigua, incrustada en la ritualidad y la inevitable sinestesia, hicieron lo suyo en el terreno de las pr&aacute;cticas del poder y el contrapoder. Los patrones de representaci&oacute;n de lo sagrado que sistematiza y periodiza el libro de Taylor me parecen muy &uacute;tiles y practicables, ya que no s&oacute;lo complejizan su estatuto sino que muestran un poder insospechado. Desde las hierofan&iacute;as de conquista hasta los accidentes y anomal&iacute;as culturales, de la negaci&oacute;n hasta la aceptaci&oacute;n de la cr&oacute;nica franciscana, o en medio de la tolerancia del clero a los <i>santocallis</i> u oratorios ind&iacute;genas (que Palafox defend&iacute;a) hasta las activaciones de las im&aacute;genes (que sudan, sangran, se renuevan o cambian de postura). Todo esto ciertamente perturbaba al vulgo y alarmaba a la alta jerarqu&iacute;a borb&oacute;nica. Pi&eacute;nsese no s&oacute;lo en aquellas figuras en que la Virgen quedaba vestida de manera cortesana o escotada sino aquellas pocas que llamaban a la subversi&oacute;n, como la Virgen chiapaneca de Cancuc, o las cruces prof&eacute;ticas que hablaban como or&aacute;culos mesi&aacute;nicos y cuya vida se prolong&oacute; hasta el siglo XIX (como durante la guerra de castas yucateca). Ya fuera la rebeli&oacute;n o la indecencia, la conculcaci&oacute;n o censura, o la confiscaci&oacute;n de sus reproducciones gr&aacute;ficas, la iconoclasia ilustrada no acab&oacute; con la subcultura de la imagen poderosa y, a su modo, permaneci&oacute; actuante y viviente entre las comunidades. Una de las provocaciones del libro de Taylor est&aacute; en el propio subt&iacute;tulo: <i>Religious life in M&eacute;xico before the Reforma.</i> En otras palabras, la pervivencia del antiguo r&eacute;gimen en medio de una modernidad escindida.</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">M&aacute;s que una pastoral bien o mal dirigida sobre la "cultura de la visiones", sin duda debe hablarse en t&eacute;rminos antropol&oacute;gicos de un <i>ethos</i> propio del poder eclesial pero tambi&eacute;n del correspondiente contrapoder que pueden adquirir los fieles; al cabo, quienes administran el territorio de lo sagrado &#45;o son los intermediarios exclusivos con la dimensi&oacute;n numinosa de lo <i>tremendum</i> (como pensaba Otto Rank)&#45; necesitan forzosamente de una interacci&oacute;n situada en dos bandos. El ejercicio del poder es antes que nada un acto simb&oacute;lico que s&oacute;lo funciona si se acata como lenguaje y discurso y precisamente en su contestaci&oacute;n &#45;y luego la subversi&oacute;n&#45;, empiezan las fronteras del contrapoder. El poder de una imagen, nos recuerda David Freedberg, no reside en la imagen en s&iacute; misma sino en aqu&eacute;l individuo o grupo que la activa y la presenta como un artefacto investido de propiedades te&uacute;rgicas. Pero para que tenga lugar este funcionamiento del objeto te&uacute;rgico se requiere del consentimiento de ambas partes; s&oacute;lo as&iacute; la imagen adquiere del estatuto de un <i>agency</i> o un concitador social (como la define Alfred Gell) o "the main bridge" como dice Taylor.</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando el todopoderoso arzobispo Lorenzana quiso abolir el culto jesu&iacute;tico de Nuestra Se&ntilde;ora de la Luz durante el IV Concilio de 1771, por sus incorrecciones teol&oacute;gicas y desprop&oacute;sitos de decoro (como el hecho de que la Virgen por propia mano saca a las almas de la boca del infierno), su principal oponente fue el can&oacute;nigo criollo Cayetano Antonio de Torres. Este disc&iacute;pulo de los jesuitas exiliados us&oacute; h&aacute;bilmente los recursos de la ret&oacute;rica como mecanismo de contrapoder o m&aacute;s bien asumi&oacute; una suerte de <i>ethos</i> criollo consustancial al contrapoder: la disimulaci&oacute;n. Las im&aacute;genes de la Virgen no deb&iacute;an ni siquiera censurarse con borrar al drag&oacute;n, ya que el punto de vista del espectador, basado en la ambig&uuml;edad, no dejaba claro si el alma era rescatada de su inapelable condenaci&oacute;n o si simplemente la Virgen imped&iacute;a que cayera irremediablemente entre las llamas. El asunto all&iacute; qued&oacute;: entonces era m&aacute;s escandaloso extirpar la devoci&oacute;n que atender a las nimiedades teol&oacute;gicas de los filojansenistas. Todo depend&iacute;a, pues, de la mirada de un vaso medio lleno o medio vac&iacute;o.</font></p>

	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">***</font></p>

	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para terminar quisiera relatar aqu&iacute; una experiencia tambi&eacute;n autorreferencial aunque reciente: a finales del a&ntilde;o pasado lleve a mi nana otom&iacute;, o segunda madre que me acompa&ntilde;&oacute; 48 a&ntilde;os de mi vida, a su pueblo natal para instalarla definitivamente entre los suyos, pasando el Mezquital y justo donde empieza lo m&aacute;s escarpado de la Sierra Gorda hidalguense. Cruzamos por el santuario de Mapeth&eacute; vecino al mineral del Cardonal, prodigioso y violento escenario del famoso Cristo Renovado. Se trata de un emotivo lugar que se ha mantenido encapsulado al paso del tiempo con sus fervientes devotos, sus pinturas y retablos originales. Una familia rezaba y cantaba recogidamente en su lengua <i>&ntilde;a&ntilde;hu</i> con vela en mano y sentados en las baldosas del piso o m&aacute;s bien se escuchaban murmullos en falsete. Nosotros tambi&eacute;n nos encomendamos al Cristo (sustituto del original) y pedimos que Marianita quedara bien protegida ahora que vivir&aacute; en su lugar de origen, rodeada de sus familiares y fuera de la ciudad de M&eacute;xico, y desde luego dimos gracias por su merecida jubilaci&oacute;n (para m&iacute; toda una vida impagable en esta vida). Al proseguir por la carretera me cont&oacute; que sus padres durante los d&iacute;as de la fiesta, hacia los a&ntilde;os cincuenta del siglo XX, caminaban dos jornadas desde su pueblo para venir a venerar al Cristo y as&iacute; pagaban sus mandas anuales. A su regreso, los se&ntilde;ores llegaban cargados de dulces para los ni&ntilde;os y con sendos y coloridos listones portados al cuello, que tambi&eacute;n impon&iacute;an a sus hijos como un mecanismo de protecci&oacute;n: las cintas conten&iacute;an las medidas exactas de la imagen y, de esa manera, los menores de edad participaban de los beneficios del original, precisamente del poder de una inmanencia que asum&iacute;an a la distancia. Marianita concluy&oacute; que siempre hab&iacute;a estado cerca del Cristo y que de ahora en adelante lo estar&iacute;a mucho m&aacute;s. Yo, que hacia quince a&ntilde;os all&iacute; mismo hab&iacute;a promovido entre los mayordomos la restauraci&oacute;n de las pinturas que cuentan la historia de la prodigiosa "renovaci&oacute;n", me felicitaba de saber ahora todo, o casi todo, sobre las venturas y desventuras del Cristo gracias a uno de los m&aacute;s apasionantes art&iacute;culos del profesor William Taylor. En esto, esc&eacute;pticos o no, Bill y yo, enfermos cr&oacute;nicos aquejados de curiosidad, creo, desempe&ntilde;amos en tiempo y lugar nuestro correspondiente papel de "custodios humanos". O de guardianes de la memoria en la dimensi&oacute;n de lo sobrenatural, que aparentemente contradice lo racional, o situados en medio de un mundo en que todav&iacute;a el pasado se hace m&aacute;s presente de lo que com&uacute;nmente imaginamos.</font></p>
     ]]></body>
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