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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Homenaje</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Una conversaci&oacute;n p&uacute;blica</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Mina Ram&iacute;rez Montes</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Instituto de Investigaciones Est&eacute;ticas, UNAM</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Xavier, hace veinti&uacute;n a&ntilde;os que nos encontramos por primera vez. Asistimos a una junta del Instituto de Investigaciones Est&eacute;ticas, a la que fuimos convocados todos los acad&eacute;micos. Me dio tanto gusto ver reunidas a las personalidades del mundo de la historia del arte. A la mayor&iacute;a las conoc&iacute;a de nombre porque hab&iacute;a le&iacute;do algo salido de sus plumas, me fij&eacute; en ellas como se fija una en los compa&ntilde;eros de escuela que est&aacute;n en los grados superiores. Al terminar te presentaste conmigo en el elevador, con la caballerosidad que siempre te caracteriz&oacute;. Soy Xavier Moyss&eacute;n, dijiste, y usted &iquest;c&oacute;mo se llama?, la he visto por aqu&iacute;. Te refer&iacute;as a los pasillos del 6&deg; piso de la Torre de Humanidades I, donde ambos ten&iacute;amos nuestro cub&iacute;culo. De inmediato te di mis generales, sin dejar de mencionar mi actividad en Est&eacute;ticas. As&iacute; comenz&oacute; nuestra amistad, as&iacute; fue como me impulsaste en el arte virreinal y me acercaste al arte contempor&aacute;neo aunque, valga decirlo, no pas&eacute; de los grandes muralistas mexicanos, pero los conoc&iacute; contigo, con tus explicaciones en una de las aulas del posgrado de la Facultad de Filosof&iacute;a y Letras. Llegabas antes de la hora fijada para la clase y, cuando terminabas de escribir en el pizarr&oacute;n la bibliograf&iacute;a del tema, te paseabas por el corredor en espera de los alumnos. Nunca fuimos m&aacute;s de diez, por lo que aprendimos mucho, ya que en el tiempo de la clase todos pod&iacute;amos expresarnos y hacer preguntas. Despu&eacute;s de hablar del artista, nunca faltaron las diapositivas de sus obras. Siempre le&iacute;as con cuidado y atenci&oacute;n los trabajos de tus disc&iacute;pulos, y pon&iacute;as notas en ellos, que eran discutidas despu&eacute;s con cada uno.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un d&iacute;a me contaste que, antes de ingresar a la Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico, fuiste miembro de la Compa&ntilde;&iacute;a de Luz y Fuerza del Centro; curiosamente, estuviste como gerente de la sucursal de Polanco donde pagaba mi recibo. Como yo tambi&eacute;n tuve cercan&iacute;a con esa Compa&ntilde;&iacute;a, decid&iacute; estudiar, para uno de los trabajos del curso, el mural de Siqueiros del Sindicato Mexicano de Electricistas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En otra ocasi&oacute;n me toc&oacute; ir a Guadalajara y encontr&eacute; en el Museo Regional las pinturas de Jos&eacute; Luis Figueroa, compa&ntilde;ero de Siqueiros en Jalisco. Record&eacute; entonces que nos hab&iacute;as hablado de su vida y de sus obras y que hab&iacute;as mencionado que ese pintor promet&iacute;a mucho, que su estilo parec&iacute;a adelantarse a su &eacute;poca y que, tal vez la pol&iacute;tica lo alej&oacute; del arte. Estando en el museo y al ver su autorretrato de juventud, reconoc&iacute; algunos rasgos de su fisonom&iacute;a y me di cuenta de que yo hab&iacute;a tenido una gran cercan&iacute;a con ese artista, porque &eacute;l fue director de la escuela secundaria donde comenc&eacute; a dar clases de historia. Juntos lo fuimos a entrevistar; a&uacute;n dirig&iacute;a aquel plantel educativo de Iztapalapa, a pesar de sus 85 o 90 a&ntilde;os. Nos atendi&oacute; con mucho gusto, se sinti&oacute; muy halagado y record&oacute; algo de sus tiempos. Despu&eacute;s... me fui a Espa&ntilde;a, interrump&iacute; los cursos de maestr&iacute;a y fue entonces cuando me pediste que practicara la comunicaci&oacute;n epistolar, lo cual har&iacute;a que mi pluma se soltase, que viera mucho arte, que educara mi vista en aquel pa&iacute;s que por donde mires lo encuentras. Radiqu&eacute; en Sevilla para investigar en el Archivo de Indias. Un d&iacute;a, comprend&iacute; lo que era la integraci&oacute;n pl&aacute;stica de la que t&uacute; hablabas en clase, al conocer el interior del templo del Hospital de la Caridad, donde la arquitectura, la escultura y la pintura armonizan espl&eacute;ndidamente. En mis cartas te hablaba de los impactos que recib&iacute;a mi retina al admirar los monumentos y de la emoci&oacute;n que me produc&iacute;a el quehacer archiv&iacute;stico. Recuerdo que te sent&iacute; entusiasmado cuando te contaba de los documentos que iba encontrando de las catedrales de Michoac&aacute;n, de la segunda en P&aacute;tzcuaro y de la tercera en Valladolid. Entonces supe que eras vallisoletano. Me enviabas bibliograf&iacute;a que le&iacute;a en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos o en el Laboratorio de Arte. Tambi&eacute;n debo reclamarte porque escrib&iacute;as poco y porque estuviste a punto de lograr que yo me desanimara. A mi regreso me encaminaste en la tesis de maestr&iacute;a, fuiste mi director espont&aacute;neo, y yo me dej&eacute; conducir. Tan r&aacute;pido la termin&eacute;, que en un a&ntilde;o y medio ya hab&iacute;a obtenido mi t&iacute;tulo y el texto &iacute;ntegro, prologado por ti, se convirti&oacute; en el libro <i>La catedral de Vasco de Quiroga.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como editor que fuiste de la revista <i>Anales del Instituto de Investigaciones Est&eacute;ticas,</i> me invitaste a colaborar en ella; recuerdo bien los dolores de cabeza que sufr&iacute; con mi primer art&iacute;culo, pues eras muy duro y no aceptabas cualquier cosa. &iexcl;Me alegro!, ya que eso nos sirvi&oacute; a todos. El segundo art&iacute;culo fue m&aacute;s f&aacute;cil y el tercero m&aacute;s todav&iacute;a, hasta que llegamos a <i>Anales</i> n&uacute;mero 60, y t&uacute;, cansado y un tanto desanimado, renunciaste a la coordinaci&oacute;n de la revista. La verdad es que muchos te extra&ntilde;amos; pero, claro, todos los cap&iacute;tulos se cierran, todas las &eacute;pocas terminan, y todo cambia, para bien o para mal, y a cualquiera nos cuesta trabajo aceptarlo. La fuerza de la costumbre es poderosa, tan poderosa, que hoy no puedo acostumbrarme a ir al segundo piso y no encontrarte, a no verte m&aacute;s por los pasillos del Instituto, a resignarme a que hoy s&oacute;lo me quedan tu ejemplo y tus ense&ntilde;anzas. Gracias, Xavier, por conducirnos a muchos por este sendero; a veces tropezamos, pero tu luz es un faro que nos ayuda a rectificar, para proseguir luego por el camino de la historia y del arte.</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v23n78/a4im1.jpg"></font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Gracias a ustedes por leer esta &uacute;ltima conversaci&oacute;n.</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="right"><font face="verdana" size="2">Ciudad de M&eacute;xico, a 5 de septiembre de 2001.</font></p>      ]]></body>
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