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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El Tratado McLane-Ocampo: La comunicación interoceánica y el libre comercio]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Bibliograf&iacute;a</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Galeana, Patricia, <i>El Tratado McLane&#45;Ocampo. La comunicaci&oacute;n interoce&aacute;nica y el libre comercio</i></b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Ricardo M&eacute;ndez&#45;Silva*</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, UNAM&#45;Porr&uacute;a, 2005, 515 pp.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>* Investigador en el Instituto de Investigaciones Jur&iacute;dicas de la UNAM.</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De Patricia Galeana es justo decir que es una mujer infatigable en la aplicaci&oacute;n de su talento a las actividades acad&eacute;micas de la profesi&oacute;n de historiadora e igualmente en la defensa de las causas de la mujer. Asimismo debe destacarse que el libro aparece publicado conjuntamente por dos casas editoriales de incuestionable prestigio, la Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico, a trav&eacute;s del Centro de Investigaciones sobre Am&eacute;rica del Norte, y la Editorial Porr&uacute;a.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El tema que encara Patricia Galeana de manera docta y aguda ha estado cubierto de sombras y prejuicios. los conservadores presentan el Tratado McLane&#45;Ocampo como prueba de las traiciones de Benito Ju&aacute;rez con el fin de socavar su papel hist&oacute;rico en la construcci&oacute;n definitiva de la naci&oacute;n. En el otro extremo, quienes guardan lealtad al legado juarista le sacan la vuelta al episodio y con argumentos endebles intentan justificar la firma del instrumento a cambio del reconocimiento de Washington en medio del fragor de una guerra en la que ambos bandos, el de los conservadores y el de los liberales, persegu&iacute;an apuntalar el rumbo ideol&oacute;gico del pa&iacute;s. Es en mi opini&oacute;n un falso debate, pues a casi siglo y medio de distancia resulta ocioso condenar o absolver a Ju&aacute;rez y a su negociador Melchor Ocampo; m&aacute;s bien debemos tratar de explicarnos lo acontecido en ese momento neur&aacute;lgico de nuestra historia, m&aacute;s all&aacute; de preferencias pol&iacute;ticas. Dec&iacute;a Nietsche que la grandeza de un esp&iacute;ritu se mide por su capacidad para enfrentar la verdad, y en este empe&ntilde;o procede ver a los hombres de todas las &eacute;pocas al nivel del suelo, envueltos en la mara&ntilde;a de presiones y situaciones desesperadas que vivieron, rescat&aacute;ndolos del hemiciclo que la posteridad les ha dedicado. El mito nos da consuelo e ilusi&oacute;n; contrariamente, para acercarnos a la verdad requerimos un esfuerzo denodado para adentrarnos en situaciones complejas que, a cambio, nos proporciona la claridad necesaria para proseguir la edificaci&oacute;n de la patria inacabada. En el af&aacute;n de avanzar en el conocimiento hist&oacute;rico que no es otra cosa que el desaf&iacute;o de mirarnos a nosotros mismos en otro tiempo y otras circunstancias, la investigaci&oacute;n de Patricia Galeana nos aporta luces y datos, devela documentos hasta ahora desconocidos y reconstruye el suceder de aquellos a&ntilde;os convulsos en los que tuvo lugar la negociaci&oacute;n del tratado.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por principio, el libro nos invita a la lectura del texto completo del tratado y nos revela que es algo m&aacute;s que la concesi&oacute;n a los Estados Unidos del tr&aacute;nsito por el Istmo de Tehuantepec. El documento &#151;que es pertinente recordar desde ahora que no lleg&oacute; a entrar en vigor&#151;, contempl&oacute; adem&aacute;s la concesi&oacute;n de dos derechos de paso en el norte de M&eacute;xico, uno entre Nogales y Guaymas y el otro entre Matamoros y Mazatl&aacute;n. La autora ilustra con un mapa<sup><a href="#notas">1</a></sup> el curso de los tres pasajes que parecen tres cicatrices geogr&aacute;ficas lacerantes. Lo grave, por a&ntilde;adidura, es que esas servidumbres de paso se otorgaban a perpetuidad, y aunque no se ced&iacute;a la soberan&iacute;a ni implicaban una cesi&oacute;n territorial, eran el fruto de una peligrosa contrataci&oacute;n, dif&iacute;cil de revertir entre dos pa&iacute;ses con un notable desnivel de fuerza y poder&iacute;o. En nuestro tiempo, han desaparecido los tratados que establecen derechos a perpetuidad (salvo el caso de acuerdos que establecen situaciones jur&iacute;dicas objetivas o cesiones definitivas de soberan&iacute;a territorial), pero en el siglo XIX fueron el pan de cada d&iacute;a en virtud del expansionismo y el colonialismo de las grandes potencias. Reflejo de ello tenemos, en el &aacute;mbito latinoamericano, los casos de Cuba y Panam&aacute;. La isla caribe&ntilde;a se vio forzada a aceptar los tratados de 1903 y 1934 que otorgaron a los Estados Unidos la jurisdicci&oacute;n indefinida sobre la Bah&iacute;a de Guant&aacute;namo, hasta la fecha en poder del pa&iacute;s norte&ntilde;o, y de pasada el emblema negro de su muy particular "guerra contra el terrorismo". Igual, tras su separaci&oacute;n de Colombia, Panam&aacute; tuvo que aceptar la imposici&oacute;n del Tratado Hay&#45;Vanau&#45;Varilla de 1903 que concedi&oacute; a los Estados Unidos los derechos para la construcci&oacute;n del canal y la jurisdicci&oacute;n sobre una zona territorial, tambi&eacute;n de manera indefinida en el tiempo, y que s&oacute;lo fue posible rescatar tras serios conflictos entre los dos pa&iacute;ses, y merced a una intensa campa&ntilde;a diplom&aacute;tica del entonces presidente Omar Torrijos, a partir de la firma de los tratados Torrijos&#45;Carter en 1977, y hasta la culminaci&oacute;n del proceso el 31 de diciembre de 1999. En el caso de M&eacute;xico, es infructuosa la tarea de echar a andar la imaginaci&oacute;n sobre lo que hubiera acontecido en caso de que el instrumento firmado se hubiera perfeccionado jur&iacute;dicamente, pero hubiera sido a no dudarlo un surtidor de cargas gravosas en las relaciones bilaterales. El tratado contemplaba igualmente un r&eacute;gimen de libre comercio que, como se&ntilde;ala la autora, produjo una severa contraposici&oacute;n entre las corrientes librecambista y proteccionista en el seno de la sociedad estadounidense, al punto de que la aprobaci&oacute;n senatorial qued&oacute; en veremos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora bien, el llamado tratado es tambi&eacute;n importante por lo que no contuvo. Indudablemente fue riesgoso prever las servidumbres de paso, pero tras bambalinas, Benito Ju&aacute;rez y Melchor Ocampo resistieron inc&oacute;lumes las presiones estadounidenses para que les fueran vendidas nuevas extensiones territoriales. En 1859 hab&iacute;an transcurrido apenas once a&ntilde;os de la catastr&oacute;fica guerra de 1846&#45;1848, y seis escasos de 1853 cuando fue enajenado el territorio de la Mesilla por la estrechez presupuestaria del gobierno de Santa Anna y ante los amagos de una nueva guerra. El apetito territorial de Washington continuaba punzante. En 1857 accedi&oacute; a la presidencia estadounidense James Buchanan, bastante atra&iacute;do por el territorio mexicano desde que fungi&oacute; como Secretario de Estado en el gobierno de su tocayo James K. Polk, el mandatario que le declar&oacute; la guerra a M&eacute;xico en mayo de 1846 con el prop&oacute;sito inocultable de ensanchar los haberes territoriales de su pa&iacute;s. Los acontecimientos se entretej&iacute;an en una continuidad siniestra en la d&eacute;cada de los a&ntilde;os cincuenta. Cuando M&eacute;xico fue derrotado militarmente en 1847, los logros obtenidos por el enviado plenipotenciario a M&eacute;xico, Nicolas Trist, le parecieron reducidos a Buchanam, no obstante que se embolsaban m&aacute;s de la mitad de nuestro territorio. Trist hab&iacute;a recibido instrucciones al iniciar su misi&oacute;n para que comprara la Baja California, la mitad del Mar de Cort&eacute;s, una amplia franja de los Estados del norte que a duras penas retuvimos, y el anhelado paso por Tehuantepec. En el contorno de esa guerra infausta, y dados los altos costos que le hab&iacute;an significado a los Estados Unidos, surgi&oacute; el movimiento <i>All Mexico</i> que reclamaba la anexi&oacute;n total del pa&iacute;s derrotado. Diez a&ntilde;os despu&eacute;s, en funciones de presidente, Buchanan fue congruente al reabrir el manual de las expansiones: "El Gobierno de Buchanan quer&iacute;a comprar los territorios de Baja California, Sonora, Chihuahua y el paso por Tehuantepec", nos dice Patricia Galeana al abordar las pretensiones estadounidenses en 1859 y detalla las ofertas monetarias previstas por el gabinete de Washington para ser manejadas en tan ambicioso regateo.<sup><a href="#notas">2</a></sup> El Gobierno de Ju&aacute;rez no pod&iacute;a encontrarse en peores condiciones, por un lado lo jaloneaba la Guerra de Reforma que se libraba a muerte entre dos concepciones irreductibles del vivir nacional y, por el otro, el gobierno estadounidense lo trataba de desmembrar, y esta palabra, desmembrar, no tiene un sentido metaf&oacute;rico ya que Buchanan mirando al sur y frot&aacute;ndose las manos solicit&oacute; en dos ocasiones autorizaci&oacute;n al Congreso estadounidense para hacerle la guerra a M&eacute;xico. En este ambiente amenazante y tan plagado de desventuras para los liberales se desarrollaron las negociaciones diplom&aacute;ticas impuestas al gobierno juarista, que al borde del precipicio y urgido de apoyo, acept&oacute; finalmente el texto del documento. Toda vez que el objetivo de Washington eran los pendientes territoriales de anta&ntilde;o, las negociaciones se extendieron durante varios meses pues Ocampo maniobraba para darle largas a la voraz contraparte. As&iacute; lo reconoci&oacute; McLane en sus Memorias: "Ju&aacute;rez con singular determinaci&oacute;n rehus&oacute; ceder un pie de territorio, cualquiera que fuesen las consecuencias".<sup><a href="#notas">3</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es dable sostener que se acept&oacute; el mal menor de cara a un empuje poderoso que se alimentaba de la importancia estrat&eacute;gica y econ&oacute;mica que representaba la comunicaci&oacute;n interoce&aacute;nica tras la apertura forzada de China al mercado mundial y el surgimiento de los Estados Unidos como potencia continental en 1848 que requer&iacute;a con urgencia una v&iacute;a r&aacute;pida de enlace entre el este y el oeste, cosa que se facilitaba por mar. Mi profesi&oacute;n de fe juarista no me impide reconocer que hubiera sido un p&eacute;simo negocio. Y s&oacute;lo puede explicase el compromiso en potencia por el conjunto de circunstancias tanto internas como externas. Como lo sostiene Patricia Galeana, fue la m&aacute;cula del gobierno de Ju&aacute;rez, una salida desesperada en pos de la supervivencia. Pero en el balance de la obra juarista brillan el apuntalamiento del Estado laico, la afirmaci&oacute;n de la separaci&oacute;n de la Iglesia y el Estado, la desamortizaci&oacute;n de los bienes del clero, el triunfo epop&eacute;yico de la Rep&uacute;blica ante la intervenci&oacute;n extranjera y la febril construcci&oacute;n de instituciones que le sigui&oacute;.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El tratado no entr&oacute; en vigor porque Estados Unidos no lo ratific&oacute;, y naturalmente nos asalta la pregunta &iquest;por qu&eacute; el Senado estadounidense no aprob&oacute; el instrumento que resultaba altamente favorable a sus intereses? Del libro de Patricia Galeana se desprenden varias consideraciones que como un conjunto de concausas parecen dar sentido a ese desenlace y que el lector podr&aacute; tomar en cuenta en la faena de su propia exploraci&oacute;n: <i>a)</i> Para la autora la causa principal proviene del r&eacute;gimen de libre comercio incluido en el tratado que provoc&oacute; un feroz enfrentamiento entre proteccionistas y librecambistas que, significativamente, pervive hasta la fecha, <i>b)</i> El documento fue objeto de cr&iacute;ticas porque no incluy&oacute; la anhelada compraventa de nuevos territorios, finalidad acariciada con car&aacute;cter dominante por un importante sector pol&iacute;tico, <i>c)</i> El documento impon&iacute;a obligaciones a los Estados Unidos para mantener abiertos los pasos, lo que conllevaba la intervenci&oacute;n en asuntos de otro pa&iacute;s, argumento que no se manejaba &eacute;ticamente sino en raz&oacute;n de los compromisos militares y de otro tipo que surgir&iacute;an en el futuro, <i>d)</i> El rechazo no fue ajeno tampoco a la contienda electoral entre dem&oacute;cratas y republicanos que pod&iacute;a inclinar la balanza a favor del gobierno de Buchanam, <i>e)</i> Asimismo despertaba desconfianza la inestabilidad del gobierno de Ju&aacute;rez en la re&ntilde;ida guerra contra los conservadores. Aunque el gobierno de Buchanan prefer&iacute;a tratar con los liberales, la incertidumbre prend&iacute;a luces constantes de alerta sobre la viabilidad de su proyecto pol&iacute;tico, <i>f)</i> Por otra parte, en el Senado se cruzaron intereses diversos, entre los que sobresalieron las gestiones &#151;el <i>lobby&#151;</i> de otros gobiernos interesados en ganar para s&iacute; el negocio del paso interoce&aacute;nico, terrestre o acu&aacute;tico, se&ntilde;aladamente las de Nicaragua, Colombia y sus asociados en Washington.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el momento de la negociaci&oacute;n del tratado, James Buchanan era presidente de los Estados Unidos y Benito Ju&aacute;rez lo era en M&eacute;xico por parte del movimiento liberal. Los negociadores fueron Robert M. McLane y Melchor Ocampo. Las fotograf&iacute;as de ambos personajes ilustran la portada del libro y Patricia Galeana nos brinda sendas semblanzas biogr&aacute;ficas que colman nuestra curiosidad sobre el desarrollo personal y el entorno hist&oacute;rico de cada uno de ellos. No tienen nada en com&uacute;n sus extracciones, pertenecieron a sociedades diametralmente distintas, sobre todo a esas alturas del siglo XIX. Respecto a sus or&iacute;genes personales, Ocampo fue de cuna humilde y McLane perteneci&oacute; a una familia de la aristocracia pol&iacute;tica de su pa&iacute;s. Un d&iacute;a estar&iacute;an frente a frente defendiendo cada uno los intereses y las aspiraciones de sus respectivos pa&iacute;ses.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Melchor Ocampo, hijo de padres desconocidos, fue adoptado por una hacendada de haberes y fortuna, y por lo visto de notables dones intelectuales puesto que aquel ni&ntilde;o desamparado lleg&oacute; a descollar enormemente en el cultivo del intelecto. Rind&aacute;mosle homenaje a ella destacando su nombre en esta ocasi&oacute;n: Francisca Javiera Tapia y Bal&#45;buena. Seg&uacute;n nos refiere Patricia Galeana, el hu&eacute;rfano fue bautizado con el nombre de Jos&eacute; Tel&eacute;sforo Juan Nepomuceno Melchor de la Sant&iacute;sima Trinidad. Su amplia cultura tuvo como norte intelectual un liberalismo de avanzada. Nuestra autora lo califica como el l&iacute;der intelectual de su generaci&oacute;n, y si ello es cierto, como lo es, fue l&iacute;der intelectual de la generaci&oacute;n pol&iacute;tica m&aacute;s brillante de la historia de M&eacute;xico. Incursion&oacute; en los campos del derecho, las ciencias naturales, las humanidades y, como hombre sensible encontr&oacute; deleite en las labores del campo. Pugn&oacute; por estar al d&iacute;a con las novedades editoriales de la &eacute;poca, las francesas principalmente, y a la par profes&oacute; admiraci&oacute;n al sistema constitucional y a las instituciones pol&iacute;ticas estadounidenses, lo que no le impidi&oacute; manifestar severas cr&iacute;ticas al expansionismo estadounidense cuando lo sufri&oacute; en carne propia: "Norte Am&eacute;rica se distingue entre todos los pueblos del mundo por su grosero cinismo".<sup><a href="#notas">4</a></sup> Precisamente en la &eacute;poca de la guerra de 1846&#45;1848 fue gobernador de Michoac&aacute;n, cargo al que renunci&oacute; cuando el partido de la paz en el gobierno procedi&oacute; a negociar, firmar y ratificar el Tratado de Guadalupe&#45;Hidalgo. No poca incomodidad debe haber sentido cuando, pasados diez a&ntilde;os, los azares de la vida pol&iacute;tica lo condujeron a negociar el documento que hasta hoy se identifica con su apellido. Padeci&oacute; las vicisitudes de la &eacute;poca. El gobierno santanista lo recluy&oacute; en Tulancingo y, como era la escapada habitual de esa &eacute;poca de sobresaltos, march&oacute; al exilio y se estableci&oacute; en Nueva Orleans, punto de encuentro de muchos otros liberales que hu&iacute;an igual de la persecuci&oacute;n. Ah&iacute; fue mentor de varios compa&ntilde;eros en desgracia pol&iacute;tica, Jos&eacute; Mar&iacute;a Mata, m&aacute;s tarde embajador mexicano en Washington durante las negociaciones del as&iacute; llamado Tratado McLane&#45;Ocampo; Ponciano Arriaga, y un pol&iacute;tico de credenciales prometedoras, Benito Ju&aacute;rez Garc&iacute;a. Desde Texas combati&oacute; a la dictadura santanista, al fin derrocada por la Revoluci&oacute;n de Ayutla. En la nueva era empez&oacute; su recorrido gubernamental por carteras importantes, en Relaciones y Gobernaci&oacute;n, m&aacute;s tarde diputado por el Estado de M&eacute;xico, y Michoac&aacute;n y por el Distrito Federal. Tras el lamentable papel de figurante que encarn&oacute; Ignacio Comonfort, y tras nuevas persecuciones, Benito Ju&aacute;rez accedi&oacute; a la Presidencia de la Rep&uacute;blica en su calidad de ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Naci&oacute;n. A su lado, el gran liberal Melchor Ocampo ocup&oacute; a principios de 1858 los despachos de Relaciones, Guerra y Hacienda. Al a&ntilde;o siguiente se precipitar&iacute;an los enredos diplom&aacute;ticos de la negociaci&oacute;n del tratado, mientras en el bando conservador los mon&aacute;rquicos encabezados por Jos&eacute; Mar&iacute;a Guti&eacute;rrez de Estrada le ofrec&iacute;an en bandeja de plata a Napole&oacute;n III el gobierno del pa&iacute;s para un pr&iacute;ncipe extranjero. La celebraci&oacute;n de alianzas que permitieran el triunfo de alguno de los irreductibles contendientes, se antojaba como una lucha angustiosa contra reloj. El 14 de diciembre de 1859 fue firmado el tratado. Justo un a&ntilde;o m&aacute;s tarde los conservadores fueron derrotados en Calpulalpan, y si bien la guerra la gan&oacute; el empe&ntilde;o liberal, la violencia y la penuria financiera continuaron azotando al pa&iacute;s. Ocampo dej&oacute; en 1861 el gabinete, en buena medida por la pol&eacute;mica que desat&oacute; el tratado, y opt&oacute; por retirarse a su hacienda de Pomaca. En la indefensi&oacute;n del campo, fue hecho prisionero por un tal Lindero Cajiga y ajusticiado cobardemente. Fue un golpe moral devastador para los liberales, y paralelamente motivo de verg&uuml;enza para los conservadores, que entre ellos se culparon del vil asesinato. Leonardo M&aacute;rquez, el mismo que ostent&oacute; los apodos de Leopardo M&aacute;rquez y el Tigre de Tacubaya, aleg&oacute; que hab&iacute;a recibido &oacute;rdenes de F&eacute;lix Zuluaga para ejecutarlo, mientras que &eacute;ste se defendi&oacute; argumentando que hab&iacute;a sido decisi&oacute;n de M&aacute;rquez, quien le guardaba a Ocampo encendidas malquerencias. M&aacute;rquez con &aacute;nimo exculpatorio aclar&oacute; que hab&iacute;a ocurrido una confusi&oacute;n, pues &eacute;l hab&iacute;a ordenado que se ejecutara a un prisionero distinto. En el trasfondo de este penoso incidente se encontraba el tratado McLane&#45;Ocampo. Al cuerpo de Ocampo pendiente de un &aacute;rbol le colocaron sus verdugos una leyenda tach&aacute;ndolo de traidor. En mi opini&oacute;n, en esos odios se arremolinaban otros ingredientes. Ocampo jam&aacute;s escondi&oacute; su actitud anticlerical, y durante su gesti&oacute;n en el gobierno expuls&oacute; al delegado apost&oacute;lico de la Santa Sede y a ocho obispos mexicanos.<sup><a href="#notas">5</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aclaro que esta versi&oacute;n escrita la elabor&eacute; semanas despu&eacute;s de la mesa de presentaci&oacute;n celebrada el 8 de noviembre de 2006.<sup><a href="#notas">6</a></sup> Al concluir las intervenciones de los participantes, un sujeto irrumpi&oacute; en el Auditorio Mario de la Cueva y con bastante enojo nos llam&oacute; mentirosos a los presentadores, a Patricia Galeana la tild&oacute; de mercenaria, y a m&iacute;, en virtud de que hab&iacute;a aludido al resentimiento clerical como una causa yacente en el ahorcamiento de Ocampo, me increp&oacute; gesticulando: &iexcl;Es mentira, nosotros lo ejecutamos por traidor! Para completar la an&eacute;cdota, un joven moreno, delgado, le tir&oacute; de un manotazo un paquete de folletos que pretend&iacute;a repartir, y con la derecha, sin decir "agua va", le solt&oacute; un golpe a la boca. Personas del p&uacute;blico gritaban llamando a la calma y en un desenlace anticlim&aacute;tico, el vociferante, m&aacute;s gordo que corpulento, recogi&oacute; con humildad sus panfletos, y como por arte de <i>birli birloque</i> desapareci&oacute; de la escena. Dos conclusiones surgen, la frase "nosotros lo ejecutamos por traidor", al emplear la primera persona del plural, hace al autor solidario de un abominable asesinato del que incluso trataron de deslindarse los conservadores de la &eacute;poca. En nuestro tiempo, cuando se critica la ejecuci&oacute;n de Sadam Hussein por las condiciones en las que acaeci&oacute;, no puedo dejar de ubicar al inc&oacute;gnito sujeto dentro de la tragedia intelectual de quien desconoce la ignominia de las causas que defiende. Y, por otra parte, la reacci&oacute;n del joven asistente revela que la controversia prosigue abierta de modo candente.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Robert McLane perteneci&oacute; a una familia encumbrada que se remonta a su abuelo, quien luch&oacute; por la independencia de las colonias estadounidenses. Su padre fue un prominente pol&iacute;tico, miembro del Partido Dem&oacute;crata, diputado, senador, embajador ante el Reino Unido de la Gran Breta&ntilde;a, secretario del Tesoro y de Estado en los tiempos del presidente Andrew Jackson. Fue asimismo partidario del libre comercio y autor de un proyecto de ley sobre la liberalizaci&oacute;n comercial que no cristaliz&oacute;, mas sin embargo el ideario influy&oacute; en su v&aacute;stago al punto de que el tratado que &eacute;ste negoci&oacute; con Ocampo lo contuvo como uno de sus principales elementos de la pretendida regulaci&oacute;n. El joven Robert estudi&oacute; en West Point y, a lo largo de su vida, las relaciones privilegiadas, y a no dudarlo sus talentos, le permitieron codearse con personajes c&eacute;lebres de la &eacute;poca en Estados Unidos y en otros pa&iacute;ses, como Washington Irving, el mism&iacute;simo Lafayette, Napole&oacute;n III, y, claro, Melchor Ocampo. La suerte de su padre lo acompa&ntilde;&oacute;. En la d&eacute;cada de los a&ntilde;os cuarenta subi&oacute; varios e importantes pelda&ntilde;os, diputado, senador y gobernador de Maryland. Fue entusiasta partidario de James K. Polk a quien dedic&oacute; elogios por la guerra contra M&eacute;xico. Continu&oacute; luego su labor en el Congreso en posiciones destacadas como la presidencia del Comit&eacute; de Comercio. En los a&ntilde;os cincuenta, cambi&oacute; de giro y fue un pr&oacute;spero y exitoso litigante, y extendi&oacute; luego sus ocupaciones al servicio exterior como ministro plenipotenciario en China, Jap&oacute;n, Siam, Corea y la Conchinchina. De regreso a los Estados Unidos, James Buchanan en la presidencia lo design&oacute; para la negociaci&oacute;n del tratado con M&eacute;xico. Estamos familiarizados con el hecho de que firmado el tratado en diciembre de 1859, no cont&oacute; con la aprobaci&oacute;n senatorial. Fue McLane un triunfador a carta cabal, pero por una iron&iacute;a del destino se top&oacute; con el fracaso en el tratado con el que mayormente se le asocia. Este tropiezo no impidi&oacute; que fuera nuevamente miembro del Congreso, repiti&oacute; como gobernador en Maryland, y para rematar esta trayectoria estelar, culmin&oacute; su vida nuevamente como diplom&aacute;tico, esta vez en calidad de embajador en Francia, donde muri&oacute; en 1898. Sobrevivi&oacute; al digno hombre y estadista que fue Melchor Ocampo la friolera de treinta y siete a&ntilde;os. Debe haber sido un tipo interesante.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Patricia Galeana consigna en su libro que durante un incendio en Palacio Nacional se quem&oacute; el Tratado McLane&#45;Ocampo junto con toda la documentaci&oacute;n de las negociaciones. Pienso que el lamentable incidente es una especie de mensaje simb&oacute;lico, en ese momento debi&oacute; de haber terminado el falso debate promovido por los conservadores revanchistas, con el prop&oacute;sito de abrirle paso al estudio cient&iacute;fico de ese episodio que ciertamente no se antoja feliz pero que es imperativo conocer en detalle, y cuyo verdadero valor es la advertencia del peligro que conlleva la divisi&oacute;n interna y la debilidad que le impone al pa&iacute;s.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Saludo a la obra de Patricia Galeana, le manifiesto mi reconocimiento y le agradezco sus valiosas aportaciones que me han permitido tener una &oacute;ptica certera de esos a&ntilde;os definitorios del vivir nacional.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="notas"></a><b>NOTAS</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> V&eacute;ase la p. 245 en su libro.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> V&eacute;ase cap&iacute;tulo VI. Guerra civil, escisi&oacute;n y vulnerabilidad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> V&eacute;ase la p. 343 en su libro.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup> V&eacute;ase la p. 346 en su libro.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup> V&eacute;ase la p. 355.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup> Participaron en la presentaci&oacute;n: Brian Connaughton, Ricardo M&eacute;ndez Silva, Jos&eacute; Luis Orozco, H&eacute;ctor Vasconcelos y Jos&eacute; Luis Vald&eacute;s Ugalde, adem&aacute;s de la propia autora. El acto tuvo lugar en el Auditorio Mario de la Cueva de la Torre II de Humanidades en Ciudad Universitaria.</font></p>      ]]></body>
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