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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font size="2" face="Verdana"><b>CARTAS AL EDITOR</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="4" face="verdana"><b><a name="tx01"></a>Estilo de vida saludable    e ideolog&iacute;a: dial&eacute;ctica de la diferencia<a href="#nt01"><SUP>1</sup></a></b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="2" face="Verdana"><I>Se&ntilde;or editor: </i>las reflexiones de    Marcos Bagrichevsky y colaboradores a prop&oacute;sito del binomio sedentarismo/vida    saludable y la dimensi&oacute;n moralizadora que siempre comporta sugiere nuevos    acercamientos que, tal vez, permitan ampliar el espectro del an&aacute;lisis    propuesto en estas mismas p&aacute;ginas.<SUP>2</SUP> Me refiero a la inculcaci&oacute;n    ideol&oacute;gica, adem&aacute;s del efecto moralizador, que toda norma dictada    sobre los h&aacute;bitos corporales contiene, justamente, por ser &eacute;stos    pr&aacute;cticas culturales cuya inserci&oacute;n hist&oacute;rica y pol&iacute;tica    van siempre m&aacute;s all&aacute; de la pura relaci&oacute;n t&eacute;cnica    entre medios y fines; es decir, cuyos significados individuales y colectivos    rebasan siempre la consideraci&oacute;n del cuerpo como una entidad puramente    org&aacute;nica susceptible de <I>simple</I> tecnolog&iacute;a biol&oacute;gica.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Lo que es, efectivamente, aplicable al binomio    sedentarismo/vida saludable, en tanto que sintetiza un dispositivo cultural    de clase en torno al estilo de vida hegem&oacute;nico en las sociedades opulentas,    se manifiesta con rotundidad en toda la serie de "normalidades" que    el discurso m&eacute;dico oficial prescribe a veces con pasi&oacute;n redentora:    normalidad alimenticia retraducida como normalidad nutricional seg&uacute;n    lo ha puesto de relieve en estas mismas p&aacute;ginas Mabel Gracia-Arnaiz,<SUP>3</SUP>    normalidad sexual, higi&eacute;nica, l&uacute;dica, ocupacional, est&eacute;tica,    afectiva, etc&eacute;tera, que retraducen cierta &eacute;tica del autodominio    complaciente (justamente el que se asienta en la opulencia) en un trabajo minimalista    y sofisticado sobre el cuerpo, el cual, puesto en la perspectiva de las cada    vez m&aacute;s acusadas desigualdades sociales y culturales, puede llegar a    resultar infamante. Cuando menos, resulta c&iacute;nico por cuanto toma como    homog&eacute;neo lo que es heterog&eacute;neo, como id&eacute;ntico lo que es    distinto, invisibilizando la diferencia: perversa anulaci&oacute;n de la diversidad    dado que, parad&oacute;jicamente, no supone una efectiva nivelaci&oacute;n en    la disposici&oacute;n de recursos materiales ni tampoco en los simb&oacute;licos;    no iguala la capacidad electiva ni equilibra la autonom&iacute;a, tanto si se    observa &eacute;sta en t&eacute;rminos de clase como de g&eacute;nero como,    mucho menos, en t&eacute;rminos de etnia.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> A ese respecto, es bastante evidente que las    propuestas de vida saludable –materializadas en la propaganda institucional    sobre la actividad f&iacute;sica moderada, la alimentaci&oacute;n sana y en    general sobre la econom&iacute;a som&aacute;tica regularizada– constituyen    una invocaci&oacute;n espuria del orden dominante, sostenida a trav&eacute;s    de mito del hombre natural (y sano) en el seno de la siempre controvertida oposici&oacute;n    naturaleza/cultura. Pero no s&oacute;lo eso, sino que el propio concepto de    vida saludable y sus afines (salud, enfermedad, ejercicio, dieta, bienestar,    riesgo, longevidad, atenci&oacute;n m&eacute;dica, etc.) parecen llamados a    vaciar la exploraci&oacute;n hist&oacute;rica y el diagn&oacute;stico sociol&oacute;gico    sobre la diversidad existencial y sobre la desigualdad social de todo su contenido    pol&iacute;tico. Por a&ntilde;adidura, el &eacute;nfasis en la certidumbre t&eacute;cnica    de los postulados epidemiol&oacute;gicos parecen llamados a dificultar todo    an&aacute;lisis que no concurra a la representaci&oacute;n unidimensional y    hegem&oacute;nica de la conducta corporal.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Es en este contexto donde cobra mayor fuerza,    si cabe, el planteamiento foucaultiano sobre los "reg&iacute;menes de la    verdad". La orientaci&oacute;n probabil&iacute;stica de la investigaci&oacute;n    en salud p&uacute;blica, seg&uacute;n refieren Bagrichevsky y colaboradores    y, en todo caso, el paradigma cient&iacute;fico de corte positivista que identifica    cuerpo, no ya con organismo sino con cierta concepci&oacute;n naturalizada de    &eacute;ste, constituyen una salvaguardia epistemol&oacute;gica de dif&iacute;cil    contestaci&oacute;n, justamente, porque hacen funcionar como universalmente    verdadero aquello que es v&aacute;lido solamente en un contexto restringido    –minoritario, aunque hegem&oacute;nico– y, en todo caso, &uacute;nicamente    para cierto desideratum de <I>vida buena. </I>La improbable neutralidad ideol&oacute;gica    de &eacute;sta se pone de relieve, por ejemplo, en la veleidad que muestran    los imperativos en torno a ciertas pr&aacute;cticas corporales recurrentes de    la vida cotidiana seg&uacute;n sean o no frecuentes y leg&iacute;timas entre    los miembros de las capas (clase, g&eacute;nero, etnia) dominantes, a cuyo cumplimiento,    el referido r&eacute;gimen de verdad pone en marcha sus propios mecanismos de    producci&oacute;n y de transmisi&oacute;n castig&aacute;ndolas, prohibi&eacute;ndolas,    soslay&aacute;ndolas, permiti&eacute;ndolas, invoc&aacute;ndolas, proponi&eacute;ndolas    o imponi&eacute;ndolas seg&uacute;n un <I>continuum</I> tan inestable como lo    es casu&iacute;stica y la escala entre el <I>vicio</I> y la <I>virtud</I>.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> No se nos puede escapar que todo discurso que    interpreta y concibe las "cosas del mundo" las ordena y las clasifica    de un modo contingente, casi siempre con verosimilitud l&oacute;gica y, a menudo,    con suficiente fuerza como para hacer de s&iacute; un modelo de percepci&oacute;n,    una estructura de significaciones, de valoraciones y de acci&oacute;n; es decir,    con capacidad para construir el "mundo de las cosas". A este respecto    cabe a&ntilde;adir que los discursos oficiantes de la salud p&uacute;blica orientada    a la regularidad y universalidad de la conducta tienden, en su interpretaci&oacute;n    de las "cosas del mundo", a disolver las diferencias individuales    y colectivas mediante la construcci&oacute;n de un sujeto saludable imaginario    y abstracto, atemporal, donde las continuidades y discontinuidades hist&oacute;ricas    en el uso corporal han sido suplantadas por la permanencia sustancial de una    biolog&iacute;a, a menudo, al servicio de la raz&oacute;n instrumental. Abundando    en ello, es preciso recalcar que todo orden pol&iacute;tico produce –o    al menos se produce conjuntamente con– un orden som&aacute;tico donde    no s&oacute;lo la apariencia corporal act&uacute;a como intermediario de la    condici&oacute;n moral sino donde, sobre todo, la presentaci&oacute;n del cuerpo    y en general los h&aacute;bitos corporales funcionan como un dispositivo pol&iacute;tico    de la distinci&oacute;n; de donde, especialmente en salud p&uacute;blica, pero    tambi&eacute;n en educaci&oacute;n p&uacute;blica, se hace necesario trascender    la consideraci&oacute;n del cuerpo como un espacio neutro sobre el que se efect&uacute;an    operaciones (nutricionales, higi&eacute;nicas, sanitarias, educativas, etc.)    y donde la experiencia es un mero proceso de construcci&oacute;n f&iacute;sica    seg&uacute;n una relaci&oacute;n puramente t&eacute;cnica entre medios y fines,    a la consideraci&oacute;n del cuerpo y de la experiencia corporal como espacios    de producci&oacute;n ideol&oacute;gica; es decir, como espacios de tensi&oacute;n    cultural y social sobre los que se articulan redes de poder y de saber seg&uacute;n    una relaci&oacute;n que es, antes que nada, pol&iacute;tica. Siquiera entendida    &eacute;sta como tensi&oacute;n entre cultura y subcultura.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana"> La antropolog&iacute;a y la sociolog&iacute;a    nos han ense&ntilde;ado que las divisiones sociales se revelan de forma tanto    m&aacute;s definida cuanto m&aacute;s claramente se expresan a trav&eacute;s    de polaridades corporales; a trav&eacute;s de la visibilidad f&iacute;sica y    simb&oacute;lica del sujeto. Siendo que el cuerpo act&uacute;a como un indicador    semi&oacute;tico de la clase social tambi&eacute;n la historiograf&iacute;a    ha puesto de relieve c&oacute;mo es, tanto m&aacute;s que el sustento de la    vida individual, un campo de luchas: a la vez dispositivo de transformaci&oacute;n    y de resistencia; siempre agente central en el conflicto.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Ser&iacute;a ilusorio y enormemente simplista    sostener que, lo que es palmario para el caso de la polaridad en los rasgos    fisiogn&oacute;micos, en la postura, en los gestos, en el gusto, etc., en donde    los estados del cuerpo han sido siempre expresiones del orden o del desorden    (pol&iacute;tico), fuera de otro modo para el caso del cuidado y el mantenimiento    del cuerpo, para la higiene, la alimentaci&oacute;n o el empleo de los tiempos    de ocio (siempre determinado, no hay que olvidarlo, por el tiempo de sustento),    etc., que en su conjunto configuran lo que denominamos estilo de vida y, por    a&ntilde;adidura, el estado de salud.</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="right"><font size="2" face="Verdana"><i>Miguel Vicente Pedraz, PhSc    <br>   Facultad de Ciencias de la Actividad F&iacute;sica,    <br>   Universidad de Le&oacute;n, Espa&ntilde;a</i></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3" face="Verdana"><b>Referencias</b></font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"><a name="nt01"></a><a href="#tx01">1</a>. Correspondencia    a Marcos Bagrichevsky y colaboradores.</font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">2. Vicente Pedraz M. La construcci&oacute;n de    una &eacute;tica m&eacute;dico-deportiva de sujeci&oacute;n: el cuerpo preso    de la vida saludable. Salud Publica Mex 2007;49(1):71-78.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9296176&pid=S0036-3634200700060000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana">3. Gracia-Arnaiz, M. Comer bien, comer mal: la    medicalizaci&oacute;n del comportamiento alimentario. Salud Publica Mex 2007;49(3):236-242.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9296177&pid=S0036-3634200700060000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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