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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El primer y el último encuentro con Jan de Vos]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Contribuciones</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>El primer y el &uacute;ltimo encuentro con Jan de Vos</b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Rodolfo Lobato</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Una primera vez</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Quienes tuvimos el privilegio de tratar a Jan de Vos, recordamos con frecuencia el momento en que lo conocimos por primera vez. Encontrarlo fue una verdadera revelaci&oacute;n. Como muchos de sus amigos, recuerdo muy bien ese primer momento que, adem&aacute;s, apunt&eacute; en mis notas del 15 de abril de 1976. Nos encontramos en lo que parec&iacute;a ser casi el para&iacute;so (aunque en realidad no lo era tanto), en el ejido Tzeltal de San Jer&oacute;nimo Tulij&aacute;, en la Selva Lacandona.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Este ejido del municipio de Chil&oacute;n, se encontraba en medio de una selva exuberante pero que comenzaba a desmontarse con rapidez, y quedaba todav&iacute;a el recuerdo de las caobas centenarias que hab&iacute;an sido extra&iacute;das por la compa&ntilde;&iacute;a maderera. Quedaban, por fortuna, los r&iacute;os con aguas y cascadas cristalinas, fauna abundante y sobre todo, &iexcl;pocos mosquitos! San Jer&oacute;nimo ten&iacute;a miles de hect&aacute;reas con tierra de relativa buena calidad y sus habitantes comenzaban a dedicarse a la ganader&iacute;a extensiva de bovinos. El ejido ten&iacute;a un poblado central de unas 80 casas de madera con techos de l&aacute;mina o de cart&oacute;n, con una plaza o parque central, que en su parte sur ten&iacute;a una gran iglesia en construcci&oacute;n. El poblado contaba con unos 400 habitantes m&aacute;s otros 300 que se encontraban dispersos en 10 peque&ntilde;os poblados ubicados en los l&iacute;mites de sus terrenos, con el fin de proteger sus tierras de invasiones de otros ejidos.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hab&iacute;a sido fundado por tzeltales de Bachaj&oacute;n y de Chil&oacute;n, que escapaban del alcoholismo, de la violencia homicida, y tanto de la falta de tierras como de los conflictos agrarios, as&iacute; como de las acusaciones de brujer&iacute;a en sus comunidades de origen de la Sierra. Se establec&iacute;an en las tierras bajas de la selva impulsados por los "ingenieros" del Departamento Agrario, que les repart&iacute;an las tierras, y que se hac&iacute;an ricos con las fortunas que les cobraban por sus "buenos oficios". Los tzeltales al contar con tierras y cierta seguridad hab&iacute;an podido, en general, mejorar su nivel de vida y hasta enriquecerse con un poco de ganado. Pero no escapaban tampoco completamente a los conflictos y las divisiones de los que ven&iacute;an huyendo. En ese entonces San Jer&oacute;nimo era tambi&eacute;n la base de operaciones m&aacute;s importante de la Misi&oacute;n Jesuita de Bachaj&oacute;n en la regi&oacute;n de la Selva.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta Misi&oacute;n era reconocida porque hab&iacute;a logrado "pacificar y civilizar" toda una gran regi&oacute;n tzeltal. Uno de sus misioneros, Mardonio Morales, que conoci&oacute; a los fundadores en las tierras altas antes de que migraran, se vino acompa&ntilde;&aacute;ndolos desde los a&ntilde;os sesenta y trataba de ayudarles en su nueva vida. La Misi&oacute;n adem&aacute;s de sus labores pastorales, les apoyaba, a tramitar legalmente su tierra, a realizar proyectos de agua potable, de educaci&oacute;n, de salud, de cooperativas de consumo y para la construcci&oacute;n de escuelas e iglesias. Con este apoyo y el esfuerzo propio de los colonos, era sin duda uno de los mejores y m&aacute;s bellos ejidos de la regi&oacute;n, y que, adem&aacute;s, le brindaba una amable hospitalidad a los fuere&ntilde;os como yo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>La llegada del Padre Juan</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En ese tiempo trabajaba yo para el Servicio Forestal en proyectos agropecuarios, en varios ejidos de la regi&oacute;n. Proyectos que pretend&iacute;an ser de desarrollo comunitario, tomando algunos modelos chinos, que me propon&iacute;a mi maestro Ricardo Ferr&eacute;. Trabajaba especialmente en San Jer&oacute;nimo Tulij&aacute;, donde las autoridades del ejido me hab&iacute;an prestado una caba&ntilde;ita, a un lado de la pista a&eacute;rea y cerca del r&iacute;o, que hac&iacute;a las veces de casa y oficina (justamente donde hoy en d&iacute;a se ha construido una flamante Cl&iacute;nica de Salud con apoyo de los zapatistas y ONG europeas). Estaba esa ma&ntilde;ana, en esta caba&ntilde;ita, leyendo, cuando llegaron ni&ntilde;os corriendo alegremente para avisarme que llegaban el Padre Juan y otros miembros de la Misi&oacute;n en una camioneta. Yo no ten&iacute;a idea de qui&eacute;n podr&iacute;a ser ese Padre Juan, pero me sorprendi&oacute; un poco que llegara por carretera, cosa no muy frecuente por ese entonces.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A pesar de estar tan cerca la Misi&oacute;n, s&oacute;lo como a 70 kil&oacute;metros en l&iacute;nea recta, el venir por tierra significaba que el padre Juan y su acompa&ntilde;antes hab&iacute;an realizado un larg&iacute;simo recorrido (atravesar parte del estado de Tabasco y recorrer en total alrededor de 500 kil&oacute;metros) pasando por: Ocosingo, San Crist&oacute;bal, Teapa y Zapata en Tabasco, y por el aserradero de Chancal&aacute;. Dependiendo del estado de las carreteras, se pod&iacute;an ocupar, en el mejor de los casos, varios d&iacute;as de camino. Por eso, la mayor&iacute;a de los miembros de la Misi&oacute;n prefer&iacute;an la opci&oacute;n de viajar en avioneta, que hac&iacute;a el trayecto s&oacute;lo en 15 o 20 minutos. &Uacute;nicamente el padre Mardonio, prefer&iacute;a hacer el camino a pie y pasaba casi un mes fuera en visitas pastorales de pueblito en pueblito, hasta regresar de nuevo a Bachaj&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Dej&eacute; mis lecturas de ese d&iacute;a y me dirig&iacute; al parque a saludar a los reci&eacute;n llegados. Me encontr&eacute; en el camino con la madre Nancy, una monja norteamericana, que conoc&iacute;a yo desde hacia un a&ntilde;o y que estaba encargada del funcionamiento y contabilidad de la cooperativa de consumo (cuyo mejor negocio, desgraciadamente, era la distribuci&oacute;n de la Coca&#45;Cola en la regi&oacute;n) y que ven&iacute;a una vez al mes para ayudar a los directivos de la cooperativa. Nancy me confirm&oacute; la llegada del Padre Juan, y con una sonrisa me adelant&oacute; que era un jesuita belga joven, guapo y simp&aacute;tico, y que cantaba muy bien, y que val&iacute;a la pena conocerlo y escucharlo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">All&iacute;, en una esquina del parque, encontr&eacute; al Padre Juan: un hombre ciertamente apuesto, alto, rubio, de ojos claros, con una gran sonrisa, y rodeado por una veintena de ni&ntilde;os, mujeres, muchachos y jovencitas. El contraste era evidente entre su persona y la de los tzeltales: bajitos de talla, con sus cabellos negros y muy morenos. Todos quer&iacute;an saludarlo, las mujeres romp&iacute;an su timidez habitual para extenderle muy delicadamente la mano al saludarlo, casi sin tocarlo. Carg&oacute; algunos beb&eacute;s e intercambio algunas palabras en tzeltal con las mam&aacute;s. Se ve&iacute;a alegre y muy contento de estar con toda esa gente. En un momento volte&oacute; a verme, un poco intrigado por mi presencia y alguien le dijo: "es el ingeniero Lobato, nos est&aacute; ayudando con una hortaliza, en la parcela de las mujeres." Jan de Vos ten&iacute;a entonces 40 a&ntilde;os, pero se ve&iacute;a mucho m&aacute;s joven; yo ten&iacute;a 23.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Una conversaci&oacute;n</b></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se dirigi&oacute; hacia m&iacute; y amablemente me salud&oacute;. Dimos unos pasos juntos y entablamos una corta pl&aacute;tica en medio de ni&ntilde;os que corr&iacute;an alrededor nuestro. Comenz&oacute; a hacerme preguntas, &iquest;Qu&eacute; me pregunt&oacute; y qu&eacute; le dije yo? Todo ya se me olvid&oacute; completamente. Quiz&aacute;s solamente le dije que no era agr&oacute;nomo sino antrop&oacute;logo, (pero que no pod&iacute;a evitar que la gente se dirigiera a m&iacute; de esa manera) y que quer&iacute;a hacer una tesis sobre los tzeltales de la Selva. En cambio lo que me dijo Jan se me qued&oacute; grabado desde entonces.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me habl&oacute; desde el principio de una manera muy abierta y sincera. Hab&iacute;a llegado de Colombia hac&iacute;a casi tres a&ntilde;os, porque le hab&iacute;an dicho que se quer&iacute;a fundar una Universidad Campesina, pero que el proyecto no se hab&iacute;a llevado a cabo. Exist&iacute;an diferencias dentro del mismo grupo promotor, y como &eacute;l era extranjero le pidieron que permaneciera al margen. Y entonces, mejor lo pusieron a estudiar la historia de los tzeltales. Hab&iacute;a tomado la encomienda muy en serio desde hac&iacute;a dos a&ntilde;os y hab&iacute;a ya estado en los archivos de la Ciudad de Guatemala y de Sevilla recabando documentos coloniales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En un primer momento hab&iacute;a querido estudiar la rebeli&oacute;n tzeltal de 1712, pero no hab&iacute;a podido encontrar en los archivos el informe clave de un capit&aacute;n espa&ntilde;ol que hab&iacute;a participado en la "pacificaci&oacute;n" (cuyo nombre olvid&eacute;), y esto lo hab&iacute;a obligado a cambiar sus proyectos de investigaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En unos cuantos minutos m&aacute;s me explic&oacute;, con pasi&oacute;n, lo que s&iacute; hab&iacute;a encontrado: me habl&oacute; de la conquista espa&ntilde;ola de la Selva Lacandona, de la fundaci&oacute;n de San Crist&oacute;bal, de Bartolom&eacute; de Las Casas, de esa famosa rebeli&oacute;n de los tzendales de 1712, de las variaciones regionales de la tradici&oacute;n oral bachajonteca de Juan Lopez, (muy presente todav&iacute;a y que trataba sobre la misma rebeli&oacute;n), de la Batalla del Sumidero, de una serie leyendas de los espa&ntilde;oles que quer&iacute;a comparar con las leyendas ind&iacute;genas, y finalmente, de la tesis de doctorado que estaba redactando para la Universidad de Lovaina.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Est&aacute;bamos los dos, en medio de la pl&aacute;tica, abstra&iacute;dos completamente del entorno, cuando Jan volte&oacute; y observ&oacute; a las mujeres y muchachas descalzas, o con sandalias de pl&aacute;stico, vestidas con blusas de listones multicolores, o con humildes vestidos estampados de poli&eacute;ster, y que lo esperaban junto con algunos de los viejos principales del ejido. Entonces se disculp&oacute; conmigo, porque ten&iacute;a que preparar la misa del d&iacute;a siguiente. Mi tiempo se hab&iacute;a terminado. &Eacute;l ten&iacute;a que dejar su oficio de historiador y retomar sus obligaciones de pastor. Me percat&eacute; desde ese d&iacute;a que Jan era ya una estrella en acenso; una estrella admirada, buscada, esperada y seguramente tambi&eacute;n envidiada.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Jan me ense&ntilde;&oacute; que esos indios que estaban a nuestro lado ten&iacute;an una historia muy antigua y que era posible acceder a ella. Esa historia estaba en los archivos coloniales y en sus tradiciones orales que habr&iacute;a que saber descifrar. Adem&aacute;s estos mayas de los nuevos ejidos de la selva estaban en realidad regresando a la tierra de sus ancestros, porque choles y tzeltales hab&iacute;an habitado la regi&oacute;n antes de la Conquista, s&oacute;lo que hab&iacute;an sido sacados por frailes y conquistadores espa&ntilde;oles.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por la tarde vi de nuevo a Jan que estaba en la casa del catequista Mariano y que entrevistaba a algunos viejitos sobre las historias y leyendas que conoc&iacute;an, entre ellas, las de Juan L&oacute;pez. Sali&oacute; un momento para saludarme de nuevo y decirme lo que estaba haciendo e inmediatamente regres&oacute; a sus labor de investigador.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Procesiones, Juan L&oacute;pez, amor y revoluci&oacute;n</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al d&iacute;a siguiente hubo una procesi&oacute;n que pasaba por el poblado antes de entrar a la iglesia. Iban las mujeres con sus grandes velos blancos, seguidas por sus hijos y por los hombres, sin sombrero, y todos desfilaban muy serios, y en completo silencio, atr&aacute;s de Jan y las religiosas. No me acuerdo de la misa y si fue Jan quien la ofici&oacute;, s&oacute;lo observ&eacute; en mis notas que me hab&iacute;a impresionado la iglesia que se estaba terminando: era grand&iacute;sima, como una enorme bodega o almac&eacute;n donde cab&iacute;an muchas almas.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">M&aacute;s tarde, sentado en medio de la pista de aterrizaje me encontr&eacute; al viejito don Santiago, del poblado de Para&iacute;so, que era conocido como brujo y hechicero, y porque nunca paraba de contar sus cuentos e historias. Estaba rodeado de una audiencia de una docena ni&ntilde;os y j&oacute;venes, que escuchaban atentamente sus historias, re&iacute;an y le hac&iacute;an preguntas. Para mi sorpresa al viejito Santiago contaba precisamente la historia de Juan L&oacute;pez. El personaje de esta historia ten&iacute;a 100 hijas y en una guerra por el control del pueblo de Bachaj&oacute;n, mat&oacute; a muchos soldados con todo y su capit&aacute;n. Estos soldados llevaban sus gallinas, ganado, pavos, cerdos; y todos, soldados y animales, murieron en la batalla. Lo &uacute;nico que se hab&iacute;a salvado en este enfrentamiento hab&iacute;an sido dos peque&ntilde;os colibr&iacute;es. &iexcl;Jan ten&iacute;a raz&oacute;n! La tradici&oacute;n oral del Rey Indio, Juan L&oacute;pez, estaba todav&iacute;a muy presente entre los bachajontecos y ah&iacute; ten&iacute;a yo la prueba palpable, y advert&iacute;a c&oacute;mo las j&oacute;venes generaciones se interesaban por estas leyendas. Me pregunt&eacute; si Jan hab&iacute;a hablado el d&iacute;a anterior tambi&eacute;n con don Santiago y le hab&iacute;a refrescado la memoria de esas historias y leyendas; o si realmente esa tradici&oacute;n oral estaba tan presente en estos lugares que la pod&iacute;a uno escuchar en cualquier momento. O tal vez hab&iacute;a sido s&oacute;lo el azar que me hab&iacute;a permitido escucharla.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al atardecer, despu&eacute;s de haberme ba&ntilde;ado en el r&iacute;o, me reun&iacute; con el grupo de la Misi&oacute;n, en el parque central. Sentados sobre el pasto, encontr&eacute; de nuevo a Jan afinando su guitarra, rodeado de algunos seminaristas y de las madres Nancy y Esther. Hab&iacute;a muchos ni&ntilde;os, j&oacute;venes y adultos, todos muy atentos y esperando que el padre Juan se lanzara a cantar. No nos defraud&oacute;. Acompa&ntilde;ado por su guitarra nos cant&oacute; canciones sudamericanas de amor, de revoluci&oacute;n y del padre guerrillero colombiano Camilo Torres. Eran unas bellas canciones y qued&eacute; sorprendido por la vena art&iacute;stica y revolucionaria de Jan. Las religiosas, los j&oacute;venes seminaristas y yo mismo hab&iacute;amos cantado, acompa&ntilde;ado algunas de las canciones. Not&eacute; que en cambio el p&uacute;blico local s&oacute;lo nos hab&iacute;a observado con alegr&iacute;a, pero en silencio. Esa m&uacute;sica les era extra&ntilde;a, y seguramente la mayor&iacute;a no entend&iacute;a siquiera las letras en espa&ntilde;ol, ni el significado que ten&iacute;an esas canciones para nosotros los fuere&ntilde;os y urbanos que lleg&aacute;bamos a su ejido.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Obscureci&oacute;, y Jan dio por terminado su concierto, despu&eacute;s de poco m&aacute;s de una hora de canciones. Nos despedimos contentos y todos los presentes nos fuimos a acostar, alumbrados en la obscuridad por nuestras inseparables l&aacute;mparas de mano de pilas. Jan me segu&iacute;a sorprendiendo cada vez m&aacute;s por sus talentos. Antes de dormir no pude dejar de pensar en unas declaraciones de Bob Dylan, sobre la poca trascendencia pol&iacute;tica de sus canciones y daba el ejemplo de los Republicanos espa&ntilde;oles: "que a pesar de que ten&iacute;an las mejores canciones, hab&iacute;an perdido la guerra".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>La despedida</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A la ma&ntilde;ana siguiente, temprano me desped&iacute; de Jan, que estaba ya abordo de la camioneta color gris, con el logotipo de la Misi&oacute;n y con un techo de pl&aacute;stico en la parte trasera. No recuerdo con qui&eacute;n iba, quiz&aacute;s con los seminaristas y algunas personas que quer&iacute;an un "avent&oacute;n" para poder salir del ejido. Iba a visitar otros ejidos en la selva, porque quer&iacute;a tener una mejor idea de la regi&oacute;n, del paisaje y de c&oacute;mo se estaba desarrollando la colonizaci&oacute;n ind&iacute;gena de la selva; lo que le iba a ayudar a tratar mejor los temas que estaba escribiendo. Le pregunt&eacute; si regresar&iacute;a pronto, pero me dijo que no, que se iba a dedicar casi exclusivamente a redactar su tesis, pero que lo podr&iacute;a encontrar en los pr&oacute;ximos meses en la Misi&oacute;n de Chil&oacute;n o en San Crist&oacute;bal. Me dio su verdadero nombre &#151;ya no era Juan, sino Jan de Vos&#151; y su direcci&oacute;n, que en realidad era la direcci&oacute;n de un amigo suyo, Kees Grootenboer, en la calle Josefa Ortiz de Dom&iacute;nguez.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al escribir su nombre en mi libreta me equivoqu&eacute;, y lo escrib&iacute; en franc&eacute;s como Jean. Se dio cuenta y me lo corrigi&oacute;, su nombre era en realidad flamenco y se escrib&iacute;a: Jan. Para m&iacute;, en ese momento, fue s&oacute;lo un peque&ntilde;o detalle de ortograf&iacute;a. No me dar&iacute;a cuenta del alcance de ese detalle, de que Jan era flamenco, hasta muchos a&ntilde;os m&aacute;s tarde, cuando convers&eacute; con &eacute;l despu&eacute;s de visitar la regi&oacute;n flamenca de su pa&iacute;s, percibir su larga historia y los conflictos pasados y actuales con la comunidad hablante de franc&eacute;s. Era la primera vez que &eacute;l corregir&iacute;a alguno de mis errores escritos, pero no ser&iacute;a la &uacute;ltima.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Seguimos platicando un poco. Todo mundo dentro de la camioneta comenzaba a desesperarse de que no termin&aacute;ramos de despedirnos. Nos dimos entonces r&aacute;pidamente la mano y la camioneta desapareci&oacute; en el polvoriento camino maderero que llevaba hasta el crucero Pi&ntilde;al, donde segu&iacute;a hacia el norte, al poblado de P&eacute;njamo en Tabasco y que al sur se internaba en los ejidos de la Selva.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fue un encuentro que recordar&eacute; siempre, no solamente porque qued&eacute; fascinado con la personalidad y conocimiento de Jan, sino tambi&eacute;n por razones que son dif&iacute;ciles de explicar, ligadas a la intensidad emocional de ese momento. Dos ladinos, dos <i>caxlanes</i><sup><i><a href="#nota">*</a></i></sup> extranjeros (porque seguramente yo era tan extranjero o m&aacute;s que Jan) se encontraban en medio de un pueblo de indios y compart&iacute;a unas cuantas palabras, unos conceptos, pero que con seguridad rebelaban los sue&ntilde;os comunes de revoluci&oacute;n y liberaci&oacute;n, que estaban detr&aacute;s; adem&aacute;s de que los dos <i>caxlanes</i>, trataban de entender ese mundo ind&iacute;gena que deseaban transformar, y que les fascinaba y atra&iacute;a tanto, y que al mismo tiempo les era tan extra&ntilde;o.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora me queda claro que Jan ten&iacute;a muchas cosas que transmitir. Estaba realmente entusiasmado por lo que hab&iacute;a encontrado. Se le hab&iacute;an abierto las puertas que daban acceso a un mundo humano que consideraba fascinante: el de la &eacute;poca colonial en Am&eacute;rica, a trav&eacute;s de la sociedad chiapaneca. Su trabajo de historiador le permit&iacute;a percatarse que ese conocimiento era necesario para conocer y entender la sociedad chiapaneca contempor&aacute;nea, y poder fomentar el proceso de liberaci&oacute;n de los ind&iacute;genas.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora me sorprende, al releer mis notas, lo claro que ten&iacute;a ya, su proyecto de trabajo como historiador para los siguientes decenios, proyecto que acometer&iacute;a con mucho trabajo, con gran disciplina y rigor. Esa vez, con unas cuantas palabras, me hab&iacute;a abierto, de par en par, las puertas de la historia colonial y moderna de Chiapas. Ya no me quedar&iacute;a sino leer sus libros para conocer los detalles.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Al paso de los a&ntilde;os</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A partir de ese d&iacute;a nuestras vidas se cruzar&iacute;an en incontables momentos, yo me volver&iacute;a un admirador suyo casi incondicional y me dedicar&iacute;a a seguirle los pasos; lo cual no era sencillo. Cuando llegaba a buscarlo a la Misi&oacute;n de Chil&oacute;n estaba en San Crist&oacute;bal o en Guatemala; y cuando lo buscaba en San Crist&oacute;bal estaba en Chil&oacute;n. De hecho tardar&iacute;amos muchos meses para volvernos a encontrar despu&eacute;s de esa primera vez, en el convento de Chil&oacute;n. Nos comenzamos a ver un poco m&aacute;s cuando me fui a trabajar al Centro de Investigaciones Ecol&oacute;gicas del Sureste, en San Crist&oacute;bal, y el camino hasta Chil&oacute;n mejor&oacute; notablemente. Muchos de nuestros encuentros fueron frutos del azar, y sucedieron en alguna calle o tienda de San Crist&oacute;bal, en alguna oficina de Palenque, en alg&uacute;n camino de la Selva o en la casa de alg&uacute;n amigo com&uacute;n que nos invitaba, como Elena Fern&aacute;ndez Gal&aacute;n y Kees Grootemboer. Para m&iacute; siempre fue un placer encontrarlo, porque siempre aprend&iacute;a algo de nuevo con &eacute;l.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con la publicaci&oacute;n de su tesis de doctorado, que como dec&iacute;a Juan Pedro Viqueira, se le&iacute;a casi como una novela, comenz&oacute; a destacar de una manera notable en el mundo acad&eacute;mico que lo descubr&iacute;a con admiraci&oacute;n. Todav&iacute;a recuerdo las primeras l&iacute;neas de su introducci&oacute;n que me impactaron mucho:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El Mi&eacute;rcoles Santo del a&ntilde;o de 1695, a las doce del d&iacute;a, un fraile franciscano se hallaba en la cima de una colina (...). Contemplaba con suma satisfacci&oacute;n lo que durante cuarenta d&iacute;as de marcha fatigosa hab&iacute;a llenado sus sue&ntilde;os y compensado sus esfuerzos (...). No cab&iacute;a duda: el misionero hab&iacute;a encontrado la cabecera legendaria de los indios lacandones, la &uacute;ltima tribu ind&iacute;gena insumisa de Chiapas (...) y escrib&iacute;a:</font></p>  		    <blockquote> 			    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">(...) me voy luego en nombre del dulc&iacute;simo Jes&uacute;s al pueblo de Nuestra Se&ntilde;ora de los Dolores a anunciarles a sus habitantes la Paz de Dios y de el Rey.</font></p> 		</blockquote> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los libros de Jan los leer&iacute;a y releer&iacute;a como a ning&uacute;n otro autor, porque compart&iacute;a sus sue&ntilde;os y, especialmente, la pasi&oacute;n de entender lo que estaba pasando en la Selva Lacandona. Me regal&oacute; muchos de sus libros, tambi&eacute;n los compr&eacute; para tener siempre a la disposici&oacute;n varios ejemplares. Los regalaba a los amigos y los llevaba siempre conmigo a los diferentes lugares donde me trasladaba a vivir.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con el tiempo llegu&eacute; a considerar a Jan como heredero de los antiguos cronistas coloniales, pero deshaciendo casi todas las leyendas importantes que pesaban sobre la historiograf&iacute;a chiapaneca: que los llamados actualmente lacandones no eran los verdaderos lacandones coloniales sino unos impostores, que los indios chiapanecas no hab&iacute;an intentado un suicidio colectivo para escapar de los espa&ntilde;oles, que la conquista de Chiapas era muy diferente a la historia oficial y que la anexi&oacute;n a M&eacute;xico hab&iacute;a sido uno de los primeros fraudes electorales de nuestra historia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Asist&iacute; a una memorable presentaci&oacute;n suya en San Crist&oacute;bal sobre Juan L&oacute;pez durante la Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropolog&iacute;a, donde por cierto caus&oacute; gran revuelo la ponencia de Bob Laughlin, donde criticaba a los antrop&oacute;logos mexicanos que no aprend&iacute;an las lenguas ind&iacute;genas. Llegu&eacute; tambi&eacute;n a asistir a muchas de las presentaciones de sus libros. En 1988 en el Museo Tamayo de M&eacute;xico present&oacute; su libro sobre los madereros tabasque&ntilde;os y ah&iacute; conoc&iacute; por primera vez a su esposa, Emma Coss&iacute;o. El levantamiento zapatista en 1994 nos sorprendi&oacute; a ambos en la Ciudad de M&eacute;xico, y tuvimos varias reuniones para tratar de compartir nuestros puntos de vista e informaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En los &uacute;ltimos a&ntilde;os comenc&eacute; a releerlo con renovado inter&eacute;s. Encontraba en sus textos cosas nuevas que no hab&iacute;a visto antes. Especialmente una segunda o tercera relectura de <i>Nuestra ra&iacute;z</i><sup><i><a href="#nota">*</a></i></sup> me maravill&oacute; y me dio temas para poder discutir con Jan. Desgraciadamente, viviendo ahora en Par&iacute;s, de nuevo me costaba trabajo volverlo a encontrar. As&iacute;, cuando lo buscaba en M&eacute;xico estaba en San Crist&oacute;bal, o cuando lo buscaba en San Crist&oacute;bal estaba en Sevilla. Tampoco pude asistir, como hubieran sido mis deseos, a la ponencia magistral de Jan que estaba prevista en la Reuni&oacute;n Internacional de Mayistas en la Ciudad de M&eacute;xico. Por ello buscaba una oportunidad para reencontrarlo de nuevo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>El &uacute;ltimo encuentro</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por fortuna puedo, por fin, coincidir en San Crist&oacute;bal con &eacute;l. Lleg&oacute; con emoci&oacute;n a su casa, atr&aacute;s de la Iglesia de Guadalupe. He tomado un taxi en el centro. El chofer esquiva a los peatones y bicicletas, as&iacute; como los puestos para las fiestas patrias en la calle Real de Guadalupe. Al bajarme del autom&oacute;vil me dice: "&iexcl;Ah, viene a la casa del se&ntilde;or Jan! &iexcl;Ya vio usted el mural que mand&oacute; pintar?" Admiro la pintura en la barda de la casa, donde se mezclan las im&aacute;genes de los mayas antiguos y modernos. Jan me abre la puerta, Emma nos espera. El mural fue realizado por un amigo suyo, pero todav&iacute;a no est&aacute; terminado. Contemplo su casa y su patio. La ma&ntilde;ana est&aacute; soleada y el cielo es de un azul intenso. Su biblioteca, como de costumbre perfectamente ordenada, adornada con pinturas y esculturas que representan a los mayas de Chiapas y Guatemala.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Agradezco que me reciba. Le comento sobre mis relecturas de sus libros y las ideas que me van surgiendo para interpretar la historia de Chiapas. Aunque mis ideas est&aacute;n todav&iacute;a en una forma muy embrionaria, voy a escribir unas notas y se las voy a enviar para que me d&eacute; su punto de vista. Me encuentro feliz de discutir, como s&oacute;lo puedo hacerlo con &eacute;l.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Recordamos con nostalgia nuestro primer encuentro en San Jer&oacute;nimo Tulij&aacute;. Ha pasado ya tanto tiempo, pero sigue tan presente. "Jan, &iquest;no recuerdo si me hablaste esa vez de Fray Pedro Lorenzo? pero luego fue el primer libro que me regalaste, &iquest;verdad?"</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me dice que a prop&oacute;sito de libros me quiere regalar su &uacute;ltimo libro: <i>Vienen de lejos los torrentes</i>.<sup><a href="#nota">*</a></sup> Entra a su biblioteca y trae el libro, en su primera p&aacute;gina escribe: Para Martine y Rodolfo, con el afecto de siempre, Jan. Jobel, 10 de septiembre de 2011.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al momento de leer la fecha me despierto, y comprendo que toda esta &uacute;ltima conversaci&oacute;n ha sido un sue&ntilde;o a lo Borges. Me encuentro en realidad a miles de kil&oacute;metros de San Crist&oacute;bal, en una ma&ntilde;ana soleada, pero en mi departamento de Par&iacute;s, sentado en mi mesa de trabajo alrededor de sus libros y me he inventado este &uacute;ltimo encuentro, que nunca se dio, ni se pudo verificar. Jan muri&oacute; hace ya varias semanas el 24 de julio pasado y se ha llevado con &eacute;l algo de m&iacute;. Espero alg&uacute;n d&iacute;a terminar las notas sobre mis lecturas de sus libros.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="right"><font face="verdana" size="2">Par&iacute;s, septiembre de 2011</font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font>	</p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">* Nombre con el cual los ind&iacute;genas designan a los blancos y mestizos. La palabra "caxlan" tambi&eacute;n es utilizada para referirse a la lengua castellana <a href="http://www.sipaz.org/glosario/glosesp.htm" target="_blank">http://www.sipaz.org/glosario/glosesp.htm</a> (ed.)</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">* 2001, <i>Nuestra ra&iacute;z</i>, M&eacute;xico, Cl&iacute;o&#45;CIESAS. &#91;Texto en espa&ntilde;ol y toztzil, versi&oacute;n original en espa&ntilde;ol, Jan de Vos (<i>Xwa&ntilde; Wax</i>); traducci&oacute;n al <i>ch'ol</i> de Tila: Juan Jes&uacute;s V&aacute;zquez &Aacute;lvarez&#93; (ed.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2596202&pid=S2007-8110201200010000600001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->)</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">* 2010, <i>Vienen de lejos los torrentes. Una historia de Chiapas</i>. M&eacute;xico, Conaculta&#45;Chiapas (ed.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2596204&pid=S2007-8110201200010000600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->)</font></p>      ]]></body><back>
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