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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Recorridos urbanos y po&eacute;ticos. <i>Ciudad Quiltra</i></b></font></p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Sebasti&aacute;n Aguirre&#42;</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Magda Sep&uacute;lveda Eriz, <i>Ciudad Quiltra. Poes&iacute;a chilena (1973&#45;2013)</i>, Santiago, Cuarto propio, 2013</b></font></p> 	    <p align="center">&nbsp;</p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>&#42;Pontificia Universidad Cat&oacute;lica de Chile</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/valencia/v7n14/a10i1.jpg"></font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el libro <i>Ciudad Quiltra. Poes&iacute;a chilena (1973&#45;2013)</i>, Magda Sep&uacute;lveda Eriz realiza un recorrido por los &uacute;ltimos cuarenta a&ntilde;os de la poes&iacute;a chilena, construyendo una estrecha relaci&oacute;n entre tiempo y espacio urbano. <i>Ciudad Quiltra</i> no puede definirse como un lugar o un estado, m&aacute;s bien es una hibridaci&oacute;n entre caracterizaci&oacute;n e interpretaci&oacute;n de la ciudad y las voces que la habitan.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sep&uacute;lveda toma la palabra <i>quiltra</i> desde su origen mapuche, donde designa a los perros callejeros que no son de raza, y la ampl&iacute;a a todas las subjetividades no hegem&oacute;nicas que toman la voz en la poes&iacute;a chilena. Para la cr&iacute;tica literaria, son las voces principalmente <i>quiltras</i> quienes, por medio de la poes&iacute;a, esperan ser escuchadas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"&#191;Qu&eacute; voces tienen pertenencia espacial?, &#191;qu&eacute; hacen las entidades en determinados espacios?, &#191;qui&eacute;nes son los proscritos?, &#191;qu&eacute; lugares abandonados son reterritorializados?", son las interrogantes que Sep&uacute;lveda aborda en cada uno de los cap&iacute;tulos de su libro. Este libro persigue no s&oacute;lo la reflexi&oacute;n po&eacute;tica y urbana, sino que a ra&iacute;z de &eacute;stas pretende mapear la ciudad y reconocer los componentes de historia y memoria de los espacios. La autora estructura su libro en tres cap&iacute;tulos, comienza con "Paseos peatonales y bald&iacute;os: La dictadura (1973&#45;1989)", donde utiliza la figura del paseo como s&iacute;mbolo de una derrota pol&iacute;tica. El sujeto que habita la ciudad ha sido aniquilado o moldeado por el poder imperante. "El sujeto sucio se borra y aparece uno nuevo que se autoengendra". Es decir, las voces quiltras son las que manchan y ensucian la ciudad y un Estado autoritario asume como deber limpiar al pa&iacute;s de estas subjetividades. El proceso de aseo consiste en una higienizaci&oacute;n pol&iacute;tica, en donde el marxismo fue entendido como el principal contaminante; por tanto, a sus militantes se les hizo desaparecer o replegarse a lugares donde no pod&iacute;an ser vistos ni escuchados. Son precisamente esas voces alucinadas o espectrales y los lugares donde habitan los que rescata <i>Ciudad Quiltra</i>.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Terrenos bald&iacute;os como el peladero, adquieren una significaci&oacute;n preponderante. "Los personajes del peladero son mendigos, prostitutas y travestis, vale decir, cuerpos rechazados y a la vez producidos por el sistema que los arroja a ese lugar". Quiz&aacute;s uno de los mejores ejemplos que realiza Sep&uacute;lveda para ilustrar el peladero como hogar del marginado es el que desarrolla a trav&eacute;s de la pel&iacute;cula "Caluga o Menta" (1990), de Gonzalo Justiniano. La primera escena de la pel&iacute;cula muestra un peladero junto a unos <i>blocks.</i> La c&aacute;mara comienza a recorrer el lugar y se encuentra con dos sujetos sin polera que, tirados sobre unos cartones, no hacen m&aacute;s que mirar el cielo. A la escena la acompa&ntilde;a una voz de fondo que dice: "El tiempo se divid&iacute;a en d&iacute;as, lo que nunca logr&eacute; entender, pues todos los d&iacute;as eran iguales. Ellos estaban siempre ah&iacute; botados, como abandonados". La pobreza se concentraba en los sitios m&aacute;s perif&eacute;ricos, mientras la dictadura se preocupaba por construir la imagen de un Chile solvente econ&oacute;micamente. De este modo, el pa&iacute;s comienza a adquirir dos realidades completamente opuestas, las cuales se analizan en <i>Ciudad Quiltra</i>.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tanto la oposici&oacute;n que plantea Sep&uacute;lveda, entre la vitrina luminosa y el bald&iacute;o, como otras dualidades logran ser plasmadas por los artistas de la &eacute;poca. Pienso en el grupo musical chileno Elicura y su canci&oacute;n "El Metro" que, por medio de un viaje por la ciudad, logran retratar la imagen del Chile de la &eacute;poca; un Chile tremendamente desigual y que el Gobierno se esforz&oacute; por esconder: "Qu&eacute; lindo el metro en mi ciudad / &#91;...&#93; pasa por debajo sin mirar la realidad. /Arriba los pobres en silencio la unidad &#91;...&#93; // Aqu&iacute; abajo orden y paz / Ac&aacute; todo es luminoso no hay basuras ni insolencias / Arriba mi calle oscura los pobres con sus dolencias". El grupo Elicura representa una ciudad dividida espacialmente y, as&iacute;, recrea dos tipos de realidades. Aquellos que habitan en el exterior no pertenecen al progreso ni est&aacute;n dentro de los planes del Gobierno. Han sido aislados hacia una superficie que no condice con lo que el transporte subterr&aacute;neo ofrece y que fue la estampa de la dictadura militar: orden, limpieza y desarrollo. La superficie funciona, entonces, como un s&iacute;mbolo opuesto a las v&iacute;as del progreso.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra caracter&iacute;stica importante de la &eacute;poca que Sep&uacute;lveda aborda es el rol del brillo y la luminosidad. La autora relaciona la artificialidad de la luz con una ciudad movida por el consumismo: "Estas nuevas ciudades movidas prioritariamente por inter&eacute;s econ&oacute;mico &#91;...&#93; entregan una luz falsa, una iluminaci&oacute;n s&oacute;lo de escenario. Ya no existe una luz ilustrada". En la ciudad, el capitalismo de la luz publicitaria y el auge de los paseos peatonales, las tiendas y los <i>malls</i>, provocaron una sensaci&oacute;n de modernidad y bienestar econ&oacute;mico ligada no a la calidad de vida, sino a la disponibilidad de productos a la venta, lo que no hac&iacute;a m&aacute;s que acrecentar y ocultar la desigualdad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cantantes como Payo Grondona representan la manifestaci&oacute;n espacial de esta desigualdad econ&oacute;mica. La canci&oacute;n "Am&eacute;rico Vespucio" indaga sobre la ruta que empez&oacute; a construirse en 1962 y finaliz&oacute; en 1987, durante la dictadura. Esta pista automotriz evidenci&oacute;, y deja entrever todav&iacute;a, dos realidades opuestas: "La circunvalaci&oacute;n Am&eacute;rico Vespucio tiene barrios limpios, tiene barrios sucios/ La circunvalaci&oacute;n tiene dos ollitas, una es com&uacute;n, y la otra privadita/ Al norte los pirulos, al poniente los picantes/ Al oriente negociados al poniente cesant&iacute;a". Grondona establece la desigualdad de un pa&iacute;s al usar la avenida como metonimia de Chile. Lo sorprendente es c&oacute;mo una calle en particular, y con un kilometraje acotado, puede albergar realidades tan alejadas una de la otra, desde sitios eriazos hasta condominios de los barrios m&aacute;s acomodados.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">El desplazado ya no puede estar tranquilo ni en el vertedero ni en el lugar m&aacute;s miserable, pues est&aacute; siendo desplazado constantemente por el poder. La ciudad avanza, insistiendo en limpiar e iluminar el margen, pues considera que quienes lo habitan son s&oacute;lo espectros sin valor y, por lo tanto, ser&aacute;n desalojados todas las veces que el progreso lo estime necesario. Recuerdo que, hasta la d&eacute;cada de los a&ntilde;os ochenta, un sector de La Florida, comuna popular por donde pasaba la circunvalaci&oacute;n Am&eacute;rico Vespucio, estaba habitado por pobladores que, en busca de una manera digna de subsistir, manten&iacute;an tomas de terreno y campamentos. La televisi&oacute;n comenz&oacute; a crear una imagen delictiva de los pobladores, donde fueron presentados como ladrones y vagos, responsables de focos de drogadicci&oacute;n y prostituci&oacute;n. Con esta excusa, en el a&ntilde;o 1988 el lugar fue deshabitado, para comenzar los trabajos de construcci&oacute;n de lo que hoy es el <i>Mall</i> Plaza Vespucio. Una vez m&aacute;s, "el consumo es aplaudido y legitimado" al sustituir por luces y vitrinas los lugares donde antes exist&iacute;a la vida popular. Pienso, entonces, que el peladero jam&aacute;s ser&aacute; un lugar fijo. Los terrenos bald&iacute;os, presentes hasta hoy, sufren constantes re&#45;marginalizaciones por pol&iacute;ticas de desarrollo. La higienizaci&oacute;n responde al proceso de modernizar la ciudad, de llenarla de luces, aunque las luces no son para todos. La ciudad crece y, por ende, el margen se va alejando cada vez m&aacute;s de ella. Son las afueras del mundo, lugar al que el quiltro le fue predestinado habitar.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Caluga o menta</i> presenta al marginal de aquella &eacute;poca y, a la vez, a uno totalmente contempor&aacute;neo. La imposibilidad de hacer los d&iacute;as distintos significa el estar condenado a vivir fuera del mundo. No es tan s&oacute;lo un aislamiento geogr&aacute;fico. El habitante del peladero se transforma en un excluido social al que no se le otorgan oportunidades. Su condici&oacute;n es una limitante para la educaci&oacute;n, trabajo o cualquier actividad en que la validaci&oacute;n del lugar donde vive es un factor importante. Todo le ha sido negado. Entonces, la monoton&iacute;a de su vida recae en el no tener la oportunidad de hacer algo distinto dentro de los par&aacute;metros establecidos por la sociedad. El marginal se convierte ahora en un sujeto herido por las instituciones, por lo que resulta un desenlace casi obvio el que comience a quebrantar la ley.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El segundo cap&iacute;tulo de este libro, "Poblaciones y hospeder&iacute;as: La Transici&oacute;n (1990&#45;2000)", discute las consecuencias que tiene no seguir creyendo en proyectos colectivos. La autora sit&uacute;a al movimiento obrero y al movimiento de pobladores como los dos grandes protagonistas colectivos del siglo XX. Sin embargo, esta importancia fue violentamente mermada durante la Transici&oacute;n, al borrar la imagen de un pueblo noble y reemplazarla por un pueblo lumpen caracterizado por la delincuencia. Las herencias de la dictadura condenan violentamente las manifestaciones en grupo, ya que llaman al desorden y son se&ntilde;ales evidentes de una "traici&oacute;n al Estado". Entonces, la mentalidad es ahora individual: "ya no es necesario sindicalizarse para lograr mejores bienes, basta con endeudarse con la tarjeta de cr&eacute;dito". El modelo econ&oacute;mico surgido durante la dictadura permite estas atribuciones. El consumo se instaura como un lugar. Es decir, las salidas recreativas dejan de existir para dar paso a las salidas de consumo. La capacidad de adquirir pretende exorcizar los fantasmas de la precariedad que existieron en los a&ntilde;os anteriores, convirtiendo al sujeto en un objeto de y para el consumo. La clase media fue quien aprendi&oacute; a sobrevivir de esta manera, no obstante, ciertos grupos de pobres no tuvieron opci&oacute;n y se volcaron al crimen, lo que provoc&oacute; la desaparici&oacute;n de cualquier tipo de esperanza en la acci&oacute;n colectiva.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En consecuencia de lo anterior, Sep&uacute;lveda opina que la voz del quiltro evidencia que no ganaron un cambio de vida con la vuelta de la democracia. Para &eacute;l, todo sigue siendo mirado desde el margen. Un margen que el Estado se ha encargado, durante a&ntilde;os, de mantener en su lugar. Casi no existen pol&iacute;ticas p&uacute;blicas que mejoren su situaci&oacute;n o provoquen cambios radicales. Nos encontramos con instituciones basadas en la caridad (como el Hogar de Cristo y Un Techo para Chile) o fundaciones de todo tipo, que basan sus propuestas en soluciones paliativas, pero nunca en reestructuraciones de fondo. Pienso que instituciones de este tipo no difieren mucho de otras como Paz Ciudadana, organizaci&oacute;n destinada a la seguridad de los bienes de los m&aacute;s ricos y a la que tambi&eacute;n se refiere Sep&uacute;lveda en su libro: "La idea de producir tecnolog&iacute;a para la reducci&oacute;n del delito no es sino m&aacute;s vigilancia y castigo, es decir la continuaci&oacute;n de una sociedad represiva". Ambas, las instituciones del Estado y las organizaciones de caridad, se encargan, con la misma violencia, de mantener al marginado en su sitio. La forma de los bonos estatales no hace m&aacute;s que contener al delincuente en su lugar sin promover oportunidades de reintegrarse. Asimismo, las organizaciones caritativas han disminuido los programas de inserci&oacute;n para privilegiar una ayuda inmediata pero moment&aacute;nea.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Magda Sep&uacute;lveda inicia el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo de <i>Ciudad Quiltra</i>, "Mapurbes y discotecas: El &uacute;ltimo per&iacute;odo de la concertaci&oacute;n (2001&#45; 2010)", con un relato personal en el que recorre la Plaza de Armas de Santiago. En &eacute;l, describe dos esculturas ubicadas en este centro c&iacute;vico: la primera, reconocible para la mayor&iacute;a, corresponde a la figura ecuestre de Pedro de Valdivia, mientras que la segunda "yace" m&aacute;s an&oacute;nima y corresponde a una escultura ind&iacute;gena que representa a un mapuche sin cuerpo. La observaci&oacute;n de la autora deja entrever un profundo hecho simb&oacute;lico en la comparaci&oacute;n que enmarca de qu&eacute; forma vemos a nuestros antepasados.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El pueblo mapuche ha manifestado constantemente el derecho a coexistir en igualdad junto a sus pares. Petici&oacute;n que no ha sido denegada y que el Estado se ha esforzado por concretar. Sin embargo, m&aacute;s all&aacute; de las leyes o reconocimientos, la percepci&oacute;n de la mayor&iacute;a no se ajusta precisamente a la integraci&oacute;n. La aprobaci&oacute;n de una ley en que el poder jur&iacute;dico reconozca una comunidad ind&iacute;gena, no significa que una sociedad determinada tambi&eacute;n vaya a hacerlo. Por ejemplo, hace alg&uacute;n tiempo, durante mi primer a&ntilde;o de universidad, tuve un compa&ntilde;ero de origen ind&iacute;gena. Ven&iacute;a de Nueva Imperial y su nombre era Javier Silva Huichaquel&eacute;n. Al llegar a la capital, r&aacute;pidamente adquiri&oacute;, entre sus m&aacute;s cercanos, el apodo de "huaso" debido a su origen sure&ntilde;o. Esa fue la primera discriminaci&oacute;n que sufri&oacute;. Quiz&aacute;s temeroso de una segunda, opt&oacute; por omitir su apellido materno mapuche. En ocasiones, s&oacute;lo si era estrictamente necesario, escrib&iacute;a una "H" abreviando Huichaquel&eacute;n. Es evidente que durante su estad&iacute;a en Santiago procur&oacute;, mediante todos los medios posibles, no hacer visible su condici&oacute;n. No debe haber extra&ntilde;eza en estos resguardos, pues, la ciudad chilena rechaza toda diferencia. Es recurrente que a aquel que no pertenezca a la Regi&oacute;n Metropolitana sea despojado de su nombre y le sea asignado uno nuevo. Es la manera en que el citadino le recuerda al quiltro que no pertenece a este lugar. No obstante, Chile no discrimina tan s&oacute;lo en raz&oacute;n de ser provinciano, sino tambi&eacute;n por la condici&oacute;n socioecon&oacute;mica, &eacute;tnica o de orientaci&oacute;n sexual. La historia de Javier me confirma la interpretaci&oacute;n de Sep&uacute;lveda frente a las esculturas. Nuestra conciencia hist&oacute;rica no ha despertado, de ah&iacute; que la presencia ind&iacute;gena a&uacute;n no sea valorada, no tenga un cuerpo reconocible y tampoco sea nombrada por sus significantes propios.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La autora nos entrega luces sobre el problema del nombrar, que potencia los testimonios recogidos por el poeta Chihuailaf: "Entonces una de las cosas que &eacute;l asumi&oacute; &#151;por sus sufrimientos&#151; fue que sus hijos no hablaran mapudung&uacute;n. Hace 15 o 20 a&ntilde;os hab&iacute;a que tratar que la Identidad apareciera lo menos posible". El esfuerzo recae entonces en rescatar la voces que hablan de la subjetividad de etnia y que est&aacute;n tensionadas con la nacionalidad chilena. Una parte de la poes&iacute;a mapuche que aborda Sep&uacute;lveda lucha contra la condici&oacute;n subalterna, su poes&iacute;a se coloca en el mismo nivel y con los mismos derechos que los textos de otras culturas. Por ello, la cr&iacute;tica comenta textos mapuches que se dirigen tambi&eacute;n al lector urbano y letrado; es decir, reclama, por medio del conocimiento, una &eacute;tica e identidad propia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Ciudad Quiltra</i> no s&oacute;lo interpreta los nuevos lugares de la ciudad como un ejercicio de imaginarios urbanos, sino que tambi&eacute;n nos ayuda a comprender las voces po&eacute;ticas que convirtieron esos espacios en propios, lo que permite al lector redescubrir los diversos lugares que habita. El sentido de pertenencia que logra la autora se construye gracias a la separaci&oacute;n por &eacute;pocas realizada en cada cap&iacute;tulo, ya que, permite al lector recoger pr&aacute;cticas urbanas de d&eacute;cadas pasadas y reconocerlas en el presente. Es en este momento donde <i>Ciudad Quiltra</i> adquiere una profunda relevancia, pues, finalmente, la mejor manera de situarnos en nuestro tiempo y lugar es comprendiendo la producci&oacute;n social del espacio de quienes nos preceden.</font></p>      ]]></body>
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