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</front><body><![CDATA[  	    <p><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p> 	    <p align="center">&nbsp;</p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><font face="verdana" size="4"><b>David Cordingly, <i>Under the Black Flag: the Romance and the Reality of Life among the Pirates</i></b></font></p>      <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Adri&aacute;n Curiel Rivera</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>New York, Harvest Book, 1997, 296 pp.</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>UACSHUM, CH, UNAM.</i></font></p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Piratas de verdad y de mentira</b></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La historia de los piratas que se ense&ntilde;orearon de las rutas oce&aacute;nicas entre los siglos XVI y XVIII bien podr&iacute;a resumirse o como el itinerario de las tropel&iacute;as de un pu&ntilde;ado de ladrones y aventureros, o como la manifestaci&oacute;n extraterritorial de una guerra entre potencias europeas &#151;sobre todo Espa&ntilde;a, Francia e Inglaterra&#151; para imponer la hegemon&iacute;a econ&oacute;mica y pol&iacute;tica a ra&iacute;z del descubrimiento de Am&eacute;rica y el reparto de tierras decretado por el Papa Alejandro VI. La figura del pirata, no obstante, ha trascendido su categor&iacute;a estrictamente hist&oacute;rica y se ha apoderado del imaginario colectivo de las sociedades modernas (donde, por otra parte, han surgido nuevas formas de pirater&iacute;a y resucitado otras que se cre&iacute;an suprimidas) a trav&eacute;s de numerosas recreaciones de sus haza&ntilde;as que van desde la literatura, la pintura y el cine hasta el c&oacute;mic y la m&uacute;sica oper&iacute;stica o sinf&oacute;nica. De esta manera, la realidad y la ficci&oacute;n han ido entretejiendo una leyenda donde los testimonios fidedignos de v&iacute;ctimas, o las deposiciones documentadas de verdaderos piratas sometidos a juicio y ejecutados, se confunden y conviven con los personajes de <i>La isla del tesoro</i> de Robert Louis Stevenson, con los intr&eacute;pidos corsarios de las sagas mar&iacute;timas de Emilio Salgari, con el Capit&aacute;n Garfio de <i>Peter Pan</i> o con las aterradoras estampas de los dibujantes Howard Pyle y su disc&iacute;pulo N.C. Wyeth. El cine, naturalmente, ha ejercido una influencia notable en la forma como hoy imaginamos a los m&aacute;s c&eacute;lebres piratas, a sus barcos, incluso a los paradis&iacute;acos escenarios tropicales en cuyas costas, en teor&iacute;a, echaban anclas para emborracharse y repartir el bot&iacute;n luego de saquear una opulenta villa virreinal o tras el exitoso abordaje de una carabela espa&ntilde;ola cargada de tesoros. Es dif&iacute;cil no asociar los nombres de ciertos actores como Errol Flynn y Douglas Fairbanks a pel&iacute;culas del estilo de <i>El halc&oacute;n del mar</i> y <i>El pirata negro,</i> u olvidar el uso tendencioso que hizo Hollywood, en la d&eacute;cada de los 40, de cintas en las que los piratas del XVI simbolizaban el patriotismo y la superioridad moral de los pa&iacute;ses anglosajones frente a una Espa&ntilde;a imperial, fan&aacute;tica y corrupta que guardaba un nada disimulado paralelismo con la del General&iacute;simo Franco, aliado ideol&oacute;gico de Hitler y Mussolini antes del estallido de la segunda guerra mundial.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La iconograf&iacute;a contempor&aacute;nea de los piratas, por lo tanto, se ha nutrido tanto de sucesos ver&iacute;dicos como veros&iacute;miles, de biograf&iacute;as reales e inventadas, de peque&ntilde;os incidentes rigurosamente falsos y de grandes episodios que ocurrieron pero a los que no resulta f&aacute;cil dar cr&eacute;dito. Recu&eacute;rdese la devastaci&oacute;n de Panam&aacute; por parte de Henry Morgan en 1671. Fue de tal magnitud que oblig&oacute; a los habitantes que pudieron escabullirse a reconstruir por completo la ciudad en un nuevo emplazamiento. Las representaciones m&aacute;s populares de los piratas, por otra parte, han contribuido a revestirlos de un aura rom&aacute;ntica que cualquiera que haya ca&iacute;do en sus garras no habr&aacute; podido divisar ni por asomo. &iquest;C&oacute;mo determinar entonces si lo que sabemos o creemos saber coincide con lo que fue su realidad espec&iacute;fica? &iquest;Hasta que punto la percepci&oacute;n que en la actualidad se tiene de ellos es correcta o err&oacute;nea?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para desbrozar lo que hay de verdad y mentira en el universo imaginado de los piratas, el especialista ingl&eacute;s David Cordingly, acad&eacute;mico y por muchos a&ntilde;os curador en jefe del Museo Nacional Mar&iacute;timo en Greenwich, ha escrito este ensayo. La finalidad es emprender el rastreo de los lugares comunes que conforman el estereotipo "pirata" para averiguar a continuaci&oacute;n de d&oacute;nde procede cada t&oacute;pico y si &eacute;ste se ajusta o no a los datos objetivos que las investigaciones hist&oacute;ricas han podido constatar.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El cotejo se inicia con el tema relativo a las patas de palo y los loros. Se trata de aclarar si entre los marineros consagrados a las tareas pir&aacute;ticas hab&iacute;a individuos como Long John Silver, personaje inmortalizado por R. L. Stevenson, que se paseaba por cubierta al comp&aacute;s de los bastonazos de su tibia de madera. A Silver lo acompa&ntilde;aba un locuaz periquillo, el cual protestaba o repet&iacute;a frases inconexas mientras se balanceaba sobre el hombro de su amo y se acicalaba las plumas con el pico. Stevenson era consciente de lo que hac&iacute;a al trazar las caracter&iacute;sticas de su h&eacute;roe y asignarle el puesto de cocinero del barco. No era extra&ntilde;o entre los marinos de los siglos XVII y XVIII, piratas o no, quedar expuestos a una serie de peligros y enfermedades que demandaban remedios tan dr&aacute;sticos como rudas eran las condiciones de navegaci&oacute;n. Una pierna despedazada por una r&aacute;faga de proyectiles o gangrenada por una bala de arcabuz, requer&iacute;a la inmediata atenci&oacute;n del cirujano y, a falta de &eacute;ste, del carpintero con su serrucho. Era pr&aacute;ctica habitual en la Armada Real seleccionar entre los lisiados al personal encargado de los ranchos. Stevenson, por consiguiente, se inspir&oacute; en la realidad para inventar a Silver, aunque &eacute;l mismo ha reconocido su deuda con otro modelo: W. E. Henley, un carism&aacute;tico amigo, ajeno a la vida mar&iacute;tima, que por una complicaci&oacute;n en la infancia hab&iacute;a perdido una extremidad. Entre los navegantes de esas centurias hubo adem&aacute;s, al menos, tres capitanes piratas "pie o pata de palo" que aterrorizaban a sus v&iacute;ctimas cuando les preced&iacute;a el repiqueteo sordo de su marcha descabalgada (a quienes Cordingly, curiosamente, no menciona en relaci&oacute;n con este asunto): el franc&eacute;s Francois Le Clerc y los holandeses Cornelius Corneliszoon Jol y Diet Heyn. Por lo que toca a los pericos, no hay duda de que suscitaban en los europeos gran fascinaci&oacute;n. Al principio los capturaban sin otro prop&oacute;sito que volver al Viejo Continente con alg&uacute;n ex&oacute;tico <i>souvenir.</i> Pero estas aves, gracias al brillante colorido de sus alas, a la simpat&iacute;a que despertaban sus facultades oratorias y a la circunstancia de que fuera m&aacute;s f&aacute;cil su cuidado que el de los monos u otros animales, pronto encabezaron la lista de las mascotas predilectas de los piratas. En sus diarios William Dampier describe unos loros salvajes que &eacute;l y otros cortadores de palo de tinte pudieron avistar cerca de la Bah&iacute;a de Campeche: "Su plumaje era de un amarillo y un rojo bizarramente mezclados, y no paraban de parlotear. No hab&iacute;a marino que no quisiera llevarse uno a bordo".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra cuesti&oacute;n relativa a los piratas que ha excitado la fantas&iacute;a de millones de escritores y lectores, y que contin&uacute;a deleitando al p&uacute;blico con cada nueva superproducci&oacute;n hollywoodesca, se refiere a los asaltos sorpresivos a los puertos coloniales en Am&eacute;rica y a los abordajes a galeones espa&ntilde;oles supuestamente atiborrados de plata y oro. De nuevo, d registro de los hechos y las fabulaciones construidas a partir de ellos mantienen una fuerte correspondencia, aunque con matices. Juan Flor&iacute;n intercept&oacute; en 1523 una de las carabelas de Hern&aacute;n Cort&eacute;s apropi&aacute;ndose de un extraordinario cargamento que inclu&iacute;a el penacho de Moctezuma. En 1554 Le Clerc barri&oacute; durante treinta d&iacute;as Santiago de Cuba, entonces el principal asentamiento espa&ntilde;ol en la isla; para no quedarse atr&aacute;s su compa&ntilde;ero Jacques de Sores hizo lo propio con la Habana, y como no obtuviera el rescate exigido para liberar a los rehenes, opt&oacute; por prenderle fuego despu&eacute;s de que sus hombres profanaran la catedral y desfilaran borrachos por las calles con las sotanas de los sacerdotes puestas de collar. Sin embargo, es posible contar con los dedos los abordajes piratas verdaderamente importantes que siguieron al de Flor&iacute;n: en 1695 Henry Avey desvalij&oacute; el Ganji&#45;i&#45;Sawai, navio que transportaba nada m&aacute;s y nada menos que la hacienda del Gran Mongol. Cavendish y Woodes Rogers, en 1578 y 1709 respectivamente, apresaron el codiciado Gale&oacute;n de Manila que cubr&iacute;a el trayecto entre Acapulco y las Filipinas. Entre los episodios m&aacute;s resonados de este tipo figura el del barco <i>Nuestra Se&ntilde;ora de la Concepci&oacute;n,</i> alias <i>Cagafuego,</i> que cay&oacute; en la trampa tendida por un astuto pirata. Este bajel, como su apodo sugiere, estaba bien artillado. Al observar una inofensiva balandra que parec&iacute;a ir a la deriva, su capit&aacute;n, San Juan de Ant&oacute;n, decidi&oacute; acercarse para ofrecer ayuda. Los ingleses ni siquiera tuvieron que acudir al socorrido expediente de izar un falso pend&oacute;n. Salieron de sus escondrijos, hicieron sonar las trompetas y en un santiam&eacute;n hab&iacute;an lanzado ganchos y cabos para arrimarse al buque. San Juan de Ant&oacute;n fue presentado ante el jefe de los bandidos. &Eacute;ste trat&oacute; a aqu&eacute;l con excelente cortes&iacute;a. Lo convidaba a la hora de la cena y jugaban a las cartas. Incluso entreg&oacute; a los espa&ntilde;oles alg&uacute;n dinero en compensaci&oacute;n por el cuantioso monto de lo robado, y salvoconductos. Concluido el transbordo de los caudales y las mercanc&iacute;as a la balandra, se permiti&oacute; al prisionero retornar a su embarcaci&oacute;n. El pirata se despidi&oacute; declarando ser un caballero que velaba las armas al servicio de su reina.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sir Francis Drake, o el corsario Drake como lo llamaban sus enemigos, se ha convertido en un aut&eacute;ntico mito donde lo real y lo ficticio es apenas discernible, en un s&iacute;mbolo del enorme poder de la Inglaterra isabelina. Sus actividades constituyeron una pesadilla para Felipe II y sus s&uacute;bditos hispanos, a quienes detestaba por igual a ra&iacute;z de un incidente que casi le cuesta la vida a &eacute;l y a su t&iacute;o John Hawkins en 1568, cuando el virrey de Nueva Espa&ntilde;a los ca&ntilde;one&oacute; a traici&oacute;n en el puerto de Veracruz. Drake hab&iacute;a jurado venganza, y su feroz antiespa&ntilde;olismo (que parad&oacute;jicamente nunca lleg&oacute; a ser sanguinario) devino en una especie de credo militar. En los comienzos de su carrera, el m&aacute;s famoso de los piratas sufrir&iacute;a varios reveses. En una ocasi&oacute;n, tras un robo fallido en un poblado cercano a Panam&aacute;, recibi&oacute; un disparo en un muslo, por lo que tuvo que huir cojeando y andar a salto de mata entre pantanos y selvas. Pero Drake persever&oacute;. En complicidad con el hugonote franc&eacute;s Le Testu y los cimarrones rebeldes de la zona, embosc&oacute; a las recuas que trasladaban hacia Nombre de Dios los metales preciosos extra&iacute;dos de las minas de Per&uacute; para ser embarcados en la Flota de Tierra Firme. La suma de lo agenciado fue fabulosa, excediendo todo c&aacute;lculo. Desde entonces y hasta su &uacute;ltima aventura caribe&ntilde;a, la suerte le sonreir&iacute;a a Drake. Dos de sus proezas han quedado inscritas para siempre en los anales de la historia. La segunda circunnavegaci&oacute;n alrededor del planeta entre 1577 y 1580, a bordo de la <i>Golden Hind,</i> la cual, a diferencia de la de Magallanes, se completar&iacute;a con &eacute;xito. Y la humillaci&oacute;n infligida a la Armada Invencible de Espa&ntilde;a, en 1588, a las puertas mismas de C&aacute;diz.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cordingly analiza con apasionada minuciosidad otros aspectos legendarios. Hubo entre los piratas, en efecto, temibles mujeres sin disfraz, como la china Cheng (la "viuda Ching" de Borges) que lleg&oacute; a agrupar un ej&eacute;rcito de ladrones, o travestidas de la clase de Anne Bonny y Mary Read, quienes simulando ser hombres protagonizar&iacute;an con Calico Jack un idilio tan novelesco que a&uacute;n se discute si se trat&oacute; de un tri&aacute;ngulo o de un mero binomio entre ambas. La cuesti&oacute;n de la homosexualidad masculina es otro punto pol&eacute;mico. Estudios recientes han intentado demostrar que los piratas, en un ambiente tan grosero y musculoso, en camarotes oscuros y con largos periodos de navegaci&oacute;n, deb&iacute;an comportarse m&aacute;s o menos como lo har&iacute;a un pu&ntilde;ado de presos hacinados. Cordingly opina que, puesto que no hay datos que hagan suponer que esos marinos fueran especialmente p&uacute;dicos <i>(prudish),</i> ni alusi&oacute;n alguna a la sodom&iacute;a en sus estrictos c&oacute;digos de honor, es probable que ese comportamiento nunca haya sido una preocupaci&oacute;n, o que se practicara con liberal tolerancia. Al margen de esto, es evidente que los piratas no eran ningunas blancas palomitas. Despilfarraban en una noche de juerga lo que hab&iacute;an reunido en meses a costa de muchos sacrificios y peligros. Se entregaban con alegr&iacute;a a bacanales donde las mujeres, el ron, las apuestas y los pu&ntilde;etazos constitu&iacute;an un b&aacute;lsamo luego de las penurias de las traves&iacute;as. Una ciudad en Jamaica, Port Royal, se fund&oacute; y prosper&oacute; al amparo de estos excesos, y si algo la distingu&iacute;a de Bristol o Boston no era su arquitectura sino las prostitutas y las animadas tabernas en las que los piratas invert&iacute;an sus haberes. La violencia fue, ciertamente, una de las constantes que reg&iacute;a la conducta de estos aventureros, y las descripciones de L'Ollonais lamiendo la hoja del cuchillo despu&eacute;s de tasajear hasta la muerte a una de sus v&iacute;ctimas, o de Montbars de Languedoc clavando en un tronco los intestinos de un infeliz para hacerlo danzar con un hierro al rojo vivo hasta desfallecer, no tienen nada de ficticias. Sin embargo, aqu&iacute; tambi&eacute;n es preciso matizar. Del mismo modo que los tribunales civiles administraban el tormento confesional en &eacute;poca de la Inquisici&oacute;n, los castigos aplicados en un barco mercante o la Armada Real pod&iacute;an ser igual de b&aacute;rbaros. Respecto a la singular vestimenta de los piratas, entre la gente de mar se estilaban los pantalones cortos con cintur&oacute;n, una chaqueta sobre la camisa, un pa&ntilde;uelo atado al cuello o ce&ntilde;ido a la cabeza. Algunos utilizaban sombrero o peluca. Es verdad que se comunicaban entre ellos con una jerga apenas comprensible. Que dirim&iacute;an sus diferencias por medio de duelos en la playa. Que entraban en acci&oacute;n armados hasta los dientes. Adem&aacute;s del sable cargaban varias pistolas en eslingas o cabestrillos terciados en el pecho, o colgando sobre el hombro, lo que resultaba l&oacute;gico pues los pabilos de los modelos Flindock se humedec&iacute;an, imposibilitando la chispa.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Contra lo que suele pensarse, hay escasos documentos que den cuenta detallada de la apariencia de los l&iacute;deres piratas, y los que existen, como el cautivante libro de Alexander Exquemelin, son poco halagadores. Pero la prosopograf&iacute;a de la que se han alimentado casi sin excepci&oacute;n los literatos, pintores y cineastas que han incidido en el tema, se debe a otro escrito emblem&aacute;tico, <i>Historia general de los robos y asesinatos de los m&aacute;s famosos piratas</i> (1724), cuya autor&iacute;a los especialistas han atribuido alternativamente, sin que hasta la techa se haya alcanzado un veredicto decisivo, al misterioso Captain Charles Johnson y a Daniel Defo&eacute;. Ah&iacute; se trazan cuadros memorables, como el de Edward Teach, poseedor de una mirada iracunda y una espesa barba negra que adornaba con mechas encendidas antes de perpetrar un atraco. Se dice que quienes sobrevivieron a la experiencia de toparse con <i>A</i> no conceb&iacute;an que una furia del infierno pudiera ser m&aacute;s espantosa.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los piratas no hac&iacute;an caminar a sus rehenes por una tabla sobre un mar infestado de tiburones, simplemente los arrojaban sobre la borda. Ni las primitivas rep&uacute;blicas o reino que fundaron en la Isla Tortuga o Madagascar fueron tan ut&oacute;picos y democr&aacute;ticos como relatan las leyendas. La libertad ind&oacute;mita de la que se han vuelto s&iacute;mbolo tampoco era tan absoluta, y una infracci&oacute;n a las leyes de la Corona o de los gobiernos de Jamaica o Bahamas muchas veces acababa en la horca, como ocurri&oacute; con Calico Jack cuando viol&oacute; un indulto que le hab&iacute;a concedido el rey Jorge L. <i>Under the Black Flag...</i> tiene el extra&ntilde;o m&eacute;rito de desmantelar falsedades recurrentes excitando la imaginaci&oacute;n, y sus piratas de "carne y hueso" hechizan tanto como los que navegan por los mundos inventados.</font></p>      ]]></body>
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