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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Moshe Safdie, <i>The City After the Automobile (An Architect's Vision)</i></b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Adri&aacute;n Curiel Rivera</b></font></p> 	    <p align="center">&nbsp;</p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"> <b>Toronto, Stoddart Publishing, 1998, 187 pp.</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>UACSHUM, CH, UNAM.</i></font></p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Arquitectura ficci&oacute;n o en busca de Nuevo Cardo</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Moshe Safdie (Haifa, 1938) era un estudiante de arquitectura de la McGill University cuando en 1959, pocos a&ntilde;os despu&eacute;s de que se trasladara a Canad&aacute; desde su natal Israel, emprendi&oacute; junto con otros compa&ntilde;eros un viaje de estudios por las metr&oacute;polis canadienses y estadounidenses m&aacute;s importantes, aquellas que impon&iacute;an sus modelos de urbanizaci&oacute;n al resto de las ciudades del mundo. El joven arquitecto pudo comprobar entonces que muchas personas hab&iacute;an abandonado los centros hist&oacute;ricos para instalarse en los suburbios. El proceso, que parec&iacute;a irreversible, evidenciaba una paradoja: por una parte exist&iacute;a el sue&ntilde;o colectivo de dispersarse hacia las afueras de la ciudad y poseer una casa confortable y un jard&iacute;n; por otra, se hac&iacute;a sentir de modo palpable la nostalgia por los viejos n&uacute;cleos citadinos, paulatinamente despoblados pero evocadores de los encantos de una &eacute;poca en que personas de diversas clases sociales y ocupaciones se mezclaban y encontraban trayendo a la mente la imagen de la ciudad originaria: aquella dotada de vida, cohesi&oacute;n y sentido. El deseo de resolver esta contradicci&oacute;n marcar&iacute;a las obras de Safdie, tanto las de orden te&oacute;rico o especulativo, desarrolladas en al menos siete libros, como las estrictamente arquitect&oacute;nicas, entre las que cabe destacar el emblem&aacute;tico monumento de <i>Monacal,</i> "H&aacute;bitat 67", un asombroso montaje de casas que en lugar de extenderse en l&iacute;nea horizontal se levantan sobre s&iacute; mismas a manera de jardines colgantes, edificio que al sintetizar elementos urbanos y vistas naturales propone resolver el conflicto entre las necesidades comunitarias y el ideal de vivir rodeado de un entorno agradable. Este proyecto representar&iacute;a para Safdie un rotundo &eacute;xito ante sus colegas pero tambi&eacute;n le har&iacute;a comprender que el problema del progresivo deterioro del asentamiento fundacional de una ciudad no es exclusivamente una cuesti&oacute;n de dise&ntilde;o sino un fen&oacute;meno en el que intervienen complejos factores econ&oacute;micos, sociales y tecnol&oacute;gicos. Entre estos &uacute;ltimos, con un grado de repercusi&oacute;n todav&iacute;a hoy minusvalorado, el autom&oacute;vil.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&Eacute;ste es el presupuesto esencial de su ensayo: el autom&oacute;vil ha roto todas las fronteras, para mal. Es obvio que cada cambio en las ciudades paradigm&aacute;ticas (l&eacute;ase, en primer&iacute;simo lugar, ciudades de Estados Unidos y Canad&aacute;) est&aacute; ligado a una evoluci&oacute;n en los materiales de construcci&oacute;n y en la tecnolog&iacute;a aplicada. Sin el acero Bessemer o el elevador Otis dif&iacute;cilmente podr&iacute;an explicarse los rascacielos. Pero la nueva fisonom&iacute;a de una urbe responde, sobre todo, a una total revoluci&oacute;n en los medios de transporte. Esto significa que las enfermedades que actualmente asolan los centros primitivos, la pobreza, la delincuencia, la insalubridad o los deficientes mecanismos p&uacute;blicos de locomoci&oacute;n, no se deben solamente a la inepcia de los gobernantes sino tambi&eacute;n, quiz&aacute; en mayor medida, a una equivocada concepci&oacute;n urban&iacute;stica por parte de los inversores privados, preocupados ante todo por conseguir que los edificios, las distancias que hay entre ellos y sus v&iacute;as de acceso y salida satisfagan las exigencias del autom&oacute;vil, cuyo uso y demanda ha devastado la f&aacute;brica original de las ciudades. Incluso algunas de ellas, por ejemplo Dallas, Los &Aacute;ngeles o Houston, constituyen perturbadores prototipos de localidades post&#45;autom&oacute;vil que han alcanzado su etapa de progreso despu&eacute;s del invento de Ford y en las que una casi absoluta cancelaci&oacute;n de v&iacute;as peatonales hace pensar si no ser&aacute;n los hombres, en definitiva, los ap&eacute;ndices de las m&aacute;quinas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El autom&oacute;vil, por tanto, atenta directamente contra la "ciudad jer&aacute;rquica", esto es, contra aquella que tradicionalmente ha vertebrado sus edificios y espacios p&uacute;blicos, sus calles, plazas y centros comerciales a partir de un n&uacute;cleo radial que genera un claro sentido de armon&iacute;a, de vitalidad e intercambio. Y esta agresi&oacute;n, lejos de ser gratuita, es resultado de la herencia de una serie de visiones urban&iacute;sticas que hemos ido asimilando m&aacute;s o menos equivocadamente. La suplantaci&oacute;n de los bulevares por las autopistas, la apuesta por la dispersi&oacute;n y el aislamiento, los <i>malls</i> como verdaderas fortalezas donde sus gestores garantizan privadamente a los clientes adecuados &#45;que, por cierto, llegan en coche&#45; la seguridad de los espacios p&uacute;blicos suprimidos, la uniformidad ins&iacute;pida de los rascacielos y su exasperante despersonalizaci&oacute;n que, seg&uacute;n Safdie, deprime a quienes trabajan o viven en ellos, no podr&iacute;an entenderse sin un rastreo de lo que hemos querido que sea la ciudad a partir de las postrimer&iacute;as del siglo XDC.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A la explosi&oacute;n demogr&aacute;fica sin parang&oacute;n que genera la era industrial en los focos urbanos suceden, en las primeras d&eacute;cadas del XX, propuestas europeas y norteamericanas como las de Harvey Wiley Corbett, Le Corbusier o Frank Lloyd Wright. &Eacute;stas configuran la noci&oacute;n de una arquitectura visionaria y modernista en la que grandes torres siembran el paisaje rural de una ciudad abierta. Los tiempos de la reconstrucci&oacute;n de posguerra y los 60 son testigos de la materializaci&oacute;n de dichas ideas y, con ellas &#45;a pesar de algunos aciertos notables como las creaciones de Mies van der Rohe&#45;, del vac&iacute;o de metros y metros cuadrados de asfalto empleado en estacionamientos, calzadas y zonas inidentificables mientras el &eacute;xodo hacia los suburbios aumenta. En los 70 aparece cierto disenso entre los constructores, que se institucionaliza en la academia, y cobra fuerza la consigna de que la expresi&oacute;n individual del arquitecto en el dise&ntilde;o de los edificios es m&aacute;s importante que la percepci&oacute;n de la ciudad como un todo o de la arquitectura como arte colectivo. Los 80 y los 90, salvo algunos intentos aislados por resucitar los buenos tiempos del urbanismo, se caracterizan por la absoluta carencia de planeaci&oacute;n y por una actividad privada regida, en t&eacute;rminos generales, por la mega&#45;escala, la ley del mercado y la falta de gusto. Pero la creencia de que la ciudad moderna, con su sofisticada red de caminos, su pasmoso volumen vehicular y sus almenas babil&oacute;nicas acabar&iacute;a con las limitaciones de la rancia urbe compacta, no ha logrado sino desvirtuar el prop&oacute;sito de la urbanidad misma: facilitar la comunicaci&oacute;n entre las personas. En suma: toda infraestructura se ha visto superada por la voracidad del autom&oacute;vil. Si a esto se a&ntilde;ade la posibilidad no tan remota de una "ciudad cibern&eacute;tica" enraizada en ning&uacute;n punto espec&iacute;fico del planeta pero que permite a sus colonos trabajar y comprar por la red electr&oacute;nica sin tener contacto material con nadie, &iquest;qu&eacute; ciudad nos espera en el porvenir?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Safdie responde a este negro interrogante con una nueva, esperanzada utop&iacute;a. Si trasladamos nuestras aspiraciones de movimiento hacia la movilidad misma, conseguiremos despersonalizar el uso del carro y conferirle un car&aacute;cter... &iexcl;p&uacute;blico! De esta manera, un "autom&oacute;vil utilitario" el&eacute;ctrico nos estar&iacute;a esperando en cada esquina. Al llegar a nuestro destino, simplemente lo dejar&iacute;amos estacionado. Al regreso, abordar&iacute;amos cualquier otro <i>Utility&#45;Car</i> an&oacute;nimo, de cuyo mantenimiento, servicio y almacenaje en dep&oacute;sitos convenientes se ocupar&iacute;an tanto las autoridades gubernamentales como los empresarios. Esto reducir&iacute;a considerablemente el espacio descomunal que actualmente ocupan las playas y estructuras de estacionamiento y har&iacute;a posible el siguiente paso: la construcci&oacute;n de Nuevo Cardo, ciudad del futuro inspirada en la forma de dicha planta, con un n&uacute;cleo perfectamente definido y ramificaciones imitando sus tallos y hojas. Al aprovechar las ventajas del sitio en en cual se levantar&iacute;a, el hombre y la naturaleza se dar&iacute;an la mano para crear un nuevo h&aacute;bitat urbano donde habr&iacute;a lugar para los rascacielos y las peque&ntilde;as edificaciones, para la vegetaci&oacute;n y los suburbios incardinados a lo largo de caminos en los que los transe&uacute;ntes podr&iacute;an pasear o viajar&iacute;an en trenes r&aacute;pidos. Y lo mejor de todo, habr&iacute;a nuevamente un centro plural, vivo, con grandes techos de cristal abovedados y plegables seg&uacute;n el clima, con tiendas de fachadas intercambiables para darle un toque pintoresco al entorno, y sus plazas y calles no ser&iacute;an sino extensiones naturales de la m&eacute;dula palpitante. En resumidas cuentas se recuperar&iacute;a, conform&aacute;ndola a nuestras capacidades tecnol&oacute;gicas, la villa originaria.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si se tiene en cuenta la dram&aacute;tica distancia que existe entre las preocupaciones de Safdie y la realidad de las megal&oacute;polis "en v&iacute;as de desarrollo" latinoamericanas, su propuesta dif&iacute;cilmente impida el esbozo de una sonrisa indulgente. En cualquier caso, hay que reconocer que el escenario futurista que imagina se inscribe en la mejor tradici&oacute;n del g&eacute;nero inventado por otros arquitectos de sociedades imposibles: H. G. Wells, Ray Bradbury, Karel Capek, Philip Dick y un largo etc&eacute;tera.</font></p>      ]]></body>
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