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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El Jardín Teresiano Novohispano. Las moradas de Santa Teresa de Jesús. Una interpretación espacial y arquitectónica de siete conventos del Carmelo descalzo en México. Siglos XVII-XVIII.]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;a</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Arminda Soria, <i>El Jard&iacute;n Teresiano Novohispano. Las moradas de Santa Teresa de Jes&uacute;s. Una interpretaci&oacute;n espacial y arquitect&oacute;nica de siete conventos del Carmelo descalzo en M&eacute;xico. Siglos</i> <i>XVII&#45;XVIII</i>. </b></font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Rogelio Jim&eacute;nez Marce</b></font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, Minos Tercer Milenio, 2012, 266 p.</b></font></p>      <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Benem&eacute;rita Universidad Aut&oacute;noma de Puebla. </i></font> <font face="verdana" size="2"><a href="mailto:rojimarc@yahoo.com.mx" target="_blank">rojimarc@yahoo.com.mx</a></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Existe una amplia bibliograf&iacute;a respecto a los diversos grupos religiosos que llegaron a evangelizar tierras americanas. Las investigaciones han atendido aspectos referentes a sus formas de predicaci&oacute;n, sus principales personajes, su impacto en la vida de las poblaciones ind&iacute;genas, su arquitectura, sus actividades al interior de los conventos y monasterios, sus imaginarios religiosos, entre otros temas. La obra de Arminda Soria centra su atenci&oacute;n en la orden de los carmelitas descalzos. En el primer cap&iacute;tulo, la autora presenta una amplia descripci&oacute;n de la manera como se form&oacute; esta orden y cu&aacute;l fue el impacto que tuvo en Europa cuando sali&oacute; de Palestina, espec&iacute;ficamente del puerto de Haifa, considerado el lugar de su fundaci&oacute;n. Soria identifica los principios que sustentaban a la orden (pobreza, contemplaci&oacute;n, penitencia, oraci&oacute;n, sacrificio, aislamiento y soledad), pero no menciona que &eacute;stos formaban parte de un movimiento general desarrollado en Europa en el siglo XII, el cual buscaba cuestionar la gran riqueza econ&oacute;mica y el poder&iacute;o pol&iacute;tico que la Iglesia cat&oacute;lica comenz&oacute; a tener gracias a la exclusi&oacute;n de los laicos de la esfera de decisiones y a que las autoridades eclesiales tuvieron el pleno control de sus bienes, entre los cuales se encontraban importantes extensiones de propiedades territoriales. As&iacute;, frente a una instituci&oacute;n eclesi&aacute;stica con un poder&iacute;o econ&oacute;mico y pol&iacute;tico sin precedentes, surgieron una serie de movimientos her&eacute;ticos y ortodoxos, los cuales pugnaban por un regreso a los or&iacute;genes de la Iglesia.</font></p>     <p align="center"><img src="/img/revistas/sh/v16n32/a10i1.jpg"></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las herej&iacute;as defend&iacute;an el ideal de la predicaci&oacute;n de la pobreza, es decir, el cual reproduc&iacute;a la vida apost&oacute;lica de la Iglesia primitiva y que se entend&iacute;a como un modo de vida comunitario, esto es, poner los bienes en com&uacute;n para dedicarse a la oraci&oacute;n y practicar la caridad con los m&aacute;s necesitados; esta postura se explicaba en funci&oacute;n del incremento del n&uacute;mero de pobres que habitaban en las ciudades. Los planteamientos de las herej&iacute;as, tambi&eacute;n llamadas "populares", provocaron una situaci&oacute;n de crisis religiosa, pues se les consideraba "marginales" y "heterodoxos", por lo que fueron rechazados por la cultura dominante, sobre todo despu&eacute;s de la aparici&oacute;n de numerosos predicadores errantes en los territorios de Holanda, el norte de Italia y el sur de Francia, quienes sosten&iacute;an que la "verdadera vida cristiana" radicaba en el apostolado, entendido como una vida errante, pobre y dedicada a la evangelizaci&oacute;n. Ellos tambi&eacute;n criticaban la existencia de los sacerdotes y de los sacramentos, pues cre&iacute;an que la relaci&oacute;n de los fieles con Dios se deb&iacute;a sustentar en la sencillez. Los predicadores fueron perseguidos a causa de sus aseveraciones, pues consideraban que la pobreza constitu&iacute;a el camino para actuar en el mundo. En s&iacute;, se buscaba abandonar la idea de lograr la salvaci&oacute;n personal mediante la pobreza; en cambio se se&ntilde;alaba que &eacute;sta deb&iacute;a extenderse a toda la sociedad para conseguir una salvaci&oacute;n colectiva.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La pobreza apost&oacute;lica, propugnada por los valdenses y otros grupos de predicadores, no se consideraba aceptable por su car&aacute;cter radical, pues la Iglesia postulaba que no constitu&iacute;a un prerrequisito para lograr la salvaci&oacute;n o para conseguir el perfeccionamiento de las almas. Ante tal situaci&oacute;n, el papa Gregorio V retom&oacute; este ideal y busc&oacute; imponerlo en el interior de la instituci&oacute;n eclesi&aacute;stica como una de las iniciativas m&aacute;s importantes de su reforma; sin embargo, &eacute;sta no implic&oacute; una transformaci&oacute;n profunda de la Iglesia, pues la pobreza se entend&iacute;a como la carencia de propiedad privada individual, situaci&oacute;n que no se reproduc&iacute;a en los religiosos a quienes no se les ped&iacute;a llevar una vida de austeridad. En oposici&oacute;n a las herej&iacute;as populares se fundaron varias &oacute;rdenes mendicantes, entre las cuales estaban los franciscanos, los dominicos, los agustinos y los carmelitas, quienes se caracterizaron por trabajar o pedir limosna para su sustento. Lo interesante aqu&iacute; es que las &oacute;rdenes mendicantes retomaron el ideal apost&oacute;lico de los predicadores: la pobreza voluntaria. Con ello los planteamientos dejaron de ser marginales y se integraron al discurso de la instituci&oacute;n eclesi&aacute;stica dominante, aunque la concepci&oacute;n sufri&oacute; importantes transformaciones, tales como la p&eacute;rdida de su car&aacute;cter radical (pobreza absoluta) y revolucionario (los cuestionamientos al poder, la riqueza y la jerarqu&iacute;a de la Iglesia).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora bien, la autora menciona que la orden de los carmelitas descalzos &#151;como instituci&oacute;n religiosa novohispana&#151; evolucion&oacute; conforme a las circunstancias pol&iacute;ticas, econ&oacute;micas y sociales imperantes en los territorios que ocupaba, situaci&oacute;n explicable por el hecho de que ellos llegaron tard&iacute;amente a la Nueva Espa&ntilde;a (1585), lo cual significaba la ocupaci&oacute;n de los espacios que no hab&iacute;an sido apropiados por las otras &oacute;rdenes; asimismo, cabe destacar que su prop&oacute;sito original &#151;la evangelizaci&oacute;n de los ind&iacute;genas que habitaban las tierras del Norte&#151; tuvo que cambiar debido a su desconocimiento de las lenguas originarias, lo cual ocasion&oacute; que los tres conventos: San Sebasti&aacute;n, Puebla y Atlixco, fundados entre 1585 y 1586, se destinaran a la atenci&oacute;n de las necesidades espirituales de los espa&ntilde;oles, as&iacute; como a la pr&aacute;ctica del recogimiento, el encierro, la contemplaci&oacute;n y la penitencia. Para 1606, es decir 21 a&ntilde;os despu&eacute;s de su arribo a tierras novohispanas, el Carmelo contaba con siete conventos, los cuales se establecieron con la intenci&oacute;n de atender a la poblaci&oacute;n de diversas latitudes de la Nueva Espa&ntilde;a.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es importante se&ntilde;alar que los lugares elegidos para fundar sus conventos eran zonas pr&oacute;speras, situaci&oacute;n que aseguraba su base econ&oacute;mica a trav&eacute;s de las donaciones y heredades. A diferencia de las &oacute;rdenes mendicantes, que enfatizaban el ministerio y el apostolado, las pr&aacute;cticas religiosas de los carmelitas descalzos estaban centradas en la contemplaci&oacute;n, la mortificaci&oacute;n, el ascetismo, el silencio y el retiro, mismos que se consideraban los veh&iacute;culos de encuentro con lo divino.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En un principio, los carmelitas admitieron a un peque&ntilde;o n&uacute;mero de criollos para formar parte de su orden, situaci&oacute;n que se modific&oacute; a mediados del siglo XVII, cuando se les permiti&oacute; su ingreso y, con ello, se gener&oacute; una recomposici&oacute;n en su interior, pues se desplazaron las redes y relaciones establecidas con la pen&iacute;nsula y se afianzaron las de las &eacute;lites locales. La autora no profundiza en este punto, sin embargo, ser&iacute;a interesante preguntarse de qu&eacute; manera las &oacute;rdenes tard&iacute;as se integraron en el concierto novohispano y c&oacute;mo lograron ganar espacios sin generar &#151;en apariencia&#151; conflictos de intereses. De hecho, los carmelitas descalzos vivieron una &eacute;poca de bonanza durante el siglo XVIIi, lo cual les permiti&oacute; fundar varios conventos a pesar de los profundos cambios econ&oacute;micos, pol&iacute;ticos, sociales y culturales que se viv&iacute;an en la Nueva Espa&ntilde;a. Su crecimiento fue producto de varios factores: la veneraci&oacute;n de Felipe II a Teresa de Jes&uacute;s (quien, por cierto, solicit&oacute; su beatificaci&oacute;n con el argumento de que ayudar&iacute;a a la evan&#45;gelizaci&oacute;n); la pol&iacute;tica de no administrar sacramentos, lo cual les permiti&oacute; gozar de los mismos privilegios que el clero secular, y las excelentes relaciones que mantuvieron con los virreyes, especialmente con Juan de Palafox y Mendoza, quien les extendi&oacute; su protecci&oacute;n con la intenci&oacute;n de propagar la m&iacute;stica carmelita. Ellos, a su vez, se convirtieron en sus aliados, pues no s&oacute;lo le advirtieron de la posibilidad de una conspiraci&oacute;n en el virreinato &#151;auspiciada por los jesuitas&#151;, sino que tambi&eacute;n sirvieron como intermediarios en la comunicaci&oacute;n mantenida entre el obispo y la metr&oacute;poli.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El principal aporte del libro de Arminda Soria consiste en la identificaci&oacute;n de un espacio religioso carmelita; &eacute;ste se materializaba en la recreaci&oacute;n simb&oacute;lica y arquitect&oacute;nica de un huerto cerrado, propuesta que se sustentaba en el principio de que todos los conceptos e ideas supranaturales contaban con una parte f&iacute;sica o terrenal, la cual no s&oacute;lo era correspondiente sino complementaria. Lo anterior aseguraba su unidad armoniosa y coherente, lo que constitu&iacute;a un paradigma usual en el pensamiento medieval cristiano, jud&iacute;o y musulm&aacute;n. De acuerdo con la autora, la planeaci&oacute;n arquitect&oacute;nica de los conventos no buscaba, en un principio, crear un huerto cerrado simb&oacute;lico: esta idea surgi&oacute; conforme se planeaba la ubicaci&oacute;n de las iglesias, conventos y colegios. Arminda Soria ha identificado tres etapas en la construcci&oacute;n de los conventos: la primera situada entre 1568 y 1597, la segunda va de 1606 a 1699, y la tercera de 1735 a 1747. Su establecimiento no obedeci&oacute; a razones log&iacute;sticas y pol&iacute;ticas, sino ideol&oacute;gicas y simb&oacute;licas, expresadas en los escritos y doctrinas de la orden. As&iacute;, los carmelitas descalzos buscaron establecerse espacial y espiritualmente, y para ello configuraron un gran cerco o muralla simb&oacute;lico&#45;espiritual (huerto cerrado), el cual proteg&iacute;a un reducto central (morada interna) donde se manifestaba la vida espiritual del Carmelo.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para tal tarea, los carmelitas fundaron &#151;tanto en Espa&ntilde;a como en el virreinato novohispano&#151; el mismo n&uacute;mero de conventos: 16, los cuales constitu&iacute;an un cerco cerrado que fung&iacute;a como fortaleza m&iacute;stica y huerto interior. De acuerdo con la autora, la morada central estaba conformada por el Colegio de Teolog&iacute;a de San &Aacute;ngel, el Colegio de Filosof&iacute;a de San Joaqu&iacute;n y San Sebasti&aacute;n, en tanto que la muralla la constitu&iacute;an el Desierto de Santa Fe, as&iacute; como los conventos de Valladolid, Guadalajara, Quer&eacute;taro, Orizaba, Oaxaca y San Luis Potos&iacute;. Dentro de este esquema simb&oacute;lico se ubicaban los "n&uacute;cleos sociales de fortaleza" &#151;como los denomina la autora&#151;, que integraban a los conventos de Celaya, Salvatierra y Tehuac&aacute;n, as&iacute; como un basti&oacute;n espiritual donde se situaban los conventos de Puebla, Atlixco y Toluca. As&iacute;, el cerco exterior estaba delimitado por siete conventos y el resto formaba el huerto central. Es importante destacar que la autora logra identificar unas grecas en la portada del convento de San Luis Potos&iacute;, mismas que aluden al huerto cerrado y que evidencian que el edificio cerraba simb&oacute;licamente el espacio espiritual carmelita. Aunque Soria no lo menciona, la idea del jard&iacute;n &#151;como lo ha mostrado Jean Delumeau&#151; fue pieza clave en el pensamiento del medievo bajo y ten&iacute;a la intenci&oacute;n de mostrar las virtudes cristianas plasmadas en un recinto cerrado, mismo que emulaba &#151;en cierta forma&#151; el para&iacute;so terrenal.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">El tema del jard&iacute;n fue retomado de las tradiciones musulmanas y deja constancia de la perfecci&oacute;n que pod&iacute;a alcanzarse en el mundo. De hecho, se convirti&oacute; en un modelo a reproducir por numerosos pintores, pero Delumeau no indica en su <i>Historia del para&iacute;so</i> que existieran propuestas &#151;por lo menos en Europa&#151; para hacerlo realidad a trav&eacute;s de un modelo arquitect&oacute;nico que delimitara, simb&oacute;licamente, un espacio para evitar la entrada del mal. Lo mismo sucedi&oacute; con el caso de la ciudad amurallada, tema desarrollado ampliamente por la autora, el cual vincula con la experiencia de vida de Teresa de &Aacute;vila, aunque se debe agregar que la reproducci&oacute;n de un determinado tipo de ciudad tambi&eacute;n fue central en el pensamiento medieval. Existen numerosos testimonios de que el para&iacute;so celestial se conceb&iacute;a como un castillo; de esta manera, castillo y jard&iacute;n conformaban parte de un mismo imaginario que cualquier cristiano bien instruido identificaba en las pinturas alusivas al para&iacute;so. En este sentido, la propuesta de Arminda Soria es de inter&eacute;s y se requiere hacer un ejercicio comparativo con el resto de los pa&iacute;ses del Nuevo Mundo en donde se establecieron los carmelitas, con el fin de saber si este mismo modelo tambi&eacute;n se puso en pr&aacute;ctica en otras regiones americanas o s&oacute;lo fue una caracter&iacute;stica de la presencia carmelita en la Nueva Espa&ntilde;a. Lo cierto es que este libro nos permite vislumbrar que la fundaci&oacute;n de los espacios religiosos contaba con una l&oacute;gica que es preciso desentra&ntilde;ar y que, en &uacute;ltima instancia, puede ayudar a entender las din&aacute;micas internas de los grupos religiosos novohispanos.</font></p>      ]]></body>
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