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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Michel Bertrand, <i>Grandeza y miseria del oficio. Los oficiales de la Real Hacienda de la Nueva Espa&ntilde;a, siglos XVII y XVIII</i></b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>V&iacute;ctor Gayol*</b></font></p> 	    <p align="center">&nbsp;</p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, Centro de Investigaci&oacute;n y Docencia Econ&oacute;mica/Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos/Instituto Mora/El Colegio de Michoac&aacute;n/Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2010, 591 p.</b></font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Centro de Estudios Hist&oacute;ricos&#45;El Colegio de Michoac&aacute;n </i></font><font face="verdana" size="2">* <a href="mailto:vgayol@colmich.edu.mx">vgayol@colmich.edu.mx</a></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Desde que vio la luz la primera edici&oacute;n en franc&eacute;s, en 1999, <i>Grandeur etMis&egrave;re de l'office</i> (Par&iacute;s, Publications de la Sorbonne), despert&oacute; un gran inter&eacute;s entre los estudiosos de las instituciones de la Monarqu&iacute;a hisp&aacute;nica entre los siglos XVI y XVII. En los a&ntilde;os siguientes a su publicaci&oacute;n, el libro fue rese&ntilde;ado en prestigiadas revistas de M&eacute;xico, Espa&ntilde;a y Estados Unidos d&aacute;ndole una bienvenida muy positiva. Como a los vinos, el tiempo le ha adjudicado a esta obra varias cualidades importantes: <i>Grandeur et Mis&egrave;re de l'office</i> ha llegado a convertirse en este lapso en un cl&aacute;sico obligado para quienes cultiven la historia institucional y la historia social en los siglos y t&eacute;rminos de la monarqu&iacute;a hisp&aacute;nica. La indudable calidad de su cepa la constituye la excelente mezcla lograda entre una acuciosa investigaci&oacute;n por varios archivos de diversa <i>densidad</i> (Bertrand recurri&oacute; tanto a archivos generales de la monarqu&iacute;a como locales), el di&aacute;logo cr&iacute;tico con una extensa bibliograf&iacute;a (cuya met&oacute;dica organizaci&oacute;n en apartados tem&aacute;ticos al final de la obra se agradece) y una toma de posici&oacute;n metodol&oacute;gica, cr&iacute;tica y reflexiva, sobre una debatida disciplina auxiliar de la historia, la prosopograf&iacute;a. Todo ello, por supuesto, sumado a la delimitaci&oacute;n precisa de un campo de observaci&oacute;n compuesto por las carreras de cerca de 300 oficiales de la Real Hacienda a lo largo de un siglo crucial &#151;1660 a 1780&#151; en la Nueva Espa&ntilde;a. Dicho de otra manera, c&oacute;mo funcion&oacute; el aparato fiscal del rey en la Nueva Espa&ntilde;a, a trav&eacute;s de sus medios oficiales, entre la &eacute;poca de la impotencia de Carlos ii a la &eacute;poca de la autoridad de Carlos iii.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A lo largo de una d&eacute;cada, el trabajo de Michel Bertrand ha sido le&iacute;do y aprovechado al grado de convertirse en referente obligado para quienes estudiamos las instituciones desde la perspectiva doble de la historia social y la historia cultural. Por ello, resulta dif&iacute;cil escribir algo novedoso respecto al libro, o que nuestros colegas no hayan ya notado o sabido. Sin embargo, al aparecer en espa&ntilde;ol, <i>Grandeza y miseria del oficio...</i> se convierte en una novedad para un universo mucho m&aacute;s amplio de lectores, sobre todo, estudiantes universitarios. Merece la pena, entonces, ocupar el espacio de una rese&ntilde;a para no s&oacute;lo comentar el contenido del libro, sino para intentar insertarlo en una perspectiva historiogr&aacute;fica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El aparato de gobierno y administraci&oacute;n de justicia de la Corona sufri&oacute; grandes transformaciones entre el &uacute;ltimo tercio del siglo XVII y la segunda mitad del xviii; precisamente lo que Burholder y Chandler llamaron "de la impotencia a la autoridad" en su cl&aacute;sico estudio sobre las audiencias indianas (1977). De este proceso no estuvo exento el aparato institucional correspondiente a la Real Hacienda, compuesto por las cajas reales y el tribunal de cuentas. Los oficiales de estas entidades vieron, a lo largo de ese poco m&aacute;s de un siglo, un aumento en su n&uacute;mero; pero, a veces, una disminuci&oacute;n en cuanto a la diversidad de cargos, asumiendo a la vez la realizaci&oacute;n de las transacciones, las cuentas y su supervisi&oacute;n sin una jerarqu&iacute;a expl&iacute;cita, en el marco del "viejo ideal de colegialidad de la monarqu&iacute;a", como dir&iacute;a Thomas Calvo en su rese&ntilde;a a Bertrand.<sup><a href="#nota">1</a></sup> A trav&eacute;s de las p&aacute;ginas del libro, queda claro que los oficiales reales gozaban de cierta autonom&iacute;a en sus labores, lo cual invitaba no pocas veces al fraude y a la corrupci&oacute;n. En consecuencia, una ingente serie de leyes estrictas y ordenanzas regulaba los procesos de trabajo en las oficinas reales; la selecci&oacute;n de los oficiales m&aacute;s capacitados, es decir, que demostraban conocer los intr&iacute;ngulis del papeleo y las cuentas, aspecto que con el tiempo se convirti&oacute; en la b&uacute;squeda de una verdadera profesionalizaci&oacute;n. A ello se sumaba una "cascada de supervisiones" (cap&iacute;tulo iii) instrumentada por los virreyes y los visitadores. Durante el gobierno de los Borbones, los diversos intentos de reforma del aparato hacendario se realizaron desde la desvinculaci&oacute;n patrimonial de los oficios de hacienda &#151;con el cese de la venalidad (hacia 1720)&#151;, hasta los grandes ajustes en la &eacute;poca de G&aacute;lvez que terminar&iacute;an con la instalaci&oacute;n del r&eacute;gimen de intendencias, el cual coloc&oacute; nuevas autoridades intermedias (los intendentes) para hacer m&aacute;s eficaz el control sobre la Real Hacienda en la d&eacute;cada de 1780.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, con todo y las reformas y la cascada de supervisiones, muchas de las actividades, que llamaremos "irregulares", de los oficiales reales siguieron vigentes y multiplic&aacute;ndose. No obstante, aquellas actividades irregulares &#151;que podemos finalmente llamarlas por su nombre: corrupci&oacute;n y fraude&#151;, aunque eran lesivas para los s&uacute;bditos y, sobre todo, para la Corona, no significaban un fuerte detrimento ni &eacute;tico ni operativo. La visi&oacute;n de la antigua historiograf&iacute;a sobre el gobierno y la corrupci&oacute;n en la monarqu&iacute;a hisp&aacute;nica &#151;mirada que estuvo tan imbuida del esquema liberal de Estado Moderno, donde la responsabilidad del empleado p&uacute;blico se encontraba deontol&oacute;gicamente prescrita&#151; nos leg&oacute; una percepci&oacute;n negra al respecto. Pero los esquemas mentales de la edad moderna eran otros. Al contrario, la corrupci&oacute;n administrativa, como la llamamos hoy, serv&iacute;a como el aceite que engrasaba la maquinaria de gobierno para que pudiera funcionar en relaci&oacute;n directa con los intereses econ&oacute;micos y sociales de las &eacute;lites y los grupos de poder locales y regionales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El papel que jugaban en ese sentido los oficiales reales era central, seg&uacute;n Bertrand, pues nos ha demostrado en este trabajo la manera en la cual los j&oacute;venes peninsulares o criollos promovidos a los puestos de oficiales reales eran recibidos con los brazos abiertos por las familias con intereses econ&oacute;micos locales y regionales y &#151;cosa importante&#151; con hijas en edad casadera. No es extra&ntilde;o encontrar ciertos paralelismos, pues con los oficiales reales suced&iacute;a algo muy parecido &#151;aunque con sus respectivas dimensiones econ&oacute;micas y sociales particulares&#151; que con los mineros y comerciantes, que estudi&oacute; Brading hace unas d&eacute;cadas: la llegada del joven cajero dependiente desde la pen&iacute;nsula, casi siempre pariente en alg&uacute;n grado de patr&oacute;n o paisano, el afianzamiento de lazos mediante el matrimonio, la renovaci&oacute;n de la sangre y los contactos trasatl&aacute;nticos. M&aacute;s a&uacute;n, nos lleva al esquema tan temido por la Corona &#151;tan bien contado por John Leddy Phelan y Tamar Herzog para Quito&#151;, el de las familias indianas que intentaban atraer a los oidores y ministros a un buen casamiento local, que gener&oacute; tantas reales c&eacute;dulas respecto a la ajenidad social que deb&iacute;a observar el magistrado para el bien juzgar en conciencia, subsanado por los tantos permisos del rey para el matrimonio entre oidores y damas locales, al menos hasta 1750.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero los oficiales reales no eran ni miembros de familias de comerciantes instaladas de uno y otro lado del Atl&aacute;ntico ni, mucho menos, togados de realce, miembros de las audiencias y del consejo de su Majestad. A su llegada a la Nueva Espa&ntilde;a, los oficiales reales no ten&iacute;an un peso importante dentro de las redes econ&oacute;micas en t&eacute;rminos de producci&oacute;n o intercambio, ni mucho menos, la fuerza jurisdiccional de un togado. Estos j&oacute;venes contadores, tinterillos de los dineros y chupatintas de los libros de cuentas, eran meros oficiales de pluma entendidos en las cuentas, libranzas y los diversos impuestos, pero que dif&iacute;cilmente tendr&iacute;an una promoci&oacute;n hacia otros mejores empleos (como s&iacute; la hab&iacute;a en el caso de los letrados). No obstante, estaban insertos en un punto neur&aacute;lgico del sistema de la econom&iacute;a y el mercado, pues manejaban los ingresos y egresos de la actividad econ&oacute;mica que pretend&iacute;a fiscalizar con rigor la Corona. No eran, en realidad, un buen partido para las hijas de familias criollas acomodadas, o al menos en apariencia. Sin embargo, el estudio demuestra que estas familias estaban m&aacute;s que decididas a realizar estos matrimonios desiguales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al casar a los reci&eacute;n llegados oficiales con sus hijas, las familias locales adquir&iacute;an un refrendo de pureza de sangre peninsular, algo que las manten&iacute;a en un estatus social importante. Pero, sobre todo, las familias y sus redes comerciales adquir&iacute;an un operador de confianza en las aduanas y en todos aquellos puntos donde el comercio y el contrabando se daban la mano. El oficial real adquir&iacute;a, en contraparte y al apoyar a sus nuevos parientes y en detrimento a la lealtad a la Corona, ser part&iacute;cipe de una red de relaciones familiares y clientelares con intensos intercambios de favores y servicios que lo pon&iacute;an en un lugar de prestigio social que posiblemente nunca habr&iacute;a tenido en la pen&iacute;nsula: un nombre, una familia, una red, un linaje que las familias intentaban reproducir para proseguir con el control de facto de las oficinas de su Majestad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ten&iacute;an tambi&eacute;n la posibilidad de enriquecerse f&aacute;cilmente aunque no en demas&iacute;a: en algunos ejemplos que nos muestra Bertrand, los oficiales no lograron hacer importantes fortunas en su mayor&iacute;a. Esto permite a Bertrand demostrar claramente que los oficiales reales eran algunos de los pivotes del di&aacute;logo y la negociaci&oacute;n continua entre la Corona y las &eacute;lites econ&oacute;micas y de poder local, e incluso la punta de lanza en las negociaciones y conflictos entre las &eacute;lites econ&oacute;micas locales y regionales, de las cuales participaban tanto criollos como peninsulares. Por cierto, esta perspectiva nos hace repensar el problema de los conflictos de intereses en la Nueva Espa&ntilde;a como un conflicto de doble v&iacute;a, es decir, intereses locales enfrentados entre s&iacute;, pero intereses locales unidos y enfrentados con respecto a los de la Corona, con lo cual se desdibuja la antigua percepci&oacute;n de conflictos entre criollos y peninsulares.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay much&iacute;simos detalles en la obra de Bertrand que son dignos de mencionar, sobre todo en cuanto a la comprensi&oacute;n del proceso reformista del aparato de gobierno de la Corona. A partir del estudio del funcionamiento del aparato fiscal, a trav&eacute;s de sus miembros, queda claro que toda la serie de medidas implementadas posteriormente a la visita de G&aacute;lvez no son m&aacute;s que la culminaci&oacute;n de un lento y secular intento por reformar las instituciones que procede desde finales del siglo XVII. Vale la pena tambi&eacute;n destacar la minuciosidad del an&aacute;lisis de grupo de oficiales pues el trabajo de Bertrand fue en su momento, a decir de Carlos Marichal "el estudio m&aacute;s detallado jam&aacute;s realizado sobre un grupo de funcionarios del imperio espa&ntilde;ol".<a href="#nota"><sup>2</sup></a> Marichal subraya al final de su rese&ntilde;a la pertinencia de llevar este an&aacute;lisis a un estudio comparativo, coincidiendo con lo dicho por Mark A. Burkholder, en su rese&ntilde;a al mismo libro, en el sentido de que un volumen parecido para el Per&uacute; ser&iacute;a un complemento muy bienvenido.<sup><a href="#nota">3</a></sup> Asignatura a&uacute;n pendiente, hasta donde alcanzo a saber.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En resumen, podemos decir que la obra que rese&ntilde;amos aqu&iacute; ha pasado la prueba del tiempo y sigue teniendo vigencia no solamente como un aporte al conocimiento del aparato de gobierno de la monarqu&iacute;a, sino como propuesta metodol&oacute;gica de trabajo. As&iacute; que, quienes no se beneficiaron en su momento con la edici&oacute;n francesa, tienen ahora una impecable traducci&oacute;n en castellano a su disposici&oacute;n. Porque, como bien anot&oacute; Jorge Silva Riquer,<sup><a href="#nota">4</a></sup> el trabajo de Bertrand "nos abre una nueva perspectiva de estudio y sobre todo de explicaci&oacute;n para entender los entramados pol&iacute;ticos, econ&oacute;mico, social y cultural que se entretejieron entre los funcionarios reales y los grupos regionales". Quisiera detenerme y hacer un quiebre para abandonar la obra de Michel Bertrand y ahondar brevemente en su contexto de producci&oacute;n historiogr&aacute;fica y en su importancia, m&aacute;s de una d&eacute;cada despu&eacute;s.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A finales de la d&eacute;cada de 1980, como muestra isabelle Rousseau, la prosopograf&iacute;a fue puesta a discusi&oacute;n como una metodolog&iacute;a &uacute;til (para otros in&uacute;til) que podr&iacute;a servir tanto a historiadores como a soci&oacute;logos para explicar la formaci&oacute;n del Estado. A lo largo de aquella d&eacute;cada, se comenz&oacute; a utilizar un recurso ya muy conocido en inglaterra desde hac&iacute;a d&eacute;cadas gracias a los trabajos de Sir Lewis Namier, que se difundi&oacute; entre historiadores franceses e italianos. La reconstrucci&oacute;n de las biograf&iacute;as colectivas de un grupo de individuos que compartiesen algo como una funci&oacute;n, actividad o estatuto social, a partir de ciertas caracter&iacute;sticas como la educaci&oacute;n o la carrera, haciendo &eacute;nfasis en las redes de relaciones personales de los individuos y del colectivo que van desde los nexos y alianzas familiares y de amistad, la formaci&oacute;n y din&aacute;mica de las clientelas hasta las lealtades y conflictos del tejido. La fuerza explicativa de la prosopograf&iacute;a puede ser muy fuerte, pues el detallado conocimiento de los nexos y la composici&oacute;n de las redes y colectividades &#151;sobre todo de las que se insertan en el aparato del Estado, pero no s&oacute;lo esas&#151; permiten generar una comprensi&oacute;n distinta al an&aacute;lisis de clase o la teor&iacute;a de las &eacute;lites, en t&eacute;rminos de las crisis, por ejemplo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Algunos autores de la historiograf&iacute;a francesa de aquella d&eacute;cada, como Autran, hicieron mucho &eacute;nfasis en la prosopograf&iacute;a como sin&oacute;nimo de la historia social de las instituciones. El estudio del comportamiento de los actores que mueven cotidianamente la maquinaria burocr&aacute;tica daba mayor comprensi&oacute;n de su estructura y su funcionamiento que el estudio del marco jur&iacute;dico e institucional. Sin embargo, los distintos niveles de an&aacute;lisis de los datos personales de los miembros del colectivo pueden tener distintas densidades y el mal manejo del an&aacute;lisis en conjunto puede acarrear el peligro de oscurecer din&aacute;micas importantes del grupo y de su inserci&oacute;n en otros nichos sociales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por ejemplo, la utilizaci&oacute;n de la prosopograf&iacute;a exigi&oacute; adaptar recursos, como las computadoras, para el an&aacute;lisis cuantitativo al mejor estilo de la historia serial y estad&iacute;stica. El an&aacute;lisis de los or&iacute;genes, niveles socioecon&oacute;micos, trayectorias acad&eacute;micas y desempe&ntilde;o profesional de los miembros del colectivo, todos ellos datos cuantitativos, dejaban de lado aspectos cualitativos como los valores, cambios de mentalidades, en fin, el contexto cultural que da sentido a la acci&oacute;n de los seres humanos. La prosopograf&iacute;a, al igual que el an&aacute;lisis de redes sociales aplicado sin m&aacute;s, ten&iacute;a entonces <i>serias limitaciones</i> a la hora de querer trascender la demostraci&oacute;n de la estructura social del grupo, la regularidad de los perfiles socioprofesionales o las estad&iacute;sticas matrimoniales, para pasar a un an&aacute;lisis de motivaciones, h&aacute;bitos, disposici&oacute;n o mentalidades.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta preocupaci&oacute;n por la comprensi&oacute;n de las l&oacute;gicas de comportamiento, estrategias familiares, econ&oacute;micas y pol&iacute;ticas de los miembros del colectivo de los oficiales reales novohispanos es lo que hace justamente a Bertrand reducir el uso de la cuantificaci&oacute;n prosopogr&aacute;fica al m&iacute;nimo justo y no aplicar en extenso todas las reglas habituales del m&eacute;todo. Todo ello con objeto de poner en un di&aacute;logo constante la informaci&oacute;n cuantitativa con los datos cualitativos. Algo que se sigue olvidando en los an&aacute;lisis de redes sociales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En suma, <i>Grandeza y miseria del oficio...</i> no es solamente una obra que aporta un conocimiento significativo de parte de la estructura del aparato de gobierno de la monarqu&iacute;a: es un trabajo cuya fina y compleja arquitectura metodol&oacute;gica sigue sirviendo como paradigma para la construcci&oacute;n de una historia sociocultural de las instituciones.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> En Annales, vol. 56, n&uacute;m. 2, pp. 535&#45;538.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9557598&pid=S1665-4420201100020000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup>&nbsp;Carlos Marichal, <i>Estudios de Historia Novohispana,</i> n&uacute;m. 24, enero, 2001, pp. 179&#45;182.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9557600&pid=S1665-4420201100020000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup>&nbsp;Mark A. Burkholder, <i>Hipanic American Historical Review,</i> vol. 81, n&uacute;m. 2, mayo, 2001, pp. 373&#45;374.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9557602&pid=S1665-4420201100020000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup> Jorge Silva Riquer, <i>Historia Mexicana,</i> vol. LII, n&uacute;m. 2 &#91;206&#93;, octubre&#45;diciembre, 2002, pp. 551&#45;556.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9557604&pid=S1665-4420201100020000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body><back>
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