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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[La ciencia de los anormales en México del siglo XIX hasta la Revolución: una disciplina al servicio del Estado y del progreso]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Lecturas cr&iacute;ticas</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>La ciencia de los anormales en M&eacute;xico del siglo XIX hasta la Revoluci&oacute;n: una disciplina al servicio del Estado y del progreso</b></font></p>              <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Bruno Lutz</b></font></p>              <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Profesor e</i> <i>Investigador. Universidad Aut&oacute;noma Metropolitana&#45;Xochimilco.</i></font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fecha de recepci&oacute;n: 14 de marzo de 2011.    <br>     Fecha de Aceptaci&oacute;n: 07 de octubre de 2011.</font></p>              ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Animales fant&aacute;sticos y humanos extra&ntilde;os morando en territorios maravillosos ubicados m&aacute;s all&aacute; del mundo conocido, nutren gran n&uacute;mero de narraciones antiguas. En el <i>Mahabharata,</i> relato &eacute;pico de la India del siglo XV al X a. C., aparece una profusi&oacute;n de seres mitol&oacute;gicos, semidioses y animales extraordinarios dotados de caracter&iacute;sticas humanas. En la Grecia antigua, esta taxonom&iacute;a de una bestialidad err&oacute;nea comprend&iacute;a al cancerbero, la hidra, el pegaso, dragones...; mi&#45;hombres mi&#45;animales: el minotauro, el esfinge, el glifo, los centauros, los s&aacute;tiros, los silenos, las sirenas., y humanoides: c&iacute;clopes, gigantes, amazonas, etc. Estos seres poblaban la imaginaci&oacute;n de los griegos quienes sol&iacute;an tener encuentros extraordinarios con algunos de ellos. Asimismo, el etn&oacute;grafo e historiador sagaz Herodoto de Halicarnaso mencionaba en el siglo V a. C. que los et&iacute;opes e indios ten&iacute;an el esperma oscuro y que los hombres del norte de Europa pose&iacute;an un solo ojo. Durante siglos, los pol&iacute;grafos occidentales repitieron las aseveraciones contenidas en las <i>Historias</i> de Herodoto como verdad absoluta. En esta frontera borrosa del g&eacute;nero humano estaban los incivilizados y los imperfectos. El salvaje fue una variante de la especie humana, como lo mostr&oacute; Roger Bartra, que no solamente era el depositario de las angustias colectivas sino que el salvaje exist&iacute;a porque las sociedades hegem&oacute;nicas necesitaban contar con una referencia para medir su nivel de desarrollo cultural. Las formas inferiores de civilidad hac&iacute;an del hombre un salvaje, y las malformaciones biol&oacute;gicas hac&iacute;an del hombre un monstruo; el primero viviendo libre afuera de la sociedad, el segundo sobreviviendo dentro de la sociedad preso de su estigma. La literatura y el arte ofrecen muchos ejemplos de estas representaciones del salvaje y del monstruo. En el pr&oacute;logo del libro aqu&iacute; rese&ntilde;ado, Armando Bartra menciona atinadamente algunas obras medievales y del periodo de la Ilustraci&oacute;n en las cuales la imaginaci&oacute;n de sus autores cabalga sobre las variedades extremas del g&eacute;nero humano: <i>Variedades de la especie humana: los monstruos</i> de Buffon, <i>Tratado de teratolog&iacute;a</i> escrito por Geoffroy de Saint Hilaire, <i>Animales, monstruos y prodigios</i> de Ambroise Par&eacute;, etc. Esta fascinaci&oacute;n por los malformados, que mezcla curiosidad, morbo y repulsi&oacute;n, ha perdurado a lo largo de los siglos, pero lo interesante es que el descubrimiento del Nuevo Mundo despert&oacute; la imaginaci&oacute;n de los cronistas e historiadores, testigos oculares o no de hombres fant&aacute;sticos. Asimismo, Bernal D&iacute;az del Castillo, en su <i>Historia verdadera de la conquista de la Nueva Espa&ntilde;a</i> relata que "indios corcovados, muy feos, porque eran chicos de cuerpo y quebrados por medio" animaban los banquetes de Moctezuma.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Durante la Colonia, algunos coleccionistas se dedicaron a adquirir espec&iacute;menes de seres humanos malformados pertenecientes a los estratos bajos de la sociedad, pero fue en los &uacute;ltimos tres lustros del siglo XIX y ya entrando en el siglo XX, que la teratolog&iacute;a mexicana estuvo en su apogeo con numerosos art&iacute;culos publicados en revistas cient&iacute;ficas y una sala del Museo Nacional (hoy en d&iacute;a Museo de Antropolog&iacute;a) consagrada exclusivamente a la exhibici&oacute;n de monstruos. Lo extra&ntilde;o, lo repulsivo e incomprensible de la naturaleza humana se hab&iacute;a vuelto un tema de sumo inter&eacute;s para los m&eacute;dicos y juristas mexicanos quienes se empe&ntilde;aron en emular, tard&iacute;amente, a sus colegas de Europa y Estados Unidos.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su obra <i>El monstruo, objeto imposible</i> Frida Gorbach explora la teratolog&iacute;a mexicana desde tres perspectivas: la de los m&eacute;dicos, quienes se preguntaban &iquest;c&oacute;mo es posible?; la de los naturalistas, que dec&iacute;an: &iquest;c&oacute;mo clasificar a los monstruos?; y la de los juristas, que se interrogaban sobre &iquest;cu&aacute;l es la responsabilidad civil y penal de los anormales?</font></p>              <blockquote>             <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A una cl&iacute;nica interesada en establecer el l&iacute;mite entre lo normal y lo patol&oacute;gico, le impone un tercer elemento que no es normal ni patol&oacute;gico; a la historia natural la hace dudar cada vez que el origen de la vida intenta ser explicado a trav&eacute;s de una secuencia evolutiva, gradual y progresiva, y, por &uacute;ltimo, al derecho le cuestiona el l&iacute;mite entre lo permitido y lo prohibido al abrir la posibilidad de que el monstruo sea un mal en s&iacute; mismo.</font></p>     </blockquote>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El descubrimiento de monstruos humanos y animales provoc&oacute; la imaginaci&oacute;n y convoc&oacute; a la reflexi&oacute;n. Su existencia misma en el seno de la sociedad oblig&oacute; a repensar los fundamentos de las leyes de la naturaleza y revisar las condiciones biol&oacute;gicas de inimputabilidad.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El proceso sociohist&oacute;rico de normalizaci&oacute;n del r&eacute;gimen pol&iacute;tico y la no menos imperfecta voluntad de someter a los individuos a un marco jur&iacute;dico&#45;legal omnipresente, encontraban un eco en la ciencia m&eacute;dica con la importaci&oacute;n de teor&iacute;as m&eacute;dicas que pretend&iacute;an si no curarlo, s&iacute; explicarlo todo. Los m&eacute;dicos eran impotentes frente a hidroc&eacute;falos, siameses pegados, microc&eacute;falos, enanos, etc., lo &uacute;nico que pod&iacute;an hacer era observar, medir, interrogar, conservar y, sobre todo, exhibir. Pero esta pasi&oacute;n por el monstruo ense&ntilde;aba al mismo tiempo el l&iacute;mite de la ciencia para curarlo de su mal: los terat&oacute;logos eran m&eacute;dicos con virtudes de coleccionistas e intenciones de promotores de ferias.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Descubrir an&oacute;malos suscitaba el inter&eacute;s de los m&eacute;dicos y llamaba la atenci&oacute;n del vulgo, pero encontrar un monstruo jam&aacute;s visto era acceder a la fama: la notoriedad de los terat&oacute;logos mexicanos y extranjeros se constru&iacute;a conforme m&aacute;s casos y m&aacute;s raros documentaban. Esta econom&iacute;a subterr&aacute;nea de lo anormal permit&iacute;a conferir un valor financiero al esp&eacute;cimen y un valor simb&oacute;lico correspondiente a su descubridor/due&ntilde;o, en funci&oacute;n de la rareza del monstruo encontrado y de su estado de conservaci&oacute;n. Aunque no se profundiza en la obra de Gorbach, podemos aseverar que en ese nicho de mercado que era el de la compraventa de anomal&iacute;as biol&oacute;gicas, imperaban los siguientes criterios: a) la especie: animal o humano; b) el n&uacute;mero, rareza y espectacularidad de las malformaciones; c) el estado de conservaci&oacute;n: litograf&iacute;a, pintado, fotografiado, osamenta, restos conservados en alcohol, momificados o vivo; y en caso de un esp&eacute;cimen vivo: c) la edad, sexo, si era un salvaje o no, si pertenec&iacute;a a un linaje prestigiado o no, si ten&iacute;a varios parientes igualmente malformados o no. Los monstruos &#151;en sus diferentes estados&#151; constitu&iacute;an una mercanc&iacute;a que se compraba y se vend&iacute;a: pasaban del obst&eacute;trico al coleccionista, del coleccionista al terat&oacute;logo, del terat&oacute;logo mexicano a terat&oacute;logos extranjeros, para finalmente terminar en museos, ferias o circos. De ah&iacute; la defensa f&eacute;rrea de los anormales por parte de los terat&oacute;logos quienes, adue&ntilde;&aacute;ndose a menudo de ellos y compr&aacute;ndolos como si fuesen esclavos, se empe&ntilde;aron en preservar su vida y hacer de ella una vida p&uacute;blica. Esta b&uacute;squeda de los mejores monstruos puede comprobarse en los art&iacute;culos publicados en la <i>Gaceta M&eacute;dica</i> de M&eacute;xico as&iacute; como el folleto de presentaci&oacute;n de la sala de teratolog&iacute;a del Museo Nacional de M&eacute;xico inaugurada en 1895. En todas las publicaciones se asociaba siempre un texto descriptivo&#45;explicativo con una ilustraci&oacute;n. Las im&aacute;genes, dibujos y litograf&iacute;as redoblaban el texto y fung&iacute;an como prueba visual de la autenticidad del monstruo, validando sus aberraciones morfol&oacute;gicas. En la sala de teratolog&iacute;a estaban reunidos 75 espec&iacute;menes de animales y humanos conservados en alcohol, disecados o fotografiados. Si bien se buscaba la exhaustividad en cuanto a los casos de anomal&iacute;as presentados &#151;quiz&aacute; para mostrar el alcance de la ciencia en determinar los l&iacute;mites de lo biol&oacute;gicamente imposible&#151;, se buscaba tambi&eacute;n llamar la atenci&oacute;n del p&uacute;blico. Al respecto, la voluntad expl&iacute;cita de educar al pueblo no pod&iacute;a ocultar el deseo de alimentar la curiosidad y el morbo de la plebe como lo hac&iacute;an quienes presentaban monstruos en plazas p&uacute;blicas y circos. El laboratorio y el museo eran una alternativa culta a las ferias. "En lugar de seres excepcionales expondr&iacute;a objetos cient&iacute;ficos; en lugar de diversi&oacute;n ef&iacute;mera propia de ferias y circos, ofrecer&iacute;a educaci&oacute;n a las masas" escribe Frida Gorbach con respecto al papel del museo en la presentaci&oacute;n de aberraciones gen&eacute;ticas. La voluntad de exhibir todos los estadios de la monstruosidad explica por qu&eacute; animales y humanos eran presentados juntos, ya que ambos compart&iacute;an un error biol&oacute;gico irremediable que los hac&iacute;a radicalmente diferentes del resto de su especie. La autora menciona el famoso caso de los hermanos M&aacute;ximo y Bartola, conocidos como los "ni&ntilde;os aztecas", dos enanos microc&eacute;falos supuestos descendientes de un antiguo linaje de sacerdotes mayas, quienes se presentaron en muchas ciudades de Estados Unidos y Europa. Luego de su exposici&oacute;n en una sonada gira mundial, desaparecieron en el oscuro laberinto de la Historia. Ciertamente los ni&ntilde;os aztecas dejaron de existir como monstruos porque su larga exhibici&oacute;n termin&oacute; por agotar el inter&eacute;s que tra&iacute;a inicialmente su novedad. Lo mismo pas&oacute; cuando se desmantel&oacute; la sala de exposici&oacute;n de monstruos del Museo Nacional de la Ciudad de M&eacute;xico. El an&oacute;malo era fuente de inter&eacute;s cuando se descubr&iacute;a y cuando se presentaba por primera vez, pero en la medida en que se volv&iacute;a conocido su tiempo como pieza de exposici&oacute;n se agotaba. Del gabinete de curiosidades al museo, del ser an&oacute;malo al objeto investigado, el monstruo exist&iacute;a mientras despertaba una curiosidad mezclada de morbo en quienes deseaban ver o estudiar una "cosa" humana.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aunado a lo anterior, la investigadora anota que la desaparici&oacute;n de la Sala de Teratolog&iacute;a del Museo Nacional correspondi&oacute; con cambios en la direcci&oacute;n del museo, pero sobre todo con cambios de paradigma: la historia del Hombre se fue diferenciando progresivamente de la historia de la Naturaleza logr&aacute;ndose imponer la idea de una partici&oacute;n del saber y de una emancipaci&oacute;n del hombre con la naturaleza. La aparici&oacute;n del clivaje entre naturaleza y cultura anunciaba el dominio absoluto de la ciencia sobre todas las formas inferiores de vida.</font></p>              ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La Sala de Antropolog&iacute;a del Museo Nacional asentaba la idea de que las razas ind&iacute;genas hab&iacute;an degenerado f&iacute;sica y moralmente desde la Conquista debido a los cruzamientos y las condiciones de su medio. Empero, la exhibici&oacute;n del glorioso pasado mesoamericano constitu&iacute;a una fuente de orgullo para los historiadores y antrop&oacute;logos, quienes nutr&iacute;an un nacionalismo basado en la posesi&oacute;n compartida de esa inimitable herencia. Los cient&iacute;ficos decimon&oacute;nicos se preguntaban si los indios, con todas sus insuficiencias, no eran el eslab&oacute;n intermedio entre el animal y el hombre. La degeneraci&oacute;n de la raza ind&iacute;gena &iquest;no se deb&iacute;a a su dudoso origen? &iquest;Su aparici&oacute;n marginal en la evoluci&oacute;n de las especies? &iquest;La "exitosa" b&uacute;squeda de regularidades por parte de los terat&oacute;logos no muestra precisamente la naturaleza racial de estas ocurrencias? La autora del libro se&ntilde;ala con acierto que no exist&iacute;a unanimidad en torno a los an&oacute;malos y su trato, sino que las diferentes perspectivas evolucionistas y positivistas diverg&iacute;an y se alcanzaban en uno o varios puntos. Asimismo, exist&iacute;a una serie de diferencias m&aacute;s o menos marcadas seg&uacute;n los casos, entre quienes defend&iacute;an la idea de que la sangre india era motivo de orgullo y quienes sosten&iacute;an que los indios eran una raza inferior; entre los partidarios de esta &uacute;ltima perspectiva estaban quienes pensaban que se pod&iacute;a y deb&iacute;a reeducar al indio y otros, una minor&iacute;a, que planteaba que el eugenismo radical y la segregaci&oacute;n eran la soluci&oacute;n al problema del indio. Antropolog&iacute;a y teratolog&iacute;a no forzosamente compart&iacute;an las mismas explicaciones en torno a degeneraci&oacute;n de los indios, ni buscaban los mismos objetivos. En el &uacute;ltimo tercio del siglo XIX en M&eacute;xico, el debate sobre el origen del hombre americano era dominado por la postura de un hombre primero aut&oacute;ctono, ejemplar t&oacute;pico que hab&iacute;a sido el punto de origen de la difusi&oacute;n de la raza americana. "Cada ejemplar, cada pieza, constitu&iacute;a un argumento m&aacute;s en el esfuerzo por mostrar la perfecci&oacute;n de la naturaleza del Nuevo Mundo y la perfecta adaptaci&oacute;n de las razas americanas a ellas". De manera general, la cuesti&oacute;n racial atravesaba el tema de los monstruos humanos y de su origen.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La teor&iacute;a del detenimiento embrionario de Geoffroy de Saint Hilaire explicaba el nacimiento de los monstruos a partir de una influencia proveniente del exterior que deten&iacute;a el desarrollo normal del embri&oacute;n; esta teor&iacute;a tuvo una gran repercusi&oacute;n en terat&oacute;logos mexicanos como Juan Mar&iacute;a Rodr&iacute;guez y Rom&aacute;n Ram&iacute;rez. La ocupaci&oacute;n y preocupaci&oacute;n de esos m&eacute;dicos era explicar las causas y condiciones de aparici&oacute;n de un monstruo, destacando su aberraci&oacute;n idiosincr&aacute;sica. La deformaci&oacute;n cong&eacute;nita del feto era diferenciada por la enfermedad que pod&iacute;a, en algunos casos, alterar la forma de algunos &oacute;rganos o partes del cuerpo. Sobre la responsabilidad de la madre, los m&eacute;dicos no aceptaban la idea de que las caracter&iacute;sticas del producto pudiesen haber sido influenciadas por im&aacute;genes o representaciones tenidas durante el embarazo. Pensaban en herencia, "contaminaci&oacute;n de g&eacute;rmenes", maltrato de la parturienta, adicciones, vicios, etc. Seg&uacute;n esos positivistas "la violencia, el dolor, la pena, la verg&uuml;enza y la culpa, reunidos bajo el t&eacute;rmino de 'impresi&oacute;n', pose&iacute;an la fuerza para alterar el funcionamiento del &uacute;tero y modificar la forma de lo que deb&iacute;a ser". Los m&eacute;dicos buscaban en una acci&oacute;n visible, concreta y violenta, la causa del nacimiento de monstruos. Tambi&eacute;n encontraban en el &uacute;tero el &oacute;rgano responsable del desarrollo imperfecto del feto. El &oacute;rgano sexual femenino suscitaba una fascinaci&oacute;n sin l&iacute;mites en m&eacute;dicos obst&eacute;tricos e higienistas. No obstante los esfuerzos de los m&eacute;dicos por definir precisamente el objeto de la teratolog&iacute;a, &eacute;stos dudaban en explicar las variaciones y desviaciones de la Naturaleza con los principios de una ley general de la fisiolog&iacute;a. "En ese lugar, el monstruo no pod&iacute;a constituirse en una prueba m&aacute;s de la regularidad del mundo, ni serv&iacute;a tampoco como paradigma en la comprensi&oacute;n de los actos normales". El descubrimiento de seres anormales no llevaba a los terat&oacute;logos a una reflexi&oacute;n abstracta sobre su posici&oacute;n en la curva de evoluci&oacute;n de la especie humana a diferencia de sus predecesores galos, sino que constru&iacute;an explicaciones racionales con pretensiones cient&iacute;ficas en torno a cada caso.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La observaci&oacute;n de un parto o de un monstruo era, seg&uacute;n Rodr&iacute;guez, actividad necesaria y suficiente para certificar la importancia de la teratolog&iacute;a. Describir un an&oacute;malo era contemplar una aver&iacute;a de la Naturaleza, era poner palabras sobre un fen&oacute;meno imposible, en suma era darle vida. Nombrar es crear y hacer creer. De manera paulatina el l&eacute;xico zool&oacute;gico fue abandonado, aunque no totalmente, para ser sustituido por t&eacute;rminos m&aacute;s adecuados para garantizar la cientificidad del discurso y por ende su objetividad. Poner un l&iacute;mite a lo impensable, circunscribir lo imposible requer&iacute;a el retomar la tipolog&iacute;a de Saint Hilaire e inventar nuevos t&eacute;rminos como la siguiente: "Monstruo diplogen&eacute;sico, monocef&aacute;lico, autoritario, enfal&oacute;sito, no viable". La geometr&iacute;a y la arquitectura ofrecieron tambi&eacute;n a los m&eacute;dicos mexicanos, t&eacute;rminos para describir "cient&iacute;ficamente" las formas inhumanas de los an&oacute;malos. De hecho, la reconstrucci&oacute;n visual permit&iacute;a al m&eacute;dico remontar de los efectos a las causas seg&uacute;n una metodolog&iacute;a deductiva que se certificaba a s&iacute; misma. Pero "era principalmente en la medici&oacute;n donde reca&iacute;a el peso de la objetividad; eran los n&uacute;meros los que promet&iacute;an las cualidades invisibles de una vieja medicina fundada en correspondencias, similitudes y homolog&iacute;as, por objetos de l&iacute;mites definidos, cuantificables". Los n&uacute;meros y mediciones antropom&oacute;rficas pretend&iacute;an comprobar las desviaciones con respecto a una media, media ficticia que representaba lo normal. Normalidad y anormalidad se divid&iacute;an entonces en las manos del m&eacute;dico, juez de los errores de la Naturaleza.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Buscar las causas de las anomal&iacute;as con el fin de reducir la probabilidad de aparici&oacute;n de seres inservibles conllev&oacute; en dise&ntilde;ar medidas profil&aacute;cticas para favorecer los elementos sanos, fuertes y f&eacute;rtiles. La teratolog&iacute;a y el eugenismo eran disciplinas hermanas que compart&iacute;an cierto n&uacute;mero de postulados, aunque los terat&oacute;logos mexicanos se empe&ntilde;aron en proteger la vida de los monstruos, enfrent&aacute;ndose a los eugenistas y a la plebe, quienes los condenaban a muerte por su inviabilidad o su origen maldito. De manera general, el papel del Estado, seg&uacute;n la corriente eugenista dominante, deb&iacute;a concentrarse en: 1. Prevenir la aparici&oacute;n de individuos an&oacute;malos y viciosos; 2. Castigar a los sujetos que contaminaban el cuerpo social amenazando su devenir; y 3. Premiar los mejores elementos organizando competencias deportivas por un lado y concursos de belleza por el otro. Para los m&eacute;dicos y juristas mexicanos "el cuerpo f&iacute;sico era lo mismo que el cuerpo social o moral; o dicho de otra manera, el cuerpo individual se transformaba autom&aacute;ticamente en cuerpo social, y el cuerpo social en ley moral". Los juristas buscaban adaptar las leyes a los &uacute;ltimos descubrimientos cient&iacute;ficos acerc&aacute;ndose a la medicina y en particular a la fisiolog&iacute;a. Las evidencias f&iacute;sicas y fisiol&oacute;gicas deb&iacute;an legitimar el bien fundado de la jurisprudencia en lo que concern&iacute;a a los sujetos que padec&iacute;an un trastorno f&iacute;sico, mental o moral. M&eacute;dicos y abogados se esmeraron para participar con derecho propio en la construcci&oacute;n de un nuevo orden social sobre una base cient&iacute;fica: se daban como tarea la de prevenir la aparici&oacute;n de an&oacute;malos condicionando los candidatos al matrimonio con la presentaci&oacute;n de un certificado m&eacute;dico. Para el Estado eugenista, no todos los individuos eran aptos para fundar una familia. De ah&iacute; la obsesi&oacute;n institucional en torno a la vida sexual y la reproducci&oacute;n. Es menester se&ntilde;alar que incluso a principios de los a&ntilde;os cincuenta del siglo XX, un investigador como Mac&#45;Lean y Est&eacute;nos, cuyo trabajo fue premiado en el Segundo Congreso de Sociolog&iacute;a, postulaba que las leyes eugen&eacute;sicas deb&iacute;an enfocarse en la vigilancia de las uniones matrimoniales y la esterilizaci&oacute;n de los inaptos. Cabe agregar a lo que presenta Frida Gorbach, que no hab&iacute;a un l&iacute;mite claramente establecido en cuanto a la patolog&iacute;a que condenaba el sujeto a la segregaci&oacute;n social, el oprobio institucional y la esterilidad fisiol&oacute;gica. Ubicar a los hermafroditas, enanos y personas muy altas en la categor&iacute;a de los monstruos, era una decisi&oacute;n de los terat&oacute;logos en nombre de un supuesto orden biol&oacute;gico y normalidad social. Pero los epil&eacute;pticos, sordomudos, sifil&iacute;ticos, alcoh&oacute;licos, idiotas, imb&eacute;ciles y tarados fueron tambi&eacute;n impedidos para casarse por las Leyes de la Familia y el C&oacute;digo Civil.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En todo caso, el estigma corp&oacute;reo anunciaba la desviaci&oacute;n moral, el vicio y el crimen. El c&eacute;lebre crimin&oacute;logo Carlos Roumagnac afirmaba, a principios del siglo XX, que una de las dos categor&iacute;as de criminales era conformada por todos aquellos que ten&iacute;an un defecto org&aacute;nico adquirido o innato. Un delito de sangre cometido por un individuo de clase baja en contra de alguien de estatuto superior, constitu&iacute;a un agravante suficientemente fuerte como para condenar al homicida a llevar el calificativo de "monstruo". El acto monstruoso denotaba siempre una personalidad perturbada, una mente dedicada enteramente al vicio. Pero este comportamiento aberrante era tambi&eacute;n atribuido a la pertenencia a una clase social: los proletarios pauperizados de la ciudad, y en menor medida los campesinos pobres. En su <i>G&eacute;nesis del crimen en M&eacute;xico,</i> Julio Guerrero escrib&iacute;a en 1901 que el delito de sangre era, en su gran mayor&iacute;a, un acto extremo inherente a los de clase baja porque &eacute;stos carec&iacute;an de educaci&oacute;n, de valores y sobre todo carec&iacute;an del control de sus pulsiones de muerte. En otros t&eacute;rminos, la monstruosidad era un hecho biol&oacute;gico y tambi&eacute;n un acto social. Gorbach se&ntilde;ala atinadamente que: "El monstruo quedaba junto con criminales, locos y enfermos, todos objeto del discurso m&eacute;dico. Despu&eacute;s de todo, la medicina buscaba la referencia patol&oacute;gica de la enfermedad, del crimen y de la locura". La monstruosidad romp&iacute;a con el orden social.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En suma, el monstruo biol&oacute;gico y el monstruo social eran dos representaciones de este mismo riesgo de franquear las fronteras de la naturaleza por el primero, y de franquear las fronteras de la cultura por el segundo. El monstruo constitu&iacute;a una amenaza. Este apelativo de monstruo permit&iacute;a construir una normalidad en una sociedad que se modernizaba y en la cual se incrementaban peligrosamente las distinciones de clase. Endeble y cambiante, la categor&iacute;a ficticia de lo normal legitimaba los esfuerzos del Estado, de los juristas y los cient&iacute;ficos, para organizar la sociedad y ordenar la vida colectiva. El monstruo era el enemigo que las elites de finales del siglo XIX y principios del siglo XX ten&iacute;an que combatir encerr&aacute;ndolo o exhibi&eacute;ndolo, castig&aacute;ndolo siempre.</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>              <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Nota</b></font></p>              <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Frida Gorbach, <i>El monstruo, objeto imposible. Un estudio sobre la teratolog&iacute;a mexicana, siglo</i> <i>XIX.</i> M&eacute;xico: UAM&#45;Itaca 2008.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3390307&pid=S1665-0565201200010000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     ]]></body>
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