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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El nuevo virtuísmo empresarial: ¿prurito, pundonor o propaganda?]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Lecturas Cr&iacute;ticas</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>El nuevo virtu&iacute;smo empresarial: &iquest;prurito, pundonor o propaganda?</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Fernando Leal Carretero*</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Henderson, David (2004) <i>The Role of Business in the Modern World: Progress, Pressures and Prospects for the Market Economy.</i> Londres: Institute of Economic Affairs. Vogel, David (2006, 2&ordf; ed. con nuevo prefacio; la 1&ordf; edici&oacute;n apareci&oacute; en 2005) <i>The Market for Virtue: The Potential and Limits of Corporate Social Responsability. </i>Washington: Brookings Institution.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>*Profesor investigador del Departamento de Estudios Socio Urbanos de la Universidad de</i> <i>Guadalajara.</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo m&aacute;s probable es que el lector de esta revista en general y de este art&iacute;culo en particular sea una persona que trabaja en la academia o al menos est&aacute; cerca de la academia (tal vez por ser miembro de la clase que por alguna raz&oacute;n no del todo clara hemos dado en llamar intelectual). Con base en ello, le propongo a ese lector probable el siguiente ejercicio de reflexi&oacute;n e imaginaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las actividades normales del acad&eacute;mico son leer, estudiar, pensar, ense&ntilde;ar, discutir, escribir, publicar. La porci&oacute;n de la sociedad con la que de esta manera entra en contacto es m&aacute;s o menos limitada: sus colegas, sus estudiantes, los autores de textos m&aacute;s o menos semejantes a los que &eacute;l mismo escribe. De ninguna manera estamos hablando de la sociedad en general. Hasta el m&aacute;s exitoso de los intelectuales, p. ej. el autor de &eacute;xitos de librer&iacute;a, es conocido por un n&uacute;mero de personas que es peque&ntilde;o relativamente a la poblaci&oacute;n en general; y es le&iacute;do por un n&uacute;mero a&uacute;n m&aacute;s peque&ntilde;o. Parece razonable decir que sus responsabilidades no pueden ser en principio mayores que su radio de acci&oacute;n. As&iacute; el profesor tiene responsabilidades ante sus estudiantes que son f&aacute;ciles de visualizar, p. ej. preparar sus clases con la mayor diligencia y esmero posibles (lo cual incluye, entre otras muchas cosas, estar actualizado sobre los conocimientos relevantes a dichas clases), atender a sus necesidades y preferencias sin descuidar el mandato que corresponde a su vocaci&oacute;n, profesi&oacute;n y contrato, ser puntual y amable, etc. Ser&iacute;a tedioso seguir enumerando estas obligaciones, ya que son relativamente claras. Igualmente podr&iacute;a hacerse el ejercicio de enumerar las obligaciones que tiene con sus colegas y dem&aacute;s personas con las que interact&uacute;a en la instituci&oacute;n a la que presta sus servicios. Y otro tanto podr&iacute;a hacerse respecto de cada una de las funciones que ejercen los distintos miembros de la clase intelectual.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hasta aqu&iacute; la reflexi&oacute;n. Imaginemos ahora que de repente surge un reclamo de procedencia no mayormente definida de que este acad&eacute;mico (o m&aacute;s ampliamente: este intelectual) tiene una serie de obligaciones que sobrepasan con creces aquellas a que acabo de aludir. Es m&aacute;s: el reclamo dice que no hay l&iacute;mites para esas obligaciones. El acad&eacute;mico es responsable frente a la sociedad entera, frente a toda la poblaci&oacute;n. Si el acad&eacute;mico reaccionara con alguna sorpresa ante este reclamo y preguntase en qu&eacute; consisten esas nuevas y ampl&iacute;simas responsabilidades, entonces la respuesta ser&iacute;a que ya se le ir&aacute;n dando a conocer, pero que debe estar preparado, ya que (como se dijo antes) en principio no hay ning&uacute;n l&iacute;mite a esas responsabilidades. Si el acad&eacute;mico, ahora ya un poco asustado, replicase que no entiende bien c&oacute;mo puede ser esto, ya que est&aacute; perfectamente consciente de que la vocaci&oacute;n y profesi&oacute;n que ha elegido y los contratos que ha firmado especifican con mayor o menor claridad unos ciertos l&iacute;mites, entonces se le dir&aacute; que esas responsabilidades no son propiamente ni profesionales ni contra&iacute;das, sino <i>sociales.</i> Este adjetivo m&aacute;gico que tiene frecuentemente el poder de extender de manera indefinida o siempre redefinida los l&iacute;mites del sustantivo al que acompa&ntilde;a (pensemos nada m&aacute;s en los problemas <i>sociales</i> o la justicia <i>social)</i> es uno de los artefactos verbales m&aacute;s curiosos y peregrinos que existen en el nutrido repertorio de los reclamos al uso (se entiende: de los reclamos <i>sociales).</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pues bien: hasta hace relativamente poco tiempo los empresarios cre&iacute;an tener una noci&oacute;n m&aacute;s o menos espec&iacute;fica de cu&aacute;les eran sus responsabilidades, quiero decir aproximadamente igual de espec&iacute;fica a la que tiene cualquier acad&eacute;mico o intelectual. Y de repente las cosas empezaron a cambiar para los empresarios: esas responsabilidades relativamente claras y distintas comenzaron a ampliarse y ampliarse sin que parezca que haya ning&uacute;n l&iacute;mite a la vista. Esta es una de las cuestiones de fondo que se agita en dos libros recientes (Henderson, 2004; Vogel, 2005) y que reaparecen en cualquier debate sobre la responsabilidad social de las empresas (RSE; en ingl&eacute;s <i>Corporate Social Responsibility</i> o CSR), una frase tan popular como poco meditada. El gran economista Vilfredo Pareto, en una de sus excursiones sociol&oacute;gicas (1911), propuso el nombre "virtu&iacute;smo" para referirse al fen&oacute;meno de la creciente censura moral sobre contenidos sexuales en la poes&iacute;a, teatro o narrativa de su tiempo. Hoy d&iacute;a ese viejo nombre grecorromano de la "virtud" ha sido resucitado en toda su generalidad: privado de sus connotaciones pura o preferentemente sexuales, se aplica cada vez m&aacute;s a todo lo que hay de admirable en una persona o comunidad humana, con lo cual se habla cada vez m&aacute;s de "empresas virtuosas" para referirse a los ideales de responsabilidad social. Tenemos, pues, un nuevo virtu&iacute;smo empresarial cuya naturaleza los dos libros mencionados nos pueden ayudar a desentra&ntilde;ar.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nuestros dos autores son muy distintos entre s&iacute;, a tal grado que s&oacute;lo parecen compartir el nombre de pila en com&uacute;n, o acaso tambi&eacute;n el hecho de que sus libros hayan sido publicados por bien conocidos <i>think tanks</i> y no por editoriales acad&eacute;micas o comerciales. David Vogel es un polit&oacute;logo norteamericano, acad&eacute;mico de pura cepa, catedr&aacute;tico de &eacute;tica de los negocios (Haas School of Business) y de ciencia pol&iacute;tica (UC Berkeley); David Henderson, por su parte, es un economista brit&aacute;nico que ha tenido tres carreras distintas: primero como docente e investigador (en las universidades de Oxford y Londres), luego como funcionario y analista para el gobierno brit&aacute;nico y la &Uuml;ECD hasta su retiro, y hoy d&iacute;a como conferencista, consultor y escritor de obras de divulgaci&oacute;n para el p&uacute;blico educado. De entrada, la valoraci&oacute;n del virtu&iacute;smo empresarial que hacen los dos Davides es distinta: Vogel lo ve con gran simpat&iacute;a y su &uacute;nica preocupaci&oacute;n es que no haya m&aacute;s empresas virtuosas e incluso que tal vez por las condiciones del mercado nunca vaya a haber tantas como &eacute;l quisiera; en cambio, Henderson argumenta que el ideal de RSE constituye una tergiversaci&oacute;n del sentido que tiene el sector privado y los beneficios que proporciona, y por lo tanto que su implementaci&oacute;n pone en peligro el delicado funcionamiento de la econom&iacute;a de mercado.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ambos autores han publicado antes sobre este tema y probablemente lo sigan haciendo; pero no parece posible que ambos tengan raz&oacute;n, al menos no toda la raz&oacute;n. Tal vez sea el caso que las condiciones del mercado no van probablemente a permitir nunca que el virtu&iacute;smo cunda por doquiera, como argumenta Vogel; y entonces Henderson puede estar tranquilo, pues el da&ntilde;o est&aacute; contenido por la maquinaria de precios que tanto admira; por decirlo as&iacute;, el mercado ser&iacute;a entonces perfectamente capaz de defenderse solo. Pero tal vez sea m&aacute;s bien el caso que el ideal de RSE pone realmente en peligro al mercado, como teme Henderson; y entonces eso significa que Vogel se equivoca en sus n&uacute;meros.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En este asunto, como en todos los dem&aacute;s asuntos de inter&eacute;s humano y social, hay al menos dos maneras de enfocar las cosas. Una es marcadamente normativa o axiol&oacute;gica: quien la esgrime se coloca en una posici&oacute;n de juez y lanza juicios de valor, positivos o negativos, sobre la RSE (o cualquier otro tema espinoso de que se hable). La otra es m&aacute;s bien positiva y f&aacute;ctica: se adopta la tesitura del observador desinteresado, con un talante ya sea descriptivo, ya sea explicativo, pero que rehuye los juicios de valor y prefiere en su lugar confrontarnos con hechos. Suele ser el caso en las ciencias sociales que el discurso inevitablemente mezcla los dos acercamientos; y nuestros dos autores no son la excepci&oacute;n. Cada uno expresa claramente cu&aacute;les son sus valores, d&oacute;nde est&aacute; su coraz&oacute;n, a qu&eacute; clase de mundo aspiran, de manera que no nos confundamos sobre el punto. Vogel aprueba el virtu&iacute;smo; Henderson lo desaprueba. Pero aparte de estos juicios de valor ambos nos proporcionan una serie de datos, conceptos y razonamientos que describen y explican el fen&oacute;meno de la RSE y las relaciones causales que guarda con otros fen&oacute;menos sociales, pol&iacute;ticos y econ&oacute;micos; s&oacute;lo que los hechos y cadenas causales que destaca uno y el otro son al menos en parte distintos. Ambos suponen el sistema econ&oacute;mico que, con variantes locales, nacionales y regionales, rige en todo el mundo &#151;ese al que se llama popularmente <i>capitalismo,</i> usando para ello un nombre que ir&oacute;nicamente se origina en las obras de su principal detractor, Karl Marx&#151;, pero mientras que Vogel considera el virtu&iacute;smo empresarial un complemento que mejora el sistema, Henderson piensa que se trata de algo que impide que funcione como debe funcionar. Debido a esas dos posturas contrapuestas, vemos a Henderson insistir en datos que muestran los beneficios del capitalismo antes de la aparici&oacute;n del virtu&iacute;smo empresarial o con independencia de &eacute;l; en cambio, Vogel no entra en esos detalles, sino que se limita a mostrar con hechos y cifras hasta d&oacute;nde llega efectivamente el ideal de RSE en la actualidad. Lo curioso es que sus posiciones sean tan encontradas que, como dije antes, es imposible que ambos lleven la raz&oacute;n: o el virtu&iacute;smo empresarial no es tan peligroso como arguye Henderson o no es tan diminuto como lamenta Vogel.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Queda fuera de duda que tanto Vogel como Henderson son autores s&oacute;lidos y prestigiados, cada uno en su campo y estilo. Por ello, si alguien tiene el deseo sincero de informarse sobre el complejo fen&oacute;meno del ascenso del ideal de la RSE antes de hacerse una opini&oacute;n al respecto, creo que una de las mejores opciones que tiene es la de leer estos dos libros. De cada uno sacar&aacute; provecho; y si despu&eacute;s de leerlos, y viendo la contradicci&oacute;n que indico, todav&iacute;a quiere opinar sobre el tema, pienso que al menos lo har&aacute; con muchas mejores bases de las que hubiera tenido antes.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Resulta dif&iacute;cil hablar de responsabilidad social de una persona, grupo u organizaci&oacute;n en un tono que no sea &eacute;tico; pero cuando de empresas se trata al menos habr&iacute;a que admitir que, aparte de las consideraciones &eacute;ticas que se juzguen pertinentes, ha lugar para al menos un poco de razonamiento econ&oacute;mico. En este punto hay una gran disparidad entre los libros que comentamos (la misma disparidad, por cierto, que observamos en todos los debates sobre el tema). He dicho que Henderson es economista; y eso se nota en todo el libro: su larga y compleja argumentaci&oacute;n es t&iacute;pica de un economista. Pero igualmente cabe decir que Vogel <i>no</i> es economista; y eso tambi&eacute;n se nota.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay ciertas formas de argumentar que est&aacute;n calculadas para despertar en nosotros una profunda indignaci&oacute;n moral. Nos topamos con un ejemplo notable de ello cuando Vogel (2006: 99&#45;100) menciona a "cr&iacute;ticos de Nike" que suelen tomar el salario de 1 &oacute; 2 d&oacute;lares por jornada de trabajo a obreros en Indonesia que participan en la producci&oacute;n de calzado deportivo de esa marca a fin de contrastarlo con los miles de d&oacute;lares que recibe Michael Jordan por publicitar ese mismo calzado. Para terminar de clavar la estaca en el coraz&oacute;n de su lector, Vogel hace la comparaci&oacute;n a&uacute;n m&aacute;s dolorosa citando al periodista Jeff Ballinger que en <i>Harper's</i> concluy&oacute; que una obrera indonesia requerir&iacute;a trabajar 44,492 a&ntilde;os para ganar lo que estipula el contrato del famoso basquetbolista (Ballinger 1992). Dejando de lado la comicidad involuntaria de un c&aacute;lculo tan aparentemente preciso, &iquest;habr&aacute; quien no se indigne ante semejante disparidad en los ingresos? Y sin embargo, basta ponerse a pensar un poco para darse cuenta de que este modo de discurrir tiene muy poco sentido. Es al menos probable que sin los anuncios de celebridades como Jordan, Nike jam&aacute;s podr&iacute;a tener una demanda tal que permitiera la creaci&oacute;n de complejas cadenas de producci&oacute;n en cuyo extremo estar&iacute;a una trabajadora no calificada que tal vez todo lo que hace a lo largo de un d&iacute;a es poner en una caja un zapato derecho y uno izquierdo. Por otro lado, la impresi&oacute;n de una disparidad casi inconmensurable proviene de un c&aacute;lculo muy sesgado. Propongo al lector otro para que compare. Partamos de uno solo de esos pares que la obrera empac&oacute;. Supongamos un joven norteamericano tan consciente de la moda que hace lo que puede (desde atormentar a sus padres durante semanas hasta vender un poco de coca&iacute;na en las calles) para conseguir 100 d&oacute;lares y pagarlos por el &uacute;ltimo modelo de Nike. &iquest;Cu&aacute;nto de esos 100 d&oacute;lares le tocan a Jordan y cu&aacute;nto a la trabajadora indonesia? En una reciente introducci&oacute;n a la econom&iacute;a se ofrece una estimaci&oacute;n de los costos, que ser&iacute;a aproximadamente la siguiente:<sup><a href="#nota">1</a></sup></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/espiral/v14n42/a8t2.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En cursiva he puesto los dos componentes del precio que Vogel nos propon&iacute;a comparar. Es claro que ni Jord&aacute;n ni la obrera indonesia se llevan la tajada completa, ya que cada uno de ellos es parte de un equipo.<sup><a href="#nota">2</a></sup> Pero si hacemos el supuesto simplificador de que la obrera que discutimos hizo ella sola todo el trabajo y Jordan hizo &eacute;l solo toda la publicidad, vemos que los n&uacute;meros no son tan toscamente dispares como el discurso que Vogel cita con evidente aprobaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Doy otro ejemplo de falta de razonamiento econ&oacute;mico. Hablando del impacto de la etiqueta "social" Comercio Justo <i>(Fair Trade</i> o FT) nos dice Vogel (2006: 105) que en Etiop&iacute;a los miembros de la Uni&oacute;n Cooperativa de Cafetaleros de Oromiya reciben 70% del precio de exportaci&oacute;n del caf&eacute; que producen gracias a tener la etiqueta FT, mientras que el resto de los productores que trabajan en el mercado libre reciben solamente 30%. Esto parece una muy estupenda noticia para los miembros de la cooperativa y una menos estupenda para los desdichados que no pertenecen a ella. Pero, &iquest;qu&eacute; pasa con todos los dem&aacute;s et&iacute;opes que participan en ese comercio? Me refiero a todo tipo de intermediarios, transportistas, estibadores, oficinistas, que no siembran ni cosechan el caf&eacute;, pero sin los cuales el caf&eacute; no llegar&iacute;a al puerto de embarque: ellos reciben en el segundo caso 70% y en el primero solamente 30%. O sea, bueno para unos, malo para otros. &iquest;Por qu&eacute; Vogel no cuenta ambos grupos? &iquest;Acaso s&oacute;lo los cafetaleros cuentan? &iquest;No habr&iacute;a entonces responsabilidad social sino para con ellos? Leer a Vogel me recuerda lo que dice la gran historiadora econ&oacute;mica Deirdre McCloskey: todo pasa como con una obra de teatro que se queda en el primer acto. Podemos aplaudir la actuaci&oacute;n, el vestuario y la coreograf&iacute;a; pero lo cierto es que hemos asistido a un fragmento, y tal vez si vi&eacute;ramos el resto de la obra ya no aplaudir&iacute;amos con tanto entusiasmo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A veces las afirmaciones de Vogel desaf<b>i</b>an la credibilidad, como cuando asegura que la organizaci&oacute;n Rockefeller Philanthropy Advisors "moviliz&oacute; 4 millones de millones de d&oacute;lares <i>($4 trillion)</i> de inversionistas institucionales para presionar a 500 grandes corporaciones a que cuantificasen sus emisiones de gases de invernadero..." (Vogel, 2006: 330). &iexcl;Un momento! Dejemos de lado para qu&eacute; se habr&iacute;a movilizado el dinero, e incluso dejemos de lado qu&eacute; quiere decir "movilizar" dinero, una expresi&oacute;n tan vaga que casi no dice nada. Pensemos solamente en la cifra: 4 millones de millones de d&oacute;lares equivalen a casi la mitad de la producci&oacute;n anual entera de los Estados Unidos, la mayor potencia econ&oacute;mica de todos los tiempos. &iquest;Una organizaci&oacute;n filantr&oacute;pica podr&iacute;a "movilizar" esa cifra? Disculpar&iacute;a a cualquier lector que pensara que Vogel no sabe de qu&eacute; est&aacute; hablando aqu&iacute;.<sup><a href="#nota">3</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ocasionalmente, Vogel s&iacute; razona econ&oacute;micamente, y es curioso notar que en esos casos la conclusi&oacute;n es bastante menos favorable a la RSE de lo que uno pudiera anticipar. As&iacute;, algunos virtu&iacute;stas argumentan que la inversi&oacute;n "social" redituar&iacute;a en beneficio de las empresas. Si eso fuera as&iacute;, nos dice Vogel (2006: 34,) las empresas se apresurar&iacute;an a hacer tales inversiones, cosa que no vemos; y si lo hicieran, la ventaja competitiva de las empresas virtuosas se perder&iacute;a, ya que todas lo ser&iacute;an. Son buenos razonamientos econ&oacute;micos. E igualmente buenos, aunque no muy analizados por Vogel, son los que tienen que ver con los efectos perversos de las buenas intenciones: la prohibici&oacute;n del trabajo infantil en regiones de Asia, que arrastr&oacute; a muchos ni&ntilde;os y ni&ntilde;as a la prostituci&oacute;n (ib&iacute;d.: 98);<sup><a href="#nota">4</a></sup> los in&uacute;tiles gastos y riesgos incurridos por el desmantelamiento en tierra firme de una plataforma petrolera obsoleta de Shell, tal como fue exigido de manera ignorante y fan&aacute;tica por Greenpeace (ib&iacute;d.: 112&#45;114); los asesinatos de inocentes perpetrados por el gobierno de Indonesia para persuadir a la empresa Freeport McMoRan que necesitaba de la "protecci&oacute;n" de sus fuerzas armadas (ib&iacute;d.: 146).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un &uacute;ltimo ejemplo importante se refiere a un c&aacute;lculo que concluye que la reducci&oacute;n de emisiones de CO<sub>2</sub> de la compa&ntilde;&iacute;a British Petroleum habr&iacute;a costado 20 millones de d&oacute;lares pero ahorrado 650. Aqu&iacute; parecer&iacute;a pues que la virtud es su propia recompensa. Pero Vogel nos recuerda muy acertadamente que esas cuentas alegres de los virtu&iacute;stas no toman en cuenta los costos de oportunidad, un t&eacute;rmino de la teor&iacute;a econ&oacute;mica que en este caso se refiere a que si los gerentes de BP hubiesen empleado tiempo y recursos en otra cosa que reducir esas emisiones, habr&iacute;an probablemente obtenido ganancias superiores a esos 650 millones que ahorraron por virtuosos. Llamo importante a este &uacute;ltimo ejemplo porque es caracter&iacute;stico del ideal de RSE, como suger&iacute; antes, el no tener l&iacute;mites. Leyendo a Vogel tiene uno la impresi&oacute;n de que algunos activistas quisieran que las empresas se dedicaran a todo menos a producir y comercializar sus productos. Puede ser bueno aspirar a la santidad, pero no estar&iacute;a de m&aacute;s saber los costos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, el mejor ejemplo de razonamiento econ&oacute;mico que tiene el libro de Vogel es precisamente su conclusi&oacute;n, tan certera como importante: el virtu&iacute;smo empresarial no es viable para todas las empresas, sino solamente para un n&uacute;mero bastante reducido de ellas. Para mayor precisi&oacute;n, son dos los tipos de empresa que pueden darse el lujo de acatar el ideal de RSE. Un tipo es el de las empresas que buscan ofrecer un producto diferente (m&aacute;s "social", m&aacute;s "justo", m&aacute;s "&eacute;tico", m&aacute;s "ambiental") al de otras empresas. Esas empresas son virtuosas por definici&oacute;n propia; no pueden no ser virtuosas y seguir siendo la clase de empresas que son. El segundo tipo de empresas es muy distinto: se trata de las empresas que son tan grandes, visibles y omnipresentes que resultan un blanco f&aacute;cil y barato para las organizaciones no gubernamentales que viven de un apostolado &eacute;tico, social o ambiental. A esas empresas no les queda otra que defenderse como puedan de esos ataques, y para ello enarbolar una bandera de virtud m&aacute;s o menos sincera y m&aacute;s o menos interesada.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta inexpugnable conclusi&oacute;n de Vogel (que &eacute;l expresa en varias partes del libro) pertenece propiamente al &aacute;rea del an&aacute;lisis econ&oacute;mico que se llama Organizaci&oacute;n Industrial; y por ella vemos que los l&iacute;mites de la RSE son l&iacute;mites econ&oacute;micos. Veamos. El primer tipo de empresas no requiere mayor discusi&oacute;n. Cada quien vende el producto que quiere, y si yo quiero vender un producto que rezuma santidad, y encuentro un p&uacute;blico de consumidores dispuesto a comprarlo y un grupo de inversionistas dispuesto a financiar mi operaci&oacute;n, entonces no hay m&aacute;s que decir. Es un mercado de la virtud, con la misma estructura de cualquier otro mercado. Pero el segundo caso es m&aacute;s complicado. Aqu&iacute; es obvio que las empresas tratan de ser virtuosas porque no les ha quedado m&aacute;s remedio, porque han sido forzadas a ello por la presi&oacute;n de ciertos grupos sociales, porque los responsables de tomar decisiones han concluido, correcta o incorrectamente, que de ciertas conductas real o aparentemente virtuosas dependen sus ventas y su acceso a capitales. Y surge entonces la pregunta de si este otro mercado de la virtud en el que tienen que empe&ntilde;arse unas empresas que nunca dijeron aspirar a la santidad es un mercado del que podemos esperar un beneficio neto para la sociedad en general.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Henderson responde a esa pregunta con un sonoro "NO". Como buen economista, es disc&iacute;pulo de Adam Smith, y piensa que los beneficios sociales de la labor empresarial son indirectos: buscando cada empresario su propia ganancia (y la de sus inversionistas) la suma agregada de las acciones empresariales redunda en la satisfacci&oacute;n de los deseos de los consumidores, es decir de todos nosotros. Los virtu&iacute;stas invierten el razonamiento y proponen que si cada empresario busca el beneficio de todos nosotros, entonces sus ganancias aumentar&aacute;n. El libro de Vogel muestra con muchos datos que eso no es as&iacute;, o es as&iacute; nada m&aacute;s para el reducido n&uacute;mero de empresas que participan voluntariamente en el mercado de la virtud ofreciendo productos que se distinguen de los de la competencia por un atributo particular: cuando una empresa como The Body Shop ofrece un champ&uacute; como hecho con puras substancias naturales y sin que hayan mediado experimentos con animales, o una empresa como Starbucks ofrece un caf&eacute; comprado al "precio justo", y hay clientes dispuestos a pagar un poco m&aacute;s por ese producto de lo que pagar&iacute;an por uno muy similar en calidad, pero con una etiqueta distinta, entonces tenemos un transacci&oacute;n econ&oacute;mica que en principio no se distingue de aquella en que el cliente prefiere una camisa porque es de lana en vez de otra que es de lino, o que es de color azul en vez de gris.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Henderson no tiene ning&uacute;n problema con eso; pero s&iacute; los tiene con la idea de que los empresarios deben emplear sus recursos no con la mira puesta a satisfacer a sus clientes y en el camino obtener ganancias, sino con la idea de cumplir los requisitos sin l&iacute;mite que les plantean los partidarios del virtu&iacute;smo. Y la raz&oacute;n es que al desviar recursos de esa manera en general aumentan los costos de producci&oacute;n y comercializaci&oacute;n. Si estos costos pudieran simplemente pasarse al consumidor, nadie tendr&iacute;a nada que decir. Al cliente lo que pida. Tal es el caso de las empresas que venden virtud y se han hecho de clientes que est&aacute;n dispuestos a pagarla. Pero pasar los costos extra al cliente no es posible en la mayor&iacute;a de los casos, como ilustra Vogel una y otra vez. Si dichos costos no se reflejan en el precio que el cliente paga, tienen que reflejarse en las ganancias de la empresa. Y en &uacute;ltimo t&eacute;rmino eso es lo que quieren los activistas de la RSE, muchos de los cuales tienen de entrada una actitud hostil a las empresas y sus ganancias. Pero Henderson arguye que si esto se generalizara, las ganancias dejar&iacute;an de reflejar el valor de las empresas y los beneficios que proporcionan a clientes, empleados e inversionistas, es decir a todos. Y he aqu&iacute; que los adelantos en el bienestar creciente de cada vez m&aacute;s personas en el mundo se debe en gran medida, tal vez incluso principalmente, a la actividad empresarial. Este es el argumento original de Adam Smith y ese contin&uacute;a siendo el argumento de la mayor&iacute;a de los economistas casi dos siglos y medio despu&eacute;s.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La cuesti&oacute;n est&aacute; entonces en saber si lo que la sociedad pierde al impedir que las empresas realicen su funci&oacute;n, lo gana de otra manera (mediante otro mecanismo) al tratar de forzar a las empresas a que se hagan virtuosas. Con esto, lo que se propone es, otra vez, un ejercicio de imaginaci&oacute;n. Supongamos que el ideal de RSE se realiza, de tal manera que cada vez m&aacute;s empresas, e incluso en &uacute;ltimo t&eacute;rmino todas, se vuelven virtuosas. La pregunta te&oacute;rica es: &iquest;Qu&eacute; pasar&iacute;a? &iquest;El mundo mejorar&iacute;a? &iquest;Se acabar&iacute;a la pobreza? &iquest;El medio ambiente estar&iacute;a mejor protegido? &iquest;Habr&iacute;a menos criminalidad, m&aacute;s democracia, menos desdicha? Nadie en realidad tiene la respuesta a esta pregunta. Sin embargo, los economistas como Henderson podr&iacute;an construir un buen argumento te&oacute;rico de que es improbable que ninguna de esas cosas ocurriera.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El caso contra la RSE es te&oacute;ricamente s&oacute;lido e impresionante; no hay por contraste ning&uacute;n modelo te&oacute;rico que presente una alternativa favorable, es decir que prediga cambios ben&eacute;ficos para todos como resultado de un mayor virtu&iacute;smo empresarial. Ello no quiere decir que no sea posible construir tal modelo ni mucho menos que sepamos <i>a priori</i> cu&aacute;l de esos dos modelos (el que ya existe y el que estamos imaginando) corresponde a la realidad.<sup><a href="#nota">5</a></sup> Eso en cuanto a la teor&iacute;a. En cuanto a los datos emp&iacute;ricos (de los que Vogel nos da m&aacute;s que Henderson), lo que ellos arrojan es que el mercado de la virtud es en todo caso un mercado reducido, lo cual invita a especular que tal vez haya alcanzado o alcance pronto su l&iacute;mite natural: las oportunidades y obst&aacute;culos que la RSE plantea a las operaciones comerciales han sido ya o ser&aacute;n pronto aprovechadas y enfrentadas al m&aacute;ximo. Pero esto no se sabe. Tendremos que seguir observando lo que pasa. Lo que queda claro al leer estos dos libros es que las posiciones &eacute;ticas como tales no resuelven la cuesti&oacute;n. Nuestras intuiciones &eacute;ticas pueden ser todo lo fuertes y evidentes que se quiera; no conllevan consigo ninguna garant&iacute;a de que sean verdaderas. La verdad, en la medida en que los pobres mortales consiguen aprehenderla, requiere de mucho trabajo, y en much&iacute;simos casos esa verdad va en contra de todas las intuiciones que tenemos. Eso vale para todas las ciencias, incluyendo las sociales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y la cosa es m&aacute;s grave. Los defensores de la RSE parten del supuesto de que los empresarios pueden saber qu&eacute; es lo que ser&iacute;a mejor para todos y entonces implementarlo. No reparemos ahora en los costos de implementaci&oacute;n y en las consecuencias de tales costos. Fij&eacute;monos tan solo en el supuesto que rige todo esto: la existencia de un saber claro y distinto sobre lo que se deber&iacute;a hacer. Pues bien: hay evidencia fort&iacute;sima de que esto no es el caso. Esa evidencia consiste en el hecho de que ni siquiera los fondos de inversi&oacute;n "&eacute;tica" <i>(Socially Responsible Investment</i> o SRI) se ponen de acuerdo en qu&eacute; empresas son virtuosas, una realidad documentada ampliamente en el libro de Vogel. Y no solamente no se ponen de acuerdo, sino que hay casos en que, habiendo existido un acuerdo notable, luego se revel&oacute; que la verdad era otra, como fue en el caso de Enron: una empresa reconocida ampliamente como "&eacute;tica" y "social" que dio lugar al esc&aacute;ndalo contable y financiero m&aacute;s grande de los &uacute;ltimos tiempos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Existe en un n&uacute;mero indeterminado de personas la inclinaci&oacute;n a ver con buenos ojos las empresas que hacen labor social, como quiera que la definamos. Este fen&oacute;meno no es nuevo: lo podemos observar al menos desde el siglo XVIII, es decir en el momento en que las empresas comienzan a ocupar el papel central que desde entonces no ha hecho sino aumentar. Sin embargo, las justificaciones han variado. Desde las defensas en nombre de una religi&oacute;n o una ideolog&iacute;a particulares (el cristianismo, el islam, el marxismo, el mao&iacute;smo, el ambientalismo) hasta la idea de que una mayor responsabilidad social es buena para los negocios. El que se pueda defender una inclinaci&oacute;n de maneras tan diversas invita a pensar que es esa inclinaci&oacute;n la realidad de fondo. Lo que no sabemos es ni cu&aacute;l es el contenido exacto de esa inclinaci&oacute;n ni a d&oacute;nde nos conducir&iacute;a ceder a sus reclamos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ballinger, Jeff (1992) "The New Free&#45;Trade Heel", en <i>Harper's Magazine,</i> agosto.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Basu, Kaushik (2003) "The Economics of Child Labor", en <i>Scientific American,</i> octubre.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Binmore, Ken (2005) <i>Natural Justice.</i> Nueva York: Oxford University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3312781&pid=S1665-0565200800030000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Chambless, Jack A. (2005) <i>Economics: An Individuaos Guide to</i> <i>How the World Works.</i> Reno: Bent Tree Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3312783&pid=S1665-0565200800030000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Elliott, Kimberly A. y Richard B. Freeman (2003) <i>Can Labor</i> <i>Standard Improve Under Globalization?</i> Washington, DC: Peterson Institute for International Economics.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3312785&pid=S1665-0565200800030000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Frank, Robert (2004) <i>What Price the High Moral Ground?</i> <i>Ethical Dilemmas in Competitive Environments.</i> Princeton: University Press</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3312787&pid=S1665-0565200800030000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Gintis, Herbert, Samuel Bowles, Peter T. Boyd y Ernst Fehr (eds.) (2005) <i>Moral Sentiments and Material Interests: The</i> <i>Foundations of Cooperation in Economic Life.</i> Cambridge, MA: The MIT Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3312788&pid=S1665-0565200800030000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Henderson, David (2004) <i>The Role of Business in the Modern</i> <i>World: Progress, Pressures and Prospects for the Market</i> <i>Economy.</i> Londres: Institute of Economic Affairs.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3312790&pid=S1665-0565200800030000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pareto, Vilfredo (1911) <i>Le mythe vert&uuml;iste et la litt&eacute;rature</i> <i>immorale.</i> Par&iacute;s: Rivi&eacute;re.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3312792&pid=S1665-0565200800030000800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Vogel, David (2006, 2&ordf; ed. con nuevo prefacio; la 1&ordf; edici&oacute;n apareci&oacute; en 2005) <i>The Market for Virtue: The Potential</i> <i>and Limits of Corporate Social Responsibility.</i> Washington: Brookings Institution.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3312794&pid=S1665-0565200800030000800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">1. Chambless, 2005: 317. La estimaci&oacute;n original parte de un precio de $70 por par de zapatos. Para mayor claridad, ajust&eacute; a $100 y redonde&eacute; los n&uacute;meros (as&iacute;, los gastos de investigaci&oacute;n y desarrollo ascienden a solamente 36 &cent; en cada $100).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">2. Como el lector podr&iacute;a tener dudas, hagamos el c&aacute;lculo. Vogel (2006: 77) nos dice que Nike vende entre 6 y 9 mil millones de d&oacute;lares al a&ntilde;o. Si Nike gasta en publicidad el 6% de esto, entonces Michael Jordan deber&iacute;a recibir entre 350 y 540 millones de d&oacute;lares anuales (en realidad el doble, ya que deber&iacute;amos descontar los costos de la venta al menudeo, que no corresponden a Nike, pero ignoremos ese detalle). Ahora bien, el propio Ballinger nos dice que el contrato de Jordan es por 20 millones solamente (1992: 64). Luego es obvio que el gran jugador dista mucho de llevarse la tajada del le&oacute;n de los gastos de publicidad de Nike.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">3. La referencia que da Vogel para este disparate econ&oacute;mico es a una encuesta I publicada en febrero 17 de 2003 por <i>BizWeek.</i> No he podido encontrar esa referencia en las bases de datos que consult&eacute;, y aunque espero que los expertos de una revista tan prestigiada no hayan cometido el dislate, la remota probabilidad de que lo cometieran no exime a Vogel: <i>humanum est errare, perseverare diabolicum.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">4. Este triste caso de "efectos perversos" de un activismo bien intencionado es tan famoso que lleg&oacute; hasta las p&aacute;ginas de <i>Scientific American</i> (Basu, 2003: 68). Pero el registro hist&oacute;rico queda incompleto si no se indica que las ONG involucradas comprendieron su error y consiguieron un programa educativo para sacar a los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as de las calles (Elliott y Freeman, 2003: 128).</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">5. Hay ciertamente un malestar bastante extendido sobre el estado de la econom&iacute;a moderna y una serie de propuestas para modificarla, pero no existen modelos satisfactorios distintos de la teor&iacute;a tradicional. Sin embargo, el lector puede asomarse a algunos intentos de caminar en esa direcci&oacute;n, p. ej. Frank (2004), Binmore (2005), Gintis <i>et al.</i> (2005). Tal vez alg&uacute;n d&iacute;a el tipo de modelos que en libros como estos se exponen lleguen a ser rivales de los usuales y nos demuestren que algo como la RSE es susceptible de beneficiar a todos; pero ese d&iacute;a no ha llegado a&uacute;n.</font></p>      ]]></body><back>
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