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<publisher-name><![CDATA[Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Los proyectos privatizadores en el agro yucateco, 1812-1847: ¿causas de la guerra de castas?]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article presents a synthesis of agrarian liberalism developed in the Yucatan Peninsula during the first half of the 19th century, stressing the origins and consequences of the privatizing project set forth in the 1841 Laws for Colonization. The aim is to offer a point of view which differs from those studies which regard the policies of territorial dispossession carried out in this period as a lineal and triumphant process and as the main factor -or at least as one of those which triggered off- the War of Castes which broke out in 1847.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Saberes y razones</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Los proyectos privatizadores en el agro yucateco, 1812&#45;1847: &iquest;causas de la guerra de castas?<a href="#notas">*</a></b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Arturo G&uuml;&eacute;mez Pineda</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Universidad Aut&oacute;noma de Yucat&aacute;n</i></font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Resumen</b></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Este art&iacute;culo presenta una s&iacute;ntesis del liberalismo agrario desarrollado en la pen&iacute;nsula yucateca durante la primera mitad del siglo XIX, haciendo hincapi&eacute; en los or&iacute;genes y consecuencias del proyecto privatizador plasmado en la Ley de Colonizaci&oacute;n de 1841, con la intenci&oacute;n de ofrecer un punto de vista que difiere de aquellos estudios que ven las pol&iacute;ticas de enajenaci&oacute;n territorial llevadas a efecto en dicho periodo como un proceso lineal y triunfante as&iacute; como factor principal &#151;o por lo menos como uno de los m&aacute;s poderosos detonantes&#151; de la guerra de castas iniciada en julio de 1847.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Abstract</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">This article presents a synthesis of agrarian liberalism developed in the Yucatan Peninsula during the first half of the 19th century, stressing the origins and consequences of the privatizing project set forth in the 1841 Laws for Colonization. The aim is to offer a point of view which differs from those studies which regard the policies of territorial dispossession carried out in this period as a lineal and triumphant process and as the main factor &#151;or at least as one of those which triggered off&#151; the War of Castes which broke out in 1847.</font></p>  	    <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>INTRODUCCI&Oacute;N</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El proceso de privatizaci&oacute;n de tierras de corte liberal iniciado en 1812, a ra&iacute;z de las acciones legislativas de las Cortes de C&aacute;diz, fue un fen&oacute;meno con resultados heterog&eacute;neos en las distintas regiones del M&eacute;xico de la primera mitad del siglo XIX. Esto se debi&oacute; en gran medida a que tanto las leyes emanadas del constitucionalismo gaditano como las de la &eacute;poca del constitucionalismo republicano, en materia de desamortizaci&oacute;n territorial, dejaron en manos de las &eacute;lites gobernantes regionales su aplicaci&oacute;n de acuerdo con las "condiciones locales". De ese modo, es posible &#151;a trav&eacute;s de distintas obras historiogr&aacute;ficas&#151; observar en el panorama nacional una gama de situaciones, pues as&iacute; como hubo regiones donde las tendencias privatizadoras liberales no representaron l&iacute;neas para las acciones pol&iacute;ticas de las &eacute;lites, como en el caso del valle de Toluca y Chalco, Estado de M&eacute;xico, en otras &eacute;stas estuvieron inspiradas fundamentalmente en las dos l&iacute;neas trazadas desde la emisi&oacute;n de las leyes gaditanas: una se refer&iacute;a al reparto de tierras a las familias ind&iacute;genas, la cual fue adoptada en regiones como Jalisco y Michoac&aacute;n; la otra, a la venta de tierras comunes y bald&iacute;as como una de las v&iacute;as para obtener fondos para el financiamiento de la administraci&oacute;n p&uacute;blica o para favorecer a diferentes grupos sociales en la adquisici&oacute;n de tierras y lograr una eventual colonizaci&oacute;n, como sucedi&oacute;, sobre todo, en regiones perif&eacute;ricas como Oaxaca, los pueblos serranos de Sonora, la Huasteca potosina<a href="#notas"><sup>1</sup></a> y Yucat&aacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El seguimiento de esta &uacute;ltima l&iacute;nea por parte de las &eacute;lites pol&iacute;ticas regionales ha sido visto con frecuencia por diversos autores como un factor o causa directa de despojos de tierras comunales e incluso de insurrecciones campesinas o ind&iacute;genas. En el caso yucateco, por ejemplo, la aplicaci&oacute;n de la pol&iacute;tica de privatizaci&oacute;n territorial ha sido contemplada (desde la misma historiograf&iacute;a decimon&oacute;nica hasta la moderna) como una tendencia invariable y triunfante y como uno de los motivos, si no es que el principal, de la llamada guerra de castas, sublevaci&oacute;n ind&iacute;gena iniciada en julio de 1847. El gran impacto de esa insurrecci&oacute;n en la sociedad yucateca ha propiciado que en diversas obras historiogr&aacute;ficas aparezca como un parteaguas del devenir hist&oacute;rico regional del siglo XIX. Desde ese mismo siglo y hasta tiempos muy recientes, ha prevalecido una fuerte tendencia a estudiar o aludir a las relaciones inter&eacute;tnicas coloniales y de la primera mitad del siglo XIX, con el fin de encontrar los or&iacute;genes de este conflicto.<sup><a href="#notas">2</a></sup> Por otra parte, varios estudiosos han privilegiado lo que han considerado la consecuencia m&aacute;s importante del conflicto: la formaci&oacute;n de comunidades independientes del gobierno criollo yucateco en la regi&oacute;n sudoriental de la pen&iacute;nsula, destacando su prolongada resistencia a lo largo de medio siglo y aludiendo, de un modo u otro, a las caracter&iacute;sticas de su organizaci&oacute;n pol&iacute;tica&#45;militar, econ&oacute;mica y social, as&iacute; como a las distintas negociaciones que intentaron tanto los representantes del gobierno regional y nacional, y los nexos, negociaciones comerciales y conflictos con el gobierno ingl&eacute;s a trav&eacute;s de los colonos de Belice.<sup><a href="#notas">3</a></sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por estas razones, en la investigaci&oacute;n de largo aliento, de la que deriva este art&iacute;culo, tratamos de mantenernos al margen de la determinante de la guerra de castas e intentamos, de manera preferente, abordar el problema de la privatizaci&oacute;n territorial como un proceso con profundas ra&iacute;ces en las acciones de los pobladores de Yucat&aacute;n en el pasado &#151;sin olvidar su persistencia, hasta nuestros d&iacute;as, como conflicto en las acciones de sus habitantes&#151;, procurando, adem&aacute;s, emprender la identificaci&oacute;n y el seguimiento de las continuidades y los cambios de las pol&iacute;ticas de privatizaci&oacute;n en un plazo que abarca la primera mitad del siglo XIX. Sin embargo, la guerra de castas ha </font><font face="verdana" size="2">sido una cuesti&oacute;n insoslayable, y nuestros resultados nos permiten expresar una opini&oacute;n propia en torno al problema de la privatizaci&oacute;n como factor de dicho conflicto.</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><a href="../img/revistas/desacatos/n13/a5f1.jpg" target="_blank">Hospital Ichmul. Guerra de castas, 1901 / Centro de Apoyo a la Investigaci&oacute;n Hist&oacute;rica en Yucat&aacute;n.</a></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>LUZ Y SOMBRA DEL LIBERALISMO AGRARIO YUCATECO (1812&#45;1840)</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Yucat&aacute;n, como otras regiones de M&eacute;xico, s&oacute;lo de nombre hab&iacute;a formado parte de la Nueva Espa&ntilde;a, es decir, del n&uacute;cleo que giraba en torno a la ciudad de M&eacute;xico y abarcaba los valles centrales que rodeaban la capital, la cuenca de Puebla hacia el este, las tierras altas de Michoac&aacute;n hacia el oeste y tambi&eacute;n el Baj&iacute;o y las zonas ganaderas y mineras de Zacatecas y San Luis Potos&iacute;. En este espacio, durante la Colonia, se hab&iacute;a constituido y renovado constantemente una s&oacute;lida oligarqu&iacute;a, a pesar del contrapeso que,</font> <font face="verdana" size="2">en cierto modo, representaba el Estado al proteger a las comunidades ind&iacute;genas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aunque la pen&iacute;nsula yucateca fue gobernada por funcionarios espa&ntilde;oles, durante toda la &eacute;poca colonial hab&iacute;a recibido a pocos colonizadores hispanos y tuvo escasa participaci&oacute;n en la econom&iacute;a de la masa colonial novohispana<sup><a href="#notas">4</a></sup> &#151;lo mismo que en la guerra de independencia&#151;. En Yucat&aacute;n, como en casi todo el sureste, gran parte de la poblaci&oacute;n ind&iacute;gena se hab&iacute;a librado por mucho tiempo de una penetraci&oacute;n espa&ntilde;ola intensa gracias a la falta de plata y otros alicientes econ&oacute;micos en su suelo, pues, de hecho, diversos cultivos a los que estaban acostumbrados los migrantes espa&ntilde;oles fueron infructuosos en &eacute;l. Tampoco pudieron incursionar en la producci&oacute;n </font><font face="verdana" size="2">de ma&iacute;z, porque era suficiente con la que aportaba la poblaci&oacute;n ind&iacute;gena y de cuyo excedente viv&iacute;an en gran medida los encomenderos. Finalmente lograron fomentar estancias ganaderas y, hacia mediados del siglo XVIII, consolidaron la hacienda ganadera milpera, aunque estas unidades productivas no rebasaron la regi&oacute;n noroeste y otros escasos puntos de la pen&iacute;nsula.<sup><a href="#notas">5</a></sup> Por ende, en Yucat&aacute;n vivieron hasta el fin de la &eacute;poca colonial unos cuantos funcionarios y una &eacute;lite colonial, que no llegaba a la opulencia, entre una mayor&iacute;a de campesinos ind&iacute;genas excepcionalmente aut&oacute;noma. Existe, adem&aacute;s, un grupo intermedio que fue form&aacute;ndose en el transcurso de la Colonia y que estaba &aacute;vido por invadir el sector productivo, en particular el ramo de la ganader&iacute;a.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es por ello que en Yucat&aacute;n los postulados liberales hisp&aacute;nicos en boga a principios del siglo XIX, de dar movilizaci&oacute;n a las tierras ocupadas por las comunidades campesinas, con visos a obtener incrementos en la producci&oacute;n, y por tanto ventajas econ&oacute;micas, fueron bien vistos desde un principio, pero excluyendo la idea original de convertir a los campesinos en due&ntilde;os de tierras. En Yucat&aacute;n, a pesar de haberse publicado el decreto de las Cortes del 9 de noviembre de 1812, que abol&iacute;a los servicios personales y las contribuciones especiales que pesaban sobre los indios y que dispon&iacute;a adem&aacute;s el reparto de tierras del com&uacute;n a los mismos, la disposici&oacute;n s&oacute;lo fue cumplida a medias &#151;gracias a un triunfo de los sanjuanistas sobre el grupo rutinero o conservador&#151; al dispensarse a los indios de los servicios personales y de las obvenciones que pagaban al clero. El logro de esa agrupaci&oacute;n liberal tuvo efectos inesperados. En vista de su libertad, los ind&iacute;genas propendieron de manera inmediata a dispersarse en los montes y arrancharse en ellos. En fin, una actitud que en nada estuvo, seg&uacute;n los testimonios de la &eacute;poca, en llevar a la ruina a la &eacute;lite de la provincia. Pero tal situaci&oacute;n se fue atenuando hacia 1815 por efecto de la abolici&oacute;n en Espa&ntilde;a de la Constituci&oacute;n de C&aacute;diz y de sus respectivos decretos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En cuanto a las tierras que mencionaba el decreto, independientemente de que los ostentantes del poder po</font><font face="verdana" size="2">l&iacute;tico no llevaron a la pr&aacute;ctica esa doctrina agraria, entre las expectativas de los campesinos ind&iacute;genas yucatecos no se encontraba la de convertirse en propietarios de un terreno limitado o peque&ntilde;o para producir y reproducirse como agricultor, fundamentalmente, por el sistema de cultivo practicado en Yucat&aacute;n, que los hac&iacute;a ser una especie de productores semierrantes. Sin que esto tenga forzosamente que decir que los ind&iacute;genas no tuviesen ning&uacute;n inter&eacute;s en constituirse en propietarios o que fueran "refractarios" a ese tipo de posesiones, pues desde la &eacute;poca colonial<sup><a href="#notas">6</a></sup> y durante toda la primera mitad del siglo XIX, como nos ha tocado comprobar, hab&iacute;a un importante n&uacute;cleo de propietarios ind&iacute;genas en el campo yucateco, cuyas posesiones imprim&iacute;an dinamismo a un mercado de tierras del que se beneficiaban los grupos criollos y mestizos.<sup><a href="#notas">7</a></sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, dada la calidad del suelo de la pen&iacute;nsula, la &uacute;nica forma de hacer cultivable un terreno era con el sistema de roza; la tierra no se abonaba, ni era factible el uso del arado y tampoco se pose&iacute;an sistemas de riego, por lo que todos los terrenos eran de temporal. Con este sistema de cultivo, los labradores se ve&iacute;an obligados a<i> </i>sembrar en un mismo a&ntilde;o dos terrenos al mismo tiempo, es decir, a hacer dos milpas. Una de ellas la hac&iacute;an en un terreno con monte nuevo o, mejor dicho, con arboleda crecida para derribarla y quemarla y proceder luego a la siembra sobre sus cenizas. A esta milpa se le denominaba <i>milpa roza.</i> La otra, conocida como <i>milpa ca&ntilde;a,</i> se hac&iacute;a con la quema de los rastrojos de las plantas de ma&iacute;z de la cosecha anterior. Con tal sistema, un terreno nunca era utilizado tres a&ntilde;os consecutivos ni nunca en un mismo a&ntilde;o sembrado en dos &eacute;pocas distintas. Un terreno que ya hab&iacute;a sido utilizado tanto para la milpa roza como para la milpa ca&ntilde;a no se volv&iacute;a a cultivar, sino hasta despu&eacute;s de 12 o 15 a&ntilde;os, cuando ya tuviese una nueva vegetaci&oacute;n propia para iniciar un nuevo ciclo de cultivo. De ese mo</font><font face="verdana" size="2">do, el sistema de cultivo itinerante practicado en Yucat&aacute;n, en el mejor de los casos, exig&iacute;a 12 o 15 tantos m&aacute;s de superficie territorial del que se requer&iacute;a con una agricultura sedentaria.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero si la agricultura peninsular era incompatible con propiedades cuya extensi&oacute;n no satisficiera las exigencias del sistema de cultivo, en el campo yucateco hab&iacute;a otro factor problem&aacute;tico: la pr&aacute;ctica del libre pastoreo de los criadores de ganado, que fue la fuente principal de continuos enfrentamientos. El problema, desde luego, no era nuevo, puesto que desde fines del siglo XVI hubo una relativa expansi&oacute;n de las estancias ganaderas no s&oacute;lo particulares, sino tambi&eacute;n corporativas, las correspondientes a las cofrad&iacute;as. Sin embargo, hasta fines de la Colonia ese problema no parec&iacute;a ser algo que causase aversi&oacute;n a los usufructuarios de las tierras comunales; la ganader&iacute;a de los particulares como la de las cofrad&iacute;as era bastante modesta. Con la irrupci&oacute;n de las ideas liberales agrarias consolidadas en el decreto del 4 de enero de 1813, que dispuso la reducci&oacute;n a propiedad particular de todos los terrenos (comunes y realengos), excepto los ejidos de los pueblos (500 varas, 600 varas, una legua seg&uacute;n diversas leyes coloniales), impulsaron las pretensiones de un nutrido grupo medianamente pudiente cuya intenci&oacute;n era incursionar en la cr&iacute;a de ganado; esto, desde la primera &eacute;poca del constitucionalismo espa&ntilde;ol y nuevamente con la vuelta al constitucionalismo en 1820. Cabe destacar que dicho proceso desamortizador cont&oacute; con el importante apoyo de los ayuntamientos &#151;cuya proliferaci&oacute;n en la mayor&iacute;a de los pueblos fue propiciada tambi&eacute;n por disposiciones de la Constituci&oacute;n de C&aacute;diz&#151;, dado que eran los directamente beneficiados con el producto de las ventas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La demanda de tierras exasper&oacute; a los labradores de los pueblos, la mayor&iacute;a de los cuales durante toda la &eacute;poca colonial hab&iacute;a estado exenta de la indeseable presencia del ganado. Empero, la tenaz resistencia de los pueblos mostrada durante la vigencia del decreto de 1813, aunada a la nutrida afluencia de ideas fisiocr&aacute;ticas<sup><a href="#notas">8</a></sup> divulgadas </font><font face="verdana" size="2">por el peri&oacute;dico oficial del Congreso local, permearon parcialmente en la &eacute;poca independiente la ley de colonizaci&oacute;n que la legislatura del estado emiti&oacute; en 1825,yen la que se dispuso la concesi&oacute;n de terrenos, pero con rigurosas restricciones. No obstante, ni esta nueva ley, ni un decreto aclaratorio de 1827 &#151;que impuso severas restricciones a la cr&iacute;a de ganado, precisamente por abusos y fraudes<a href="#notas"><sup>9</sup></a> cometidos por quienes obtuvieron concesiones de terrenos al calor de la ley de colonizaci&oacute;n&#151; pudieron frenar el &iacute;mpetu de este grupo pro ganadero. &Eacute;ste, luchando contra la adversidad, impuls&oacute; primero un proyecto para regularizar a los criadores establecidos sin t&iacute;tulo de propiedad en los terrenos bald&iacute;os, truncado por el advenimiento al poder de un grupo pro centralista en 1829. El nuevo gobierno, emanado de un golpe militar, en cuyas filas debi&oacute; encontrarse una poderosa fracci&oacute;n de antiguos hacendados, tambi&eacute;n puso de su parte con un nuevo aclaratorio, decretado el 26 de julio de 1831, orientado no s&oacute;lo a restringir a&uacute;n m&aacute;s las concesiones para la cr&iacute;a de ganado, sino tambi&eacute;n para contrarrestar el arranchamiento de los ind&iacute;genas reduci&eacute;ndolos a vivir en poblados reconocidos por la ley y prohibir la labranza sin cerco en lugares que no distaran por lo menos de cuatro leguas de las haciendas establecidas. Al calor de tal disposici&oacute;n se cometieron diversos abusos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El gobierno pro centralista se inclin&oacute; hacia una acci&oacute;n jur&iacute;dica con marcada tendencia a proteger a los antiguos hacendados,<sup><a href="#notas">10</a></sup> tanto del grupo pro ganadero<sup><a href="#notas">11</a></sup> como del partido con propensiones de dispersi&oacute;n de la poblaci&oacute;n ind&iacute;gena. Sin embargo, tales acciones no pudieron ser llevadas m&aacute;s a fondo, como sin duda se pretend&iacute;a, por </font><font face="verdana" size="2">una nueva irrupci&oacute;n de los federalistas en noviembre de 1832. Con el retorno de estos &uacute;ltimos, un proyecto que puso al descubierto la depredaci&oacute;n ecol&oacute;gica que los agricultores causaban en una amplia zona del partido de la Costa, que aunado con la "ayuda" del c&oacute;lera, demostr&oacute; la vulnerabilidad de la agricultura<sup><a href="#notas">12</a></sup> y, por supuesto, de los agricultores, con lo que obtuvieron un ef&iacute;mero triunfo con la ley reglamentaria para la venta de terrenos bald&iacute;os de 1833, que correspond&iacute;a plenamente a sus intereses.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hasta entonces no se hab&iacute;a advertido la profunda aversi&oacute;n a la propensi&oacute;n ganadera de otro grupo que, aunque minoritario, era el m&aacute;s poderoso de la pen&iacute;nsula, es decir, los hacendados. A &eacute;stos, si bien no estaban marginados de los grupos pol&iacute;ticos del estado, la fuerte corriente liberal predominante, que pr&aacute;cticamente hab&iacute;a monopolizado el poder &#151;excepto en el breve lapso dominado por los militares pro centralistas (1829&#45;1832), en el que comenzaron a bosquejarse las pretensiones de los antiguos hacendados&#151; no les hab&iacute;a permitido una acci&oacute;n contundente, aunque es probable que esta situaci&oacute;n, a pesar de la competencia, no les resultaba tan apremiante y que muchos de ellos hab&iacute;an sumado la v&iacute;a liberal a sus antiguos m&eacute;todos para obtener los terrenos que requiriesen. En fin, ni los pro ganaderos ni los antiguos hacendados o, mejor dicho, los "partidos" pol&iacute;ticos que tendieron a apoyarlos, tuvieron la longevidad suficiente para desarrollar sus pretensiones respecto a los grupos con los que disputaban los espacios territoriales. Huelga decir que ante las pretensiones de ambos, al grupo mayoritario representado por las comunidades ind&iacute;genas s&oacute;lo le quedaba la opci&oacute;n de adoptar, por las v&iacute;as que fuesen necesarias, una f&eacute;rrea resistencia para no perder las tierras de usufructo comunitario.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La formaci&oacute;n de ranchos de manera "furtiva" ocup&oacute; un lugar prominente en esa resistencia, am&eacute;n de las constantes denuncias de car&aacute;cter legal contra todo aquel que pretend&iacute;a violentar los espacios de tradicional usufructo comunal, sin importar si lo hac&iacute;an con el apoyo de las leyes o sin ellas, como nunca lo hab&iacute;an dejado de hacer </font><font face="verdana" size="2">diversos hacendados y cortadores de maderas. Habr&iacute;a que recalcar que las condiciones que erig&iacute;an a los comuneros ind&iacute;genas como "eternos contradictores" era la imprecisi&oacute;n de los l&iacute;mites no s&oacute;lo de sus ejidos y terrenos comunes, sino de los antiguos terrenos realengos, ahora llamados bald&iacute;os, e inclusive los de muchos de los llamados particulares. En fin, ese "inextricable laberinto" fue la condici&oacute;n fundamental que permiti&oacute; la tenaz resistencia ind&iacute;gena, pues a fin de cuentas ellos, con o sin t&iacute;tulos, se sent&iacute;an due&ntilde;os de las tierras que no estuviesen perfectamente definidas como propiedad particular.</font>	</p>     <p align="center"><img src="../img/revistas/desacatos/n13/a5f2.jpg"></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si se hubiese hecho una formal alianza contra la ley reglamentaria (pro ganadera) de 1833, sus tres fracciones estar&iacute;an formadas, en primer lugar, por los ind&iacute;genas como usufructuarios mayoritarios de las tierras; en segundo, por los labradores en grande o "gruesos", como se autodenominaban quienes empleando mano de obra pagada hac&iacute;an sus sementeras en terrenos reputados como realengos o bald&iacute;os &#151;como los calificaba la legislaci&oacute;n </font><font face="verdana" size="2">republicana&#151;; y por &uacute;ltimo, los hacendados, dedicados prioritariamente a la ganader&iacute;a de libre pastoreo. Pero la reacci&oacute;n vino por separado y cada una a su tiempo. Ambos grupos de labradores, o mejor dicho, la actividad que practicaban, la agricultura, fue defendida con ah&iacute;nco en el momento de la promulgaci&oacute;n de la ley en representaciones de las corporaciones municipales &#151;desde la emisi&oacute;n de la ley de colonizaci&oacute;n de 1825, que las margin&oacute; de los ingresos de la enajenaci&oacute;n de tierras, con cierta frecuencia brindaban su apoyo a las comunidades ind&iacute;genas&#151;, las que promulgaban las grandes ventajas que ofrec&iacute;a la agricultura en comparaci&oacute;n con la ganader&iacute;a, as&iacute; como la nocividad del libre pastoreo del ganado para las sementeras que se hac&iacute;an sin cerco.</font> </p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los hacendados tuvieron su turno con relativa prontitud gracias a la nueva irrupci&oacute;n del grupo pol&iacute;tico&#45;militar que abogaba por el centralismo. Asimismo, la prolongada secuela del c&oacute;lera hab&iacute;a cambiado mucho el panorama rural yucateco, sobre todo por la inusitada dispersi&oacute;n de la diezmada poblaci&oacute;n ind&iacute;gena. El r&eacute;gimen centralista tendi&oacute; de manera abierta a beneficiarlos con 66 4 la anulaci&oacute;n de la ley reglamentaria de 1833. Aunque este amparo debi&oacute; llegar tangencialmente al com&uacute;n de los labradores, los hechos (a ra&iacute;z de la promulgaci&oacute;n del decreto del 27 de junio de 1827, orientado a combatir el abigeato) nos demuestran contundentemente que la lucha de los hacendados y sus aliados gubernamentales fue principalmente contra el modo de vida que hab&iacute;a asumido gran parte de la poblaci&oacute;n ind&iacute;gena, es decir, contra su propensi&oacute;n a la formaci&oacute;n de ranchos furtivos en los montes. La oligarqu&iacute;a y la &eacute;lite pol&iacute;tica no dudaban en se&ntilde;alar lo anterior como la principal causa de ese delito y al mismo tiempo de la despoblaci&oacute;n de los pueblos y los establecimientos reconocidos por la ley, as&iacute; como de la evasi&oacute;n de contribuciones civiles y eclesi&aacute;sticas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, aquel ataque tambi&eacute;n iba dirigido contra aquellos que practicaban la ganader&iacute;a en peque&ntilde;a escala en terrenos que no cumpl&iacute;an con los requisitos que las leyes anteriores a la de 1833 exig&iacute;an. No fue nada fortuito el que el gobierno centralista anulara esta &uacute;ltima y reactivara la ley de colonizaci&oacute;n de 1825 y sus correspondientes aclaratorios de 1827 y 1831, ya que sus cl&aacute;usulas encerraban un marcado proteccionismo tanto para las </font><font face="verdana" size="2">haciendas establecidas como para las sementeras de los labradores que se hac&iacute;an sin cerco. Esto no era perceptible en la ley reglamentaria de 1833, pues era precisamente el resultado de un proyecto cuya finalidad consist&iacute;a en promover la venta de terrenos a todo individuo que lo solicitase y en regularizar las distintas posesiones para el fomento de la ganader&iacute;a. Esta ley tuvo su origen en un proyecto para colonizar un espacio de tradicional usufructo comunal por parte de diversos pueblos del partido de la Costa, pero alcanz&oacute; en ella un car&aacute;cter general para atender las solicitudes de terrenos de toda la pen&iacute;nsula.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si bien la rehabilitaci&oacute;n de la ley de colonizaci&oacute;n de 1825 y de sus decretos aclaratorios de 1827 y 1831 fue llevada a cabo en aras de corresponder a los hacendados, todo parece indicar que el gobierno intent&oacute; ser m&aacute;s ben&eacute;volo con ellos a trav&eacute;s de una nueva ley de colonizaci&oacute;n decretada el 4 de abril de 1837. Las evidencias existentes de esta ley, pero sobre todo unas extra&ntilde;as concesiones que les otorg&oacute; para que mensurasen los supuestos l&iacute;mites de sus territorios, no dejan lugar a dudas. Sin embargo, los hacendados abusaron de las prerrogativas centralistas y el mismo gobierno se vio obligado a poner un freno a sus desmedidas pretensiones sobre las tierras de los pueblos, lo cual demuestra que este &uacute;ltimo no hab&iacute;a perdido del todo la prudencia. Ante los ojos de los pueblos, esto no dejaba de ser una muestra de debilidad o de que la alianza gobierno&#45;hacendados no era lo suficientemente s&oacute;lida para proceder a un despojo masivo. A pesar de ello, las diversas acciones que dieron frutos, inclusive inesperados, como la destrucci&oacute;n de sitios de ganado y muchas de los actos cometidos para reducir a los ind&iacute;genas a poblado constituyeron, no obstante a su relatividad, &eacute;xitos inobjetables para los hacendados.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se puede decir que de 1812 a 1840 el proceso de adopci&oacute;n o adaptaci&oacute;n de las ideas liberales en torno a la posesi&oacute;n de la tierra &#151;aunque no influy&oacute; directamente o por su propio peso en las convulsiones pol&iacute;ticas de la &eacute;lite&#151; s&iacute; mantuvo estrecha dependencia con los intereses de la clientela pol&iacute;tica de los grupos que ascend&iacute;an al poder. De tal modo, que aquel sagrado derecho de <i>todos</i> los individuos a la propiedad, pragmatizado por los liberales yucatecos para beneficio de un grupo medianopudiente pro ganadero y para subsanar las carencias del </font><font face="verdana" size="2">erario de los municipios y del estado, parad&oacute;jicamente, durante el centralismo fue reducido a la protecci&oacute;n del "sagrado derecho" de propiedad de los hacendados.<sup><a href="#notas">13</a></sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El centralismo pro olig&aacute;rquico lleg&oacute; a su fin en los albores de 1840 al ser derrocado por el grupo que estaba en el poder en 1834. &iquest;Cu&aacute;l fue entonces el rumbo de la pol&iacute;tica agraria en los a&ntilde;os subsiguientes frente a unos pueblos con territorios comunales todav&iacute;a s&oacute;lidos y frente a los intereses de los distintos grupos que pretend&iacute;an la posesi&oacute;n de la tierra?</font></p>  	    <p align="justify">&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>LA LEY DE COLONIZACI&Oacute;N DE 1841: CR&Oacute;NICA DE UN FRACASO</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El carrusel pol&iacute;tico yucateco no parec&iacute;a tener descanso. El centralismo en Yucat&aacute;n lleg&oacute; a su fin en los albores de 1840. Hab&iacute;a causado malestar en gran parte de la poblaci&oacute;n: a los ind&iacute;genas por la tenaz persecuci&oacute;n emprendida para contrarrestar su dispersi&oacute;n y reducirlos a vivir en poblados reconocidos por la ley, a los pobladores en general por el forzoso reclutamiento para el servicio de las armas en la lucha contra los texanos, a las comunidades labradoras por los diversos atentados contra sus tierras. La econom&iacute;a de los yucatecos se hab&iacute;a afectado tambi&eacute;n por diversas leyes hacendar&iacute;as expedidas con la finalidad de afrontar los gastos que demandaba la guerra que manten&iacute;a el gobierno mexicano contra los colonos de Texas y algunas de las cuales da&ntilde;aban ciertos privilegios que gozaba la pen&iacute;nsula a ra&iacute;z de su inserci&oacute;n al sistema federal.<sup><a href="#notas">14</a></sup> La privaci&oacute;n de una parte considerable de sus </font><font face="verdana" size="2">rentas cre&oacute; animadversi&oacute;n, inclusive entre los partidarios del r&eacute;gimen centralista, pero poco o nada pudieron hacer las autoridades de la pen&iacute;nsula para mejorar la situaci&oacute;n. Esto fue capitalizado por los federalistas, quienes no hab&iacute;an dejado de movilizarse y contaban con pros&eacute;litos en los ayuntamientos, en los tribunales y aun en la misma Junta Departamental centralista. El levantamiento armado era pr&aacute;cticamente inevitable; despu&eacute;s de intentos infructuosos del capit&aacute;n Santiago Im&aacute;n en el oriente de la pen&iacute;nsula, &eacute;ste llam&oacute; a sus filas a los indios de la zona con la oferta de abolir las obvenciones que pesaban sobre ellos,<sup><a href="#notas">15</a></sup> lo cual produjo un efecto "maravilloso", pues &eacute;stos estaban dispuestos a cualquier sacrificio para librarse de esa contribuci&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para mediados de febrero de 1840, los pronunciados hab&iacute;an tomado Valladolid, la poblaci&oacute;n m&aacute;s importante del oriente, y levantaron un acta de varios art&iacute;culos, entre los cuales se declaraba que se restablecer&iacute;a la Constituci&oacute;n de 1825; que ser&iacute;an reinstaladas todas las autoridades derrocadas en 1834; que el Congreso, con car&aacute;cter exclusivamente convocante, dispondr&iacute;a la realizaci&oacute;n de las elecciones para la renovaci&oacute;n de los funcionarios y que, dado que la capital todav&iacute;a se encontraba en manos de los centralistas, lo cual imped&iacute;a que los diputados y el gobernador entrasen inmediatamente en funci&oacute;n, se establecer&iacute;a interinamente una Junta Gubernativa, misma que estuvo compuesta por Pablo Castellanos, Agust&iacute;n Acereto, Miguel C&aacute;mara y los curas Buenaventura P&eacute;rez y Jos&eacute; Antonio Garc&iacute;a. En cuanto a la promesa a los indios, se declar&oacute; que las obvenciones que pagaban las mujeres ind&iacute;genas quedar&iacute;an abolidas y que todo var&oacute;n contribuir&iacute;a con un real mensual que deb&iacute;a pagar a su p&aacute;rroco.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El movimiento fue secundado en M&eacute;rida por militares y por un nutrido grupo de simpatizantes del partido federalista, quienes levantaron un acta similar al de Valladolid, pero explicitando la derogaci&oacute;n de todas las disposi</font><font face="verdana" size="2">ciones emanadas del gobierno centralista y la separaci&oacute;n de Yucat&aacute;n, hasta que en M&eacute;xico volviese a adoptarse el sistema federal. Al terminar el mes de febrero, la sublevaci&oacute;n era generalizada y s&oacute;lo quedaba en poder de los centralistas la plaza de Campeche, en la cual, como producto de algunos enfrentamientos y del sitio impuesto a esa ciudad, capitularon, a mediados de junio, las huestes del general Rivas Zayas y las tropas que vinieron de Veracruz en su apoyo.</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><a href="../img/revistas/desacatos/n13/a5f3.jpg" target="_blank">Cuartel y guarnici&oacute;n general en la guerra de castas. Nohpop, 1901 / Centro de Apoyo a la Investigaci&oacute;n Hist&oacute;rica en Yucat&aacute;n.</a></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La restablecida legislatura abri&oacute; sus sesiones el 28 de febrero de 1841. El 4 de marzo expidi&oacute; un decreto que resum&iacute;a los deseos expresados en las actas de pronunciamiento, declaraba restablecidas tanto la Constituci&oacute;n del Estado de 1825 como la de la Rep&uacute;blica de 1824, as&iacute; como todas las leyes vigentes antes del golpe centralista. Asimismo, declar&oacute; que mientras las instituciones federales </font><font face="verdana" size="2">no fuesen restablecidas en la Rep&uacute;blica Mexicana, Yucat&aacute;n permanecer&iacute;a separado de ella. Entre otras disposiciones mand&oacute; efectuar las elecciones de los poderes p&uacute;blicos, decret&oacute; el 29 de abril la exoneraci&oacute;n del pago de obvenciones de las mujeres ind&iacute;genas y el pago de doce reales anuales por parte de los varones y finalmente cerr&oacute; sus sesiones el 4 de mayo. La Junta Gubernativa ces&oacute; en sus funciones luego que se hizo cargo del gobierno Juan de Dios Cosgaya, el gobernador derrocado en 1834, quien a su vez cedi&oacute; el puesto a Santiago M&eacute;ndez,<sup><a href="#notas">16</a></sup> ganador de las elecciones. El cargo de vicegobernador recay&oacute; en Miguel Barbachano, quien hac&iacute;a su primera aparici&oacute;n en la escena pol&iacute;tica yucateca.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mientras todo aquello suced&iacute;a en Yucat&aacute;n, el gobierno central de M&eacute;xico, presidido por Bustamante, expidi&oacute; decretos en los que "cerraba" los puertos de Sisal y Campeche y declaraba que los buques yucatecos deb&iacute;an ser considerados <i>piratas</i> por las "naciones amigas de la Rep&uacute;blica".<sup><a href="#notas">17</a></sup> Por su parte, la legislatura constituyente, que hab&iacute;a abierto sus sesiones en agosto de 1840, se hab&iacute;a ocupado de reformar la Constituci&oacute;n de 1825. Para tal fin nombr&oacute; una comisi&oacute;n especial presidida por Manuel Crescencio Rej&oacute;n, la cual present&oacute; su proyecto el 23 de diciembre de 1840, en el que ocupaba un lugar sobresaliente la reforma religiosa. Los peri&oacute;dicos hab&iacute;an venido emitiendo opiniones sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Las comunicaciones entre ambas autoridades respecto a las restricciones con las que el obispo Guerra hab&iacute;a jurado las leyes federales y la supresi&oacute;n de las obvenciones que pagaban las mujeres hab&iacute;a originado un gran n&uacute;mero de art&iacute;culos en los que "se condenaba las demas&iacute;as del clero y se les excitaba a imitar la humildad y pobreza del fundador del cristianismo". La comisi&oacute;n, haciendo eco de tales ideas, propuso la libertad religiosa, la abolici&oacute;n de toda clase de fueros y la extinci&oacute;n del privilegio que ten&iacute;a el clero para aplicar penas temporales. Destacaban otras dos propuestas, una que pretend&iacute;a poner un contrapeso al poder del gobernador, asoci&aacute;ndolo con dos c&oacute;nsules, y otra que planteaba la elecci&oacute;n popular y directa de los miembros de los poderes ejecutivo y legislativo. El proyecto conten&iacute;a otras reformas administrativas que no alteraban sustancialmente el r&eacute;gimen establecido en la Constituci&oacute;n de 1825.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Luego de tres meses de discusi&oacute;n, la asamblea adopt&oacute; todas las reformas propuestas, con excepci&oacute;n de la relativa a los c&oacute;nsules. El nuevo c&oacute;digo fue finalmente expedido </font><font face="verdana" size="2">el 31 de marzo de 1841.<sup><a href="#notas">18</a></sup> Pero lo que aqu&iacute; nos interesa destacar, en primera instancia, es que el grupo que hab&iacute;a ascendido al poder se hab&iacute;a declarado abiertamente antiolig&aacute;rquico. A trav&eacute;s de los peri&oacute;dicos, especialmente del peri&oacute;dico <i>Los Pueblos,</i> emprendi&oacute; un ataque contra el centralismo y sus partidarios. En un editorial afirmaba que "seis a&ntilde;os de un penoso sufrimiento hab&iacute;a prometido a la oligarqu&iacute;a el triunfo completo de sus miras parricidas, creyendo que su poder y siete leyes constitucionales, gozando del beneficio de la prescripci&oacute;n, hab&iacute;an de ser para siempre la norma de todos los estados.. ."<sup><a href="#notas">19</a></sup> En alusi&oacute;n al general Rivas Zayas que se encontraba encerrado con su guarnici&oacute;n en Campeche, &uacute;nica plaza que quedaba en poder de los centralistas, otro editorial apuntaba: "La causa que sostiene el Sr. Rivas es la de una facci&oacute;n, que con el mayor descaro aspira a tiranizar la Rep&uacute;blica, es la de la oligarqu&iacute;a que procura el engrandecimiento de ciertas clases con la ruina de los intereses de la comunidad, es la del oscurantismo y retroceso que tiende a sofocar las innovaciones del presente siglo y desatender a sus exigencias.. ."<sup><a href="#notas">20</a></sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aquel esp&iacute;ritu antiolig&aacute;rquico sin duda emanaba de los agravios que hab&iacute;a sufrido la mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n durante el centralismo, sin embargo, los hechos posteriores, en particular los relativos a la cuesti&oacute;n agraria, nos demuestran que uno de los principales malestares que hab&iacute;a ocasionado el centralismo era la restricci&oacute;n del proyecto liberal que, antes de la irrupci&oacute;n centralista, hab&iacute;a tendido a beneficiar a la clase media yucateca mediante la enajenaci&oacute;n de terrenos en su favor para el fomento de la ganader&iacute;a. Es por eso que en el momento del ascenso de los federalistas al poder, aflor&oacute; en editoriales la necesidad de reactivar por medio de las leyes dicho proyecto, aunque esta vez con la firme intenci&oacute;n de atraer capitalistas nacionales y extranjeros, a fin de que las tierras que se colonizaran se destinasen al fomento de la agricultura. En ese sentido, el peri&oacute;dico <i>Los Pueblos</i> se&ntilde;alaba en octubre de 1840:</font></p>     <blockquote>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&iexcl;Cu&aacute;nto interesa una buena y bien meditada ley de colonizaci&oacute;n! Si a los habitantes de nuestro Estado, a los nacionales y a los extranjeros se les diese el dominio &uacute;til de los ferac&iacute;simos terrenos que se hallan en la parte oriental de esta pen&iacute;nsula, los que se encuentran en las m&aacute;rgenes del R&iacute;o Hondo y en otras muchas partes, &iquest;cu&aacute;nto bien no resultar&iacute;a a la agricultura? Nuestra poblaci&oacute;n se aumentar&iacute;a en raz&oacute;n directa de la utilidad y ventajas que prestase a los colonos el legislador. De todas partes vendr&iacute;an gentes a fertilizar esos campos de donde no se saca el menor provecho. Los capitalistas, contando con las garant&iacute;as de la ley, emprender&iacute;an sus negociaciones agr&iacute;colas en grande, y los terrenos ser&iacute;an por este solo medio, un manantial seguro e inagotable de riqueza p&uacute;blica.<sup><a href="#notas">21</a></sup></font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por su parte, un editorial del peri&oacute;dico <i>El Siglo XIX</i> afirmaba en diciembre de 1840 que era incuestionable el hecho de que Yucat&aacute;n fuera "susceptible de grandes mejoras y de adelantos materiales, principalmente en el riqu&iacute;simo y variado ramo de la agricultura", pero no dejaba de apuntar un gran problema para ello, que consist&iacute;a en la falta de brazos trabajadores lo que imped&iacute;a la explotaci&oacute;n y perfeccionamiento de la agricultura, la cual consideraba una "abundante e inagotable mina". Recordaba cu&aacute;ntos establecimientos o rancher&iacute;as plantados en tierras feraces hab&iacute;an quedado paralizados por falta de brazos o no estaban satisfaciendo las expectativas de los empresarios por este mismo inconveniente. Convencido de la productividad del suelo yucateco y de que el trabajo es la fuente y origen de toda riqueza p&uacute;blica se cuestionaba si proveyendo a la pen&iacute;nsula de brazos trabajadores se podr&iacute;a adquirir riquezas y felicidad y en poco tiempo variar la faz de Yucat&aacute;n.</font></p>     <blockquote>       <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mas estos brazos &#151;continuaba el editorialista&#151; indispensables para la creaci&oacute;n y fomento de la agricultura y de la industria, tenemos necesidad de buscarlos fuera de nuestra patria, porque desgraciadamente nuestros ind&iacute;genas son poco laboriosos y apenas bastan al cultivo del ma&iacute;z y a la mezquina producci&oacute;n con que contamos. Brindar a trabajadores extranjeros y a hombres laboriosos a que vengan a cultivar nuestros campos, a ense&ntilde;arnos a ser industriosos y econ&oacute;micos, es lo que importa al aumento de nuestra riqueza p&uacute;blica y al desarrollo de los elementos de prosperidad y grandeza que encierra nuestro suelo. Pero no bastan la intenci&oacute;n y los buenos deseos para que las gentes trabajadoras de otros pa&iacute;ses aborden a nuestras playas, es menester que un gobierno protector y civilizado les otorgue las garant&iacute;as de seguridad individual y de propiedad, y las franquicias correspondientes al libre ejercicio de su industria: es menester a&uacute;n m&aacute;s que el pa&iacute;s les acuerde la absoluta libertad de sus conciencias para que puedan tributar al creador p&uacute;blica y privadamente el culto que profesan. De este modo ver&iacute;amos millares de brazos venir a labrar nuestras tierras, a perfeccionar nuestra industria, a crear y fomentar medios de riqueza p&uacute;blica; y el aspecto de Yucat&aacute;n de l&aacute;nguido y miserable en que se halla, tornar&iacute;a a robusto, floreciente y envidiable...<sup><a href="#notas">22</a></sup></font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Antes de legislar sobre la enajenaci&oacute;n de tierras que implicaban aquellas propuestas, la legislatura, por conducto del gobierno, hizo circular a mediados de febrero de 1841 una orden para que las corporaciones municipales informaran sobre la conveniencia o perjuicios que producir&iacute;a la venta de terrenos del Estado. Tenemos dos respuestas a esa circular que sin duda sintetizan la visi&oacute;n del problema por parte de los pueblos. Una de ellas provino del ayuntamiento de Campeche, quien en vista de la elaboraci&oacute;n de su informe nombr&oacute; una comisi&oacute;n para "explorar la opini&oacute;n" de las rep&uacute;blicas de ind&iacute;genas de sus barrios y de "algunos vecinos dignos de consideraci&oacute;n por sus luces y conocimientos". Las opiniones de los miembros de dicha comisi&oacute;n estuvieron divididas, es decir, unos apoyaban la venta de tierras con ciertas restricciones, como la de respetar los ejidos y los fundos legales de los pueblos y preferir el sistema de la peque&ntilde;a propiedad que el de la grande, pero otros rechazaron tajantemente dicho proyecto.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ante tal perspectiva, Pantale&oacute;n Barrera, secretario del ayuntamiento, argument&oacute; en su informe al gobierno que si bien las sugerencias de los que apoyaban el proyecto pod&iacute;an ser muy convenientes, en otras circunstancias, no pod&iacute;an ser aplicadas en Yucat&aacute;n, donde, ya sea la grande o peque&ntilde;a propiedad, no dejar&iacute;a de ser perjudicial a la clase menesterosa del estado. Porque aunque se propon&iacute;a el respeto al fundo legal de los pueblos, tales tierras </font><font face="verdana" size="2">no exist&iacute;an en algunos de ellos o su extensi&oacute;n era demasiado corta, o simplemente no eran propias para sus siembras por falta de conocimientos o de los instrumentos necesarios para hacerlas cultivables. En suma, tales terrenos no eran suficientes para los comuneros que, en su mayor parte &#151;dec&iacute;a Barrera&#151;eran pobres y de escasos recursos para adjudicarse la m&aacute;s peque&ntilde;a propiedad en los terrenos que pondr&iacute;a en venta el gobierno. Venta de la que resultar&iacute;a o "un gran n&uacute;mero de ociosos reducidos a la m&aacute;s triste indigencia u otros tantos esclavos dependientes de los propietarios", extremos que no dejaban de ser dolorosos. Barrera apuntaba que no pod&iacute;a hallar un t&eacute;rmino medio a esas situaciones, pues mientras no se procurara regularizar la agricultura mediante la ense&ntilde;anza, mientras no se consiguiera la "civilizaci&oacute;n e instrucci&oacute;n" de los ind&iacute;genas, no se pod&iacute;a hacer ninguna innovaci&oacute;n importante. Por lo tanto, conclu&iacute;a que no era convenien </font><font face="verdana" size="2">te hacer ninguna innovaci&oacute;n en el uso y aprovechamiento de los terrenos del Estado.<sup><a href="#notas">23</a></sup></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><a href="../img/revistas/desacatos/n13/a5f4.jpg" target="_blank">Campamento tomando "rancho" durante la guerra de castas. Santa Mar&iacute;a, 1901 / Centro de Apoyo a la Investigaci&oacute;n Hist&oacute;rica en Yucat&aacute;n.</a></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otro informe, proveniente de la junta municipal de Chancenote, distingue primero tres tipos de terrenos en funci&oacute;n de su ocupaci&oacute;n: 1) los que se encontraban ocupados sin t&iacute;tulos de propiedad, es decir, por "meras posesiones" de cierta importancia agr&iacute;cola o de cr&iacute;a de ganado, as&iacute; como por aquellos que s&iacute; pose&iacute;an dicho t&iacute;tulo; 2) los que estando a disposici&oacute;n de los labradores no estaban ocupados por ellos; 3) los que se encontraban fuera del contacto con los labradores del estado y se denominan "inaccesibles o colonizables". Respecto a los agricultores de la pen&iacute;nsula distingu&iacute;a a dos tipos, unos que eran fijos o radicados en sus labranzas, es decir, que te</font><font face="verdana" size="2">n&iacute;an establecimientos con m&aacute;s o menos mejoras, que eran muy pocos, y otros, que conformaban la mayor&iacute;a de los agricultores, que labraban los campos de un modo "fr&aacute;gil y transitorio", pero que eran los que verdaderamente hab&iacute;an sostenido y sosten&iacute;an al estado en sus necesidades m&aacute;s elementales. Asimismo, enfatizaba al sistema rotativo de los cultivos que se practicaba en la pen&iacute;nsula como un inconveniente de primer orden para llevar a efecto la venta de terrenos, m&aacute;s a&uacute;n si se atend&iacute;a a que la mayor parte de las tierras de la pen&iacute;nsula no eran suficientemente f&eacute;rtiles.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con semejante sistema de cultivo, los labradores del estado &#151;afirmaba la junta de Chancenote&#151; que contaban con un derecho de posesi&oacute;n que les permit&iacute;a todas las mejoras de arte y los usufructos consiguientes, no pod&iacute;an ser due&ntilde;os del terreno, pero s&iacute; de sus mejoras, y &eacute;stas, cuando llegaban a ser importantes, se pod&iacute;an equiparar a las ventajas que proporcionaba el derecho de propiedad, pero sin los inconvenientes que &eacute;ste acarreaba a las masas de las poblaciones. El derecho de propiedad en materia agraria &#151;prosegu&iacute;a la junta&#151; no hab&iacute;a sido m&aacute;s que  una prohibici&oacute;n de acceso a los recursos para la muchedumbre que una protecci&oacute;n a sus goces, todo a cambio de un peque&ntilde;o ingreso al Tesoro p&uacute;blico. Adem&aacute;s &#151;apuntaba&#151;, los terrenos sobre los que reca&iacute;a el derecho de propiedad no correspond&iacute;an a las facultades econ&oacute;micas de sus poseedores para labrarlos y eran in&uacute;tiles a las masas, salvo en caso de legal o arbitrario arrendamiento. La junta tambi&eacute;n enfatizaba que ning&uacute;n resultado favorable a los progresos de la agricultura hab&iacute;a presentado el derecho de propiedad, como prueba indicaba que en partidos como los de Tizim&iacute;n y de la Costa hab&iacute;a haciendas de ganado &#151;&uacute;nica forma de propiedad agraria que se conoc&iacute;a, adem&aacute;s de las fincas urbanas ubicadas en los l&iacute;mites de las ciudades y de los pueblos grandes&#151; en las que nunca se hab&iacute;a intentado la agricultura, y lo mismo ocurr&iacute;a en aquellos terrenos que habiendo sido en otros tiempos haciendas de propiedad particular, ya no eran m&aacute;s que terrenos yermos abandonados, aun cuando todav&iacute;a contaban con la prerrogativa de propiedad particular.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La junta consideraba que no solamente por esos motivos se deb&iacute;a preferir el derecho de posesi&oacute;n al de pro</font><font face="verdana" size="2">piedad, sino porque las dos "clases" (es decir, los ricos y los de medianas facultades, que pod&iacute;an adquirir los terrenos) estaban lejos de ser los que cumpliesen el objetivo de fomentar la agricultura. Am&eacute;n de que de efectuarse las ventas de tierra nada faltar&iacute;a a los poderosos para poner en pr&aacute;ctica el monopolio en ese asunto de inter&eacute;s general, lo cual &#151;indicaba&#151; es reprobado en los pueblos cultos y tenido como un monstruo que absorbe los bienes de los que todos debieran participar.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La junta de Chancenote se&ntilde;alaba que los labradores de la pen&iacute;nsula que ocupaban terrenos aportaban al Tesoro p&uacute;blico sus cuotas de arrendamiento y que sus posesiones no eran perjudiciales para ning&uacute;n otro agricultor fuera &eacute;ste rico, de facultades medias o menesterosas, y suger&iacute;a que tal producto por ese concepto pod&iacute;a ser mayor si se sistematizara mejor el cobro de esas cuotas. Por lo tanto, no dudaba en se&ntilde;alar que el monto total de esos arrendamientos, despu&eacute;s de algunos a&ntilde;os, corresponder&iacute;a al de la venta de los terrenos, con la ventaja de que "quedar&iacute;a el manantial inagotable y disponible en urgencias de gran peligro".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si bien la junta de Chancenote se opon&iacute;a terminantemente a la enajenaci&oacute;n de los terrenos que estaban ocupados por los agricultores, rechazaba de igual modo que se enajenaran aquellos cercanos y desocupados, porque, dado el sistema rotativo de cultivo, constitu&iacute;an una reserva para reponer las bajas que representaban los terrenos que despu&eacute;s de cultivados quedaban agotados. Tambi&eacute;n objetaba vigorosamente la venta de las posesiones agr&iacute;colas, pues sus ocupantes ser&iacute;an sacrificados al verse precisados a comprar el terreno en que hubiesen hecho mejoras, acaso por un costo igual al que &eacute;stas les costaron, am&eacute;n de que la mayor&iacute;a de ellos estaban despose&iacute;dos de recursos para impedir que otro interesado los perjudicara con la compra de lo que a costa de grandes sacrificios hab&iacute;an rechazado. En consecuencia, asentaba que los &uacute;nicos terrenos que pod&iacute;an ser susceptibles de venderse y colonizarse sin perjuicio de las poblaciones eran los que estaban fuera del alcance de los labradores de la pen&iacute;nsula, es decir, aquellos ubicados en los confines del suroeste, sur y sureste de la pen&iacute;nsula, as&iacute; como en la isla de Cozumel. No obstante, instaba al gobierno a tener cautela econ&oacute;mica y pol&iacute;tica al enajenar dichos terrenos a colonos extranjeros </font><font face="verdana" size="2">para no tener que llorar lo que M&eacute;xico lloraba respecto a Texas, cuyos colonos se hab&iacute;an sublevado.<sup><a href="#notas">24</a></sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Todo parece indicar que la consulta efectuada por la legislatura y el gobierno a los pueblos se realiz&oacute; s&oacute;lo para cubrir las apariencias. El d&iacute;a 5 de abril de 1841,el Congreso emiti&oacute; una nueva ley de colonizaci&oacute;n cuyas principales caracter&iacute;sticas eran:</font></p>  	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">1. La restricci&oacute;n del ejido de los pueblos a una legua cuadrada, adem&aacute;s de que se ten&iacute;an que respetar los terrenos de dominio particular que quedasen comprendidos en esa extensi&oacute;n.</font></p> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">2. La declaraci&oacute;n de enajenables de aquellos terrenos que ya se hab&iacute;an contemplado en la ley de colonizaci&oacute;n de 1825 y, adem&aacute;s, los de los litorales del oriente, as&iacute; como otras zonas del suroeste, sur y sureste de la pen&iacute;nsula, es decir, lo que hoy en d&iacute;a vendr&iacute;an siendo dos terceras partes de los actuales estados de Quintana Roo y Campeche. Sin embargo, advert&iacute;a que no se pod&iacute;an enajenar los terrenos de los ejidos que la misma ley designaba a los pueblos y los de comunidad, sobre los cuales nada dec&iacute;a respecto a su sustento legal, su extensi&oacute;n o algo que pretendiera definirlos.<sup><a href="#notas">25</a></sup></font></p> </blockquote>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La nueva ley de colonizaci&oacute;n implicaba la venta de muchos de los terrenos que se encontraban ocupados por labradores y criadores de ganado, tanto por aquellos que sin ser propietarios de terrenos contaban con licencia del gobierno para sus labores como por aquellos considerados clandestinos, por no contar con dicho permiso. Es por eso que otros art&iacute;culos de la ley dispusieron dar la preferencia a los primeros en la adjudicaci&oacute;n en propiedad de los terrenos que ocupaban o, en caso de no estar interesados, dispusieron que se les indemnizara por las mejoras efectuadas en el terreno. Respecto a los clandestinos, solamente pod&iacute;an ser acreedores a esa misma indemnizaci&oacute;n, es decir, sin la gracia de ser preferidos en la venta de los terrenos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En este sentido, la ley acarreaba una cr&iacute;tica situaci&oacute;n para todos aquellos labradores y criadores que hab&iacute;an estado gozando del derecho usufructuario o de posesi&oacute;n, pues como lo hab&iacute;a plasmado la junta municipal de Chancenote, casi todos ellos eran de escasos recursos para pretender adquirir una propiedad. Tal vez el &uacute;nico resquicio que les daba la ley era que al solicitarse la enajenaci&oacute;n de alg&uacute;n terreno, el pueblo m&aacute;s cercano a &eacute;l deb&iacute;a certificar si pertenec&iacute;a o no a su ejido o a su propiedad comunal, y en caso de que as&iacute; fuera y se pudiese demostrar, se pon&iacute;an a salvo de la enajenaci&oacute;n. Pero el Congreso y el gobierno hab&iacute;an prevenido esa situaci&oacute;n y desde febrero de 1841 estaban buscando la forma de hacer eficaz el cobro de los arrendamientos a los agricultores que labraban en los terrenos comunales y bald&iacute;os, tal como estaba dispuesto en un decreto de 1824.<sup><a href="#notas">26</a></sup> Cabe decir que este impuesto nunca hab&iacute;a podido recaudarse con regularidad en la pen&iacute;nsula, por su f&aacute;cil evasi&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, la incipiente aplicaci&oacute;n de la ley de colonizaci&oacute;n qued&oacute; en suspenso, y luego fue reorientada en 1842 para estimular mediante premios con tierras la participaci&oacute;n de la poblaci&oacute;n civil para afrontar la invasi&oacute;n de las tropas del gobierno central mexicano. Hacia fines de 1843, al concluir el conflicto, fueron reactivadas las disposiciones de la ley de colonizaci&oacute;n contempladas para la enajenaci&oacute;n de tierras, pero sus objetivos originales se vieron debilitados por los premios y por las deudas contra&iacute;das por efecto de la guerra. Adem&aacute;s, la reanudaci&oacute;n se desarroll&oacute; en un clima enrarecido por una revuelta ind&iacute;gena acaecida simult&aacute;neamente a la guerra y cuyas consecuencias no pudieron pasar inadvertidas en los tribunales, e hicieron presagiar "incalculables males", si no se aplicaba un castigo ejemplar a los culpables que hab&iacute;an atentado contra dos haciendas de una de las familias m&aacute;s acaudaladas de la pen&iacute;nsula.<sup><a href="#notas">27</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A pesar de estas circunstancias, las concesiones de tierras fueron vistas por el gobierno yucateco como una panacea para sus apremios econ&oacute;micos, pero al intentar llevarlas a la pr&aacute;ctica se vio obligado a redefinir la dimen</font><font face="verdana" size="2">si&oacute;n de los ejidos de los pueblos, as&iacute; como su posici&oacute;n respecto a los establecimientos &#151;sobre todo rancher&iacute;as ind&iacute;genas&#151; situados en sus jurisdicciones o fuera de ellas, y tambi&eacute;n los par&aacute;metros para reconocer las tierras que se ostentaran como del com&uacute;n de los pueblos. Estos contratiempos, sumados a desencantos &#151;como la s&uacute;bita estimaci&oacute;n de que las tierras no eran suficientes para cubrir la demanda y la posible desbandada de los labradores ind&iacute;genas como efecto de las concesiones&#151; y obst&aacute;culos &#151;como la resistencia de los afectados interpretada por el mismo gobierno como "un clamor general de todos los pueblos" y expresada, sobre todo, a trav&eacute;s de acciones de las rep&uacute;blicas de ind&iacute;genas y las corporaciones municipales&#151; permanec&iacute;an latentes y comenzaban a escribir el epitafio de la ley de colonizaci&oacute;n.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><img src="../img/revistas/desacatos/n13/a5f5.jpg"></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La legislatura y el gobierno, a pesar de la tensi&oacute;n pol&iacute;tica y social que se vivi&oacute; en la pen&iacute;nsula debido principalmente a las constantes desavenencias diplom&aacute;ticas y armadas con el gobierno general mexicano en los a&ntilde;os de 1841 a 1845, tendieron en esta etapa a la consolidaci&oacute;n y aclaraci&oacute;n de las disposiciones sobre la enajenaci&oacute;n de tierras (el destino de los ingresos obtenidos de ella, las dimensiones de los ejidos y ultim&aacute;tums para efectuar su delimitaci&oacute;n, reglamentos de mensuras, etc.),<sup><a href="#notas">28</a></sup> as&iacute; como sobre el arrendamiento de tierras comunales y bald&iacute;as, sobre todo para reorganizar el cobro del impuesto correspondiente.<sup><a href="#notas">29</a></sup> Las denuncias de tierras por parte de los interesados pudientes y medianopudientes no demoraron en presentarse en las oficinas gubernamentales. Sin embargo, fue tenaz la resistencia de los labradores por medio de protestas o representaciones interpuestas por ellos mismos o a trav&eacute;s de los cabildos ind&iacute;genas o de las autoridades de las corporaciones municipales.<sup><a href="#notas">30</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A fines de agosto de 1846, el diputado Francisco Mart&iacute;nez de Arredondo manifestaba ante el Congreso extraordinario que eran "repetidos los estorbos" que presentaban las autoridades de "algunos" pueblos para llevar a efecto la enajenaci&oacute;n de tierras bald&iacute;as, pues alegaban que los terrenos denunciados eran de su com&uacute;n. Expresaba que para ello se val&iacute;an de expedientes que antiguamente formaban las rep&uacute;blicas de ind&iacute;genas para mensurar los l&iacute;mites de sus pueblos. Por lo tanto, la principal propuesta de Mart&iacute;nez de Arredondo era que esos documentos no fueran considerados como t&iacute;tulos de propiedad y solamente fueran aceptados como tales los que demostraran ser legales por</font> <font face="verdana" size="2">real merced, donaci&oacute;n formal o compra hecha por el com&uacute;n.<sup><a href="#notas">31</a></sup> La propuesta de Mart&iacute;nez de Arredondo fue combatida casi inmediatamente. El peri&oacute;dico campechano <i>La Chismograf&iacute;a</i> public&oacute; un conjunto de art&iacute;culos en septiembre y octubre en defensa de la propiedad comunal. Se se&ntilde;alaba que los documentos de las rep&uacute;blicas de ind&iacute;genas eran tan v&aacute;lidos como una real merced o que, inclusive, sin esos documentos no se deb&iacute;a perturbar la quieta y pac&iacute;fica posesi&oacute;n que disfrutaban los pueblos desde tiempo inmemorial, pues tal posesi&oacute;n era "leg&iacute;tima, antigua, notoria y constante", y de ella daban testimonio signos, amojonamientos, linderos preexistentes, el reconocimiento de los propietarios, de las autoridades y corporaciones y jam&aacute;s los labradores hab&iacute;an suplicado licencia para emprender sus labores, es decir, nunca hab&iacute;an pagado, ni se les hab&iacute;a reclamado arrendamiento. Tambi&eacute;n se procur&oacute; demostrar que tanto la Constituci&oacute;n de 1825 como la de 1841 y otras leyes, inclusive la de colonizaci&oacute;n de 1841, daban su amparo tanto a la propiedad individual como a la propiedad de las corporaciones.<sup><a href="#notas">32</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La enajenaci&oacute;n de tierras se fue llevando a efecto, pero no con la facilidad que el gobierno hubiese querido. As&iacute; fue hasta que una escisi&oacute;n del grupo en el poder, a fines de 1846, dio la pauta para que el asunto de la venta de tierras bald&iacute;as pasara a ser la bandera pol&iacute;tica de los grupos contendientes para ganarse la simpat&iacute;a popular.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Antes de referirnos a este asunto, conviene saber que en noviembre de 1846, justamente cuando Estados Unidos comenzaba su invasi&oacute;n al territorio mexicano, el gobierno general, encabezado por Antonio L&oacute;pez de Santa Anna, hab&iacute;a llegado tambi&eacute;n a un acuerdo con el gobierno yucateco que presid&iacute;a Miguel Barbachano para que la pen&iacute;nsula se reincorporara a la Rep&uacute;blica. Esto fue suficiente para que un grupo de partidarios del ex gobernador Santiago M&eacute;ndez, en diciembre de ese mismo a&ntilde;o, emprendiera un movimiento que pronunciaba su desacuerdo con dicha reincorporaci&oacute;n, declaraba la vigencia de la Constituci&oacute;n de 1841 y, de paso, tambi&eacute;n la neutra</font><font face="verdana" size="2">lidad de Yucat&aacute;n en la guerra de M&eacute;xico contra Estados Unidos. Asimismo &#151;sin duda para atraer simpatizantes&#151;, propon&iacute;a reducir la contribuci&oacute;n personal a un real y medio. Con esto estalla la guerra civil en la pen&iacute;nsula. Los amotinados finalmente logran que el gobernador Barbachano dimitiera a fines de enero de 1847 y nombran gobernador a Domingo Barret. Obviamente, se hicieron del poder en un clima de total incertidumbre, particularmente porque los ind&iacute;genas reclutados por los golpistas para atacar a la ciudad de Valladolid no depusieron las armas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por su parte, los barbachanistas intentaron, a fines de febrero, volver al poder. En su plan contemplaban el reconocimiento de los tratados por los que Yucat&aacute;n se hab&iacute;a reincorporado a la Rep&uacute;blica Mexicana, la vigencia de la Constituci&oacute;n mexicana de 1824 y la del estado de 1825 y nombraban como gobernador a Sebasti&aacute;n L&oacute;pez de Llergo. Con fines proselitistas ofrecieron la reducci&oacute;n de la contribuci&oacute;n personal a un real y exentar de ella a todos los que apoyaran al movimiento con armas o dinero. Tambi&eacute;n ofrecieron "indemnizar" a los pueblos por los perjuicios que hab&iacute;an sufrido con la venta de las tierras de sus comunidades.<sup><a href="#notas">33</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los barbachanistas ocuparon la ciudad de M&eacute;rida pr&aacute;cticamente sin oposici&oacute;n, puesto que el gobierno mendecista se hab&iacute;a trasladado a Campeche. De ese modo, hubo en Yucat&aacute;n dos grupos que gobernaron simult&aacute;neamente, aunque los barbachanistas no duraron ni siquiera un mes. En este corto tiempo, &eacute;stos solamente pudieron emitir dos decretos, ambos del 2 de marzo, y relativos a las promesas de su plan. Uno que declaraba la reducci&oacute;n de la contribuci&oacute;n personal y otro que derogaba la ley de colonizaci&oacute;n del 5 de abril de 1841, que dispon&iacute;a la venta de terrenos del Estado.<sup><a href="#notas">34</a></sup> Sin embargo, el gobierno de Domingo Barret tambi&eacute;n mand&oacute; anular la ley de colonizaci&oacute;n en un decreto del 5 de marzo de 1847. Para mediados de marzo, el gobierno mendecista, ante la infructuosa arremetida barbachanista, volvi&oacute; a erigirse como el &uacute;nico grupo gobernante.<sup><a href="#notas">35</a></sup></font></p>  	    <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="verdana"><b>LAS CONSECUENCIAS DE LA AGITACI&Oacute;N POL&Iacute;TICA Y MILITAR QUE SE VIVI&Oacute; EN LA PEN&Iacute;NSULA DE 1840 A 1847</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El derrocamiento del gobierno centralista en el estado, las arremetidas del gobierno central mexicano contra los federalistas yucatecos y la escisi&oacute;n de &eacute;stos hab&iacute;an dado la oportunidad a la poblaci&oacute;n ind&iacute;gena de tomar parte en estos conflictos, pero con su intervenci&oacute;n de ning&uacute;n modo hab&iacute;a logrado subsanar significativamente su apremiante situaci&oacute;n. Los ofrecimientos para enrolar a los ind&iacute;genas solamente hab&iacute;an sido cumplidos a medias, pues las contribuciones eclesi&aacute;sticas y civiles, aunque reducidas, continuaron cobr&aacute;ndose con rigor y, aunque la ley de colonizaci&oacute;n no hab&iacute;a tocado fondo en los pueblos gracias a la f&eacute;rrea resistencia encabezada por las rep&uacute;blicas de ind&iacute;genas y autoridades de las corporaciones municipales, era un asunto que manten&iacute;a tensos a los labradores de los pueblos. Fue a sabiendas de esto que los barbachanistas y los mendecistas, como un recurso desesperado, ofrecieron reducir las contribuciones y frenar los efectos de la enajenaci&oacute;n de terrenos para ganar adeptos entre la poblaci&oacute;n ind&iacute;gena.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Podemos concluir que la ley de colonizaci&oacute;n de 1841 propici&oacute; finalmente un gran n&uacute;mero de denuncias por parte de los interesados pudientes y medianopudientes que, como hemos visto, no demoraron en presentarse en las oficinas gubernamentales para tratar de agenciarse las tierras que supon&iacute;an enajenables de acuerdo con dicha ley o sus decretos aclaratorios. Un balance realizado por Robert Patch con base en los registros de la &eacute;poca arroja que de 1843 a 1847 fueron denunciadas por lo menos unas 800 000 hect&aacute;reas. Seg&uacute;n esos mismos datos, el &aacute;rea del estado m&aacute;s afectada fue la jurisdicci&oacute;n del partido de Peto, en donde se encontraban m&aacute;s de un tercio de los terrenos bald&iacute;os, supuestamente transmutados en propiedad privada. Un 45% de esos terrenos se encontraban en las jurisdicciones de Peto, Hopelch&eacute;n, Sotuta, Tekax y Valladolid, precisamente all&iacute; &#151;enfatiza Patch&#151; "donde deton&oacute; con mayor intensidad la rebeli&oacute;n ind&iacute;ge</font><font face="verdana" size="2">na". Sin embargo, tambi&eacute;n reconoce que otras regiones fueron "casi igualmente perjudicadas", inclusive los resultados que arrojan sus datos le hacen dudar de la tesis propuesta por Cline, pues casi una cuarta parte de los terrenos bald&iacute;os enajenados estaban localizados en el noroeste de la pen&iacute;nsula (la "regi&oacute;n principal"), que era la zona m&aacute;s densamente poblada de Yucat&aacute;n (las prefecturas y subprefecturas de Maxcan&uacute;, M&eacute;rida, Ticul, Hecelchak&aacute;n, Motul, Izamal y Tecoh).<sup><a href="#notas">36</a></sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero aqu&iacute; cabe preguntarse: &iquest;fueron realmente ocupadas esas tierras? Consideramos que no, en primer lugar, porque las denuncias no implicaron necesariamente adjudicaciones; y, en segundo, las adjudicaciones no constituyeron una garant&iacute;a de ocupaci&oacute;n realmente hasta 1847. Esto debido, principalmente &#151;y como en el mismo seno del Congreso se reconoc&iacute;a&#151;, a la tenaz oposici&oacute;n que emanaba de las autoridades ind&iacute;genas y municipales, situaci&oacute;n que incluso indujo &#151;con el af&aacute;n de captar simpatizantes a su causa&#151; a los dos grupos pol&iacute;ticos (mendecistas y barbachanistas) que disputaban, y simult&aacute;neamente ostentaron, el poder a mediados de 1846 a derogar la ley de colonizaci&oacute;n en marzo de 1847 y a ofrecer una "indemnizaci&oacute;n" a los pueblos afectados, cinco meses antes del inicio de la llamada guerra de castas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otra parte, actualmente se calcula que los tres estados que integran la pen&iacute;nsula (Yucat&aacute;n, Campeche y Quintana Roo) tienen juntos una superficie de 14 millones de hect&aacute;reas, es decir, unas 8 000 leguas cuadradas. Las 800 000 hect&aacute;reas denunciadas como bald&iacute;os equival&iacute;an a unas 460 leguas. Pero para nuestros prop&oacute;sitos y a fin de entender las preocupaciones de la &eacute;poca, conviene recordar que en 1844 el gobernador alud&iacute;a que eran insuficientes las tierras para los premios de campa&ntilde;a, as&iacute; como para amortizar la deuda p&uacute;blica y la venta de terrenos que se promov&iacute;a. En ese tiempo los datos m&aacute;s confiables arrojaban que la pen&iacute;nsula contaba con 7 285 leguas cuadradas, de las cuales 2 500 eran terrenos cenagosos, 960 correspond&iacute;an a ejidos, 1 500 estaban en manos de propietarios privados y 920 se exclu&iacute;an de las enajenables. Quedaban, pues 1 405 que pod&iacute;an enajenarse. En </font><font face="verdana" size="2">resumen, las 460 leguas denunciadas no representaban m&aacute;s del 7% del total de la superficie peninsular y un 32% de las tierras consideradas enajenables en aquel tiempo.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con base en estos n&uacute;meros no pareciera que el problema haya sido severo para los pueblos, pero hay que hacer notar que no se tomaba en cuenta la superficie de los terrenos comunes, los cuales eran un enigma para el gobierno &#151;tal vez suced&iacute;a lo mismo con las extensiones ocupadas por propiedades particulares ind&iacute;genas&#151;. De ah&iacute; emerg&iacute;a el principal problema para llevar a cabo el proceso de privatizaci&oacute;n decimon&oacute;nico. No hay duda, pues, que en la primera mitad del siglo XIX muchos</font> <font face="verdana" size="2">pueblos pod&iacute;an considerarse como los poseedores de tierra m&aacute;s opulentos. Aunque de hecho, las tierras denunciadas solamente representaban un 32% de las consideradas enajenables, la mayor&iacute;a de los denunciantes pretend&iacute;a tierras cercanas a los pueblos o a los ranchos anexos, lo cual se traduc&iacute;a, por lo general, en pretender arrancarlas del dominio de los usufructuarios del com&uacute;n. Y para esto hab&iacute;a una raz&oacute;n simple, pero fundamental, la mayor parte de las tierras enajenables se encontraban donde muy pocos las quer&iacute;an, es decir, en zonas semidespobladas e inh&oacute;spitas de los extensos distritos de Tekax y Campeche.</font>	</p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><a href="../img/revistas/desacatos/n13/a5f6.jpg" target="_blank">Hacienda henequenera "Chenchen de las Torres", 1915 / Fototeca Pedro Guerra, Universidad Aut&oacute;noma de Yucat&aacute;n.</a></font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>CONSIDERACIONES FINALES</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El proceso de adaptaci&oacute;n de las ideas liberales en Yucat&aacute;n en torno a la posesi&oacute;n de la tierra de 1812 a 1847 estuvo estrechamente vinculado a la pugna por el poder pol&iacute;tico, protagonizada por dos grupos con distintas aspiraciones. De ese modo, aquel sagrado derecho de todos los individuos a la propiedad hab&iacute;a sido, en una primera instancia, pragmatizado por los liberales yucatecos para subsanar en parte las carencias del erario y en beneficio de un grupo mediano pudiente y pro ganadero; en un segundo momento, durante el centralismo, se redujo a la protecci&oacute;n del sagrado derecho de propiedad de la antigua oligarqu&iacute;a agraria poseedora de haciendas con ganado y tierras de arriendo. Por &uacute;ltimo, desemboc&oacute; en un liberalismo pragm&aacute;tico a ultranza amparado bajo la ley de colonizaci&oacute;n de 1841, en beneficio de grupos de individuos medianamente pudientes y pudientes que se agenciaron o pretendieron concesiones a costa de las tierras de usufructo comunal.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, los hechos nos demuestran que el proyecto liberal sobre la tenencia de la tierra de los cuarentas, vertebrado sobre todo con la ley de colonizaci&oacute;n de 1841, no pudo alcanzar su realizaci&oacute;n y qued&oacute; truncado al igual que los proyectos precedentes. Asumimos que la guerra de castas fue, ciertamente, un parteaguas en la historia de la sociedad yucateca, pero no consecuencia directa de la pol&iacute;tica agraria.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los resultados de nuestra investigaci&oacute;n nos permiten poner en duda el supuesto hecho de que la pol&iacute;tica agraria de corte liberal haya tenido un curso lineal y triunfante, y que haya sido una respuesta o un impulso a las expectativas de la "industria" azucarera, como en repetidas ocasiones se ha sostenido.<sup><a href="#notas">37</a></sup> Por principio de cuentas, no existen evidencias concretas para poder afirmar que entre los motivos que impulsaron las distintas leyes estu</font><font face="verdana" size="2">viese el de favorecer a esta actividad y tampoco la informaci&oacute;n generada por su aplicaci&oacute;n da pie para pensar que haya sido beneficiada. En contraste, sobran evidencias de que los interesados por la adquisici&oacute;n de tierras eran, por lo general, individuos de un grupo intermedio que pretend&iacute;a incursionar en la ganader&iacute;a y que sus prop&oacute;sitos se vieron reflejados en las leyes. Hasta 1840, por lo menos, no parece que los empresarios dedicados a la agricultura, como lo eran los grandes cultivadores de ma&iacute;z o los productores de az&uacute;car, hayan pretendido &#151;al menos no de manera significativa&#151; tierras en propiedad, y tampoco que su actividad haya generado una inquietud entre los labradores de los pueblos, como lo ocasionaban los establecimientos ganaderos. La carencia de informaci&oacute;n sobre disputas entre los cultivadores de ca&ntilde;a y los labradores ind&iacute;genas dedicados de manera prioritaria a la milpa parece indicar que las actividades de ambos no fueron incompatibles. Incluso cabe la posibilidad de que muchos ind&iacute;genas se hayan empleado como jornaleros en los ca&ntilde;averales desempe&ntilde;ando al mismo tiempo, o de manera alterna, sus actividades como milpero.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La ley de colonizaci&oacute;n de 1841, en efecto, ten&iacute;a toda la intenci&oacute;n de favorecer a la actividad agr&iacute;cola en general y bien pudo ser un detonante para que los cultivadores de ca&ntilde;a se volcaran a la adquisici&oacute;n de tierras. Empero, la ley no se puso en vigor si no hasta fines de 1843 y para febrero de 1844 &#151;a&ntilde;o en que se hab&iacute;an cultivado poco m&aacute;s de cien mil mecates de ca&ntilde;a&#151; las expectativas de la industria eran negativas a ra&iacute;z de que el gobierno de M&eacute;xico prohibi&oacute; la introducci&oacute;n del az&uacute;car y aguardiente yucateco en los puertos de la Rep&uacute;blica. De hecho, en los a&ntilde;os de 1845 y 1846, ante la saturaci&oacute;n del mercado interno y la falta de canales de exportaci&oacute;n "hubo ca&ntilde;averalistas &#151;asienta Aznar Barbachano en el peri&oacute;dico <i>Las Mejoras Materiales&#151;</i> que se vieron en la triste necesidad de entregar a las llamas sus planteles antes de sufrir una p&eacute;rdida mayor, convirti&eacute;ndolos en az&uacute;car o aguardiente que nadie les compraba".<sup><a href="#notas">38</a></sup> El beneficio de la "industria" azucarera no fue, pues, un objetivo espec&iacute;fico de la ley de </font><font face="verdana" size="2">colonizaci&oacute;n; mucho menos se puede decir que haya sido uno de sus mejores resultados y, por a&ntilde;adidura, no se puede considerar como una de las causas de la guerra de castas, aunque ciertamente result&oacute; severamente da&ntilde;ada por &eacute;sta, pues la producci&oacute;n alcanzada en 1844 no pudo mantenerse en a&ntilde;os posteriores. Con la guerra, parte de las siembras se destruyeron, otras fueron abandonadas, de ah&iacute; que en los a&ntilde;os inmediatos al inicio del conflicto no s&oacute;lo no hubo exportaci&oacute;n de az&uacute;car, sino que la producci&oacute;n no alcanzaba ni para el consumo interno, por lo que se tuvo que importar de la vecina isla de Cuba.<sup><a href="#notas">39</a></sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un suceso digno de mencionarse y que apoya nuestra intenci&oacute;n de desvincular el factor agrario con la guerra de castas es la presencia de Jacinto Pat, uno de los principales l&iacute;deres de la insurrecci&oacute;n ind&iacute;gena, entre los diez individuos de apellido maya que denunciaron tierras al calor de la ley de colonizaci&oacute;n de 1841. Pat reclam&oacute; el 10 de agosto de 1846 media legua de tierras cerca de Tihosuco, pueblo del que era su cacique. Robert Patch, quien nos proporciona esta informaci&oacute;n, interpreta esta acci&oacute;n de Pat en el sentido de que era "el menos radical en sus puntos de vista". Sin embargo, consideramos que es una evidencia contundente de que el "plan" de la rebeli&oacute;n &#151;si es que realmente estaba siendo proyectada&#151; no contemplaba una redenci&oacute;n de car&aacute;cter agrario.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es tambi&eacute;n cuestionable que esta arremetida de los a&ntilde;os 1840 haya propiciado el "avance definitivo" de la gran propiedad en Yucat&aacute;n y que haya significado la base del auge que las haciendas henequeneras comenzaron a tener durante la segunda mitad del siglo XIX.<sup><a href="#notas">40</a></sup> Sin duda, tal consolidaci&oacute;n tuvo que ver con otro proceso iniciado despu&eacute;s de los momentos m&aacute;s intensos de la guerra, pues el proyecto privatizador derivado de dicha ley de colonizaci&oacute;n no pudo sobrevivir ni siquiera en el noroeste, regi&oacute;n donde estaba la capital yucateca y espacio que el poder "blanco" pudo recuperar en los a&ntilde;os inmediatos al </font><font face="verdana" size="2">estallido de la guerra de castas. Las plantaciones henequeneras se desarrollaron, de manera exclusiva, en una zona donde desde el siglo XVIII se hab&iacute;a consolidado un grupo importante de hacendados. En el resto de las extensas tierras de la pen&iacute;nsula no se desarroll&oacute;, al menos durante todo el siglo XIX &#151;y tampoco en el siglo XX&#151;, ning&uacute;n emporio similar al del henequ&eacute;n ni mucho menos. Por lo tanto, se puede hablar de un fracaso de los proyectos de corte liberal en Yucat&aacute;n, cuyos objetivos eran, sobre todo, poner en manos de propietarios yucatecos, nacionales y extranjeros la mayor parte de los terrenos de la pen&iacute;nsula, especialmente aquellos territorios pertenecientes al actual estado de Quintana Roo, que durante toda la segunda mitad del siglo XIX fueron considerados zona insegura o estuvieron en manos de las comunidades mayas rebeldes que se asentaron en la pen&iacute;nsula. Ocupaci&oacute;n que, por cierto, solucion&oacute; parad&oacute;jicamente el problema del insistente avance ingl&eacute;s sobre el territorio peninsular que no hab&iacute;a podido frenar el gobierno yucateco con sus proyectos para colonizar la regi&oacute;n situada al norte del R&iacute;o Hondo.<sup><a href="#notas">41</a></sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El fracaso de los proyectos de corte liberal en la pen&iacute;nsula yucateca no fue excepcional. Una revisi&oacute;n de casos de distintas regiones de la Rep&uacute;blica Mexicana enfatizan de alg&uacute;n modo esa frustraci&oacute;n liberal en la pol&iacute;tica sobre la tierra. A pesar de los distintos enfoques que utilizan para aproximarse al problema en torno a la tierra, el com&uacute;n denominador es el fracaso de las clases pol&iacute;ticas al tratar de imponer las leyes liberales para la desamortizaci&oacute;n de los terrenos comunales, proceso que, como dice Knowlton, su mejor caracterizaci&oacute;n es la de interminable.<sup><a href="#notas">42</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los proyectos de privatizaci&oacute;n de tierras ocasionaron, indudablemente, malestares a los comuneros de los pueblos, pero es cuestionable que hayan incidido como uno de los motivos que causaron la sublevaci&oacute;n ind&iacute;gena, como lo han afirmado diversos autores &#151;desde Sierra O'Reilly y Howard F. Cline hasta Robert Patch&#151;, su influencia, en todo caso, debi&oacute; ser secundaria al problema fiscal o el pol&iacute;tico&#45;militar que llev&oacute; a hacer part&iacute;cipes </font><font face="verdana" size="2">a los ind&iacute;genas de las pugnas de la &eacute;lite. Esa lucha &#151;como otras guerras de castas que se registraron en M&eacute;xico a partir de 1840&#151; no puede describirse adecuadamente como agrarista, porque el calificativo no expresa su complejidad, sino que la reduce a su manifestaci&oacute;n m&aacute;s evidente. Los ind&iacute;genas o campesinos, sin duda, estaban luchando contra una compleja ofensiva jur&iacute;dica y pol&iacute;tica y no s&oacute;lo por la tierra. Asumimos la postura que ha se&ntilde;alado que los rebeldes de las guerras de castas en M&eacute;xico estaban luchando, esencialmente, para conservar un territorio que no era s&oacute;lo una superficie, sino la raz&oacute;n de su existencia, la base de su personalidad jur&iacute;dica, de su ser civil y de sus derechos tradicionales contra los que atentaban los que encarnaban el poder regional "ladino".<sup><a href="#notas">43</a></sup> El problema agrario ha sido considerado por diversos investigadores como una de las causas principales de las insurrecciones ind&iacute;genas y campesinas. De manera auto</font><font face="verdana" size="2">m&aacute;tica, los movimientos de rebeld&iacute;a se han vinculado con problemas de tierras o con m&oacute;viles mesi&aacute;nicos y religiosos. Sin embargo, la investigaci&oacute;n hist&oacute;rica basada en el an&aacute;lisis de fuentes documentales ha demostrado que ni la rebeli&oacute;n yaqui de 1740 &#151;a la que J. Meyer (1973) le atribuy&oacute; un m&oacute;vil predominantemente agrario&#151; ni las que ocurrieron durante la primera mitad del siglo XIX tuvieron como m&oacute;vil principal el problema de la tierra.<sup><a href="#notas">44</a></sup> </font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Michael T. Ducey, en un trabajo relativo al norte de Veracruz, alude que mucho de lo escrito sobre el asunto de las tierras comunales se discute en torno a los instrumentos jur&iacute;dicos introducidos para enajenar la propiedad ind&iacute;gena y hace una cr&iacute;tica a este &eacute;nfasis jur&iacute;dico de la historiograf&iacute;a, a partir del hecho de que no toma en cuenta la participaci&oacute;n del campesinado ind&iacute;gena en la </font><font face="verdana" size="2">modificaci&oacute;n de dichas leyes. En el mismo sentido, se opone a la idea, bastante generalizada, de vincular obligadamente a las rebeliones campesinas con los descontentos que ocasionaban los despojos o cambios en la tenencia de la tierra. El norte de Veracruz experiment&oacute; un gran n&uacute;mero de revueltas de 1830 a 1870, las cuales se han atribuido a despojos de tierras. Empero, su investigaci&oacute;n se&ntilde;ala que, por el contrario, fueron &eacute;pocas en las que los campesinos aumentaron la extensi&oacute;n de sus tierras de comunidad o cambiaron su estatus de arrendatarios a peque&ntilde;os propietarios a costa de los terratenientes tradicionales. Por lo tanto, no encuentra relaci&oacute;n entre despojos y rebeliones, ya que todo parece indicar que las rebeliones de los campesinos del siglo XIX no fueron reacciones a despojos recientes, sino acciones dise&ntilde;adas para conseguir tierra que no hab&iacute;a estado en sus manos. Advierte que se requiere de un an&aacute;lisis m&aacute;s complejo para explicar el radicalismo campesino de su regi&oacute;n de estudio antes del Porfiriato, ya que no es posible identificar los despojos de tierras como la causa de las rebeliones, simplemente porque no los hubo<sup><a href="#notas">45</a></sup> o no pudieron concretarse a pesar de los intentos. Este tambi&eacute;n fue el caso yucateco, en el que existen suficientes muestras de que los labradores de los pueblos y sus autoridades pod&iacute;an sobrellevar, revertir o, por lo menos, restringir los efectos de los proyectos de privatizaci&oacute;n sin recurrir a una confrontaci&oacute;n armada.</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><a href="../img/revistas/desacatos/n13/a5f7.jpg" target="_blank">Batallones federales, Santa Cruz de Bravo,1906 / Centro de Apoyo a la Investigaci&oacute;n Hist&oacute;rica en Yucat&aacute;n.</a></font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ancona, Eligio, 1879, <i>Historia de Yucat&aacute;n desde la &eacute;poca m&aacute;s remota hasta nuestros d&iacute;as,</i> t. III, Imprenta de Manuel Heredia Arg&uuml;elles, M&eacute;rida.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660292&pid=S1607-050X200300030000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aznar Barbachano, Tom&aacute;s, 1957, <i>La ca&ntilde;a de az&uacute;car en Yucat&aacute;n (1858),</i> M&eacute;xico, Banco Nacional de Cr&eacute;dito Agr&iacute;cola y Ganadero.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660294&pid=S1607-050X200300030000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aznar P&eacute;rez, Alonso (comp.), 1850, <i>Colecci&oacute;n de leyes decretos, &oacute;rdenes o acuerdos de tendencia general del poder legislativo del estado libre y soberano de Yucat&aacute;n, formada por... y publicada por Rafael Pedrera con autorizaci&oacute;n del gobierno. Tomo segundo que comprende todas las disposi</i></font><font face="verdana" size="2"><i>ciones legislativas, desde el 1 de enero de 1841 hasta 31 de diciembre de 1845,</i> t. II, Imprenta del Editor, M&eacute;rida.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660296&pid=S1607-050X200300030000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p> 	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150; (comp.), 1851, <i>Colecci&oacute;n de leyes decretos, &oacute;rdenes o acuer</i></font><font face="verdana" size="2"><i>dos de tendencia general del poder legislativo del estado libre y soberano de Yucat&aacute;n, formada por... y publicada por Rafael Pedrera con autorizaci&oacute;n del gobierno. Tomo tercero que comprende todas las disposiciones legislativas, desde el 1 de enero de 1846 hasta fin de diciembre de 1850,</i> t. III, Imprenta del Editor, M&eacute;rida.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660298&pid=S1607-050X200300030000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bartolom&eacute;, Miguel A. y Alicia M. Barabas, 1981, <i>La resistencia maya. Relaciones inter&eacute;tnicas en el oriente de la pen&iacute;nsula de Yucat&aacute;n,</i> col. Cient&iacute;fica, 53, INAH, M&eacute;xico.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660300&pid=S1607-050X200300030000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bracamonte, Pedro, 1993, <i>Amos y sirvientes. Las haciendas de Yucat&aacute;n, 1789&#45;1860,</i> M&eacute;rida, Universidad Aut&oacute;noma de Yucat&aacute;n.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660302&pid=S1607-050X200300030000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150; y Gabriela Sol&iacute;s, 1996, <i>Espacios mayas de autonom&iacute;a.</i></font> <font face="verdana" size="2"><i>El pacto colonial en Yucat&aacute;n,</i> M&eacute;rida, Universidad Aut&oacute;noma de Yucat&aacute;n, Conacyt.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660304&pid=S1607-050X200300030000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bricker, Victoria Reifler, 1993, <i>El Cristo ind&iacute;gena, el rey nativo. El sustrato hist&oacute;rico de la mitolog&iacute;a del ritual de los mayas,</i> FCE, M&eacute;xico.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660306&pid=S1607-050X200300030000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cline, Howard F., 1947, "Regionalism and Society in Yucat&aacute;n: Progressivism and the Origins of the Caste Ward, 1825&#45;1847", tesis doctoral, Harward,    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660308&pid=S1607-050X200300030000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;, 1950, "Related Studies in Early Nineteenth Century <i>y</i></font> <font face="verdana" size="2">Yucatecan Social History", <i>Microfilm Collection of Manuscripts on Middle American Anthropology,</i> XXXII, University of Chicago Library, Chicago.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660310&pid=S1607-050X200300030000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;, 1978, "El episodio azucarero en Yucat&aacute;n (1825&#45;1850)", </font><font face="verdana" size="2">Yucat&aacute;n, <i>Historia y Econom&iacute;a,</i> n&uacute;m. 5, enero&#45;febrero, pp. 3&#45;23.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660312&pid=S1607-050X200300030000500011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Colecci&oacute;n que contiene el proyecto de acuerdo o decreto, presentado por el Sr. Diputado D. Francisco Mart&iacute;nez de Arredondo y le&iacute;do en la sesi&oacute;n del A. Congreso extraordinario el d&iacute;a 27 de agosto de 1846.&#45; Siglo 19, num. 797, y art&iacute;culos impresos en el peri&oacute;dico "La Chismograf&iacute;a' de Campeche, en favor del derecho de posesi&oacute;n y propiedad de los pueblos, sobre sus terrenos comunes, y la &uacute;ltima y principal parte de su defensa, y la refutaci&oacute;n de ese proyecto que qued&oacute; in&eacute;dita por haber cerrado sus columnas dicho peri&oacute;dico, y que ahora se imprime en obsequio del bien y derecho de dichos pueblos, Campeche,</i> 1847, impreso por Jos&eacute; M. Peralta.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660314&pid=S1607-050X200300030000500012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ducey, Michael T., 1989, "Tierras comunales y rebeliones en el norte de Veracruz antes del porfiriato, 1821&#45;1880: el proyecto liberal frustrado", <i>Anuario</i> W, pp. 209&#45;330.</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Franco Mendoza, Mois&eacute;s, 1986, "La desamortizaci&oacute;n de bienes de comunidades ind&iacute;genas en Michoac&aacute;n", en Pedro Carrasco, <i>et al, La sociedad ind&iacute;gena en el centro y occidente de M&eacute;xico,</i> El Colegio de Michoac&aacute;n, Zamora, pp. </font><font face="verdana" size="2">169&#45;188.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660317&pid=S1607-050X200300030000500013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Frazer, Donald, 1972, "La pol&iacute;tica de desamortizaci&oacute;n en las comunidades ind&iacute;genas (1856&#45;1872)", <i>Historia Mexicana,</i> vol. XXI (4), n&uacute;m. 84, abril&#45;junio, pp. 615&#45;652.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660319&pid=S1607-050X200300030000500014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Gonz&aacute;lez Navarro, Mois&eacute;s, 1970, <i>Raza y tierra: la guerra de castas y el henequ&eacute;n,</i> El Colegio de M&eacute;xico, M&eacute;xico.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660321&pid=S1607-050X200300030000500015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">G&uuml;&eacute;mez Pineda, Arturo, 1992, "La rebeli&oacute;n de Nohcacab. Prefacio in&eacute;dito de la guerra de castas", <i>Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad,</i> n&uacute;m. 52, Zamora, pp. 167&#45;202.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660323&pid=S1607-050X200300030000500016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;, 1994, <i>Liberalismo en tierras del caminante. Yucat&aacute;n, 1812&#45;1840,</i> El Colegio de Michoac&aacute;n / Universidad Aut&oacute;noma de Yucat&aacute;n, Zamora.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660325&pid=S1607-050X200300030000500017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;, 1997, "Comunidades ind&iacute;genas rebeldes y colonizaci&oacute;n en Yucat&aacute;n: la parad&oacute;jica soluci&oacute;n a un proyecto criollo", <i>Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad,</i> n&uacute;m. 69, Zamora, invierno, pp. 163&#45;195.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660327&pid=S1607-050X200300030000500018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hern&aacute;ndez Silva, H&eacute;ctor Cuauht&eacute;moc, 1993, "El Valle del Yaqui y los proyectos econ&oacute;micos de las elites regionales de Sonora. 1830&#45;1857", en Antonio Escobar O., <i>Indio, naci&oacute;n y comunidad en el M&eacute;xico del siglo</i> <i>XIX,</i> M&eacute;xico, Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos/CIESAS, pp. 293&#45;302.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660329&pid=S1607-050X200300030000500019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Katz, Friedrich, 1988, <i>Revuelta, rebeli&oacute;n y revoluci&oacute;n. La lucha rural en M&eacute;xico del siglo</i> <i>XVI</i> <i>al siglo</i> <i>XX,</i> Era, M&eacute;xico.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660331&pid=S1607-050X200300030000500020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Knowlton, Robert J., 1978, "La individualizaci&oacute;n de la propiedad corporativa civil en el siglo XIX: notas sobre Jalisco", <i>Historia Mexicana,</i> vol. XXVIII (1), n&uacute;m. 109, julio&#45;septiembre, pp. 24&#45;61.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660333&pid=S1607-050X200300030000500021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;, 1990, "La divisi&oacute;n de tierras durante el siglo XIX", <i>Historia Mexicana,</i> vol. XL (1), n&uacute;m. 157, pp. 3&#45;26.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660335&pid=S1607-050X200300030000500022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lapointe, Marie, 1983, <i>Los mayas rebeldes de Yucat&aacute;n,</i> El Colegio de Michoac&aacute;n, Zamora.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660337&pid=S1607-050X200300030000500023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mallon, Flortencia, 1994, "Reflections on the Ruins: Everyday forms of the State Formation in Nineteenth&#45;Century Mexico", en Gilbert Joseph and Daniel Nugent (eds.), <i>Everyday Forms of The State Formation, Revolution and the Negotiation of the Rule in Modern Mexico,</i> Duke University Press, Estados Unidos&#45;Londres, pp. 69&#45;106.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660339&pid=S1607-050X200300030000500024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">M&aacute;rquez, Enrique, 1986, "Tierra, clanes y pol&iacute;tica en la Huasteca potosina (1797&#45;1843)", <i>Revista Mexicana de Sociolog&iacute;a,</i> vol. XLVIII, n&uacute;m. 1, pp. 201&#45;115.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660341&pid=S1607-050X200300030000500025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Menegus, Margarita, 1995, "La desamortizaci&oacute;n de bienes comunales y municipales en el Valle de Toluca (1800&#45;1854), siglo XIX", <i>Cuadernos de Historia,</i> Universidad Aut&oacute;noma de Nuevo Le&oacute;n, a&ntilde;o IV, n&uacute;m. 12, mayo&#45;agosto, pp. 7&#45;27.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660343&pid=S1607-050X200300030000500026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Meyer, Jean, 1986, "La Ley Lerdo y la desamortizaci&oacute;n de las comunidades en Jalisco", en Pedro Carrasco, <i>et al., La sociedad ind&iacute;gena en el centro y occidente de M&eacute;xico,</i> El Colegio de Michoac&aacute;n, Zamora, pp. 189&#45;211.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660345&pid=S1607-050X200300030000500027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pastor F., Rodolfo, 1993, "Desamortizaci&oacute;n, regionalizaci&oacute;n</font> <font face="verdana" size="2">del poder y guerras de castas, 1822 a 1862: un ensayo de interpretaci&oacute;n", en Jorge Padua y Alain Vanneph (coords.), <i>Poder local, poder regional,</i> M&eacute;xico, El Colegio de M&eacute;xico/Centre D'&Eacute;tudes Mexicaines et Centramericaines,</font> <font face="verdana" size="2">pp. 89&#45;105.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660347&pid=S1607-050X200300030000500028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Patch, Robert, 1976, "La formaci&oacute;n de estancias y haciendas en Yucat&aacute;n durante la Colonia", <i>Bolet&iacute;n de la Escuela de Ciencias Antropol&oacute;gicas,</i> vol. 4, n&uacute;m. 9, pp.21&#45;61.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660349&pid=S1607-050X200300030000500029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;, 1983, "El fin del r&eacute;gimen colonial en Yucat&aacute;n y los or&iacute;genes de la guerra de castas: el problema de la tierra, 1812&#45;1846", <i>Bolet&iacute;n de la Escuela de Ciencias Antropol&oacute;gicas,</i> vol. 10, n&uacute;m. 60, pp. 17&#45;26.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660351&pid=S1607-050X200300030000500030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;, 1990, "Descolonizaci&oacute;n, el problema agrario y los or&iacute;</font><font face="verdana" size="2">genes de la guerra de castas, 1812&#45;1847", en Oth&oacute;n Ba&ntilde;os Ram&iacute;rez, <i>Sociedad, estructura agraria y estado en Yucat&aacute;n,</i> M&eacute;rida, Universidad Aut&oacute;noma de Yucat&aacute;n, pp. 45&#45;95.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660353&pid=S1607-050X200300030000500031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Quezada, Sergio, Arturo G&uuml;&eacute;mez y Carlos Tapia, 1986, <i>Bibliograf&iacute;a comentada sobre la cuesti&oacute;n &eacute;tnica y la guerra de castas, 1821&#45;1910,</i> Universidad Aut&oacute;noma de Yucat&aacute;n/ Secretar&iacute;a de Educaci&oacute;n P&uacute;blica, M&eacute;rida.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660355&pid=S1607-050X200300030000500032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Quintal Mart&iacute;n, Fidelio, 1976, "Interpretaci&oacute;n de la guerra campesina de Yucat&aacute;n de 1847'' <i>Revista de la Universidad de Yucat&aacute;n,</i> vol. 18, n&uacute;m. 104, pp. 60&#45;89.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660357&pid=S1607-050X200300030000500033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Radding, Cynthia, 1993, "Etnia, tierra y Estado: la naci&oacute;n &oacute;pata de la sierra sonorense en la transici&oacute;n de Colonia a Rep&uacute;blica", en Antonio Escobar O. (coord.), <i>Indio, naci&oacute;n y comunidad en el M&eacute;xico del siglo</i> <i>XIX</i>, Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos / CIESAS, M&eacute;xico, pp. 267&#45;292.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660359&pid=S1607-050X200300030000500034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Reed, Nelson, 1970, <i>La guerra de castas de Yucat&aacute;n</i>, Era, M&eacute;xico.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660361&pid=S1607-050X200300030000500035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Reina, Leticia, 1989, "De la agroexportaci&oacute;n a la producci&oacute;n de autoconsumo. Las comunidades ind&iacute;genas de Oaxaca, 1776&#45;1856<i>", Tzintzun,</i> n&uacute;m. 10, pp. 19&#45;35.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660363&pid=S1607-050X200300030000500036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Rugeley, Terry, 1996, <i>Yucatan's Maya Peasantry and the Origins of the Caste War,</i> University of California Press, Austin.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660365&pid=S1607-050X200300030000500037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sierra, Jos&eacute; Luis, 1991, "Pr&oacute;logo", en Joaqu&iacute;n Baranda, <i>Recordaciones Hist&oacute;ricas,</i> t. I, Conaculta, M&eacute;xico, pp. 37&#45;50.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660367&pid=S1607-050X200300030000500038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sierra O'Reilly, Justo, 1954, <i>Los indios de Yucat&aacute;n. Consideraciones hist&oacute;ricas sobre la influencia del elemento ind&iacute;gena en la organizaci&oacute;n social del pa&iacute;s,</i> 2 tomos, Compa&ntilde;&iacute;a Tipogr&aacute;fica Yucateca, M&eacute;rida.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660369&pid=S1607-050X200300030000500039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tutino, John, 1990(a), "Cambio social agrario y rebeli&oacute;n campesina en el M&eacute;xico decimon&oacute;nico: el caso de Chalco", en Friedrich Katz, <i>Revuelta, rebeli&oacute;n y revoluci&oacute;n. La lucha rural en M&eacute;xico del siglo</i> <i>XVI</i> <i>al siglo</i> <i>XX</i>, Era, M&eacute;xico, t. I., pp. 94&#45;134.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660371&pid=S1607-050X200300030000500040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;&#150;, 1990(b), <i>De la insurrecci&oacute;n a la revoluci&oacute;n en M&eacute;xico. </i></font><font face="verdana" size="2"><i>Las bases sociales de la violencia agraria 1750/1940, Era,</i> M&eacute;xico.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2660373&pid=S1607-050X200300030000500041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p> 	    <p align="justify"><a name="notas"><font face="verdana" size="2"><b>Notas</b></font></a>	</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">* El presente ensayo es un producto de la investigaci&oacute;n "El proyecto liberal agrario y la propiedad comunal en Yucat&aacute;n. Del derrumbe del centralismo a la guerra de castas (1840&#45;1847)", llevada a efecto por el autor en la Unidad de Ciencias Sociales del Centro de Investigaciones Regionales "Dr. Hideyo Noguchi" de la Universidad Aut&oacute;noma de Yucat&aacute;n, que tambi&eacute;n form&oacute; parte del proyecto "Tenencia de la tierra y trabajo ind&iacute;gena en la pen&iacute;nsula de Yucat&aacute;n", coordinado por el Programa Peninsular del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropolog&iacute;a Social.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> Sobre estas apreciaciones v&eacute;ase Menegus, 1995: 7&#45;27; Tutino, 1990(a): 94&#45;134; Frazer, 1972: 615&#45;652; Knowlton, 1978: 24&#45;61; Meyer, 1986:189211; Franco, 1986: 169&#45;188; Reina, 1989:19&#45;35; Radding, 1993: 267&#45;292; M&aacute;rquez, 1986: 201&#45;115.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"></font><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> Sierra O'Reilly, 1954; Cline, 1947 (partes de la tesis de Cline fueron publicadas en forma de art&iacute;culos, los cuales son m&aacute;s accesibles que la tesis, v&eacute;ase especialmente Cline, 1978: 3&#45;23); Reed, 1970: 55&#45;56;Gon&#45;z&aacute;lez Navarro, 1970: 63&#45;67; Quintal Mart&iacute;n, 1976: 60&#45;89; Bartolom&eacute; y Barabas, 1981; Bricker, 1993:178&#45;186; Lapointe, 1983; Bracamonte, 1993: 29&#45;47; Rugeley, 1996; Patch, 1983:17&#45;26, 1990: 45&#45;95.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> V&eacute;ase, por ejemplo, Cline, 1950 (contiene un estudio titulado "The War of the Castes an its Consequences"); Reed, 1970; Bartolom&eacute; y Barabas, 1981; Lapointe, 1983. Una bibliograf&iacute;a m&aacute;s extensa al respecto puede verse en Quezada, G&uuml;&eacute;mez y Tapia, 1986, especialmente pp. 76&#45;85.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"></font><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup> Tutino, 1990(b): 98&#45;99.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup> Al respecto v&eacute;ase Patch, 1976: 21&#45;61.</font></p>         ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup> Sobre este periodo v&eacute;ase Bracamonte y Sol&iacute;s, 1996, especialmente el cap&iacute;tulo 3.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>7</sup> En el Archivo Notarial del Estado de Yucat&aacute;n se hallan numerosos documentos de la primera mitad del siglo XIX que dan cuenta de las transacciones de compra&#45;venta efectuadas entre ind&iacute;genas e individuos de los grupos criollos y mestizos.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"></font><font face="verdana" size="2"><sup>8</sup> &Eacute;stas propugnaban por la prioridad de la agricultura en las sociedades por ser la &uacute;nica actividad, seg&uacute;n sus postulados, que proporcionaba producto neto y consideraba a todas las dem&aacute;s como actividades secundarias o est&eacute;riles.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>9</sup> La ley de colonizaci&oacute;n exig&iacute;a a los solicitantes haber ocupado los terrenos por espacio de cuatro a&ntilde;os "sin contradicci&oacute;n", es decir, sin problemas, adem&aacute;s de que s&oacute;lo se les conceder&iacute;a el espacio que hubiesen fomentado. Los fraudes consistieron en la presentaci&oacute;n de documentos falsos que avalaban el cumplimiento de tales requisitos.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>10</sup> Denominamos as&iacute;, o simplemente hacendados, a aqu&eacute;llos cuyas propiedades, por lo com&uacute;n de gran extensi&oacute;n, tuvieron su origen en la &eacute;poca colonial y se hallaban consolidados en el campo yucateco mediante actividades en el ramo ganadero y con tierras de arriendo destinadas a la agricultura.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>11</sup> Identificamos como grupo pro ganadero a aqu&eacute;llos que, alentados por las leyes liberales, tendieron a la obtenci&oacute;n de tierras, por lo general de poca extensi&oacute;n, para el fomento de la ganader&iacute;a de libre pastoreo.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"></font><font face="verdana" size="2"><sup>12</sup> Uno de los m&aacute;s sensibles efectos de esta epidemia es que apenas se logr&oacute; un 10% de los cultivos.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"></font><font face="verdana" size="2"><sup>13</sup> Sobre el proceso desamortizador referido, v&eacute;ase de manera extensa y documentada en G&uuml;&eacute;mez Pineda, 1994. En este trabajo se intent&oacute; mostrar el dif&iacute;cil camino que tuvo que recorrer la adopci&oacute;n y adaptaci&oacute;n de los postulados liberales en materia agraria en una sociedad con la fuerte presencia de comunidades ind&iacute;genas, cuerpos caracter&iacute;sticos del antiguo r&eacute;gimen colonial. El detectar la irrupci&oacute;n de un grupo social intermedio como un actor que resquebraja la antigua dicotom&iacute;a hacendados&#45;comunidades en la lucha por la tierra, permite observar una interpretaci&oacute;n distinta a la que ve al liberalismo como una ideolog&iacute;a que lleg&oacute; para fortalecer de manera exclusiva las perspectivas expansionistas de los hacendados.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>14</sup> Por ejemplo, los puertos de la pen&iacute;nsula disfrutaban desde 1827 el privilegio de no pagar m&aacute;s que las tres quintas partes de los derechos aduanales que se pagaban en otros puntos m&aacute;s ricos de la Rep&uacute;blica, </font><font face="verdana" size="2">pero a partir de 1837 se les impuso la obligaci&oacute;n de pagar &iacute;ntegros tales derechos, am&eacute;n de que por efecto de diversas leyes tambi&eacute;n se impuso a Yucat&aacute;n la obligaci&oacute;n de remitir a M&eacute;xico el 17, 15, 12, 10 y 8% del producto de sus aduanas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>15</sup> Este impuesto consist&iacute;a en veinti&uacute;n reales y medio que anualmente pagaba al clero todo matrimonio indio, correspondiendo doce reales y medio al var&oacute;n y nueve a la mujer.</font></p>         ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"></font><font face="verdana" size="2"><sup>16</sup> M&eacute;ndez hab&iacute;a sido en su juventud camarillero, es decir, miembro del grupo opositor que ahora regresaba al poder. Contaba a su favor con antecedentes que afirmaban su convicci&oacute;n por las instituciones del grupo que ahora lo hab&iacute;a apoyado, entre ellos el de haberse opuesto al golpe promovido por Francisco Toro en 1834, que desemboc&oacute; en </font><font face="verdana" size="2">la instauraci&oacute;n del centralismo en Yucat&aacute;n, am&eacute;n de que desempe&ntilde;&oacute; un papel clave en el triunfo de los federalistas. </font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>17</sup> Si bien la primera no tuvo consecuencias; la segunda s&iacute;, pues dio la pauta para que el gobierno de la colonia inglesa de Belice pudiese amenazar y exigir al gobierno yucateco una indemnizaci&oacute;n por concepto de la goleta <i>True Blue,</i> confiscada en playas yucatecas al intentar introducir efectos de contrabando.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>18</sup> Sobre los acontecimientos pol&iacute;ticos y militares referidos, v&eacute;ase An&#45;cona, 1879, t. III, pp. 358&#45;396.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>19</sup> <i>Los Pueblos,</i> M&eacute;rida, 7 de abril de 1840.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>20</sup> <i>Los Pueblos,</i> M&eacute;rida, 18 de abril de 1840.</font></p>         <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>21</sup><i> Los Pueblos,</i> M&eacute;rida, 4 de octubre de 1840.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>22</sup><i> El Siglo XIX,</i> M&eacute;rida, 4 de diciembre de 1840.</font> </p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>23</sup> </font><font face="verdana" size="2"><i>El Siglo XIX,</i> M&eacute;rida, 2 de marzo de 1841.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"></font><font face="verdana" size="2"><sup>24</sup> <i>El Siglo XIX,</i> M&eacute;rida, 2 de marzo de 1841.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>25</sup> Aznar P&eacute;rez, 1850, t. II, pp. 116&#45;119.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>26</sup> <i>El Siglo XIX,</i> M&eacute;rida, 23 y 26 de febrero de 1841.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>27</sup> Sobre esta revuelta v&eacute;ase G&uuml;&eacute;mez Pineda, 1992: 167&#45;202.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>28</sup> Aznar P&eacute;rez, 1850, t. II, pp. 288, 318, 347, 350&#45;351, 353&#45;355, 484.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>29</sup> Aznar P&eacute;rez, 1850, t. II, pp. 352&#45;353, 368, 371&#45;372, 484; t. III, p. 47; <i>El Siglo XIX,</i> M&eacute;rida, 22 de octubre de 1844.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>30</sup> En el Archivo General del Estado, especialmente en ramos de tierras y gobernaci&oacute;n de Fondo, en <i>Poder ejecutivo</i> se encuentran diversos documentos que dan cuenta de esta disposici&oacute;n de labradores y autoridades de repeler los efectos de las pretendidas privatizaciones.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>31</sup><i> Colecci&oacute;n que contiene el proyecto...,</i> 1847.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>32</sup><i> Ibidem.</i></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>33</sup> Los t&eacute;rminos del plan son tomados de una nota de Alonso Aznar P&eacute;rez incluida en su <i>Colecci&oacute;n de leyes y decretos,</i> 1851, t. III, pp. 104&#45;105.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>34</sup> V&eacute;ase ambos decretos en Aznar P&eacute;rez, 1851, t. III, pp. 105&#45;106.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>35</sup> Sobre estos acontecimientos pol&iacute;tico&#45;militares v&eacute;ase Ancona, t. III,</font><font face="verdana" size="2"> pp. 461&#45;486; respecto a la participaci&oacute;n ind&iacute;gena en estos conflictos </font><font face="verdana" size="2">v&eacute;ase Rugeley, 1996, pp. 164&#45;180.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>36</sup> Patch, 1983: 17&#45;26, 1990: 45&#45;95.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>37</sup> Esta es una interpretaci&oacute;n que desde 1947 fue difundida por Howard F. Cline a trav&eacute;s de su art&iacute;culo "The Sugar Episode in Yucat&aacute;n, 18251850", en la revista <i>Inter&#45;American Economic Affairs.</i> V&eacute;ase una versi&oacute;n en espa&ntilde;ol en Cline, 1978:3&#45;15. La interpretaci&oacute;n de Cline ha sido seguida por distintos autores tales como Reed, 1970; Bartolom&eacute; y Barabas, 1981: 20&#45;22; Patch, 1983:17&#45;26,1990: 45&#45;95; Quintal Mart&iacute;n, 1976: 60&#45;89; Bricker, 1993: 178&#45;186.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"></font><font face="verdana" size="2"><sup>38</sup> Aznar Barbachano, 1957:1&#45;2 y 46. Los cap&iacute;tulos que integran este trabajo fueron publicados originalmente en 1858 en el &uacute;nico volumen del peri&oacute;dico <i>Las Mejoras Materiales,</i> editado en la ciudad de Campeche.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>39</sup> <i>Ibidem.</i></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>40</sup> Por ejemplo, Jos&eacute; Luis Sierra, al referirse a los aspectos importantes que propiciaron el estallido de la guerra de castas se&ntilde;ala, entre otros, "el avance definitivo de la propiedad privada sobre los terrenos nacionales y realengos o nacionales". "Pr&oacute;logo", en Baranda, 1991, t.I, p.42; Bracamonte, 1993, tambi&eacute;n tiene una concepci&oacute;n similar.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"></font><font face="verdana" size="2"><sup>41</sup> Sobre este asunto v&eacute;ase G&uuml;&eacute;mez Pineda, 1997: 163&#45;195.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>42</sup> Sobre esta apreciaci&oacute;n v&eacute;ase por ejemplo Menegus, 1995: 7&#45;28; Ducey, 1989: 209&#45;330; Knowlton, 1978: 3&#45;26 y Mallon, 1994: 69&#45;106.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"></font><font face="verdana" size="2"><sup>43</sup> Pastor, 1993: 98&#45;99.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>44</sup> Hern&aacute;ndez Silva, 1993: 296. Los levantamientos rurales en M&eacute;xico tienen ya una larga trayectoria como preocupaci&oacute;n de estudiosos de distintas regiones de M&eacute;xico; entre las obras que han intentado explicar la complejidad de los patrones de las insurrecciones destacan la de John Tutino, 1990(b), y la coordinada por Friedrich Katz, 1990.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"></font><font face="verdana" size="2"><sup>45</sup> Ducey, 1989: 209&#45;330.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Informaci&oacute;n sobre el autor</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Arturo G&uuml;&eacute;mez Pineda.</b> Profesor e investigador de la Unidad de Ciencias Sociales del Centro de Investigaciones Regionales "Dr. Hideyo Noguchi" de la Universidad Aut&oacute;noma de Yucat&aacute;n. Estudi&oacute; la licenciatura en la Universidad Aut&oacute;noma de Yucat&aacute;n, as&iacute; como la maestr&iacute;a en historia y el doctorado en ciencias sociales en El Colegio de Michoac&aacute;n. Es autor de <i>Bibliograf&iacute;a comentada sobre la guerra de castas, 1821&#45;1910; Liberalismo en tierras del caminante. Yucat&aacute;n 1812&#45;1840</i> y de diversos art&iacute;culos y cap&iacute;tulos de libros sobre la poblaci&oacute;n maya de la primera mitad del siglo XIX entre los que destacan: "Everyday Forms of Mayan Resistance: Cattle Rustling in Northwestern Yucat&aacute;n, 1821&#45;1847"; "La rebeli&oacute;n de Nohcacab: prefacio in&eacute;dito de la guerra de castas" y "Comunidades ind&iacute;genas rebeldes y colonizaci&oacute;n en Yucat&aacute;n: la parad&oacute;jica soluci&oacute;n a un proyecto criollo".</font></p>      ]]></body><back>
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