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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;a</font></p> 	    <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Enrique Florescano. <i>La bandera mexicana: Breve historia de su formaci&oacute;n y simbolismo</i></b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Luis V&aacute;zquez Le&oacute;n*</b></font></p>     <p align="justify"></p>         <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, M&eacute;xico, 1998</b></font></p>     <p align="center"></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>*CIESAS/Occidente.</i></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hablando como antrop&oacute;logo social puedo decir que me complace comentar el libro <i>La bandera mexicana: breve historia de su formaci&oacute;n y simbolismo</i> del maestro Enrique Florescano. Y uso declaradamente la palabra maestro no para restarle m&eacute;ritos acad&eacute;micos al Dr. Florescano, sino al contrario, para resaltarlos. Con ello me refiero a que leer la <i>nueva historia cultural que</i> &eacute;l cultiva siempre es una valiosa oportunidad para que cualquier lector, yo mismo incluido, pueda aprender algo nuevo en sus lecciones de <i>historia patria,</i> puesto que no pocos las hemos relegado a nuestro ya lejano paso por las instituciones de la educaci&oacute;n oficial, enti&eacute;ndase en la tradici&oacute;n de la lectura de los libros de texto gratuitos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me apresuro pues a decir qu&eacute; clase de historia patria es la que nos imparte ahora el maestro Florescano. Nada menos que la de la transformaci&oacute;n hist&oacute;rica y simb&oacute;lica de uno de nuestros emblemas m&aacute;s caros, la bandera mexicana. As&iacute; dicho pareciera que nuestro maestro es un maestro de la vieja estirpe, aquella empe&ntilde;ada en grabarnos la historiograf&iacute;a oficial aplicando el doloroso dicho de que "la letra con sangre entra". Bueno, en la historia de este emblema s&iacute; hay sangre, y mucha, pero no es, por suerte, el medio de ense&ntilde;anza predilecto del autor. De hecho, antes le apliqu&eacute; el enunciado "nueva historia cultural"<sup><a href="#nota">1</a></sup> con la intenci&oacute;n de separarlo de la tradicional repetici&oacute;n de t&oacute;picos comunes en lo que a la ense&ntilde;anza de s&iacute;mbolos patrios se refiere. Con ello quiero decir que si bien comparte la idea de emplear objetos de la cultura material como fuentes documentales (pintura, grabados, escultura, arquitectura, etc.), de uso com&uacute;n en toda la historia cultural &#151;y las 103 figuras usadas en su obra as&iacute; lo testimonian&#151;, ahora Florescano les ha conferido un nuevo sentido interpretativo acorde a la &eacute;poca y dif&iacute;cil momento que nos ha tocado vivir. Su an&aacute;lisis, expuesto a lo largo de una introducci&oacute;n, cuatro cap&iacute;tulos y un ep&iacute;logo, no hace sino convencernos de aquello de que la historia es siempre historia contempor&aacute;nea disfrazada. Y lo ratifica al final cuando escribe que su obra viene a sumarse al actual debate sobre las identidades y los s&iacute;mbolos. Suena extra&ntilde;o trat&aacute;ndose de un historiador, lo s&eacute;. Pero lo asombroso es que muestra que ese debate ha estado impl&iacute;cito. Y que con ello siempre ha habido conflicto de interpretaciones y, por ende, de identidades. Si hoy lo asumimos como debate es porque estamos, como en otros periodos cr&iacute;ticos de la historia patria, sumidos en la confusi&oacute;n de qu&eacute; naci&oacute;n es la que est&aacute; detr&aacute;s del emblema.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Evidentemente Florescano es partidario de la idea de que el s&iacute;mbolo del &aacute;guila y el nopal coincide con lo que Hobsbawm ha caracterizado como una tradici&oacute;n antigua, un tanto en oposici&oacute;n a la tradici&oacute;n inventada o socialmente construida.<sup><a href="#nota">2</a></sup> Ello queda claro en la transformaci&oacute;n del mito de la Primera Monta&ntilde;a Verdadera en el <i>alt&eacute;petl</i> azteca, o sea, la Monta&ntilde;a de Agua, la tierra de los padres, el territorio asiento de su poder centralizado. En los siguientes cinco siglos vendr&aacute;n variaciones del mismo s&iacute;mbolo, las m&aacute;s de las veces como una guerra de s&iacute;mbolos, de la que el s&iacute;mbolo primordial saldr&aacute; airoso. Pero no sin transformarse, incluyendo o fusion&aacute;ndose con otras sismolog&iacute;as, algunas francamente curiosas, como su asociaci&oacute;n con el Apocalipsis de San Juan y la Virgen Guadalupana en el patriotismo criollo de fines de siglo XVIII o con el &aacute;guila azteca coronada con el inconfundible gorro frigio en 1824. Desde luego todas estas rarezas est&aacute;n descifradas por Florescano. Y lo &uacute;nico que agregar&iacute;a es que su an&aacute;lisis de historia cultural es t&iacute;picamente levistraussiano, pensamiento estructuralista que no cita pero que est&aacute; presente en &eacute;sta y otras de sus obras. Si lo menciono es porque la referencia a L&eacute;vi&#45;Strauss es un valor agregado a su estudio, como ahora dicen los economistas.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para Florescano no es extra&ntilde;a la historia social y mucho menos la antropolog&iacute;a social. Antes al contrario, comenzando por la menci&oacute;n de L&eacute;vi&#45;Strauss o la de Eric Hobsbawm. Si la contextualizaci&oacute;n social de los hacedores de s&iacute;mbolos aparece como eso, como contexto, es porque la factura de una breve historia no pod&iacute;a desviarle en su trayectoria interesada en las transformaciones de ese s&iacute;mbolo elemental, el <i>alt&eacute;petl.</i> Pero ya desde esta invenci&oacute;n primordial hay notorios indicios simb&oacute;licos de que nuestro mayor signo de identidad nacional estuvo y ha estado asociado a guerras intestinas. Las transformaciones que sufrir&aacute; posteriormente lo ilustran tambi&eacute;n, si bien siempre permanecer&aacute; la intenci&oacute;n (mitema, si gustan) de asignar valores y conseguir cohesi&oacute;n social por medio de eso que llamamos identidad mexicana. Acaso el mayor esfuerzo de integraci&oacute;n social por v&iacute;a de estos s&iacute;mbolos lo hayan intentado los criollos mexicani&#45;zados, al fusionar un s&iacute;mbolo religioso, la Guadalupana, al de la sociedad conquistada, el <i>alt&eacute;petl,</i> pero que correspond&iacute;a ya no a una sociedad extra&ntilde;a, sino a su propia sociedad dividida en estamentos y clases, y con un recio componente poblacional ind&iacute;gena nativo, poblaci&oacute;n con la que, les gustara o no, compart&iacute;an el mismo destino.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como nos dice Florescano, la guerra de s&iacute;mbolos antecedi&oacute; a la guerra entre humanos en 1810 y, me temo, tambi&eacute;n en 1910, cuesti&oacute;n a&uacute;n por dilucidar. Conf&iacute;o en equivocarme, pero espero que no celebremos el pr&oacute;ximo centenario de la manera acostumbrada, porque alg&uacute;n significado deben tener las nuevas banderas colosales erigidas por los militares sobre la empobrecida tierra de una naci&oacute;n atribulada, crecientemente an&oacute;mica. Creo que es &eacute;sa, en &uacute;ltima instancia, la preocupaci&oacute;n presente de la historia cultural practicada por el maestro Florescano, del porqu&eacute; ligar su lecci&oacute;n a nuestro actual debate identitario y el papel que en &eacute;l tienen los descendientes directos de la poblaci&oacute;n nativa, otra vez motivo de preocupaci&oacute;n para el resto de sus compatriotas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo dicho es una cuesti&oacute;n de responsabilidad intelectual que siempre le he admirado como autor. Pero es tambi&eacute;n una cuesti&oacute;n historiogr&aacute;fica e interpretativa. Recuerdo todav&iacute;a aquella lecci&oacute;n dada por otro estudioso, Benedict Anderson, en su l&iacute;nea del c&oacute;mo se imaginaron y construyeron las naciones modernas.<sup><a href="#nota">3</a></sup> En ella hac&iacute;a notar que en el terreno m&iacute;tico&#45;simb&oacute;lico no pocas genealog&iacute;as nacionalistas hac&iacute;an referencia a una inicial guerra fratricida entre consangu&iacute;neos.<sup><a href="#nota">4</a></sup> Las guerras de independencia y revolucionaria tuvieron lugar a pesar del mestizaje racial, y hasta esgrimi&eacute;ndolo como causa de descontento. Pero ya que todo se origina. como en la historia cultural m&aacute;s cl&aacute;sica, en una tradici&oacute;n antigua, no quisiera concluir este comentario sin llamar la atenci&oacute;n sobre los s&iacute;mbolos contenidos en el monumento m&aacute;s antiguo que conocemos de Tenochtitl&aacute;n, que nos provee en la figura 7 (p. 24) de su breve historia. A Florescano no le pasa inadvertida la obsesi&oacute;n guerrera de los aztecas, tradici&oacute;n militarista que se continuar&iacute;a despu&eacute;s en otros escenarios y con otros personajes. Y es que esa &aacute;guila primordial est&aacute; impuesta a un nopal del que brotan tunas en forma de corazones de guerreros. En vez de la serpiente, de su triunfal pico brota el glifo <i>atl tlachinolli</i> (agua hirviente, &iquest;sangre?), el grito de guerra azteca. Pero m&aacute;s interesante a&uacute;n es que el nopal surge de una piedra que es el glifo de C&oacute;pil, personaje que en la jerga antropol&oacute;gica denominamos como un primo cruzado de Huitzilopochtli, y que seg&uacute;n las fuentes conspir&oacute;, junto con su madre Malinax&oacute;chitl, hermana de Huitzilopochtli, para destronar a la dinast&iacute;a del dios tutelar. El autor nos hace saber que C&oacute;pil fue apresado, se le decapit&oacute; y su coraz&oacute;n fue arrojado al centro del lago donde se convirti&oacute; en piedra (&iexcl;primera piedra fundacional de Tenochtitl&aacute;n!), misma que sustent&oacute; al ramificado nopal o &aacute;rbol primordial. Las relaciones de parentesco mitificado son demasiado ostensibles como para no recordar lo sostenido por Anderson sobre la reposici&oacute;n geneal&oacute;gica del fratricidio. M&aacute;s a&uacute;n si consideramos que en determinados sistemas de parentesco los primos cruzados se tratan y refieren como hermanos, no como primos, que es el t&eacute;rmino que hoy usamos de modo diferencial, y a&uacute;n hay veces que tambi&eacute;n los llamamos hermanos cuando media entre nosotros el sacramento del compadrazgo.</font></p> 	    <p align="center"><img src="/img/revistas/desacatos/n3/a13f1.jpg"></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo que estoy implicando es que el s&iacute;mbolo primordial conlleva de por s&iacute; una sem&aacute;ntica no s&oacute;lo guerrera en general, sino especificando la guerra fratricida, la guerra civil, la guerra entre hermanos por la consecuci&oacute;n del poder, por muy din&aacute;stica que fuese. As&iacute; las cosas, es comprensible que las transformaciones estructurales del s&iacute;mbolo, motivo central del excelente an&aacute;lisis de nuestro maestro, remitan una y otra vez a la guerra entre compatriotas, de alg&uacute;n modo emparentados.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una vez distanciados los s&iacute;mbolos religiosos y pol&iacute;ticos en 1812 &#151;al separarse la celebraci&oacute;n de la advocaci&oacute;n Guadalupana de celebraci&oacute;n secular de la independencia como naci&oacute;n&#151;, la estratificada fusi&oacute;n racial entre peninsulares, indios y mestizos qued&oacute; mucho m&aacute;s polarizada. La bandera trigarante de Iturbide retuvo, en sus simb&oacute;licos colores, parte del antiguo contrato social, en el primer sentido que Rousseau le dio, como pacto unilateral de los poderosos.<sup><a href="#nota">5</a></sup> El blanco era la inmaculada tradici&oacute;n cat&oacute;lica; el verde la tradici&oacute;n insurgente; y el rojo la pureza (&iquest;de sangre?) de la tradici&oacute;n criolla. La simbolog&iacute;a finalmente conseguida en 1824 sin duda signific&oacute; una revitalizaci&oacute;n de la tradici&oacute;n ind&iacute;gena, con el emblema central del <i>alt&eacute;petl.</i> Pero las franjas de colores le siguieron dando ese trasfondo social propio de una sociedad dividida en grupos articulados, que no mezclados.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero desde entonces &#151;y el Constituyente de 1917 as&iacute; lo ratific&oacute;&#151; los mexicanos sabemos que los valores y cohesi&oacute;n sociales que nos unen en la misma identidad simb&oacute;lica requieren de nuevos contratos sociales en que, para usar palabras del cura Morelos, la soberan&iacute;a siga dimanando del pueblo. Si ese pueblo ya ha entrado en un proceso de polarizaci&oacute;n de sus valores y de su cohesi&oacute;n, ello indica a las claras que urge un nuevo contrato social como &uacute;nico valladar de la ominosa guerra entre hermanos. Las banderas descomunales no bastan ya para decirnos que no somos lo suficientemente mexicanos. El problema es la sem&aacute;ntica contenida en nuestros s&iacute;mbolos m&aacute;s caros, no para repetirla rutinariamente, sino para renovarla. Y es &eacute;sa la profunda y aleccionadora sem&aacute;ntica hist&oacute;rica que Enrique Florescano nos ha legado con su an&aacute;lisis.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Reside aqu&iacute;, seg&uacute;n creo, el mayor aporte de la lecci&oacute;n del maestro Florescano. Concluyo citando sus propias palabras, harto significativas para todos nosotros: "Por otra parte, el an&aacute;lisis hist&oacute;rico, al mantener el o&iacute;do atento a los murmullos del pasado y a los asedios del presente, no puede olvidar la amonestaci&oacute;n del poeta &#91;Alfonso Reyes&#93;, quien nos recuerda la hondura que tiene entre nosotros la herencia ind&iacute;gena y nuestra responsabilidad para hacerla parte de la cultura mestiza que juntos hemos forjado".</font></p>  	    <p align="right">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font>	</p> 	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> Peter Burke, "Unity and Variety in Cultural History", <i>Varieties of Cultural History,</i> Ithaca, Cornell University Press, 1997: 183&#45;212.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2638256&pid=S1607-050X200000010001300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p> 	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> Eric Hobsbawm y Terence Ranger (eds.), <i>The Invention of Tradition,</i> Cambridge, Cambridge University Press, 1983.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2638258&pid=S1607-050X200000010001300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p> 	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup>&nbsp;Benedict Anderson, <i>Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism,</i> Londres, Verso, 1991.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2638260&pid=S1607-050X200000010001300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>         ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup>&nbsp;Benedict Anderson, "The Reassurance of Fratricide: How Nations Imagine their Genealogies", MS., VIII Coloquio de Antropolog&iacute;a e Historia Regionales, El Colegio de Michoac&aacute;n, Zamora, 1986.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2638262&pid=S1607-050X200000010001300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p> 	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup> Jean&#45;Jacques Rousseau, <i>A Discourse on Inequality,</i> Harmondsworth, Penguin Books, 1984;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2638264&pid=S1607-050X200000010001300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> comp&aacute;rese con <i>El contrato social, </i>Madrid, Sarpe, 1983.</font></p>      ]]></body><back>
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