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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">En la mira</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Cuerpos bicentenarios (saqueados pero resistentes)</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Zaida Capote Cruz</b><sup>*</sup></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Diamela Eltit, <i>Impuesto a la carne</i>.</b> <b>Santiago de Chile, Planeta, 2010.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><sup>*</sup> Doctora en ciencias filol&oacute;gicas. Especialista en Estudios de la Mujer. Investigadora titular del Instituto de Literatura y Ling&uuml;&iacute;stica, La Habana, Cuba.</i> Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:forza@cubarte.cult.cu">forza@cubarte.cult.cu</a></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Recepci&oacute;n: 15 de marzo de 2011    <br> 	Aceptaci&oacute;n: 30 de marzo de 2011</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El proyecto literario de Diamela Eltit (Santiago, 1949) puede leerse &iacute;ntegramente como un ejercicio de corporeizaci&oacute;n de la letra. Ya en otro sitio &#151;en alg&uacute;n coloquio y en uno de los n&uacute;meros m&aacute;s recientes de la revista <i>Casa</i>&#151; me refer&iacute; a la importancia de lo corporal (que incluye desde el gesto y la prestancia de esos cuerpos hasta el flujo sangu&iacute;neo y lo estrictamente celular) en la narrativa de Eltit. Pero esa cercan&iacute;a con la carne y la sangre no hacen ficcional su discurso &#151;de ning&uacute;n modo&#151;, concebido como un asunto &iacute;ntimo, de registro de humores y heridas m&aacute;s o menos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la narrativa de Eltit, el cuerpo adquiere un lugar central, es cierto, pero s&oacute;lo porque a trav&eacute;s suyo se narran epopeyas m&aacute;s o menos p&uacute;blicas, m&aacute;s o menos ignoradas, m&aacute;s o menos eludidas por la historia oficial. As&iacute;, en <i>Lump&eacute;rica</i>, el cuerpo de L. Iluminada es el suyo (el de una mujer itinerante, sin identidad fija, que circula incansablemente por la ciudad vedada a sus iguales), pero es tambi&eacute;n el cuerpo social, disminuido, sojuzgado con clasificaciones, con restricciones varias, con agresiones (incluida la tortura), todo como parte del paisaje urbano de los tiempos de la dictadura militar de Pinochet. Pero el relato podr&iacute;a leerse llanamente como la historia de una deambulante y nada m&aacute;s. Es posible, s&iacute;, aunque para hacerlo debamos negar su esencia misma.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tal compromiso con lo corporal y lo social ha venido estrech&aacute;ndose a la par a medida que el trabajo de Diamela Eltit va entregando nuevas muestras. Ya su ejercicio como integrante del Colectivo de Acciones de Arte (CADA) pon&iacute;a el cuerpo en juego y, quiz&aacute;, tambi&eacute;n en peligro (en <i>Lump&eacute;rica</i> se alude a las heridas, a las cicatrices, a la sangre, y aparece una foto de la propia Eltit con los brazos vendados), como un s&iacute;mbolo del riesgo del d&iacute;a a d&iacute;a bajo la dictadura. Otros textos suyos siguieron luego mostrando esa conciencia de lo carnal como pol&iacute;tico, que parec&iacute;a suscribir la eficaz sentencia de Kate Millet: "Lo personal es pol&iacute;tico". Bajo esa invocaci&oacute;n parece haberse escrito toda la obra de Eltit, muy notable en el conjunto de autores latinoamericanos coet&aacute;neos suyos, precisamente por su tremenda originalidad y por su coherencia con una idea no s&oacute;lo del cuerpo y la sociedad, sino tambi&eacute;n de la literatura, que ha mantenido, sin repetirse, durante casi tres d&eacute;cadas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La centralidad del cuerpo en la historia social ha sido trabajada por Eltit de mil modos, y sus novelas <i>Por la</i> <i>patria</i> (1986), <i>El cuarto mundo</i> (1988) , <i>Los trabajadores de la muerte</i> (1998), <i>Mano de obra</i> (2002) y <i>Jam&aacute;s el fuego nunca</i> ( 2 00 7 ) han explorado la relaci&oacute;n corporal de sus protagonistas con el paisaje urbano, con el tejido social del cual forman parte, a veces como p&uacute;stulas, a veces como miembros en trance de amputaci&oacute;n o muerte. La elaborada met&aacute;fora con que Eltit ha compuesto la narraci&oacute;n de la realidad social chilena en sus textos se ocupa no s&oacute;lo de la representaci&oacute;n del cuerpo y sus enfermedades, carencias o avatares (el parto, la sangre menstrual y los "lazos de sangre" son materia com&uacute;n de sus escritos), sino del devenir hist&oacute;rico de esos cuerpos a veces aniquilados y a veces en pleno combate, en plena batalla por la recuperaci&oacute;n de s&iacute; mismos; batalla, hay que decirlo, tantas veces perdida.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute;, sus ensayos refieren tambi&eacute;n a temas como la enfermedad y la salud, y no es casual que dos de sus m&aacute;s conocidos libros de ensayo se titulen <i>Emergencias: escritos sobre literatura, arte y pol&iacute;tica</i> (2000) y, en una alusi&oacute;n mucho m&aacute;s clara: <i>Signos vitales</i> (2008). La propensi&oacute;n a estudiar la naturaleza social de las exclusiones m&aacute;s dr&aacute;sticas ha hecho tambi&eacute;n detenerse su pluma en el estudio y escucha de las voces no escuchadas, recluidas, voces repetitivas o fantasiosas cuya realidad distinta, creada a partir de la palabra, no da s&oacute;lo una pista para entender el orden desordenado de sus experiencias vitales, sino el orden aparentemente eficiente de la sociedad exterior. Y ah&iacute; est&aacute;n, para probarlo, sus testimonios <i>El Padre M&iacute;o</i> (1989) y <i>El infarto del alma</i> (1995), donde recupera la voz de los dementes y da cuenta de sus obsesiones, de las numerosas intervenciones que la medicina ha hecho en ellos, y no s&oacute;lo la psiquiatr&iacute;a (las operaciones para esterilizar a las dementes, por ejemplo). Es importante recordar ahora <i>El infarto del alma</i> porque los personajes protag&oacute;nicos de la novela m&aacute;s reciente de Eltit, <i>Impuesto a la carne</i> (2010), hablan una y otra vez, obsesivamente, acerca del control de sus cuerpos y sus vidas por los m&eacute;dicos, por aquellos que saben qu&eacute; es mejor, y a quienes esos saberes les otorgan el derecho de intervenir, medicar, trocear los cuerpos ajenos si fuera preciso. En <i>El infarto del alma</i> (reeditado el a&ntilde;o pasado) tambi&eacute;n se aborda el tema de la reclusi&oacute;n, de la p&eacute;rdida de identidad (la mayor&iacute;a de los enfermos son indigentes, algunos catalogados como N. N., &#151;sin nombre ni familia conocidos&#151;) y de la manipulaci&oacute;n de los cuerpos por la medicina y la ley. Hay que decir aqu&iacute; que Eltit posee una formaci&oacute;n te&oacute;rica muy fuerte, muy coherente, que aflora por momentos en sus textos de la manera m&aacute;s inesperada. Leyendo <i>El infarto...</i> recordamos a Foucault, a Freud, pero tambi&eacute;n a Marx y a muchos otros. <i>El infarto...</i> es un texto creado para acompa&ntilde;ar las fotos que tomara Paz Err&aacute;zuriz en el hospital psiqui&aacute;trico de Putaendo, un mundo otro, a s&oacute;lo dos horas de Santiago.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Diamela relata c&oacute;mo fueron recibidas al llegar ah&iacute;:</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">...como si ellos mismos no lo pudieran creer y m&aacute;s la besan y m&aacute;s la abrazan y a m&iacute; tambi&eacute;n me besan y me abrazan hombres y mujeres ante los cuales debo disimular la profunda conmoci&oacute;n que me provoca la precariedad de sus destinos. No sus rostros ni sus cuerpos, me refiero a nuestro com&uacute;n diferido destino.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a describir con palabras la visualidad muda de esas figuras deformadas por los f&aacute;rmacos, sus dif&iacute;ciles man&iacute;as corporales, el brillo &aacute;vido de esos ojos que nos miran, nos traspasan y dejan entrever unas pupilas cuyo horizonte est&aacute; bifurcado? &iquest;De qu&eacute; vale insistir en que sus cuerpos transportan tantas se&ntilde;ales sociales que cojean, se tuercen, se van peligrosamente para un lado, mientras deambulan regocijados al lado de Paz Err&aacute;zuriz, ahora su parienta?</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La percepci&oacute;n de una huella social, en las incisiones, heridas, torceduras, hematomas de esos cuerpos recluidos &#151;&iquest; para evitar la contaminaci&oacute;n?&#151; podr&iacute;a considerarse un antecedente claro de la voz que se agita y demanda en muchas de sus novelas posteriores.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Espacio vital, escenario social, el cuerpo en la narrativa de Diamela Eltit aparece una y otra vez comprometido de los modos m&aacute;s diversos: escenario casi &uacute;nico para los gemelos de <i>El cuarto mundo</i> (1988); herida permanentemente sangrante en <i>Vaca sagrada</i> (1991), a cuya protagonista le han amputado a su amante (que ha sido desaparecido); objeto sucesivo del deseo y la explotaci&oacute;n capitalista en <i>Mano de obra</i> (2002) ; en la autonom&iacute;a de los cuerpos mutilados, mendicantes, mal&eacute;volos, de <i>Los trabajadores de la muerte</i> (1998); o en la reproducci&oacute;n corporal (a nivel celular, podr&iacute;a decirse) de las organizaciones pol&iacute;ticas clandestinas durante la dictadura militar en <i>Jam&aacute;s el fuego nunca</i> (2007).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero entremos, de una vez, en materia. &iquest;Qu&eacute; relaci&oacute;n puede tener este &eacute;nfasis en lo corporal y en el control social sobre los cuerpos enfermos o dementes, y su recurrencia en la novel&iacute;stica de Diamela Eltit, con el tema que nos re&uacute;ne aqu&iacute;? A simple vista, superficialmente, nada. De hecho <i>Impuesto a la carne</i> se trata de una novela del a&ntilde;o pasado, es decir, pertenece ya al siglo XXI y, porque, como reza la nota de contraportada, la an&eacute;cdota de la novela podr&iacute;a contarse as&iacute;:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un hospital. Hordas de m&eacute;dicos. Enfermeras que trafican sangre. Grupos de fans. Enfermos vaciados de sus &oacute;rganos. <i>Impuesto a la carne</i> funciona como una met&aacute;fora nacional de los &uacute;ltimos doscientos a&ntilde;os, en la que ser&aacute; posible reconocer algunos de los paisajes m&aacute;s s&oacute;rdidos de nuestra historia. Una cr&oacute;nica marginal que registra el tr&aacute;nsito de dos almas anarquistas por un espacio opresor. &#91;...&#93;</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Elemento fundante de la novel&iacute;stica de Diamela Eltit, el cuerpo, en esta oportunidad, se convierte en el escenario en el que se despliegan las certezas y fisuras propias de la relaci&oacute;n entre una madre y una hija. La autora se embarca en una lectura org&aacute;nica de la figura materna, esta vez no en clave simb&oacute;lica, sino como un ente corp&oacute;reo y vivo que habita, literalmente, las entra&ntilde;as de toda hija.<sup><a href="#nota">1</a></sup></font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay en esta breve descripci&oacute;n dos menciones que debemos retener: la primera, el asunto de la met&aacute;fora nacional; la segunda, esa presencia org&aacute;nica y eterna de la madre en su hija. La idea de metaforizar la historia nacional es usual en la narrativa de Eltit, como se ha visto antes, y el asunto de los cuerpos fundidos en uno ya hab&iacute;a aparecido tambi&eacute;n. Pero <i>Impuesto a la</i> <i>carne</i>, cuyo t&iacute;tulo alude ya a una obligaci&oacute;n, a una deuda, funde estas constantes tem&aacute;ticas para expresar un decursar, un devenir, muy poco satisfactorio, por cierto.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La voz narrativa, perteneciente a la hija, da la pauta de esa lectura de sus vidas en clave hist&oacute;rica. La novela comienza as&iacute;:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nuestra gesta hospitalaria fue tan incomprendida que la esperanza de digitalizar una min&uacute;scula huella de nuestro recorrido (humano) nos parece una abierta ingenuidad. Hoy, cuando nuestro &iacute;mpetu org&aacute;nico termin&oacute; por fracasar, s&oacute;lo conseguimos legar ciertos fragmentos de lo que fueron nuestras vidas. La de mi madre y la m&iacute;a. Moriremos de manera imperativa porque el hospital nos destruy&oacute; duplicando cada uno de los males.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nos enferm&oacute; de muerte el hospital.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nos encerr&oacute;.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nos mat&oacute;.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La historia nos infligi&oacute; una pu&ntilde;alada por la espalda (p. 9).</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una y otra vez la voz pregunta: "&iquest;Hace cu&aacute;nto?, &iquest;unos doscientos a&ntilde;os?", para responderse enseguida: "S&iacute;, doscientos a&ntilde;os". Ese gesto repetido, la pervivencia de la misma situaci&oacute;n durante dos siglos, da la primera se&ntilde;al. Madre e hija viven internadas en un hospital, acosadas por fans de la medicina y por m&eacute;dicos que intervienen continuamente sus cuerpos. La met&aacute;fora nacional (esos 200 a&ntilde;os de legalidad de la naci&oacute;n chilena) se entrever&aacute; aqu&iacute; con las pol&iacute;ticas higienistas esgrimidas como argumento primero de la intervenci&oacute;n del gobierno en la vida privada, los gestos, los comportamientos, o en la adscripci&oacute;n sangu&iacute;nea (en el caso de los ind&iacute;genas) o la capacidad de decidir qui&eacute;nes est&aacute;n aptos y qui&eacute;nes no para formar parte de la naci&oacute;n. Hay varios episodios ilustrativos:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Empez&oacute; justo cuando el primer m&eacute;dico se hizo presente.</font></p>  		    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un m&eacute;dico blanco, fr&iacute;o, met&aacute;lico, constante.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Eso me dijo mi mam&aacute;: Un m&eacute;dico fr&iacute;o, met&aacute;lico, constante. Blanco. &#91;...&#93;</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#91;...&#93; se aboc&oacute; a la estructura de sus genitales y al conjunto tenso de sus &oacute;rganos. &#91;...&#93; Y luego se abalanz&oacute; artero para ensa&ntilde;arse con ella de un modo tan salvaje que en vez de examinarla la desgarr&oacute; hasta que le caus&oacute; un da&ntilde;o irreparable. Mi pobre mam&aacute; se sent&iacute;a morir molecularmente y ese m&eacute;dico provisto de todo su poderoso instrumental le arruin&oacute; el peregrinaje ambiguo del presente y toda la esperanza que hab&iacute;a depositado en su futuro. &#91;...&#93;</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En esas horas t&eacute;tricas para nosotras, mi madre me dijo que el m&eacute;dico, cuando supo que iba a sobrevivir, me mir&oacute; (por primera vez) como si yo fuera una producci&oacute;n de la medicina, un simple y prescindible insumo o una basura m&eacute;dica. Me observ&oacute; con una indiferencia infame. Despu&eacute;s me midi&oacute;, me pes&oacute; e hizo una incursi&oacute;n antropom&eacute;trica (p. 13).</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aqu&iacute; hay un dato nada desde&ntilde;able. El primer m&eacute;dico tiene una caracter&iacute;stica que se repite una y otra vez, es Blanco. Manuel Blanco Encalada fue el primer presidente de la Rep&uacute;blica de Chile, electo en 1826. La alusi&oacute;n a la historia nacional no es gratuita, y a partir de entonces se hace permanente la higienizaci&oacute;n, medici&oacute;n y educaci&oacute;n de esos cuerpos que terminan por ser intoxicados, lentamente desangrados y siempre vigilados. La rebeli&oacute;n, sin embargo, parece posible. Dice la protagonista sin nombre:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">nosotras incitamos a nuestros &oacute;rganos a una posici&oacute;n anarquista y as&iacute; conseguimos imprimirle una direcci&oacute;n m&aacute;s radical a nuestros cuerpos (p. 15).</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me aferr&eacute; a mi madre de una forma que podr&iacute;a considerarse man&iacute;aca o excesivamente primitiva. Lo hice porque desde nuestro nacimiento (marcado por signos de una abierta rebeld&iacute;a) estuvo claro que &eacute;ramos dos seres o dos almas solas en el mundo.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La patria o el pa&iacute;s o el territorio o el hospital no fueron benignos con nosotras.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mi madre (que ya era anarquista) se permiti&oacute; disfrutar de un &eacute;xtasis prolongado cuando comprendi&oacute; que &eacute;ramos dos mujeres solas en el mundo (p. 18).</font></p> 	</blockquote>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Estas dos mujeres, la madre y su hija, van deline&aacute;ndose en el texto como los espacios de la naci&oacute;n, pero siempre contradiciendo los planes de ese primer m&eacute;dico y de los que llegar&aacute;n luego. A pesar de las mediciones y remedios, la hija nacer&aacute; muy parecida a la madre: ambas son bajas, feas y aterradoramente comunes. As&iacute;, va llegando un m&eacute;dico tras otro, para analizar, medir, medicar. Todos son altos, y cuando hay uno bajo, lo mismo que ellas, la estatura puede ser un tema que discutir: todos los m&eacute;dicos son altos (es decir, respetables). La hija, entonces decide mentir y aceptar lo que llama las "fantas&iacute;as nacionales de altura" de la madre, y la alusi&oacute;n a la historia chilena no se hace esperar:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Dos mujeres peque&ntilde;as que no &iacute;bamos a crecer en ning&uacute;n sentido y cuyos &oacute;rganos d&eacute;biles nos convirtieron en una atracci&oacute;n tur&iacute;stica para los m&eacute;dicos, uno y otro, un <i>cabildo</i> de m&eacute;dicos, una interminable <i>junta</i> de m&eacute;dicos, un <i>parlamento</i> m&eacute;dico. S&iacute;, una naci&oacute;n o un pa&iacute;s o una patria m&eacute;dica plagada de controles parciales ... (pp. 29&#45;30).</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">N&oacute;tese la sucesi&oacute;n (hist&oacute;rica): cabildo, junta, parlamento... son tres modos de gobierno sucesivos: el cabildo inicial, la junta militar, el parlamento representativo. &Eacute;sa es la historia que la hija quiere contar, en su peculiar "cuerpo a cuerpo con la madre", como dir&iacute;a Cixous:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mi programa es apelar a un escrito sin pretensiones, escalofriantemente sencillo, a un simple diario local o a una memoria que no se termine de comprender del todo y que, sin embargo, nos permita hacer un mil&iacute;metro de historia.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una gesta encabezada por nosotras, unas mujeres solas en el mundo. Dos ancianas que ya hemos cumplido &iquest;cu&aacute;nto?, no s&eacute;, &iquest;doscientos a&ntilde;os? Y que luchamos para que el terrible y hostil transcurso del tiempo nos garantice que en los pr&oacute;ximos doscientos a&ntilde;os que se avecinan van a empezar a circular nuestro legado.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No, me dice mi madre, nunca va a circular ni un pedacito de palabra. La naci&oacute;n o la patria o el pa&iacute;s van a aplastar la revuelta de la s&iacute;laba. No. Ni en cuatrocientos a&ntilde;os m&aacute;s, insiste mi madre. Ni siquiera en cuatrocientos (p. 31).</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una vez m&aacute;s, la voz narrativa de Diamela Eltit ha tomado a su cargo el se&ntilde;alamiento de los excluidos de la historia, estas mujeres que vagan solas y asustadas por el hospital, que no cumplen el sue&ntilde;o de representaci&oacute;n de un ser nacional: son bajas, morenas, ("Nos dicen: Negras curiches", p. 33), son parias. La madre, conservadora, se niega a apoyar el desd&eacute;n de la hija por los m&eacute;dicos:</font></p>  	    <blockquote> 		    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tendr&iacute;as que ser tonta o retardada, me dice mi mam&aacute;, para profanar la burbuja hist&oacute;rica de la naci&oacute;n, del pa&iacute;s o de la patria m&eacute;dica, as&iacute; es que te repito, c&aacute;llate la boca y d&eacute;jalos en paz, que hagan lo que quieran, lo que se les antoje. Nosotras estamos aqu&iacute; para permitir y hasta estimular que nos sigan tratando como subpacientes o subespecies, qu&eacute; nos importa, dice mi mam&aacute;, mientras res&#45;</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Madre e hija se mantienen en el forcejeo perpetuo entre la sumisi&oacute;n y la resistencia; la muerte org&aacute;nica se equipara a la muerte civil; la parentela asustada y servil va muri&eacute;ndose poco a poco, y es as&iacute; que van qued&aacute;ndose solas las dos. Una con la otra. Nadie m&aacute;s que ellas y los m&eacute;dicos y su grupo de fans, que los siguen y aplauden sus acciones, por poco honorables que sean. As&iacute;, van transitando por varios niveles de reconocimiento de su propia prescindencia, de ese estar a merced de los m&eacute;dicos, pero tambi&eacute;n de su fortaleza, de su capacidad para enfrentarlos. La madre podr&iacute;a ser el territorio preexistente o, bien, la historia patria, o la identidad misma de la naci&oacute;n chilena. Sin ella, la hija no podr&iacute;a vivir, es la hija quien deber&aacute; sufrir gestos lindantes con la tortura por parte de los m&eacute;dicos y recordar cuando la madre olvide. He aqu&iacute; otra de las elaboraciones de la historia nacional llevadas al continuo parloteo de la hija hospitalizada:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mi madre afirma que los m&eacute;dicos generales eran atentos y olvida senilmente que sus caracter&iacute;sticas opresoras sobre nosotras los volv&iacute;an temibles, violentos. Se niega a aceptar mi madre que ellos no ten&iacute;an escr&uacute;pulos porque pr&aacute;cticamente no nos examinaban y nos trataban con una violencia que no comprendo c&oacute;mo ha podido disculpar.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute; son los generales.</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#91;...&#93; C&oacute;mo es posible, me pregunto alarmada, que mi madre memorice a cada uno de ellos como un servidor social de nuestra salud en circunstancias que ha sido un territorio, el de nuestra salud, duramente ganado &#91;...&#93;</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Yo oscilo entre el miedo y la furia (p. 54).</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">N&oacute;tese ahora la equiparaci&oacute;n hist&oacute;rica: se alude luego a los m&eacute;dicos generales como "los generales". En ese paisaje equ&iacute;voco, ellas sobreviven entregando su sangre al cuerpo de enfermeras, huyendo de los fans que las vigilan, haci&eacute;ndose las bobas ante cualquier sospecha de sabidur&iacute;a o de rebeli&oacute;n. La hija quiere escribir su versi&oacute;n de la historia; la madre se niega, sabe que eso las condenar&iacute;a. Cada vez que decide enfrentar la opresi&oacute;n, hay un pacto de silencio. Hay cosas que no pueden decirse y hay otras que pueden soportarse a duras penas:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No s&eacute; vivir sin experimentar el castigo de la patria o de la naci&oacute;n o del pa&iacute;s. Este pa&iacute;s que no devuelve el mar, que no devuelve el mar, que se traga, se traga las olas del mar, se traga el mar. Se traga todo y por eso en cada uno de estos a&ntilde;os y en la percepci&oacute;n que me provocan las horas comprendo c&oacute;mo funciona el castigo de la naci&oacute;n o de la patria.</font></p>  		    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">El castigo interminable de un territorio que me saca sangre, me saca sangre, me saca sangre, me saca sangre. Que me saca sangre (p. 80).</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tanto modo equ&iacute;voco de ser vir a la patria (o la naci&oacute;n, o el pa&iacute;s), d&aacute;ndole sus sangres y sus &oacute;rganos, don&aacute;ndolo todo para un fin desconocido o francamente reprobable, terminar&aacute; por convertir estos cuerpos, extasiados en su propia incre&iacute;ble supervivencia, los cuerpos de la madre y la hija, en uno solo. Un solo cuerpo que ya no es m&aacute;s el de ambas, ya no es m&aacute;s el cuerpo de la hija con la madre alojada en sus costillas. Finalmente, el cuerpo que da voz a la narraci&oacute;n ha sobrevivido a los m&uacute;ltiples atentados m&eacute;dicos y a las celebraciones hueras, a la esperanza de intervenir en la escena p&uacute;blica al menos por un segundo, mientras, subida a la tarima de la celebraci&oacute;n del bicentenario, dejaba su huella fugaz en im&aacute;genes digitales, en la televisi&oacute;n y los <i>blogs</i> que reportar&iacute;an su aparici&oacute;n confusa y confundida. La identificaci&oacute;n de la hija, sobreviviente (a duras penas sobreviviente) de m&uacute;ltiples intervenciones y cercenamientos; con su cuerpo repleto de cicatrices y expoliado, carente, a punto de morirse, y casi a punto de volverse loca, con la historia nacional, llega a su cl&iacute;max. La madre se ha asentado en alg&uacute;n sitio en su interior, es un &oacute;rgano m&aacute;s; fundidas, ambas dar&aacute;n lo &uacute;ltimo por el bienestar de la naci&oacute;n. Sin embargo, sus cuerpos rebeldes ser&aacute;n la sede de la revuelta: "pronto iniciaremos la huelga de nuestros l&iacute;quidos y el paro social de nuestras materias", anuncia la hija, para concluir casi enseguida, con su madre cantando un himno en su interior.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">He intentado un recorrido a grandes trancos por el argumento inesperado y sutilmente confuso de la novela m&aacute;s reciente de Diamela Eltit: ahora pareciera, ante este p&aacute;rrafo final, reafirmarse la impresi&oacute;n metaf&oacute;rica de esta an&eacute;cdota a ratos inexplicable. La identificaci&oacute;n frecuente entre esos cuerpos expoliados, aniquilados y enga&ntilde;ados, cuerpos bicentenarios, como la naci&oacute;n misma, con &eacute;sta, se actualiza una vez m&aacute;s con el se&ntilde;alamiento final. Las anarcobarrocas, como ellas mismas se llaman &#151;en inevitable asociaci&oacute;n con Auxilio y Socorro, las protagonistas de <i>De donde son los cantantes</i>, de Severo Sarduy, y su modo burl&oacute;n de enfrentar la vida&#151;, las delirantes pacientes de ese hospital que puede ser tambi&eacute;n un pa&iacute;s, terminan ellas mismas "operadas, rotas, mal cosidas" y v&iacute;ctimas de una rebeli&oacute;n interna. Tambi&eacute;n sus &oacute;rganos se juntan para rebelarse, para fundar una comuna, para "protestar por el estado de su historia". No hay futuro, pareciera decirse, para recomponer ese cuerpo gastado que ha sido sumamente maltratado y que, por &uacute;ltimo, reconoce llegado el fin:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ya es tarde para nosotras. El territorio puso en marcha un operativo para decretar la demolici&oacute;n y expatriaci&oacute;n de nuestros cuerpos. Minas. Minerales. Nuestros huesos cupr&iacute;feros ser&aacute;n molidos en la infernal m&aacute;quina chancadora. El polvo cobre del &uacute;ltimo estadio de nuestros huesos terminar&aacute; fertilizando el subsuelo de un remoto cementerio chino (p. 187).</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Este final casi apocal&iacute;ptico, igual a aquel estremecedor "la ni&ntilde;a sudaca ir&aacute; a la venta" con que cerraba <i>El cuarto mundo</i>, se convierte en el reconocimiento de una imposibilidad: la supervivencia de la naci&oacute;n en un mundo dominado por el capital transnacional, donde la &uacute;nica raz&oacute;n es la ganancia. Por eso la identificaci&oacute;n de sus cuerpos con el cobre, recurso indispensable de la econom&iacute;a chilena y catalizador de un movimiento obrero de fuerte presencia en la historia del pa&iacute;s. La iron&iacute;a constante en las situaciones descabelladas que primero imagina y luego naturaliza Diamela Eltit es el inicio mismo de la rebeli&oacute;n; la conciencia del rid&iacute;culo es la causa movilizadora de su protagonista, esa conciencia alimenta su percepci&oacute;n de la historia fallida de una naci&oacute;n que no quiere reconocer sus faltas ni dar cobijo a todos sus hijos. Ese cuerpo sobreviviente, un cuerpo de mujer, contiene todas las heridas y toda la memoria, pero su voz &#151; su proyecto de comuna anarquista&#151; no ha podido escucharse en el espacio com&uacute;n. Ahora que esos cuerpos que son uno se identifican con el suelo chileno y sus recursos naturales, su futuro, al parecer ineluctable, es la demolici&oacute;n, la desaparici&oacute;n. No me sorprende, trat&aacute;ndose de una narradora con tan clara percepci&oacute;n de lo pol&iacute;tico, ese final que parece invocar otros tiempos de la historia chilena, y que reconoce, en la aniquilaci&oacute;n completa que conlleva la exclusi&oacute;n, la posibilidad de la muerte total de esa mujer bicentenaria que bien podr&iacute;a ser la patria, la naci&oacute;n o el pa&iacute;s, como ella misma, confusamente, ha venido proclamando.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota" id="nota"></a>Nota</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> Rese&ntilde;a de contracubierta de <i>Impuesto a la carne</i>, de Diamela Eltit (Santiago de Chile, Planeta, 2010). Tambi&eacute;n las citas siguientes se tomaron de esta edici&oacute;n; en adelante s&oacute;lo se indicar&aacute; entre par&eacute;ntesis la p&aacute;gina correspondiente.</font></p>      ]]></body>
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