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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Escribir las huellas</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Writing the traces</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Francisco Rivero Rubio</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Ginzburg, Carlo. <i>El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso y lo ficticio,</i> tr. Luciano Padilla L&oacute;pez, Buenos Aires, FCE, 2010, 493 pp.<sup><a href="#nota">1</a></sup></b></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Departamento de Historia/UIA M&eacute;xico.</i></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Carlo Ginzburg hace del hilo y las huellas la met&aacute;fora de su obra. Su libro es un compendio de temas heterog&eacute;neos en los que se nos muestran las huellas de los documentos, protocolos, testimonios, historias y novelas que nos relata. Para ello Ginzburg aplica un m&eacute;todo de lectura a contrapelo que le permite obtener de sus fuentes aquello que se esconde en su interior: la voz no controlada de las intenciones, mentalidades, t&eacute;cnicas, referencias cruzadas y lecturas previas que la mayor&iacute;a de las veces no declaran los autores pero que, a pesar de ello, quedan inscritas en el cuerpo del texto como una huella. Lo curioso es que el m&eacute;todo usado por Ginzburg se vuelve pertinente de aplicar a su misma obra. Es &eacute;sta la pauta de la presente rese&ntilde;a. Como lector, procur&eacute; estar atento a los silencios del propio Ginzburg. Me parece que los relatos ah&iacute; expuestos con gran erudici&oacute;n y un estilo narrativo cultivado permiten seguir el rastro que Ginzburg deja en lo que produce. En sus p&aacute;ginas, el lector atento no s&oacute;lo puede apreciar el contenido de muchas historias, sino tambi&eacute;n la forma en que han sido pensadas y trabajadas. De cap&iacute;tulo en cap&iacute;tulo, de un tema a otro, si se lee a contrapelo es posible ver la huella de un trabajo historiogr&aacute;fico particular, de una postura y una reflexi&oacute;n sobre la historia que opera y se trasluce constantemente. La pertinencia de haber escrito esta rese&ntilde;a en el n&uacute;mero de <i>Historia y Graf&iacute;a</i> dedicado al archivo, est&aacute; en que la obra de Ginzburg es relevante como ejemplo de quien se ha abocado a desenredar en los documentos el entramado entre lo verdadero, lo falso y lo ficticio, lo cual, el autor considera, sigue siendo la labor indiscutible de quienes practican el oficio de la historia.<sup><a href="#nota">2</a></sup> Su libro, m&aacute;s que mostrar el fundamento &uacute;ltimo de esta posici&oacute;n, expone el quehacer de esta tarea.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Desde su primera obra, <i>Los benadanti. Brujer&iacute;a y cultos agrarios entre los siglos</i> <i>XVI</i> <i>y</i> <i>XVII</i> (1966)<i>,</i> Ginzburg busc&oacute; el rendimiento narrativo que unas actas de procesos inquisitoriales le pudieran dar. Como &eacute;l mismo menciona, la "euforia" por las posibilidades narrativas de un tema como la brujer&iacute;a a partir de testimonios hist&oacute;ricos se torn&oacute; en un impulso, pero tambi&eacute;n en un l&iacute;mite.<sup><a href="#nota">3</a></sup> En las actas inquisitoriales hab&iacute;a una relaci&oacute;n con la verdad que deb&iacute;a ser analizada y comunicada, pero &iquest;qu&eacute; hacer para rastrear detr&aacute;s de aquellos documentos la verdad y, una vez encontrada, poder producir con ella un relato hist&oacute;rico? Desde entonces los dilemas en torno de la frontera ente literatura e historia atrajeron la atenci&oacute;n de este historiador. Todo ello, nos dice Ginzburg, es el antecedente prehist&oacute;rico del libro aqu&iacute; rese&ntilde;ado.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esa b&uacute;squeda por la verdad hist&oacute;rica detr&aacute;s de los documentos nos permite ver la postura de Ginzburg ante el problema de la veracidad en la historia. Su posici&oacute;n es la de un historiador al que una oraci&oacute;n con sentido hiperconstructivista como "los historiadores escriben", no pone en conflicto su certeza de que la escritura de la historia puede alcanzar la verdad. Al no partir de una posici&oacute;n esc&eacute;ptica, su inter&eacute;s por la frontera entre la verdad y la ficci&oacute;n encontr&oacute; amparo en el pensamiento de Arnaldo Momigliano, quien, precisamente alejado del escepticismo, desdibuj&oacute; en sus obras la distancia entre relatos hist&oacute;ricos y relatos de ficci&oacute;n acentuando el proceso narrativo de la historia. Es con este tema, bajo el t&iacute;tulo "Descripci&oacute;n y cita", con el que propiamente inicia el libro.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En este primer texto Ginzburg indaga la emergencia y uso de las citas en la escritura de la historia; podemos acceder de manera velada a la postura de este autor respecto el uso de las mismas, pues sin lugar a dudas en las diversas obras de Ginzburg las citas son algo m&aacute;s que un mecanismo de evidencia: tambi&eacute;n son parte de su estilo narrativo. Ciertamente el problema para &eacute;l comienza con distinguir entre afirmaciones y verdad: "Una afirmaci&oacute;n falsa, una afirmaci&oacute;n verdadera, y una afirmaci&oacute;n inventada, no presentan desde el punto de vista formal, diferencia alguna",<sup><a href="#nota">4</a></sup> m&aacute;s bien se trata de un "efecto de verdad" producido en la forma de la afirmaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aqu&iacute; Ginzburg se gu&iacute;a bajo la premisa de que la verdad debe ser vista como una expresi&oacute;n hist&oacute;rica, es decir, de que el problema entre lo falso y lo verdadero no se encuentra tanto en el contenido narrativo, como en la forma. De esta manera se aventura en una especie de historia conceptual sobre la comunicaci&oacute;n de la verdad que inicia en los antiguos griegos por ser ellos quienes desde una perspectiva cl&aacute;sica han sido considerados los fundadores del relato hist&oacute;rico. &iquest;Cu&aacute;l es el concepto rector de los griegos para comunicar la verdad? La respuesta es la <i>descripci&oacute;n</i>. Pero &iquest;qu&eacute; significaba entonces "describir"? En la antig&uuml;edad, como un recurso ret&oacute;rico la descripci&oacute;n no era una mera herramienta estil&iacute;stica que &#151;como usualmente se considera&#151; opaca a la verdad. Por el contrario, la descripci&oacute;n serv&iacute;a para controlarla y producirla. Hacer ver la verdad a trav&eacute;s de la descripci&oacute;n era entonces la v&iacute;a de comunicarla. En otras palabras, era la manera de producir el lugar de la evidencia al convertir al lector o escucha en testigo de la verdad que se estaba comunicando. El historiador antiguo, para conmover o convencer, deb&iacute;a usar la <i>ena&aacute;rge&iacute;a</i>. Esta noci&oacute;n refer&iacute;a a un instrumento de comunicaci&oacute;n centrado en la <i>autopsia</i> que, como tal, estaba ligada a la <i>demonstratio</i>: "&#91;que&#93; es cuando la cosa se expresa con palabras tales que el hecho parece desarrollarse ante nuestros ojos".<sup><a href="#nota">5</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Seg&uacute;n la lectura de Ginzburg, el historiador antiguo, vali&eacute;ndose del estilo, lograba comunicar la verdad coloc&aacute;ndola ante los ojos de los receptores, "poniendo ante sus ojos una realidad invisible".<sup><a href="#nota">6</a></sup> La verdad, entonces, era indisoluble del efecto descriptivo que la hac&iacute;a visible. "Podemos imaginar una secuencia de este tipo: relato hist&oacute;rico&#45;descripci&oacute;n&#45;vividez&#45;verdad".<sup><a href="#nota">7</a></sup> Lo anterior no niega sino, por el contrario, ampl&iacute;a la idea de que la historiograf&iacute;a grecolatina naci&oacute; de la relaci&oacute;n de la verdad con la <i>evidentia</i>; &eacute;sta, seg&uacute;n Ginzburg, es una noci&oacute;n latina equivalente a la de <i>ena&aacute;rge&iacute;a.</i> De ah&iacute; que se pensara entonces que el problema fundamental de la verdad era el de la persuasi&oacute;n. Ginzburg, siguiendo a Momigliano, localiza el cambio decisivo entre esta determinaci&oacute;n antigua de la verdad con respecto a la moderna en el siglo XVII. Lo hace ver como resultado del trabajo de la clasificaci&oacute;n de las fuentes en primarias y secundarias realizado por los anticuarios. "&#91;L&#93;os anticuarios objetaron que medallas, monedas, estatuas, inscripciones ofrec&iacute;an una masa de material documentario tanto m&aacute;s s&oacute;lido, y tanto m&aacute;s atendible, que las fuentes narrativas corrompidas por errores, supersticiones, o mentiras".<a href="#nota"><sup>8</sup></a> De acuerdo con la lectura de Momigliano, Ginzburg nos dice que humanistas y renacentistas como Speroni ve&iacute;an el uso de la <i>ena&aacute;rge&iacute;a</i> de los historiadores grecolatinos como las pinturas que adornan los palacios y que "enga&ntilde;an al espectador con su espl&eacute;ndida, ilusoria evidencia",<sup><a href="#nota">9</a></sup> desviando al historiador de su deber con la verdad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A partir del contexto anterior es que el uso de la cita como un mecanismo moderno de comunicaci&oacute;n de la verdad aparece en el g&eacute;nero escritur&iacute;stico de los anales, con los cuales se buscaba producir textos sobre el pasado que pudieran distinguirse de la escritura de la historia, entonces descalificada dada su evidente relaci&oacute;n con la ret&oacute;rica. Nos dice Ginzburg que algunos historiadores de mediados del siglo XVI, como el cardenal Cesare Baronio, conocido por sus <i>Annales Ecclesiastici</i>, en lugar de buscar la persuasi&oacute;n a trav&eacute;s de un relato homog&eacute;neo, buscaron un efecto de verdad "citando las palabras usadas por las fuentes, por burdas y poco elegantes que fueran".<sup><a href="#nota">10</a></sup> Al respecto, Ginzburg se coloca en el punto ciego de los historiadores como Baronio, y en pro de restituir el lazo de la verdad con la forma en que es expresada; apunta que las citas, notas y signos ling&uuml;&iacute;sticos tipogr&aacute;ficos usados por los historiadores modernos "en tanto procedimientos tendientes a comunicar un efecto de verdad &#91;pueden ser considerados&#93; como correlatos de la <i>ena&aacute;rge&iacute;a</i>".<sup><a href="#nota">11</a></sup> No obstante, como historiador, Ginzburg no s&oacute;lo restablece el lazo, sino que tambi&eacute;n hace notar las diferencias historiogr&aacute;ficas entre estos dos procedimientos de comunicar la verdad. La <i>ena&aacute;rge&iacute;a</i> y el uso de las citas, nos dice, responden al contexto de los instrumentos y la cultura en que se inscriben. "&#91;La <i>ena&aacute;rge&iacute;a</i>&#93; estaba ligada a una cultura basada sobre la oralidad y la gestualidad; las citas al margen, los reenv&iacute;os al texto y los par&eacute;ntesis angulares, a una cultura dominada por la imprenta. La <i>ena&aacute;rge&iacute;a</i> quer&iacute;a comunicar la ilusi&oacute;n de presencia del pasado, las citas enfatizan que el pasado s&oacute;lo nos es accesible de modo indirecto, mediado".<sup><a href="#nota">12</a></sup></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La obra de Momigliano, nos dice Ginzburg de manera autobiogr&aacute;fica, deton&oacute; en &eacute;l un giro en su pensamiento. Dicha obra, como hemos visto brevemente, abocada a estudiar, a trav&eacute;s de los anticuarios, humanistas y renacentistas, el florecimiento del uso de las citas y con ello la conciencia de que "nuestro conocimiento del pasado es inevitablemente incierto, discontinuo, lagunoso: basado sobre una base de fragmentos y ruinas",<sup><a href="#nota">13</a></sup> despert&oacute; en Ginzburg la conciencia de algo m&aacute;s: de que a&uacute;n hab&iacute;a un problema por analizar entre lo ficticio y lo verdadero. A pesar de la conclusi&oacute;n de Ginzburg de que evidencia y narraci&oacute;n son compatibles hoy, pues "actualmente no hay historiador que pueda pensar valerse de la segunda como suced&aacute;nea de la primera",<sup><a href="#nota">14</a></sup> parad&oacute;jicamente sigue siendo tema de discusi&oacute;n el divorcio entre forma y contenido, llegando incluso a expresarse como el problema de los l&iacute;mites entre lo ficticio y lo verdadero en los relatos hist&oacute;ricos y en los relatos de ficci&oacute;n. De este problema tuvo plena conciencia, seg&uacute;n &eacute;l, al escribir el posfacio de la traducci&oacute;n al italiano del texto de Natalie Davis, <i>El regreso de Mart&iacute;n Guerre</i>, el cual se incluye en el ap&eacute;ndice del libro aqu&iacute; rese&ntilde;ado, lo que refuerza la idea de que el hilo de su trabajo ha sido precisamente, desde el primer cap&iacute;tulo hasta el ap&eacute;ndice, la urdimbre de la verdad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para detallar la met&aacute;fora anterior, podemos decir que Ginzburg inici&oacute; su trayectoria con una convicci&oacute;n: la de difuminar la frontera entre narraciones de ficci&oacute;n y narraciones hist&oacute;ricas; y termin&oacute; con la conciencia de que la verdad es el resultado de entramar lo real con lo ficticio. El resto de los cap&iacute;tulos de este libro tienen por itinerario alcanzar este objetivo que &eacute;l mismo denomina "pol&eacute;mico", y que, como tal, representa la direcci&oacute;n de un programa de investigaci&oacute;n que a lo largo de una trayectoria intelectual de veinte a&ntilde;os ha buscado posicionarse en contra de la tendencia posmoderna, que en nombre del constructivismo busca poner en pie de igualdad lo verdadero, lo falso y lo ficticio. Ello no significa que Ginzburg tome la posici&oacute;n que podr&iacute;a tener un positivista ingenuo buscando aislar y purificar estos tres t&eacute;rminos. Por lo que he dicho anteriormente, y como &eacute;l mismo lo dice de manera explicita, si bien cada t&eacute;rmino debe diferenciarse, por otro lado no se debe ignorar que entre ellos existe una relaci&oacute;n hecha de desaf&iacute;os, pr&eacute;stamos rec&iacute;procos e hibridaciones. Para Ginzburg, lo que est&aacute; en el fondo de la relaci&oacute;n entre estos tres t&eacute;rminos es la representaci&oacute;n de la realidad, lo cual, seg&uacute;n &eacute;l, es y ha sido el inter&eacute;s de los historiadores.<sup><a href="#nota">15</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una vez enunciado el objetivo que est&aacute; detr&aacute;s del trabajo de este autor, puedo decir entonces que &eacute;ste es abordado a trav&eacute;s de m&uacute;ltiples ejemplos nada comunes, antes bien extraordinarios desde las mismas fuentes, muchas de ellas an&oacute;malas, incluso para aquellos que todav&iacute;a hoy puedan considerar an&oacute;malo el uso de una obra literaria como fuente hist&oacute;rica. Ginzburg dedica algunos cap&iacute;tulos al tema de las posibilidades de una lectura hist&oacute;rica de relatos ficcionales: En <i>Paris, 1647. Un di&aacute;logo acerca de ficci&oacute;n e historia</i>, Ginzburg da cuenta de la primera vez que se discuti&oacute; y formul&oacute; expl&iacute;citamente la posibilidad de que la historia pudiera utilizar a la literatura como fuente de conocimiento. M&aacute;s adelante, en <i>Tolerancia y comercio. Auerbach lee a Voltaire</i> y <i>La &aacute;spera verdad. Un desaf&iacute;o de Stendhal a los historiadores</i>, Ginzburg analiza las posibilidades de dicha lectura a trav&eacute;s de Eric Auerbach quien, tres siglos despu&eacute;s del di&aacute;logo en Par&iacute;s, trabaj&oacute; a Voltaire y Stendhal a trav&eacute;s de las <i>Cartas filos&oacute;ficas</i> y de <i>Rojo y negro,</i> le&iacute;das por &eacute;l como textos impregnados de historia. Especialmente en el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo reci&eacute;n mencionado, Ginzburg explora las posibilidades epistemol&oacute;gicas que se podr&iacute;an dar al poner atenci&oacute;n en lo propio de la narraci&oacute;n literaria, es decir, en el uso de acontecimientos accidentales, en los diferentes manejos del tiempo narrativo, la utilizaci&oacute;n de personajes cotidianos, y, sobre todo, en la voz libre del au&#45;tor. Para Ginzburg, estos elementos narrativos nacidos para satisfacer el campo de la ficci&oacute;n pueden ser considerados "un desaf&iacute;o indirecto lanzado a los historiadores"; agrega que alg&uacute;n d&iacute;a los historiadores "podr&iacute;an hacer lo propio en formas que hoy no podemos imaginar".<sup><a href="#nota">16</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No es aventurado decir que la escritura de Ginzburg en gran medida responde a dicho desaf&iacute;o lanzado por la literatura. En los diferentes apartados de su libro su escritura es algo m&aacute;s que historia. Su estilo hace eco a aquellos hombres del siglo XVI y XVII que Ginzburg refiere como viajeros que ponen en uso todo tipo de elementos: novelas, testimonios, historias, informes inquisitoriales, correspondencias, etc&eacute;tera. Los extra&ntilde;os temas de los que Ginzburg se ocupa &#151;desde can&iacute;bales brasile&ntilde;os, jud&iacute;os de Menorca, chamanes y anticuarios, hasta romances medievales&#151;, los trata con un estilo que no esconde el camino de una pr&aacute;ctica. Entre las caracter&iacute;sticas que ya he mencionado de su escritura, la de poder reconstruir a trav&eacute;s de ella el trayecto sinuoso de su investigaci&oacute;n es quiz&aacute; una de las m&aacute;s notables. Con su estilo de escritura lleva al lector a conjeturas que despu&eacute;s &eacute;ste debe descartar al mostrarse otra referencia, texto o cita que hace imposible seguir por ese camino. Sin lugar a dudas quien ha le&iacute;do la que es una de sus obras m&aacute;s celebradas, <i>El queso y los gusanos</i>. <i>El cosmos, seg&uacute;n un molinero del siglo</i> XVI<i>,</i> <sup><a href="#nota">17</a></sup> podr&aacute; estar de acuerdo en que &eacute;sta es una de las caracter&iacute;sticas narrativas m&aacute;s propias de Ginzburg.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra de las caracter&iacute;sticas de su estilo que da fuerza al efecto de observar un proceso de pensamiento, m&aacute;s que un resultado final, es el uso de la recursividad, es decir, la construcci&oacute;n de relatos dentro relatos, citas dentro de citas, referencias dentro de referencias. De alguna forma, leer a Ginzburg es abordar un submarino literario que comienza a descender desde la superficie a niveles m&aacute;s profundos, para finalmente regresar adonde se inici&oacute; el trayecto, pero trayendo consigo la respuesta a aquella pregunta anunciada al abordar la nave.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por poner algunos ejemplos de lo anterior, en el cap&iacute;tulo "Montaigne, los can&iacute;bales y las grutas", Ginzburg va en busca de las intenciones de Montaigne, es decir, de las huellas que &eacute;ste involuntariamente dej&oacute; y que permiten averiguar las condiciones de posibilidad de su ensayo. En dicho cap&iacute;tulo se puede ver que el trabajo se gu&iacute;a por una cr&iacute;tica externa, pues el autor examina lecturas previas del franc&eacute;s, referencias cruzadas y el contexto del ensayo para mostrar "c&oacute;mo esos contextos actuaron sobre el texto model&aacute;ndolo, d&aacute;ndole forma: como lazos y como desaf&iacute;os".<sup><a href="#nota">18</a></sup> Respecto el m&eacute;todo de una cr&iacute;tica interna, curiosamente Ginzburg tiene una posici&oacute;n desmarcada. Interpretar a Montaigne por medio de Montaigne, nos dice, es una "perspectiva discutible y, en &uacute;ltima instancia, est&eacute;ril".<sup><a href="#nota">19</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otro ejemplo de un cap&iacute;tulo que adem&aacute;s del inter&eacute;s por el objeto de estudio refleja de manera particular el modelo estil&iacute;stico del autor est&aacute; en "Anacharsis interroga a los ind&iacute;genas". A los ojos de Ginzburg, la obra <i>Voyage du jeune Anacharsis</i> se encuentra justamente entre la frontera o uni&oacute;n de la novela y la historia. De ella nos dice que es una novela hist&oacute;rica olvidada y atiborrada de erudici&oacute;n, en cuyas notas al texto pulula algo como fragmentos de anticuaria rococ&oacute;. "Ni un historiador antiguo, ni uno dieciochesco habr&iacute;an admitido la posibilidad de detenerse en detalles de esa &iacute;ndole: fr&iacute;volos, irrelevantes, y por ellos prohibidos (<i>interdits)</i>. Para un anticuario como Barth&eacute;lemy, en cambio, era obvio detenerse en los aspectos de lo que hoy llamamos vida material, con tan amplia presencia en el <i>Voyage du jeune Anacharsis</i>".<sup><a href="#nota">20</a></sup> Tal como a lo largo de todo el libro de Ginzburg, si se me permite agregar.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mas all&aacute; del estilo con el que el autor rese&ntilde;ado aborda una obra olvidada, lo que interesa tambi&eacute;n es la manera en que la figura del extranjero es pensada por Ginzburg: aquel que frente a lo desconocido y de lo cual desconoce toda regla, toma nota y hace preguntas de las costumbres m&aacute;s simples y que hoy permitir&iacute;an hacer una historia de lo cotidiano. Siguiendo con este juego de similitudes metaf&oacute;ricas entre Anacharchis y Ginzburg, este &uacute;ltimo, como un extranjero anacr&oacute;nico del presente, reclama al final del cap&iacute;tulo que quiz&aacute; sea justo reconocer en <i>Anacharchis</i> a "un incunable de etnograf&iacute;a hist&oacute;rica" y, en su protagonista, a "un antepasado involuntario de antrop&oacute;logos, o inquisidores, m&aacute;s cercanos a nosotros".<sup><a href="#nota">21</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Siendo "lo otro" o "el otro" el tema paradigm&aacute;tico que Ginzburg aborda a lo largo del libro para ejemplificar las relaciones entre los relatos hist&oacute;ricos y los de ficci&oacute;n, el repertorio de sus personajes no puede dejar de incluir su contraparte, es decir, el extranjero, historiador o inquisidor. Son justamente sus testimonios los que permiten descubrir a los herejes, campesinos, brujas, salvajes y chamanes en la periferia del discurso, en la zona de silencio de las fuentes. Por ello, para descubrirlos no s&oacute;lo se requiere de fuentes precisas; es indispensable adem&aacute;s, nos dice Ginzburg, la lectura cr&iacute;tica, aquella que &eacute;l denomina "a contrapelo". Esta lectura es indispensable para descubrir al otro detr&aacute;s de la palabra del inquisidor y la mirada del extranjero. Esto es as&iacute;, porque para Ginzburg las fuentes, antes que testimonios directos de la realidad, son relatos que entretejen lo ficticio con lo falso y lo verdadero. Por ello, antes de siquiera intentar deshilar estos elementos, habr&aacute; que ser muy conscientes de la operaci&oacute;n del conocer al otro que opera en quienes dan testimonio. Tal parece ser el sentido del cap&iacute;tulo "Los europeos descubren (o redescubren) a los chamanes".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Varios son los europeos que protagonizan este cap&iacute;tulo. En algunos de sus relatos los chamanes "aparecen" en un supuesto di&aacute;logo con los europeos. Pero una lectura a contrapelo pronto permite ver que quiz&aacute; esto sea la trama de un mon&oacute;logo donde, parad&oacute;jicamente, el extra&ntilde;o salvaje apenas se deja o&iacute;r. El verdadero protagonista de los relatos es entonces la mirada del europeo dirigida a ciertos t&oacute;picos como el tabaco.<sup><a href="#nota">22</a></sup> Ginzburg analiza la operaci&oacute;n por la cual el tabaco fue asimilado por los europeos a trav&eacute;s del elemento que para ellos era obvio y visible: la embriaguez, misma que los europeos conoc&iacute;an por el vino: "modelo impl&iacute;cito para describir y evaluar la acci&oacute;n provocada por cualquier sustancia embriagadora".<sup><a href="#nota">23</a></sup> Es en esta operaci&oacute;n de asimilaci&oacute;n donde el descubrir se presenta, en la mirada del europeo, como un redescubrir. A partir de ese redescubrimiento del tabaco y los chamanes &#151;no s&oacute;lo metaf&oacute;rico, sino tambi&eacute;n memor&iacute;stico, pues Ginzburg detalla c&oacute;mo en dichos textos se fue haciendo presente el recuerdo que de pronto los europeos tienen de chamanes siberianos antes conocidos y que comparan con los americanos&#151;, el uso del tabaco logr&oacute; pasar de la frontera de lo ajeno a lo conocido. "Conocer (o reconocer), son operaciones complicadas: percepciones y esquemas culturales se entrelazan condicion&aacute;ndose alternadamente, unas a otras".<sup><a href="#nota">24</a></sup></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Podr&iacute;a decirse que el tema de la otredad constituye para Europa un g&eacute;nero en s&iacute; mismo. La obra de Gonzalo Fern&aacute;ndez de Oviedo, <i>Historia general y natural de las indias</i>, que Ginzburg utiliza entre algunas otras para trabajar el t&oacute;pico de los chamanes, "no es la excepci&oacute;n, sino la regla" de una tradici&oacute;n de historias naturales que al catalogar las cosas de la naturaleza serv&iacute;a, desde la antig&uuml;edad, como dispositivo para domesticar la alteridad natural y cultural. Dado que este campo se encuentra "infestado de lugares comunes y vaguedades", Ginzburg piensa que la mejor manera de trabajar la otredad es precisamente con fuentes concretas que escapen de las reglas y constituyan en s&iacute; mismas una excepci&oacute;n.<sup><a href="#nota">25</a></sup> Es justamente esto lo que se hace patente en el cap&iacute;tulo "Unus testis", donde Ginzburg trabaja sobre los testimonios que hablan de un jud&iacute;o sobreviviente y &uacute;nico testigo del exterminio de su comunidad. Establece as&iacute; la pregunta sobre el problema que hay entre el testimonio &uacute;nico sobre un acontecimiento y su relaci&oacute;n con la autenticidad como principio de realidad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para Ginzburg, aun cuando la historia tiene relaciones epistemol&oacute;gicas muy cercanas con el derecho, la primera no puede negar el acontecimiento relatado por un solo sobreviviente, mientras que el derecho exige al menos dos testigos para sustentar la prueba. Al respecto, Ginzburg es muy claro en su perspectiva: "los principios jur&iacute;dicos, no pueden trasladarse uno a uno, invariados, a la investigaci&oacute;n hist&oacute;rica".<sup><a href="#nota">26</a></sup> Esta resoluci&oacute;n tiene de fondo aquella postura de Ginzburg que mencion&eacute; al comienzo de la rese&ntilde;a en contra la "posici&oacute;n insostenible" de los que &eacute;l llama "esc&eacute;pticos", y que as&iacute; como se pretende validar la verdad hist&oacute;rica a partir de epistemolog&iacute;as ajenas como la del derecho, pretenden borrar la frontera entre relatos de ficci&oacute;n y relatos hist&oacute;ricos. No es casualidad entonces que su an&aacute;lisis de "Unus testits" se torne en una cr&iacute;tica a la obra y pensamiento de Hyden White.<sup><a href="#nota">27</a></sup> A lo largo de este cap&iacute;tulo Ginzburg mantiene la postura de Pierre Vidal&#45;Naquet, quien respecto al problema de la realidad hist&oacute;rica pide no abandonar aquello que considera irreducible en el testimonio "y que, a falta de una designaci&oacute;n mejor, seguir&eacute; llamando realidad. Sin esta realidad, &iquest;c&oacute;mo se hace para diferenciar entre realidad e historia?".<sup><a href="#nota">28</a></sup> Todos estos temas: el testigo &uacute;nico, la autenticidad del documento y la realidad convergen al final del cap&iacute;tulo en el tema de los l&iacute;mites de la representaci&oacute;n hist&oacute;rica. Se ha dicho que Auschwitz ha puesto en entredicho la competencia del conocimiento hist&oacute;rico.<sup><a href="#nota">29</a></sup> Al respecto, Ginzburg concluye diciendo: "No estoy del todo convencido de que esta observaci&oacute;n sea cierta".<sup><a href="#nota">30</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aun cuando Ginzburg reconoce la importancia de trabajar con fuentes que no constituyan la regla, sabe tambi&eacute;n que las fuentes son apenas una parte de la ecuaci&oacute;n. Encontrar lo extraordinario no s&oacute;lo depende de los documentos. Antes bien, todo texto puede ser esta excepci&oacute;n si se lee como tal. Ya sea una obra literaria con una realidad aut&oacute;noma, o una obra hist&oacute;rica con pretensiones cient&iacute;ficas, o unas actas inquisitoriales con intenci&oacute;n de juzgar la otredad, todas ellas deben ser vistas como textos que contienen elementos no controlados. En ellos, nos dice Ginzburg, se insin&uacute;a algo opaco comparable a las percepciones que la mirada registra sin comprender.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el cap&iacute;tulo "Detalles, primeros planos, microan&aacute;lisis. Notas marginales a un libro de Siegfried Kracauer"<i>,</i> Ginzburg retoma la noci&oacute;n de Walter Benjamin de "inconsciente &oacute;ptico" para hacer una anatom&iacute;a del observar a trav&eacute;s de la obra de Kracauer. Ginzburg muestra a un Kracauer que piensa al fot&oacute;grafo como un extranjero que, al ser ajeno a lo que observa, est&aacute; en condiciones de comprender m&aacute;s, sin que la comprensi&oacute;n de ese "m&aacute;s" deje de implicar construcci&oacute;n. Tal como cuando se toma una fotograf&iacute;a, capturar al otro implica una elecci&oacute;n: "la fotograf&iacute;a no es mero espejo de la realidad".<a href="#nota"><sup>31</sup></a> El fot&oacute;grafo podr&iacute;a ser comparado, observa Ginzburg a trav&eacute;s de una cita de Kracauer, con "un lector lleno de imaginaci&oacute;n que se ocupa de estudiar y descifrar un texto cuyo significado no llega a captar".<sup><a href="#nota">32</a></sup> Tambi&eacute;n hay que decir que ese "comprender m&aacute;s" no remite espec&iacute;ficamente a una escala panor&aacute;mica, sino m&aacute;s bien a un juego entre <i>long&#45;shots</i> y <i>close&#45;ups</i>. Las tomas en <i>close&#45;up</i> se&ntilde;aladas por Kracauer como la condici&oacute;n de nuevas implicaciones cognoscitivas, permiten a Ginzburg hablar de las implicaciones narrativas en un tema del que sabe, seg&uacute;n &eacute;l, dos o tres cosas: la microhistoria<i>.</i> Para Ginzburg, &eacute;sta responde a un nuevo modo de ver posible gracias a la fotograf&iacute;a, el cine y la televisi&oacute;n. Sin el cine, sin el <i>close&#45;up</i>, se pregunta Ginzburg, &iquest;Kracauer habr&iacute;a podido ocuparse de microhistoria?<sup><a href="#nota">33</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Dejando atr&aacute;s a Kracauer y llegando la postura de Ginzburg sobre la microhistoria arribamos al cap&iacute;tulo que lleva dicho nombre y con el cual terminar&eacute; esta rese&ntilde;a. En "Microhistoria" Ginzburg comienza por hacer una anatom&iacute;a de dicha noci&oacute;n y nos muestra que debajo de ella se puede encontrar cierto n&uacute;mero de obras que responden a motivos muy distintos; desde aquellas que se denominan as&iacute; porque su objeto es "t&iacute;pico", hasta las que adquieren dicho mote por trabajar con un objeto que es "repetitivo o serial". Todas estas obras, si bien con algunas diferencias, son de alguna manera cercanas entre s&iacute; pues lo que las une es la insistencia de poner en perspectiva al objeto del que se ocupan en relaci&oacute;n con un contexto m&aacute;s amplio. Por ello son tambi&eacute;n distintas de lo que ha caracterizado, seg&uacute;n Ginzburg, a la historiograf&iacute;a italiana dedicada a este g&eacute;nero. Para este au&#45;tor, la historiograf&iacute;a italiana busc&oacute; atender con la microhistoria a algo muy diferente: el abordaje de lo an&oacute;malo, es decir, de aquello "excepcional normal" que menciona a lo largo de todo el libro. Es el inter&eacute;s en lo an&oacute;malo lo que define y le da a la microhistoria italiana todo su rendimiento. Los resultados de dicha historiograf&iacute;a deben verse como un espejo donde lo macro puede adquirir una nueva perspectiva precisamente porque se trata del plano opuesto. Desde la postura de Ginzburg, los resultados de lo macro y lo micro no pueden trasladarse autom&aacute;ticamente de un lado a otro. "Esa heterogeneidad, cuyas implicaciones apenas comenzamos a vislumbrar, constituyen a la vez la m&aacute;xima dificultad y la m&aacute;xima riqueza potencial de la microhistoria".<sup><a href="#nota">34</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se entender&aacute; entonces que, para el autor rese&ntilde;ado, la microhistoria no s&oacute;lo se define por el objeto de estudio; es tambi&eacute;n una forma de investigar y escribir una historia. Las diferentes etapas de la producci&oacute;n historiogr&aacute;fica deben ser pensadas como <i>construcciones,</i> desde la elecci&oacute;n de aquel objeto an&oacute;malo que constituya lo "excepcional normal", pasando por las categor&iacute;as de an&aacute;lisis y criterios de prueba que permitan desenredar con una lectura a contrapelo el entramado de lo verdadero, lo falso y lo ficticio, hasta la narraci&oacute;n o el patr&oacute;n estil&iacute;stico con el que hilar y transmitir al lector los resultados de la investigaci&oacute;n. No obstante, para Ginzburg, lo decisivo en la microhistoria es tanto el proceso como la postura desde donde se realiza. Aun con el &eacute;nfasis en la operaci&oacute;n constructiva, el trabajo microhist&oacute;rico implica el rechazo explicito del escepticismo, y &eacute;sa es precisamente la huella que para este autor tiene el lugar de una apuesta cognoscitiva.<sup><a href="#nota">35</a></sup> Finalmente, para Ginzburg, es en el trascurrir de este oficio como se llega a la verdad, pues, para &eacute;l, "lo verdadero es un punto de llegada, no un punto de partida".<sup><a href="#nota">36</a></sup></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> Carlo Ginzburg (Tur&iacute;n, 1939) es doctor en Filosof&iacute;a y Letras por la Universidad de Pisa. Se ha desempe&ntilde;ado como profesor en la Universidad de California (UCLA), en la Scuola Normale Superiore de Pisa, en las universidades de Bolo&ntilde;a, Harvard, Yale, Princeton, en el Warburg Institute de Londres y en la &Eacute;cole Pratique des Hautes &Eacute;tudes en Par&iacute;s. Su trayectoria acad&eacute;mica le ha merecido muchos reconocimientos, entre ellos, el Aby Warburg Prize en 1992 y el Premio Salento en 2002. Sus libros han sido traducidos a numerosos idiomas. Entre sus obras m&aacute;s destacadas se cuentan: <i>Los benadanti. Brujer&iacute;a y cultos agrarios entre los siglos</i> XVI <i>y</i> XVII (1966); <i>El queso y los gusanos. El cosmos seg&uacute;n un molinero del siglo</i> <i>XVI</i> (1976); <i>Pesquisa sobre Piero</i> (1981); <i>Mitos, emblemas, indicios. Morfolog&iacute;a e historia</i> (1986); <i>Historia nocturna. Un desciframiento del aquelarre</i> (1989); <i>El juez y el historiador. Acotaciones al margen del caso Sofri</i> (1991); <i>Ojazos de madera. Nueve reflexiones sobre la distancia</i> (1998) y <i>Ninguna isla es una isla. Cuatro visiones de la literatura inglesa desde una perspectiva mundial</i> (2000).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> <i>Cfr.</i> Ginzburg, <i>El hilo y las huellas, op. cit.,</i> p. 18.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> <i>Cfr. ibidem,</i> p. 10.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup> <i>Ibidem,</i> p. 20.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup> <i>Rethorica ad Herennium,</i> IV, 68, <i>apud ibidem,</i> p. 25.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup> <i>Idem.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>7</sup> <i>Ibidem,</i> p. 29.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>8</sup> <i>Ibidem,</i> p. 31.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>9</sup> <i>Ibidem,</i> p. 43.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>10</sup> Un eco de una carta de Cicer&oacute;n a &Aacute;tico (II,1), <i>apud ibidem,</i> p. 48.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>11</sup> <i>Ibidem,</i> p. 49.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>12</sup> <i>Ibidem,</i> p. 50.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>13</sup> <i>Ibidem,</i> p. 54.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>14</sup> <i>Ibidem,</i> p. 52.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>15</sup> <i>Cfr. ibidem,</i> p. 11.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>16</sup> <i>Ibidem,</i> p. 266.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>17</sup> Ginzburg, <i>El queso y los gusanos. El cosmos, seg&uacute;n un molinero del siglo</i> XVI<i>,</i> Barcelona, Muchnik Editores, 1997 (1976).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>18</sup> Ginzburg, <i>El hilo y las huellas, op. cit.,</i> p. 73.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>19</sup> <i>Idem.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>20</sup> <i>Ibidem,</i> p. 206.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>21</sup> <i>Ibidem,</i> p. 217.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>22</sup> <i>Cfr. ibidem,</i> p. 145.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>23</sup> <i>Idem.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>24</sup> <i>Ibidem,</i> p.153.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>25</sup> <i>Cfr. ibidem,</i> pp. 142&#45;148.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>26</sup> <i>Ibidem,</i> p. 303.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>27</sup> <i>Vid. ibidem,</i> pp. 306&#45;326.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>28</sup> Correspondencia entre De Certeau y Vidal&#45;Naquet en la discusi&oacute;n de la tesis de Fran&ccedil;ois Hartog en <i>El espejo de Her&oacute;doto</i>. <i>Apud ibidem,</i> p. 306.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>29</sup> <i>Cfr.</i> J&#45;F. Lyotard, <i>Le Diff&eacute;rand</i>, <i>apud ibidem,</i> p. 326. &#91;Tr. al espa&ntilde;ol: <i>La diferencia</i>, Barcelona, Gedisa, 1999&#93;.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>30</sup> Ginzburg, <i>El hilo, op. cit.</i>, p. 326.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>31</sup> <i>Ibidem,</i> p. 337.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>32</sup> Siegfried Kracauer, <i>Theory of Film. The Redemption of Physical Reality,</i> Princeton, 1997, pp. 16 y 17, <i>apud, idem.</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>33</sup> <i>Ibidem</i>, p. 339.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>34</sup> <i>Ibidem,</i> p. 391.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>35</sup> <i>Cfr., ibidem,</i> p. 389.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>36</sup> <i>Ibidem,</i> p. 18.</font></p>      ]]></body>
</article>
