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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Art&iacute;culos</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Bobbio y la sabidur&iacute;a del pesimismo</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Jes&uacute;s Silva&#45;Herzog M&aacute;rquez*</b></font></p>  	    <p align="left"><font face="verdana" size="2"><b>&nbsp;</b></font></p>  	    <p align="left"><font face="verdana" size="2"><i>* Instituto Tecnol&oacute;gico Aut&oacute;nomo de M&eacute;xico.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La sabidur&iacute;a de Bobbio es la sabidur&iacute;a del pesimismo. El hombre es un animal que mata. El lobo de s&iacute; mismo dir&iacute;a su cl&aacute;sico favorito. Un animal que mata para comer, para verstirse, para aprender, incluso para divertirse dec&iacute;a el furioso reaccionario Joseph de Maistre. Coincid&iacute;a con Hegel que la historia era un "inmenso matadero." Pero a diferencia de estos dos espectadores, Bobbio no encuentra el sentido de la carnicer&iacute;a. Uno hab&iacute;a visto en la triste historia del hombre la mano de Dios; el otro el rodillo inclemente de la Raz&oacute;n. Bobbio ve&iacute;a el absurdo. Uno de los &uacute;ltimos ensayos que public&oacute; se refiere a un tema que lo hab&iacute;a acompa&ntilde;ado toda la vida, el tema del mal. La reflexi&oacute;n del viejo Bobbio desembocaba en un l&uacute;cido alegato pesimista: en la econom&iacute;a general del universo no es el malvado quien m&aacute;s sufre, ni el bueno sonr&iacute;e siempre al final de la pel&iacute;cula. Quien observe la historia sin ilusiones ver&aacute; que lo contrario es com&uacute;n. Stalin muere en su cama; Ana Frank en un cuarto de exterminio. La historia no acomoda los eventos para colocarlos en equilibrio de justicia. Lo sabe todo mundo: la justicia no existe.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Suele descartarse el pesimismo como un estado de &aacute;nimo. No lo es. El propio Bobbio tropieza con esa confusi&oacute;n cuando escribe que "el pesimismo no es una filosof&iacute;a sino un estado de &aacute;nimo." Y remata diciendo de s&iacute; mismo: "soy un pesimista de humor y no de concepto." Mi impresi&oacute;n es que Bobbio se equivoca dos veces. La primera al tachar la categor&iacute;a filos&oacute;fica del pesimismo; la segunda al evaluar las ra&iacute;ces de su talante. El pesimismo no es la consecuencia intelectual de un esp&iacute;ritu depresivo, como tampoco el optimismo es una emanaci&oacute;n de la alegr&iacute;a. John Stuart Mill, por ejemplo, siendo un hombre azotado por la depresi&oacute;n, era un optimista incurable. Cre&iacute;a en el progreso y en las promesas del futuro. El pesimista, por m&aacute;s que busca, no encuentra ese futuro. Frente a quienes sue&ntilde;an con lo mejor, &eacute;l teme la aparici&oacute;n de lo siniestro. M&aacute;s que una disposici&oacute;n psicol&oacute;gica, el pesimismo es un cuadro de convicciones sobre el hombre y su sitio en la historia. De acuerdo al diccionario de Ambrose Bierce es una "filosof&iacute;a impuesta al observador por el desalentador predominio del optimista, con su esperanza de espantap&aacute;jaros y su abominable sonrisa."</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bobbio reconoce en s&iacute; mismo una fuerte veta melanc&oacute;lica. Pero su pesimismo es menos un s&iacute;ntoma de alg&uacute;n achaque psicol&oacute;gico, que el producto de sus convicciones intelectuales. En primer lugar, sabe que, por muchos siglos que la historia acumule, el hombre no cambia de esqueleto. En todas partes es el mismo animal de c&aacute;lculos y locuras, de juegos y guerras. Podr&aacute;n cambiar las costumbres y las creencias; podr&aacute;n levantarse y derruirse imperios; podr&aacute;n mejorar las m&aacute;quinas que fabricamos. El hombre seguir&aacute; siendo la misma bestia que describi&oacute; Maquiavelo. En todo tiempo, dec&iacute;a el florentino, los hombres son "ingratos, volubles, simuladores, rehuidores de peligros y &aacute;vidos de ganancias."<sup><a href="#nota">1</a></sup> Estos no son vicios de la cultura, ni enfermedades provinciales: son nuestra constituci&oacute;n, nuestra estructura celular. Por eso las lecciones de los grandes pensadores siguen siendo contempor&aacute;neas. El cambiante decorado de la historia no las altera.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como Cioran, Bobbio se planta siempre contra la idolatr&iacute;a del ma&ntilde;ana. El progreso no es la clave de la historia. El escepticismo es la ra&iacute;z de esta convicci&oacute;n. Nunca lo sabemos todo. Quienes todo lo saben no tardan en querer matarlo todo, dec&iacute;a en alg&uacute;n lugar Albert Camus. Pero lo que sabemos, por poco que sea, no es alentador. La tuerca de la duda da una vuelta para encontrar una creencia: no esperemos nada del futuro. Mi inclinaci&oacute;n natural, dec&iacute;a, es "esperar siempre lo peor."</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El pesimismo para Bobbio es un compa&ntilde;ero indispensable de cualquier traves&iacute;a pol&iacute;tica:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Dejo de buen grado a los fan&aacute;ticos, o sea a quienes desean la cat&aacute;strofe, y a los fatuos, o sea a quienes piensan que al final todo se arregla, el placer de ser optimista. El pesimismo es hoy, perm&iacute;taseme una vez m&aacute;s esta expresi&oacute;n impol&iacute;tica, un deber civil. Un deber civil porque s&oacute;lo un pesimismo radical de la raz&oacute;n puede despertar alg&uacute;n temblor en esos que, de una parte o de otra, demuestran no advertir que el sue&ntilde;o de la raz&oacute;n engendra monstruos. El sue&ntilde;o de la raz&oacute;n produce monstruos.</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">*</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Desde sus primeros pasos, la vida de Norberto Bobbio parece una rama blanda y escindida. Por un lado, las comodidades de la vida familiar, por el otro, los reparos de la conciencia. Naci&oacute; el 18 de octubre de 1909 en Tur&iacute;n. Su padre era un cirujano prestigiado. En la casa donde vivi&oacute; de ni&ntilde;o, viv&iacute;an tambi&eacute;n dos sirvientes y un chofer. Pero la comodidad le resultaba inc&oacute;moda. El choque del bienestar que disfrutaba y las penurias que observaba a su alrededor inyectaban en su car&aacute;cter una inconformidad que no era rabiosa sino, m&aacute;s bien, sombr&iacute;a. Desde muy peque&ntilde;o sinti&oacute; el privilegio como penitencia. El ni&ntilde;o turin&eacute;s sol&iacute;a pasar largas vacaciones en el campo acompa&ntilde;ado de su familia y otros amigos de su entorno. Ah&iacute;, m&aacute;s que en ning&uacute;n otro lugar, se percat&oacute; de los azotes de la injusticia. Mis amigos y yo, cuenta en su libro m&aacute;s exitoso, lleg&aacute;bamos de la ciudad y jug&aacute;bamos con los hijos de los campesinos. Entre <i>nosotros</i> exist&iacute;a una armon&iacute;a plena. Jug&aacute;bamos sin darnos cuenta cu&aacute;ntos cuartos ten&iacute;a la casa de cada quien o qu&eacute; camisas vest&iacute;amos. Pero una inmensa barrera nos separaba de <i>ellos.</i> No pod&iacute;amos dejar de notar el contraste entre nuestras casas y las suyas; entre nuestra ropa y la suya; entre nuestros zapatos y sus pies descalzos. La disparidad no era trivial. Todos los a&ntilde;os, recuerda muchos a&ntilde;os despu&eacute;s un Bobbio ya viejo, al regresar al campo de vacaciones, nos enter&aacute;bamos que alguno de nuestros compa&ntilde;eros de juego hab&iacute;a muerto en el invierno.<sup><a href="#nota">2</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre los muebles y los muros de la familia Bobbio, se respiraba simpat&iacute;a por el fascismo. Su discurso patri&oacute;tico del orden y la prosperidad habr&aacute; sido una m&uacute;sica grata a los o&iacute;dos del doctor Luigi Bobbio. Norberto, el hijo, escuchaba en silencio la celebraci&oacute;n del fascismo. Aunque empezaba a tomar un camino distinto, no se atrev&iacute;a a confrontar al padre. Asist&iacute;a a las reuniones de los c&iacute;rculos antifascistas sin oponerse abiertamente a las inclinaciones familiares. Viv&iacute;a una vida partida: el estudiante de Derecho en la Universidad de Tur&iacute;n se inscribe formalmente en los Grupos Universitarios Fascistas pero frecuenta por las noches las reuniones de la resistencia. En un bolsillo, la credencial del Partido Fascista; en el otro, los panfletos del movimiento liberalsocialista. La contradicci&oacute;n personal se prolonga casi toda la d&eacute;cada de los treinta. M&aacute;s que un episodio de juventud, esta incoherencia ser&iacute;a la marca de una vida sellada por la indecisi&oacute;n y la capacidad de albergar lo incompatible.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mientras Norberto Bobbio asiste a las reuniones del antifascismo, jura lealtad al r&eacute;gimen para obtener una plaza como profesor de Filosof&iacute;a del Derecho. Su juramento no le sirvi&oacute; de mucho. En 1935, cuando ten&iacute;a ventis&eacute;is a&ntilde;os, fue encarcelado. La polic&iacute;a lo hab&iacute;a fichado por sus frecuentes reuniones con los "adversarios del r&eacute;gimen." Tras los barrotes, el joven profesor sigui&oacute; el consejo familiar. Tom&oacute; papel y pluma para dirigirse al Duce, a quien di&oacute; trato de excelencia:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Yo, Norberto Bobbio, hijo de Luigi, nacido en Tur&iacute;n en 1909, licenciado en leyes y en filosof&iacute;a, soy en la actualidad profesor adjunto de Filosof&iacute;a del Derecho en esta R. Universidad; estoy afiliado al PNF (Partido Nacional Fascista) y los GUF (Grupos Universitarios Fascistas) desde 1928, es decir, desde que entr&eacute; en la Universidad, y estuve afiliado a la Vanguardia Juvenil en 1927, desde que se constituy&oacute; el primer grupo de Vanguardistas en el R. Liceo D'Azeglio por encargo confiado al camarada Barattieri di San Pietro y a m&iacute;; a causa de una enfermedad infantil, que me dej&oacute; una anquilosis del hombro izquierdo fui eximido del servicio militar y nunca he podido afiliarme a la Milicia; crec&iacute; en un ambiente familiar patri&oacute;tico y fascista (mi padre, cirujano en jefe del Hospital de San Giovanni de esta ciudad, est&aacute; afiliado al PNF desde 1923, uno de mis t&iacute;os paternos es General de Divisi&oacute;n en Verona, el otro es General de Brigada en la Escuela de Guerra; durante los a&ntilde;os universitarios particip&eacute; activamente en la vida y las obras del GUF en Tur&iacute;n con musicales goliardescos, n&uacute;meros &uacute;nicos y viajes estudiantiles, hasta el punto que fui encargado de pronunciar discursos conmemorativos de la Marcha sobre Roma y de la Victoria ante los estudiantes de ense&ntilde;anza media; por fin, en estos &uacute;ltimos a&ntilde;os, tras haber conseguido las licenciaturas en derecho y filosof&iacute;a, me consagr&eacute; por entero a los estudios de filosof&iacute;a del derecho, publicando art&iacute;culos y memorias que me valieron la <i>venia docendi,</i> estudios de los que extraje los fundamentos te&oacute;ricos para la firmeza de mis opiniones pol&iacute;ticas para la madurez de mis convicciones fascistas.<sup><a href="#nota">3</a></sup></font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su carta, Norberto Bobbio le expresa a Mussolini la devoci&oacute;n que siente por &eacute;l, rog&aacute;ndole que, "con su elevado sentido de justicia", interceda generosamente por &eacute;l. M&aacute;s de medio siglo despu&eacute;s, la carta de ese joven regresar&iacute;a a la memoria del viejo Bobbio que hab&iacute;a mantenido en el silencio estos acercamientos. El peri&oacute;dico <i>Panorama</i> la publicar&iacute;a &iacute;ntegra en 1992. Al leer ese mensaje indigno, el hombre que era visto como un santo de la izquierda liberal, como un h&eacute;roe de la resistencia antifascista se averg&uuml;enza. Reconoce que esa es una carta deshonrosa. &iquest;Por qu&eacute; ca&iacute; en la abyecci&oacute;n &#45;se pregunta? &iquest;C&oacute;mo es posible que un profesor honesto, dedicado al estudio, pudiera haber escrito una carta as&iacute;? Bobbio ensaya una respuesta. No es disculpa, advierte. Una dictadura corrompe el &aacute;nimo de los hombres, los conduce a la hipocres&iacute;a, a la mentira, al servilismo. Y la m&iacute;a fue una carta servil. Para vencer las trampas de una dictadura se necesita fuerza y valor. Yo no tuve lo uno ni lo otro. Bobbio, en efecto, no fue un h&eacute;roe de la resistencia antifascista.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bobbio pronuncia cadenciosamente las s&iacute;labas de su arrepentimiento. Me a&#45;ver&#45;g&uuml;en&#45;zo. El hombre se averg&uuml;enza de su debilidad, de haber pasado como fascista entre los fascistas y como antifascista con los antifascistas. Pero no se azota con su propio l&aacute;tigo. A quienes se adelantan a convertirlo en trofeo de caza, les responde con una pregunta de Fabio Levi. Si en tiempos de la persecuci&oacute;n racial, muchos jud&iacute;os fueron inducidos al bautismo para salvarse, &iquest;a qui&eacute;n debe atribu&iacute;rsele la responsabilidad del acto: al convertido o a su perseguidor?<sup><a href="#nota">4</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El fantasma de su incongruencia &#45;o de su debilidad&#45; lo perseguir&iacute;a toda la vida, a pesar de que sus admiradores se empe&ntilde;aban en colocarlo en el pedestal de los h&eacute;roes. Quienes han pretendido enmarmolarlo no se dan cuenta que el h&eacute;roe, como ha dicho Savater, es una especie de monstruo adorable, un personaje deforme por lo abultado de sus cualidades. No es el caso de Bobbio. Su flaqueza dramatiza su verdadera militancia: la causa de la vacilaci&oacute;n. Puede decirse incluso que su penosa blandura personal es la fuente de su vigor intelectual. La determinaci&oacute;n, virtud de gladiadores, puede ser una perversi&oacute;n de la inteligencia. La tarea de los hombres de cultura, dec&iacute;a, es sembrar la duda.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A principios de los a&ntilde;os cuarenta, Bobbio se moja los pies en el charco de la pol&iacute;tica. Su ambici&oacute;n era m&aacute;s intelectual que pol&iacute;tica: pretend&iacute;a servir a la causa de la conciliaci&oacute;n entre las dos banderas de la modernidad. Liberalismo y socialismo pueden cohabitar. Bobbio se acerca as&iacute; a un grupo de fil&oacute;sofos, abogados, historiadores italianos que busca dar cuerpo a una pol&iacute;tica de que promueva la igualdad, al tiempo que defienda y ensanche las libertades. Carlo Roselli hab&iacute;a lanzado a la tierra las primeras semillas de este proyecto en su <i>Socialismo liberal,</i> una defensa del socialismo democr&aacute;tico que romp&iacute;a con la herencia jacobina. La &uacute;nica manera en que podr&iacute;a renovarse el socialismo era convirti&eacute;ndose en el heredero del liberalismo en fines y medios: buscar la liberaci&oacute;n del hombre, cuidar las formas del estado constitucional. Es necesario, escrib&iacute;a Roselli, que "los socialistas reconozcan que el m&eacute;todo democr&aacute;tico y el clima liberal constituyen una conquista tan fundamental de la civilizaci&oacute;n moderna que deber&aacute;n ser respetados incluso y sobre todo cuando tenga el gobierno una mayor&iacute;a socialista estable."<sup><a href="#nota">5</a></sup> Liberalismo y socialismo eran dibujados como los brazos de una misma civilizaci&oacute;n. En el movimiento liberalsocialista, Bobbio encuentra una plataforma para proyectar pol&iacute;ticamente sus titubeos. La pretensi&oacute;n era construir un suelo que conciliara justicia y libertad. Se colocaban expl&iacute;citamente en el centro. A la derecha estaba el liberalismo de la indiferencia, a la izquierda, el colectivismo autoritario. El liberalsocialismo quer&iacute;a abrir una <i>tercera v&iacute;a.</i> De esa b&uacute;squeda nace el Partido de Acci&oacute;n, el &uacute;nico partido al que Bobbio respald&oacute; como candidato. En 1946 el profesor convertido en pol&iacute;tico se da a la penosa tarea de pedir el voto. Su incursi&oacute;n al teatro electoral fue un desastre. El d&iacute;a de las votaciones, su partido qued&oacute; en &uacute;ltimo lugar. Muy lejos de la Democracia Cristiana que se alz&oacute; con la victoria; muy lejos tambi&eacute;n de los socialistas, de los comunistas y del resto de partidos medianos y peque&ntilde;os que participaron en la jornada. Un gran fracaso. A decir verdad, el fiasco era bastante l&oacute;gico. Como lo reconoce Bobbio al recordar el episodio, el Partido de Acci&oacute;n era un partido de intelectuales&#151; un escuadr&oacute;n de "generales sin ej&eacute;rcito" lo llama&#151;que no logr&oacute; conectarse con los intereses de la sociedad realmente existente. Bobbio se dijo: "Basta. Se acab&oacute; mi vida pol&iacute;tica."</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">*</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El Partido de Acci&oacute;n se disolvi&oacute; y Bobbio se mud&oacute; a la academia. El catedr&aacute;tico se concentr&oacute; inicialmente en el mundo de las normas. El estudiante de filosof&iacute;a y derecho se convirti&oacute; naturalmente en maestro de filosof&iacute;a del derecho. Como profesor, se dedica a estudiar el lenguaje de las reglas, el contenido del derecho, el lazo que une una norma con otra. En trabajos que le ganan de inmediato la notoriedad, explora los debates sobre el fundamento de la obligatoriedad y el parentesco entre la fuerza y Derecho. En cada uno de estos &aacute;mbitos hace aportaciones valiosas. Subrayar&iacute;a tan s&oacute;lo un par de temas. El primero es la construcci&oacute;n de un positivismo cr&iacute;tico. Para el turin&eacute;s la ley es mandato del Estado, no de la naturaleza. Las leyes no est&aacute;n trazadas desde el cielo, no est&aacute;n impresas en alg&uacute;n rizo de nuestro c&oacute;digo gen&eacute;tico, ni existe regla que gobierne a todos los hombres y que sea vigente en todo el curso de la historia. El derecho, como lo hab&iacute;a visto Hobbes, emerge de la garganta del soberano. No existe otro derecho que el que impone el Estado. Los murales que a lo largo de la historia han pintado te&oacute;logos y moralistas para describir un c&oacute;digo universal y eterno de reglas son dibujos de fantas&iacute;a. Sin embargo, Bobbio no niega que puede evaluarse el contenido moral del derecho y examinar su justicia.<sup><a href="#nota">6</a></sup> El derecho debe someterse a la cr&iacute;tica moral aunque no podamos encontrar un rasero objetivo para medir el bien.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero, &iquest;qu&eacute; hay ah&iacute; dentro? Fuerza, responde contundentemente Bobbio. Fuerza domesticada, pero fuerza al fin. "El derecho es la regla de la fuerza." No es consejo, no es una invitaci&oacute;n amable: es un aparato que regula la aplicaci&oacute;n de castigos. No existe norma de derecho si sus postulados no activan las mand&iacute;bulas de la coacci&oacute;n estatal. Hobbes lo dice inmejorablemente en su <i>Di&aacute;logo entre un jurista y un fil&oacute;sofo:</i> "No es la sabidur&iacute;a ni la autoridad, la que hace la ley. (...) Por leyes entiendo leyes vivas y armadas. No es, pues, la palabra de la ley, sino el poder de quien tiene la fuerza de una naci&oacute;n lo que hace efectivas las leyes."</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la f&oacute;rmula bobbiana se asoman el realismo de Weber y el positivismo jur&iacute;dico de Kelsen. Pero sobre todo, son visibles las barbas blancas de Hobbes, su autor m&aacute;s admirado. No es visible el fil&oacute;sofo de Malmesbury solamente por este seco entendimiento de la maquinaria estatal, sino por la imagen impl&iacute;cita que dibuja sobre la ausencia de legalidad. El Estado y su anverso, el derecho, podr&aacute;n ser amenazantes condensaciones de la fuerza, pero su ausencia es un brinco al vac&iacute;o. A fines de los a&ntilde;os setenta, cuando Italia padec&iacute;a la violencia del extremismo, Bobbio levant&oacute; la voz en defensa de un personaje crecientemente impopular: el Estado. El Leviat&aacute;n podr&aacute; ser un monstruo abominable, pero es la &uacute;nica criatura que puede ganarnos la paz, liberarnos del miedo y cuidar un espacio de libertad. Frente a quienes, desde un anarquismo vengador o un liberalismo antipol&iacute;tico gritaban consignas contra el funesto Estado, Bobbio se coloc&oacute; de su lado. Un hijo de Hobbes no podr&iacute;a hacer otra cosa.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es natural que los revolucionarios cobijen su violencia en argumentos retributivos. La insurrecci&oacute;n armada aparece como la &uacute;nica respuesta posible frente a la violencia originaria del Estado. Si la primera violencia (la de la c&aacute;rcel) es injustificada, la segunda (la del bombazo) resulta leg&iacute;tima. El primer problema es que en un pleito la violencia injustificada, es decir, la violencia originaria, es siempre la del otro. "&Eacute;l empez&oacute;," le dicen siempre los ni&ntilde;os a la maestra despu&eacute;s de enredarse en pu&ntilde;etazos. La trasposici&oacute;n de ese argumento al discurso pol&iacute;tico no es una inocente coartada infantil. Por el contrario, dice Bobbio, los intelectuales que emplean este lenguaje para justificar la ilegalidad pol&iacute;tica alientan una violencia pol&iacute;ticamente insensata y moralmente abyecta.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nadie puede cuestionar que el Estado sea un instrumento de represi&oacute;n. Todos los Estados son eso. Pero no todos los Estados son iguales como sosten&iacute;a Lenin. El tema de la "primera" violencia es irrelevante. Lo que importa es su estructura institucional. La diferencia fundamental entre la violencia del Estado y la violencia de sus rivales es la naturaleza de la institucionalizaci&oacute;n estatal. Quienes invocan a Lenin para justificar la rebeli&oacute;n deben leer a Locke, otro revolucionario. El consenso democr&aacute;tico domestica la fuerza bajo el imperio de las reglas. Defenderlas no es proteger al palacio, es cuidar la casa de cada uno.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El Estado que defiende Bobbio es democr&aacute;tico. Lo que merece adhesi&oacute;n es un r&eacute;gimen pol&iacute;tico donde las relaciones de fuerza se transforman en relaciones de derecho, en tratos regulados por normas generales, firmes y preestablecidas. El argumento del turin&eacute;s en defensa del Estado ten&iacute;a dos destinatarios. Por un lado, los ide&oacute;logos de la violencia redentora que lanzaban gasolina al fuego; por el otro, los promotores de una represi&oacute;n desquiciada. No hay mayor prueba para un estado democr&aacute;tico, sosten&iacute;a Bobbio, que el enfrentar la guerra que algunos de sus miembros le declaran. Ante tal declaratoria, el estado democr&aacute;tico s&oacute;lo puede reafirmar las tablas de la ley.<sup><a href="#nota">7</a></sup></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">*</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En 1959, al viajar por China, Franco Fortini, un compa&ntilde;ero de viaje, hace un elocuente retrato del profesor.</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tendr&aacute; entre cuarenta y cuarenta y cinco a&ntilde;os. Toda su persona expresa, m&aacute;s a&uacute;n que fuerza intelectual, un tipo de educaci&oacute;n bien arraigado, una fidelidad a padres y abuelos. La energ&iacute;a de las convicciones tiene, en &eacute;l, la &uacute;nica debilidad de expresarse, justamente, como energ&iacute;a; sientes que las virtudes del orden, de tenacidad, de sobriedad mental, de honradez intelectual, son en &eacute;l muy conscientes. E ir&iacute;an acaso acompa&ntilde;adas de cierta pasi&oacute;n pedag&oacute;gica si no interviniese de cuando en cuando para corregirlas una sonrisa, entre embarazada e ir&oacute;nica. Es autoiron&iacute;a todas las veces que la conversaci&oacute;n se permite un adjetivo de m&aacute;s, una cadencia un poco m&aacute;s apasionada; es embarazo o quiz&aacute;s timidez, intento apenas esbozado de mundanidad y desenvoltura. Se nota que de ni&ntilde;o debi&oacute; de ser bueno y diligente y debi&oacute; de despreciar toda forma de blandura sentimental."<sup><a href="#nota">8</a></sup></font></p> 	</blockquote>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fortini capta el motor interior de Bobbio: la <i>pasi&oacute;n pedag&oacute;gica.</i> El t&iacute;tulo de profesor es el &uacute;nico que merezco, dec&iacute;a &eacute;l al cumplir los noventa a&ntilde;os, mientras sus seguidores compet&iacute;an por loas. Alguien le preguntaba si prefer&iacute;a que lo consideraran un fil&oacute;sofo, un intelectual o un pol&iacute;tico. Las tres camisetas lo vest&iacute;an. El turin&eacute;s era el redactor de una imponente biblioteca de trabajos de filosof&iacute;a del derecho y de pol&iacute;tica, era una autoridad en el debate p&uacute;blico, hab&iacute;a sido fundador de un partido malogrado y en esos momentos ocupaba un asiento como senador vitalicio. Pero el fil&oacute;sofo, el pol&iacute;tico, el intelectual, resaltaba su labor al frente de un sal&oacute;n de clase. Soy un profesor, pues un profesor no es un pensador sino un hombre que trasmite el pensamiento de otros. La respuesta de Bobbio no era presunci&oacute;n de humildad: en todas sus tareas se escuchaba el susurro de un gis desliz&aacute;ndose por el pizarr&oacute;n. En sus tempranas incursiones pol&iacute;ticas y en sus vacilaciones de legislador anciano; en sus pol&eacute;micas p&uacute;blicas y en sus manuales es visible la misma pasi&oacute;n por comunicar lo que se sabe; la &eacute;tica de la claridad, la emoci&oacute;n de conducir a sus lectores al encuentro de los grandes viejos libros. El maestro dec&iacute;a: antes de hablar, antes de decidir, es debido pensar y para pensar hay que tomarse el trabajo de aprender. No hay atajos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A principios de la d&eacute;cada de los setenta, Norberto Bobbio dej&oacute; la escuela de Leyes y se incorpor&oacute; a la facultad de Ciencias Pol&iacute;ticas que acababa de nacer. Se encarg&oacute; desde entonces de la c&aacute;tedra de Filosof&iacute;a Pol&iacute;tica. El acercamiento de Bobbio a la asignatura era hist&oacute;rico. Cre&iacute;a que para el an&aacute;lisis de cualquier enigma pol&iacute;tico, la tarea m&aacute;s redituable era una excursi&oacute;n por el pasado del pensamiento occidental. Tras el recorrido, los conceptos quedar&iacute;an limpios de las ambig&uuml;edades del uso com&uacute;n, permiti&eacute;ndonos calibrar las razones enfrentadas. Un cl&aacute;sico, ha escrito Calvino, es un texto que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Es tambi&eacute;n un texto que se convierte en el tel&oacute;n de fondo de nuestra mirada. Una vez que hemos le&iacute;do a Maquiavelo, no podemos abrir los ojos de la misma manera.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En alg&uacute;n momento, Bobbio se describi&oacute; como un "pedante lector de los cl&aacute;sicos." Era ciertamente un obsesivo lector de los grandes pensadores pol&iacute;ticos. Le&iacute;a y rele&iacute;a a Maquiavelo y a Rousseau, a Mill y a Marx, a Gramsci, Weber y Kelsen. Sobre todo, a Thomas Hobbes, siempre Hobbes. El calificativo de pedante, sin embargo, est&aacute; fuera de lugar. No hay pedanter&iacute;a alguna en la lectura bobbiana de los cl&aacute;sicos. Los esquemas que se dibujan en el pizarr&oacute;n de Bobbio no emplean en ning&uacute;n momento la jerga del doctoralismo, ni caen jam&aacute;s en las minucias de la erudici&oacute;n. La prosa de Bobbio avanza con zancadas francas y tranquilas. El profesor identificaba las ideas fundamentales, extra&iacute;a su pulpa para reconstruir la l&oacute;gica de su argumentaci&oacute;n. As&iacute; conectaba conceptos y teor&iacute;as revelando la actualidad de las viejas reflexiones. Sab&iacute;a que leer a los antiguos era una forma de insertarse inteligentemente en el presente. Cuando el diario espa&ntilde;ol <i>El pa&iacute;s</i> le solicit&oacute; un art&iacute;culo para conmemorar alg&uacute;n aniversario del nacimiento de Thomas Hobbes, el maestro contest&oacute; velozmente. Claro que s&iacute;: escribir&eacute; un art&iacute;culo sobre la violencia en el Medio Oriente. Ten&iacute;a raz&oacute;n: ah&iacute; estaba Hobbes.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El estilo de Bobbio form&oacute; escuela en Tur&iacute;n. De la lectura de los cl&aacute;sicos podr&aacute;n explorarse las preguntas recurrentes de la teor&iacute;a pol&iacute;tica. De ah&iacute; brotar&aacute;n los argumentos de una pol&eacute;mica viva que iluminar&aacute; nuestra comprensi&oacute;n del presente. Michelangelo Bovero, su sucesor en la c&aacute;tedra de Filosof&iacute;a Pol&iacute;tica ha empleado con tino ese m&eacute;todo para analizar los peligros de la democracia contempor&aacute;nea. Repasando el curso del maestro sobre las formas de gobierno, Bovero record&oacute; a Polibio y su teor&iacute;a de las formas mixtas de gobierno. El historiador romano aceptaba que las formas simples de gobierno podr&iacute;an ser, como sosten&iacute;a Arist&oacute;teles, modos virtuosos de la pol&iacute;tica. El problema era su inestabilidad: la monarqu&iacute;a degeneraba y se convert&iacute;a en tiran&iacute;a; la aristocracia, el gobierno de los mejores, se transformaba en una oligarqu&iacute;a, el abuso de los privilegiados; y la rep&uacute;blica desembocaba en el desorden demag&oacute;gico. La soluci&oacute;n, pensaba, era la mezcla de las formas puras de gobierno para conformar una estructura de equilibrios y complementaciones que ofreciera permanencia al gobierno. Lo que no pens&oacute; Polibio es que la mezcla bien podr&iacute;a ser de las partes corruptas del gobierno. La combinaci&oacute;n de la tiran&iacute;a, la demagogia y la oligarqu&iacute;a es lo que Bovero llama kakistocracia: el p&eacute;simo gobierno, la rep&uacute;blica de los peores. Por supuesto, el disc&iacute;pulo no estaba jugueteando con las posibilidades te&oacute;ricas del modelo de Polibio. Invocaba al historiador romano para describir la degeneraci&oacute;n democr&aacute;tica provocada por el ascenso de Silvio Berlusconi. La kakistocracia italiana es advertencia mundial: un gobierno que enlaza el poder desp&oacute;tico de un l&iacute;der carism&aacute;tico, el privilegio de los potentados y la manipulaci&oacute;n medi&aacute;tica del pueblo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La abundancia de los escritos de Bobbio (ensayos, ponencias, libros, art&iacute;culos, conferencias, transcripciones de cursos) ha hecho decir a Jos&eacute; Fern&aacute;ndez Santill&aacute;n, alumno y traductor de Bobbio, que su obra tiene la complejidad de un laberinto. La imagen no es una descripci&oacute;n convincente. Un laberinto es una estructura intrincada de calles y encrucijadas de la que es muy dif&iacute;cil salir. En los escritos de Bobbio no podemos perdernos. Por el contrario, quien se acerca a un texto de Bobbio camina en todo momento con luz clara. La imagen que mejor representa el conjunto de su obra es otra met&aacute;fora querida por Borges: el mapa. El pizarr&oacute;n de Bobbio es eso: un extenso mapa de la pol&iacute;tica. En los muchos planos que Bobbio traz&oacute; se encuentra su aspiraci&oacute;n de orden, su af&aacute;n de ofrecer un panorama coherente del poder &#45;o m&aacute;s bien del pensamiento sobre el poder&#45; que nos permita ubicar nuestro sitio en el espacio. Bobbio escribe el lugar de las ideas, encuentra las cercan&iacute;as y traza las distancias. Es un cart&oacute;grafo que representa gr&aacute;ficamente el territorio de la reflexi&oacute;n pol&iacute;tica occidental. Las islas de la excepci&oacute;n no le interesan mucho. Lo suyo son son los continentes de las grandes tradiciones intelectuales: la provincia natural de Arist&oacute;tles, el reino de Maquiavelo y sus disc&iacute;pulos; el valle de los contractualistas, el gran enclave marxista. A Bobbio le interesan los cl&aacute;sicos, no los raros.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No todo cabe, por supuesto, en el tablero de Tur&iacute;n. Trazar un mapa es hacer una elecci&oacute;n: unos elementos se agrandan, otros se colorean, algunos rasgos se eliminan. Todo mapa, es una especie de caricatura razonada. Bobbio no dibuja, como aquellos cient&iacute;ficos del cuento de Borges, un mapa tan minucioso que resulta la perfecta reproducci&oacute;n del territorio descrito: "un mapa del Imperio que ten&iacute;a el tama&ntilde;o del Imperio y coincid&iacute;a puntualmente con &eacute;l." El mapa de Bobbio es un plano que busca lo esencial, que simplifica y enfatiza. Tambi&eacute;n excluye, naturalmente. El primer expulsado es el tiempo. Los cl&aacute;sicos de los que habla Bobbio habitan un mundo sin a&ntilde;os, un espacio despoblado de circunstancias. La obra de los cl&aacute;sicos contiene una sabidur&iacute;a no fechada. Precisamente por ello forman parte del canon. El &uacute;nico contexto de los cl&aacute;sicos son otros cl&aacute;sicos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El acercamiento tiene sus virtudes: al expulsar a la historia del pizarr&oacute;n podemos observar la escenificaci&oacute;n de los debates que cruzan los siglos. Tambi&eacute;n tiene sus riesgos. Al concentrarnos en la galer&iacute;a de los inmortales y descartar las circunstancias que envuelven la manufactura de los textos podemos ignorar el vocabulario con el que el autor se expresa e imponer nuestras ideas a los muertos. "Quienquiera que est&eacute; familiarizado con textos de la teor&iacute;a pol&iacute;tica sabe que &eacute;stos replantean desde hace siglos algunos temas fundamentales, siempre los mismos."<sup><a href="#nota">9</a></sup> Es posible. El mejor gobierno, las formas del cambio, la lealtad y la desobediencia, el origen del mando han sido temas efectivamente recurrentes. Pero cuando tratamos de analizar las respuestas que se han dado a estas preguntas a lo largo de la historia, corremos el riesgo de convertir a los cl&aacute;sicos en nuestros t&iacute;teres. Se toma un autor medieval, se extrae un pasaje en el que habla de las distintas funciones del gobierno y se le hace aparecer como un visionario, como un precursor de la teor&iacute;a de la divisi&oacute;n de poderes. Es el vicio que Quentin Skiner ha denunciado inteligentemente.<sup><a href="#nota">10</a></sup> Cuando se quiere reconstruir la historia de las ideas pol&iacute;ticas a trav&eacute;s de la santificaci&oacute;n de un grupo de pensadores inmortales, el historiador tiende a pensar que sus cl&aacute;sicos tienen una respuesta a cada uno de los problemas esenciales y que en cada pensador hay una respuesta (as&iacute; sea tierna) a las preguntas eternas. Un p&aacute;rrafo puede servir para hacer que Maquiavelo se convierta en un te&oacute;rico del multiculturalismo o que Montesquieu anticipe la respuesta debida a la amenaza terrorista.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El segundo expulsado por el marco bobbiano es el autor. El lector de los manuales podr&aacute; colocar las piezas del artefacto inventado por Hobbes: su idea del hombre, las estampas sobre la condici&oacute;n natural, los rasgos jur&iacute;dicos del contrato, la forma del Estado, la condici&oacute;n civil. Pero no sabr&aacute; nada del individuo que escribi&oacute; estos p&aacute;rrafos, nada de su gemelo, nada del avispero en el que vivi&oacute;. El gran admirador de Hobbes, el lector atento del Leviat&aacute;n, del tratado sobre el ciudadano, del ensayo sobre el derecho natural, del Behemoth y otros escritos menores, rechaza en su an&aacute;lisis todo aquello que no lleg&oacute; al papel. El cr&aacute;neo de Hobbes, por ejemplo, que a decir de uno de sus bi&oacute;grafos, ten&iacute;a forma de martillo.<sup><a href="#nota">11</a></sup> La exclusi&oacute;n de estos rasgos es consciente: la orientaci&oacute;n anal&iacute;tica de su exploraci&oacute;n va en busca de conceptos y aparta cualquier referencia hist&oacute;rica o biogr&aacute;fica. El cart&oacute;grafo cree que cualquier referencia a la circunstancia es una "extravagancia del historicismo."<sup><a href="#nota">12</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No desprecio el didactismo de Bobbio. Pocas gu&iacute;as tan claras para iniciar una expedici&oacute;n por la pol&eacute;mica del poder. Ah&iacute; podemos ver el mapa de las bifurcaciones: la eficacia pol&iacute;tica y la consciencia moral; el derecho y la fuerza; la m&aacute;quina y el organismo; la estabilidad y el cambio; la obediencia y la rebeli&oacute;n; la plaza y el palacio; lo p&uacute;blico y lo privado; la legalidad y la legitimidad; la sociedad civil y el Estado. Bobbio es un maestro de la clasificaci&oacute;n; su m&eacute;todo es uno de los m&aacute;s poderosos detergentes del lenguaje pol&iacute;tico. Y eso en s&iacute; mismo es invaluable en un tiempo de vocablos enlodados. No es raro que una de sus labores colectivas m&aacute;s importantes haya sido la publicaci&oacute;n de un amplio diccionario de pol&iacute;tica y que el resto de sus trabajos sea una testaruda invitaci&oacute;n a la ordenaci&oacute;n de las palabras.<sup><a href="#nota">13</a></sup> Pero las inscripciones del pizarr&oacute;n por muy esclarecedoras que sean suelen ser planas. Lo que la escritura de Bobbio tiene de claridad no siempre se acompa&ntilde;a de profundidad. Una parte importante de su bibliograf&iacute;a se compone de manuales escolares: instrumentos pedag&oacute;gicos que no ofrecen una pista novedosa, una observaci&oacute;n sutil, un descubrimiento agudo para el examen de la historia de las ideas. Su compendio <i>De Hobbes a Marx</i> o su <i>Teor&iacute;a de las formas de gobierno</i> son apuntes escolares transformados en libros. Ese es su alcance. Cuando Perry Anderson, el historiador marxista que estudi&oacute; a profundidad sus escritos, dijo que Norberto Bobbio no era en realidad un fil&oacute;sofo original de gran estatura estaba diciendo la verdad.</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">*</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bobbio se consagr&oacute; a la tarea de limpiar el vocabulario de la pol&iacute;tica. Esa era la misi&oacute;n de su filosof&iacute;a: construir conceptos; hacer que las pompas de jab&oacute;n que emergen de la boca del demagogo se conviertan en ladrillos del entendimiento. Bobbio sent&iacute;a horror por la vaguedad, por la idea confusa.<sup><a href="#nota">14</a></sup> Recorr&iacute;a los pasillos de la historia para fijar el sentido de las ideas. No hubo palabra que m&aacute;s se empe&ntilde;ara Bobbio en desinfectar que la palabra <i>democracia.</i> Ninguna combinaci&oacute;n de siglas tan salivada en el siglo XX como esta mezcla de voces griegas. &iquest;Qu&eacute; es la democracia? &iquest;Qu&eacute; ha sido? &iquest;Qu&eacute; puede ser?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El primer acercamiento al tema fue un ensayo que Bobbio public&oacute; unos meses despu&eacute;s de la muerte de Stalin. El acicate fue el famoso informe Kruschev que denunciaba los abusos de la era anterior. Su t&iacute;tulo era t&iacute;picamente bobbiano: "Democracia y dictadura." El art&iacute;culo llamaba a los socialistas a caminar sin las muletas de Marx. Cuando interrogamos al marxismo sobre los grandes asuntos de la pol&iacute;tica, el marxismo se queda callado. No tiene respuesta. El marxismo era un enorme agujero pol&iacute;tico. Sobre los grandes temas, Marx simplemente no dijo nada importante. Sus preocupaciones eran otras. La tarea urgente de la izquierda era voltear la vista a quienes hab&iacute;a considerado enemigos: a los dise&ntilde;adores de las instituciones liberales. La respuesta de la capilla no se hizo esperar. Lo acusaron de reaccionario, de traidor, de burgu&eacute;s que pretende congelar la nave de la historia e impedir la marcha triunfante de la clase obrera.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Veinte a&ntilde;os despu&eacute;s, a mediados de los setenta, Bobbio regresaba a aquellos temas y aquellas pol&eacute;micas. En la revista del Partido Socialista publicaba ensayos sobre dos ausencias: la primera era una teor&iacute;a marxista del Estado; la segunda, una alternativa a la democracia representativa. Los breves p&aacute;rrafos que Marx dedica a la experiencia revolucionaria francesa no bastan para conformar una idea del Estado, un argumento consistente sobre la forma de gobierno. Si el marxismo es una cr&iacute;tica de las formas pol&iacute;ticas del capitalismo, es una cr&iacute;tica que no se toma en serio como alternativa. No hay ah&iacute; teor&iacute;a pol&iacute;tica porque el marxismo y, sobre todo, el leninismo, se concentraron en el problema de la conquista del poder, olvidando los problemas de su ejercicio. Adem&aacute;s, el marxismo no puede ocultar la fantas&iacute;a anarquista que lo embruja. Despu&eacute;s de todo, el Estado estaba destinado a desaparecer y a ser enterrado, como dicen quienes creen conocer el desenlace de la aventura humana, en el "basurero de la historia."</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para Bobbio, la superioridad te&oacute;rica del liberalismo para abordar la cuesti&oacute;n pol&iacute;tica era obvia. Mientras el pensamiento liberal nace para hacer frente a la amenaza del abuso del poder, el marxismo ignora el problema. Esa es la ingenuidad que Popper vio en todos herederos de Plat&oacute;n: si el poder se aloja en buenas manos, el problema de la pol&iacute;tica desaparece.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Gaetano Della Volpe disc&iacute;pulo de Mondolfo y el mismo Togliatti, dirigente del Partido Comunista, respondieron. Ve&iacute;an en la invitaci&oacute;n de Bobbio una traici&oacute;n a Marx, un abandono del pensamiento socialista para entregarse en brazos de Benjamin Constant, el ingeniero de las instituciones enemigas. Mientras Bobbio le&iacute;a a los ap&oacute;stoles de la burgues&iacute;a, ellos se columpiaban entre los mausoleos de Marx y de Rousseau. Bobbio respondi&oacute; a los ataques con tranquilidad. Desenvolv&iacute;a el hilo de sus argumentaciones con elegancia y enorme fuerza persuasiva, pidiendo a los comunistas desconfiar del "progresismo ardiente" que entre cantos a la fraternidad, conduc&iacute;a a la dictadura del partido &uacute;nico. En la esgrima de la pol&eacute;mica, Bobbio nunca pierde piso. Esquiva las descalificaciones con gracia; escucha los argumentos y rebate con agilidad; funda sus razones en sus cl&aacute;sicos, condimenta sus discusi&oacute;n con iron&iacute;a pero no mira nunca con desprecio a sus cr&iacute;ticos. Bobbio va tejiendo suavemente en esas intervenciones uno de los m&aacute;s s&oacute;lidos alegatos por la democracia. Se trata, en efecto, de una defensa democr&aacute;tica de la democracia, una argumentaci&oacute;n parida en el foro de la discusi&oacute;n p&uacute;blica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ah&iacute;, en el combate con los citadores marxistas, se solidifica el entendimiento bobbiano de la democracia. El r&eacute;gimen democr&aacute;tico aparece como un procedimiento que abre las puertas de la decisi&oacute;n a la participaci&oacute;n colectiva. No es un resultado: es un m&eacute;todo. La fuente principal de esta visi&oacute;n procedimental proviene del autor que tanto lo influenci&oacute; en sus escritos jur&iacute;dicos: Hans Kelsen. El jurista austriaco entendi&oacute; la democracia como un r&eacute;gimen pol&iacute;tico en el que los ciudadanos eran autores (directos o indirectos) de sus reglas. La democracia no es un r&eacute;gimen que exprese la verdad o la justicia: es un sistema pol&iacute;tico en el que los individuos participan en la formaci&oacute;n de sus normas, a trav&eacute;s de la elecci&oacute;n de los parlamentarios que las dictan. Kelsen tambi&eacute;n hab&iacute;a subrayado la importancia de las instituciones de la competencia, particularmente de los partidos pol&iacute;ticos y el respeto de los derechos de las minor&iacute;as. Sin partidos (el plural es imprescindible) no hay democracia. Tampoco existe ah&iacute; donde no hay refugio para la minor&iacute;a.<sup><a href="#nota">15</a></sup> Schumpeter reforzar&iacute;a esta visi&oacute;n. La democracia no es, como quieren los rousseaunianos, el reino de la Voluntad General, no es la conquista de la felicidad p&uacute;blica, es apenas un modesto procedimiento competitivo. Se trata, dice el economista, de un m&eacute;todo en el que los encargados de decidir adquieren el poder a trav&eacute;s de la competencia electoral.<sup><a href="#nota">16</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esos son los ingredientes del pastel: reglas, competencia, derechos. La democracia se ataba al imperio de normas y la tolerancia. "&iquest;Qu&eacute; cosa es la democracia sino un conjunto de reglas (las llamadas reglas del juego) para solucionar los conflictos sin derramamiento de sangre?" &#45;pregunta Bobbio parafraseando a Popper.<sup><a href="#nota">17</a></sup> El italiano destacaba cuatro reglas constitutivas del juego democr&aacute;tico: el sufragio universal, la regla de la mayor&iacute;a, las libertades individuales y los derechos minoritarios. La democracia era un procedimiento, no una sustancia. Pero se trataba de un procedimiento del que colgaba la coexistencia pac&iacute;fica entre los hombres. El ideal deb&iacute;a ser abrazado sin reservas por la izquierda porque se trataba del &uacute;nico espacio conocido en donde pueden coexistir seres libres y aut&oacute;nomos; en donde podr&iacute;a abrirse camino la voluntad colectiva sin aplastar la voz de la discrepancia. El vac&iacute;o te&oacute;rico de la pol&iacute;tica marxista deb&iacute;a ser llenado sin verg&uuml;enza por el liberalismo. Quien conoce la capacidad destructiva del poder sabe que las instituciones y las pr&aacute;cticas liberales no son los muros de la prisi&oacute;n capitalista, sino las columnas de la autonom&iacute;a individual.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fue as&iacute; como particip&oacute; en la inyecci&oacute;n de la vacuna liberal en una parte importante de la izquierda. Lo hizo desde dentro, desde la izquierda misma, rechazando los dogmatismos y la griter&iacute;a de la &eacute;poca. La democracia, que segu&iacute;a siendo caricaturizada en el Partido Comunista como un palacio de enga&ntilde;os, como la tiran&iacute;a de la burgues&iacute;a triunfante, es definida por Bobbio como un requisito de civilizaci&oacute;n. La tarea de la izquierda era, en efecto, reconciliarse con el liberalismo y reconocer el valor de los mecanismos democr&aacute;ticos. La izquierda contempor&aacute;nea ten&iacute;a que volver a ser lo que hab&iacute;a sido originalmente: liberal. Mientras muchos discut&iacute;an sobre las condiciones objetivas del levantamiento revolucionario y segu&iacute;an so&ntilde;ando con el asalto al poder, Bobbio defiende usos tan aburridos como el voto o personajes tan antip&aacute;ticos como los partidos pol&iacute;ticos. Su alegato no era la campa&ntilde;a de un entusiasta; era la persuasi&oacute;n de un desencantado. Tal vez la democracia liberal no asegure un ejercicio m&aacute;s humano del poder. Tan s&oacute;lo un poder menos brutal. Diminuta y gigantesca diferencia. Por eso mismo, quien sabe defender la democracia sabe no pedirle demasiado: "el &uacute;nico modo de salvar a la democracia es tomarla como es, con esp&iacute;ritu realista, sin ilusionar y sin ilusionarse."</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por eso el dem&oacute;crata tiene que ser, como Tocqueville, un cr&iacute;tico de la democracia. Bobbio lo fue, en&eacute;rgicamente. En uno de sus ensayos m&aacute;s populares presenta a la democracia como decepci&oacute;n. La democracia se empe&ntilde;a en ofrecer lo que no cumple. Es lo que llama las "promesas incumplidas de la democracia." La democracia nos ofreci&oacute; la desaparici&oacute;n de los intermediarios que se apropian de la voz ciudadana; asegur&oacute; que liquidar&iacute;a a las pandillas del poder; dijo que se iba ir ensanchando hasta cubrir todos los espacios sociales; jur&oacute; eliminar el secreto y cultivar al ciudadano virtuoso. Nada de esto ha pasado. La democracia realmente existente est&aacute; plagada de vicios. Las camarillas y las corporaciones imponen sus intereses; el secreto oculta el proceso decisorio mientras las m&aacute;quinas burocr&aacute;ticas se alejan cada vez m&aacute;s del examen p&uacute;blico. El ciudadano, encerrado en su propio mundo, apenas se interesa en el espect&aacute;culo. Y sin embargo, la democracia sigue siendo un ideal defendible. A pesar de todas sus miserias, la democracia merece apoyo m&aacute;s que por m&eacute;ritos propios por la miseria de sus alternativas. Bobbio respaldar&iacute;a la expresi&oacute;n de Churchill: lo &uacute;nico que salva a la democracia es que el resto de las formas de gobierno son mucho peores. Toda decisi&oacute;n pol&iacute;tica es una elecci&oacute;n entre males.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><font face="verdana" size="2">*</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La importancia del argumento de Bobbio est&aacute;, sobre todo, en el lugar desde el que se expuso. La concepci&oacute;n democr&aacute;tica que Bobbio construye, no es, en efecto, original. Popper, Kelsen, Schumpeter hab&iacute;an armado ya el modelo procedimental. Lo importante es que Bobbio habla en el territorio de la izquierda. Desde ah&iacute; polemiza con los intelectuales socialistas y los voceros del Partido Comunista. Esa es su tribuna y ese es su auditorio. El propio t&iacute;tulo del libro que contiene sus aportaciones al debate es claramente un gui&ntilde;o: <i>&iquest;Qu&eacute; socialismo?</i> Ese es el t&iacute;tulo de sus reflexiones sobre... la democracia. En realidad, la compilaci&oacute;n no es una meditaci&oacute;n sobre el socialismo deseable o el tipo de socialismo posible, como anuncia el letrero en portada. Es una potente defensa del r&eacute;gimen democr&aacute;tico, de sus reglas y de sus valores. Es tambi&eacute;n una advertencia sobre las dificultades y las amenazas del pluralismo. Pero el socialismo de la portada se esconde entre las hojas. La palabra apenas se asoma t&iacute;midamente en los &uacute;ltimos p&aacute;rrafos del libro. Lo que es claro es que Bobbio quer&iacute;a dirigirse a los socialistas. Quer&iacute;a discutir con la izquierda desde su propia provincia y por ello empleaba su lenguaje y trataba con cautela a sus &iacute;dolos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La cr&iacute;tica de Bobbio al marxismo es francamente timorata. Vista a la distancia de las d&eacute;cadas, no puede dejar de advertirse el modo en que Bobbio esquiva la confrontaci&oacute;n con la m&eacute;dula materialismo hist&oacute;rico para enfrentarse con enemigos f&aacute;ciles. Se lanza contra el fanatismo marxista, pero se cuida de no criticar la l&oacute;gica del marxismo. Arremete contra los lectores de Marx, no contra Marx; critica que lo Marx no dice, evitando calificar lo que s&iacute; dice. Al marxismo le reprocha fundamentalmente su ausencia de una teor&iacute;a propiamente pol&iacute;tica. A los marxistas no les reprocha serlo, sino serlo <i>exclusivamente.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bobbio trata sentimentalmente al marxismo. En alguna ocasi&oacute;n habl&oacute; de la filosof&iacute;a marxista como una moral, como una ventana &eacute;tica que permit&iacute;a ver el drama de la historia desde el lado de los oprimidos.<sup><a href="#nota">18</a></sup> Pero el marxismo no es el cuento de navidad de Dickens. Su pretensi&oacute;n fundamental es ser filosof&iacute;a, la filosof&iacute;a de la liberaci&oacute;n final del hombre. Esa es una realidad que Bobbio, lector de Popper, no se atreve a llamar por su nombre. Las concesiones ret&oacute;ricas pueden ser eficaces. Una cr&iacute;tica frontal al marxismo habr&iacute;a cerrado los o&iacute;dos de quienes hab&iacute;a elegido como interlocutores. Pero la estrategia lo hace tropezar en absurdos insostenibles. En su defensa del reformismo escribe Bobbio: "si es l&iacute;cito hablar de un marxismo reformista, leninismo y reformismo son dos t&eacute;rminos incompatibles; hablar de leninismo reformista ser&iacute;a como hablar de un c&iacute;rculo cuadrado." Y luego remata su absoluci&oacute;n pol&iacute;tica del marxismo separ&aacute;ndolo de sus disc&iacute;pulos equivocados. Quien "piense que el leninismo es la consecuencia natural del marxismo &#45;a nivel pr&aacute;ctico, no s&oacute;lo te&oacute;rico&#45; est&aacute; totalmente fuera de la l&oacute;gica y de la pr&aacute;ctica del reformismo." &iquest;Puede, en efecto, hablarse de un marxismo <i>reformista?</i> Por supuesto que no. Arrancarle la revoluci&oacute;n a Marx es como robarle el cielo a los cristianos. El marxismo no puede ser reformista: es, desde el n&uacute;cleo, una doctrina revolucionaria.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bobbio hab&iacute;a le&iacute;do <i>La sociedad abierta y sus enemigos</i> de Karl Popper y, un a&ntilde;o despu&eacute;s de que apareciera en ingl&eacute;s, hab&iacute;a publicado una rese&ntilde;a elogiosa del libro. Sin embargo, en sus disputas con la izquierda, no invoca el nombre de quien mostr&oacute; la ra&iacute;z totalitaria del pensamiento marxista. Hablar de Popper era cruzar la frontera e instalarse en el territorio de la derecha. Al mismo tiempo que Bobbio publicaba sus argumentos sobre la democracia evadiendo el cuestionamiento frontal, Leszek Kolakowski se preguntaba sobre el v&iacute;nculo entre el marxismo y el estalinismo.<sup><a href="#nota">19</a></sup> El fil&oacute;sofo polaco sosten&iacute;a que el suelo del marxismo conten&iacute;a la semilla del horror totalitario. El sue&ntilde;o de la humanidad liberada implicaba la eliminaci&oacute;n de las maquinarias instituidas por la burgues&iacute;a. Una sociedad reconciliada no necesitar&iacute;a ley, ni Estado, ni democracia representativa, ni libertades individuales. Todos estos dispositivos eran vistos como una expresi&oacute;n de una sociedad dominada por el mercado. El problema pol&iacute;tico del marxismo no es simplemente, como quiere hacernos creer Bobbio, la zona de sus silencios. Por el contrario, en su esqueleto est&aacute; inevitablemente el armaz&oacute;n totalitario.</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><sub>*</sub></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La vejez volte&oacute; la mirada del fil&oacute;sofo sobre s&iacute; mismo. Un hombre dedicado a comentar los escritos de los cl&aacute;sicos y a aprovechar sus ense&ntilde;anzas para orientar el debate de d&iacute;a, volvi&oacute; con los ojos hacia su experiencia. El vuelco es curioso. Su filosof&iacute;a pol&iacute;tica es una especie de negaci&oacute;n de s&iacute; mismo porque camin&oacute; siempre de la mano de sus cl&aacute;sicos. No me oigan a m&iacute;, escuchen la advertencia de Maquiavelo, la propuesta de Constant, la l&oacute;gica de John Stuart Mill. Su inteligencia ordenadora apenas se escucha como la voz de un int&eacute;rprete de las ideas de otro. Pero despu&eacute;s de cumplir los ochenta a&ntilde;os, Bobbio fue separ&aacute;ndose de los temas acad&eacute;micos para acercarse a su experiencia. Frente al antiguo deleite de los conceptos, el viejo ahora se encuentra saboreando los afectos. Fue as&iacute; que Bobbio fue cediendo a la tentaci&oacute;n de hablar de s&iacute; mismo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su ensayo sobre la vejez escribe que "el gran patrimonio del viejo est&aacute; en el maravilloso mundo de la memoria." Rostros devorados por el tiempo, lugares visitados en a&ntilde;os remotos, fragmentos de poes&iacute;as memorizadas en la adolescencia, escenas de pel&iacute;culas y de novelas. Amigos, familia, amores. Toda la vida por detr&aacute;s. Al viejo ya no le pertenece el futuro. Pero la vejez es fea. Enga&ntilde;a quien dice lo contrario. Con frecuencia, hasta la memoria, la &uacute;nica fortuna, se extrav&iacute;a. El viejo camina despacio, se rezaga, se repite, se aburre. Hay una frondosa tradici&oacute;n literaria que elogia la vejez. La publicidad quiere hacer de los ancianos hombrecitos arrugados, sabios y sonrientes, felices de estar el mundo. No se les llama ancianos sino "personas de la tercera edad." Al hacerlo, estos mensajes hacen de la vejez una nueva mercanc&iacute;a, una nueva clientela. La vejez es terrible, replica Bobbio. Quien alaba la vejez no le ha visto la cara, dice, parafraseando a Erasmo. Basta ver el dolor de los hospitales, la soledad de los asilos, la desesperanza de los enfermos. El viejo Bobbio sab&iacute;a que la vejez es fea y que adem&aacute;s dura una eternidad. Bobbio encaraba la muerte sin esperanza. "Como laico, dec&iacute;a, vivo en un mundo en el que la dimensi&oacute;n de la esperanza es desconocida." La muerte es el fin, la entrada al mundo del no ser.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el ep&iacute;logo de <i>El hacedor,</i> Borges hace el retrato de un anciano. "Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los a&ntilde;os puebla un espacio con im&aacute;genes de provincias, de reinos, de monta&ntilde;as, de bah&iacute;as, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de sastros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de l&iacute;neas traza la imagen de su cara." Bobbio, un hombre que se propuso dibujar el mundo de la pol&iacute;tica, dibuj&oacute; en su cara la imagen de la templanza. Esa era su virtud m&aacute;s querida y a ella dedic&oacute; uno de sus &uacute;ltimos ensayos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ernesto Treccani, amigo suyo, organizaba un ciclo de conferencias para elaborar un diccionario de virtudes. Al pedirle a Bobbio su colaboraci&oacute;n, &eacute;l de inmediato eligi&oacute; la templanza. El diccionario nunca se complet&oacute;, pero el ensayo s&iacute; alcanz&oacute; la imprenta. <i>Elogio della mitezza,</i> fue el t&iacute;tulo en italiano. Los traductores al espa&ntilde;ol explican las dificultades para trasladar <i>mitezza</i> al espa&ntilde;ol. La palabra puede convertirse en mansedumbre, aunque el t&eacute;rmino parece aplicable m&aacute;s a los animales que a los hombres. Mitezza es mesura, moderaci&oacute;n, flexibilidad, dulzura, ductilidad, suavidad. <i>Elogio de la templanza</i> fue el t&iacute;tulo castellano del ensayo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bobbio no hab&iacute;a estado inclinado a tratar las virtudes. Moderno, disc&iacute;pulo de Hobbes, receloso de la ampulosa ret&oacute;rica republicana, Bobbio no crey&oacute; en ning&uacute;n momento que la convivencia pudiera sostenerse en los pilares de la bondad. Era la corpulencia de un Estado que castiga, no la llama de la moral lo que puede dar sentido a la convivencia. Frente a la &eacute;tica de las virtudes, el el esc&eacute;ptico abraza francamente la &eacute;tica de las reglas. Pero el Bobbio de las confidencias &uacute;ltimas toca lo que su teor&iacute;a hab&iacute;a ignorado: los afectos. El cart&oacute;grafo habla as&iacute; de la virtud que m&aacute;s quiere. No habla de ella como si fuera el atributo moral por excelencia, como si la templanza fuera la reina de las virtudes humanas. Para &eacute;l es algo m&aacute;s modesto pero mucho m&aacute;s entra&ntilde;able: el abrigo moral de una personalidad dubitativa. Bobbio escribe sobre la templanza como escribiendo uno de los cap&iacute;tulos no escritos de la <i>Cr&iacute;tica contra m&iacute; mismo</i> que alguna vez quiso publicar, recordando a Croce.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay quien ha visto los miles de papeles dispersos, los cientos de conferencias, las ponencias y c&aacute;tedras de Bobbio como un esfuerzo por construir una teor&iacute;a general de la pol&iacute;tica. As&iacute; se llama precisamente la antolog&iacute;a que su disc&iacute;pulo Bovero prepar&oacute; recientemente para la editorial Trotta. Es cuestionable que ese haya sido el resultado de la obra bobbiana pero en todo caso, lo notable de su reflexi&oacute;n sobre la templanza es que se ubica claramente en el territorio de lo a&#45;pol&iacute;tico. La m&iacute;a, dice Bobbio, es la m&aacute;s antipol&iacute;tica de las virtudes. M&aacute;s que elogio, la templanza merece el vituperio del pr&iacute;ncipe: decir suave es decir d&eacute;bil, vacilante, irresoluto. Es d&oacute;cil el cordero, animal martirizado; no el zorro o el le&oacute;n, las queridas bestias de Maquiavelo. Ah&iacute; est&aacute; su atractivo: "no se puede cultivar la filosof&iacute;a pol&iacute;tica sin intentar entender lo que est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de la pol&iacute;tica, sin adentrarse en la esfera de lo no&#45;politico, sin establecer los l&iacute;mites ente lo pol&iacute;tico y lo no&#45;pol&iacute;tico."</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bien, pero &iquest;cu&aacute;l es la suavidad que Bobbio elogia, la templanza con la que se identifica? Ante todo, es lo contrario de la arrogancia. "El moderado no tiene una gran opini&oacute;n de s&iacute; mismo, no ya porque se menosprecie, sino porque es propenso a creer m&aacute;s en la miseria que en la grandeza del hombre, y &eacute;l es un hombre como todos los otros. (...) El moderado es aquel que "deja ser al otro aquello que es", incluso si el otro es el arrogante, el perverso, el prepotente. No entra en la relaci&oacute;n con los otros con el prop&oacute;sito de competir, de pelear, y al final de vencer. Est&aacute; por completo m&aacute;s all&aacute; del esp&iacute;ritu de la competencia, de la concurrencia, de la rivalidad, y por lo tanto tambi&eacute;n de la victoria. En la lucha por la vida es en realidad el eterno derrotado." En esto &uacute;ltimo se equivoca Bobbio. La templanza es al hombre lo que la ductilidad es a los cuerpos s&oacute;lidos. El moderado no es el "eterno derrotado" porque no contiende. Atraviesa el fuego y no se quema.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero la blandura del moderado tiene un l&iacute;mite, una pasi&oacute;n definitoria. La revela Bobbio en una confesi&oacute;n tard&iacute;a: "detesto con toda mi alma a los fan&aacute;ticos."</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> Lo escribe as&iacute; Maquiavelo en el cap&iacute;tulo XVII de <i>El pr&iacute;ncipe.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754375&pid=S1405-0218200400010000700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> El libro es <i>Derecha e izquierda,</i> trad. Alessandra Picone, Taurus, Madrid, 1995.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754377&pid=S1405-0218200400010000700002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> <i>Autobiograf&iacute;a,</i> trad. Esther Ben&iacute;tez, Santillana, Madrid, 1998, p. 49.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754379&pid=S1405-0218200400010000700003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup> Mar&iacute;a Baranda, "Norberto Bobbio. La historia vista por los perseguidores." <i>Fractal,</i> n&uacute;mero 20.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754381&pid=S1405-0218200400010000700004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup> En Norberto Bobbio, <i>Perfil ideol&oacute;gico del siglo XX en Italia,</i> M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1989, p. 252.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754383&pid=S1405-0218200400010000700005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup> Sobre este punto puede verse el estudio de Alfonso Ru&iacute;z Miguel, <i>Pol&iacute;tica, historia y derecho en Norberto Bobbio,</i> M&eacute;xico, Fontamara, 1994.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754385&pid=S1405-0218200400010000700006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>7</sup>&nbsp;"Si cede la ley" en <i>Las ideolog&iacute;as y el poder en crisis.</i> Ver p&aacute;gina.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>8</sup>&nbsp;<i>Autobiograf&iacute;a, op. cit.,</i> p. 131.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>9</sup> En <i>Pol&iacute;tica y cultura.</i></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>10</sup>&nbsp;Quentin Skinner, "Meaning and Understanding." En <i>Visions of Politics,</i> vol. I., Cambridge University Press, 2002.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754390&pid=S1405-0218200400010000700007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>11</sup>&nbsp;Ferdinand T&ouml;nies, <i>Hobbes,</i> Madrid, Alianza Universidad, 1988.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754392&pid=S1405-0218200400010000700008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>12</sup>&nbsp;Esta advertencia de Bobbio es clara: "En el estudio de los autores del pasado jam&aacute;s me ha atra&iacute;do, especialmente el espejismo del llamado encuadramiento hist&oacute;rico, que eleva las fuentes a precedentes, las ocasiones a condiciones, se diluye a veces en particularidades hasta perder de vista el todo: me he dedicado en cambio con especial inter&eacute;s a la explicaci&oacute;n de temas fundamentales, a la clarificaci&oacute;n de los conceptos, al an&aacute;lisis de los argumentos, a la reconstrucci&oacute;n del sistema." _De <i>Hobbes a Gramsci,</i> vers. castellana de Juan Carlos Bay&oacute;n, Debate, Madrid, 1985.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754394&pid=S1405-0218200400010000700009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>13</sup>&nbsp;El diccionario lo coordin&oacute; con Niccola Matteucci. La traducci&oacute;n al espa&ntilde;ol fue editada por Siglo XXI.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>14</sup>&nbsp;Cuando habla de Julien Benda en estos t&eacute;rminos, habla de s&iacute; mismo: "Con su pasi&oacute;n por las definiciones netas, unida a su horror por la vaguedad y por la idea confusa, que no se integra en relaciones bien definidas con otras ideas." <i>La duda y la elecci&oacute;n. Intelectuales y poder en la sociedad contempor&aacute;nea,</i> Barcelona, Paid&oacute;s, 1998, p. 31.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754397&pid=S1405-0218200400010000700010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>15</sup>&nbsp;<i>Esencia y valor de la democracia,</i> Barcelona, Editorial Labor, 1977.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754399&pid=S1405-0218200400010000700011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>16</sup>&nbsp;<i>Capitalism, Socialism and Democracy,</i> Nueva York, Harper &amp; Row, 1975.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754401&pid=S1405-0218200400010000700012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>17</sup> <i>El futuro de la democracia,</i> M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, p. 136.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754403&pid=S1405-0218200400010000700013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>18</sup> En una respuesta a Palmiro Togliatti, el secretario del Partido Comunista Italiano, escribe: "Estoy convencido de que si no hubi&eacute;ramos aprendido del marxismo a ver la historia desde el punto de vista de los oprimidos, ganando una nueva e inmensa persepctiva en el mundo humano, no nos habr&iacute;amos savado." Aqu&iacute; el gui&ntilde;o es mayor: el laico se dirige al comunista para insinuar que el marxismo es una ruta de salvaci&oacute;n. La cita es recogida por Alfonso Ru&iacute;z Miguel en <i>Pol&iacute;tica, historia y derecho en Norberto Bobbio,</i> M&eacute;xico, Fontamara, 1994, p. 29.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754405&pid=S1405-0218200400010000700014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>19</sup> "Marxist Roots of Stalinism" en Robert C. Tucker, <i>Stalinism. Essays in Historical Interpretation,</i> Nueva York, Norton, 1977.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4754407&pid=S1405-0218200400010000700015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> El libro de Bobbio hab&iacute;a sido publicado un a&ntilde;o antes en Italia.</font></p>      ]]></body><back>
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