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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Los demonios de Heidegger: Eros y manía en el maestro de la Selva Negra]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>&Aacute;ngel Xolocotzi, Luis Tamayo: <i>Los demonios de Heidegger. Eros y man&iacute;a en el maestro de la Selva Negra</i></b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Ricardo Gibu</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Madrid: Trotta, 2012, 239 pp.</b></font></p> 	    <p align="justify">&nbsp;</p>      	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Benem&eacute;rita Universidad Aut&oacute;noma de Puebla</i></font></p> 	    <p align="justify">&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&iquest;En qu&eacute; medida la filosof&iacute;a nutre la vida del fil&oacute;sofo, en qu&eacute; medida la vida configura la propia filosof&iacute;a? Esta cuesti&oacute;n, planteada en torno a la compleja relaci&oacute;n vida&#45;obra del fil&oacute;sofo alem&aacute;n Martin Heidegger, se muestra como el <i>leitmotiv</i> de la investigaci&oacute;n que &Aacute;ngel Xolocotzi y Luis Tamayo emprenden en este libro. A trav&eacute;s de un esforzado y paciente trabajo en fuentes primarias in&eacute;ditas, conservadas en los principales archivos y legados de la obra heideggeriana, los autores logran exponer con notable claridad cu&aacute;les fueron los "demonios" que poseyeron e impulsaron al fil&oacute;sofo de la Selva Negra. Infidelidades, envidias, venganzas, ambiciones, miedos, se pierden en ese hond&oacute;n sombr&iacute;o y poco conocido de la personalidad de Heidegger que esta investigaci&oacute;n saca a la luz y que aten&uacute;a, si no desmiente, aquella imagen del fil&oacute;sofo aislado del mundo y sumido en las profundidades del pensar originario en su peque&ntilde;a caba&ntilde;a en Todtnauberg.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De entre todos los <i>d&aacute;imones</i>, el <i>daimon</i> er&oacute;tico aparece constantemente en todo el libro. Con el desenfado y precisi&oacute;n que lo caracterizaban, el recordado fil&oacute;sofo italiano Franco Volpi, autor del pr&oacute;logo, hace la siguiente observaci&oacute;n: "Ahora sabemos que detr&aacute;s del Heidegger especulativo estaba un Heidegger pasional y mujeriego, y que no fue tan solo la pregunta del Ser la que atorment&oacute; sus d&iacute;as, y m&aacute;s a&uacute;n sus noches, sino tambi&eacute;n otra cuesti&oacute;n: la pregunta por el Eterno Femenino y su irresistible encanto" (p. 15). A trav&eacute;s de un cuidadoso an&aacute;lisis, principalmente de la documentaci&oacute;n epistolar, los autores van ofreciendo trazos n&iacute;tidos sobre el peso de <i>eros</i> en la biograf&iacute;a de Heidegger. En la inevitable tensi&oacute;n entre la imprevisibilidad de lo pasional y la objetividad del pensar reflexivo se va planteando una de las principales dificultades de este trabajo: &iquest;puede lo er&oacute;tico romper con el encasillamiento al que suele conducirlo una visi&oacute;n guiada solo por la curiosidad y el morbo? &iquest;Puede tornarse fuente y objeto de un pensar originario? Responder afirmativamente a esta cuesti&oacute;n implicar&iacute;a entrever en esta pasi&oacute;n una afinidad con la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica. Es precisamente lo que los autores intentar&aacute;n realizar en la introducci&oacute;n del libro recordando el discurso sobre lo er&oacute;tico del <i>Fedro</i> de Plat&oacute;n. <i>Eros</i> &#150;se nos dice en ese di&aacute;logo&#150; es un <i>daimon</i>, es decir, un mediador entre los dioses y los hombres, que cuando desciende deja al hombre fuera de "control porque habita en &eacute;l una llamada divina" (p. 23). Este estar fuera de control puede recibir el nombre de <i>man&iacute;a</i>. No es un mal, sino un don que otorgan los dioses a un hombre, "un don que desborda lo ordinario y muestra lo extraordinario de lo humano" (p. 24). En esta desmesura de <i>eros</i> radica la posibilidad de que el hombre acceda a un orden superior y hable desde la extra&ntilde;eza que &eacute;ste comporta.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La complejidad de lo er&oacute;tico, explicitada en las primeras p&aacute;ginas del libro, permite superar cualquier intento de reducir esta investigaci&oacute;n a un recuento de las historias y los deslices del fil&oacute;sofo de Messkirch en relaci&oacute;n al "irresistible encanto" de lo femenino. Incluso podr&iacute;amos decir que este aspecto peculiar de lo er&oacute;tico no representa el tema central del libro. Su descripci&oacute;n, que se inicia con el romance de Heidegger con Hannah Arendt en el invierno de 1924 en Marburgo y se extiende hasta aquella "relaci&oacute;n er&oacute;tica y de trabajo con Dory Vietta" finalizada en 1959, abarca poco m&aacute;s de un cap&iacute;tulo (pp. 92&#45;130). Deslindando el deseo er&oacute;tico de su sentido &uacute;nicamente sexual, los autores destacan en &eacute;l el impulso inicial que Heidegger requer&iacute;a para que fluya la vida y, de ese modo, el pensamiento exprese sus dictados. El an&aacute;lisis de este impulso permite una aproximaci&oacute;n al talante afectivo del fil&oacute;sofo de Messkirch, a aquella personalidad compleja y esquiva que supera &#150;tal vez contra el parecer de Xolocotzi y Tamayo&#150; los l&iacute;mites implicados en la misma idea de lo er&oacute;tico. Llama la atenci&oacute;n, por ejemplo, que en todo el epistolario citado en el libro no haya asomo alguno por parte de Heidegger de arrepentirse ni de pedir perd&oacute;n a Elfride por sus infidelidades ya descubiertas. Esta actitud, sin embargo, puede comprenderse a partir de los datos aportados en la misma investigaci&oacute;n. &iquest;C&oacute;mo pedir perd&oacute;n a la joven esposa que cedi&oacute; al <i>daimon</i> er&oacute;tico sexual antes que &eacute;l, que le fue infiel con un amigo de juventud s&oacute;lo dos a&ntilde;os despu&eacute;s de casarse y que como resultado de esa infidelidad dio a luz un hijo que el propio Heidegger, a sabiendas de que no era suyo, acept&oacute; como tal? En el futuro &eacute;l se aprovechar&aacute; de esta debilidad de Elfride como un "arma secreta" para justificar las suyas propias. Tambi&eacute;n resulta un reto comprender por qu&eacute; Heidegger, consciente de que el padre biol&oacute;gico de Hermann, su segundo hijo, era Friedel Caesar aceptara no s&oacute;lo la presencia de &eacute;ste en el bautizo del ni&ntilde;o, sino tambi&eacute;n la posibilidad de que fuera su padrino (p. 70).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Consideramos que la cuesti&oacute;n central y m&aacute;s importante del libro se desarrolla, sin embargo, en aquellas partes en donde aparece el <i>daimon</i> de la filosof&iacute;a en la vida de Heidegger. No hay duda de que los impulsos de la carne no fueron lo suficientemente fuertes para mellar la disciplina, el trabajo intelectual y el sentido de misi&oacute;n que pose&iacute;a el "mago" de Messkirch. As&iacute;, por ejemplo, ante los reclamos de Arendt por no poder verle en oto&ntilde;o de 1925, tenemos esta sorprendente respuesta del 10 de enero de 1926: "Te he olvidado &#150;no por indiferencia ni porque se hubieran inmiscuido ciertas circunstancias externas, sino porque deb&iacute;a olvidarte y te olvidar&eacute; cada vez que tome el camino del trabajo &uacute;ltimo y concentrado. No es cosa de d&iacute;as u horas, sino un proceso que se prepara durante semanas y meses y luego remite" (p. 94). &iquest;No estamos aqu&iacute; ante un hombre "fuera de s&iacute;" tocado por el <i>daimon</i> de la filosof&iacute;a capaz de aplacar el furor del hombre enamorado? Uno de los m&eacute;ritos que tiene el libro de &Aacute;ngel Xolocotzi y de Luis Tamayo es el de explicitar con mucha nitidez esta "necesidad interna" de la que habla el propio Heidegger (p. 87), esta fuerza que lo lleva, desde los inicios de su quehacer intelectual, a consolidar su vocaci&oacute;n de fil&oacute;sofo. "Lo &uacute;nico decisivo para m&iacute; &#150;escribe a Elfride en marzo de 1923&#150; es la &iacute;ntima convicci&oacute;n de mi tarea" (p. 77). El camino no puede ser otro que el del trabajo f&eacute;rreo, muy probablemente como el que recorri&oacute; Arist&oacute;teles cuya biograf&iacute;a, como gustaba decir al propio Heidegger, pod&iacute;a resumirse en la siguiente frase: "naci&oacute;, trabaj&oacute; y muri&oacute;". A diferencia del "obrero cient&iacute;fico" (p. 62) que hace gala de un lenguaje y un sistema categorial heredados de la tradici&oacute;n precedente, el fil&oacute;sofo tiene como tarea comprender. Comprender algo "remite a un saber que no es te&oacute;rico (...), consiste en poder hacer frente a algo, en estar a tono con aquello que viene al encuentro" (p. 35) Esta tarea de comprender que se describe como un trabajo "aterrador por momentos" (p. 37) se abre paso a partir de una disposici&oacute;n afectiva que deja "fluir" lo que hasta ese momento se presentaba anudado en la inmediatez del sentimiento (p. 37). S&oacute;lo la vida supera la vida, afirma el fil&oacute;sofo alem&aacute;n, y s&oacute;lo aquel que se aferra al fluir de la vida es capaz de consolidar un estilo propio del pensar filos&oacute;fico. Tal vez nada aparezca con m&aacute;s fuerza y vehemencia en el fil&oacute;sofo que el intento de aferrarse a este flujo vital para crear un nuevo lenguaje filos&oacute;fico y un nuevo estilo "que no sigue programas sino los impulsos que crecen en nuestra intimidad" (p. 68). "No temo por la constancia y la seguridad de mi propio desarrollo; esas fuerzas trabajan y crecen de manera asombrosamente inconsciente", le dice a Elfride en 1919 (p. 67). Es desde esta sorprendente confianza en s&iacute; mismo que Heidegger puede decir que ya no tiene nada que aprender de los fil&oacute;sofos contempor&aacute;neos: "me resta solo medir mis fuerzas con los que juzgo los fil&oacute;sofos m&aacute;s decisivos de la historia" (p. 72). Es de esta confianza en sus posibilidades, aquellas que portan una fuerza transformadora por no decir revolucionaria respecto a la filosof&iacute;a contempor&aacute;nea, de donde provienen sus palabras cuando, ante la posibilidad de no ser nombrado profesor ordinario de filosof&iacute;a, escribe a su esposa: "es suficiente que podamos arreglarnos con los ni&ntilde;os; en cuanto a lo dem&aacute;s, tengo cosas m&aacute;s importantes que hacer que aspirar a una gran carrera o algo por el estilo" (p. 78).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta presunta indiferencia respecto a una gran carrera dif&iacute;cilmente puede considerarse aut&eacute;ntica. Siempre fue una aspiraci&oacute;n de Heidegger llegar a ser profesor universitario y por ello fue causa constante de sufrimiento y angustia la posibilidad de no ganar una plaza. La convicci&oacute;n de poseer una nueva forma de hacer y comprender el trabajo filos&oacute;fico jam&aacute;s se deslig&oacute; de su aspiraci&oacute;n a comunicar esta novedad a trav&eacute;s de la c&aacute;tedra universitaria. Las cr&iacute;ticas a Husserl pueden ya rastrearse desde esta &eacute;poca. Afirma en una carta a Elfride fechada en 1917: "No puedo admitir la fenomenolog&iacute;a de Husserl como definitiva, aunque se aproxima a la filosof&iacute;a (...) es demasiado limitada y sin sangre" (p. 64). Pero sabemos tambi&eacute;n que en estos a&ntilde;os &eacute;l considera estar aprendiendo constantemente "en compa&ntilde;&iacute;a de Husserl" (p. 66). Aprende combatiendo tal como hizo Husserl con su maestro Brentano (p. 67). Este temple agon&iacute;stico y combativo es tambi&eacute;n otro aspecto que puede destacarse de la personalidad de Heidegger y que s&oacute;lo se comprende a partir de su convencimiento de poseer una idea m&aacute;s aut&eacute;ntica y m&aacute;s profunda de la filosof&iacute;a que la de su maestro: "para m&iacute; la filosof&iacute;a cient&iacute;fica va m&aacute;s all&aacute; de Husserl (...) me siento seguro y veo horizontes m&aacute;s amplios y problemas que lo sobrepasan"(p. 67). Heidegger lucha interiormente con Husserl sin que ello signifique despreciar la obra de su maestro. &Eacute;l es consciente de que todav&iacute;a no est&aacute; en condiciones de superarlo: "a los 30 a&ntilde;os uno no est&aacute; maduro a&uacute;n y suele excederse (...) En este sentido, Husserl constituye un buen precepto regulador contra esta tendencia, a pesar de sus inequ&iacute;vocos s&iacute;ntomas de vejez" (p. 67). Este precepto regulador alude al presupuesto fenomenol&oacute;gico que jam&aacute;s le abandonar&aacute;: la idea de que "en la ciencia, lo personal solo se manifiesta en el m&aacute;s objetivo abandono a la cosa y a su forma" (p. 67). Lo que tocaba en 1917 era seguir creciendo como fil&oacute;sofo al lado de otro m&aacute;s experimentado al que se pretend&iacute;a&nbsp; superar cuando se den las condiciones y de cuya fama pod&iacute;a sacar alg&uacute;n partido: "desde el punto de vista pr&aacute;ctico que mi nombre aparezca junto al de Husserl en una portada significa algo, tanto para el estrecho c&iacute;rculo de la Universidad de Friburgo como para la literatura cient&iacute;fica en general" (p. 67). Toda la parte dedicada a esta primera etapa en Friburgo es una de las m&aacute;s logradas del libro. Puede verse con nitidez c&oacute;mo la fuerza del pensamiento heideggeriano va cobrando forma a trav&eacute;s de sus lecciones y va dejando estupefactos a los que toman parte de ellas. El <i>daimon</i> de la filosof&iacute;a se hace presente en sus clases y no deja indiferente a nadie. Leo Strauss, Bruno Strauss, Karl L&ouml;with, Gadamer, Eugen Fink, Walter&nbsp; Biemel, Emmanuel Levinas, son algunos de los nombres dentro de esta constelaci&oacute;n impresionante de fil&oacute;sofos que pasaron por sus aulas y quedaron fascinados por su forma tan singular de hacer filosof&iacute;a. A algunos se les aparece como un aut&eacute;ntico S&oacute;crates ense&ntilde;ando a los "alumnos a filosofar, al preguntar atrevido" (p. 102), no aceptando jam&aacute;s por respuesta una frase grandilocuente ni una f&oacute;rmula abstracta. Cuando escuchaba una respuesta semejante dec&iacute;a: "demasiado erudito, demasiado erudito" o en otro momento "eso es demasiado dif&iacute;cil para m&iacute;, no lo comprendo, &iquest;me lo podr&iacute;a explicar con sus propias palabras?" (p. 102). En estos di&aacute;logos mostraba tambi&eacute;n paciencia cuando ante una opini&oacute;n muy poco afortunada de un alumno "sacaba una pregunta con sentido" (p. 101). No era un profesor f&aacute;cil. Hans Jonas llega a decir que era m&aacute;s dif&iacute;cil que el propio Husserl. Este testimonio concuerda con lo que el propio Heidegger dice de sus lecciones: "Voy a buscar a los j&oacute;venes" &#150;escribe a Jaspers&#150;, "voy a buscarlos", "es decir, los tomo con fuerza de modo que toda la semana est&aacute;n "bajo presi&oacute;n"". En 1919 el fil&oacute;sofo reconoce lo productivo que han sido los primeros a&ntilde;os en Friburgo: "Estoy feliz de mi crecimiento" (p. 68). Y mientras m&aacute;s n&iacute;tido se torna la creaci&oacute;n de un nuevo estilo de filosofar, m&aacute;s consciente se hace del profundo abismo que le separa de Husserl. "Me siento tan libre y creativo que he llegado ahora a una posici&oacute;n clara frente a Husserl: solo me falta obtener una c&aacute;tedra. Entonces podr&eacute; crear plenamente y t&uacute; podr&aacute;s respirar algo m&aacute;s aliviada" (p. 68) Heidegger se aparece entonces dominado m&aacute;s que por el <i>daimon</i> del <i>eros</i> por el <i>daimon</i> de la <i>parres&iacute;a,</i> de aquel &aacute;nimo que, seg&uacute;n Eur&iacute;pides, insufla el discurso franco y directo de un hombre ante una asamblea. Pero tal &aacute;nimo debe ser postergado por razones estrat&eacute;gicas: "debo encontrar la forma (...) &#150;le escribe a Elfride en 1920&#150; de permanecer a su lado &#91;de Husserl&#93; sin caer en conflictos violentos, eludiendo la acentuaci&oacute;n de nuestras diferencias" (p. 68) La confianza ganada a trav&eacute;s de su &eacute;xito como profesor provoca m&aacute;s a este nuevo <i>daimon</i>. As&iacute; en febrero de 1923 llega a decir a L&ouml;with que en su &uacute;ltima sesi&oacute;n quem&oacute; las <i>Ideas</i> I y las destruy&oacute;. Llega a decir incluso m&aacute;s: "llego a la convicci&oacute;n de que Husserl nunca fue fil&oacute;sofo, ni un segundo de su vida. Cada vez es m&aacute;s rid&iacute;culo" (p. 76) Y si eso no fuera suficiente dice todav&iacute;a algo m&aacute;s: "Quiz&aacute;s el viejo advierta en verdad que le estoy retorciendo el cuello, y entonces acabar&aacute; la expectativa de la sucesi&oacute;n" (p. 77). El nombramiento como catedr&aacute;tico llega finalmente el 18 de junio de 1923. Desde ese momento el fil&oacute;sofo de Messkirch tendr&aacute; v&iacute;a libre para "retorcerle el cuello" a Husserl sin temor a represalias, no s&oacute;lo por las atribuciones que comporta tal nombramiento, sino sobre todo por la absoluta ingenuidad del fil&oacute;sofo moravo que en ese entonces dec&iacute;a que la fenomenolog&iacute;a eran &eacute;l y Heidegger, y que s&oacute;lo despu&eacute;s de varios a&ntilde;os, m&aacute;s precisamente en 1927 leyendo <i>Ser y Tiempo,</i> descubr&iacute;a cu&aacute;n distante estaba de su admirado disc&iacute;pulo. La vena virulenta que deja traslucir el fil&oacute;sofo alem&aacute;n en su epistolario se contrasta con el peso de otra p    asi&oacute;n dominante en su vida: el miedo (<i>phobos</i>). Miedo que tal vez se relacione con aquellas miserias de las que habla Volpi al inicio del libro (p. 16), y que lleva al propio Heidegger a reconocer en los a&ntilde;os del rectorado que ya no puede hacer nada por algunos amigos jud&iacute;os que acud&iacute;an a &eacute;l, como fue el caso de Elisabeth Blochmann, amiga (o algo m&aacute;s que eso) que pidi&oacute; su ayuda in&uacute;tilmente para salvar su puesto de trabajo. El testimonio de Blochmann es claro: "por la amistad entre Martin y yo hubiese sido necesario un di&aacute;logo a fondo. Pero &eacute;l ten&iacute;a miedo, eso me quedaba claro" (p. 98). Los autores parecen confirmar esta interpretaci&oacute;n cuando se&ntilde;alan que Heidegger nunca fue un nacional&#45;socialista aut&eacute;ntico (p. 154) y que si bien &eacute;ste continu&oacute; pagando sus cuotas al partido nazi tras su dimisi&oacute;n al rectorado tal acci&oacute;n se debi&oacute; a que en tal r&eacute;gimen totalitario era "inimaginable" abandonar su afiliaci&oacute;n pol&iacute;tica, dicho en otros t&eacute;rminos, era demasiado peligroso hacerlo.</font></p>     	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La nitidez con la que queda expuesto el perfil psicol&oacute;gico del fil&oacute;sofo alem&aacute;n, el sincero retrato realizado de su personalidad tanto en su grandeza como en sus miserias, podr&iacute;a dar lugar a una valoraci&oacute;n moral que, sin embargo, los autores han preferido no ofrecer. Esta "omisi&oacute;n", que no exime el juicio que el propio lector puede hacer, se comprende por la intenci&oacute;n de los autores de &uacute;nicamente exponer aspectos de la vida de Heidegger poco conocidos, sin tomar partido en el debate sobre la moralidad de sus acciones. Si a ello sumamos la reciente publicaci&oacute;n de los tres primeros vol&uacute;menes de los <i>Schwarze Hefte</i> de Heidegger (GA 94&#45;96), diario intelectual escrito entre 1931 y 1941, &#150;en cuyo an&aacute;lisis seguramente se sumergir&aacute;n en los pr&oacute;ximos a&ntilde;os los estudiosos de su obra, sea para confirmar sus interpretaciones, sea para desmentirlas&#150;, esta decisi&oacute;n de Xolocotzi y Tamayo podr&iacute;a tornarse incluso un gesto de prudencia. A reserva de los datos que los <i>Schwarze Hefte</i> vayan revelando, resulta imposible, a la luz de lo que este libro presenta, hablar de una animadversi&oacute;n de Heidegger hacia los jud&iacute;os o de una connivencia con el racismo hitleriano, algo que puede ser cuestionado por la relaci&oacute;n amistosa que mantuvo con jud&iacute;os antes y despu&eacute;s de su compromiso con el nazismo. A ello podemos a&ntilde;adir un rasgo en la compleja personalidad de Heidegger que este estudio destaca y que dif&iacute;cilmente podr&iacute;a conciliarse con un esp&iacute;ritu sectario y violento: la afabilidad. Este rasgo queda confirmado por su hijo Hermann al final de libro: "lo recuerdo como un hombre alegre y afectuoso, diferente a la imagen convencional del fil&oacute;sofo" (p. 200); tambi&eacute;n lo podemos percibir en una foto en la que Heidegger aparece con alumnos de alg&uacute;n seminario suyo en Friburgo (p. 132), en un ambiente de amistad y familiaridad, en el que muchas veces se mezclaron gentiles y jud&iacute;os. Somos conscientes, sin embargo, de que una valoraci&oacute;n integral de la relaci&oacute;n de Heidegger con el nazismo y el juda&iacute;smo, en el estado actual de la obra publicada, resulta una empresa dif&iacute;cil, si no temeraria. Este libro, en todo caso, cumple con el cometido de ofrecer mayores elementos para que esa valoraci&oacute;n se atenga a la historia real del fil&oacute;sofo alem&aacute;n, sum&aacute;ndose as&iacute; a otros que las fuentes bibliogr&aacute;ficas apenas publicadas o por publicarse pondr&aacute;n a la luz.</font></p>	      ]]></body>
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