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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Marco Tulio Cicer&oacute;n: <i>Disputas tusculanas</i></b></font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>V&iacute;ctor Hugo M&eacute;ndez Aguirre</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>2<sup>a</sup>. ed., introd., versi&oacute;n y notas de Julio Pimentel &Aacute;lvarez, M&eacute;xico: UNAM/IIFL 2008, (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana), CCCXCII &#43;237 (dobles) pp.</b></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Instituto de Investigaciones Filol&oacute;gicas, UNAM.</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El conocimiento del doctor Julio Pimentel &Aacute;lvarez, sobre todo lo que ata&ntilde;e a la &eacute;poca de Cicer&oacute;n, es evidente en las notas y la introducci&oacute;n a esta obra, ya que antes de ella (1979) hab&iacute;a traducido, y publicado en la colecci&oacute;n de la UNAM, Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, <i>En defensa de Murena</i> (1972) y, despu&eacute;s continuar&iacute;a publicando, en la citada colecci&oacute;n, las siguientes obras de Cicer&oacute;n: <i>De la rep&uacute;blica</i> (1984), S<i>obre la naturaleza de los dioses</i> (1986), <i>De la adivinaci&oacute;n</i> (1988), <i>Cuestiones acad&eacute;micas</i> (1980), <i>Cat&oacute;n el mayor: de la vejez y Lelio: de la amistad</i> (1997), <i>Las paradojas
de los estoicos</i> (2000), <i>De los fines de los bienes y los males. Libros I&#45;II</i> (2002) y <i>Libros III&#45;V</i> (2003) y <i>Del hado</i> (2005). Resulta afortunado que la segunda edici&oacute;n de las <i>Disputas tusculanas</i> haya visto la luz ahora, casi al final del segundo lustro del siglo veintiuno. En ellas, adem&aacute;s de fijar la fecha de composici&oacute;n &#45;probablemente junio y julio del 45 a. C. (p. IX)&#45;, dar una acuciosa descripci&oacute;n del contenido de la obra y analizar diversos t&oacute;picos ciceronianos, destaca el examen de la filosof&iacute;a de Cicer&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al hablar de traducci&oacute;n de textos latinos, el doctor Pimentel &Aacute;lvarez afirma que "&#91;...&#93; debe guardarse un equilibrio y usarse el buen sentido com&uacute;n, a fin de tener en cuenta no s&oacute;lo la lengua de partida, sino tambi&eacute;n la lengua meta &#91;...&#93;".<sup><a href="#notas">1</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando se habla de Cicer&oacute;n, &eacute;ste suele ser reconocido como un personaje fundamental en la historia de Roma, uno de los mejores escritores de todos los tiempos, orador excepcional, quiz&aacute; &eacute;l mismo "modelo supremo de los oradores", como titul&oacute; a uno de sus tratados, y te&oacute;rico imprescindible de la ret&oacute;rica;<sup><a href="#notas">2</a></sup> pero su importancia en la historia de la filosof&iacute;a no siempre es igualmente apreciada. Es un lugar com&uacute;n afirmar que es un fil&oacute;sofo ecl&eacute;ctico, un tanto esc&eacute;ptico, no demasiado original, cuya filosof&iacute;a sigue de lejos la de los grandes pensadores griegos, y cuyo principal m&eacute;rito, junto con el de Lucrecio, es el de trasplantar
la filosof&iacute;a del griego al lat&iacute;n. Lo anterior quiz&aacute; no carezca totalmente de fundamentos, pero a lo largo de pr&aacute;cticamente ocho lustros Julio Pimentel se ha esmerado en develar en la obra del Arpinate "&#91;...&#93; una propuesta filos&oacute;fica, si no original en cada uno de sus puntos, al menos personal en su conjunto.<sup><a href="#notas">3</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tambi&eacute;n circula la acusaci&oacute;n de que a la filosof&iacute;a de Cicer&oacute;n le falta originalidad, la cual parece no estar bien fundamentada, pues el doctor Pimentel &Aacute;lvarez hace hincapi&eacute; en qu&eacute; sentido las <i>Disputas tusculanas</i> exponen una filosof&iacute;a genuina, para cuya demostraci&oacute;n argumenta:</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pienso, por lo dem&aacute;s, que fil&oacute;sofo no es &uacute;nicamente quien hace teor&iacute;as novedosas o absolutamente originales, pues, si as&iacute; fuera, el n&uacute;mero de fil&oacute;sofos se ver&iacute;a muy reducido. Fil&oacute;sofo es tambi&eacute;n, creo yo, el que reflexiona, el que medita en las grandes interrogantes de la vida humana y trata de hallar respuestas satisfactorias. Pienso que esto es lo que hizo Cicer&oacute;n, pues en ninguna parte de las <i>Tusculanas</i>, pretende ofrecer teor&iacute;as totalmente nuevas; s&oacute;lo se propone encontrar remedios para su alma y para el "adolescente", es decir, para otros que deseen o&iacute;r su voz. (Tusc.,V 41, 121) (pp. XXXIV&#45;XXXV).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y ciertamente las <i>Disputas tusculanas</i> exponen una filosof&iacute;a genuina a lo largo de sus cinco libros. El primero gravita en torno del desprecio a la muerte, en tanto que no se trata de un mal; el segundo se aboca a la tolerancia del dolor; el tercero versa sobre el alivio de la aflicci&oacute;n; el cuarto examina por qu&eacute; es menester no ceder ante las pasiones y, por &uacute;ltimo, el quinto concluye "&#91;...&#93; que la virtud est&aacute; contenta consigo misma para vivir en forma dichosa" (V, 1, 1).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Todos los accidentes biogr&aacute;ficos de Cicer&oacute;n, que un d&iacute;a se vio exaltado a la dignidad de "padre de su patria" y al otro se encontraba en desgracia; que sufri&oacute; la muerte de su hija dilecta, que vivi&oacute; en una sociedad cuyos avatares pol&iacute;ticos, ideolog&iacute;a y convicciones personales frecuentemente conduc&iacute;an al suicidio a personas c&eacute;lebres, como a Cat&oacute;n el Uticense, despu&eacute;s de la batalla de Tapso (p. LXV), quien admiraba profundamente al S&oacute;crates plat&oacute;nico y para quien la filosof&iacute;a no era otra cosa que un ejercicio de preparaci&oacute;n para la muerte, explican en parte no desde&ntilde;able el hincapi&eacute; que hace el Arpinate en que la muerte no es
un mal. Su certeza en la providencia divina y en la inmortalidad del alma &#45;presente &eacute;sta tambi&eacute;n en su <i>Cat&oacute;n el mayor: de la vejez</i> &#45; se muestran de manera magistral en el libro I de las <i>Tusculanas</i>:</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero nosotros, si nos acaece algo de tal naturaleza que nos parezca que Dios nos ha notificado que salgamos de la vida, alegres y d&aacute;ndole las gracias obedezcamos y pensemos que nos va a sacar de la c&aacute;rcel y a quitar las cadenas, sea para que retornemos a la casa eterna, y nuestra con toda raz&oacute;n, sea para que carezcamos de todo sentido y molestia. Pero si nada se nos notifica, seamos sin embargo de tal &aacute;nimo, que aquel d&iacute;a horrible para otros, lo consideremos fausto para nosotros. Y no tengamos entre los males nada que haya sido establecido o por los dioses inmortales o por la naturaleza, madre de todas las cosas. En efecto, no hemos sido generados y creados temeraria y fortuitamente, sino que ha habido, a buen
seguro, una cierta fuerza que mira por el g&eacute;nero humano, y que no lo hubiera engendrado o alimentado para que, despu&eacute;s de haber soportado todos los trabajos, cayera entonces en el mal sempiterno de la muerte. Consider&eacute;mosla, m&aacute;s bien, como un puerto y refugio preparado para nosotros (Tusc., I, 49, 118).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La obra de Cicer&oacute;n, por una parte, refleja claramente un horizonte cultural espec&iacute;fico, grecorromano, previo al Occidente Cristiano. Los ecos de la <i>Apolog&iacute;a</i> y del <i>Fed&oacute;n</i> son innegables, ciertas influencias estoicas son igualmente evidentes. Pero por otra parte, no se le puede escatimar su car&aacute;cter universal, humano. Los diversos temas tratados en <i>Disputas tusculanas,</i> la muerte, el dolor, la virtud, el car&aacute;cter terap&eacute;utico de la filosof&iacute;a, y tantos otros de tal tipo, hacen de esta obra un cl&aacute;sico de la filosof&iacute;a en general y un texto clave para entender a Roma en particular. Cada generaci&oacute;n humana est&aacute; obligada a pensar en los temas que preocuparon
a Cicer&oacute;n. &#191;Y qu&eacute; mejor que conocer las respuestas de los fil&oacute;sofos cl&aacute;sicos a las cuestiones a las que cada ser humano debe enfrentarse&#63;</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero no s&oacute;lo en el estilo del di&aacute;logo filos&oacute;fico es posible reconocer cierta personalidad independiente del Arpinate, sino que tambi&eacute;n algunos de sus planteamientos constituyen hitos filos&oacute;ficos. Algo de esto ocurre con el pensamiento ciceroniano acerca de la vejez, ciertamente m&aacute;s elaborado que la gerontocracia de Plat&oacute;n o la incomprensi&oacute;n aristot&eacute;lica de la senectud; pero en lo que Cicer&oacute;n claramente iguala al Estagirita es en su impronta en lo que ser&iacute;a la reconstrucci&oacute;n te&oacute;rica de la historia de la filosof&iacute;a occidental.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las <i>Disputas tusculanas</i> de Cicer&oacute;n y la <i>Metaf&iacute;sica</i> de Arist&oacute;teles son las interpretaciones de la filosof&iacute;a a partir de las cuales Occidente edific&oacute; su propia historia can&oacute;nica de esta disciplina. Ciertamente, discurriendo sobre las cuatro causas de la realidad &#45;final, formal, eficiente y material&#45; el Estagirita fij&oacute; el nacimiento de la filosof&iacute;a en el agua del monista Tales; a partir de esta reflexi&oacute;n enmarcada en la teor&iacute;a tetracausal, posteriormente se unific&oacute; la idea de que los que ser&iacute;an denominados "presocr&aacute;ticos" se dedicaron al estudio de la naturaleza; pero la concepci&oacute;n de que S&oacute;crates fund&oacute; la &eacute;tica
y a partir de &eacute;l la filosof&iacute;a descendi&oacute; del cielo a la tierra fue consolidada por Cicer&oacute;n:</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero desde la antigua filosof&iacute;a hasta S&oacute;crates, quien hab&iacute;a o&iacute;do a Arquelao, disc&iacute;pulo de Anax&aacute;goras, se trataban los n&uacute;meros y los movimientos y de d&oacute;nde nac&iacute;an todas las cosas y a d&oacute;nde volv&iacute;an, y con empe&ntilde;o eran investigadas por &eacute;stos las magnitudes de las estrellas, sus intervalos, sus cursos y todas las cosas celestes. S&oacute;crates, en cambio, hizo, el primero, descender del cielo a la filosof&iacute;a y la coloc&oacute; en las urbes y la introdujo tambi&eacute;n en las casas y la oblig&oacute; a investigar sobre la vida y las costumbres y las cosas buenas y malas (V, 4, 10).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute; pues, lejos de resultar una figura marginal, el autor de las <i>Disputas tusculana</i>s se erige como un escritor de primera l&iacute;nea. Sucintamente, las <i>Disputas tusculanas</i> del doctor Pimentel &Aacute;lvarez, obra que conjuga una argumentaci&oacute;n filos&oacute;fica rigurosa y sutil con una labor filol&oacute;gica fina y precisa, son una lectura imprescindible para toda investigaci&oacute;n seria que se realice sobre la obra filos&oacute;fica de Cicer&oacute;n a partir de ahora.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="notas"></a>Notas</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> &nbsp;&nbsp;&nbsp;Julio Pimentel &Aacute;lvarez, "Algunas notas sobre la traducci&oacute;n de textos latinos", <i>Noua tellus</i> 14 (1996), p. 262.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9972846&pid=S0188-6649201000010000900001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> &nbsp;&nbsp;&nbsp;V&eacute;ase Marco Tulio Cicer&oacute;n, <i>El modelo supremo de los oradores</i>, introd., versi&oacute;n y notas de Jos&eacute; Qui&ntilde;ones Melgoza, M&eacute;xico, UNAM/IIFL, 2000.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9972848&pid=S0188-6649201000010000900002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> Julio Pimentel &Aacute;lvarez, "Reflexiones sobre la obra filos&oacute;fica de Cicer&oacute;n", <i>Noua tellus</i> 12 (1994), p. 121.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9972850&pid=S0188-6649201000010000900003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body><back>
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