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</front><body><![CDATA[  	    <p align="left"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Carlos Llano Cifuentes: <i>Ensayos sobre Jos&eacute; Gaos: Metaf&iacute;sica y Fenomenolog&iacute;a</i></b></font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Eduardo Charpenel</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico: UNAM Instituto de Investigaciones Filos&oacute;ficas 2008, 213 pp.</b></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Universidad Panamericana, M&eacute;xico.</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El reciente libro de Carlos Llano titulado <i>Ensayos sobre Jos&eacute; Gaos: metaf&iacute;sica y fenomenolog&iacute;a</i> es, en muchos sentidos, un tributo que un alumno le rinde a su venerado maestro. El conocimiento, como bien lo ha subrayado George Steiner en una obra reciente dedicada al tema (<i>Lecciones de los maestros</i>, 2004), se encuentra siempre cifrado en t&eacute;rminos de una transmisi&oacute;n y un v&iacute;nculo personal que une a los seres humanos m&aacute;s all&aacute; del terreno de lo estrictamente acad&eacute;mico o profesional. Por m&aacute;s que se ufana en muchas ocasiones de ser una actividad sumamente conceptual, la filosof&iacute;a tampoco logra escapar a este esquema. Las condiciones vitales y personales son n&uacute;cleos
de los que esta disciplina nunca puede ni debe desprenderse. &#191;Qu&eacute; hubiera sido Plat&oacute;n sin S&oacute;crates&#63; &#191;Qu&eacute; hubiera sido Arist&oacute;teles sin Plat&oacute;n&#63; Estas preguntas que van a contracorriente con los hechos animan nuestra imaginaci&oacute;n y nos inducen a pensar que, con un alt&iacute;simo grado de probabilidad, algo importante se hubiera perdido si en momentos claves de la historia del pensamiento semejantes alumnos no hubieran contado con tales prodigios de maestros. Los lazos que se forman entre maestro y alumno van conformando un testimonio que se prolonga y que se afianza todav&iacute;a m&aacute;s en la medida en la que uno aspira, con el trabajo del d&iacute;a a d&iacute;a, a estar a la altura de la labor de los que nos antecedieron.
Mucho falta por escribir sobre esta cuesti&oacute;n todav&iacute;a, particularmente, dentro del contexto mexicano, donde tantos ilustres educadores, en el pleno sentido de la palabra, han formado con bases s&oacute;lidas a varias generaciones de fil&oacute;sofos. A este respecto, el &uacute;ltimo libro de Carlos Llano contribuye de modo sustantivo a reparar esta carencia. Como lo revelan las interesantes p&aacute;ginas del pr&oacute;logo de Llano, esa deuda con su maestro, contra&iacute;da bajo la forma de la gratitud por la gran cantidad de conocimientos y contenidos humanos recibidos, es lo que anima el examen de la obra de Gaos. Aqu&iacute;, sin embargo, conviene hacer una precisi&oacute;n importante: si bien Llano no tiene reparo alguno en ocultar lo mucho que estima a este fil&oacute;sofo
hispano&#45;mexicano y todo lo que aprendi&oacute; del mismo, tambi&eacute;n es verdad que esto no lo conduce a las loas y las alabanzas inmerecidas, en las cuales abundan otro tipo de escritos de contenido muy emotivo pero de escaso valor especulativo. Antes bien, tenemos un estudio serio y estructurado en nuestras manos; nada semejante a un paneg&iacute;rico nost&aacute;lgico. Lo que descubrimos conforme avanza el ensayo es que el pensamiento de Gaos tiene mucho que decirnos y, como bien apunta el autor, hay tesoros intelectuales por los cuales uno se siente aut&eacute;nticamente obligado a luchar para que no sean relegados al ba&uacute;l del olvido. Pensamientos y desarrollos filos&oacute;ficos como los de Jos&eacute; Gaos pertenecen a esta categor&iacute;a. Llano realiza un recorrido extraordinario
por el pensamiento del pensador de Gij&oacute;n a trav&eacute;s de un an&aacute;lisis serio y estructurado. Encontramos aqu&iacute; una lectura cuidadosa de las obras publicadas en vida, una revisi&oacute;n de muchos manuscritos que no han sido editados para el grueso del p&uacute;blico, as&iacute; como un recuento de varias lecciones que recibi&oacute; de viva voz por parte del fil&oacute;sofo. Una vez que ha trazado con sumo cuidado y detalle el marco donde estableci&oacute; el primer contacto con el pensamiento de Gaos, Llano se adentra en discusiones metaf&iacute;sicas, epistemol&oacute;gicas, fenomenol&oacute;gicas y existenciales que se destacan por su rigor intelectual, su consistencia argumentativa, y su flexibilidad met&oacute;dica. Aunada a las virtudes anteriores, me parece que una
indudable cualidad del libro es su <i>erudici&oacute;n</i>, un t&eacute;rmino este &uacute;ltimo que a veces nos remite a un c&uacute;mulo de conocimientos de poca utilidad o a una soberbia actitud de autosuficiencia. Cierto: la erudici&oacute;n puede tomar esos tintes cuando el tema a tratar no la justifica. En cambio, en el desarrollo de un examen de la obra de Jos&eacute; Gaos, el amplio conocimiento de la historia del pensamiento no es tanto un requisito como un imperativo: recordemos que Gaos fue un fil&oacute;sofo polifac&eacute;tico que tuvo contacto con una gran cantidad de tradiciones de pensamiento, entre las cuales destacan el neokantismo, la fenomenolog&iacute;a en sus vertientes husserliana y heideggeriana, y el vitalismo de Ortega y Gasset y de Bergson. Adem&aacute;s, tuvo un
conocimiento profundo de los autores griegos, latinos, medievales y modernos. El alcance especulativo de Jos&eacute; Gaos se debe en grand&iacute;sima medida a esta sobresaliente capacidad de asimilaci&oacute;n de los fil&oacute;sofos que le antecedieron. Traductor de Spinoza, Kant, Hegel, Husserl, Heidegger y Hartmann, entre otros, Gaos tuvo el innegable m&eacute;rito de trasladar los contenidos, los planteamientos metodol&oacute;gicos y las geniales intuiciones del pasado a un contexto contempor&aacute;neo dentro del cual se ocup&oacute; nuevamente, con todas las ventajas que implica el poder apreciar un panorama desde la perspectiva de estas cumbres intelectuales, de las preguntas caracter&iacute;sticas que han ocupado a la filosof&iacute;a desde su aparici&oacute;n. Hay pensadores que lo
intimidan a uno. Gaos se cuenta entre ellos: tratar con sus aportaciones se antoja todo, menos una tarea sencilla. Pues bien, resulta palpable que Llano tambi&eacute;n ha podido superar con &eacute;xito esta empresa y con creces: no s&oacute;lo ha sido capaz de reconstruir todos estos puentes conceptuales entre escuelas filos&oacute;ficas tan diversas &#45;lo cual ya habr&iacute;a bastado por s&iacute; mismo para formar una obra s&oacute;lida y valiosa&#45;, sino que adem&aacute;s ha podido relacionar las discusiones de su maestro con problem&aacute;ticas de la filosof&iacute;a anal&iacute;tica cl&aacute;sica y, de modo m&aacute;s particular, con la filosof&iacute;a de cu&ntilde;o escol&aacute;stico. Una filosof&iacute;a de la cual, dicho sea de paso, Carlos Llano es un insigne representante,
tal como lo deja ver la enorme cantidad de escritos que ha dedicado tanto a las fuentes directas de la filosofia escol&aacute;stica como a los problemas contempor&aacute;neos: problemas estos &uacute;ltimos a los que se ha aproximado con una metodolog&iacute;a de esta inspiraci&oacute;n, tambi&eacute;n con notable &eacute;xito. Mucho se ha desprestigiado a la filosof&iacute;a escol&aacute;stica y neoescol&aacute;stica por ocuparse de forma tan celosa de las fuentes antiguas. Quiz&aacute;s, en algunos casos, esta cr&iacute;tica ha tenido algo de v    erdad. Pero un reproche de esta naturaleza no puede hac&eacute;rsele a Llano por todo lo que su misma trayectoria deja ver con claridad: si bien ha vuelto la vista hacia el pasado en b&uacute;squeda de directrices, esto no ocurre porque &eacute;l crea
que la disciplina que se ejerce sea una mera arqueolog&iacute;a del saber, sino porque se tiene la certeza de que las grandes empresas en el terreno del conocimiento se construyen con el esfuerzo de muchos, y m&aacute;s puntualmente, no s&oacute;lo de los que se encuentran presentes sino tambi&eacute;n de aquellos que le precedieron y que sentaron las bases para que uno se siga ocupando de tales planteamientos. Semejante modo de ver la filosof&iacute;a es algo que Llano pudo aprender de su maestro y que, si se me permite hablar de mi propia persona, es algo que yo intent&eacute; aprenderle d&iacute;a a d&iacute;a desde que lo conoc&iacute;.</font></p>     	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La obra se divide en cuatro ensayos que abordan problem&aacute;ticas como los objetos ideales y entes metaf&iacute;sicos, el conocimiento del singular, la filosof&iacute;a del no, y la problem&aacute;tica de las antinomias filos&oacute;ficas. Me limito en este espacio a realizar unas muy breves observaciones sobre los rasgos que me parecen particularmente interesantes y novedosos de los primeros dos ensayos. Rasgos que me llevar&aacute;n a tratar el tema de las condiciones subjetivas del filosofar a las cuales anteriormente me refer&iacute;. En el primer ensayo, en el marco de una discusi&oacute;n sobre las semejanzas de los objetos ideales (n&uacute;meros), los objetos metaf&iacute;sicos f&iacute;sicos (el &aacute;tomo, las ondas electromagn&eacute;ticas)
y los objetos metaf&iacute;sicos no f&iacute;sicos, es muy interesante ver que Llano, siguiendo a Gaos, nos muestra c&oacute;mo incluso en teor&iacute;as o investigaciones tan decididamente abstractas y complejas siempre se colar&aacute; un resabio de la subjetividad humana. La definici&oacute;n cl&aacute;sica de la metaf&iacute;sica como "conocimiento del ente en cuanto ente" s&oacute;lo es un ideal regulativo de ciencia o de saber al cual aspiramos de manera asint&oacute;tica. Ninguna teor&iacute;a metaf&iacute;sica ha podido consumar de forma perfecta y acabada semejante pretensi&oacute;n. Por supuesto, es una posibilidad a la cual el fil&oacute;sofo nunca renuncia, pero es una tarea que, si uno es prudente, sabr&aacute; que es y ser&aacute; imposible llevar a &uacute;ltimo t&eacute;rmino
sin referencia a las situaciones vitales dentro de las cuales uno se encuentra inmerso. El siguiente pasaje de Llano muestra tanto su postura como la de su maestro: "Jos&eacute; Gaos se muestra enemigo de lo que &eacute;l llama la teor&iacute;a cl&aacute;sica de la teor&iacute;a (es decir, la teor&iacute;a pura); esto es, la posibilidad de un pensamiento exento de toda influencia de las emociones y mociones &#91;...&#93;, la posibilidad del desprendimiento del sujeto pensante y objetivante respecto del resto de su objetividad. (p. 20)" Esto, como se alcanza a ver a primera vista, es una aspiraci&oacute;n a un rigor absoluto que nos hablar&iacute;a, en t&eacute;rminos cl&aacute;sicos, de aquel vicio del cual Arist&oacute;teles nos previene constantemente en su filosof&iacute;a y del cual muchos
planteamientos modernos adolecieron: la <i>apaideous&iacute;a</i>, la falta de fineza intelectual que, por un lado, nos hace ser laxos en &aacute;mbitos donde no deber&iacute;amos de serlos y, de modo m&aacute;s importante para lo que aqu&iacute; nos ocupa, nos hace exigir una objetividad y una exactitud que rayan en lo obsesivo. El conocimiento de Gaos de la obra de Heidegger y de Ortega y Gasset le permiti&oacute; poder detectar lo desencaminado que se encontrar&iacute;a cualquier planteamiento que soslayara la disposici&oacute;n afectiva como un acceso privilegiado a ciertas experiencias y circunstancias vitales y, por qu&eacute; no decirlo, metaf&iacute;sicas. La agudeza de Llano consiste en ver que toda la tradici&oacute;n filos&oacute;fica se mueve dentro de estas coordenadas. Dentro
de la tradici&oacute;n medieval, por ejemplo, me viene a la mente el caso de San Agust&iacute;n, quien habla en las <i>Confesiones</i> de un "sobrecogimiento de amor y horror" (<i>contremui et amore et horrore, Confesiones,</i> 7, 10, 16) y de un "golpe de vista trepidante" (<i>ictu trepidantis aspectu, Confesiones</i>, 7, 17, 23) al momento de descubrir la luz interior de la memoria que lo conducir&aacute; a postular la existencia de Dios. Llano elabora una lectura de la obra de Gaos que se mueve en un terreno semejante. Entre otras cosas, el autor pone de relieve la metaf&iacute;sica del hombre de Jos&eacute; Gaos: una metaf&iacute;sica que hay que entender como un an&aacute;lisis de la inventiva humana en vistas de la constante insatisfacci&oacute;n que posee el hombre con su entorno. La
consciencia de la transitividad y de la fugacidad de la vida, como condici&oacute;n existencial a la que se ve sometida todo individuo, lleva a Gaos a realizar una fenomenolog&iacute;a sobre las distintas respuestas que se pueden tener ante dicha circunstancia: o bien uno puede afanarse m&aacute;s a lo temporal y a lo transitorio buscando colmar nuestras necesidades materiales incansablemente &#45;una actitud que a m&iacute;, en lo particular, me parece puede remitirse a la de Calicles dentro del <i>Gorgias</i> de Plat&oacute;n&#45; o bien, uno puede fijar su vista, en (cito a Gaos en <i>Del hombre</i>), "una vida y un Dios eternos en la religi&oacute;n y en la filosof&iacute;a", de suerte que "no hay un mal mayor que la fugacidad de la existencia o inexistencia, ni bien mayor que la existencia
infinita". El hombre puede adoptar una u otra de estas opciones existenciales. Lo que se pone de manifiesto en esta fenomenolog&iacute;a es que la actitud vital y la cosmovisi&oacute;n del hombre pueden rastrearse, en &uacute;ltimo t&eacute;rmino, a esta decisi&oacute;n de grand&iacute;sima importancia. Toda construcci&oacute;n o cimiento filos&oacute;fico posterior depende de este movimiento y de esta elecci&oacute;n que se da antes del mismo desarrollo o cultivo de la ciencia. De alguna forma, el resultado de esta oscilaci&oacute;n entre lo real y lo ideal &#45;que, en t&eacute;rminos de Gaos, reflejan el estado de desequilibrio del hombre&#45; determinar&aacute; tanto la predisposici&oacute;n de &aacute;nimo como la vida filos&oacute;fica que uno puede desarrollar. La fenomenolog&iacute;a
de Gaos no soslaya ninguno de estos polos, pero tampoco se compromete seriamente a sentar las bases de una normatividad que nos permita distinguir la superioridad de un tipo de existencia con respecto al otro. En &uacute;ltimo t&eacute;rmino, y esto me parece que resulta particularmente acertado del estudio, Llano rastrea que la falta o carencia en Gaos sobre la "jerarquizaci&oacute;n" con respecto a los distintos tipos de vida que uno puede llevar, se remite en &uacute;ltimo t&eacute;rmino al m&eacute;todo que Gaos decide adoptar para estudiar esta dicotom&iacute;a. Creo que este punto muestra convincentemente por qu&eacute; Llano es tan buen disc&iacute;pulo: con las bases te&oacute;ricas de Gaos que remiten los sistemas filos&oacute;ficos a cierto tipo de actitudes por parte de quien los
esboza, Llano pasa examen de la obra del maestro y detecta, con enorme lucidez, por qu&eacute; el de Gij&oacute;n no se atreve a dar un paso todav&iacute;a m&aacute;s all&aacute;. Que el alumno emplee las herramientas del maestro es una confirmaci&oacute;n de que la ense&ntilde;anza se llev&oacute; a buen t&eacute;rmino. En este caso, sin embargo, el asunto es todav&iacute;a m&aacute;s destacado, pues vemos que Llano no se limita a hacer ex&eacute;gesis de estos planteamientos, sino que es capaz de tomar una distancia con el contenido de los mismos. La het    erodoxia del alumno confirma su madurez y su fecundo desarrollo personal como fil&oacute;sofo.</font></p>     	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Este &eacute;nfasis en los aspectos existenciales del conocimiento se deja ver tambi&eacute;n cuando Llano discute sobre las emociones ligadas a los conceptos metaf&iacute;sicos. El ejemplo paradigm&aacute;tico sobre este punto ser&iacute;a el acto y la potencia: Gaos concluir&aacute; que la demostraci&oacute;n aristot&eacute;lica de la prioridad del primero sobre el segundo no es concluyente y que, en todo caso, podemos ver una preocupaci&oacute;n vital en el Estagirita por subrayar "el af&aacute;n de ser infinitamente" sobre "el horror del no ser", una sensaci&oacute;n que, dicho sea de paso, animar&aacute; las creaciones m&aacute;s fecundas del barroco. se trata de una actitud contraria, por ejemplo, a la que posteriormente expresar&iacute;a
Heidegger al decir "m&aacute;s alta que la realidad est&aacute; la posibilidad". En este estudio, como Llano detecta con puntualidad, parece que Gaos se inclina m&aacute;s por afirmar que el hombre es m&aacute;s bien el ser que apunta hacia el infinito y no hacia la nada. Tal pensamiento, concluye Llano, es una muestra de que uno debe salir del agnosticismo y debe pronunciarse, ante un problema filos&oacute;fico, por cierta postura. La justificaci&oacute;n que podamos hacer de la misma ir&aacute; de la mano de todos los aspectos volitivos, afectivos y situacionales del hombre, de modo que una cabal comprensi&oacute;n de un determinado problema metaf&iacute;sico y especulativo nunca podr&aacute; dejar de lado nuestra "raz&oacute;n impura", por decirlo en t&eacute;rminos un tanto opuestos a Kant.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La imposibilidad de una teor&iacute;a pura que se desprenda de todo tipo de instancias personales tambi&eacute;n se deja ver en el interesante estudio que se hace sobre la filosof&iacute;a del lenguaje en Gaos y los matices objetivos y subjetivos que las expresiones ling&uuml;&iacute;sticas pueden tener de cara al conocimiento del singular. Desde la tradici&oacute;n fenomenol&oacute;gica, Gaos detecta una peculiaridad ling&uuml;&iacute;stica que fue particularmente examinada y explorada por Austin, Ryle, Wisdom y otros destacados fil&oacute;sofos de la escuela del lenguaje ordinario: con las palabras no s&oacute;lo designamos cosas sino que realizamos acciones que exceden por mucho un marco meramente descriptivo y pict&oacute;rico de la realidad.
Sin embargo, desde este planteamiento, encontramos distintos elementos novedosos. Seg&uacute;n Gaos, la mera designaci&oacute;n de objetos puede cambiar en cuanto a su significado dependiendo de la entonaci&oacute;n del hablante y la caracterizaci&oacute;n contextual de la situaci&oacute;n. En otros t&eacute;rminos, no es irrelevante el tipo de hablante y la forma en que se expresa para entender la significaci&oacute;n de sus aseveraciones.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Este planteamiento, tal y como nos lo muestra Llano, es radicalizado con la descripci&oacute;n de las acciones singulares de otras personas, toda vez que la descripci&oacute;n que se pueda hacer de las mismas, desde la perspectiva de la primera persona gramatical evaluando sobre la tercera, tendr&aacute; una incidencia directa en la inteligibilidad misma de cualquier discurso ling&uuml;&iacute;stico. S&oacute;lo atendiendo a la forma de articular los distintos eventos desde la perspectiva de un observador puede entenderse que un concepto se individualice y que algo as&iacute; como el conocimiento del singular llegue a ser posible. Citando las palabras del propio Llano: "Es, por tanto, la referencia a m&iacute; la que hace posible la determinaci&oacute;n
de &eacute;l y la individuaci&oacute;n de amar: si no fuera as&iacute;, el acto de amar no ser&iacute;a individual, pues podr&iacute;a objetivarse como ejercido por cualquiera." (p. 51).</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con esto presente, el estudio es capaz de dar cuenta de la respuesta original que da Gaos al problema del conocimiento del singular: la materia "signada" no es la condici&oacute;n de la inteligibilidad singular de algo sino el sujeto mismo que la designa como tal. La presentaci&oacute;n de una sustancia individual se hace a partir de un proceso complejo de percepci&oacute;n que nos hace designar a algo como sustancia. En contra de lo que ser&iacute;a cierto realismo metaf&iacute;sico ingenuo, no consiste en reconocer una cualidad privilegiada oculta que s&oacute;lo se har&iacute;a patente despu&eacute;s de un largo escrutinio. La interioridad y la actividad no&eacute;tica son un principio privilegiado para afirmar tanto el conocimiento particular
de las otras cosas como la identidad personal. En este punto, las palabras de Llano son particularmente esclarecedoras: "&#91;...&#93; el sujeto de conocimiento se constituye como principio propio no&eacute;tico de individuaci&oacute;n de aquello que conoce individualmente. El sujeto cognoscente desde su propia, peculiar, y suprema individualidad, individualiza a su objeto no&eacute;ticamente, al conocerlo." (p. 58). Con todo, no se trata de un estudio neutro, pues Llano, como el brillante neoescol&aacute;stico que es, muestra varios puntos en los que la interpretaci&oacute;n de la materia signada por parte de Gaos resulta sesgada, en tanto que parecen confundirse en su planteamiento la individuaci&oacute;n ontol&oacute;gica (por qu&eacute; este objeto es singular) y la individuaci&oacute;n
no&eacute;tica (c&oacute;mo conozco que este objeto es singular). Con este punto cr&iacute;tico de fundamental importancia, Llano elabora un s&oacute;lido estudio del lenguaje que se&ntilde;ala los m&eacute;ritos, las carencias y los alcances te&oacute;ricos de la propuesta del fil&oacute;sofo de Gij&oacute;n. Una propuesta, la de Gaos que, como he procurado resaltar, se caracteriza por la cercan&iacute;a de cada objeto al sujeto de la expresi&oacute;n. Tal cercan&iacute;a permite a su vez la comprensi&oacute;n "indefinible" del singular y su inserci&oacute;n contextual en un mundo en el que, siguiendo a Wittgenstein y a Llano, tendr&iacute;amos que afirmar m&aacute;s la existencia de los hechos que la de las cosas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esto en lo que toca a los aspectos interesantes y destacados de los primeros dos estudios del libro. Dejo de lado una discusi&oacute;n de los siguientes dos. Referirme a los temas de la filosof&iacute;a del no y el de las antinomias filos&oacute;ficas me obligar&iacute;a a un estudio mucho m&aacute;s puntual y detallado del que podr&iacute;a realizarse en un espacio limitado. Lo que puedo permitirme distinguir <i>grosso modo</i> de los mismos es, nuevamente, el fino an&aacute;lisis que hace Llano de las propuestas de su maestro, atendiendo tanto a las fuentes y a los alcances de las mismas. Las respuestas escol&aacute;sticas de Llano, lejos de oscurecer el discurso de Gaos, arrojan sobre &eacute;l una nueva y brillante luz que, estoy seguro,
abrir&aacute; el camino a nuevos y fecundos estudios sistem&aacute;ticos de la obra escrita de Gaos, la cual, c&oacute;mo he comentado, es ampl&iacute;sima, si consideramos tanto su obra publicada como todos los manuscritos que de &eacute;l se conservan. Adem&aacute;s, este libro contin&uacute;a con la labor de abrir las puertas para que le demos el lugar que le corresponde a la filosof&iacute;a escrita en lengua castellana. A mi parecer, lo que revela el estudio de Llano no es s&oacute;lo que los fil&oacute;sofos hispanoamericanos estamos tan facultados para la especulaci&oacute;n y el di&aacute;logo como los fil&oacute;sofos de otras latitudes, sino que adem&aacute;s esto puede realizarse con aproximaciones que resultan francamente originales. A modo de contraste con este libro, me parece
que hay varios escritos que, de manera poco seria y con un lirismo exacerbado, tienden a subrayar el aspecto existencial de la filosof&iacute;a, sin bases s&oacute;lidas de ning&uacute;n tipo. El libro de Llano me parece que tiene el innegable m&eacute;rito de franquear todas esas adversidades, plantear tesis y argumentos s&oacute;lidos, y a su vez, no perder el contacto con el mundo de las experiencias vitales, f&eacute;rtil terreno en el cual se siembra y se cosecha toda reflexi&oacute;n valiosa. Libros as&iacute;, en definitiva, no son nada f&aacute;ciles de encontrar.</font></p>      ]]></body>
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