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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Debate</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>La historia frente</b> <b>a los tiempos de la dispersi&oacute;n</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Antonio Annino von Duesk</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En un primer momento pens&eacute; en hablar de mis temas de investigaci&oacute;n, pero me di cuenta del riesgo de repetirme, puesto que al momento no tengo nada nuevo para decir. As&iacute; que opt&eacute; por un tema, sin duda arriesgado, pero que nos involucra a todos nosotros que hacemos esta extraordinaria profesi&oacute;n que es la del historiador. Me refiero a la incertidumbre que rodea a nuestra disciplina. Hay quien habla de "crisis" o hasta de "muerte" de la historia. Yo no soy tan pesimista. Creo, sin embargo, que s&iacute; estamos viviendo una etapa de cambios en todos los sentidos, m&aacute;s significativos de lo que podemos percibir, y tan profundos que resulta dif&iacute;cil definirlos. Estoy convencido de que &eacute;ste es el problema principal: aclarar lo que estamos viviendo. Porque el cambio no afecta s&oacute;lo nuestro saber de historiadores sino la manera de percibir el mundo. La incertidumbre del saber hist&oacute;rico es el reflejo de la incertidumbre del "estar en el mundo", como hubiera dicho Heidegger. La raz&oacute;n de esta cita la explicar&eacute; m&aacute;s adelante. Por el momento me interesa aclarar que voy a hablar desde el punto de vista europeo, porque pertenezco al Viejo Mundo aunque me ocupe del Nuevo. Confieso no estar al tanto de los debates americanos acerca de la "crisis" de la historia. Espero, sin embargo, que las percepciones de un europeo resulten interesantes para los amigos michoacanos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">He hablado de incertidumbre. Entonces hay que empezar con sus s&iacute;ntomas. El primero es la reducci&oacute;n de las c&aacute;tedras de historia en las universidades europeas. La justificaci&oacute;n oficial es que falta el dinero, m&aacute;s ahora con la crisis econ&oacute;mica. Sin embargo, aunque el dato es cierto, quedan algunas dudas. Las c&aacute;tedras sacrificadas son las de Historia Medieval e Historia Moderna (siglos XVI&#45;XIX), mientras que las de Historia del Siglo XX (contempor&aacute;nea) son las menos perjudicadas. A la vez se asiste a una proliferaci&oacute;n de las c&aacute;tedras de ciencias sociales. Es clara la tendencia a privilegiar, a pesar de la crisis, el estudio del presente. El dato sugiere muchas reflexiones. La primera es el ocaso del gran modelo historiogr&aacute;fico de los <i>Annales</i> de la &eacute;poca de Braudel. Su conocida idea de "historia mercado com&uacute;n de las ciencias sociales" supon&iacute;a la capacidad del pensamiento hist&oacute;rico de "apoderarse" de las ciencias sociales y promover as&iacute; un nuevo tipo de historia total, capaz de articular entre s&iacute; todas las facetas de lo material y de lo inmaterial. Hubo un intento de renovaci&oacute;n, con la as&iacute; dicha "nueva historia" de los a&ntilde;os setenta, muy sensible a la antropolog&iacute;a y a la producci&oacute;n de los discursos, pero no se logr&oacute; detener el avance de las ciencias sociales, es decir de la mirada sincr&oacute;nica a expensas de la diacr&oacute;nica. As&iacute; que el resultado final fue que las ciencias sociales le ganaron a la historia, ocupando el centro epistemol&oacute;gico de nuestro universo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay un segundo s&iacute;ntoma emp&iacute;rico. El presidente Kennedy tuvo como consejero en el Comit&eacute; de la Seguridad Nacional a Arthur Schlesinger, conocido historiador de Harvard. Hoy los "consejeros del pr&iacute;ncipe" en todos los pa&iacute;ses son los polit&oacute;logos. Personalmente no tengo nada en contra de la politolog&iacute;a, que estudi&eacute; en la universidad y sigo leyendo con inter&eacute;s. El punto es que hubo &#45;y no s&oacute;lo a mi manera de ver&#45; una involuci&oacute;n ilusoria de la disciplina hacia lo meramente cuantitativo, a partir de la idea de que los datos pol&iacute;ticos tienen un valor intr&iacute;nseco y que se pueden medir con n&uacute;meros, como hacen los economistas con el dinero.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hubo, es cierto, una reacci&oacute;n neoinstitucionalista en contra de lo cuantitativo en Harvard hace poco, pero todav&iacute;a no sabemos si va a imponerse o no. Lo que me interesa destacar es que la "dictadura del presente" en las ciencias sociales tiene que ver con una visi&oacute;n neo&#45;hobbesiana de la pol&iacute;tica. No es casual que Hobbes sea el autor de referencia de muchos polit&oacute;logos, tambi&eacute;n en Am&eacute;rica Latina. Pero no el Hobbes de la soberan&iacute;a absoluta, descubierta por la doctrina alemana en la &eacute;poca de Bismarck, sino el Hobbes que quiso aplicar a la pol&iacute;tica el m&eacute;todo de la revoluci&oacute;n cient&iacute;fica de Galileo y de Newton. El Hobbes que en su obra <i>De cive</i> (1642) afirma que hay que estudiar el Estado como se estudian los relojes, porque los dos est&aacute;n hechos de piezas mec&aacute;nicas. Gran parte de la ciencia social hoy es neo&#45;hobbesiana porque cree que la pol&iacute;tica pone problemas "t&eacute;cnicos", de ingenier&iacute;a, de reglas que pueden ser calculadas. Los verdaderos sujetos de la pol&iacute;tica no son los hombres, sino que son &#45;hobbesianamente&#45; aquellas reglas que imponen orden en la sociedad. Repito, estamos frente a una involuci&oacute;n. Hace cuarenta a&ntilde;os la agenda de la politolog&iacute;a privilegiaba todav&iacute;a el estudio de las elites, un tema hoy desaparecido, a pesar de que este tema fue constitutivo del origen de la misma disciplina antes de la Primera Guerra Mundial, con las obras de Wilfredo Pareto, Gaetano Mosca, Robert Michels, Max Weber, entre otros.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La "dictadura del presente" no es por lo tanto la dictadura de una dimensi&oacute;n del tiempo, sino de una visi&oacute;n t&eacute;cnica del mundo, una visi&oacute;n que asimil&oacute; la t&eacute;cnica del quehacer material a una supuesta t&eacute;cnica del quehacer intelectual. Y la t&eacute;cnica no tiene tiempo porque no tiene fines sino s&oacute;lo procedimientos, n&uacute;meros, c&aacute;lculos, como dijo precisamente Heidegger hace ya casi un siglo. Y, como ustedes saben, existe desde entonces un desarrollo impresionante de reflexiones acerca de este tema. El nudo crucial es que nadie que sea una persona sensata quiere deshacerse de la t&eacute;cnica. El problema es el gobierno mental de ella.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si me detuve sobre este punto problem&aacute;tico y bien conocido de la modernidad, es para se&ntilde;alar que s&oacute;lo hasta hace poco, y tard&iacute;amente, nuestra disciplina ha tomado plena conciencia de este desaf&iacute;o hist&oacute;rico. &iquest;Por qu&eacute; se necesit&oacute; tanto tiempo? No es f&aacute;cil contestar una pregunta que seguramente tiene muchas respuestas posibles. Como europeo, pienso que una explicaci&oacute;n se encuentra en la ca&iacute;da del Muro de Berl&iacute;n, un evento dram&aacute;tico y a la vez simb&oacute;lico que a mi manera de ver marc&oacute; el ocaso de una &eacute;poca entera. Y como historiador encuentro fascinante vivir una experiencia que hasta ahora conoc&iacute;a s&oacute;lo en los libros de historia: los grandes cambios epocales duran mucho tiempo y sus efectos profundos son percibidos paulatinamente y s&oacute;lo en forma parcial por los actores que los viven. Hasta ahora no hemos vivido todas las consecuencias de aquel acontecimiento. Un s&iacute;ntoma es la paradoja en que nos encontramos: por muchas d&eacute;cadas se hab&iacute;a imaginado que sin el comunismo en su versi&oacute;n totalitaria ser&iacute;a m&aacute;s f&aacute;cil pensar nuevas soluciones al agobiante problema de la justicia y de la libertad, y ahora, veinte a&ntilde;os despu&eacute;s del Muro, no hay otra manera de pensar el mundo diferente de como el mundo es, <i>a pesar de los cambios que estamos viviendo.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A lo largo de los dos siglos pasados pudimos pensar en alternativas viables a la pobreza, la libertad, el desarrollo, la misma "felicidad", etc&eacute;tera. Hoy no. La "dictadura del presente" es tambi&eacute;n la constricci&oacute;n a pensar el mundo sin alternativas viables. Es la primera vez que se da una situaci&oacute;n como &eacute;sta. Lo &uacute;nico que tenemos es la percepci&oacute;n de una transici&oacute;n turbulenta desde una &eacute;poca de estabilidad relativa hacia un futuro sin identidad cierta.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Parece que en Berl&iacute;n pas&oacute; en 1989 algo parecido a lo que sucedi&oacute; en Sarajevo en 1914, cuando un disparo puso fin a una &eacute;poca entera, y con &eacute;sta desaparecieron no s&oacute;lo los sistemas pol&iacute;ticos de la Europa imperial sino un estilo de vida, unos imaginarios y una manera de pensar el mundo que hab&iacute;an sido de los vencidos pero tambi&eacute;n de los vencedores de la Primera Guerra Mundial. Por supuesto, nadie se atrever&iacute;a a decir que la Mosc&uacute; de Stalin sea comparable con la Viena del <i>K&aacute;iser</i> Franz Josef, ni cabe duda que la Guerra Fr&iacute;a no fue precisamente una <i>belle &eacute;poque</i> a pesar de los <i>Beatles.</i> Sin embargo, resulta dif&iacute;cil escapar a la idea de que con la ca&iacute;da del Muro se vino abajo una manera de pensar la Historia que iba mucho m&aacute;s all&aacute; del comunismo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me refiero en particular a un dato que los revisionismos quieren borrar, es decir que el socialismo y el liberalismo tuvieron desde el siglo XIX una misma idea de Historia: los dos buscaron en el "movimiento de los hombres y de las cosas" (Marx) la legitimidad de existir como formas de pensar la sociedad. La Historia ten&iacute;a en el siglo XIX la may&uacute;scula porque fue pensada por todo el mundo como movimiento hacia una nueva sociedad. Es lo que percibieron claramente los observadores m&aacute;s finos del Congreso de Viena en 1815. Tras la tormenta napole&oacute;nica, por primera vez se propuso al mundo un nuevo tipo de sociedad y no s&oacute;lo un nuevo tipo de forma de gobierno, al estilo del siglo XVIII. Liberales y socialistas tuvieron dos ideas diferentes de la sociedad, pero estas divisiones salieron de una misma convicci&oacute;n, que se encuentra en Tocqueville como en Marx, es decir, que despu&eacute;s de la revoluci&oacute;n francesa la cr&iacute;tica hist&oacute;rica era un instrumento para conocer los caminos hacia las nuevas sociedades.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En este sentido, tuvo raz&oacute;n Benedetto Croce cuando afirm&oacute; que la Historia es siempre historia del presente, pero un presente que, al igual de su pasado, se pod&iacute;a pensar en formas diferentes. A un presente con problemas corresponde un pasado con problemas. La "Historia como forma abierta de pensar el presente" podr&iacute;a ser una definici&oacute;n sencilla de la cuesti&oacute;n. Creo que recordar estas cosas no es necesariamente un acto de eurocentrismo. Si leo el <i>Facundo</i> de Sarmiento o la <i>Historia de Belgrano</i> de Mitre, o las obras del mexicano Justo Sierra, o del chileno Alberto Edwards, o las de tantos historiadores latinoamericanos del siglo XIX, encuentro el mismo universo, la misma visi&oacute;n de las relaciones entre presente y pasado.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En fin, no quiero detenerme m&aacute;s sobre estos puntos conocidos. Lo que me interesa es se&ntilde;alar <i>c&oacute;mo se reprodujo</i> el v&iacute;nculo org&aacute;nico entre la idea de historia y la de una nueva posible sociedad. Porque no estaba escrito en ninguna parte que aquella visi&oacute;n de las cosas iba necesariamente a durar m&aacute;s de dos siglos. El primer momento de crisis, duro y bastante largo, se dio en el ocaso del siglo XIX, cuando apareci&oacute; el desaf&iacute;o de las "masas" y de las ideolog&iacute;as totalitarias, que en un primer momento tuvieron un gran &eacute;xito. En Europa fue aplastante, mientras que en Am&eacute;rica Latina no fue tan clamoroso pero se hizo sentir. Me parece, por ejemplo, que los libros de Tulio Halperin Donghi sobre el siglo XX argentino, y sus "memorias", dejan entender la simpat&iacute;a que ciertas ideolog&iacute;as tuvieron tambi&eacute;n en la Argentina de los treinta.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre las dos guerras mundiales las relaciones entre democracia y sociedad de masas parec&iacute;an imposibles. La crisis de la Historia como instrumento para pensar una sociedad m&aacute;s libre se expres&oacute; por una parte en el rechazo del concepto mismo de raz&oacute;n, y por la otra en el papel de gran legitimadora de los mitos de los totalitarismos. Fue en este contexto en el que se desarroll&oacute; la obra refundacional de aquella peque&ntilde;a elite intelectual que no acept&oacute; ni el rechazo de la raz&oacute;n ilustrada ni las sirenas de los totalitarismos, y se lanz&oacute; en la dif&iacute;cil empresa de conciliar &#45;intelectual e hist&oacute;ricamente&#45; las masas con una democracia posible del futuro. Me refiero a los Max Weber, a los Kelsen, a los Keynes, a los Croce, y luego al joven Bobbio, y a otros m&aacute;s. Ellos lograron construir un nuevo paradigma historiogr&aacute;fico que tuvo un gran &eacute;xito despu&eacute;s de la segunda guerra, y que transform&oacute; la fragmentaria y dif&iacute;cil historia del liberalismo decimon&oacute;nico en una Historia de larga duraci&oacute;n, que empezaba con la revoluci&oacute;n inglesa (o por algunos hasta con la reforma).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el marco de esta larga historia, las dos guerras mundiales fueron pensadas como etapas de crisis y a la vez de tr&aacute;nsito hacia una nueva democracia, que supuestamente logr&oacute; lo que el siglo XIX no hab&iacute;a alcanzado por los "l&iacute;mites" del liberalismo. Con este paradigma la democracia de masas tuvo finalmente una legitimidad hist&oacute;rica: ser hija de la revoluci&oacute;n francesa y del liberalismo. As&iacute; se pudo recuperar en un nuevo contexto lo que supuestamente se hab&iacute;a perdido tras la Primera Guerra Mundial. Forzando un poco las cosas &#45;y pido disculpas&#45;, se podr&iacute;a decir que la Conferencia de Yalta (febrero de 1945) fue el equivalente del Congreso de Viena. Las dos se enfrentaron con el desaf&iacute;o de una nueva sociedad pero siguieron compartiendo la misma idea de Historia. Si hubiera ganado Hitler, es muy probable que "nuestra" idea de Historia hubiese desaparecido en Europa, sustituida por la teorizada por Alfred Rosemberg, el mejor y m&aacute;s sofisticado te&oacute;rico del nazismo: la Historia como autoconciencia del esp&iacute;ritu de la raza germ&aacute;nica, la Historia como recuperaci&oacute;n de algo perdido por culpa del judeo&#45;cristianismo. Digo: de la obra principal de Rosemberg se vendieron, entre 1930 y 1944, 2.5 millones de copias (!) y no s&oacute;lo en Alemania.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La Guerra Fr&iacute;a consolid&oacute; "nuestra" idea de Historia porque los dos campos la compartieron: por supuesto no me estoy refiriendo a los manuales de historia sovi&eacute;tica, sino a la dial&eacute;ctica entre la historiograf&iacute;a marxista y la no marxista. Si fue posible este pluralismo de visiones y de problemas es porque &#45;con una paradoja s&oacute;lo aparente&#45; el Muro de Berl&iacute;n lo mantuvo vivo. Mantuvo viva la idea de que, al igual que en el pasado, tambi&eacute;n el presente y su futuro pod&iacute;an pensarse con opciones distintas, de diversa &iacute;ndole: no s&oacute;lo la contraposici&oacute;n frontal entre comunismo y capitalismo, o entre totalitarismo y democracia, sino tambi&eacute;n el "reformismo" pol&iacute;tico o econ&oacute;mico, el <i>walfare state,</i> el antiimperialismo democr&aacute;tico, y no s&oacute;lo marxista, el anticolonialismo, etc&eacute;tera. Conceptos todos que por cierto no pertenecieron a la tradici&oacute;n liberal del siglo XIX.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En fin, la historia de nuestra idea de Historia est&aacute; vinculada a tres fechas simb&oacute;licas: 1815, 1945, 1989. N&oacute;tese un dato: las primeras dos fechas son de conferencias internacionales, que articularon en forma nueva el pasado con el futuro, la &uacute;ltima no. &iquest;Ser&aacute; un caso? Lo que quiero decir con esta por cierto simplista reflexi&oacute;n, es que no fueron los historiadores sino la Historia la que salv&oacute; una idea de s&iacute; misma que no necesariamente ten&iacute;a que sobrevivir. Y es con base en estas reflexiones que me pregunto si con el Muro se vino abajo tambi&eacute;n aquella visi&oacute;n de la Historia que conocemos y que se mantuvo porque fue compartida por los dos enemigos, a pesar y gracias a la existencia de aquel Muro.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, entre las tantas cr&iacute;ticas que se podr&iacute;an hacer a mis argumentaciones, una es muy s&oacute;lida: el debate acerca de una supuesta crisis de la historia empez&oacute; ya antes de 1989. Lo cual es cierto. Sin embargo, el debate estuvo limitado a los especialistas y no tuvo realmente un gran impacto sobre el modo de producir historia. Despu&eacute;s de 1989 s&iacute; hubo un impacto difundido y percibido, que empez&oacute; a cambiar la producci&oacute;n historiogr&aacute;fica. De manera que la ca&iacute;da del Muro aceler&oacute; y socializ&oacute; la incertidumbre, y le agreg&oacute; &#45;ni m&aacute;s ni menos&#45; la certeza del fin de una &eacute;poca hist&oacute;rica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La cantidad de libros que desde 1989 han tratado la crisis de la historia es impresionante, y es una l&aacute;stima no tener todav&iacute;a un estudio sistem&aacute;tico sobre este fen&oacute;meno. As&iacute; que cada uno de nosotros puede s&oacute;lo dibujar un mapa personal: una tarea al menos &uacute;til para orientarse en la dispersi&oacute;n conceptual de nuestra disciplina. Si tuviera que dibujar mi mapa personal dibujar&iacute;a, entonces, un tri&aacute;ngulo: por un lado Francis Fukuyama, por el otro Roger Chartier, y en &uacute;ltimo t&eacute;rmino Pierre Rosanvallon. Para m&iacute; no son autores referenciales sino simb&oacute;licos, en el sentido en que cada uno <i>representa</i> una cara significativa de la incertidumbre actual.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fukuyama es el caso l&iacute;mite, puesto que es el m&aacute;s provocativo y radical. No por casualidad ha hecho esc&aacute;ndalo y fue condenado al silencio. <i>The End of the History and the Last Man</i> fue publicado en 1992. Francamente me qued&eacute; sorprendido por el esc&aacute;ndalo. El hecho de que Fukuyama dedique &#45;a fin de cuenta&#45; s&oacute;lo la parte introductoria al controvertido tema, y que en las dem&aacute;s partes exponga su teor&iacute;a acerca de lo que podr&iacute;a ser un posible desarrollo pol&iacute;tico tras la ca&iacute;da del Muro, enfatizando que no existe alternativa a la democracia <i>tal como est&aacute;,</i> muestra la verdadera apuesta del esc&aacute;ndalo; es decir, la recuperaci&oacute;n por parte de un neoconservador de un gran tema olvidado precisamente a lo largo de la Guerra Fr&iacute;a, que sin embargo desde Hegel fue fundacional de la modernidad pol&iacute;tica y complementario a su evoluci&oacute;n intelectual.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fue siempre un tema "universal", en el sentido en que no fue ni patrimonio exclusivo de la derecha ni de la izquierda, y no estaba escrito en ninguna parte que tuviera que ser recuperado por un conservador. Hubiera sido casi m&aacute;s l&oacute;gico que fuera alguien de la izquierda a medirse con &eacute;l, puesto que el concepto se encuentra tambi&eacute;n en Marx, y no en sentido negativo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El silencio y el esc&aacute;ndalo muestran s&oacute;lo que la cultura &#45;llam&eacute;mosla de izquierda o progresista&#45; tiene todav&iacute;a una actitud de remoci&oacute;n freudiana frente a ciertos temas del pasado. Para ridiculizar a Fukuyama se satiriz&oacute; el concepto mismo de "fin de la Historia", como si su sentido fuera proponer como posible el fin del "movimiento real de los hombres y de las cosas". Lo cual es evidentemente absurdo. Pero &eacute;sta y no otra fue la idea en contra de la cual se lanz&oacute; la gran mayor&iacute;a de los cr&iacute;ticos. Se qued&oacute; as&iacute; en un segundo plano, totalmente descuidada, la "verdadera" tesis de Fukuyama, es decir que el "triunfo democr&aacute;tico" fue tan aplastante que ya no deja para el futuro m&aacute;s que la democracia misma, sin necesidad (&eacute;ste es el punto) de pensarla m&aacute;s.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para sustentar su tesis, Fukuyama extrema a Heidegger afirmando: primero, que a pesar de todo existe una "direccionalidad" en la &eacute;poca pos&#45;ideol&oacute;gica gracias a la ciencia y a la tecnolog&iacute;a, y segundo, que las dos desencadenan cambios similares en todos los pa&iacute;ses, a pesar de las diferentes culturas. Las argumentaciones de Fukuyama son en realidad m&aacute;s sofisticadas, pero lo que me interesa subrayar aqu&iacute; es que el concepto de "fin de la Historia" no es una extravagante idea del autor, como se ha dicho. Cualquier lector del libro sabe perfectamente que Fukuyama cita abundantemente a Hegel y a otros autores, aclarando sus deudas y sus referencias culturales. Lo verdaderamente neoconservador de Fukuyama no es la recuperaci&oacute;n del concepto de "fin de la Historia" en s&iacute;, sino su lectura, que borra la identificaci&oacute;n hegeliana y luego marxiana entre Historia y Libertad y la sustituye con la T&eacute;cnica, que no es Libertad. A pesar de todo lo que se puede criticar de este autor, se queda el hecho de que Fukuyama fue el &uacute;nico que plante&oacute;, sin tergiversar, una cuesti&oacute;n razonablemente aceptable: sencillamente si podemos pensar la Historia como un movimiento hacia la Libertad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nadie &#45;aparte de Fukuyama&#45; ha dicho claramente que no; sin embargo creo que todos tenemos serias dudas al respecto. De manera que el "verdadero" esc&aacute;ndalo es que Fukuyama toc&oacute; un punto muy sensible de nuestro imaginario democr&aacute;tico, porque la ca&iacute;da del Muro pareci&oacute; asegurar un "triunfo" de la libertad, como lo fue el "triunfo" sobre el nazifacismo. Sin embargo no fue as&iacute; y &eacute;sta es la novedad que justifica medirse con el concepto cl&aacute;sico de "fin de la Historia". Es decir, de aquella idea seg&uacute;n la cual la Historia pod&iacute;a ser pensada como la necesidad te&oacute;rica del movimiento del mundo hacia su liberaci&oacute;n, material y cultural. En la Guerra Fr&iacute;a se luch&oacute; argumentando que este <i>paradigma</i> del movimiento hist&oacute;rico ten&iacute;a dos opciones: la renovada democracia liberal o la revoluci&oacute;n marxista. Despu&eacute;s de 1989 &#45;a dos siglos exactos de la <i>Grande Revoluci&oacute;n&#45;</i> y tras un momento de euforia neo&#45;liberal, el mundo se encuentra precisamente sin este paradigma y frente a la evidencia de no saber hacia d&oacute;nde va.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La mejor definici&oacute;n de esta nueva condici&oacute;n del historiador se encuentra en el t&iacute;tulo de un libro de Roger Chartier, <i>Au bord de la falaise;</i> una palabra <i>&#45;falaise&#45;</i> que pertenece a la geolog&iacute;a, una alt&iacute;sima y vertical pared de rocas sobre el mar. Algo que existe en Normand&iacute;a y Cornovaglia. Una imagen inventada por Michel de Certeau para definir el trabajo intelectual de Michel Foucault. La condici&oacute;n del historiador ser&iacute;a caminar por encima pero al borde de esta pared peligrosa, dif&iacute;cil, inestable, que pone en discusi&oacute;n constantemente las pr&aacute;cticas discursivas y sus v&iacute;nculos con las pr&aacute;cticas sociales y pol&iacute;ticas. Porque frente a la <i>unidad</i> del pasado, que permit&iacute;a trabajar con grandes modelos explicativos, ahora nos encontramos con la <i>dispersi&oacute;n.</i> Es m&aacute;s &#45;dir&iacute;a yo&#45; nos encontramos con <i>el tiempo de la dispersi&oacute;n,</i> es decir con un proceso donde todas las grandes tradiciones historiogr&aacute;ficas producen constantemente proposiciones diferentes y a veces contradictorias, donde se han multiplicado los objetos, los m&eacute;todos, las "historias". N&oacute;tese de paso la paradoja: estamos forzados a pensar el mundo sin opciones, y la historiograf&iacute;a est&aacute; repleta de opciones, como nunca antes, y como si fuera un <i>supermarket</i> donde cada historiador escoge <i>su</i> historia. No casualmente existe una tendencia a nivel internacional, la <i>ego&#45;historia,</i> que reivindica la subjetividad del historiador, el <i>yo</i> epicentro del discurso historiogr&aacute;fico.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Chartier public&oacute; su libro en 1998, y la obra recoge una serie de ensayos escritos entre 1994 y 1998, al umbral de la ca&iacute;da del Muro. En este sentido es un libro que perfila la coyuntura crucial y permite entender en qu&eacute; medida lo que se pensaba <i>antes</i> cobra m&aacute;s sentido <i>despu&eacute;s.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No sorprende que Chartier nos ofrezca un diagn&oacute;stico brillante. Chartier trabaja sobre las pr&aacute;cticas discursivas, y la incertidumbre de la historia tiene que ver tambi&eacute;n con este campo de an&aacute;lisis. Un campo por supuesto diferente del de Fukuyama, pero que lo cruza. &iquest;Por qu&eacute;? En mi opini&oacute;n, porque el <i>antes</i> de Chartier es el <i>antes</i> de Fukuyama, aquel <i>antes</i> del Muro cuando autores como Paul Ricoeur, de Certeau, Michel Foucault &#45;y cito s&oacute;lo algunos&#45; reflexionaron sobre la Historia como productora de textos, de saberes, de "formaciones discursivas"; en fin, sobre la Historia como saber que se discute a s&iacute; misma buscando en los eventos su genealog&iacute;a, que no coincide con las cronolog&iacute;as can&oacute;nicas de los eventos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por mucho tiempo todos estos autores no fueron reconocidos como historiadores. Ahora s&iacute;. Este es el <i>despu&eacute;s</i> de Chartier. Es decir, que se acepta la idea de que aquella Historia que Fukuyama considera acabada se reprodujo gracias a un artificio: <i>la coincidencia</i> entre los hechos y los discursos que los explicaban. Ahora hay pocos historiadores que creen todav&iacute;a en esta coincidencia. Este dato pone otra pregunta. La primera, como dije, se refer&iacute;a al atraso en tomar conciencia del desaf&iacute;o de la t&eacute;cnica. La segunda se refiere a la demora en tomar conciencia de este nudo discursivo del quehacer historiogr&aacute;fico. &iquest;C&oacute;mo explicar este segundo atraso?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tambi&eacute;n en este caso hay varias respuestas. Una que tuvo bastante &eacute;xito es la de la as&iacute; llamada <i>Linguistic Turn,</i> una definici&oacute;n que sintetiza el nudo del pensamiento de Hayden White acerca de la Historia como mero g&eacute;nero narrativo, sin nada en s&iacute; de ver&iacute;dico. Una tesis que tiene casi treinta a&ntilde;os. La <i>coincidencia</i> entre las "palabras" y las "cosas" se explicar&iacute;a con el artificio ilusorio de la narratividad. Las sirenas de Hayden White son muy encantadoras, pero a pesar del encanto no consideran que la narraci&oacute;n hist&oacute;rica sea un instrumento y no un fin, como en la literatura. Carlo Ginzburg ha aclarado brillantemente la cuesti&oacute;n. La narraci&oacute;n hist&oacute;rica no tiene nada que ver con la literatura, a pesar de que s&iacute; utiliza &#45;&iquest;y por qu&eacute; no?&#45; ciertas formas ret&oacute;ricas de la narratividad. La gran diferencia, seg&uacute;n Ginzburg, es que la narraci&oacute;n hist&oacute;rica es parecida a la de la justicia y no a la del arte. Al igual que el juez, el historiador trabaja sobre indicios (los documentos), los examina con los instrumentos cr&iacute;ticos que tiene, y s&oacute;lo al final presenta los resultados de la investigaci&oacute;n en forma narrativa. Lo narrativo literario empieza con lo narrativo; lo narrativo hist&oacute;rico no empieza con lo narrativo. Y &eacute;ste me parece el punto crucial.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Creo, sin embargo, que hay algo m&aacute;s, o hasta mucho m&aacute;s, que puede explicar la fuerza alcanzada a lo largo de dos siglos por el artificio de la <i>coincidencia</i> entre "palabras" y "cosas". El debate acerca del binomio Historia&#45;Libertad se ha concentrado en el primer concepto y no en el segundo. No obstante, es este &uacute;ltimo el que nos ofrece una clave para entender la genealog&iacute;a de la <i>coincidencia.</i> El concepto de Libertad moderna, o de Liberaci&oacute;n como camino, tiene desde su origen en el siglo XVIII una naturaleza fuertemente <i>prescriptiva.</i> El hombre, para ser feliz, es decir para realizar plenamente su yo, su "estar en el mundo", <i>tiene</i> que emanciparse de s&iacute; mismo. Tiene que salir de su estado de "minor&iacute;a" para alcanzar el de "mayor&iacute;a", como dijo Kant en un c&eacute;lebre art&iacute;culo (1784). Fue este "imperativo categ&oacute;rico" <i>&#45;tienes que ser libre para ser feliz&#45;</i>el que dio la pauta a la idea de Historia como movimiento hacia la Libertad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El movimiento hist&oacute;rico de los hombres y de las cosas fue imaginado lleno de reglas, de requisitos, de leyes hist&oacute;ricas. No casualmente hemos definido como "teleol&oacute;gica" esta visi&oacute;n de la Historia. Pero la teleolog&iacute;a no admite la narraci&oacute;n. Los Diez Mandamientos no son una narraci&oacute;n, son un texto de normas &eacute;ticas. Cada palabra es un comportamiento. Romper esta <i>coincidencia</i> lleva al arbitrio y a la p&eacute;rdida del <i>yo.</i> Justamente Foucault, desmantelando anal&iacute;ticamente las relaciones hist&oacute;ricas entre las "palabras" y las "cosas", acaba teorizando "la muerte del sujeto".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La <i>coincidencia</i> entre hechos y discursos historiogr&aacute;ficos no provino del concepto ilustrado&#45;rom&aacute;ntico&#45;liberal&#45;antitotalitario&#45;democr&aacute;tico de Historia, como piensan sus cr&iacute;ticos, sino del concepto de Libertad que tuvimos a lo largo de dos siglos. Este es el nudo crucial de la incertidumbre que nos obliga a caminar al borde de la <i>falaise.</i> Porque si no es un problema renunciar a la teleolog&iacute;a de la Historia, es mucho m&aacute;s complejo renunciar a la idea de Libertad prescriptiva, es decir, a la idea de que mi libertad necesita de garant&iacute;as y por lo tanto de normas jur&iacute;dicas y a la vez &eacute;ticas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora bien, la "cuesti&oacute;n prescriptiva" tiene todav&iacute;a mucho peso en las historiograf&iacute;as de nuestros d&iacute;as, no en todas, pero s&iacute; en la historiograf&iacute;a pol&iacute;tica que se ocupa de los &uacute;ltimos dos siglos, y que estudia los dos grandes universos: el liberalismo del siglo XIX y la democracia del siglo XX. Como intent&eacute; explicar, los dos universos fueron articulados entre ellos en un &uacute;nico y largo proceso hist&oacute;rico entre las dos guerras mundiales. De manera que tenemos una herencia que, a pesar de todo, se mantiene viva, m&aacute;s viva a&uacute;n porque, como dijo Fukuyama, la democracia se queda como la &uacute;nica manera de ser y pensar la pol&iacute;tica y la libertad. Lo cual quiere decir que el paradigma prescriptivo genera una historia de la democracia como historia de su <i>realizabilidad</i> &#45;si me perdonan este t&eacute;rmino <i>italian&#45;spanish&#45;,</i> es decir, de lo que <i>se tuvo</i> que realizar, de lo que se hizo, de lo que no se hizo, o de lo que se pod&iacute;a hacer, etc&eacute;tera.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De esto derivan dos consecuencias. La primera es la tentaci&oacute;n continua de dividir las experiencias del pasado en casos "fisiol&oacute;gicos" y "patol&oacute;gicos", y sabemos que en el caso de Am&eacute;rica Latina es m&aacute;s bien la &uacute;ltima imagen la que ha sido dominante. La segunda consecuencia es que se hizo la historia del liberalismo y de la democracia con categor&iacute;as liberales y democr&aacute;ticas. Es m&aacute;s, se hizo con categor&iacute;as democr&aacute;ticas del siglo XX, reproduciendo exactamente el paradigma inventado entre las dos guerras mundiales. A mis estudiantes les digo siempre que nadie hoy estudia historia medieval con categor&iacute;as medievales, y sin embargo en el caso de la historia de la democracia ocurre esto. La epistemolog&iacute;a de la <i>realizabilidad</i> impone sus clasificaciones a la historia como a la politolog&iacute;a.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En este sentido, Pierre Rosanvallon representa un intento muy llamativo de salir de la uniformidad de lo prescriptivo. Rosanvallon es el &uacute;nico cr&iacute;tico de la democracia actual que no la piensa en t&eacute;rminos normativos sino hist&oacute;ricos y a partir de un dato muy espec&iacute;fico: la crisis del s&iacute;mbolo, como consecuencia del ocaso de lo "social", es decir de aquella categor&iacute;a inventada a comienzos del siglo XX, que permiti&oacute; articular en ciertas coyunturas la imagen de los intereses colectivos con la representaci&oacute;n de los n&uacute;meros. Fue &eacute;sta una clave de la reconstrucci&oacute;n democr&aacute;tica tras la segunda guerra y a lo largo de la Guerra Fr&iacute;a. La sociabilidad pol&iacute;tica colectiva, de los sindicatos, partidos, corporaciones modernas, etc&eacute;tera, permiti&oacute; dar "sustancia" a los n&uacute;meros. En otras palabras, estas grandes formas de sociabilidad participativa fueron como unos "cuerpos intermedios" que articularon lo "social" con lo "pol&iacute;tico", v&iacute;a representaci&oacute;n num&eacute;rica. Sin ellos, la representaci&oacute;n se vuelve un mero procedimiento. Y me acuerdo de mi decepci&oacute;n hace ya un par de d&eacute;cadas, cuando escuch&eacute; a Norberto Bobbio definir la democracia como un conjunto de reglas "m&iacute;nimas". No fue &eacute;ste el pensamiento de Bobbio <i>antes.</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">A fin de cuentas, toda la obra de Rosanvallon gira alrededor de un gran problema: c&oacute;mo conciliar la autonom&iacute;a de los individuos con la autonom&iacute;a colectiva ubicada en la soberan&iacute;a de la representaci&oacute;n pol&iacute;tica. Dicho sea entre par&eacute;ntesis: el diagn&oacute;stico de Rosanvallon nos muestra una paradoja. Tras dos siglos, la democracia se encontrar&iacute;a frente al mismo desaf&iacute;o de 1789: aquella distancia entre ciudadano y representaci&oacute;n que llev&oacute; a la dictadura jacobina y a la de Napole&oacute;n. No por casualidad fue &eacute;ste el gran tema de Benjamin Constant y de Tocqueville, pero tambi&eacute;n de Marx, quien lo resolvi&oacute; teorizando la emancipaci&oacute;n frente al Estado. El "triunfo" de la democracia de Fukuyama es por lo tanto el "logro" neo&#45;hobbesiano de las reglas de los polit&oacute;logos. De all&iacute; la afirmaci&oacute;n tajante de Rosanvallon: "la democracia es una historia" sin valores universales, y sin racionalidad de los actores, es decir sin el principio del <i>rational choice,</i> tan querido por la ciencia pol&iacute;tica norteamericana, que produce 80 por ciento de las obras en circulaci&oacute;n. No se trata de un rechazo de la racionalidad por parte de Rosanvallon, sino de reivindicar su uso anal&iacute;tico frente a la naturaleza indeterminada y problem&aacute;tica de la modernidad, que no puede ser reducida a la mera prescripci&oacute;n de ra&iacute;z ilustrada. Sin embargo, tambi&eacute;n Rosanvallon camina al borde de la <i>falaise</i> de Chartier, porque su cr&iacute;tica a la democracia normativa corre el riesgo de ubicarlo cerca de la tradici&oacute;n de Karl Schmitt, que deconstruy&oacute; la imagen dominante de la sociedad moderna y del Estado para "develar" la naturaleza artificial y vac&iacute;a de sus instituciones pol&iacute;ticas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Creo que este es un riesgo real, no s&oacute;lo de Rosanvallon, sino de todos aquellos que estamos convencidos de que se puede hacer la historia del liberalismo y de la democracia sin sus categor&iacute;as, pero a la vez sin negarlas como valor en s&iacute;. Es un riesgo que no obstante vale la pena correr. En mi caso, la apuesta de caminar al borde de la <i>falaise</i> es reubicar el siglo XIX latinoamericano en el contexto de los dem&aacute;s siglos XIX occidentales. No para homologarlo, sino al rev&eacute;s, para especificarlo a&uacute;n m&aacute;s. En este sentido, el ocaso del gran paradigma inventado entre las dos guerras mundiales abre una oportunidad. Ahora podemos pensar que la experiencia liberal y nacional en este continente no fue tard&iacute;a sino precoz, y que por lo tanto tuvo que enfrentarse con un sinn&uacute;mero de inc&oacute;gnitas compartidas tambi&eacute;n por otras experiencias.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No s&oacute;lo esto, sino que la perspectiva imperial que ahora se maneja para estudiar las emancipaciones permite ubicar el caso latinoamericano en una espec&iacute;fica perspectiva de comparaci&oacute;n: la del tr&aacute;nsito de un imperio muy <i>comp&oacute;sito</i> a un conjunto de naciones, cuyo camino no fue nunca f&aacute;cil. El presente nos ayuda en este caso a contextualizar el tema. La ca&iacute;da del Muro no cerr&oacute; s&oacute;lo la historia del comunismo sino que abri&oacute; una nueva etapa de la "cuesti&oacute;n nacional", por la naturaleza imperial de la ex Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica. Sin embargo, la ca&iacute;da de los imperios y las transiciones a las naciones modernas no constituyen un campo estrat&eacute;gico para la historiograf&iacute;a, a pesar de que algunos de los m&aacute;s graves conflictos internacionales se dieron y se est&aacute;n dando entre "naciones" que antes eran parte de los imperios, como en el caso de los Balcanes o del Cercano Oriente. Es m&aacute;s, si regresamos por un momento a la mirada cl&aacute;sica, la de los casos "patol&oacute;gicos" y "fisiol&oacute;gicos", nos percatamos de que gran parte de los pa&iacute;ses "sure&ntilde;os" pertenecieron a un imperio, lo cual plantea no pocas interrogantes acerca de las posibles relaciones entre esta condici&oacute;n y los dif&iacute;ciles caminos de la Naci&oacute;n moderna.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un dato merece atenci&oacute;n: si tomamos en cuenta el tama&ntilde;o demogr&aacute;fico del imperio hisp&aacute;nico, lusitano, otomano, austroh&uacute;ngaro y del ruso&#45;sovi&eacute;tico, y lo comparamos con los pa&iacute;ses de la Europa occidental &#45;donde la transici&oacute;n a la Naci&oacute;n moderna se dio en el marco de una continuidad territorial o de una unificaci&oacute;n (Alemania e Italia)&#45;, tenemos que reconocer que la mayor&iacute;a de los pueblos del mundo occidental, y de sus cercan&iacute;as, inventaron la Naci&oacute;n en condiciones totalmente distintas de las que se dieron en los pa&iacute;ses que la historiograf&iacute;a utiliza como modelos de interpretaci&oacute;n dominante. Existe entonces un desfase entre el referente historiogr&aacute;fico y el referente hist&oacute;rico, en el sentido de que el primero no es adecuado al segundo. Empezando por el dato, crucial en los ex imperios, de una discontinuidad entre territorio pre&#45;nacional y territorio nacional, por efecto de una desintegraci&oacute;n del sistema pol&iacute;tico que empez&oacute; en la metr&oacute;polis.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La invenci&oacute;n de la Naci&oacute;n moderna en el mundo iberoamericano adquiere as&iacute; un inter&eacute;s extraordinario por su precocidad casi anormal, por ser la &uacute;ltima y ag&oacute;nica etapa de la "decadencia" de las dos metr&oacute;polis peninsulares y, a la vez, por constituir el primer caso de la ca&iacute;da de imperios en la &eacute;poca moderna. En el caso de Hispanoam&eacute;rica, esta doble cara tiene un papel crucial en la invenci&oacute;n de la Naci&oacute;n. En primer lugar porque &#45;como ahora sabemos&#45; las independencias no fueron la causa sino el producto de la crisis de la monarqu&iacute;a. En segundo lugar &#45;y a diferencia de los casos que siguieron&#45;, porque no exist&iacute;a antes de 1808 una "cuesti&oacute;n nacional" en el mundo iberoamericano. La raz&oacute;n es que no exist&iacute;a en ning&uacute;n pa&iacute;s de aquel entonces una idea clara de lo que iba a ser la Naci&oacute;n moderna, tal como se fue luego consolidando a lo largo del siglo XIX. Lo que se estaba discutiendo en la Europa continental era c&oacute;mo escapar a la idea "desp&oacute;tica" de Naci&oacute;n salida de la experiencia jacobina y napole&oacute;nica. De manera que no hay nada de extra&ntilde;o si no encontramos en la Am&eacute;rica hispana antes de 1808 una idea de Naci&oacute;n ya pujante y compartida por las elites, mientras s&iacute; encontramos una prensa y unas formas de sociabilidad pol&iacute;tica modernas que luego se lanzaron a la invenci&oacute;n de la Naci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La originalidad de los casos hispanoamericanos no reside por lo tanto en la ausencia de unas naciones constituidas al estallar la crisis, sino en el hecho de que apelar a la Naci&oacute;n moderna &#45;a&uacute;n sin un perfil claro&#45; fue el &uacute;nico recurso para legitimar los poderes constituyentes que se implantaron en los territorios tras la acefal&iacute;a del imperio. Con una paradoja s&oacute;lo aparente, este proceso fund&oacute; el gran dilema del siglo XIX entre una idea de Naci&oacute;n entendida como una "comunidad de comunidades" (los pueblos), y la otra idea de Naci&oacute;n mono&#45;identitaria, "centralista" y/o "unitaria", como fue definida por el idioma pol&iacute;tico sudamericano. La primera ten&iacute;a sus antecedentes en la monarqu&iacute;a hisp&aacute;nica, la segunda fue inventada para solucionar las luchas civiles, combatir la fuerza de las viejas corporaciones, consolidar sistemas federales que de hecho fueron por largo tiempo confederales. Sin embargo las dos ideas nunca estuvieron en ant&iacute;tesis completa, m&aacute;s bien se articularon entre s&iacute; legitimando una ant&iacute;tesis abierta entre la sociedad local y la nacional, lo cual representa quiz&aacute;s la herencia m&aacute;s fuerte y significativa de la transici&oacute;n a la modernidad en el &aacute;rea.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora bien, si &eacute;sta es &#45;en muy resumidas cuentas&#45; mi apuesta personal como investigador al borde de la <i>falaise,</i> es cierto tambi&eacute;n que como historiador que soy me quedo con dos obligaciones fundamentales: por una parte, proponer un marco de inteligibilidad de mi objeto de estudio y, por la otra, dialogar con otros saberes (la filosof&iacute;a, la misma politolog&iacute;a, hasta la literatura, etc&eacute;tera), con el fin de plantear nuevas interrogantes. Me pregunto, para finalizar, si la <i>dispersi&oacute;n</i> no naci&oacute; tambi&eacute;n de un exceso de autonom&iacute;a de la historiograf&iacute;a, que se volvi&oacute; demasiado autorreferencial y se fragment&oacute; frente a la <i>aparente</i> unicidad del mundo salido de la Guerra Fr&iacute;a.</font></p>      ]]></body>
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