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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><i><b>Escena del crimen: Estudios sobre narrativa policiaca mexicana</b></i></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Jos&eacute; Manuel Mateo</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Miguel G. Rodr&iacute;guez Lozano (editor), UNAM, 2009 (Letras del siglo XX). 189 pp.</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>       <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Facultad de Filosof&iacute;a y Letras, UNAM</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Comparar al criminal con el "artista creativo" y al detective con su cr&iacute;tico es un s&iacute;mil pr&aacute;cticamente irresistible, sea que los t&eacute;rminos de la comparaci&oacute;n vayan del campo del arte al judicial o viceversa. Chesterton sancion&oacute; positivamente la analog&iacute;a y Ricardo Piglia la atrajo hacia el binomio que opone cr&iacute;tica y escritura. Los enunciados que cada uno formul&oacute; al respecto abren los ensayos reunidos en <i>Escena del crimen</i> y nos llevan a pensar que el editor del volumen simpatiza con esta postura o, al menos, le sirve de pretexto para entablar una identificaci&oacute;n amistosa con el objeto de estudio. Resulta por ello inevitable recordar a <i>Cheech,</i> el g&aacute;nster de <i>Balas sobre Broadway (Bullets Over Broadway,</i> Woody Allen, 1994), que poco a poco deviene en cr&iacute;tico de teatro, asesor literario, dramaturgo y director de escena cada vez menos dispuesto a tolerar la impericia y la mediocridad de los <i>artistas creativos</i> que le ha tocado en suerte vigilar. Bien podr&iacute;a suponerse que s&oacute;lo un artista es capaz de juzgar a otro o que la cr&iacute;tica s&oacute;lo se ejerce con honestidad cuando no ha dado sitio a un gremio de profesionales. Sin embargo, ni estas hip&oacute;tesis apresuradas ni los ep&iacute;grafes de Chesterton y Piglia las tienen todas consigo. La lectura del libro coordinado por Miguel G. Rodr&iacute;guez Lozano enseguida nos aparta del juego de los binomios y de su radicalismo instintivo, pues no s&oacute;lo conduce por la revisi&oacute;n de la narrativa policiaca escrita en la segunda mitad del siglo XX, sino que, en buena medida, impulsa a reconsiderar las certezas que se construyen en torno a un g&eacute;nero, cuya constataci&oacute;n podr&iacute;a funcionar al mismo tiempo para probar su consistencia l&aacute;bil. En otras palabras: el estudio de la narrativa policiaca revela &#151;por s&iacute; mismo&#151; la necesidad de actuar sobre los consensos cr&iacute;ticos y muestra la pasajera tensi&oacute;n superficial que da cuerpo a cualquier g&eacute;nero.<sup><a href="#notas">1</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Determinar los or&iacute;genes de las narraciones policiacas en M&eacute;xico no es <i>cosa f&aacute;cil</i> (para emplear la frase que da t&iacute;tulo a una de las novelas de Paco Ignacio Taibo II). M&aacute;s o menos se coincide en se&ntilde;alar al potosino Antonio Hel&uacute; como el pionero que cultiv&oacute; el g&eacute;nero desde los a&ntilde;os veinte y se interes&oacute; en difundirlo a mediados de los a&ntilde;os cuarenta del pasado siglo XX. Si as&iacute; se acepta, toda la literatura policiaca <i>mexicana</i> derivar&iacute;a casi en l&iacute;nea recta de influjos europeos y estadounidenses m&aacute;s o menos recientes. Sin embargo, Enrique Flores ha se&ntilde;alado la proximidad de lo policiaco con las <i>causas c&eacute;lebres,</i> esa forma previa de la nota roja que ya circulaba por la Nueva Espa&ntilde;a del siglo XVIII y que, a su vez, tiene relaciones de parentesco con otras formas literarias, como las <i>historias tr&aacute;gicas</i> de la Italia del siglo XVI, las cuales, por a&ntilde;adidura, se pusieron "muy de moda en Francia a principios del XVII"; incluso las filiaciones llevan a los <i>romances de ciegos</i> que se ocupan de relatar cr&iacute;menes y a otra forma precursora de la nota roja: <i>le canard,</i> ese "universo an&aacute;logo al de los pliegos de cordel" y cuyos 'papeles sangrientos' se deleitan "con el 'espect&aacute;culo de la muerte' y la 'est&eacute;tica del suplicio' ". Si consideramos las aportaciones de Enrique Flores, tendr&iacute;amos al menos dos grandes l&iacute;neas que han nutrido al g&eacute;nero, una <i>reciente</i> y otra de mayor hondura cronol&oacute;gica que se&ntilde;ala a otro precursor: Carlos Mar&iacute;a de Bustamante, quien en 1835 edit&oacute; una s&iacute;ntesis del proceso que sigui&oacute; al asesinato de "don Joaqu&iacute;n Dongo y diez familiares suyos", crimen cometido el 23 de octubre de 1789.<sup><a href="#notas">2</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pensar en los or&iacute;genes del g&eacute;nero viene a cuento debido a uno de los debates que se mantienen vigentes y que <i>Escena del crimen</i> actualiza: la diferenciaci&oacute;n entre novelas policiacas <i>puras</i> y novelas que, a pesar de incorporar estrategias narrativas adjudicadas a lo policial, han sido excluidas del g&eacute;nero alternativamente por autores, lectores y cr&iacute;ticos, sea para salvaguardar el <i>deber ser</i> del g&eacute;nero o para depurar el espacio de la literatura <i>seria.</i> Con sus ensayos, Leonardo Mart&iacute;nez Carrizales y Raquel Mosqueda Rivera dan cuenta de esa tensi&oacute;n entre la acogida y el rechazo de ciertas obras que se autoproponen para figurar en la lista de lo policiaco escrito en M&eacute;xico, pero cuya aceptaci&oacute;n ha sido conflictiva. Incluso el mismo Mart&iacute;nez Carrizales se ve <i>alcanzado</i> por la tirantez del dilema cuando afirma que "el muy personal c&oacute;digo policiaco de Fuentes" sirve en <i>La cabeza de la hidra</i> "a otros prop&oacute;sitos" de "su sistema expresivo" (16). As&iacute;, aunque al comenzar parece que emprender&aacute; una defensa de la obra, cuya lectura se vio afectada, nos dice, a causa de la posici&oacute;n de "sujeto pol&iacute;tico" del autor (se refiere al apoyo de Fuentes brindado al r&eacute;gimen de Echeverr&iacute;a), su conclusi&oacute;n termina por reprobar la novela; desde su perspectiva el "c&oacute;digo policiaco" resulta "fallido" o se ve "deturpado" por las "claves pol&iacute;ticas" con las que Fuentes se "obstina" en confiar en el nacionalismo revolucionario (33). Por su lado, Raquel Mosqueda Rivera tambi&eacute;n sintetiza la recepci&oacute;n p&uacute;blica de <i>El miedo a los animales,</i> a un tiempo blanco de descalificaciones y encomios por su <i>af&aacute;n</i> de "denuncia", pero que, hecho a un lado el asunto novelado (la corrupci&oacute;n de las cofrad&iacute;as de literatos e intelectuales), tambi&eacute;n se considera la novela "menos lograda" de Enrique Serna, "tanto en estructura, como en trabajo del lenguaje, como en construcci&oacute;n de personajes" (118).<sup><a href="#notas">3</a></sup> Mosqueda Rivera, si bien concede que se trata de una obra "desigual", se&ntilde;ala la necesidad de examinarla bajo "los presupuestos en torno a los cuales se construye, es decir las pautas sugeridas por la propia narrativa policial". En ese camino, busca "demostrar el car&aacute;cter par&oacute;dico" que anima la novela y con el cual Serna "caricaturiza y rinde patente homenaje" al g&eacute;nero. As&iacute; las cosas, <i>El miedo a los animales</i> se aviene a lo policiaco s&oacute;lo en la medida en que <i>escenifica</i> sus supuestos y no por las posibilidades mismas de este registro literario.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre los extremos de la aceptaci&oacute;n y el rechazo &#151;o junto a ellos&#151; se encuentra la opci&oacute;n de lo <i>parapoliciaco,</i> es decir, aquello que se acepta a rega&ntilde;adientes. En esa zona de <i>tolerancia</i> ha sido puesta por Mar&iacute;a Elvira Berm&uacute;dez <i>Dos cr&iacute;menes,</i> de Jorge Ibarg&uuml;engoitia, y all&iacute; se dirige Roberto G&oacute;mez Beltr&aacute;n para extirpar el prefijo del t&eacute;rmino, echando mano para el prop&oacute;sito de una idea expresada por Vicente Le&ntilde;ero: "la limitaci&oacute;n m&aacute;s notable de nuestra novela policiaca" es creer "que todav&iacute;a las historias se resuelven" (39). La aportaci&oacute;n de Ibarg&uuml;engotia, desde la perspectiva de G&oacute;mez Beltr&aacute;n, consiste precisamente en mostrar la simulaci&oacute;n de la justicia, en dejar sin castigo el crimen, de modo que a inocentes y culpables no les queda sino escapar, sea en los hechos o mediante el recurso del soborno. Pensar en las posibilidades de lo policiaco dentro de los m&aacute;rgenes que el g&eacute;nero instaura, ampl&iacute;a, disgrega y restaura, nos obliga, como en este caso, a aceptar que el humor &#151;y no siempre la parodia&#151;, el absurdo, la denuncia, la paradoja o los dilemas &eacute;ticos son formulaciones afines a cualquier escritura y que su verificaci&oacute;n no basta para determinar si nos encontramos o no frente a un g&eacute;nero, esto es, ante una f&oacute;rmula que opera en t&eacute;rminos relacionales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin que en este espacio sea posible aportar m&aacute;s casos que los estudiados en <i>Escena del crimen,</i> podemos aventurar que la novela policiaca en buena medida constituye un g&eacute;nero propicio para la metaliteratura, tal como ocurre en las grandes obras que dif&iacute;cilmente se avienen a una sola localizaci&oacute;n por parte de la cr&iacute;tica.<sup><a href="#notas">4</a></sup> Esto nos hacen pensar Carlos Rubio Pacho, Jes&uacute;s Eduardo Garc&iacute;a Castillo y Juan Carlos Ram&iacute;rez Pimienta. El primero de ellos procura mostrar la originalidad de <i>Crimen sin faltas de ortograf&iacute;a,</i> de Mal&uacute; Huacuja, y se&ntilde;ala entre otras cosas que, a pesar de ce&ntilde;irse a "lo que se esperar&iacute;a de cualquier novela &#91;policiaca&#93; tradicional", la deducci&oacute;n investigativa es sustituida por una suerte de confesi&oacute;n narrativa, con la cual Elia, la personaje&#45;narradora, procura ganarle la delantera a otra mujer (Fabiola) que se ha propuesto abordar literariamente el crimen en cuesti&oacute;n. Garc&iacute;a Castillo se ocupa de <i>La novela inconclusa de Bernardino Casablanca,</i> en donde a la obvia referencia cinematogr&aacute;fica se a&ntilde;ade la "reflexi&oacute;n sobre el proceso creativo de un escritor en ciernes" (87) y la incorporaci&oacute;n de Truman Capote como personaje decisivo. Al final (en una involuntaria referencia al t&iacute;tulo de otra novela de Paco Ignacio Taibo II), el autor del ensayo expone el nodo donde se funda el <i>realismo</i> de la novela: el lector se entera de la identidad del asesino, pero el crimen queda impune, porque "la novela policiaca mexicana no puede tener final feliz", dadas las "descorazonadoras estad&iacute;sticas" seg&uacute;n la cuales en nuestro territorio "s&oacute;lo tres de cada cien delitos son castigados" (112).<sup><a href="#notas">5</a></sup> Por su parte, Ram&iacute;rez Pimienta observa c&oacute;mo Juan Jos&eacute; Rodr&iacute;guez fue <i>empujado</i> a escribir una novela policiaca sobre un tema espec&iacute;fico: el narcotr&aacute;fico. As&iacute; nace <i>Mi nombre es Casablanca,</i> donde "el autor dota... a investigadores y narcotraficantes por igual... de una amplia cultura literaria y cin&eacute;fila" (154) para desactivar el clich&eacute; predominante de unos y otros. As&iacute;, los personajes discuten a Maquiavelo, se habla de Miguel &Aacute;ngel, del Quijote o de la <i>Divina Comedia,</i> se introducen en los di&aacute;logos frases atribuidas a Voltaire, Balzac, Orson Wells, o bien directamente se hace referencia a escritores, personajes y &aacute;mbitos de la ficci&oacute;n vinculada a lo policiaco: Agatha Christie, Sherlock Holmes o el programa <i>Los Intocables.</i> Partiendo de estos ensayos &#151;y agregando el de Raquel Mosqueda Rivera&#151; puede proponerse que la ficci&oacute;n policiaca <i>mexicana</i> de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas se configura sobre tres l&iacute;neas &#151;al menos&#151; que determinan la construcci&oacute;n narrativa: <i>a)</i> hay un personaje que desea o se siente obligado a escribir un relato bajo los supuestos del g&eacute;nero, <i>b)</i> se incorporan a la ficci&oacute;n autores vinculados con lo policial y <i>c)</i> abundan los gui&ntilde;os &#151;a veces decisivos&#151; que establecen v&iacute;nculos y afinidades entre la narrativa policiaca escrita y la f&iacute;lmica. Esta tendencia, pr&oacute;diga en posibilidades, bien podr&iacute;a constituir una forma de endogamia o de autarqu&iacute;a impuesta por las exigencias de un ambiente hostil para el g&eacute;nero, de un realismo mal entendido o, por el contrario, de una completa liberaci&oacute;n de los prejuicios que buscan disminuir las posibilidades de lo policial. Da la impresi&oacute;n as&iacute; de que en M&eacute;xico buena parte de esta narrativa s&oacute;lo puede escribirse con una fuerte carga de <i>literaturizaci&oacute;n.</i> Paradoja no exenta de gracia, si pensamos que al g&eacute;nero se le trata con desaire precisamente porque se le considera poco literario y casi "indigno de an&aacute;lisis", como lo deploraron Miguel G. Rodr&iacute;guez Lozano y Enrique Flores en los "Preliminares" de <i>Bang! Bang!</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es el propio editor de <i>Escena del crimen</i> quien nos indica otra de las tendencias que persisten en la narrativa policiaca: el af&aacute;n topogr&aacute;fico de sus protagonistas, que bien puede interpretarse como una reacci&oacute;n (a&ntilde;eja dentro del g&eacute;nero) contra el expediente del enigma en el cuarto cerrado o como una refracci&oacute;n de ese mismo <i>locus:</i> la ampliaci&oacute;n de la clausura, la reproducci&oacute;n del encierro compartimentado y la introspecci&oacute;n como ejercicio de encierro (y no siempre en contra del encierro). Rodr&iacute;guez Lozano repasa la obra de Juan Hern&aacute;ndez Luna y en ese tr&aacute;nsito menciona el empe&ntilde;o del autor "por resaltar el espacio urbano, la problem&aacute;tica social y acentuar &#151;en la ficci&oacute;n&#151; la relevancia de los marginales o de los personajes de un estrato social bajo" (71). Contra lo que podr&iacute;a esperarse, Hern&aacute;ndez Luna localiza la mayor parte de sus trama en Puebla, no en la Ciudad de M&eacute;xico, y en <i>Yodo,</i> la &uacute;ltima de sus novelas &#151;al menos hasta el momento de la publicaci&oacute;n <i>Escena del crimen&#151;,</i> el top&oacute;nimo queda en el terreno de las conjeturas, de modo que la ciudad sin nombre (an&oacute;nima, criminal) es el &aacute;mbito de un asesino en serie que act&uacute;a (y narra) en espacios cerrados.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Respecto de los asuntos que se adhieren a lo policiaco y que persisten en los autores nacionales tenemos "la conspiraci&oacute;n real o supuesta contra el presidente de la rep&uacute;blica", como ya lo se&ntilde;al&oacute; Edith Negr&iacute;n en <i>Bang! Bang!</i> y seg&uacute;n se confirma hasta cierto punto en la novela de &Eacute;lmer Mendoza, <i>Un asesino solitario.</i> Elizabeth Moreno Rojas analiza esta obra donde el crimen, si bien no se dirige contra el presidente en funciones, s&iacute; alcanza a quien <i>deb&iacute;a</i> ocupar el puesto. La <i>novedad</i> de la l&iacute;nea argumental consiste, precisamente, en que el mal llamado <i>jefe del ejecutivo</i> en turno puede contarse entre los conspiradores. Como en <i>Yodo,</i> de Juan Hern&aacute;ndez Luna, en este caso tambi&eacute;n tenemos un criminal que ocupa el sitio del narrador: gracias a un sicario obtenemos "una radiograf&iacute;a de la corrupci&oacute;n y decadencia del sistema pol&iacute;tico y social" (140). Para Moreno Rojas, "la elecci&oacute;n y modalidad de la voz narrativa" constituye "la estrategia que cuestiona el discurso institucional" (144), de modo que la verdad del sicario, de suyo ausente de cr&eacute;dito, adquiere solvencia para articular la suposiciones populares sobre el asesinato de un candidato presidencial del pasado inmediato.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El volumen cierra con una revisi&oacute;n de cuatro antolog&iacute;as de cuento policiaco mexicano que para Frida Rodr&iacute;guez G&aacute;ndara pueden aquilatarse sobre todo por tratarse de un compendio hist&oacute;rico del g&eacute;nero (167). La autora, en un error de perspectiva, observa una <i>evoluci&oacute;n</i> de la ficci&oacute;n policiaca en su vertiente breve y nacional; traza de ese modo una l&iacute;nea que va de los relatos ocupados en resolver un enigma al punto donde "los investigadores salen a la calle" (187), para despu&eacute;s desplazarse de la capital hacia las ciudades fronterizas del norte. Por lo dem&aacute;s, colocar en el <i>principio</i> la narrativa detectivesca equivale a trasladar al &aacute;mbito local un t&oacute;pico de la discusi&oacute;n (bastante cuestionable o por lo menos inexacto) en torno al <i>origen</i> (moderno) del g&eacute;nero.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Desde luego, las posibilidades de lectura que abre <i>Escena del crimen</i> son mucho m&aacute;s numerosas que las rese&ntilde;adas. A pesar de las inconsistencias y de un estilo expositivo que avanza con dificultad en casi todos los ensayos, el volumen resulta valioso porque orienta a quienes somos afectos al g&eacute;nero, pero nos rezagamos en las publicaciones de los ochenta. Cumple tambi&eacute;n con la tarea de mirar hacia una zona literaria que sigue sin recibir suficiente espacio de cr&iacute;tica y an&aacute;lisis. Esta rese&ntilde;a ha procurado seguir con reservas los ep&iacute;grafes del libro. Al final suponemos que Chesterton y Piglia quieren, maliciosamente, confundir al investigador con la burocracia policiaca; desde luego, puede ser que sigamos una pista falsa, pues m&aacute;s de uno entre nosotros matar&iacute;a por contar con la agudeza de Marlowe (y vivir sus dramas).</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="notas"></a>Notas</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> A prop&oacute;sito de la identificaci&oacute;n <i>criminal&#45;artista creativo</i> vale la pena comentar, adem&aacute;s, el car&aacute;cter demag&oacute;gico que muchas veces adquiere el binomio en esa larga lista de pel&iacute;culas, programas de televisi&oacute;n y relatos sobre asesinos seriales. La formulaci&oacute;n ideol&oacute;gica que anima la naturalizaci&oacute;n de esta pareja de t&eacute;rminos bien podr&iacute;a actuar sobre nuestra capacidad para mantener la perspectiva y diferenciar entre lo que podr&iacute;amos llamar <i>genio</i> art&iacute;stico e <i>ingenio</i> homicida (o delictivo).</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> Retomamos aqu&iacute; los art&iacute;culos de Edith Negr&iacute;n y Enrique Flores: "El azar y la necesidad: las narraciones policiales de Antonio Hel&uacute;" y <i>"Causas c&eacute;lebres.</i> Or&iacute;genes de la narrativa criminal en M&eacute;xico", respectivamente. Ambos se encuentran en <i>Bang! Bang! Pesquisas sobre narrativa policiaca mexicana,</i> Miguel Rodr&iacute;guez Lozano y Enrique Flores (eds.) M&eacute;xico, UNAM, 2005.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5130857&pid=S0188-2546201000020002000001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> Este libro y <i>Escena del crimen...</i> forman parte de un mismo prop&oacute;sito de acercamiento desde una perspectiva acad&eacute;mica al g&eacute;nero y tienen su antecedente en el curso monogr&aacute;fico "Narrativa policial mexicana" que se imparti&oacute; en el Instituto de Investigaciones Filol&oacute;gicas entre enero y abril de 2003.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> Jaime Ram&iacute;rez Garrido, citado por Mosqueda Rivera, a manera de s&iacute;ntesis de la "controversia" generada por la novela.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup> Pensemos, s&oacute;lo por poner un caso, en <i>Orlando,</i> de Virgina Woolf; en diferentes ocasiones el extraordinario personaje masculino&#45;femenino y su bi&oacute;grafo&#45;narrador so pesan los procedimientos por los que se sanciona el valor de la escritura y revisan los caprichos e intereses que configuran las n&oacute;minas can&oacute;nicas y las cofrad&iacute;as literarias.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup> S&oacute;lo en apariencia Jes&uacute;s Eduardo Garc&iacute;a Castillo seguir&iacute;a la misma l&iacute;nea de razonamiento que Vicente Le&ntilde;ero; para el escritor, el realismo de lo policiaco <i>mexicano</i> deber&iacute;a producirse al dejar "sin resolver" internamente el asunto literario, mientras que para el investigador se trata de hacer coincidir las vicisitudes de la trama con las circunstancias que no forman parte de la ficci&oacute;n literaria, en una por lo menos anacr&oacute;nica concepci&oacute;n del realismo.</font></p> 	    <p align="justify">&nbsp;</p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>INFORMACI&Oacute;N SOBRE EL AUTOR</b></font></p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Jos&eacute; Manuel Mateo:</b> Maestro en Letras Mexicanas por la Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico. Se ha ocupado principalmente de estudiar la obra narrativa y ensay&iacute;stica de Jos&eacute; Revueltas, as&iacute; como algunas manifestaciones de la l&iacute;rica tradicional. Colabor&oacute; en el libro <i>El terreno de los d&iacute;as: Homenaje a Jos&eacute; Revueltas</i> (2007) y tres de sus ensayos recientes (sobre Jos&eacute; Emilio Pacheco, Carlos Fuentes y la l&iacute;rica infantil de tradici&oacute;n hisp&aacute;nica) se encuentran en prensa. Ha sido editor y autor de libros para ni&ntilde;os, uno de ellos traducido al chino. Obtuvo dos becas del Fonca en la especialidad de poes&iacute;a (2001, 2003) y una residencia art&iacute;stica en Santiago de Chile (2009). Actualmente est&aacute; adscrito como profesor&#45;investigador de teor&iacute;a literaria en el Programa de Estudios Literarios de El Colegio de San Luis, A.C., y prepara su examen para obtener el grado de doctor en Letras.</font></p>      ]]></body><back>
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