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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Marta Eugenia Garc&iacute;a Ugarte. <i>Poder pol&iacute;tico y religioso. M&eacute;xico siglo XIX</i>, 2 t.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Carlos Mart&iacute;nez Assad*</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>(M&eacute;xico: H. C&aacute;mara de Diputados, LXI legislatura/Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico&#45;Instituto de Investigaciones Sociales/Asociaci&oacute;n Mexicana de Promoci&oacute;n y Cultura Social, A.C./Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana/Miguel &Aacute;ngel Porr&uacute;a, 2010), 1832 pp.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>* Instituto de investigaciones Sociales</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Basta con ver en la portada el cuadro del papa P&iacute;o IX bendiciendo a Maximiliano y Carlota, cuyas expectativas alent&oacute;, para saber que el libro en nuestras manos nos depara una traves&iacute;a de gran inter&eacute;s por sus p&aacute;ginas. Marta Eugenia Garc&iacute;a Ugarte, la autora, ha demostrado ya en sus obras anteriores que indaga de manera profunda en lo que le interesa mostrar.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se trata de un trabajo original que hac&iacute;a falta en la historiograf&iacute;a de la relaci&oacute;n entre la Iglesia cat&oacute;lica y el Estado mexicano, como lo demuestran sus 1832 p&aacute;ginas distribuidas en dos tomos con 15 cap&iacute;tulos y un ep&iacute;logo. La autora nos lleva a trav&eacute;s de una idea clave: "el pensamiento social y pol&iacute;tico de una &eacute;poca se encuentra definido por los valores y principios vigentes en la sociedad situada en su pasado inmediato y la imaginaci&oacute;n creadora del presente que ya contiene las ideas y los fundamentos sociales que ser&aacute;n hegem&oacute;nicos ma&ntilde;ana" (t. I, p. 23, en adelante se cita el tomo correspondiente y el n&uacute;mero de p&aacute;ginas de la siguiente manera: I&#45;23).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre sus objetivos est&aacute;n las posturas de los obispos en sus relaciones con los gobernantes, que encontraban fundamento en la pol&iacute;tica internacional de los papas entre los siglos XIX y XX. Es de gran inter&eacute;s enterarse, por ejemplo, que P&iacute;o VI reconoci&oacute; en 1797 a la nueva rep&uacute;blica francesa y les recomend&oacute; obediencia a los cat&oacute;licos. As&iacute; se puede entender mucho de lo que ha significado la iglesia de Roma para el orbe cat&oacute;lico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para conocer el profundo significado que tiene la Iglesia cat&oacute;lica en M&eacute;xico, debe remontarse al ejercicio del patronato desde que se consum&oacute; la independencia de la monarqu&iacute;a espa&ntilde;ola, en 1821. Sin embargo, la junta eclesi&aacute;stica quer&iacute;a que se siguiera de forma ortodoxa la relaci&oacute;n con Roma. El asunto no fue discernido de manera f&aacute;cil ni en corto tiempo. En 1824, luego de la ca&iacute;da del imperio de agust&iacute;n de Iturbide y una vez proclamada la primera Constituci&oacute;n federal, la Junta Eclesi&aacute;stica se propuso saber si el papado reconoc&iacute;a la independencia y su derecho al patronato.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La autora nos cuenta de manera pormenorizada que la llamada santa sede no reconoc&iacute;a la independencia de las naciones y el senado afirmaba que "El patronato hab&iacute;a pasado a la naci&oacute;n porque no era un privilegio del rey sino un derecho inherente a la soberan&iacute;a" (I54&#45;55). Lo que estaba a debate era c&oacute;mo lograr que M&eacute;xico no se enfrentara con Roma. Una percepci&oacute;n correcta, porque la tranquilidad de la nueva naci&oacute;n a&uacute;n no estaba garantizada, como se vio en 1828, cuando los bandos de Manuel g&oacute;mez Pedraza y Vicente guerrero se enfrentaron. Aun cuando este &uacute;ltimo termin&oacute; siendo designado presidente el 12 de enero de 1829, tuvo que dejar la Presidencia para asumir el mando del ej&eacute;rcito para enfrentar la amenaza espa&ntilde;ola de invadir M&eacute;xico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con las negociaciones suspendidas, se establecieron los concordatos por la aceptaci&oacute;n del papado de que se nombrara a los obispos que deb&iacute;an ocupar las sedes vacantes. Esto no era sencillo por la atenci&oacute;n que pon&iacute;a la corona espa&ntilde;ola en el asunto, pero finalmente el papado acept&oacute; nombrar obispos a todos los propuestos. Despu&eacute;s de su pronunciamiento, anastasio Bustamante envi&oacute; una carta a P&iacute;o VIII, el 5 de marzo de 1830, donde manifestaba su convencimiento de que se ocuparan las di&oacute;cesis vacantes y presentaba los nombres de los obispos que pod&iacute;an ocuparlas. Pero en 1833 los obispos enfrentaron las decisiones del grupo pol&iacute;tico republicano federalista y liberal, que buscaba transformar radicalmente a la sociedad mexicana con la intenci&oacute;n de "formar ciudadanos con esp&iacute;ritu cr&iacute;tico y racional, libres del fundamentalismo religioso" (I&#45;99). As&iacute;, Jos&eacute; Mar&iacute;a luis Mora se propuso "quitar al clero el dominio de las conciencias" y plante&oacute; que la naci&oacute;n pod&iacute;a ejercer el patronato sin la autorizaci&oacute;n de Roma para que el gobierno pudiera nombrar a los m&aacute;s id&oacute;neos para ocupar incluso las parroquias, y as&iacute; lo hizo el gobierno de Valent&iacute;n g&oacute;mez Far&iacute;as cuando orden&oacute; a finales de ese a&ntilde;o que se nombrara a los titulares de todas las parroquias vacantes.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No obstante, resurgi&oacute; la inestabilidad en el pa&iacute;s debido al diferendo entre centralistas y federalistas. Con gran detalle la autora recorre un periodo particularmente dif&iacute;cil de la historia de M&eacute;xico caracterizado por los ires y venires de santa anna y las relaciones se hicieron m&aacute;s tensas con la Iglesia. &Eacute;sta intervino en la formulaci&oacute;n del gobierno de Mariano Paredes y arrillaga para evitar la reforma por medio de la cual con las bases org&aacute;nicas se quer&iacute;a controlar a la Iglesia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ya cuando Estados Unidos declar&oacute; la guerra a M&eacute;xico, en 1846, el gobierno mexicano comenz&oacute; a gestionar tanto con los gobernadores como con la Iglesia la forma de obtener recursos. El ministro de Justicia y Negocios Eclesi&aacute;sticos pidi&oacute; al can&oacute;nigo Juan Manuel Irisarri, vicario capitular del cabildo de la Catedral Metropolitana, que hiciera rogativas por la situaci&oacute;n de guerra que viv&iacute;a el pa&iacute;s. Se impon&iacute;a que la Iglesia apoyara al gobierno de Mariano salas, porque de lo contrario la derrota traer&iacute;a males mayores contra la religi&oacute;n. As&iacute;, el gobierno negoci&oacute; un cr&eacute;dito por 20 millones de pesos con Inglaterra, respaldado con los bienes de la Iglesia. Todos los pr&eacute;stamos concedidos, adem&aacute;s, por la Iglesia, no impidieron el avance de las tropas que tomaron la capital el 13 de septiembre de 1847.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">M&aacute;s adelante, ya en el &uacute;ltimo gobierno de santa anna, fue importante arreglar la marcha administrativa de la naci&oacute;n, por lo que el 22 de abril de 1853 se establecieron los ministerios de gobernaci&oacute;n y Fomento, as&iacute; como la Procuradur&iacute;a de la Naci&oacute;n y Justicia. Un mes despu&eacute;s se integr&oacute; el Ministerio de Negocios Eclesi&aacute;sticos e Instrucci&oacute;n P&uacute;blica. Sin embargo, la oposici&oacute;n en contra del gobierno conservador se inici&oacute; con el pronunciamiento de Juan &aacute;lvarez, entre el 21 y el 22 de enero de 1854, cuando los obispos del pa&iacute;s continuaban sin definir una pol&iacute;tica y actuaban de manera individual. El tiempo de las pol&iacute;ticas eclesi&aacute;sticas, cuenta la autora, lleg&oacute; cuando el can&oacute;nigo de Morelia, Pelagio antonio Labastida y D&aacute;valos, fue nombrado obispo de Puebla. Labastida "estaba convencido de que los eclesi&aacute;sticos ten&iacute;an que tomar parte en la discusi&oacute;n que se estaba dando para fundar la naci&oacute;n, si no de forma directa, a trav&eacute;s del partido conservador" (I&#45;451).</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con la llegada de Juan &aacute;lvarez al poder, en octubre de 1855, se estableci&oacute; un gobierno integrado por los liberales radicales: Melchor Ocampo en Relaciones; Benito Ju&aacute;rez en Justicia, Negocios Eclesi&aacute;sticos e Instrucci&oacute;n P&uacute;blica; guillermo Prieto en Hacienda; Miguel lerdo de Tejada en Fomento, e Ignacio Comonfort en guerra. Se convoc&oacute; de inmediato a un congreso constituyente y la prensa cat&oacute;lica critic&oacute; que se dejara fuera de la votaci&oacute;n a los eclesi&aacute;sticos. La ley Ju&aacute;rez, promulgada casi de inmediato, el 25 de noviembre de 1855, sembr&oacute; la tempestad. El derecho a la inmunidad, defendido desde Trento, provoc&oacute; que el cabildo la analizara cuando le envi&oacute; copia de la ley el arzobispo de M&eacute;xico, L&aacute;zaro de la Garza y Ballesteros. Con su refuerzo, &eacute;ste protest&oacute; en contra de la ley en nombre de todos los obispos, porque el fuero no correspond&iacute;a a los individuos sino al jefe de la Iglesia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Labastida public&oacute; una carta pastoral condenando la ley, que se distribuy&oacute; por todo el territorio de su di&oacute;cesis: Puebla, Veracruz y Tlaxcala, y el gobierno respondi&oacute; tajante que "el presidente estaba dispuesto a hacer cumplir la ley" (I&#45;519&#45;520), y en los hechos le demostr&oacute; su poder, desterr&aacute;ndolo de inmediato. Manuel Doblado se esforzaba por remover a &aacute;lvarez y &eacute;ste, para evitarlo, transmiti&oacute; el poder al conservador Comonfort, quien tuvo que hacer frente a la rebeli&oacute;n de Zacapoaxtla en 1855, en la que la Iglesia ten&iacute;a metidas las manos. Al ser desmantelada, la molestia del obispo de Puebla, el mism&iacute;simo Labastida, que ya hab&iacute;a regresado, creci&oacute; ante la amenaza clara del gobierno, que el 31 de marzo de 1856 orden&oacute; la intervenci&oacute;n de sus bienes eclesi&aacute;sticos, a lo que por supuesto se neg&oacute;.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El constituyente se estableci&oacute; el 17 de febrero de 1856 y el 25 de junio public&oacute; la ley de desamortizaci&oacute;n de los bienes de las corporaciones civiles y eclesi&aacute;sticas, que se conocer&iacute;a como la Ley Lerdo, porque fue elaborada por el ministro de Hacienda. Entre junio y diciembre, el gobierno se adjudic&oacute; bienes por 20 millones 667 mil pesos, por lo que ley fue considerada un &eacute;xito. En respuesta, frailes y curas se vincularon a varios levantamientos y revueltas, que proliferaron por toda la Rep&uacute;blica. El 8 de octubre, Tom&aacute;s Mej&iacute;a se pronunci&oacute; en la sierra gorda por "Religi&oacute;n y Fueros". Todav&iacute;a vendr&iacute;a la discusi&oacute;n sobre la libertad de cultos y la formulaci&oacute;n del art&iacute;culo 123, que dio a los poderes federales la posibilidad de intervenir en la materia. M&aacute;s tarde, los curas protestaron contra la ley de observaciones parroquiales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Desde la publicaci&oacute;n de la ley lerdo hasta la promulgaci&oacute;n de la Constituci&oacute;n arreciaron las cr&iacute;ticas del clero, por lo que el pa&iacute;s vivi&oacute; un periodo que prefiguraba la guerra civil. Labastida, por su parte, con todo y su popularidad, tuvo que salir de Puebla. El gobierno pidi&oacute; al arzobispo que izara el pabell&oacute;n nacional en la catedral y que todas las iglesias repicaran campanas el 11 de marzo. La jerarqu&iacute;a se opuso porque la feligres&iacute;a podr&iacute;a considerar que se trataba de la aceptaci&oacute;n de los art&iacute;culos proclamados y pidi&oacute; a todos los obispos y curas la condena a la Constituci&oacute;n, por lo que continuaron las revueltas, en las que varios curas se involucraron.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El gobierno decret&oacute; entonces la contribuci&oacute;n sobre la propiedad y el arrendamiento de fincas urbanas, reduciendo la renta que percib&iacute;a el propietario, lo cual afectaba de nuevo a los bienes de la Iglesia. El cabildo logr&oacute; que la biblioteca de la Catedral fuese exentada de pago y el 12 de septiembre de 1857 el presidente Comonfort decret&oacute; la supresi&oacute;n de la Universidad de M&eacute;xico. "Tanto los libros como los fondos y dem&aacute;s bienes que le pertenec&iacute;an se destinar&iacute;an a la formaci&oacute;n de la Biblioteca Nacional de que hablaba el decreto del 30 de noviembre de 1847 y a la mejora del Museo" (I&#45;686).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La oposici&oacute;n conservadora se extendi&oacute; y la Iglesia encontr&oacute; m&aacute;s aliados. En medio de los des&oacute;rdenes se inici&oacute; el primer periodo presidencial de Comonfort regido por la Constituci&oacute;n de 1857, aun cuando fue hundido por las reyertas auspiciadas y debi&oacute; abandonar la ciudad de M&eacute;xico en enero de 1858. Ju&aacute;rez asumi&oacute; entonces como presidente constitucional de la Rep&uacute;blica y organiz&oacute; su gabinete. F&eacute;lix Zuloaga asumi&oacute; igualmente el Poder Ejecutivo como presidente constitucional, apoyado por los conservadores, las clases ilustradas y el clero. Estaban dados los emplazamientos para la guerra. La autora nos relata con paciencia, bordando fino, todos los detalles. Zuloaga fue el primero en caer y Miguel Miram&oacute;n se convirti&oacute; en presidente sustituto por el bando conservador el 2 de febrero de 1859. Su propuesta era retomar la importante aduana de Veracruz, en poder de los enemigos, pero su primer rev&eacute;s fue la publicaci&oacute;n de las leyes de Reforma y el reconocimiento del gobierno liberal por parte del gobierno estadounidense y el env&iacute;o de su primer ministro plenipotenciario, Robert M. McLane.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute; las cosas, Miram&oacute;n decidi&oacute; hacer la campa&ntilde;a contra Veracruz, donde se hab&iacute;a establecido el gobierno de Ju&aacute;rez. A su paso, las fuerzas conservadoras cometieron muchas barbaridades contra los civiles, pero tambi&eacute;n contra algunos sacerdotes y curas, "tan s&oacute;lo porque sospechaban que eran favorables a las fuerzas constitucionales" (I&#45;811). Por otra parte, la persecuci&oacute;n de los p&aacute;rrocos era natural para los constitucionales, que buscaban contrarrestar los atentados contra las parroquias y el inter&eacute;s por apropiarse de las joyas de las iglesias. Y como se rumoraba que los arrendatarios favorecidos por la ley lerdo devolv&iacute;an los bienes a la Iglesia en forma voluntaria, se dieron casos como el de Jes&uacute;s Gonz&aacute;lez Ortega, en Zacatecas, y santiago Vidaurri, en Saltillo, que decretaron la nacionalizaci&oacute;n de los bienes del clero en las &aacute;reas bajo su control (I&#45;819), pero Ortega fue m&aacute;s lejos, al decretar el 16 de junio de 1859 la pena de muerte para todos los cl&eacute;rigos que desobedecieran las leyes. El 15 de julio suprimi&oacute; las comunidades religiosas y expuls&oacute; de Zacatecas a todos los cl&eacute;rigos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los triunfos liberales y sus decisiones fueron el caldo de cultivo para que surgiera la idea de que un monarca extranjero era la &uacute;nica salida para M&eacute;xico. El reconocimiento de Estados Unidos tambi&eacute;n provoc&oacute; reacciones que supusieron que la &uacute;nica salvaci&oacute;n podr&iacute;a venir de Europa. En Veracruz, Ju&aacute;rez, Ocampo, Ruiz y lerdo firmaron un manifiesto, el 7 de julio de 1859, para manifestar los prop&oacute;sitos de la reforma liberal. Acusaron al clero de hundir al pa&iacute;s en una guerra de sangre en beneficio de sus intereses. Afirmaban, igualmente, que "era imposible que la libertad y el orden existieran mientras los agentes religiosos continuaran ejerciendo su poder en el pa&iacute;s. Por esa raz&oacute;n se les despojar&iacute;a de sus riquezas para que no pudieran ser usadas contra los gobiernos establecidos. Adem&aacute;s como los bienes se nacionalizar&aacute;n, los cl&eacute;rigos tendr&iacute;an que vivir de las limosnas de los fieles. Se quitaba a la iglesia la administraci&oacute;n de los cementerios y el registro de muertos, nacimientos y matrimonios" (I&#45;819&#45;820).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La separaci&oacute;n de la Iglesia y el Estado fue un hecho con la publicaci&oacute;n en Veracruz de todas las leyes que le dieron sentido: matrimonio civil y secularizaci&oacute;n de los cementerios, y el conjunto de decretos conocido como leyes de Reforma, que lesionaron profundamente el poder pol&iacute;tico y econ&oacute;mico de la Iglesia (I&#45;821&#45;822).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>EL TRIUNFO DE JU&Aacute;REZ Y EL INESPERADO LIBERALISMO DE MAXIMILIANO</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el segundo tomo, podemos enterarnos de que los alineamientos ya est&aacute;n decididos, aunque la paz no est&aacute; cercana. Cuando Ju&aacute;rez entra a la ciudad de M&eacute;xico es reconocido por las potencias extranjeras, en tanto que los conservadores perdieron este reconocimiento al salir. En marzo de 1861 se realizaron las elecciones del bando liberal, y Ju&aacute;rez, apoyado por Doblado, se impuso a lerdo y Gonz&aacute;lez Ortega. Comonfort se instal&oacute; en Monterrey, dominado por Vidaurri. La fuerza de los estados fue utilizada en contra de Ju&aacute;rez, aunque &eacute;ste estaba convencido de que la verdadera fuerza del pa&iacute;s estaba all&iacute; y no en las pasiones y ambiciones surgidas en la capital.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Asimismo, debi&oacute; enfrentar problemas en su gabinete tras la renuncia de antiguos compa&ntilde;eros de ruta: Prieto y Gonz&aacute;lez Ortega, a quien sucedi&oacute; Ignacio Zaragoza. En este contexto surge la demanda de Francia y gran Breta&ntilde;a, acelerando la idea de una intervenci&oacute;n y reforzando a los interesados en imponer en M&eacute;xico a un pr&iacute;ncipe extranjero. Comenzaron las negociaciones de guti&eacute;rrez de Estrada y Miranda. Fue as&iacute; que los conservadores coincidieron en ofrecer el trono de M&eacute;xico a Fernando Maximiliano de Habsburgo, con el linaje cat&oacute;lico de la casa de austria. Al visitar Miramar a finales de diciembre de 1861, guti&eacute;rrez de Estrada qued&oacute; m&aacute;s convencido de "la belleza, nobleza y personalidad de los monarcas", lo que lo hizo decir: "nada dejan que desear... son para nosotros un precioso don del cielo" (II&#45;934&#45;935). Los grandes gestores de la monarqu&iacute;a fueron el obispo Labastida, el padre Miranda, guti&eacute;rrez de Estrada y almonte. Propuesta apoyada por Napole&oacute;n III desde los primeros meses de 1862, aunque no se esperaba la respuesta del ej&eacute;rcito mexicano, que el 5 de mayo inflingi&oacute; una tremenda derrota a los invasores.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No obstante, en octubre de 1863 regresaron al pa&iacute;s los obispos expulsados, entre ellos Labastida, el de Michoac&aacute;n y el de Oaxaca. El primero era elogiado porque hab&iacute;a salido siendo obispo de Puebla y regresaba como arzobispo de M&eacute;xico y regente del imperio, por calles alfombradas de flores con las tropas formando vallas. De inmediato surgieron conflictos con los franceses porque el general Fran&ccedil;ois Aquiles Bazaine acept&oacute; revisar las ventas de los bienes de la Iglesia bajo el control del Estado y no de la Iglesia, como propuso Labastida. En el fondo se trataba de decidir el poder de los regentes y del mismo arzobispo, y finalmente Labastida fue removido por los otros dos regentes apoyados por Bazaine. Los arzobispos y obispos del pa&iacute;s fijaron su posici&oacute;n cuestionando la decisi&oacute;n de aceptar los pagar&eacute;s sobre los bienes del clero y el cobro de los arrendamientos de las fincas que hab&iacute;an sido secularizadas y nacionalizadas. Cuando regresaron a M&eacute;xico tuvieron la esperanza de que un gobierno cat&oacute;lico, restaurador de los sa&#45;nos principios, les permitiera el restablecimiento del culto y observar la moral de las costumbres, pero resultaron sorprendidos al encontrarse en una situaci&oacute;n semejante a la que precedi&oacute; a su destierro.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El gobierno anterior los hab&iacute;a desterrado y nada hab&iacute;a cambiado con un gobierno en cuya invitaci&oacute;n se hab&iacute;an involucrado, y continuaba us&aacute;ndose la oprobiosa expresi&oacute;n "bienes de manos muertas" para designar las propiedades eclesi&aacute;sticas. Al regresar al pa&iacute;s, las acciones comprometidas del gobierno de intervenci&oacute;n con las leyes de Reforma les resultaron inconcebibles. Sus cr&iacute;ticas los llevaban a la amenaza de excomuni&oacute;n y fue una declaraci&oacute;n de guerra del episcopado para el gobierno imperial, que ni siquiera hab&iacute;a iniciado formalmente. Los obispos se sent&iacute;an con las manos atadas porque hab&iacute;an participado en el establecimiento de la monarqu&iacute;a y en la selecci&oacute;n de Maximiliano. S&oacute;lo les quedaba manifestar que "no les era l&iacute;cito cumplir las disposiciones que restituyen su vigor a las leyes denominadas de Re&#45;forma" (II&#45;1075&#45;1076).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para nadie era desconocida la injerencia de Labastida en las protestas que continuaron cuando los regentes ordenaron la destituci&oacute;n de los jueces y, por lo tanto, la sustituci&oacute;n del Tribunal. Aunque Ju&aacute;rez enfrentaba serios problemas con los gobernadores de Nuevo le&oacute;n, Chihuahua y Durango, los liberales vieron con regocijo los desacuerdos entre los conservadores. Aun en esas condiciones, Maximiliano, presionado por Napole&oacute;n, emprendi&oacute; el viaje, no sin antes pasar por Roma, donde pidi&oacute; la bendici&oacute;n a P&iacute;o IX, pero no trat&oacute; con &eacute;l los espinosos asuntos de los bienes de la Iglesia mexicana. El emperador lleg&oacute; a las costas mexicanas el 28 de mayo de 1864 y el 12 de junio de ese mismo a&ntilde;o a la capital. Los obispos se regocijaban porque se iniciaba una nueva era, pero, dirigidos por Labastida, pon&iacute;an en duda el &eacute;xito del imperio si sosten&iacute;a la postura liberal respecto a los bienes de la Iglesia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las decisiones de Maximiliano en asuntos religiosos pusieron en evidencia el error cometido por el Partido Conservador al aceptar a un soberano de pensamiento liberal que depend&iacute;a completamente de Francia. Preocup&oacute; de inmediato a los conservadores la forma de tratar los asuntos eclesi&aacute;sticos, que el emperador abordaba sin consultar con Roma. Su encono era tal con los obispos que el nuncio tem&iacute;a que todos desearan abandonar sus di&oacute;cesis. El asunto empeor&oacute; cuando, el 26 de enero de 1865, el imperio public&oacute; dos decretos, ordenando la revisi&oacute;n de las adjudicaciones de los bienes eclesi&aacute;sticos y estableciendo la tolerancia de cultos. Los arzobispos y obispos escribieron al emperador pidiendo la derogaci&oacute;n de ambas leyes y de todas las expedidas por Ju&aacute;rez y Comonfort. Pero la Iglesia s&oacute;lo recib&iacute;a nuevos agravios sabiendo que la consecuencia de su acci&oacute;n de llamar a un pr&iacute;ncipe extranjero hab&iacute;a sido la expedici&oacute;n de nuevas leyes en su contra.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pese a las constantes manifestaciones de los conservadores, Maximiliano no modific&oacute; sus prop&oacute;sitos. Debido a su af&aacute;n por copiar las reformas juaristas, las acciones positivas de su gobierno no fueron claras, como puede observarse con la organizaci&oacute;n territorial, que establec&iacute;a ocho grandes divisiones y cincuenta departamentos utilizando un mapa elaborado por Manuel Orozco y Berra. El 10 de abril de 1865, el emperador firm&oacute; el Estatuto Provisional del Imperio Mexicano, que reconoc&iacute;a la monarqu&iacute;a moderada y hereditaria por un pr&iacute;ncipe cat&oacute;lico, quedando la emperatriz a cargo de la regencia en caso de ausencia de su consorte. Siguieron muchas otras realizaciones.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para ese a&ntilde;o, M&eacute;xico era la representaci&oacute;n del caos por la debilidad del gobierno imperial y el asedio de las guerrillas por todo el pa&iacute;s, mientras Ju&aacute;rez se fortalec&iacute;a. Para Labastida, el emperador se empe&ntilde;aba en "desconceptuar al clero mexicano", cuando era bien sabido que "en todos tiempos y en todas circunstancias el clero ha tomado una parte muy principal y casi exclusiva en la educaci&oacute;n e instrucci&oacute;n de la juventud" (II&#45;1183). Era evidente que el clero se encontraba sitiado entre dos fuerzas: las liberales y las imperiales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>DE UNA IGLESIA RICA A UNA POBRE</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La situaci&oacute;n de la Iglesia era mala, pero no tan grave como la del imperio. Maximiliano hab&iacute;a logrado quedarse solo. La situaci&oacute;n financiera era un desastre y la convicci&oacute;n de los franceses se hab&iacute;a debilitado. El gobierno viv&iacute;a de los pr&eacute;stamos europeos, mientras los juaristas se consolidaban y obten&iacute;an el apoyo de Estados Unidos. En esas condiciones, Napole&oacute;n orden&oacute; retirar las fuerzas francesas el 22 de enero de 1866 y pidi&oacute; fijar un t&eacute;rmino definitivo para la intervenci&oacute;n en M&eacute;xico. Los conservadores, debilitados a lo largo del imperio, sujetos a las divisiones y los celos de su oficialidad, abandonados por todos los que les hab&iacute;an ofrecido lealtad, nacionales y extranjeros, estaban derrotados desde febrero de 1867, cuando sali&oacute; el &uacute;ltimo reducto de las fuerzas francesas con el general Bazaine a la cabeza, y con ellos el arzobispo de M&eacute;xico, Pelagio antonio Labastida y D&aacute;valos (II&#45;1187).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El cabildo metropolitano era un desastre y ya no contaba ni con la pol&iacute;tica nacional ni con la romana. Las leyes liberales de desamortizaci&oacute;n y nacionalizaci&oacute;n de los "bienes de manos muertas" y la pobreza e inactividad productiva que se extendi&oacute; por el pa&iacute;s, incluida la crisis del ma&iacute;z, impidieron que hubiera mesada para los can&oacute;nigos, que no pod&iacute;an pagar su supervivencia y mantener el culto al desaparecer su esplendor de otro tiempo. La preocupaci&oacute;n fue tal que los llev&oacute; a negarse a cubrir hasta 1873 las plazas vacantes en el cabildo (II&#45;1191). La Iglesia metropolitana se hab&iacute;a transformado, "ya no era una Iglesia rica, era una Iglesia pobre". De su antigua grandeza, dec&iacute;a Primo de Rivera, s&oacute;lo le hab&iacute;a que&#45;dado la "costumbre de repartir en n&uacute;meros varios, lo que antes repart&iacute;a en numerario", aglomeraba deudas (II&#45;1194).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La problem&aacute;tica se extend&iacute;a por el pa&iacute;s. La mayor&iacute;a de los p&aacute;rrocos de todas las di&oacute;cesis solicitaba conservar los diezmos por un a&ntilde;o. El arzobispo enfrentaba la resistencia del cabildo en cualquier resoluci&oacute;n que afectara los fondos. Llama la atenci&oacute;n la claridad que ten&iacute;an Labastida y Mungu&iacute;a sobre lo que ocurr&iacute;a y lo cercano que estaba el fin del imperio con la salida de las primeras tropas francesas y la emperatriz, como se dio a conocer desde Veracruz. Como el emperador de M&eacute;xico festejaba a Hidalgo y no a Iturbide, Mungu&iacute;a no resisti&oacute; hacer el comentario: "si el cura Hidalgo resucitara se volver&iacute;a a morir de sorpresa en presencia de sus nuevos laureles" (II&#45;1203).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la segunda mitad de 1865 se hab&iacute;an agudizado las desavenencias entre los conservadores y el emperador, cuando se publicaron los decretos de Maximiliano sobre la libertad de cultos y los bienes de la Iglesia. La situaci&oacute;n para la Iglesia no era nada halag&uuml;e&ntilde;a, como lo expresaba Labastida en enero de 1866: el Registro Civil &#151;dec&iacute;a&#151; estaba causando grandes inconvenientes, particularmente, porque se hab&iacute;a hecho a un lado a los p&aacute;rrocos. Adem&aacute;s, "para el culto no hay un centavo, fuera de lo poco que se colecta de diezmos y toca a la f&aacute;brica espiritual: para los curas y vicarios casi nada se re&uacute;ne de los derechos parroquiales sobre lo cual trabajar, las autoridades locales, persuadiendo a los pueblos que el gobierno lo ha prohibido" (II&#45;1239).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una nota la daban los protestantes y masones que realizaban esfuerzos para incrementar sus pros&eacute;litos, protegidos y avalados por la tolerancia religiosa. Ya desde 1854 algunos cl&eacute;rigos hab&iacute;an impulsado un movimiento reformista intracat&oacute;lico, nacionalista y antirromanista, que constituy&oacute; un antecedente para la implantaci&oacute;n, en poco tiempo, de nuevas doctrinas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El arzobispo buscaba el di&aacute;logo con el emperador, sin logarlo. Por ejemplo, despu&eacute;s del decreto del 12 de mayo de 1866, sobre los cementerios, el arzobispo le escribi&oacute; al monarca protestando contra dicha ley porque los lugares sagrados hab&iacute;an sido profanados "por el solo hecho de sepultarse en ellos los que mueren fuera del gremio de la Iglesia" (II&#45;1241&#45;1242). Maximiliano respondi&oacute; devolviendo los cementerios que pertenec&iacute;an a las Iglesias, aunque aclar&oacute; que no se inclu&iacute;an los construidos por los ayuntamientos. Prohib&iacute;a igualmente la sepultura en los atrios de las iglesias, cuando esos eran los &uacute;nicos con que contaban algunas parroquias y pueblos. Con estas restricciones, final&#45;mente ning&uacute;n cementerio fue devuelto a los p&aacute;rrocos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>UN FIN CATASTR&Oacute;FICO</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En 1866 la situaci&oacute;n era pol&iacute;ticamente desesperada. Los republicanos dominaban Chihuahua, Durango, Nuevo le&oacute;n, Tamaulipas y Zacatecas, por lo que Mungu&iacute;a escribi&oacute; a Labastida que deb&iacute;a abandonar el pa&iacute;s, pues los emperadores hab&iacute;an quedado aislados de Europa. Francia retir&oacute; su apoyo y Carlota s&oacute;lo pod&iacute;a insistir ante austria &#151;con el emperador indiferente ante los problemas de su hermano Maximiliano&#151; y B&eacute;lgica &#151;donde gobernaba su hermano, leopoldo II, quien estaba m&aacute;s preocupado por administrar las posesiones&#151;. El ef&iacute;mero imperio llegaba a su fin cuando el 13 de febrero Maximiliano sali&oacute; para Quer&eacute;taro. La plaza fue sitiada por el general Escobedo, oblig&aacute;ndolo a rendirse a discreci&oacute;n el 15 de mayo. El 21, el ministro de guerra orden&oacute; entablar juicio contra Maximiliano, Miram&oacute;n y Mej&iacute;a. En este proceso el emperador fue defendido por Mariano Riva Palacio, Rafael Mart&iacute;nez de la Torre y Eulalio Ortega. Luego de diferentes intercambios, a trav&eacute;s de los cuales el archiduque de austria pidi&oacute; a Napole&oacute;n su intervenci&oacute;n, mientras otros abogaban por la vida de Maximiliano, fue fusilado a las siete de la ma&ntilde;ana del 19 de junio junto a los otros procesados.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">El triunfo de los liberales produjo un gran malestar por el acoso y persecuci&oacute;n a quienes hab&iacute;an apoyado al imperio. Cuando se concedi&oacute; la amnist&iacute;a, en 1870, no se incluy&oacute; a las personas que, como el arzobispo Labastida, hab&iacute;an colaborado de manera directa. Adem&aacute;s, el gobierno de Ju&aacute;rez tom&oacute; la decisi&oacute;n de confiscar las propiedades de los particulares que hab&iacute;an colaborado con el imperio y se incentiv&oacute; la aplicaci&oacute;n de las leyes para los bienes eclesi&aacute;sticos que a&uacute;n quedaban sin adjudicar o vender. El clero tuvo que aplicar rigurosa y sistem&aacute;ticamente las leyes de Reforma desde el nivel parroquial. Durante el gobierno de Ju&aacute;rez de 1867 a 1872, jueces, p&aacute;rrocos y pobladores se disputaban el registro de nacimientos, matrimonios y defunciones.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Labastida, desde Europa, se enteraba de que el conflicto alcanzaba niveles alarmantes. Los gobernadores de la mitra de M&eacute;xico, afirma Garc&iacute;a Ugarte, acusaban a los jueces del registro por no cumplir las leyes de Reforma, tanto las de separaci&oacute;n de la Iglesia y el Estado como las de los bienes nacionalizados, que exceptuaban las casas curales y sus huertas. &Eacute;ste era, dice, un despojo fuera de la ley que continuar&iacute;a durante el porfiriato.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La percepci&oacute;n de Labastida de que hab&iacute;a cometido un error al participar decididamente en los levantamientos militares, porque no era &eacute;sta una funci&oacute;n de la Iglesia, fue m&aacute;s clara cuando, en 1870, los nacionalistas italianos de Vittorio Emmanuel tomaron la ciudad de Roma, &uacute;ltimo reducto del poder temporal pontificio. Fue gracias a la declaraci&oacute;n de la infalibilidad pontificia que Labastida decidi&oacute; concentrar sus esfuerzos en la labor pastoral y en la reconstrucci&oacute;n de la Iglesia mexicana. Hasta que muri&oacute;, en 1891, mantuvo el principio de no intervenci&oacute;n de la Iglesia en los movimientos pol&iacute;ticos que cuestionaban la legitimidad del poder establecido (II&#45;1299).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los acuerdos y desacuerdos marcaron todo el periodo que se inici&oacute; con la Rep&uacute;blica restaurada, y entre otros problemas era grave observar que muchos fieles se convert&iacute;an e incorporaban a nuevas Iglesias. Se trataba de un movimiento que arrastr&oacute; incluso a los sacerdotes que se dedicaron a realizar proselitismo por las nuevas doctrinas. La difusi&oacute;n de nuevas ideas y su adopci&oacute;n oblig&oacute; a los obispos a prevenir a su feligres&iacute;a contra la propaganda y los valores del protestantismo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Vinieron luego los arreglos con los tiempos nuevos, la muerte de Ju&aacute;rez y la Presidencia de sebasti&aacute;n lerdo de Tejada, su compromiso con las leyes de Re&#45;forma y su amnist&iacute;a general, as&iacute; como un nuevo destierro de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s. Tambi&eacute;n el Plan de Tuxtepec y la llegada al poder de Porfirio D&iacute;az. Y como nos relata la doctora Garc&iacute;a Ugarte en este espl&eacute;ndido libro, con &eacute;l se dar&iacute;an nuevos arreglos entre el Estado y la Iglesia. Previamente se negociaba la participaci&oacute;n de los cat&oacute;licos en el gobierno. Labastida impuls&oacute;, con la aprobaci&oacute;n de la santa sede y de todos los obispos, la acci&oacute;n individual de los laicos en pol&iacute;tica. Desde entonces se increment&oacute; el n&uacute;mero de cat&oacute;licos en las filas gubernamentales. La infraestructura eclesi&aacute;stica se fortaleci&oacute; y la Iglesia recuper&oacute; su presencia durante el largo r&eacute;gimen de Porfirio D&iacute;az, quien fuera, parad&oacute;jicamente, el &uacute;ltimo de los liberales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las p&aacute;ginas de este libro llenan un vac&iacute;o en los estudios sobre la Iglesia cat&oacute;lica en M&eacute;xico y un periodo controvertido gracias al uso de fuentes originales, los propios archivos eclesi&aacute;sticos, entre los que destacan los de la Catedral de M&eacute;xico y El Vaticano, as&iacute; como el archivo privado del arzobispo Labastida. El libro est&aacute; destinado a ser un cl&aacute;sico que a partir de ahora deber&aacute; ser citado por los investigadores interesados en conocer a profundidad el impacto social de las relaciones entre la Iglesia cat&oacute;lica y el Estado mexicano.</font></p>      ]]></body>
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