<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0188-2503</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Revista mexicana de sociología]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[Rev. Mex. Sociol]]></abbrev-journal-title>
<issn>0188-2503</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Sociales]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0188-25032009000200007</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Julia Tuñón (comp.). Enjaular los cuerpos. Normatividad decimonónica y feminidad en México]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Lutz]]></surname>
<given-names><![CDATA[Bruno]]></given-names>
</name>
<xref ref-type="aff" rid="A01"/>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A01">
<institution><![CDATA[,Universidad Autónoma Metropolitana (UAM-Xochimilco) Departamento de Relaciones Sociales ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>06</month>
<year>2009</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>06</month>
<year>2009</year>
</pub-date>
<volume>71</volume>
<numero>2</numero>
<fpage>390</fpage>
<lpage>397</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0188-25032009000200007&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0188-25032009000200007&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0188-25032009000200007&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Julia Tu&ntilde;&oacute;n (comp.). <i>Enjaular los cuerpos. Normatividad decimon&oacute;nica y feminidad en M&eacute;xico</i></b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Bruno Lutz*</b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico: El Colegio de M&eacute;xico, 2008, 469 pp.</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>* Departamento de Relaciones Sociales UAM&#150;Xochimilco</i></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta obra es una compilaci&oacute;n de interesantes trabajos sobre la construcci&oacute;n de la mujer y su cuerpo en el siglo XIX. Estos estudios son miradas sobre el modelo ideal de mujer que se ven&iacute;a tejiendo a partir del rechazo &#151;m&aacute;s expl&iacute;cito que real&#151; al pasado y la asimilaci&oacute;n concomitante de las ideas en boga en la Europa de ese entonces. Asimismo, abordan los factores cient&iacute;ficos y sociales de la mujer para que pueda cumplir cabalmente con las obligaciones culturalmente establecidas. El cuerpo y sus extensiones, es decir, los gestos y losmodales, han sido objeto de incesantes batallas para lograr su codificaci&oacute;n, pero estas sucesivas codificaciones y correcciones han tenido su sentido m&aacute;s profundo con la renovaci&oacute;n de las distinciones de g&eacute;nero. En efecto, el camino hacia el progreso es tambi&eacute;n el camino hacia una m&aacute;s compleja y sutil diferenciaci&oacute;n de g&eacute;nero. La mujer mexicana se ha debatido entre un derecho civil androc&eacute;ntrico y un "arte de la buena conducta", vigilado y actualizado por los hombres, sin realmente poder revertir los efectos estigmatizadores de su sexo. Hay avatares que la modernidad no borra y herencias que el tiempo no logra modificar.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La investigadora a cargo de la compilaci&oacute;n de los nueve estudios, todos escritos por mujeres, nos ofrece una reflexi&oacute;n introductoria sobre la importancia de pensar el sexo/g&eacute;nero en el M&eacute;xico decimon&oacute;nico a partir de las perspectivas con las que esta doble categor&iacute;a era pensada. Inspir&aacute;ndose en Carlo Ginzburg, quien escribi&oacute; que la cultura es una jaula flexible e invisible que nos obliga a pensar nuestro tiempo desde coordenadas preestablecidas, Julia Tu&ntilde;&oacute;n puso como t&iacute;tulo <i>Enjaular los cuerpos </i>a esta obra publicada por El Colegio de M&eacute;xico. Lo que para Ginzburg era un paradigma hist&oacute;ricamente condicionante, para Tu&ntilde;&oacute;n es la camisa de fuerza del modelo de mujer. La ilustraci&oacute;n de la portada, con una reproducci&oacute;n de <i>La se&ntilde;ora de azul con abanico, </i>de Jos&eacute; Mar&iacute;a Estrada, ilustra un arquetipo de mujer andr&oacute;gina cuyos rasgos masculinos (bigote, cejas pobladas, rostro anguloso, senos inexistentes) son asociados con atributos de la feminidad (l&aacute;piz labial, collar, aretes, velo transparente, abanico, etc.). Verdadero enigma para los historiadores del arte, pero tambi&eacute;n para una sociedad que siempre se ha esforzado por clasificar, diferenciar y oponer lo masculino a lo femenino. Esta trasgresi&oacute;n de las fronteras de g&eacute;nero es precisamente lo que va a intentar impedir toda una bater&iacute;a de t&aacute;cticas androc&eacute;ntricas de vigilancia y control que se fue desarrollando y perfeccionando desde la independencia hasta el final de la dictadura porfirista. Un siglo es poco tiempo para seguir la germinaci&oacute;n y maduraci&oacute;n de procesos sociales tan complejos como la institucionalizaci&oacute;n del g&eacute;nero y la diferenciaci&oacute;n sexual; empero, como bien lo reconoce Julia Tu&ntilde;&oacute;n en su ensayo, con <i>Enjaular los cuerpos </i>se ha buscado, m&aacute;s que una exhaustividad de tem&aacute;ticas imposible de conseguir, presentar una serie de estudios introductorios a una problem&aacute;tica hist&oacute;rica relativamente nueva.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Carmen Ramos examina algunos aspectos de los c&oacute;digos civiles de 1870 y 1884 buscando afanosamente mostrar el sesgo androc&eacute;ntrico del discurso jur&iacute;dico que atravesaba el cuerpo de las mujeres mexicanas. "La legislaci&oacute;n decimon&oacute;nica acepta y a la vez establece la diferencia genital como b&aacute;sica, al mismo tiempo que reglamenta y norma la conducta del cuerpo de la mujer en raz&oacute;n de las caracter&iacute;sticas del cuerpo mismo: de su edad, de su condici&oacute;n n&uacute;bil o no, de su capacidad reproductora". Los hombres pod&iacute;an casarse a partir de los 14 a&ntilde;os y las ni&ntilde;as a partir de los 12 a&ntilde;os. La ley no solamente insist&iacute;a en el cambio de estatus al pasar de doncella a esposa mediante el rito del casamiento, sino que daba cierta importancia a la dote, definida como "cualquier cosa o cantidad" que se entregaba al marido al mismo tiempo que la esposa. La dote hac&iacute;a de la doncella una mujer en potencia; la importancia econ&oacute;mica de la dote hac&iacute;a la importancia social de la mujer. A pesar de los intereses diversos contenidos en esa transacci&oacute;n comercial, la esposa se convert&iacute;a en la dependiente moral y econ&oacute;mica de su marido. Buscando las desigualdades del hombre y de la mujer frente a la ley, la acad&eacute;mica encuentra f&aacute;cilmente que la palabra del var&oacute;n era sobre&#150;valorada y que la mujer, v&iacute;ctima de violencia marital, ten&iacute;a pocos recursos a su alcance para defenderse.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A partir del an&aacute;lisis de m&aacute;s de quinientos expedientes judiciales y el examen de leyes y reglamentos, Ana Lidia Garc&iacute;a indica en su texto que la apreciaci&oacute;n legal de lo que eran "actos atroces" y "odio cotidiano" cometidos por el marido variaba en funci&oacute;n de la condici&oacute;n social de la mujer. Indagando de manera fina e inteligente sobre las formas de distinci&oacute;n que operaban en M&eacute;xico en la segunda mitad del siglo XIX, la investigadora resalta que: "Se pensaba que entre los de baja esfera eran necesarios hechos verdaderamente graves para ameritar causa judicial, a diferencia de gente de mejor condici&oacute;n social, con 'm&aacute;s sentimientos y delicadeza', para quien se requer&iacute;an actos violentos menos graves". Asimismo, predominaba la idea de que la violencia conyugal, en sus manifestaciones extremas, era propia de la plebe e imposible de erradicar. Otro aspecto que Ana Lidia Garc&iacute;a tiene el m&eacute;rito de resaltar es la victimizaci&oacute;n de las mujeres como estrategia de defensa social, lo cual contribuy&oacute; paulatinamente a que el Estado considerara a las mujeres como un grupo vulnerable, ofreci&eacute;ndoles mayores garant&iacute;as y protecci&oacute;n f&iacute;sica en los "dep&oacute;sitos", donde pod&iacute;an ser albergadas el tiempo necesario para sustraerse a la violencia de sus c&oacute;nyuges. "Los mecanismos de resistencia del discurso femenino dejan ver la combativa actitud de las mujeres, quienes hac&iacute;an uso de la dramatizaci&oacute;n y el chantaje para convencer a las autoridades judiciales de su sufrida situaci&oacute;n de v&iacute;ctimas maltratadas y convert&iacute;an as&iacute; a la protecci&oacute;n en su principal arma". La resistencia femenina encontr&oacute; en la menci&oacute;n y exhibici&oacute;n de las partes lesionadas de su cuerpo la prueba irrefutable de sus aseveraciones ante los tribunales: al hacer p&uacute;blico lo que estaba confinado al universo dom&eacute;stico, al denunciar lo callado, esas valientes mujeres contribuyeron a la transformaci&oacute;n, aunque de manera lenta, del aparato judicial. A pesar del funcionamiento de esos mecanismos discursivos, es menester recordar que hasta finales del siglo XIX la violencia dom&eacute;stica era generalmente considerada un asunto de naturales altercados y normales reyertas en los matrimonios. La historiadora afirma con raz&oacute;n que el liberalismo defini&oacute; expl&iacute;citamente c&oacute;mo deb&iacute;a mandar el hombre y c&oacute;mo deb&iacute;a obedecer la mujer, convirti&eacute;ndose en un "duro rev&eacute;s contra las mujeres, pues acrecent&oacute; la autoridad masculina, privatiz&oacute; la violencia y omiti&oacute; la penalizaci&oacute;n de la violencia cotidiana".</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por su parte, Oliva L&oacute;pez se&ntilde;ala que en el complejo proceso de laicizaci&oacute;n de la sociedad y secularizaci&oacute;n de los saberes, los m&eacute;dicos jugaron un papel cada vez m&aacute;s importante, hasta lograr imponer un discurso t&eacute;cnico y r&iacute;gido sobre el cuerpo humano, discurso cuya cientificidad les otorgaba anticipadamente el beneficio de la verdad. "Dichos profesionales, en su af&aacute;n por establecer lo admisible y lo inadmisible en el funcionamiento normal del cuerpo femenino y su fisiolog&iacute;a reproductiva y sexual, terminaron creando una representaci&oacute;n t&eacute;cnico&#150;m&eacute;dica del cuerpo femenino que distaba de lo objetivo, pues mostraron una imagen y una fisiolog&iacute;a construidas, pautadas por la estandardizaci&oacute;n y la homo&#150;geneizaci&oacute;n de criterios diversos que no siempre resultaron de reflexiones cient&iacute;ficas, sino que estuvieron cargados de juicios ideol&oacute;gicos sobre las mujeres promovidos por una cultura masculina, clasista y profundamente racista". La autora se&ntilde;ala con raz&oacute;n que la l&oacute;gica burguesa del siglo xix se fundamentaba en la construcci&oacute;n de cuerpos disciplinados y d&oacute;ciles, a la par con los imperativos capitalistas de una explotaci&oacute;n racional y cient&iacute;fica de los cuerpos en funci&oacute;n de sus aptitudes naturales y atributos heredados. Pero en ese periodo se descubre que la ovulaci&oacute;n es independiente del coito, y por lo tanto que el placer es independiente de la reproducci&oacute;n. A partir de ah&iacute; se alimenta la idea de una patologizaci&oacute;n de la pasi&oacute;n femenina. El &uacute;tero se convirti&oacute; paulatinamente en el &oacute;rgano femenino que lo explicaba todo: "el &uacute;tero fue visto por los m&eacute;dicos decimon&oacute;nicos como un espacio quim&eacute;rico, como causa y efecto de las patolog&iacute;as que padec&iacute;an las mujeres". De esa forma, se fue imponiendo la auscultaci&oacute;n sistem&aacute;tica del &uacute;tero, independientemente de los s&iacute;ntomas, y para resolver las patolog&iacute;as del &uacute;tero (menstruaciones dolorosas, v&oacute;mitos, n&aacute;useas, tos constante, jaquecas y cefalagias permanentes) el tratamiento ginecol&oacute;gico m&aacute;s aceptado fue la castraci&oacute;n. "Para los galenos la castraci&oacute;n femenina era una alternativa viable para conseguir la cura de muchas enfermedades, sin embargo, para el var&oacute;n era el comienzo de una condena eterna que lo llevar&iacute;a a la infelicidad". Acompa&ntilde;ando esta teor&iacute;a del determinismo &uacute;tero&#150;ov&aacute;rico, se descubri&oacute; que la histeria era una enfermedad muy com&uacute;n en las mujeres de clases medias y altas, as&iacute; como en las mujeres religiosas. Esas mujeres que no laboraban fuera de su hogar y del convento padec&iacute;an una extra&ntilde;a variedad de s&iacute;ntomas atribuidos a la excitaci&oacute;n de su sistema nervioso y a su sensibilidad extrema. Hombres cuyos valores masculinos no eran muy desarrollados eran propensos tambi&eacute;n a tener un "aura hist&eacute;rica". "Los s&iacute;ntomas de las hist&eacute;ricas podr&iacute;an ser entendidos como el resultado de las exigencias burguesas que demandan de las mujeres un comportamiento sumiso y abnegado, pureza y fidelidad sexual, rasgos que en su conjunto las convert&iacute;an en cuidadoras y procuradoras de la espiritualidad de los varones". De manera acuciosa, Oliva L&oacute;pez asocia esta nosolog&iacute;a sesgada del cuerpo de la mujer por los m&eacute;dicos decimon&oacute;nicos a los imperativos de una sociedad clasista. "El mercado capitalista necesitaba de cuerpos mesurados y autorreprimidos para su funcionamiento, de ah&iacute; que la medicina contribuyera en el proceso de disciplina que promovi&oacute; la introyecci&oacute;n de la autorrepresi&oacute;n para as&iacute; poder alcanzar valores burgueses tales como la temperancia, la mesura, el orden, el ahorro y la capacidad de postergar la realizaci&oacute;n de los deseos".</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otra parte, y enfoc&aacute;ndose espec&iacute;ficamente a los embarazos, partos y parteras, Anne Staple investiga los efectos de la medicalizaci&oacute;n del cuerpo de la mujer en un contexto hist&oacute;rico en el cual gobernar era poblar, y poblar significaba disminuir la tasa de mortalidad infantil mediante la aplicaci&oacute;n del saber m&eacute;dico occidental. De manera general, las parteras eran vistas como mujeres ignorantes cuyos saberes se limitaban a creencias irracionales y supersticiones da&ntilde;inas. Brujas, curanderas y parteras eran combatidas por la Junta de Salubridad, primero porque eran mujeres, segundo porque eran de clase baja, y tercero porque pose&iacute;an saberes cuya eficacia no pod&iacute;a explicar la ciencia m&eacute;dica occidental. El alumbramiento era una etapa crucial en la vida de una pareja y en la reproducci&oacute;n de las familias. Con el nacimiento de un beb&eacute; estaba en juego la posibilidad de incrementar su respetabilidad (estar casados en primeras nupcias, concebirlo durante la luna de miel, tener un var&oacute;n, procrear varios hijos, etc.) o caer en el deshonor (no estar casados o estarlo en segundas nupcias, tener un hijo fuera del matrimonio o que naciera muerto, etc.), siendo la honorabilidad un atributo predominantemente masculino y la deshonra un estigma que m&aacute;s f&aacute;cilmente reca&iacute;a sobre las mujeres. La preocupaci&oacute;n en torno a un alumbramiento exitoso de los matrimonios burgueses, y en menor medida de la plebe, era la posibilidad de transmitir un patr&oacute;nimo, modales y herencias a su descendiente, as&iacute; como de mantener viva a la madre para que pudiera hacerse cargo de sus hijos y procrear nuevamente. En ese sentido, el papel de la partera era fundamental, ya que ten&iacute;a en sus manos el destino de las familias. Siendo prioritario su inter&eacute;s por incrementar la poblaci&oacute;n, el gobierno del M&eacute;xico independiente empez&oacute; a reorganizar los cursos de la Facultad de Medicina incorporando t&iacute;midamente a las mujeres, y a las parteras en particular, en cursos de gineco&#150;obstetricia. En la capital, pero tambi&eacute;n en Guadalajara, Puebla y Veracruz, entre otros estados, se oblig&oacute; a las parteras a asistir a cursos formales y obtener un diploma para ejercer su oficio. Sin embargo, estos discursos legalistas para reglamentar la actividad de las comadronas y someterlas al poder del m&eacute;dico cirujano surtieron pocos efectos, lo mismo que las repetidas iniciativas de ley para castigar penalmente a las parteras en caso de aborto, de nacidos muertos y de deceso de la parturienta.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los m&eacute;dicos mexicanos, al igual que sus colegas de Europa, incursionaron tambi&eacute;n en el campo de los cuidados del infante y su alimentaci&oacute;n, con el af&aacute;n humanitario de combatir la mortalidad infantil. Las madres acomodadas acostumbraban tener una nodriza para alimentar a sus hijos en la primera etapa de su vida, costumbre que se justificaba principalmente por el estatus de la familia, que de esa manera mostraba su capacidad econ&oacute;mica al poder pagar los servicios privados de un ama de cr&iacute;a. La burgues&iacute;a decimon&oacute;nica consideraba que el cuerpo de la mujer educada ten&iacute;a como funci&oacute;n principal la gestaci&oacute;n, mas no la alimentaci&oacute;n de los infantes. Pero la contrataci&oacute;n de una nodriza, denunciada por los m&eacute;dicos como "lactancia mercenaria, con frecuencia implicaba cambiar la vida de un ni&ntilde;o pobre por la de un ni&ntilde;o rico; aumentaba la mortalidad infantil m&aacute;s que reducirla". Las madres pobres y las madres trabajadoras de la ciudad ve&iacute;an hipotecadas sus posibilidades de alimentar adecuadamente a sus hijos e hijas, por lo que se cre&oacute; una instituci&oacute;n: La Gota de Leche, donde el Estado y los m&eacute;dicos se daban a la tarea de alimentar a los infantes, as&iacute; como corregir los malos h&aacute;bitos de sus progenitoras y combatir su ignorancia. Si bien, desde tiempos atr&aacute;s, se sol&iacute;a dar tes, papillas con cerveza, miga de pan y miel, as&iacute; como pulque a los ni&ntilde;os peque&ntilde;os, los pediatras de La Gota de Leche y de la Casa de los Ni&ntilde;os Exp&oacute;sitos llevaron a cabo numerosos experimentos con hu&eacute;rfanos, infantes pobres y enfermos, d&aacute;ndoles de comer diferentes brebajes a base de leche de vaca, de cabra y de burra. Ana Mar&iacute;a Carrillo muestra en su estudio que esta azarosa b&uacute;squeda de una leche artificial para los ni&ntilde;os mexicanos, tomando el ejemplo de lo que se hac&iacute;a en Francia y Alemania, caus&oacute; muchas defunciones. En algunos casos, la ingesti&oacute;n <i>in extremis </i>de lecha materna de la nodriza lograba salvar a algunos reci&eacute;n nacidos de una muerte anunciada, pero los m&eacute;dicos imputaban esos decesos masivos a la mala calidad de los ni&ntilde;os y a la falta de respeto a las reglas de higiene y asepsia por parte de las empleadas. Considerada inicialmente como un mal necesario, la alimentaci&oacute;n artificial de los infantes se fue perfeccionando e industrializando, convirti&eacute;ndose a principios del siglo XX en una modalidad id&oacute;nea y progresista que las madres mexicanas ten&iacute;an que adoptar.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Exist&iacute;a durante la &eacute;poca porfiriana una concepci&oacute;n contrastante sobre la edad, seg&uacute;n el sexo, la condici&oacute;n social y &eacute;tnica. A partir de revistas feministas y femeninas que circulaban en la alta sociedad &#151;las mujeres de clase baja "no han dejado grandes huellas"&#151;, Cynthia Montero esboza las consecuencias sociales de la clasificaci&oacute;n de las diferentes etapas de la vida. En su ensayo, la descripci&oacute;n de tratamientos caseros para borrar las arrugas y la enunciaci&oacute;n de reflexiones personales frente al envejecimiento, limitan la comprensi&oacute;n del fen&oacute;meno social del ser mujer en su dimensi&oacute;n social e hist&oacute;rica. Al respecto, es menester agregar que la ley, y en particular el C&oacute;digo Civil, indicaba con precisi&oacute;n las edades m&iacute;nimas para casarse para un hombre y para una mujer (<i>Cfr. supra); </i>la Iglesia y los m&eacute;dicos ten&iacute;an tambi&eacute;n una concepci&oacute;n propia de las funciones que una mujer pod&iacute;a y deb&iacute;a asumir socialmente, en funci&oacute;n de su edad. Hubiera sido interesante leer opiniones sobre el rango de edad id&oacute;neo para casarse en la alta sociedad porfiriana y sus referencias a las concepciones europeas de la &eacute;poca, la diferencia de edad aceptable entre la esposa y su marido, el n&uacute;mero de hijos deseable, la existencia de ritos para marcar el paso a la edad n&uacute;bil de una mujer y el paso a la etapa inf&eacute;rtil, etc. La edad no debe reducirse al paso del tiempo en el cuerpo, sino que debe entenderse m&aacute;s profundamente, como la confluencia de representaciones ideol&oacute;gicas y est&eacute;ticas cuyas consecuencias sociales son susceptibles de darnos valiosas indicaciones sobre un periodo de la historia del cuerpo.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En otro tema, la prostituci&oacute;n femenina fue el centro de apasionados debates a finales del siglo XIX y principios del XX. Quienes eran calificadas como mujeres de "mala vida" o de "mala nota" eran acusadas de ser los vectores de transmisi&oacute;n de la s&iacute;filis, enfermedad que afectaba a una parte creciente de la poblaci&oacute;n debido a su contagiosidad y falta de cura. Leyes cada vez m&aacute;s restrictivas fueron promulgadas para intentar resolver lo que era considerado como un grave peligro para la salud p&uacute;blica y una amenaza para las siguientes generaciones. Esta visi&oacute;n reglamentarista, ampliamente inspirada en las medidas jur&iacute;dico&#150;legales tomadas de los pa&iacute;ses europeos, buscaba no s&oacute;lo evitar la propagaci&oacute;n de una enfermedad vergonzosa (visible en el hombre y no en la mujer), sino vigilar tambi&eacute;n a un sector marginal de la poblaci&oacute;n: las mujeres pobres que hac&iacute;an comercio con su cuerpo. Fabiola Bail&oacute;n indica que una red discursiva de limitaciones y prohibiciones cubri&oacute; a las prostitutas de la ciudad de M&eacute;xico, aunque sin lograr un control total de sus cuerpos y actividades. La higiene p&uacute;blica era la justificaci&oacute;n de una higiene social que apuntaba hacia varios objetivos simult&aacute;neamente, como mostrar que M&eacute;xico era un pa&iacute;s moderno, reforzar la diferenciaci&oacute;n de g&eacute;nero, confirmar el estatus superior del m&eacute;dico y el poder absoluto de la ciencia gal&eacute;nica, enderezar nuevas fronteras entre las clases sociales, hacer de lo privado (lo &iacute;ntimo femenino) un objeto de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas. Frente a esta perspectiva reglamentarista, los promotores de la visi&oacute;n abolicionista &#151;sin abandonar todos los prejuicios del paradigma androc&eacute;ntrico&#151; planteaban que eran las deplorables condiciones de vida de las mujeres pobres y de las obreras la causa de la prostituci&oacute;n y la transmisi&oacute;n de enfermedades ven&eacute;reas. Pero hubo que esperar hasta 1940 para que se abolieran por completo las medidas legales de vigilancia m&eacute;dica y policiaca de las meretrices.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El r&aacute;pido crecimiento de la capital del pa&iacute;s con la incorporaci&oacute;n de cohortes de inmigrantes pobres provenientes de zonas rurales provoc&oacute; una serie de transformaciones demogr&aacute;ficas, urban&iacute;sticas, sociales y delincuenciales. Saydi N&uacute;&ntilde;ez afirma con acierto: "esta situaci&oacute;n despert&oacute; el temor de la &eacute;lite gobernante, quien preocupada por la introducci&oacute;n de nuevas costumbres y el 'quiebre' de las estructuras y los valores tradicionales ve&iacute;a en el futuro un riesgo para la estabilidad social y un aumento de la peligrosidad de los sectores populares". Las mujeres criminales eran com&uacute;nmente consideradas como transgresoras de la ley, y peor a&uacute;n, transgresoras de su condici&oacute;n de g&eacute;nero. Al analizar la visi&oacute;n de Roumagnac sobre las delincuentes recluidas en la c&aacute;rcel de Bel&eacute;n, se descubre no solamente la influencia ideol&oacute;gica del criminalista Lombroso, sino, y sobre todo, los prejuicios de la &eacute;lite porfiriana hacia las mestizas de baja condici&oacute;n social. As&iacute;, Roumagnac plantea que las mujeres son m&aacute;s susceptibles de tener conductas desviadas por la pasi&oacute;n y los celos, sobre todo si su historia personal est&aacute; salpicada de violencia y enga&ntilde;os. Para los juristas y criminalistas de la &eacute;poca, el mal se extiende mucho m&aacute;s en las mujeres, hasta hacerlas presas de inconfesables perversidades. Al romper con el orden legal y con el orden social decimon&oacute;nico, las criminales llegan hasta el terreno bald&iacute;o de los sentidos: ni la expiaci&oacute;n de sus faltas ni su reeducaci&oacute;n por el trabajo son capaces de volverlas al buen camino.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Finalmente, el &uacute;ltimo trabajo presentado aborda las representaciones iconogr&aacute;ficas del cuerpo de la mujer entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera d&eacute;cada del siglo XX. Tania Garc&iacute;a comenta diferentes obras de pintores mexicanos (Julio Ruedas, Saturnino Herr&aacute;n y Jorge Cuevas, entre otros) que tienen como tema central el cuerpo de la mujer. Se puede apreciar c&oacute;mo pas&oacute; la mujer de ser un modelo retratado de virtudes a un ser despiadado y desconcertante. A la mujer vestida, retratada o de pie, que expresaba el ideal social y cultural de una &eacute;lite, se le fueron sumando de manera paulatina representaciones donde aparec&iacute;an m&aacute;s expl&iacute;citamente partes descubiertas de su cuerpo, hasta el desnudo del Modernismo, que refiri&eacute;ndose o no a temas m&iacute;ticos exhib&iacute;a toda la potencialidad sexual de la mujer. Este abandono del recato apareci&oacute; como una violaci&oacute;n de los tab&uacute;es. La mujer mexicana decimon&oacute;nica fue asociada primeramente a una naturaleza delicada y generosa, para luego hacerla encarnar peligrosamente las fuerzas destructivas ligadas a los elementos naturales, hasta manifestar las pulsiones desenfrenadas propias de la bacante dionisiaca. Estos cambios en la representaci&oacute;n pict&oacute;rica del cuerpo femenino, estudiados con pericia por Tania Garc&iacute;a, evidencian las diferentes etapas del pensamiento art&iacute;stico y social relativo al g&eacute;nero.</font></p>      ]]></body>
</article>
