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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Secci&oacute;n bibliogr&aacute;fica</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Mario Ram&iacute;rez Ranca&ntilde;o. 2002. <i>La reacci&oacute;n mexicana y su exilio durante la revoluci&oacute;n de 1910</i></b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Beatriz Cano S&aacute;nchez</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico: Instituto de Investigaciones Sociales/Instituto de Investigaciones Hist&oacute;ricas/Miguel &Aacute;ngel Porrr&uacute;a, 463 pp.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Departamento de Estudios Hist&oacute;ricos, INAH.</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">UN ADAGIO MUY CONOCIDO dice que la historia la escriben los vencedores. Y esta sentencia no podr&iacute;a ser m&aacute;s cierta, si revisamos este libro de Mario Ram&iacute;rez Ranca&ntilde;o en el que hace un minucioso an&aacute;lisis de los grupos de porfiristas, felicistas y huertistas que salieron exiliados entre los a&ntilde;os de 1914 y 1920. Ram&iacute;rez Ranca&ntilde;o hace un recuento de los principales personajes que salieron del pa&iacute;s, de las diversas actividades que realizaron y de los medios que tuvieron que emplear para poder regresar al pa&iacute;s. El autor se&ntilde;ala que existen pocos estudios que se refieran al exilio mexicano durante la Revoluci&oacute;n, debido a que la mayor&iacute;a de los historiadores le ha puesto una mayor atenci&oacute;n a las vicisitudes pol&iacute;ticas, econ&oacute;micas y militares del periodo. Aunque la salida de personas hab&iacute;a comenzado desde los primeros d&iacute;as de la Revoluci&oacute;n, lo cierto es que se acentu&oacute; durante los a&ntilde;os de 1914 y 1915. El destierro mexicano no fue producto de una deportaci&oacute;n masiva. Por el contrario, fue una migraci&oacute;n voluntaria que buscaba preservar la vida de los actores que, de una u otra forma, estuvieron involucrados con el gobierno huertista.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y es que Carranza buscaba castigar a todos aquellos que hab&iacute;an participado en el golpe de Estado de febrero de 1913. Para ello resucit&oacute; la ley juarista que castigaba con la pena de muerte a los trastornadores del orden p&uacute;blico. Y bajo esa ley se incluy&oacute; a todos los colaboradores de Huerta. Para hacer m&aacute;s convincente su idea, el gobierno pregon&oacute; que era justo el castigo para los "reaccionarios", debido a que eran unos explotadores de los obreros y de los campesinos, a quienes les hab&iacute;an negado sus derechos elementales de asociaci&oacute;n y de trabajo. Adem&aacute;s de que constitu&iacute;an la columna vertebral de un viejo sistema pol&iacute;tico y econ&oacute;mico, mismo que se hab&iacute;a convertido en un obst&aacute;culo para lograr la anhelada modernizaci&oacute;n. Ante la amenaza del castigo, salieron del pa&iacute;s intelectuales, pol&iacute;ticos, hacendados, comerciantes, arzobispos, actores y militares; todos buscaban evitar los efectos de la ley juarista. La mayor parte de ellos se dirigi&oacute; a Estados Unidos y a Cuba. Con la salida de estos personajes, Carranza tuvo que recurrir a todos los elementos que ten&iacute;a a su alcance, los cuales, destaca el autor, no eran muchos ni los m&aacute;s preparados.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Uno de los exilios m&aacute;s connotados fue el del episcopado mexicano que, en ese momento, estaba conformado por ocho arzobispos y veintid&oacute;s obispos. Ellos salieron del pa&iacute;s por la confrontaci&oacute;n que tuvieron con Carranza, quien les hab&iacute;a recriminado el hecho de que le hubieran concedido un pr&eacute;stamo a Huerta, mismo que hab&iacute;a sido, seg&uacute;n la Iglesia, una exigencia "fulminante e imperiosa" de parte de Huerta o de lo contrario se hubiera entregado la ciudad al saqueo. Ese pr&eacute;stamo de cincuenta mil pesos sell&oacute; la suerte de la iglesia, pues los prelados fueron perseguidos tanto por Carranza como por Obreg&oacute;n y Villa. Los dignatarios eclesi&aacute;sticos trataron de llegar a un acuerdo. Para ello publicaron una Carta Pastoral en la que se&ntilde;alaron que la iglesia siempre hab&iacute;a mantenido respeto y sumisi&oacute;n a las autoridades, adem&aacute;s de que ellos no hab&iacute;an contribuido con armas para ninguno de los grupos revolucionarios y ninguno de sus miembros se hab&iacute;a alzado en armas. Como en esos momentos ocurri&oacute; el relevo presidencial, la carta cay&oacute; en el vac&iacute;o.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El gobierno tom&oacute; medidas extremas en contra del clero. Se dispuso que primero salieran del pa&iacute;s los sacerdotes extranjeros y poco despu&eacute;s sigui&oacute; el &eacute;xodo de los mexicanos. La mayor parte de ellos se dirigieron a Estados Unidos. Aunque se dec&iacute;a que los prelados se hab&iacute;an llevado fuertes cantidades de dinero, lo cierto es que se dedicaron a hacer una labor social para aliviar la suerte de los exiliados pobres. Gracias a la ayuda de la iglesia norteamericana, fundaron un seminario que funcion&oacute; entre los a&ntilde;os de 1914 y 1917 y lleg&oacute; a tener 108 alumnos inscritos. A partir de 1919, los obispos comenzaron a regresar de forma clandestina al pa&iacute;s. Su retorno fue facilitado por la intervenci&oacute;n del cardenal Burke, quien ten&iacute;a ordenes expresas del papa Benedicto xv para gestionar el regreso de los prelados a sus di&oacute;cesis y para definir cu&aacute;l era la situaci&oacute;n de los que hab&iacute;an regresado sin autorizaci&oacute;n. A su regreso, la jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica public&oacute; una carta pastoral con fecha del 23 de noviembre de 1919, firmada por ocho arzobispos, dieciocho obispos y dos vicarios, en la que expon&iacute;an su postura respecto de algunos art&iacute;culos de la Constituci&oacute;n de 1917. Sin embargo, su carta no obtuvo respuesta de ning&uacute;n tipo por parte de las autoridades, por lo que pas&oacute; inadvertida.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Respecto de los militares, Ram&iacute;rez Ranca&ntilde;o advierte que una gran parte de los altos mandos abandonaron el pa&iacute;s despu&eacute;s de que se produjo la disoluci&oacute;n del ej&eacute;rcito federal en agosto de 1914. El autor destaca que este hecho es de particular importancia, debido a que fue destruido un ej&eacute;rcito profesional armado por el Estado que contaba con jefes entrenados y con armamento moderno. El autor explica que la desaparici&oacute;n del ej&eacute;rcito federal fue producto de varias causas. La primera es que los altos mandos hab&iacute;an envejecido. La segunda, la gran corrupci&oacute;n que hab&iacute;a en las filas. La tercera, que la mayor&iacute;a de los hombres carec&iacute;an de vocaci&oacute;n para la milicia, puesto que hab&iacute;an sido reclutados de forma arbitraria y coercitiva. La salida de los altos mandos se debi&oacute; al hecho de que ten&iacute;an un pasado porfirista y huertista que pod&iacute;a motivar que se les juzgara. Si bien es cierto que el &eacute;xodo mayor se produjo despu&eacute;s de la ca&iacute;da del ej&eacute;rcito federal, tambi&eacute;n es importante se&ntilde;alar que varios de ellos hab&iacute;an emigrado a Europa antes del desastre debido a que Huerta los hab&iacute;a mandado a cumplir algunas comisiones a ese continente, raz&oacute;n por la que ya no regresaron al pa&iacute;s.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es importante se&ntilde;alar que, pese a que se hab&iacute;an girado ordenes de aprehensi&oacute;n contra los secretarios huertistas, no todos consiguieron escapar. Tal fue el caso de Alberto Garc&iacute;a Granados, quien hab&iacute;a sido secretario de Gobernaci&oacute;n durante los primeros meses del gobierno huertista. Este personaje hab&iacute;a permanecido oculto en la casa de sus familiares, pero al tener conocimiento de que se le hab&iacute;a otorgado la amnist&iacute;a a Jos&eacute; L&oacute;pez Portillo y Rojas y a Francisco de Olagu&iacute;bel, consider&oacute; que su vida ya no corr&iacute;a un gran peligro y sali&oacute; a la calle. Pero Garc&iacute;a Granados fue capturado y remitido a un tribunal militar, el cual lo juzg&oacute; por el cargo de rebeli&oacute;n. El tribunal encontr&oacute; culpable a Garc&iacute;a Granados y lo conden&oacute; a ser fusilado. El autor se&ntilde;ala que la muerte de don Alberto fue injusta debido a que no hab&iacute;a cometido ning&uacute;n delito, adem&aacute;s de que sus acusadores no pudieron probar que hubiera tenido responsabilidad en la traici&oacute;n de Huerta o en la muerte de Madero. Sin embargo, la desaparici&oacute;n de Garc&iacute;a Granados funcion&oacute; como una advertencia para todos los exiliados de lo que les pod&iacute;a pasar si alguno iniciaba una contrarrevoluci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los informes que le llegaban a Carranza, gracias al viejo sistema de espionaje porfirista, le mostraban que los "reaccionarios" se reorganizaban, ya sea para tratar de recuperar el poder pol&iacute;tico por medio de las armas, para buscar que se les devolvieran las propiedades que les hab&iacute;a incautado el nuevo r&eacute;gimen o para fijar su posici&oacute;n respecto de la situaci&oacute;n mexicana. Entre estos &uacute;ltimos se encontraban los hombres radicados en San Antonio, Texas, y que formaron, en 1915, la Asamblea Pacificadora Mexicana. Esta asamblea fue encabezada por Federico Gamboa y ten&iacute;a la intenci&oacute;n de buscar una mediaci&oacute;n entre los grupos beligerantes a fin de que se acabara la lucha. Sin embargo, la respuesta de Villa, Obreg&oacute;n y &Aacute;ngeles los desmoraliz&oacute;. Pero el mayor golpe que recibieron fue que el gobierno de Estados Unidos decidi&oacute; expulsar a Federico Gamboa.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por lo que respecta a los que trataban de recobrar el poder por la v&iacute;a armada, el autor se&ntilde;ala que se formaron varios grupos en Estados Unidos los cuales, ante la carencia de jefes, recurrieron a Victoriano Huerta para que los encabezara. El ex presidente acept&oacute; la propuesta y se iniciaron los preparativos para una incursi&oacute;n armada que buscar&iacute;a posesionarse de un estado norte&ntilde;o, con el fin de establecer ah&iacute; su base de operaciones. Pero su plan no tuvo mayores consecuencias, debido a que las autoridades americanas detuvieron a Huerta en El Paso, Texas, lugar que se hab&iacute;a establecido como el punto de reuni&oacute;n de los contrarrevolucionarios. Aunque Pascual Orozco logr&oacute; escapar, su suerte estaba echada, pues fue muerto unos d&iacute;as despu&eacute;s. Con la muerte de Orozco y el encarcelamiento de Huerta, ya no les qued&oacute; ninguna esperanza de cambio por la v&iacute;a armada.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tambi&eacute;n se fraguaron movimientos contrarrevolucionarios en la frontera sur. El autor se&ntilde;ala que este aspecto no hab&iacute;a sido abordado por la bibliograf&iacute;a de la revoluci&oacute;n. El gobierno guatemalteco, encabezado por Manuel Estrada, hab&iacute;a establecido contacto con los civiles y militares mexicanos que hab&iacute;an llegado a su pa&iacute;s y les brind&oacute; apoyo pol&iacute;tico y militar con la intenci&oacute;n de formar un frente contrarrevolucionario. El presidente guatemalteco pensaba que si sus planes daban frutos, pod&iacute;a exigirle a los rebeldes triunfantes, como pago por su ayuda, que le cedieran el territorio de Chiapas. Sin embargo, Estrada se abstuvo de firmar pactos con los exiliados, pues con ello evitaba que se le pudiera acusar de intervenir en la pol&iacute;tica interna de un pa&iacute;s vecino y dar motivo para recibir una represalia del gobierno mexicano. Los planes de Estrada se concretaron en la expedici&oacute;n militar que dirigi&oacute; Ricardo Carrascosa en el estado de Chiapas. Pero esta invasi&oacute;n fracas&oacute; debido a que los hombres de Carrascosa no toleraron el clima, la mala alimentaci&oacute;n y la escasa paga. As&iacute;, el ej&eacute;rcito invasor del sur se desmembr&oacute; antes de lograr apoderarse del gobierno de Chiapas. Ante ese fracaso, Estrada decidi&oacute; entablar buenas relaciones con Carranza, pero &eacute;ste fue m&aacute;s h&aacute;bil y prepar&oacute; un plan para hacerlo aparecer como un dictador que apoyaba a los grupos contrarrevolucionarios que se encontraban en su territorio. La t&aacute;ctica carrancista fue efectiva ante la opini&oacute;n p&uacute;blica, lo que provoc&oacute; que se creara un repudio generalizado en contra del gobierno guatemalteco.</font></p>         ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otra parte, Ram&iacute;rez Ranca&ntilde;o muestra que la vida de los mexicanos en el destierro no fue f&aacute;cil. Con algunas excepciones, la gran mayor&iacute;a no logr&oacute; obtener empleos bien pagados. Por ello, muchos buscaron regresar a M&eacute;xico, confiados en que su vida ser&iacute;a respetada y se les tratar&iacute;a con dignidad, sue&ntilde;o que se les cumpli&oacute; en 1920, con el ascenso al poder de Adolfo de la Huerta. S&oacute;lo que ya no tuvieron cabida en el nuevo orden pol&iacute;tico y social emanado de la Revoluci&oacute;n.</font></p>      ]]></body>
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