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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;a bibliogr&aacute;fica</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><i><b>Alternancia y transici&oacute;n pol&iacute;tica. &iquest;C&oacute;mo gobierna la oposici&oacute;n en M&eacute;xico?</b></i></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Adri&aacute;n Acosta Silva*</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>V&iacute;ctor Alejandro Espinoza Valle (coord.), M&eacute;xico, El Colef/Plaza y Vald&eacute;s Editores, 2000, 228 pp.</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>* Profesor&#45;investigador del CUCEA&#45;Universidad de Guadalajara.</i> Direcci&oacute;n electr&oacute;nica: <a href="mailto:aacosta@cucea.udg.mx">aacosta@cucea.udg.mx</a>.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me parece importante subrayar la extraordinaria oportunidad de este libro, publicado apenas en mayo de 2000. A s&oacute;lo un par de semanas de las elecciones presidenciales, bajo el clima exacerbado de polarizaci&oacute;n y apasionamiento electoral de la temporada, este libro vino a llamar la atenci&oacute;n no s&oacute;lo sobre la necesaria serenidad con que pueden observarse los fen&oacute;menos pol&iacute;ticos asociados a la cuesti&oacute;n electoral, sino, sobre todo, para tratar de entender el hecho de que la elecci&oacute;n del 2000 no surge del vac&iacute;o, ni puede reducirse a una lucha entre democratizadores y autoritarios, entre los portadores del cambio y los que se aferran al continuismo. En el pa&iacute;s del blanco y negro en que suele convertirse la sociedad mexicana de cuando en cuando, los grises se imponen al analizar con precisi&oacute;n lo ocurrido en la "prolongada" d&eacute;cada de los noventa, que comenz&oacute; en 1989 con la primera victoria de la oposici&oacute;n pol&iacute;tica al PRI.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la reconstrucci&oacute;n de la esfera pol&iacute;tica mexicana en los a&ntilde;os noventa, la gran novedad fue, sin duda, la aparici&oacute;n y consolidaci&oacute;n de la alternancia pol&iacute;tica en las escalas municipal y estatal. El desplazamiento electoral y pol&iacute;tico del PRI de varios gobiernos estatales y decenas de municipios del pa&iacute;s es una realidad instalada firmemente entre nosotros desde hace ya m&aacute;s de una d&eacute;cada, y es uno de los productos "duros" de nuestra larga y sinuosa transici&oacute;n pol&iacute;tica. La centralidad de la dimensi&oacute;n electoral en la transici&oacute;n mexicana tiene sus referentes emp&iacute;ricos en los 11 estados que desde 1989 han sido "conquistados" por la oposici&oacute;n al PRI la mayor parte de ellos por la v&iacute;a de las urnas, y s&oacute;lo en un caso por la v&iacute;a de la "concertacesi&oacute;n" (Guanajuato, en 1991). Como se se&ntilde;ala en la "Introducci&oacute;n" del texto, hoy un tercio de la poblaci&oacute;n total del pa&iacute;s es gobernada por partidos pol&iacute;ticos no pri&iacute;stas, cuyo origen y evoluci&oacute;n en el contexto de la transici&oacute;n muchos hemos estudiado "mal y tarde", como dir&iacute;a el siempre exacto Joaqu&iacute;n Sabina.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el libro que nos ocupa, coordinado por V&iacute;ctor Alejandro Espinoza Valle, con la revisi&oacute;n de siete casos (Guanajuato, Baja California, Jalisco, Nuevo Le&oacute;n, Distrito Federal, Quer&eacute;taro y Chihuahua), siete autores nos ofrecen otros tantos estudios sobre la experiencia de los gobiernos de oposici&oacute;n en los a&ntilde;os noventa.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Quiero proponer una lectura de los distintos trabajos reunidos en el libro a partir de dos "claves" interpretativas: primero, la de las "trayectorias partidistas" que han hecho posible la alternancia, y por otro lado, la relaci&oacute;n entre alternancia pol&iacute;tica y gobernabilidad democr&aacute;tica. La primera tiene que ver con los procesos de diferenciaci&oacute;n pol&iacute;tica de los partidos pol&iacute;ticos a escala estatal, procesos que parecen explicar las razones del &eacute;xito de cada uno de los partidos, o coaliciones de partidos, que lograron alcanzar el triunfo electoral y la alternancia pol&iacute;tica en cada caso. La segunda relaci&oacute;n parte de una pregunta: &iquest;la alternancia pol&iacute;tica ha significado la construcci&oacute;n de una gobernabilidad democr&aacute;tica? La hip&oacute;tesis que sirve de gu&iacute;a para explorar la posible respuesta a esta cuesti&oacute;n es que nuestra transici&oacute;n ha hecho que tengamos gobiernos electos democr&aacute;ticamente, pero no parece que hayamos avanzado demasiado en el camino de una gobernabilidad democr&aacute;tica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las trayectorias partidistas que explican la alternancia pol&iacute;tica son diversas. As&iacute;, mientras que el PAN ha alcanzado las gubernaturas de Baja California, Chihuahua, Guanajuato, Jalisco, Aguascalientes, Quer&eacute;taro y Nuevo Le&oacute;n con la fuerza de su prestigio como oposici&oacute;n leal y mediante candidaturas de personales carism&aacute;ticos y atractivos, el PRD ha alcanzado los triunfos electorales mediante coaliciones lidereadas por ex pri&iacute;stas (en Zacatecas, Tlaxcala, Baja California Sur), y s&oacute;lo en el Distrito federal alcanz&oacute; un triunfo indiscutible debido a Cuauht&eacute;moc C&aacute;rdenas, el fundador del partido y su indiscutido l&iacute;der moral y pol&iacute;tico (pero a final de cuentas, tambi&eacute;n ex pri&iacute;sta). El &uacute;nico caso de una coalici&oacute;n opositora que incluy&oacute; tanto al PRD como al PAN fue el de Nayarit en 1999, cuyo candidato tambi&eacute;n fue un ex pri&iacute;sta.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La gran lecci&oacute;n de las trayectorias partidistas es que el PAN puede ganar solo sus triunfos, mientras que el PRD &#151;como se&ntilde;ala en su hip&oacute;tesis V&iacute;ctor Alejandro Espinoza&#151; requiere de coaligarse, de preferencia con ex pri&iacute;stas recientes. La explicaci&oacute;n se encuentra, sin duda, en el arraigo que cada partido tiene en cada entidad, pero tambi&eacute;n tiene que ver con las coyunturas electorales y los "legados" pol&iacute;ticos en cada caso. As&iacute;, por ejemplo, en Baja California, el estado pionero de la alternancia pol&iacute;tica en M&eacute;xico, el triunfo del PAN en 1989 se debi&oacute; no s&oacute;lo a un probado malestar ciudadano con el gobierno federal, sino tambi&eacute;n al persistente papel que el panismo local hab&iacute;a jugado en la vida pol&iacute;tica "cachanilla". Esa caracter&iacute;stica parece confirmarse en el caso de Jalisco en 1995, o en Nuevo Le&oacute;n y Quer&eacute;taro en 1997. Sin embargo, para el caso de los triunfos del PRD (que incluye su coalici&oacute;n con el PAN en Nayarit), s&oacute;lo una fractura o una escisi&oacute;n importante del PRI local parece sentar las bases de su posibilidad de triunfo electoral. En Zacatecas, Tlaxcala, Baja California Sur y Nayarit, las crisis pol&iacute;ticas internas desatadas al interior del PRI por los efectos de los procesos de selecci&oacute;n de sus candidatos preceden de manera constante, seg&uacute;n los trabajos incluidos en el libro, a los triunfos electorales del PRD. Esto contrasta con los casos donde ha ganado Acci&oacute;n Nacional, donde incluso un PRI unido tambi&eacute;n fue derrotado. La conclusi&oacute;n es que para el PRI la paradoja y la presi&oacute;n es doble: si logra salir unido de un proceso interno de selecci&oacute;n, puede perder con el PAN; si se divide, puede perder con el PRD. La evoluci&oacute;n de las trayectorias electorales de los partidos ha tenido tambi&eacute;n un efecto claro: la consolidaci&oacute;n de un bipartidismo pr&aacute;ctico en el contexto de un multipartidismo te&oacute;rico. Ese bipartidismo tiene como constante al PRI (ya como oposici&oacute;n, ya como partido hegem&oacute;nico) y como variables al PAN o al PRD. El tripartidismo nacional no se refleja consistentemente en las escalas locales donde existe el fen&oacute;meno de la alternancia pol&iacute;tica, salvo en el caso, p&aacute;lido, del Distrito Federal.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La otra "clave interpretativa" con que pueden ser le&iacute;dos los textos incluidos en este libro es la relaci&oacute;n entre alternancia y gobernabilidad. La oposici&oacute;n pol&iacute;tica, al llegar al poder, enfrenta la tensi&oacute;n cl&aacute;sica que implica toda gobernabilidad: conducir los gobiernos de tal manera que concilien eficacia administrativa y legitimidad pol&iacute;tica. Para estudiar no s&oacute;lo c&oacute;mo los partidos de oposici&oacute;n al PRI llegaron al poder sino c&oacute;mo ejercen emp&iacute;ricamente este poder, existe una buena agenda de factores que sugieren los distintos estudios reunidos en el libro: la emergencia del fen&oacute;meno de los gobiernos divididos (Baja California, Chihuahua, Jalisco), el estilo gerencial de gobernar que introduce el panismo (Vicente Fox en Guanajuato), la recomposici&oacute;n de las relaciones entre la burocracia pol&iacute;tica y los liderazgos locales (Nuevo Le&oacute;n, Quer&eacute;taro), la construcci&oacute;n y las tensiones de las agendas sist&eacute;micas y de gobierno (Jalisco) y la participaci&oacute;n ciudadana en las decisiones de gobierno, particularmente en el dise&ntilde;o y elaboraci&oacute;n de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas a escala local y regional (Distrito Federal).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La experiencia mexicana de la alternancia pol&iacute;tica ha ido de la mano del fen&oacute;meno de los gobiernos divididos. El largo ciclo de los gobiernos unitarios es cada vez m&aacute;s una excepci&oacute;n y no una regla, incluso donde logra triunfar el PRI, recuperando el poder (como en Chihuahua en 1998) o conserv&aacute;ndolo. S&oacute;lo en condiciones excepcionales (Jalisco en 1995 y el Distrito Federal en 1997) el partido que gana la gubernatura logra construir tambi&eacute;n una c&oacute;moda mayor&iacute;a (mayor&iacute;a calificada) en los congresos locales. Pero aun en esos casos, en los momentos de la renovaci&oacute;n de los congresos y las presidencias municipales, mediante las elecciones intermedias, los partidos dominantes pueden perder dicha mayor&iacute;a y quedar como partidos "minoritarios" o empatados con la oposici&oacute;n, perdiendo la mayor&iacute;a calificada alcanzada tres a&ntilde;os antes. Ello ha generado nuevas tensiones entre los ejecutivos y los legislativos de cada entidad que es gobernada por la oposici&oacute;n, dando lugar a nuevas "necesidades" pol&iacute;ticas, que hagan de los intercambios juegos de suma positiva y no de suma cero. Uno conduce a la posibilidad de llegar a acuerdos pol&iacute;ticos; el otro, al bloqueo de las iniciativas del Ejecutivo y, no pocas veces, a par&aacute;lisis legislativas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra de las cuestiones relacionadas con el an&aacute;lisis de los "modelos de gobernabilidad" de la alternancia pol&iacute;tica es el del estilo de gesti&oacute;n que se introduce en la conducci&oacute;n del gobierno. Como se se&ntilde;ala, por ejemplo, en el estudio de Luis Miguel Rionda, correspondiente a Guanajuato, un t&iacute;pico estilo gerencialista, vertical y jer&aacute;rquico, se introdujo en la administraci&oacute;n de Vicente Fox. El <i>downsizing</i> (reingenier&iacute;a), la planeaci&oacute;n estrat&eacute;gica, el ajuste presupuestario, forman parte de las acciones que tambi&eacute;n en Jalisco, y recientemente en Aguascalientes, han emprendido los gobiernos panistas para hacer m&aacute;s eficiente la gesti&oacute;n gubernamental. El supuesto es claro: una mayor eficiencia administrativa tendr&aacute; por resultado una mejor gesti&oacute;n p&uacute;blica, y con ello se incrementar&aacute;n los niveles de legitimidad pol&iacute;tica de los gobiernos panistas. Este supuesto, y las estrategias correspondientes, sin embargo, no son exclusivas de los gobiernos panistas, sino tambi&eacute;n de no pocos gobiernos locales pri&iacute;stas. En contraste, los estilos partidistas de gobernar del PRD tienden a fortalecer el viejo estilo de gesti&oacute;n pol&iacute;tica del gobierno, basado en la relaci&oacute;n directa con organizaciones pol&iacute;ticas y grupos organizados de la sociedad, es decir, un estilo con tintes corporativistas.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero hay tambi&eacute;n casos donde las fortalezas de la oposici&oacute;n al convertirse en partido en el poder se transforman en debilidades, como en el caso del PAN en Quer&eacute;taro, que presenta Ana D&iacute;az Aldret. Ganar una elecci&oacute;n, por razones coyunturales y el desgaste del PRI local, lleva a los partidos y a sus candidatos a victorias relativamente sorpresivas, que los colocan de pronto al frente del despacho del gobernador, sin experiencia previa ni proyectos claros de gobierno. Aqu&iacute;, el peso de la burocracia administrativa y pol&iacute;tica que se ha asentado en muchas entidades, bajo los viejos estilos de gesti&oacute;n y tramitaci&oacute;n de sus intereses corporativos, coloca una jaula de hierro para la acci&oacute;n de los gobiernos de oposici&oacute;n. En Quer&eacute;taro, me parece, por lo menos en su primer a&ntilde;o de gobierno, el PAN enfrent&oacute;, en una situaci&oacute;n de gran debilidad y poca autonom&iacute;a, los desaf&iacute;os de un contexto pol&iacute;tico dominado fuertemente por el PRI y los grupos tradicionales de poder. S&oacute;lo mediante la formaci&oacute;n de nuevas coaliciones de poder es posible desarticular o enfrentar las viejas coaliciones distributivas que dominaron durante d&eacute;cadas el escenario pol&iacute;tico local.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En esta misma red de asuntos relacionados con la gobernabilidad se podr&iacute;a ubicar el trabajo de Marco Antonio Cort&eacute;s sobre los tres primeros a&ntilde;os de gobierno del PAN en Jalisco. A partir de la diferenciaci&oacute;n cl&aacute;sica en el campo de la pol&iacute;tica p&uacute;blica entre la "agenda institucional" (o de gobierno) y la "agenda sist&eacute;mica" (o p&uacute;blica), este texto sugiere que el triunfo del PAN se explica por su capacidad para construir una agenda p&uacute;blica de enorme consenso entre los ciudadanos, luego de la crisis econ&oacute;mica y la desastrosa administraci&oacute;n del PRI en la &eacute;poca de Guillermo Cos&iacute;o Vidaurri y Carlos Rivera Aceves. Sin embargo, esa capacidad, que permiti&oacute; el triunfo electoral del PAN en 1995, no se tradujo en una agenda de gobierno consistente y eficaz. Hasta donde entiendo, ese argumento explica la erosi&oacute;n de la legitimidad del PAN, que se reflej&oacute; en las elecciones intermedias del 97. Sin embargo, le&iacute;do en clave de gobernabilidad, la debilidad de la agenda de gobierno y la err&aacute;tica trayectoria de decisiones, confusiones y hasta ingenuidades e ignorancia que ha mostrado el gobierno de Alberto C&aacute;rdenas en estos a&ntilde;os muestran un problema m&aacute;s profundo y m&aacute;s generalizado de lo que se cree: la incapacidad para establecer nuevos v&iacute;nculos entre estilos gerenciales y gesti&oacute;n pol&iacute;tica de los conflictos, entre la legitimidad alcanzada en las urnas y el desempe&ntilde;o pol&iacute;tico administrativo del gobierno panista. Sin duda, el carisma del gobernador, como se&ntilde;ala Marco Antonio Cort&eacute;s, ha salvado la imagen del gobierno panista, pero qui&eacute;n sabe si eso ser&aacute; suficiente para conservar el poder en las elecciones de noviembre de este a&ntilde;o (2000).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Finalmente, un par de cuestiones que me parecen importantes del libro. Una es que, como se&ntilde;ala Kathleen Bruhn en sus conclusiones del texto sobre el caso del gobierno de C&aacute;rdenas en el Distrito Federal, "un gobierno de oposici&oacute;n no es necesariamente un gobierno m&aacute;s democr&aacute;tico". Me parece que en todos los casos incluidos en este libro esa hip&oacute;tesis es v&aacute;lida, y, yo agregar&iacute;a, por lo menos se requieren mayores elementos para medir la relaci&oacute;n entre alternancia pol&iacute;tica y democratizaci&oacute;n. La otra cuesti&oacute;n es si la alternancia pol&iacute;tica est&aacute; generando una nueva institucionalidad democr&aacute;tica, es decir, una institucionalidad capaz de garantizar que los actores pol&iacute;ticos est&eacute;n firmemente convencidos de que la democracia es <i>the only game in town,</i> como ha dicho Juan J. Linz. Si la democracia es un asunto de poder, y no de buena voluntad o de magn&iacute;ficas intenciones, ello requiere de reglas y normas que estimulen un comportamiento democr&aacute;tico de nuestras &eacute;lites pol&iacute;ticas y sus actores partidistas, y que sea evaluada como el mejor formato institucional para tramitar sus intereses. La primera generaci&oacute;n de alternancias pol&iacute;ticas que ha experimentado el r&eacute;gimen mexicano, como se ve en este libro, ha abierto las puertas a que la posibilidad democr&aacute;tica cristalice y se consolide a escala regional, aun cuando ello no sea de suyo suficiente para consolidar nuestra todav&iacute;a fr&aacute;gil democracia.</font></p>      ]]></body>
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