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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El César Vallejo que yo conocí]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Published in 1944, this text is a memory and a picture of the Peruvian writer César Vallejo, Ciro Alegria's teacher in his childhood years.]]></p></abstract>
<abstract abstract-type="short" xml:lang="fr"><p><![CDATA[Ce texte, publié en 1944, est une mémoire et une image de l'écrivain péruvien César Vallejo, enseignant de Ciro Alegría, écrivain lui-même, pendant ses années d'enfance]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Dossier: Mundo andino: historia, cultura y rebeli&oacute;n</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>El C&eacute;sar Vallejo que yo conoc&iacute;<a href="#notas">*</a></b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>The C&eacute;sar Vallejo who  I Knew</b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Ciro Alegr&iacute;a<a href="#notas">**</a></b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Resumen</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Publicado en 1944, este texto es un recuerdo y un retrato del escritor peruano C&eacute;sar Vallejo, maestro de Ciro Alegr&iacute;a en sus a&ntilde;os de infancia.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Abstract</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Published in 1944, this text is a memory and a picture of the Peruvian writer C&eacute;sar Vallejo, Ciro Alegria's teacher in his childhood years.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>R&eacute;sum&eacute;</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ce texte, publi&eacute; en 1944, est une m&eacute;moire et une image de l'&eacute;crivain p&eacute;ruvien C&eacute;sar Vallejo, enseignant de Ciro Alegr&iacute;a, &eacute;crivain lui&#150;m&ecirc;me, pendant ses ann&eacute;es d'enfance.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Corr&iacute;a el a&ntilde;o 1917 y yo viv&iacute;a con mis padres en una hacienda de la sierra del norte del Per&uacute;, situada exactamente en las &uacute;ltimas estribaciones andinas de la provincia de Huamachuco. Se llama Marcabal Grande y hasta esa hacienda llega ya, subiendo por el ca&ntilde;&oacute;n abismal del r&iacute;o Mara&ntilde;&oacute;n, el rescoldo c&aacute;lido de la selva amaz&oacute;nica. Mi vida hab&iacute;a sido la de un ni&ntilde;o campesino, hijo de hacendados, a quien su padre ense&ntilde;a en el momento oportuno a leer y escribir pasablemente y las artes m&aacute;s necesarias de nadar, cabalgar, tirar al lazo y no asustarse frente a los largos caminos y las tormentas. Alternaba mis trajines por el campo, &#151;donde me plac&iacute;a de modo especial un paraje formado por cierto &aacute;rbol grande y cierta piedra azul&#151;, con lecturas de Andersen, <i>Las mil y una noches </i>y otros libros maravillosos, entre ellos un grueso volumen del naturalista Raimondi sobre viajes y exploraciones de la selva que me parec&iacute;a igualmente fant&aacute;stico. Yo so&ntilde;aba con ir a la selva, pero no como un sabio a estudiarla sino como un pionero. Conquistar&iacute;a ese mundo poblado de &aacute;rboles innumerables y de indios bravos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A los siete a&ntilde;os de edad, tales eran mis conocimientos y mis anhelos, pero mis padres abrigaban ideas m&aacute;s amplias sobre mi preparaci&oacute;n y un d&iacute;a me anunciaron que deb&iacute;a ir a Trujillo, una lejana ciudad de la costa, a estudiar. En compa&ntilde;&iacute;a de un hermano menor de mi padre, que pas&oacute; con nosotros sus vacaciones, hice el largo viaje. Esos fueron para m&iacute; reveladores d&iacute;as en que trotamos a trav&eacute;s de dos riscosas cadenas de los Andes, bajando muchas veces hasta valles c&aacute;lidos ubicados en el fondo de las quebradas y los r&iacute;os y subiendo, otras tantas, hasta altos p&aacute;ramos rodeados de rocas contorsionadas. Vimos muchos pueblos y aldeas y nos golpearon frecuentemente los tenaces vientos y lluvias de marzo. Dado el fin de estas l&iacute;neas, debo apuntar que estuvimos en la ciudad de Huamachuco, capital de nuestra provincia, y que saliendo de all&iacute; y al encaminarnos hacia una cordillera muy alta, se abri&oacute; el camino a la ciudad de Santiago de Chuco, capital de la provincia lim&iacute;trofe, donde hab&iacute;a nacido C&eacute;sar Vallejo.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En ese largo viaje a caballo, que dur&oacute; siete d&iacute;as sin contar el tiempo que pasamos en casa de amigos que mi padre ten&iacute;a en la regi&oacute;n, me impresionaron sobre todo las altas monta&ntilde;as de los Andes, la <i>puna </i>enhiesta, llena de soledad y silencio y una sobrecogedora dramaticidad que parece nacer de sus inmensas rocas que se parten, formando abismos de v&eacute;rtigo o trepan y trepan con un terco af&aacute;n de altura que no se cansa de herir el toldo encapotado del cielo. A veces, el paisaje se dulcifica un poco, tiene bondad de &aacute;rboles frutales en los valles y ternura de sombr&iacute;os ondulantes en las laderas, pero todo ello no es sino una tregua, porque predominan las rijosas monta&ntilde;as que se desnudan subiendo a diez o quince mil o m&aacute;s pies de altura. En el alma de quien cruce los Andes o viva all&iacute;, persistir&aacute; siempre la impresi&oacute;n, que es como una herida, del paisaje abrupto hecho de elevadas mesetas, donde apenas crecen pajonales amarillentos, y de roquedales clamantes. Hay tristeza y, sobre todo, una angustia permanente y callada. Los habitantes de ese vasto drama geol&oacute;gico, casi todos ellos indios o mestizos de indio y espa&ntilde;ol, son silenciosos y duros y se parecen a los Andes. Aun los de pura ascendencia hisp&aacute;nica o los for&aacute;neos reci&eacute;n llegados, acaban por mostrar el sello de las influencias tel&uacute;ricas. Azotados por las inclemencias de la naturaleza y las inclemencias sociales, &#151;en exponer &eacute;stas ya he empleado varios centenares de p&aacute;ginas&#151; sufren un dolor que tiene una dimensi&oacute;n de siglos y parece confundirse con la eternidad.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Todo lo dicho viene a cuento porque, d&iacute;as despu&eacute;s de aquel viaje, deb&iacute;a encontrar en mi profesor C&eacute;sar Vallejo, a un hombre que proced&iacute;a de esos extra&ntilde;os lados del mundo y los llevaba en s&iacute;. El caso es que llegamos a Trujillo, ciudad de la costa clara y soleada, agradablemente c&aacute;lida. En su ambiente colonial, con trece iglesias de labrados altares y casas de grandes portones, patios amplios y balcones de estilo morisco, daban su nota de modernidad los autom&oacute;viles que corr&iacute;an por calles pavimentadas, la luz el&eacute;ctrica, los trenes que traqueteaban y pitaban yendo y viniendo de los valles azucareros o el puerto pr&oacute;ximo. Mi ni&ntilde;ez, acostumbrada a la naturaleza virgen estaba muy asombrada de tanta m&aacute;quina y del cine y otras cosas m&aacute;s, inclusive de la numerosa gente locuaz, que vest&iacute;a a la moda. Hasta que un d&iacute;a, cuando mis piernas endurecidas y adoloridas por la cabalgata se agilizaron, mi abuela resolvi&oacute; mandarme a clase.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un circunspecto se&ntilde;or, cargado de a&ntilde;os y sapiencia, estaba de visita en casa la noche de un domingo, y entonces escuch&eacute;, por primera vez el nombre de Vallejo y las discusiones que provocaba. Se habl&oacute; de que al d&iacute;a siguiente iniciar&iacute;a mis estudios.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; Si tuviera un nieto, &#151;opin&oacute; el se&ntilde;or en un tono de sugerencia&#151; lo mandar&iacute;a al Seminario. Est&aacute; regido por eclesi&aacute;sticos y es muy conveniente...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Yo era todo o&iacute;dos escuchando esa conversaci&oacute;n que me revelaba mi destino de estudiante. Mi abuela repuso con dignidad:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; Es que su padre ha escrito que se lo ponga en el Colegio Nacional de San Juan. Es lo que ha dicho terminantemente. Todos los hombres de la familia se han educado all&iacute;.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; &iquest;Y a qu&eacute; a&ntilde;o va a ingresar?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp;Al primer a&ntilde;o de primaria...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; &iexcl;Mi se&ntilde;ora!, esa ya no es cuesti&oacute;n de colegios sino de buen sentido... &iquest;Sabe usted qui&eacute;n es el profesor de primer a&ntilde;o en San Juan? &iquest;Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese C&eacute;sar Vallejo, un hombre a quien le falta un tornillo...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp;Al fin y al cabo... para ense&ntilde;ar el primer a&ntilde;o... &#151;dijo mi abuela tratando de calmarlo.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mas nuestro visitante estaba evidentemente resuelto a salvar del peligro a un pobre ni&ntilde;o indefenso como yo y argument&oacute;:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; No, no, mi se&ntilde;ora... Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. &iquest;No podr&iacute;an ponerlo en segundo a&ntilde;o? Al entrar me sorprendi&oacute; ver que el ni&ntilde;o estaba leyendo el peri&oacute;dico...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mi presunto salvador puso una cara de desconsuelo cuando mi abuela apunt&oacute;:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; S&iacute;, ya sabe leer y escribir aceptablemente, pero no las otras materias que se ense&ntilde;an en el primer a&ntilde;o.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El anciano estaba evidentemente resuelto a agotar todos sus recursos para librar a mi pobre cerebro de influencias perturbadoras y tom&oacute; un rumbo m&aacute;s pacificador.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; Pero no me va usted a discutir, se&ntilde;ora m&iacute;a, que en cuanto a educaci&oacute;n y especialmente en cuanto a religi&oacute;n se refiere, el Seminario es el mejor colegio. Est&aacute; adquiriendo mucho prestigio...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y mi abuela:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; En San Juan tambi&eacute;n ense&ntilde;an la religi&oacute;n, seg&uacute;n el reglamento de estudios y no son anticat&oacute;licos...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El se&ntilde;or abandon&oacute; la partida, pero sin duda para consolarse a s&iacute; mismo, se puso a hacer consideraciones fatales para el modernismo y no s&eacute; cu&aacute;ntos ismos m&aacute;s y luego ech&oacute; rayos y centellas de car&aacute;cter est&eacute;tico contra el arte de mi profesor, todo lo cual no entend&iacute;. March&oacute;se por fin, llev&aacute;ndose una expresi&oacute;n de discreta contrariedad y no sin desearme buena suerte en una forma entre esperanzada y compasiva.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me fue dif&iacute;cil conciliar el sue&ntilde;o en medio de la inquietud que se apodera de un ni&ntilde;o que ir&aacute; a la escuela por primera vez y pensando en mi profesor, que seg&uacute;n dec&iacute;an era poeta y a quien el severo anciano hab&iacute;a llamado loco cuando no idiota.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mi compa&ntilde;ero de viaje, que era tambi&eacute;n estudiante del mismo colegio, me llev&oacute; hasta el local.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp;Por aqu&iacute; no entran ustedes, &#151;me dijo al llegar a una gran puerta sobre la cual se le&iacute;a la inscripci&oacute;n DIOS y LA PATRIA&#151; esta puerta es para nosotros los de la secci&oacute;n media. Vamos por all&aacute;...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Caminamos hasta la esquina y, volteando, se abri&oacute; a media cuadra la puerta que usaban los profesores y alumnos de la secci&oacute;n primaria. Nos detuvimos de pronto y mi t&iacute;o present&oacute;me a quien deb&iacute;a ser mi profesor. Junto a la puerta estaba parado C&eacute;sar Vallejo. Magro, cetrino, casi hier&aacute;tico, me pareci&oacute; un &aacute;rbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclin&oacute; a preguntarme, con una tierna atenci&oacute;n, mi nombre. Cambi&oacute; luego unas cuantas palabras con mi t&iacute;o y, al irse &eacute;ste, me dijo: "Vente por ac&aacute;". Entramos a un peque&ntilde;o patio donde jugaban muchos ni&ntilde;os. Hacia uno de los lados estaba el sal&oacute;n de los del primer a&ntilde;o. Ya all&iacute;, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, seg&uacute;n hab&iacute;a o no prendas en su interior, y me se&ntilde;al&oacute; una de la primera fila dici&eacute;ndome:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; Aqu&iacute; te vas a sentar... Pon adentro tus cositas... No, as&iacute; no... Hay que ser ordenado. La pizarra, que es m&aacute;s grande, debajo y encima tu libro... Tambi&eacute;n tu gorrita...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando dej&eacute; arregladas todas mis cosas, sigui&oacute;:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; Muchos ni&ntilde;os prefieren sentarse m&aacute;s atr&aacute;s, porque no quieren que se les pregunte mucho... Pero t&uacute; vas a ser un buen ni&ntilde;o, buen estudiante, &iquest;no es cierto?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Yo no sab&iacute;a nada de las peque&ntilde;as ma&ntilde;as de los chicos, de modo que no entend&iacute;a bien a qu&eacute; se refer&iacute;a, pero contest&eacute; con ingenuidad:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; S&iacute;, mi mamita me ha dicho que estudie mucho...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El sonri&oacute; dejando ver unos dientes blanqu&iacute;simos y luego me condujo hasta la puerta. Llam&oacute; a uno de los chicuelos que estaban por all&iacute; jugando la pega y le dijo:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; Este es un ni&ntilde;o nuevo: ll&eacute;valo a jugar...</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entonces se march&oacute; y vinieron otros chicos, todos los cuales se pusieron a mirarme curiosamente, sonriendo. "&iexcl;Serrano chaposo!", coment&oacute; uno viendo mis mejillas coloradas, pues los habitantes de la costa tienen generalmente la cara p&aacute;lida. Los dem&aacute;s se echaron a re&iacute;r. El chico encargado de llevarme a jugar, me pregunt&oacute; sabiamente:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; &iquest;Sabes jugar la pega?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Le dije que no, y &eacute;l sentenci&oacute;:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; Eres muy nuevo para saber jugar.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me dejaron para seguir correteando. Yo estaba muy azorado y el bullicio que armaban todos me aturd&iacute;a. Busqu&eacute; con la mirada a mi profesor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, conversando con otro profesor gordo y de bigote erguido, buen hombre a quien yo tambi&eacute;n habr&iacute;a de llamar Champollion, como hac&iacute;an los estudiantes desde muchas generaciones atr&aacute;s. No me atrev&iacute; a ir hacia ellos y camin&eacute; al azar. Cruzando otra puerta, llegu&eacute; a un gran patio donde hab&iacute;a muchos m&aacute;s ni&ntilde;os. Nadie me miraba ni dec&iacute;a nada. Segu&iacute; caminando y encontr&eacute; otro patio, donde los estudiantes eran m&aacute;s grandes. Por all&iacute; se hallaba mi t&iacute;o. Hab&iacute;a muchos patios, muchos salones, muchas arquer&iacute;as. Las paredes estaban pintadas de un rojo claro, casi sonrosado, quiz&aacute; para templar la severidad de un edificio que, en antiguos tiempos, hab&iacute;a sido convento. Son&oacute; la campana y yo no supe volver a mi sal&oacute;n. Me perd&iacute;, entrando equivocadamente a otro. Vino a sacarme de mi confusi&oacute;n el propio Vallejo quien, al notar mi ausencia, se hab&iacute;a puesto a buscarme de sal&oacute;n en sal&oacute;n. Cogi&eacute;ndome de la mano, me llev&oacute; con &eacute;l. Aun recuerdo la sensaci&oacute;n que me produjo su mano fr&iacute;a, grande y nudosa, apretando mi peque&ntilde;a mano t&iacute;mida y huidiza debido al azoro. Me quise soltar y &eacute;l me la retuvo. Mientras camin&aacute;bamos por los amplios corredores desiertos, me iba diciendo sin que yo atinara a responderle:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; &iquest;Por qu&eacute; te pusiste a caminar? &iquest;Te encontraste solo? Un ni&ntilde;ito como t&uacute; no debe irse lejos de su sal&oacute;n ni de su patio... Este colegio es muy grande... &iquest;Est&aacute;s triste?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Llegamos a nuestro sal&oacute;n y me condujo hasta mi banco. El pas&oacute; a ocupar su mesa, situada a la misma altura de nuestras carpetas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a nosotros. En ese momento me di cuenta de que el profesor no se recortaba el pelo como todos los hombres sino que usaba una gran melena lacia, abundante, nig&eacute;rrima. Sin saber a qu&eacute; atribuirlo, pregunt&eacute; en voz baja a mi compa&ntilde;ero de banco: "&iquest;Y por qu&eacute; tiene el pelo as&iacute;?" "Porque es poeta", me cuchiche&oacute;. La personalidad de Vallejo se me antoj&oacute; un tanto misteriosa y comenc&eacute; a hacerme muchas preguntas que no pod&iacute;a contestar. El hab&iacute;a de sacarme de mi perplejidad dando, con la regla, dos golpecitos en la mesa. Era su modo de pedir atenci&oacute;n. Anunci&oacute; que iba a dictar la clase de geograf&iacute;a y, engarfiando los dedos para simular con sus flacas y morenas manos la forma de la tierra, comenz&oacute; a decir:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp;Ni&ntilde;osh... la Tierra esh redonda como una naranja... Eshta mishma Tierra en que vivimosh y vemosh como shi fuera plana, esh redonda.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hablaba lentamente, silbando en forma peculiar las eses, que as&iacute; suelen pronunciarlas los naturales de Santiago de Chuco, hasta el punto en que por tal caracter&iacute;stica son reconocidos por los moradores de las otras provincias de la regi&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se levant&oacute; despu&eacute;s para dibujar la Tierra en el pizarr&oacute;n y durante toda la clase nos repiti&oacute; que era redonda, no siendo eso lo &uacute;nico sorprendente sino tambi&eacute;n que giraba sobre s&iacute; misma. Dio como pruebas las de la salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y desaparecen los barcos en el mar y otras m&aacute;s. Yo estaba sencillamente maravillado, tanto de que este mundo en el cual vivimos fuera redondo y girara sobre s&iacute; mismo, como de lo mucho que sab&iacute;a mi profesor. Cuando la campana son&oacute; anunciando el recreo, C&eacute;sar Vallejo se limpi&oacute; la tiza que blanqueaba sobre una de sus mangas, se alis&oacute; la melena haciendo correr entre ella los garfios de sus dedos, y sali&oacute;. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo all&iacute; haciendo como que conversaba con los otros profesores. Digo esto porque ten&iacute;a un aire muy distra&iacute;do.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">De nuevo en el sal&oacute;n, era hora de estudio. La pr&oacute;xima ser&iacute;a de lectura. Hab&iacute;a que repasar la lecci&oacute;n. Me llev&oacute; junto a &eacute;l y abri&oacute; mi libro en la secci&oacute;n de <i>Pato. </i>Tuve confianza en mi sabidur&iacute;a y le dije:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp;Ya pas&eacute; <i>Pato </i>hace tiempo. Tambi&eacute;n <i>Rosita y Pepito. </i>Yo s&eacute; todo este libro... Vallejo me mir&oacute; inquisitivamente:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; &iquest;Sabes tambi&eacute;n escribir?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A mi pregunta afirmativa, me pidi&oacute; que escribiera mi nombre y despu&eacute;s el suyo. Dud&eacute; entre la <i>be </i>labial y la otra para escribir su apellido, pero tuve suerte al decidirme y sal&iacute; bien. Me prob&oacute; con otras palabras y una frase larga. La cosa parec&iacute;a divertirle. Despu&eacute;s me pregunt&oacute;:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp;Y si sabes leer y escribir, &iquest;por qu&eacute; te han puesto en primer a&ntilde;o?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp;Porque no s&eacute; otras cosas...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entonces me dijo que fuera a sentarme. Trat&eacute; de conversar con mi compa&ntilde;ero de banco, quien me cuchiche&oacute; que estaba prohibido hablar durante la hora de estudio. Mir&eacute; a mi profesor.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">C&eacute;sar Vallejo, &#151;siempre me ha parecido que esa fue la primera vez que lo vi&#151;, estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abundosa melena negra, su faz mostraba l&iacute;neas duras y definidas. La nariz era en&eacute;rgica y el ment&oacute;n, m&aacute;s en&eacute;rgico todav&iacute;a, sobresal&iacute;a en la parte inferior como una quilla. Sus ojos oscuros, &#151;no recuerdo si eran grises o negros&#151; brillaban como si hubiera l&aacute;grimas en ellos. Su traje era uno viejo y luido y, cerrando la abertura del cuello blanco, una peque&ntilde;a corbata de lazo anudada con descuido. Se puso a fumar y sigui&oacute; mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pensaba o so&ntilde;aba qui&eacute;n sabe qu&eacute; cosas. De todo su ser flu&iacute;a una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera m&aacute;s triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condici&oacute;n, que termin&oacute; por contagiarme. Cierta extra&ntilde;a e inexplicable pena me sobrecogi&oacute;. Aunque a primera vista pudiera parecer tranquilo, hab&iacute;a algo profundamente desgarrado en aquel hombre que yo no entend&iacute; sino sent&iacute; con toda mi despierta y alerta sensibilidad de ni&ntilde;o. De pronto, me encontr&eacute; pensando en mis lares nativos, en las monta&ntilde;as que hab&iacute;a cruzado, en toda la vida que dej&eacute; atr&aacute;s. Volviendo a examinar los rasgos de mi profesor, le encontr&eacute; parecido a Cayetano Oruna, pe&oacute;n de nuestra hacienda a quien llam&aacute;bamos Cayo. Este era m&aacute;s alto y fornido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos, ten&iacute;a gran semejanza. El hombre Vallejo se me antoj&oacute; como un mensaje de la tierra y segu&iacute; contempl&aacute;ndolo. Tir&oacute; el cigarrillo, se apret&oacute; la frente, se alis&oacute; otra vez la sombr&iacute;a melena y volvi&oacute; a su quietud. Su boca contra&iacute;ase en un rictus doloroso. Cayo y &eacute;l. Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan s&oacute;lo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospech&eacute; que, de tanto sufrir y por irradiar as&iacute; tristeza, Vallejo ten&iacute;a que ver tal vez con el misterio de la poes&iacute;a. El se volvi&oacute; s&uacute;bitamente y me mir&oacute; y nos mir&oacute; a todos. Los chicos estaban leyendo sus libros y abr&iacute; tambi&eacute;n el m&iacute;o. No ve&iacute;a las letras y quise llorar...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute; fue como encontr&eacute; a C&eacute;sar Vallejo y as&iacute; como lo vi, tal si fuera por primera vez. Las palabras que le o&iacute; sobre la Tierra son tambi&eacute;n las que m&aacute;s se me han grabado en la memoria. El tiempo hab&iacute;a de revelarme nuevos aspectos de su persona, los largos silencios en que ca&iacute;a, su actitud de tristeza inacabable y otros que ya aparecer&aacute;n en estas l&iacute;neas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por la noche, durante la comida, me preguntaron en casa:</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; &iquest;Te gusta tu profesor?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; S&iacute;, &#151;respond&iacute;.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Era inexacto. No me hab&iacute;a gustado precisamente. Me hab&iacute;a impresionado y conturbado, interes&aacute;ndome, pero no sin producirme una sensaci&oacute;n de lejan&iacute;a. Despu&eacute;s de la comida, por indicaci&oacute;n de mi abuela, escrib&iacute; a pap&aacute;. Un peque&ntilde;o l&aacute;piz romo fue garabateando mis impresiones. Cuando llegu&eacute; a las del colegio y Vallejo, no supe qu&eacute; decir sobre &eacute;l. Despu&eacute;s de pensarlo mucho y ensayar varias explicaciones, escrib&iacute; que mi profesor se parec&iacute;a a Cayo Oruna. Tiempo despu&eacute;s, supe que, al leer la carta, mi madre hab&iacute;a sonre&iacute;do con dulzura y mi padre se dio a pensar en el poeta. Amaba a su pueblo y pudo otear a Vallejo desde el fondo de su alma llena de quebrados horizontes andinos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En Trujillo, Vallejo ten&iacute;a detractores tenaces as&iacute; como partidarios ac&eacute;rrimos. En casa, como en todas las de la ciudad, las opiniones estaban divididas. Los m&aacute;s lo atacaban. Mi t&iacute;a Rosa, persona muy culta y dada a leer, que escrib&iacute;a a hurtadillas, era su admiradora incondicional. "&iexcl;Es un gran poeta, es un genio!", dec&iacute;a casi gritando, en medio del barullo de las discusiones. Recuerdo perfectamente, que, cierta vez, lleg&oacute; un t&iacute;o m&iacute;o enarbolando un diario en el cual hab&iacute;a un poema de Vallejo. Avanz&oacute; hacia nosotros.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp;A ver, Rosita, quiero que me expliques esto: <i>&iquest;D&oacute;nde estar&aacute;n sus manos que en actitud contrita, planchaban en las tardes por venir? </i>&iquest;Esto es poes&iacute;a o una charada? A ver, expl&iacute;came...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mi t&iacute;a Rosa tom&oacute; el diario y, a medida que iba leyendo, su faz enrojec&iacute;a. La mujercita fr&aacute;gil y nerviosa que era, se irgui&oacute; por fin llena de rabia:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151; Este es un hermoso poema y si no lo entiendes, la culpa no es de Vallejo sino tuya, que eres un bruto...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La discusi&oacute;n se arm&oacute; de nuevo.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mientras tanto, yo continuaba yendo a clase. C&eacute;sar Vallejo nos ense&ntilde;aba rudimentos de historia, geograf&iacute;a, religi&oacute;n, matem&aacute;ticas y a leer y escribir. Tambi&eacute;n trataba de ense&ntilde;amos a cantar, pero nosotros lo hac&iacute;amos mejor que &eacute;l, pues ten&iacute;a muy mala voz. En cuanto a marchar, no se preocupaba de que lo hici&eacute;ramos bien, cosa en que pon&iacute;an gran empe&ntilde;o con sus disc&iacute;pulos los maestros de grados superiores. Cuando los alumnos del colegio pas&aacute;bamos en formaci&oacute;n por las calles, yendo al campo de paseo o en los desfiles del 28 de julio, los del primer a&ntilde;o de primaria, con nuestro melenudo profesor a la cabeza, no marc&aacute;bamos regularmente el paso y &eacute;ramos una tropilla bastante desgarbada. O&iacute;amos que la gente estacionada en las aceras murmuraba viendo a nuestro profesor: "&iexcl;Ah&iacute; va Vallejo!", "&iexcl;Ah&iacute; va Vallejo!"</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Algo que le complac&iacute;a mucho era hacernos contar historias, hablar de las cosas triviales que ve&iacute;amos cada d&iacute;a. He pensado despu&eacute;s en que, sin duda, encontraba deleite en ver la vida a trav&eacute;s de la mirada limpia de los ni&ntilde;os y sorprend&iacute;a secretas fuentes de poes&iacute;a en su lenguaje lleno de impensadas met&aacute;foras. Tal vez trataba tambi&eacute;n de despertar nuestras aptitudes de observaci&oacute;n y creaci&oacute;n. Lo cierto es que, frecuentemente, nos dec&iacute;a: "Vamos a conversar"... Cierta vez, se interes&oacute; grandemente en el relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la hora contando como peleaban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba con sus cr&iacute;as en el pozo y cosas as&iacute;. Cuando me callaba, ah&iacute; estaba &eacute;l con una pregunta acuciante. Sonre&iacute;a mir&aacute;ndome con sus ojos brillantes y daba golpecitos con la yema de los dedos sobre la mesa. Cuando la campana son&oacute; anunciando el recreo, me dijo: "Has contado bien". Sospecho que &eacute;se fue mi primer &eacute;xito literario.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">No siempre le produc&iacute;an placer nuestros relatos. Un d&iacute;a, llam&oacute; a un muchachito que era decididamente tardo. El peque&ntilde;o, quiz&aacute; m&aacute;s trabado por el mal talante que tra&iacute;a nuestro profesor, &#151;ten&iacute;a la boca y el entrecejo fieramente fruncidos&#151;, no pudo decir casi nada, repiti&oacute; varias veces la misma frase y de repente call&oacute;. "Si&eacute;ntese", le orden&oacute; con cierta despectiva rudeza. El chiquillo se fue a su banco y, cruzando los brazos meti&oacute; entre ellos la cabeza y se puso a llorar ahogadamente. Vallejo se incorpor&oacute; estremecido y fue hasta el peque&ntilde;o. Estrech&aacute;ndole las manos lo llev&oacute; hasta su mesa, donde le acarici&oacute; la cabeza y las mejillas hasta calmarlo. Sac&oacute; un gran pa&ntilde;uelo para enjugar las l&aacute;grimas que brillaban a&uacute;n sobre la carita trigue&ntilde;a y luego se qued&oacute; mir&aacute;ndolo largamente. Sin duda, en la desconsolada angustia del narrador frustrado, sinti&oacute; &eacute;sa que a &eacute;l mismo sol&iacute;a oprimirlo muchas veces y ha aludido en sus versos. Cuando recuerdo aquella ocasi&oacute;n, me parece verlo arrodillado con la mirada, sufriendo por el ni&ntilde;o y &eacute;l y todos los hombres.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero hab&iacute;a ratos en que la alegr&iacute;a se paseaba por su alma como el sol por las lomas y entonces era uno m&aacute;s entre nosotros, salvo que grande y con la autoridad necesaria para tomarse tremendas ventajas. Hab&iacute;a que verlo cuando hac&iacute;a de detective. Estaba prohibido comer frutas o chupar caramelos durante la hora de clase. Los chicos sol&iacute;amos comprar preferentemente, por la raz&oacute;n de que eran abundantes y baratos, unos caramelos a los que llam&aacute;bamos cuadrados, mercanc&iacute;a que m&aacute;s prodigaba la escasa generosidad de los dulceros estacionados en la esquina del plantel. Vallejo, con la cara metida en el libro, fing&iacute;a leer mientras alguno le daba la lecci&oacute;n, pero lo que en realidad hac&iacute;a era echar, bajo las cejas, miradas exploradoras sobre toda la clase. Cuando descubr&iacute;a a alg&uacute;n delincuente, se ergu&iacute;a con una sonrisa triunfal y, yendo hacia &eacute;l, lo amonestaba: "&iquest;No he dicho que no coman <i>cuadrados </i>en clase?" En seguida le quitaba los caramelos, sac&aacute;ndolos con aspaventera diligencia de los bolsillos, y los repart&iacute;a entre todos o los m&aacute;s pr&oacute;ximos, seg&uacute;n la cantidad. Nunca supe si lo que le gustaba m&aacute;s era sorprender a los infractores o repartir los caramelos entre los chicos. Durante tales batidas, nos embargaba su mismo esp&iacute;ritu juguet&oacute;n y re&iacute;amos todos llenos de felicidad.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El reglamento prescrib&iacute;a el castigo de reclusi&oacute;n para los que tuvieran mala conducta o no dieran bien sus lecciones. C&eacute;sar Vallejo, durante todo el d&iacute;a, iba formando una lista de los que hablaban durante la hora de estudio o no sab&iacute;an la lecci&oacute;n pero, a la hora de salida, romp&iacute;a la tirilla de papel en pedazos. Se comprende que no otorg&aacute;bamos mucha importancia al hecho de ser apuntados en su lista, pero de tiempo en tiempo y, sin duda, para que no nos propas&aacute;ramos, sol&iacute;a darnos sorpresas y, a las cuatro de la tarde, entregaba la compungida cuota de reclusos del primer a&ntilde;o de primaria, al inspector de turno. Su castigo usual era simple y directo: un tir&oacute;n de los cabellos que quedan a la altura de las sienes.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por las ma&ntilde;anas, llegaba a clase minutos despu&eacute;s de la primera campanada y aun con un retardo m&aacute;s considerable. Entr&aacute;bamos a las ocho, pero acaso se entregaba mucho a la vigilia de la creaci&oacute;n o a trasnochar en compa&ntilde;&iacute;a de amigos, &#151;que lo eran suyos todos los escritores j&oacute;venes de la ciudad&#151; o a sus estudios de universitario, de modo que el sue&ntilde;o lo reten&iacute;a demasiado. Su impuntualidad alcanz&oacute; tal grado que, cierta ma&ntilde;ana, el propio rector del colegio acudi&oacute; a ver lo que pasaba y se puso a tomarnos la lecci&oacute;n. Cuando Vallejo arrib&oacute;, se produjo una escena embarazosa que el rector cort&oacute; dici&eacute;ndole que pasara por su oficina a la hora de salida. Durante un tiempo estuvo llegando temprano, pero despu&eacute;s volvi&oacute; a las andadas y, aunque ya no con tanta frecuencia, segu&iacute;a present&aacute;ndose tarde.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fuera del colegio, sus versos continuaban provocando la consiguiente reacci&oacute;n de comentarios &aacute;cidos y laudatorios e inclusive de protestas. Corri&oacute; la noticia de que nuestro profesor hab&iacute;a sido asaltado durante la noche por un grupo de individuos que trataron de cortarle la melena. &Eacute;l se hab&iacute;a defendido dando feroces pu&ntilde;etazos y puntapi&eacute;s. Mir&eacute; con curiosidad su melena de le&oacute;n. Estaba intacta. Me pareci&oacute; que durante esos d&iacute;as, tanto como, sin duda, le dur&oacute; la impresi&oacute;n del ataque, su tristeza habitual ten&iacute;a algo de violencia contenida y acendrada amargura.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me conmovi&oacute; mucho el asalto, no alcanzando a explic&aacute;rmelo. He de decir que para ese tiempo ya me hab&iacute;a vuelto un admirador de Vallejo, si cabe la expresi&oacute;n. Fue que un d&iacute;a, decidido a examinar esa misteriosa e incomprensible poes&iacute;a por m&iacute; mismo, me atrev&iacute; a pedir a t&iacute;a Rosa los versos de mi profesor, que ella recortaba sin dejar uno y guardaba celosamente. Al d&aacute;rmelos, hundi&oacute; los lirios de sus manos en mis cabellos y me dijo que si no los entend&iacute;a, no pensara mal del autor. Metido en mi cuarto, de bruces sobre la mesa y los poemas, me di cuenta primeramente de que ten&iacute;an muchas palabras cuyo significado ignoraba. Busqu&eacute; un grueso diccionario que apenas pod&iacute;a cargar y me dediqu&eacute; a una exploraci&oacute;n que me resultaba muy dif&iacute;cil.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lejana vibraci&oacute;n de esquilas mustias,     <br> en el aire derrama    <br> la fragancia rural de sus angustias.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A buscar la palabra <i>esquilas. </i>A buscar <i>mustias. </i>A medida que avanzaba en mi penosa lectura, me iban asaltando y dejando muchas y contradictorias emociones. Sufr&iacute;a y gozaba, me esperanzaba y desconsolaba. Me invadi&oacute; un pleno sentimiento de felicidad cuando, en ese mismo poema, pude captar al gallo "aleteando la pena de su canto". Entendiendo y no entendiendo, el poema "Aldeana", uno de los primeros publicados por Vallejo, me pareci&oacute; muy hermoso. La emoci&oacute;n del crep&uacute;sculo rural, los sonidos y los colores de la tarde muriente me envolvieron. &iquest;Qu&eacute; secreta cualidad hac&iacute;a que ese hombre escribiera as&iacute;? Encontr&eacute; poemas menos pict&oacute;ricos que no entend&iacute; de principio a fin y al leer "Idilio muerto", la pregunta hecha a mi t&iacute;a Rosa en pasados meses, me pareci&oacute; formulada a m&iacute; mismo. Yo tampoco entend&iacute;a lo referente a las manos y muchas l&iacute;neas m&aacute;s. De todos modos, me consol&eacute; con lo poco que hab&iacute;a comprendido y pens&eacute; que acaso, cuando yo fuera grande... Entregu&eacute; a t&iacute;a Rosa sus recortes sin decirle media palabra y ella no me dijo nada tampoco. Pese a sus moment&aacute;neas exaltaciones, era muy fina y seguramente temi&oacute; herirme si sus preguntas resultaban, indiscretas. M&aacute;s, desde aquella vez, me alegraba como si hablara en mi nombre cuando ella elogiaba a C&eacute;sar Vallejo y me sent&iacute; m&aacute;s cerca de mi profesor. Algo hab&iacute;a podido apreciar de la belleza que prodigaba en sus versos. En cuanto a su hosquedad y su tristeza... bueno, Cayo Oruna... y uno est&aacute; tan s&oacute;lo a veces... Porque yo me sent&iacute;a muy solo en el colegio... Los muchachitos sol&iacute;an burlarse de mi condici&oacute;n de "serrano" y de que ten&iacute;a chapas y era muy ingenuo. De modo que cuando corri&oacute; la voz del asalto a Vallejo, yo tuve una gran pena y sent&iacute; ganas de rebelarme contra alguien. Que dejaran en paz a ese hombre. El era un gran poeta. En todo caso, no hac&iacute;a mal a nadie con su melena y con sus versos...</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y el profesor, que era a la vez un artista triste y solo, segu&iacute;a d&aacute;ndonos clase y el tiempo pasaba. En las horas de conversaci&oacute;n, me hac&iacute;a hablar no s&oacute;lo de lo visto por m&iacute; sino de lo que hab&iacute;a o&iacute;do contar. Recuerdo que le impresion&oacute; la historia de un ciego que viv&iacute;a en una hacienda pr&oacute;xima a la nuestra, quien iba de un lado a otro por los &aacute;speros senderos de la serran&iacute;a, tal como si tuviera ojos y pod&iacute;a reconocer por el timbre de la voz a personas a las cuales no hab&iacute;a o&iacute;do durante a&ntilde;os y adem&aacute;s era adivino. Una tarde me pregunt&oacute; <i>&#151;</i>"&iquest;<i>T&uacute; </i>lees otros libros?" Le inform&eacute; y me dijo que, como ya sab&iacute;a el reglamentario, llevara otros para leer. Claro que cargu&eacute; hasta el sal&oacute;n de clase los libros de cuentos que me obsequiaban mis parientes o yo compraba con mis propinas y tambi&eacute;n las revistas y libros que mi t&iacute;a Rosa quer&iacute;a prestarme sac&aacute;ndolos de su biblioteca personal. A veces, Vallejo me preguntaba sobre mis lecturas y, por mi parte, nunca le cont&eacute; que me hab&iacute;a atrevido con sus versos. Tem&iacute;a que me interrogara si los hab&iacute;a entendido y, en tal caso, tener que confesarle que no del todo, que en buenas cuentas casi nada o nada. No consideraba suficiente excusa la posibilidad de explicarle que t&iacute;a Rosa me hab&iacute;a advertido que yo era muy ni&ntilde;o para poder apreciar esos poemas. As&iacute; que me callaba esperando tiempos mejores. Ser&iacute;a grande y podr&iacute;a hablar con el mismo se&ntilde;or Vallejo de sus versos y de toda clase de versos. Cuando una vez me pidi&oacute; que recitara algo, me guard&eacute; las esquilas en el fondo del pecho y dije uno de los m&aacute;s simples versos infantiles que sab&iacute;a. Era uno que comenzaba as&iacute;:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Oyes el zorzal, Mar&iacute;a?     <br> Desde el arbusto florido     <br> en donde tiene su nido,     <br> al cielo su canto env&iacute;a.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los jueves por la tarde, &iacute;bamos de paseo a un lugar situado no muy lejos de la ciudad, donde jug&aacute;bamos a la pelota y corr&iacute;amos. A ra&iacute;z de mi recitaci&oacute;n, me llam&oacute; a su lado una de esas tardes y, sentados sobre la grama, me pidi&oacute; que le recitara todos los versos que sab&iacute;a. As&iacute; lo hice, teniendo que repetir varias veces el que dej&oacute; apuntado, y me regal&oacute; una naranja. Despu&eacute;s, se qued&oacute; sumido en un gran silencio. Su expresi&oacute;n pl&aacute;cida de momentos antes hab&iacute;a desaparecido. Inm&oacute;vil, con las manos sobre las rodillas, parec&iacute;a mirar a los chicos que jugaban al f&uacute;tbol y hab&iacute;an se&ntilde;alado el emplazamiento de los arqueros con montones formados por sus sacos y gorras. Not&eacute; que las incidencias del juego no le interesaban y que, en suma, no estaba viendo nada. Su prolongado silenci&oacute; lleg&oacute; a incomodarme. Yo no sab&iacute;a qu&eacute; decir ni qu&eacute; hacer. El estaba como ausente y yo esperaba en vano que me permitiera marcharme. "&iquest;Puedo irme?", le pregunt&eacute;. Su silencio y su inmovilidad persistieron. Casi furtivamente, me escurr&iacute; de su lado, corr&iacute; a dejar mi saco y mi gorrita en uno de los montones y me puse a patear la pelota...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el tiempo que sigui&oacute;, &#151;creo que ya hab&iacute;amos pasado del medio a&ntilde;o de estudios&#151; nuestro profesor me trataba con cierta cordialidad. Cuando tropezaba conmigo en su camino, me daba una amistosa palmadita en el cogote. Pero no podr&iacute;a decir que, entre m&iacute; y los otros ni&ntilde;os, hac&iacute;a una deferencia muy especial. Posiblemente pensaba: "este es un muchachito al que le gusta leer" y me daba rienda suelta en eso. En cambio yo, lenta y progresivamente, hab&iacute;a ido adquiriendo una fe ciega en &eacute;l. Hay cierta predisposici&oacute;n al partidarismo en el alma de los j&oacute;venes y los ni&ntilde;os y, en cuanto a Vallejo, yo me hab&iacute;a vuelto un definido parcial suyo. No me cab&iacute;a duda de que ese hombre extra&ntilde;o era un gran artista, aunque a nadie hubiera podido explicarle bien por qu&eacute; lo cre&iacute;a. Esta ocasi&oacute;n lleg&oacute; una tarde, antes de clase. Uno de mis compa&ntilde;eros manifest&oacute; que su padre afirmaba que Vallejo no era nadie, ni siquiera como poeta. Mi madre me hab&iacute;a dicho que honrara y respetara a los maestros, porque su tarea es muy noble y le reproch&eacute;:</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&iquest;Y qu&eacute;? Es profesor y eso es bueno...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&iquest;Crees que ser profesor es una gran cosa? Y todav&iacute;a ser el &uacute;ltimo profesor de un colegio, el de primer a&ntilde;o... Un "muertodehambre"...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Reci&eacute;n comenc&eacute; a darme cuenta del desd&eacute;n con que se mira a los profesores en el Per&uacute;. El chico que hablaba era miembro de una de las grandes familias de la ciudad, e hijo de un m&eacute;dico famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para terminar de apabullar al pobre profesor, dijo:</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; Ni siquiera como poeta sirve... mejor es Chocano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; Es un gran poeta, &#151;repliqu&eacute; muy afirmativamente.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; &iquest;Qu&eacute; sabes t&uacute;? &iquest;Crees que porque te deja leer libros puedes hablar?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; Es un gran poeta, &#151;insist&iacute;.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp;A ver, dinos por qu&eacute; es un gran poeta...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No supe qu&eacute; razones aducir. Referirme a la opini&oacute;n de t&iacute;a Rosa no me parec&iacute;a suficiente. Hubiera querido decir algo definitivo.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&#151;&nbsp; Dinos ahorita mismo por qu&eacute; es un gran poeta, &#151;repiti&oacute; mi oponente.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Yo estaba perplejo. Como a algunos pugilistas en trance de caer vencidos, me salv&oacute; la campana.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">D&iacute;a a d&iacute;a, lecci&oacute;n a lecci&oacute;n, el a&ntilde;o de estudios pas&oacute;. Llegaron los ex&aacute;menes y nuestro profesor nos aprob&oacute; a todos, cit&aacute;ndonos para la ceremonia de la repartici&oacute;n de premios, que se realizar&iacute;a a fines de diciembre.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La fecha lleg&oacute;. Esa noche, el gran patio de honor del Colegio Nacional de San Juan estaba de gala. Profusamente alumbrado y con asientos arreglados en forma de galer&iacute;as, mostraba al fondo un estrado donde tomaron asiento el rector y los profesores. Casi todos llevaban vestido de etiqueta. Las familias de los alumnos fueron acomodadas delante y, nosotros, a los lados y detr&aacute;s. Los mocosos del primer a&ntilde;o fuimos lanzados a una de las &uacute;ltimas filas. Debido a que Vallejo ocupaba un lugar muy secundario en el estrado, s&oacute;lo se le pod&iacute;a ver la cabeza. Pero ella, grande de melena y cetrina de tez, resaltaba claramente entre tanta pechera blanca y tanta luz... y entre tanta cabeza sin car&aacute;cter.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">No viene al caso que detalle la ceremonia. Es s&iacute;, pertinente, que refiera que no me toc&oacute; ning&uacute;n premio por que como &eacute;ramos varios los que obtuvimos las primeras notas, los hab&iacute;an sorteado y los favorecidos fueron otros. Casi al terminar el acto, Vallejo abandon&oacute; el estrado y vino hacia nosotros. Vi&eacute;ndome sin ninguna cartulina de premio en la mano, record&oacute; lo ocurrido y me dijo: "No te importe la suerte". Cambi&oacute; algunas palabras m&aacute;s con muchos de nosotros, nos pregunt&oacute; a varios d&oacute;nde pasar&iacute;amos las vacaciones y luego se march&oacute;. Al poco rato, pudimos advertir que, en vez de volver al estrado, se hab&iacute;a puesto a pasear por los corredores. En medio de la penumbra que arrojaban las arquer&iacute;as, ve&iacute;ase apenas su silueta negra, alargada, casi fantasmal, tras el cocuyo de su cigarrillo.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando el rector, solemnemente, declar&oacute; clausurado el a&ntilde;o escolar, C&eacute;sar Vallejo se dirigi&oacute; a la puerta y sali&oacute;, confundi&eacute;ndose entre la muchedumbre formada por los estudiantes y sus familias. Instantes despu&eacute;s, lo volv&iacute; a ver en la calle, yendo hacia la plaza de la ciudad. Magro, lento, se perdi&oacute; a lo lejos... Pude haberle dicho adi&oacute;s, pues no volver&iacute;a a verlo m&aacute;s. Cuando las clases se reabrieron, C&eacute;sar Vallejo no dictaba ya el primer a&ntilde;o ni ninguno. Al recordarlo, siempre tuve la impresi&oacute;n de que estar&iacute;a haciendo un duro camino de artista y hombre cargado de penas y distancias.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="notas"></a>NOTAS</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">* Publicado en <i>Cuadernos Americanos, </i>M&eacute;xico, noviembre&#150;diciembre 1944. </font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">** Ciro Alegr&iacute;a naci&oacute; en Quilca, Per&uacute;, el 4 de noviembre de 1909. En 1916 entr&oacute; al Colegio San Juan, en cuyas aulas tuvo como maestro a C&eacute;sar Vallejo. Realiz&oacute; sus estudios universitarios en la universidad nacional de Trujillo, donde en 1930 se adhiri&oacute; al APRA de Haya de la Torre, al tiempo que comenzaba sus actividades period&iacute;sticas y literarias. En 1931 encabez&oacute; una manifestaci&oacute;n en Cajamarca. Arrestado y torturado, fue liberado un a&ntilde;o despu&eacute;s y deportado a Chile en 1934, iniciando un largo exilio de 26 a&ntilde;os. En esos a&ntilde;os escribi&oacute; <i>La serpiente de oro </i>(1935), <i>Los perros hambrientos </i>(1938) <i>y El mundo es ancho y ajeno </i>(1941). Despu&eacute;s de vivir en Estados Unidos, Puerto Rico y Cuba, Ciro Alegr&iacute;a regres&oacute; a tierra andina en 1960, donde fue elegido miembro de la Academia Peruana de la Lengua. Muri&oacute; en Lima en 1967.</font></p>      ]]></body>
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