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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Editorial</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>La vocaci&oacute;n del investigador</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El fil&oacute;sofo espa&ntilde;ol Eduardo Nicol, uno de los brillantes intelectuales que el franquismo trajo a M&eacute;xico, nos ense&ntilde;a que el hombre es un ser ontol&oacute;gicamente libre e inacabado que va produciendo su propio ser a lo largo de su vida, a diferencia de todos los dem&aacute;s seres que nacen siendo ya lo que son. El hombre, dice Nicol, no posee un ser predeterminado por lo que recibe como herencia biol&oacute;gica sino que tiene que construir su ser incompleto con su propio obrar. Esto implica, seg&uacute;n nuestro entender, que la vocaci&oacute;n puede jugar un papel definitorio crucial en la conformaci&oacute;n del ser de todo hombre, toda vez que puede ser la motivaci&oacute;n que impulse y oriente su auto complementaci&oacute;n&#150;maduraci&oacute;n por el resto de su vida. Pero, &iquest;qu&eacute; es la vocaci&oacute;n? Sin pretender definirla a cabalidad, recurramos de nuevo a Nicol para enriquecer nuestra concepci&oacute;n de ella. Seg&uacute;n este ilustre pensador, la vocaci&oacute;n, del lat&iacute;n <i>vocatio, </i>es un llamado que el hombre recibe de s&iacute; mismo pero a trav&eacute;s del ejemplo que le dan otros hombres que han cumplido una vocaci&oacute;n, a quienes &eacute;l elige libremente imitar para completar su propio ser.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es evidente que el poseer vocaci&oacute;n para realizar aquello a lo que uno se dedica es deseable por diversas razones; la primera que viene a nuestra mente es que el poseerla se traducir&aacute; en un disfrute de la labor en lugar de un carga penosa. Esto por s&iacute; solo ser&iacute;a motivo suficiente para desear que la vocaci&oacute;n inspirara el trabajo, lo mismo del campesino y el alba&ntilde;il que el de la secretaria, el polic&iacute;a, el abogado y el psic&oacute;logo, por citar algunas ocupaciones. Sin embargo, lamentablemente, las m&uacute;ltiples necesidades humanas, la desigualdad social y otros factores impiden que todos se dediquen a aquello que realmente los motivar&iacute;a. Pero para fortuna del hombre, su propia naturaleza polifac&eacute;tica, multih&aacute;bil, le ofrece la posibilidad de adaptarse al ejercicio de muy variados menesteres, incluso de aquellos que no haya escogido altamente motivado sino orillado por las circunstancias, y a desempe&ntilde;arlos suficientemente bien, sin que ello le acarree necesariamente frustraci&oacute;n. No obstante, existen ciertos quehaceres que exigen como requisito <i>sine qua non </i>para su buen desempe&ntilde;o el sentirse atra&iacute;do hacia ellos de manera muy especial, es decir, por una genuina vocaci&oacute;n. Entre las ocupaciones en las que la presencia de &eacute;sta es indispensable se encuentran el ejercicio de las bellas artes, la docencia y la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica. Particularmente en las dos &uacute;ltimas la vocaci&oacute;n tiene repercusiones muy relevantes sobre la calidad del desempe&ntilde;o y de sus frutos, a tal grado que &eacute;stos pueden arruinarse si aqu&eacute;lla no existe. &Uacute;nicamente un docente con aut&eacute;ntica vocaci&oacute;n por el conocimiento posee el sentido de responsabilidad acad&eacute;mica que demanda su trascendente labor, el cual le impide, por ejemplo, dictar cursos o pretender investigar en &aacute;reas que no conoce suficientemente bien, as&iacute; como improvisar respuestas falsas para evitar tener que reconocer frente a sus disc&iacute;pulos que no lo sabe todo. Pero centr&eacute;monos en la labor investigativa de los acad&eacute;micos para examinar con un poco de m&aacute;s detalle por qu&eacute; es que aseveramos que en trat&aacute;ndose de ella el que se disponga de vocaci&oacute;n no es un rasgo meramente deseable en el investigador o un adorno prescindible de su tarea, sino un elemento vital que puede impactar negativa o positivamente los frutos buscados.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La vocaci&oacute;n del investigador es como el f&aacute;rmaco con el que todo m&eacute;dico desear&iacute;a contar: con alto poder terap&eacute;utico preventivo, de muy amplio espectro y sin riesgo de causar reacciones secundarias. Es un ant&iacute;doto contra una extensa serie de padecimientos a los que suelen estar predispuestos algunos que se ostentan como investigadores; es a la vez un poderoso estimulante del trabajo arduo y persistente, tan necesario en la persecuci&oacute;n de nuevos saberes. Funciona como eficaz vacuna contra la noveler&iacute;a, mal que enferma a quienes interesados m&aacute;s por los resultados de investigaci&oacute;n que parezcan novedosos e impactantes que por los que sean verdaderos aunque discretos, est&aacute;n siempre dispuestos a cambiar de una l&iacute;nea de investigaci&oacute;n a otra sin estar al tanto del estado del arte correspondiente, con tal de abordar temas de moda, muy socorridos, por cierto, en nuestras disciplinas, o problemas cuyo estudio pueda acarrearles prestigio u otros beneficios. Inhibe el desarrollo del s&iacute;ndrome de vanidad, que impide a quien lo padece reconocer que se ha equivocado al afirmar algo en alg&uacute;n di&aacute;logo acad&eacute;mico, oral o escrito, aunque est&eacute; plenamente consciente de ello. La vocaci&oacute;n previene igualmente de contraer el mal de defraudaci&oacute;n, merced al cual algunos investigadores son capaces de alterar los resultados de sus indagaciones en pos de obtener fondos para apoyar su labor, as&iacute; como brillo personal. Aunque los casos de fraude cient&iacute;fico han existido desde tiempo atr&aacute;s, la enfermedad ha proliferado recientemente a tal grado que en los Estados Unidos hubo de crearse en 1989 la "Oficina para la Integridad Cient&iacute;fica", transformada en 1993 en "Oficina para la Integridad de la Investigaci&oacute;n", con objeto de luchar contra el enga&ntilde;o cient&iacute;fico. La aut&eacute;ntica vocaci&oacute;n por el conocimiento es, en suma, el &uacute;nico inmunizador capaz de impedir que el investigador jam&aacute;s anteponga sus intereses personales al predominio de la verdad.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Parte de los ben&eacute;ficos efectos producidos por la vocaci&oacute;n por el saber se deben a que estimula la segregaci&oacute;n de humildad y honestidad acad&eacute;micas, que fluyen en la sangre de los verdaderos investigadores. Ella, por ejemplo, motiv&oacute; a Darwin a reconocer <i>motu proprio</i>, por escrito y ampliamente, que Patrick Mathew se hab&iacute;a anticipado a su concepci&oacute;n del principio de la selecci&oacute;n natural de las especies. Es este mismo fluido sangu&iacute;neo el que inspiro a S&oacute;crates a declararse un ignorante frente a la inmensidad de los misterios del cosmos, y a Newton a expresar la famosa frase "Si he visto m&aacute;s all&aacute;, es por haberme colocado en los hombros de gigantes". La misma modestia denotaban los sabios mexicas o <i>tlamatini </i>aquellos que fueron capaces de crear un calendario astron&oacute;mico m&aacute;s preciso que el que se usaba en aquella &eacute;poca en Europa, quienes, seg&uacute;n relata Le&oacute;n Portilla, no cre&iacute;an que pudiera lograrse un conocimiento claro y preciso, libre de toda objeci&oacute;n, como dejaban ver en la l&iacute;nea de un poema que reza: "puede que nadie llegue a decir verdad en la tierra".</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como estimulante del trabajo empe&ntilde;oso y perseverante, en el caso de los genuinos investigadores, c&eacute;lebres o inc&oacute;gnitos, la vocaci&oacute;n usualmente toma la forma de aut&eacute;ntica pasi&oacute;n por la b&uacute;squeda del conocimiento sin m&aacute;s af&aacute;n que el conocimiento mismo. La historia de la ciencia nos ense&ntilde;a que dicha pasi&oacute;n ha jugado un rol singular en el desarrollo del conocimiento, toda vez que aun en el caso de los m&aacute;s eminentes genios del quehacer cient&iacute;fico su inteligencia extraordinaria generalmente ha tenido que estar acompa&ntilde;ada de un esfuerzo intenso, denodado, para poder dar a luz nuevos saberes sin desfallecer ante los innumerables obst&aacute;culos y frustraciones que pavimentan el camino del descubrimiento. Darwin, por ejemplo, con todo y su brillante intelecto, tuvo que dedicar m&aacute;s de veinte a&ntilde;os de intensa labor para concebir <i>EI origen de las especies, </i>su obra m&aacute;xima. Por ello no es casual que dedique un apartado especial de su autobiograf&iacute;a, titulado "Perseverancia en el estudio", para destacar el relevante papel que &eacute;sta y su amor por la ciencia, que calific&oacute; de "constante, firme y ardoroso", jugaron en el de su teor&iacute;a. Marx hubo de dedicar cerca de veinte a&ntilde;os tambi&eacute;n para escribir <i>EI capital, </i>que nunca concluyo, sufriendo miseria y enfermedad en aras de poder dedicarse a la investigaci&oacute;n que lo apasionaba. Al prevenir a los lectores "que buscan la verdad" acerca de las dificultades de los primeros cap&iacute;tulos de dicha obra, escribi&oacute;: "En la ciencia no hay calzadas reales, y quien aspire a remontar sus luminosas cumbres, tiene que estar dispuesto a escalar la monta&ntilde;a por senderos escabrosos." Por su parte, Elton Mayo, Roethlisberger y todo un equipo de colaboradores dedicaron en conjunto m&aacute;s de 12 a&ntilde;os, en plena gran depresi&oacute;n, a sus famosas investigaciones en la planta Hawthorne, las cuales incluyeron, adem&aacute;s de los consabidos experimentos, la realizaci&oacute;n de m&aacute;s de 21,000 entrevistas en profundidad, de hora y media de duraci&oacute;n cada una. Ello fue posible, sin duda, gracias a un real inter&eacute;s por el conocimiento.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La actitud interrogadora del hombre ante el universo, su inquietud persistente de preguntarse y responder, su anhelo de saber, coadyuvaron substancialmente a su conformaci&oacute;n como <i>homo sapiens; </i>hoy en d&iacute;a, el amor por la verdad que palpita de manera intermitente en el esp&iacute;ritu del buscador de razones, la vocaci&oacute;n del investigador, no s&oacute;lo es necesaria para conseguir nuevas verdades, es imprescindible para seguir haci&eacute;ndonos humanos d&iacute;a con d&iacute;a, de aqu&iacute; que nunca sea suficiente insistir sobre su trascendencia.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="right"><font face="verdana" size="2"><i>Jorge R&iacute;os Szalay</i></font></p>      ]]></body>
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