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</front><body><![CDATA[  	    <p align="left"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><i><b>Miradas renovadas al Occidente ind&iacute;gena de M&eacute;xico&nbsp;</b></i></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Claudia Espejel</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Marie&#45;Areti Hers (coordinadora). &Aacute;ngel Aedo, Patricia Carot, Paulina Faba, Ver&oacute;nica Hern&aacute;ndez y Marie&#45;Areti Hers (autores). Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico&#45;Instituto de Investigaciones Hist&oacute;ricas, Instituto Nacional de Antropolog&iacute;a e Historia Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos M&eacute;xico 2013. 415 p&aacute;gs.</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>El Colegio de</i> <i>Michoac&aacute;n.</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/trace/n65/a8i1.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El c&uacute;mulo de informaci&oacute;n sobre el mundo prehisp&aacute;nico y las sociedades ind&iacute;genas de M&eacute;xico que se ha generado de manera cient&iacute;fica, desde por lo menos los inicios del siglo XX, requiere sin duda una revaloraci&oacute;n continua a medida que se obtienen nuevos datos y cambian los enfoques te&oacute;ricos y los intereses de investigaci&oacute;n. El caso del Occidente de M&eacute;xico no es la excepci&oacute;n y las <i>Miradas renovadas</i> que de &eacute;l presentan Ver&oacute;nica Hern&aacute;ndez, Patricia Carot, Marie&#45;Areti Hers, Paulina Faba y &Aacute;ngel Aedo son una muestra de las nuevas interpretaciones que pueden hacerse a partir de diversos datos recabados por las investigaciones tanto pasadas como recientes.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El libro en su conjunto nos lleva por diversas regiones del llamado Occidente de M&eacute;xico, &aacute;rea conformada por los estados actuales de Michoac&aacute;n, Colima, Jalisco, Nayarit y Sinaloa y es un recorrido tambi&eacute;n a trav&eacute;s del tiempo, desde el precl&aacute;sico temprano hasta la conquista espa&ntilde;ola con dos miradas a los coras y huicholes actuales. A lo largo de estas trayectorias, por lo dem&aacute;s ilustradas con excelentes fotograf&iacute;as, se hacen notar las particularidades locales y las rupturas temporales, pero tambi&eacute;n se se&ntilde;alan los aspectos comunes que le imprimen personalidad y originalidad a la regi&oacute;n as&iacute; como la continuidad de ciertos rasgos a trav&eacute;s del tiempo, sin dejar de lado las relaciones que en distintos momentos sus habitantes entablaron con otras poblaciones de Mesoam&eacute;rica, del norte de M&eacute;xico, del suroeste de Estados Unidos y del noroeste sudamericano.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para empezar, en el cap&iacute;tulo "Las formas del arte en el antiguo Occidente", Ver&oacute;nica Hern&aacute;ndez hace un recuento de las expresiones art&iacute;sticas m&aacute;s sobresalientes o diagn&oacute;sticas del Occidente de M&eacute;xico en la &eacute;poca prehisp&aacute;nica, principalmente del arte en barro. El recorrido inicia con un primer periodo (ca 1500 a.C.&#45;600 d.C.) representado por la cultura Capacha y sus vasijas cer&aacute;micas de formas singulares; la de El Ope&ntilde;o con su arquitectura funeraria antecedente de las tumbas de tiro, sus delicadas esculturas humanas de barro entre las que destacan las figuras de jugadores de pelota y la decoraci&oacute;n al negativo que a partir de entonces ser&aacute; caracter&iacute;stica del Occidente de M&eacute;xico; por la cultura Chup&iacute;cuaro con su cer&aacute;mica decorada con elegantes dise&ntilde;os geom&eacute;tricos y sus esculturas de barro, principalmente de figuras femeninas desnudas, y, finalmente, por la tradici&oacute;n de las tumbas de tiro, asociada en parte a la arquitectura circular de los llamados guachimontones, en la que se desarrollaron diversos estilos regionales del arte cer&aacute;mico que la autora examina con mayor detalle en el siguiente cap&iacute;tulo del libro, "Muerte y vida en la cultura de tumbas de tiro".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un segundo periodo (600&#45;1520), claramente diferenciado del anterior por la desaparici&oacute;n de los rasgos caracter&iacute;sticos previos y la aparici&oacute;n de nuevas formas, temas, materiales y t&eacute;cnicas, tanto en los objetos muebles como en la arquitectura, est&aacute; ejemplificado principalmente por la cultura Aztatl&aacute;n (900&#45;1250/1300), que se manifiesta desde Sinaloa hasta el sur de Jalisco, y la pur&eacute;pecha (1250&#45;1520), caracterizada entre otras cosas por el retorno de antiguas formas y t&eacute;cnicas decorativas presentes desde siglos antes en El Ope&ntilde;o y Chup&iacute;cuaro, as&iacute; como por su particular arquitectura decorada con lajas de piedras grabadas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"La larga historia pur&eacute;pecha" que nos relata Patricia Carot sintetiza y vincula de manera notable, y quiz&aacute; por primera vez, los resultados de las principales investigaciones arqueol&oacute;gicas llevadas a cabo en el norte de Michoac&aacute;n, entre las que se incluyen por supuesto las suyas, m&aacute;s los datos de otras regiones que de diversas maneras completan la secuencia de eventos, como los de la cultura chalchihuites de Durango y Zacatecas o los de Teotihuac&aacute;n, y la informaci&oacute;n de la <i>Relaci&oacute;n de Michoac&aacute;n</i> que documenta las &uacute;ltimas fases de la historia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La primera etapa de este largo recorrido (ca. 500 a.C&#45;600 d.C.) tiene lugar en las cuencas de Cuitzeo, P&aacute;tzcuaro y Zacapu donde la tradici&oacute;n iniciada en Chup&iacute;cuaro da paso a la tradici&oacute;n Loma Alta, definida principalmente por los hallazgos del sitio hom&oacute;nimo situado en una isla de la ci&eacute;naga de Zacapu; tradici&oacute;n que termina abruptamente en el siglo VI coincidiendo con la ca&iacute;da de Teotihuac&aacute;n y el final de la tradici&oacute;n de las tumbas de tiro.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Durante la segunda etapa de la historia (600&#45;900), explica la autora, una parte de la poblaci&oacute;n emigr&oacute; hacia el norte llevando consigo entre otros elementos su peculiar lenguaje pictogr&aacute;fico, el cual aparece durante la fase Alta Vista (550&#45;850 d.C.) en Zacatecas y Durango y en la cer&aacute;mica hohokam del suroeste de Estados Unidos, mientras que otra parte de la poblaci&oacute;n permaneci&oacute; en la regi&oacute;n de Zacapu donde se abandon&oacute; tal lenguaje y surgieron en cambio elementos relacionados con la guerra.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La tercera etapa se caracteriza por el regreso de los descendientes de la poblaci&oacute;n migrante a su lugar de origen. Este fen&oacute;meno se hace evidente primero en la vertiente norte del r&iacute;o Lerma hacia el a&ntilde;o 750 d.C., cuando se percibe un s&uacute;bito crecimiento demogr&aacute;fico y la introducci&oacute;n de rasgos arquitect&oacute;nicos similares a los de La Quemada, Zacatecas. Luego se verifica en la cuenca de Zacapu hacia el 900 d.C. (fase Palacio) y m&aacute;s claramente hacia el 1250 (fase Milpillas), cuando, paralelamente al abandono planeado de la cuenca del Lerma, es ocupado, tambi&eacute;n de manera exponencial y repentina, el malpa&iacute;s de Zacapu. La reutilizaci&oacute;n de objetos, de pr&aacute;cticas funerarias y de dise&ntilde;os iconogr&aacute;ficos caracter&iacute;sticos de la fase Loma Alta por parte de la poblaci&oacute;n que ocup&oacute; estos nuevos sitios son algunas de las evidencias que Carot toma en cuenta para argumentar que se trata de los descendientes de los antiguos habitantes de la regi&oacute;n que siglos antes hab&iacute;an emigrado al norte. La &uacute;ltima fase de la migraci&oacute;n est&aacute; evidenciada por el abandono, nuevamente s&uacute;bito e intencional, de los sitios del malpa&iacute;s de Zacapu, al mismo tiempo que en la cuenca del lago de P&aacute;tzcuaro, hacia el a&ntilde;o 1350, Tari&aacute;curi y sus descendientes dan los primeros pasos que finalmente llevar&aacute;n a la formaci&oacute;n del imperio tarasco tal como se cuenta en la <i>Relaci&oacute;n de Michoac&aacute;n.</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las relaciones que Marie&#45;Areti Hers establece entre los hallazgos arqueol&oacute;gicos de distintas regiones tambi&eacute;n son notables. Por una parte, en el cap&iacute;tulo "Un nuevo lenguaje visual en tiempos de rupturas (600&#45;900 d.C.)" analiza con sumo detalle varias vasijas decoradas con la t&eacute;cnica del <i>seudocloisonn&eacute;</i> y con temas iconogr&aacute;ficos similares que evidencian la impronta que dej&oacute; Teotihuac&aacute;n en el Occidente de M&eacute;xico particularmente durante el periodo Epicl&aacute;sico (600&#45;900), es decir despu&eacute;s de que la gran urbe hab&iacute;a sido abandonada.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otra parte, en "La Sierra Madre Occidental o el sendero del tolteca&#45;chichimeca y del <i>uac&uacute;secha",</i> Hers analiza la relaci&oacute;n estrecha que hay entre los espejos de pirita, importante emblema de poder asociado a los gobernantes, a los guerreros y al sacrificio humano y la t&eacute;cnica pict&oacute;rica al <i>seudocloisonn&eacute;.</i> El recorrido en esta ocasi&oacute;n nos lleva desde el &aacute;rea maya hasta el suroeste de Estados Unidos pasando por Michoac&aacute;n y Tula, entre varios otros lugares, y desde el inicio de nuestra era hasta el poscl&aacute;sico temprano; espacio y tiempo en el que se distribuyen los espejos de pirita a menudo asociados directamente con la decoraci&oacute;n al <i>seudocloisonn&eacute;</i> y con s&iacute;mbolos iconogr&aacute;ficos recurrentes, como la Xiuhcoatl o serpiente de fuego. Aunque para el poscl&aacute;sico tard&iacute;o los espejos de pirita parecen haber sido sustituidos por espejos de obsidiana y por discos de cobre, Hers llama la atenci&oacute;n sobre el hecho de que en Paquim&eacute; estos &uacute;ltimos siguen asociados al <i>seudocloisonn&eacute;.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Finalmente en el cap&iacute;tulo "Aztatl&aacute;n y los lazos con el centro de M&eacute;xico", Hers expone las caracter&iacute;sticas generales del complejo cultural Aztatl&aacute;n (900&#45;1250/1350) y de los sitios m&aacute;s representativos del mismo, entre ellos Guasave, Culiac&aacute;n y Chametla, Sinaloa y Amapa, Nayarit, haciendo notar nuevamente la importancia de la t&eacute;cnica al <i>seudocloisonn&eacute;</i> y de la iconograf&iacute;a de las vasijas tipo c&oacute;dice que ponen de manifiesto las relaciones directas que pudo haber entre sus art&iacute;fices y los <i>tlacuilos</i> de Cholula.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para terminar, los dos cap&iacute;tulos finales del libro nos transportan a la &eacute;poca actual. Por un lado, en "La memoria como conocimiento. Pensar el pasado entre los huicholes <i>(wixaritari)</i> de Nayarit y Jalisco", Paulina Faba muestra el entramado de cantos, rituales, danzas, mitos, objetos rituales, pintura facial y creencias sobre los petrograbados de origen prehisp&aacute;nico mediante el cual se expresa la relaci&oacute;n de los huicholes con el pasado. Por otro lado, &Aacute;ngel Aedo explica c&oacute;mo en las dicotom&iacute;as comunes de los mitos de coras y huicholes, expresadas b&aacute;sicamente por la lucha entre personajes con caracter&iacute;sticas opuestas pero tambi&eacute;n, entre otras cosas, por las ideas asociadas a figuras como la espiral y el quincunce, se introduce un tercer elemento ambiguo que integra funciones y aspectos de ambos elementos, como es el caso del h&eacute;roe cultural Kauyumari.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la red de interacciones que los autores del libro tienden sobre tan vasto territorio y tan amplio lapso temporal hay por supuesto varios cabos sueltos y algunas ataduras cuestionables. Esto se debe en gran parte a la poca investigaci&oacute;n que se ha realizado en algunas de las regiones que conforman el Occidente de M&eacute;xico y a la informaci&oacute;n lamentablemente alterada e incompleta que dejan el saqueo y el tr&aacute;fico il&iacute;cito de piezas arqueol&oacute;gicas tan com&uacute;n en la regi&oacute;n. Ante tal panorama resulta m&aacute;s meritorio el esfuerzo por integrar en una misma explicaci&oacute;n diversos datos en apariencia desvinculados y el poner la atenci&oacute;n sobre materiales semiolvidados, como la cer&aacute;mica de Quer&eacute;ndaro que estudia Carot o las vasijas de Jiquilpan que describe Hers, cuyo an&aacute;lisis demuestra lo mucho que todav&iacute;a pueden decir incluso cuando se desconoce el contexto espec&iacute;fico en el que se hallaron.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute; sea para debatir, para retomar o para complementar las interesantes propuestas que plantean estas <i>Miradas renovadas al Occidente ind&iacute;gena de M&eacute;xico,</i> cabe esperar que atraer&aacute;n, siempre para bien, la mirada hacia esta regi&oacute;n del pa&iacute;s que injustificadamente ha permanecido tan poco atendida.</font></p>      ]]></body>
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