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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Manola Sep&uacute;lveda Garza, <i>Vaivenes de la historia ejidal. Dolores Hidalgo, CIN, Guanajuato, 1900&#45;1970</i></b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Jorge Uzeta*</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, ENAH, INAH, Conaculta, 2011, 414 p.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>* El Colegio de Michoac&aacute;n.</i> Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:jorgeuzeta@colmich.edu.mx">jorgeuzeta@colmich.edu.mx</a></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Siguiendo una tem&aacute;tica de la que se hab&iacute;a ocupado a profundidad en el municipio guanajuatense de San Diego de la Uni&oacute;n, Manola Sep&uacute;lveda entrega ahora un acucioso trabajo sobre el proceso ejidal en Dolores Hidalgo. El texto, pleno de mapas y cuadros comparativos, se levanta sobre un amplio y notable manejo de fuentes documentales complementadas con informaci&oacute;n de campo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su esfuerzo por revaluar el "significado del reparto agrario y su impacto social", Sep&uacute;lveda muestra que incluso en los municipios en los que las solicitudes de tierra fueron minoritarias los actores implicados fueron capaces de cambios y reubicaciones inusitadas ante el abanico de posibilidades que la propia lucha pol&iacute;tica abr&iacute;a, d&eacute;cada tras d&eacute;cada, en torno a la entrega y regularizaci&oacute;n de la tenencia de tierra. As&iacute;, al dar cuenta de los "vaivenes" que dan t&iacute;tulo a su libro, fuertemente marcados por la pol&iacute;tica del cardenismo y por la gesti&oacute;n de L&oacute;pez Mateos, la autora es consciente de la distancia que la separa de investigaciones que han devenido en apolog&iacute;as del sinarquismo y de su expresi&oacute;n armada.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las preguntas generales y espec&iacute;ficas que plantea en la introducci&oacute;n dan paso a una primera parte de seis cap&iacute;tulos donde articula una visi&oacute;n amplia de lo que ocurr&iacute;a en el municipio en t&eacute;rminos de su composici&oacute;n social y su perfil productivo, de sus tensiones pol&iacute;ticas y de las formas de propiedad agraria. En esta parte Sep&uacute;lveda ejemplifica y complementa o matiza las tendencias generales del proyecto agrarista a partir de sus hitos locales &#151;del ofrecimiento inicial de parcelas a los obst&aacute;culos que perfilaron una contrarreforma&#151; delineando las motivaciones y estrategias de numerosos actores (peticionarios, funcionarios, finqueros, aparceros, rancheros emergentes y numerosos agentes institucionales, como la CNC, el Banco Ejidal, la UGOCM, etc&eacute;tera). Gracias a ello muestra la complejidad del proceso y los m&uacute;ltiples intereses involucrados desde el conflicto armado por la tierra hasta su transformaci&oacute;n en el limbo jur&iacute;dico que termin&oacute; hundiendo en un laberinto de tr&aacute;mites a muchos peticionarios. Asoman aqu&iacute; discusiones tanto pol&iacute;ticas como de orden moral en torno a los l&iacute;mites del Estado; por ejemplo, a partir del argumento de que los derechos agrarios son irrenunciables (idea esgrimida por los extensionistas del gobierno a los aparceros que rechazaban las tierras, p. 59); o bien, a partir de los debates sobre la confianza (en el Estado o en los patrones) y la libertad (social y personal) de acceder a la tierra, valores dinamizados en el entorno de violencia desatado por la iniciativa agrarista (p. 111).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A partir del rastreo puntilloso de la organizaci&oacute;n para el trabajo y de la infraestructura productiva y de mercado en Dolores, en esta primera parte resultan trascendentes varios asuntos. Uno de ellos es la diferencia fundamental entre agraristas y ejidatarios. Gracias a sus entrevistas, a la cr&iacute;tica de sus fuentes y al efectivo cruce de las mismas, la autora constata quiz&aacute; uno de los vaivenes m&aacute;s sorprendentes de todo el proceso ejidal: la marginaci&oacute;n sufrida por peticionarios convencidos y la reconversi&oacute;n de varios militantes cristeros en ejidatarios, dirigentes y hasta caciques que eventualmente lograron "sinarquizar" las Centrales Campesinas y las Ligas Agrarias.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En esta misma l&iacute;nea hay gran m&eacute;rito en la consistencia etnogr&aacute;fica e hist&oacute;rica de la clasificaci&oacute;n que Sep&uacute;lveda estructura a prop&oacute;sito del tipo de ejidos existentes: <i>fantasmas, blancos, rancheros.</i> Lo hace definiendo el car&aacute;cter del reparto y la forma <i>real</i> de tenencia, identificando las din&aacute;micas de producci&oacute;n, las "relaciones de dominio y subordinaci&oacute;n" entre ejidatarios, aparceros y avecindados (p. 129), los endeudamientos bancarios, el perfil de las depuraciones censales, y los v&iacute;nculos de aquellos actores tanto con el expatr&oacute;n como con los promotores agrarios. Junto con la identificaci&oacute;n del origen social de los grupos ejidatarios, y de la recurrencia del caciquismo como recurso organizativo, la exposici&oacute;n muestra una visi&oacute;n extremadamente n&iacute;tida de los altibajos, espejismos y desviaciones del proceso agrario, lo que colateralmente resulta de enorme utilidad para su contraste con otros municipios guanajuatenses. Un asunto notable aqu&iacute;, quiz&aacute; por la densidad con la que es presentado, es la cuesti&oacute;n de los embrollos jur&iacute;dicos y bancarios, y los tejes y manejes pol&iacute;ticos involucrados en el periodo de contrarreforma ejidal (cuyas bases se encuentran &#151;otra paradoja&#151; en los a&ntilde;os finales del cardenismo). Sep&uacute;lveda nos muestra, pues, la manera en que las iniciativas de reparto se fueron enrareciendo al punto de que en algunos ejidos los beneficiados transmutaron en nuevos patrones, regenteando tierras ejidales a trav&eacute;s del uso y abuso de la fuerza de trabajo de aparceros y avecindados que, aspirando a ser aceptados como ejidatarios, quedaron abiertamente desprotegidos laboralmente. De nuevo, esto muestra la movilidad y flexibilidad de los posicionamientos campesinos, siempre coherentes y justificables en el propio espacio de relaciones agrarias.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Debe destacarse, tambi&eacute;n, la diferencia que la autora registra entre el reparto agrario inicial y un segundo periodo agrarista impulsado por el propio gobierno federal a finales de la d&eacute;cada de 1950. Si bien, los diferentes actores retomaron algunas de las iniciativas, estrategias y resistencias articuladas durante el cardenismo, las condiciones de producci&oacute;n, tal como se nos se&ntilde;ala, eran ya muy diferentes. La mayor tecnificaci&oacute;n del agro y la menor demanda de fuerza laboral, por ejemplo, ampliaron la base social de solicitantes de tierras. Con ello, se nos dice, buscaron "resistir a la empresa agr&iacute;cola" y al proceso de proletarizaci&oacute;n requerido por "los trabajos del campo" (pp. 230&#45;231).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la segunda parte del volumen la autora expone con amplitud hist&oacute;rica una decena de casos, profundizando en los contradictorios efectos organizativos, pol&iacute;ticos y econ&oacute;micos del reparto y su regularizaci&oacute;n. A contracorriente del t&iacute;tulo del libro, las particularidades de cada unidad dejan la idea de que s&oacute;lo se puede hablar en t&eacute;rminos extremadamente generales de <i>un solo</i> proceso agrario o incluso de <i>una sola</i> historia ejidal. Sin embargo, es cierto que aqu&iacute; se reafirman a detalle cuestiones previamente se&ntilde;aladas, como los reposicionamientos y los procesos internos de diferenciaci&oacute;n, con sus formas espec&iacute;ficas de exclusi&oacute;n y jerarqu&iacute;a, la recampesinizaci&oacute;n de sectores pr&aacute;cticamente urbanos, la emergencia de fuertes liderazgos ejidales, y el impacto que todo ello supuso en la vida cotidiana de las comunidades rurales. En estos apartados, el proceso y la propia exposici&oacute;n adquieren una enorme densidad social y pol&iacute;tica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la &uacute;ltima parte del libro, integrada por Comentarios finales, unas Reflexiones sobre el cacicazgo y un Ep&iacute;logo, la autora avanza sobre una interpretaci&oacute;n general del asunto agrario aludiendo a cuestiones que por el perfil de su investigaci&oacute;n no pudieron ser plenamente desarrolladas, entre otras, los sentidos de masculinidad involucrados en la recepci&oacute;n de tierra, el papel de la familia, el inter&eacute;s de funcionarios medios por el ejido, el modelo de democracia ejidal sustentada en el supuesto equilibrio entre sus comit&eacute;s, etc&eacute;tera. Aqu&iacute; se pueden revalorar los matices locales a la luz de la idea de Luis Gonz&aacute;lez &#151;no mencionada pero impl&iacute;cita&#151; de que Dolores habr&iacute;a sido un municipio <i>revolucionado</i> desde las instituciones y b&aacute;sicamente "desde arriba" por necesidades pol&iacute;ticas que lo trascend&iacute;an, tanto en el periodo que Sep&uacute;lveda identifica de reparto bajo l&oacute;gicas pol&iacute;tico militares, como en el realizado bajo el argumento de la reivindicaci&oacute;n social (pp. 360, 362). En estos t&eacute;rminos podr&iacute;a comprenderse la desconfianza de los supuestos beneficiarios con respecto a un Estado que los compromet&iacute;a a rebelarse ante culturas locales bien asentadas (p. 361). Al respecto, hay un avance interesante en la discusi&oacute;n que la autora articula con Alan Knight a prop&oacute;sito del cacicazgo. Para Sep&uacute;lveda este recurso "apareci&oacute; inevitablemente como una forma 'casi instintiva'", pero no por causa del reparto sino justamente por la contrarreforma agraria que se abri&oacute; paso en un entorno de inseguridad y conflicto, se&ntilde;alamiento que resulta notable por sus numerosas implicaciones (pp. 369&#45;375). Junto con otras cuestiones en las que toma distancia de Knight, Sep&uacute;lveda refiere a una discusi&oacute;n siempre actual pese a los r&iacute;os de tinta que han corrido: el papel de las fuerzas externas en la configuraci&oacute;n de mediaciones capaces de contener expresiones locales discordantes o tendientes a una pluralidad eventualmente dif&iacute;cil de controlar. Al parecer, en el entorno dolorense la necesidad de mediaci&oacute;n y el instinto de centralizar la toma de decisiones habr&iacute;an estado menos en una sociedad rural de perfil patriarcal, y m&aacute;s en los intereses pol&iacute;ticos de las elites nacionales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En esta parte final resulta afortunada la inclusi&oacute;n de una perspectiva sobre las relaciones contempor&aacute;neas luego de las modificaciones constitucionales de los a&ntilde;os noventa. M&aacute;s all&aacute; del quebrantamiento del pacto pol&iacute;tico de la posrevoluci&oacute;n, con la configuraci&oacute;n de una "nueva ruralidad" que contempla la incorporaci&oacute;n de parcelas ejidales al mercado de tierras, la autora logra esbozar los m&uacute;ltiples y contradictorios efectos que eso ha generado. De su lectura se desprende que aquellas modificaciones han contribuido a la consolidaci&oacute;n de peque&ntilde;as burgues&iacute;as ejidales y al redise&ntilde;o de unidades campesinas &#151;familias o grupos&#151; en aras de formas m&aacute;s sofisticadas de explotaci&oacute;n laboral.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pese a su riqueza, el trabajo deja varios asuntos a la espera de estudios con mayor carga etnogr&aacute;fica. Entre ellos est&aacute; el papel actual de las autoridades ejidales, que en palabras de Sep&uacute;lveda han dejado de ser posiciones "de poder econ&oacute;mico y pol&iacute;tico" porque las inversiones de gobierno se han diversificado y ya "no son controladas por ellos" (p. 394). Cabe preguntarse entonces si percibe una apertura hacia la democratizaci&oacute;n de las relaciones productivas en el campo dolorense (y a una democratizaci&oacute;n pol&iacute;tica a secas), o si lo que hay, m&aacute;s bien, se ajusta a lo que otros autores han se&ntilde;alado: una multiplicaci&oacute;n de peque&ntilde;os intermediarios que reproducen de manera m&aacute;s restringida el mismo tipo de relaciones clientelares vigentes desde la posrevoluci&oacute;n. Este podr&iacute;a ser un punto de entrada para analizar etnogr&aacute;ficamente el v&iacute;nculo que Sep&uacute;lveda identifica de manera intermitente entre el poder pol&iacute;tico municipal y el sector ejidal. La cuesti&oacute;n es importante a la luz de discusiones contempor&aacute;neas sobre un tipo de "ciudadan&iacute;a agraria" proahijada por el propio reparto, y frente a la apertura democr&aacute;tico&#45;electoral potenciada en Guanajuato a partir de la d&eacute;cada de 1990. Ahondar en las redes de parentesco, amistad y compadrazgo podr&iacute;a iluminar con mayor precisi&oacute;n la construcci&oacute;n y quiebra de los v&iacute;nculos trazados entre intermediarios y caciques ejidales con las elites pol&iacute;ticas y el partido dominante en el municipio.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra cuesti&oacute;n trascendente refiere a los programas contra el rezago agrario, incluido el Procede, implementados a partir de las modificaciones constitucionales de 1992. Desde la perspectiva de las actuales instituciones agrarias parecen haber sido todo un &eacute;xito, no s&oacute;lo en Dolores sino en toda la entidad; ante esto Sep&uacute;lveda contrapuntea planteando que el ejido se est&aacute; rearticulando como un refugio social para sectores rurales desfavorecidos (p. 396). As&iacute;, no s&oacute;lo relativiza las alegres cifras oficiales sino que deja planteada la discusi&oacute;n sobre el perfil actual de la heterog&eacute;nea comunidad ejidal y su papel en mercados laborales y de tierras muy diversificados. S&oacute;lo mediante etnograf&iacute;as cuidadosas podremos saber si se trata de un refugio o de una reserva de mano de obra extremadamente precarizada. Finalmente, hay otra cuesti&oacute;n bien se&ntilde;alada a lo largo del trabajo pero que merecer&iacute;a atenci&oacute;n por s&iacute; misma. Se trata del papel cambiante de la burocracia agraria, cuyos desempe&ntilde;os a lo largo de todo el proceso no siempre fueron determinados por los intereses del r&eacute;gimen. Sep&uacute;lveda muestra que hubo extensionistas que dieron preeminencia a sus beneficios particulares negociando con los caciques ejidales o con los viejos hacendados, generando con ello amplias redes de corrupci&oacute;n. La informaci&oacute;n de los casos trabajados constituye una valiosa contribuci&oacute;n para un futuro estudio sobre el desempe&ntilde;o de este sector durante y despu&eacute;s del agrarismo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En suma, el texto de Sep&uacute;lveda es relevante y oportuno tanto por lo que muestra como por los asuntos que esboza y perfila trascendiendo lo estrictamente agrario.</font></p>      ]]></body>
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