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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Antropología del cerebro: determinismo y libre albedrío]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Conferencia magistral</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Antropolog&iacute;a del cerebro: determinismo y libre albedr&iacute;o</b><a href="#nota">*</a></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Anthropology of the brain: determinism and free will</b> </font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Roger Bartra<sup>1</sup></b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup><i>1 </i></sup><i>Investigador em&eacute;rito, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM.</i></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando se estren&oacute; en la primavera de 1924 una de las joyas del cine expresionista, <i>Las manos de Orlac,</i> el p&uacute;blico austriaco qued&oacute; tan impresionado por la pel&iacute;cula que al final se escucharon gritos de enojo. El principal actor, Conrad Veidt, tuvo que subir al escenario para explicar c&oacute;mo se hab&iacute;a hecho la filmaci&oacute;n. El gran actor, con el poder de su presencia y su voz, logr&oacute; calmar a la gente que se hab&iacute;a exaltado al ver la pel&iacute;cula muda. <i>Las manos de Orlac</i> cuenta la historia de un gran pianista que en un accidente de tren ha perdido sus manos. Un m&eacute;dico le implanta las manos de un asesino que acaba de ser decapitado. El pianista, Orlac, siente que las manos que le han sido implantadas lo dominan y lo impulsan a cometer cr&iacute;menes. Su m&eacute;dico le explica que, gracias al poder de su voluntad, podr&aacute; controlar los impulsos criminales que emanan de sus nuevas manos. La pel&iacute;cula presenta con gran dramatismo la lucha entre el poder determinante que emana de una parte del cuerpo, las manos, y la fuerza de voluntad que debe regir la conciencia del pianista. Orlac siente que las manos han tomado el control de su conciencia. Cuando su padre, al que odia, es asesinado, el pianista est&aacute; convencido de que &eacute;l le ha clavado la pu&ntilde;alada letal, aunque no lo recuerda. Pareciera que el poder brutal de la carne implantada es capaz de dirigir la mente del pianista.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los espectadores de aquella &eacute;poca fueron enfrentados al problema de la oposici&oacute;n entre determinismo y libertad. &iquest;Hasta qu&eacute; punto el cuerpo &#45;y especialmente el cerebro&#45; permite que la conciencia decida libremente? &iquest;Qu&eacute; l&iacute;mites impone la materia cerebral al libre albedr&iacute;o de los individuos?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las manos de Orlac parecen estar determinadas por el esp&iacute;ritu extranjero del asesino a quien hab&iacute;an pertenecido. Si pasamos del territorio de la ficci&oacute;n a la realidad podemos acercarnos al problema del libre albedr&iacute;o desde otro &aacute;ngulo. El ejemplo m&aacute;s conocido del trastorno obsesivo&#45;compulsivo es la irresistible man&iacute;a que impulsa a las personas a lavarse constantemente las manos, pose&iacute;das por la idea fija de que cualquier contacto las contamina peligrosamente. A los individuos aquejados por este trastorno les parece que todo cuanto les rodea est&aacute; sucio. No pueden dejar de lavarse las manos despu&eacute;s de tocar el pomo de la puerta, coger un billete, tomar un cubierto, abrir un grifo, estrechar otra mano o rozar una tela. Creen que el mundo a su alrededor est&aacute; contaminado y viven en una ansiedad permanente por el miedo a quedar infectados. Las causas del trastorno obsesivo&#45;compulsivo parecen ubicarse en anormalidades de los ganglios b&aacute;sales y en el l&oacute;bulo frontal del cerebro.<sup>1</sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los casos patol&oacute;gicos y anormales destacan con fuerza la presencia de una cadena determinista. Aqu&iacute; la persona no ha elegido libremente que su voluntad quede encadenada a causas biol&oacute;gicas. Pero los humanos suponemos que bajo condiciones &laquo;normales&raquo; somos seres racionales capaces de elegir libremente nuestros actos. Suponemos, por lo tanto, que no todo lo que hacemos tiene una causa suficiente que determina nuestros actos. Creemos en el libre albedr&iacute;o. Pero siempre flota en el aire la sospecha o el temor de que los casos anormales en realidad descubran el mecanismo determinista oculto que nos rige a todos bajo cualquier circunstancia.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el verano de 1930 Albert Einstein tuvo una reveladora discusi&oacute;n con Rabindranath Tagore. El gran m&iacute;stico hind&uacute; se empe&ntilde;aba en encontrar en el universo un espacio para la libertad, y cre&iacute;a que el azar a nivel infinitesimal, descubierto por los f&iacute;sicos, muestra que la existencia no est&aacute; predeterminada. Seguramente se refer&iacute;a al principio de incertidumbre de Heisenberg, que tambi&eacute;n fue llamado principio de indeterminaci&oacute;n. Einstein sosten&iacute;a que ning&uacute;n hecho permit&iacute;a a los cient&iacute;ficos hacer a un lado la causalidad; y que en el plano m&aacute;s elevado se puede entender c&oacute;mo funciona el orden, mientras que en los espacios diminutos este orden no es perceptible. Tagore interpret&oacute; esta situaci&oacute;n como una dualidad contradictoria radicada en lo m&aacute;s profundo de la existencia: la que opone la libertad al orden del cosmos. El f&iacute;sico negaba la existencia de esta contradicci&oacute;n: aun los elementos m&aacute;s peque&ntilde;os guardan un orden. Einstein dec&iacute;a que todo lo que hacemos y vivimos est&aacute; sometido a la causalidad, pero reconoci&oacute; que es bueno que no podamos verla.<sup>2</sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En una carta al mismo interlocutor, Einstein hizo unas afirmaciones que han sido citadas con frecuencia por los deterministas. Dijo que si la luna fuese dotada de autoconciencia estar&iacute;a perfectamente convencida de que su camino alrededor de la tierra es fruto de una decisi&oacute;n libre. Y a&ntilde;adi&oacute; que un ser superior dotado de una inteligencia perfecta se reir&iacute;a de la ilusi&oacute;n de los hombres que creen que act&uacute;an de acuerdo a su libre albedr&iacute;o. Aunque los humanos se resisten a ser vistos como un objeto impotente sumergido en las leyes universales de la causalidad, en realidad su cerebro funciona de la misma forma en que lo hace la naturaleza inorg&aacute;nica.<sup>3</sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las diferencias entre Tagore y Einstein simbolizan dos grandes formas de abordar el problema de la libertad. El primero, como muchos religiosos, trat&oacute; de aprovechar lo que parec&iacute;a un resquicio abierto por los f&iacute;sicos para colar la idea de la indeterminaci&oacute;n. A muchos les pareci&oacute; que el principio de incertidumbre de alguna manera pod&iacute;a significar que los electrones gozaban de &laquo;libertad&raquo; y que se escapaban de la cadena causal. Esta visi&oacute;n ha influido incluso en cient&iacute;ficos tan importantes como John C. Eccles, que propuso explicar la subjetividad mediante la presencia de unos &laquo;psicones&raquo; que supuestamente funcionar&iacute;an en la mente de forma similar a los campos de probabilidad de la mec&aacute;nica cu&aacute;ntica.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La actitud de Einstein ha influido en quienes suponen que el libre albedr&iacute;o, como una propiedad de la conciencia humana, es una mera ilusi&oacute;n. El cerebro estar&iacute;a cruzado por cadenas causales emp&iacute;ricamente comprobables en las que habr&iacute;a una conexi&oacute;n entre pensamientos y acciones. La idea de que la conciencia, actuando libremente, es la causa de las acciones ser&iacute;a en realidad una ilusi&oacute;n. El libre albedr&iacute;o es visto, desde esta perspectiva, meramente como una sensaci&oacute;n construida por el organismo y no como una indicaci&oacute;n directa de que el pensamiento consciente ha causado la acci&oacute;n, como lo ha formulado Daniel Wegner.<sup>4</sup> Seg&uacute;n este psic&oacute;logo de Harvard la gente cree equivocadamente que la experiencia de tener una voluntad es en realidad un mecanismo causal. Quienes creen que existe el libre albedr&iacute;o se equivocan de la misma manera en que erraban los que pensaban que el sol daba vueltas alrededor de la tierra. Reconoce que fil&oacute;sofos y psic&oacute;logos han pasado vidas enteras tratando de reconciliar la voluntad consciente con la causalidad mec&aacute;nica. Este problema se expresa como la contraposici&oacute;n entre mente y cuerpo, entre libre albedr&iacute;o y determinismo, entre causalidad mental y f&iacute;sica o entre raz&oacute;n y causa. La mente, seg&uacute;n Wegner, produce s&oacute;lo una apariencia, una ilusi&oacute;n continua, pero en realidad ella no sabe lo que causa nuestras acciones.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La fuerza del argumento determinista proviene de una idea simple: vivimos en un universo donde todos los acontecimientos tienen una causa suficiente que los antecede. As&iacute;, si todo evento est&aacute; determinado por causas que lo preceden, &iquest;por qu&eacute; los actos conscientes ser&iacute;an una excepci&oacute;n? Tradicionalmente la idea de &laquo;excepci&oacute;n&raquo; era explicada por argumentos no cient&iacute;ficos, religiosos o metaf&iacute;sicos. Se supon&iacute;a un dualismo fundamental, lo que implica la existencia de instancias no f&iacute;sicas, espirituales, capaces de actuar sobre el mundo f&iacute;sico. As&iacute;, se supon&iacute;a la presencia de un misterioso agente &#45;el alma&#45; con poderes causales sobre la materia org&aacute;nica. Los cient&iacute;ficos, con toda <i>raz&oacute;n,</i> rechazan este argumento. Sin embargo, se mantiene un problema: la intuici&oacute;n de gran parte de los hombres sostiene la creencia de que los individuos son capaces de decidir libremente; y la civilizaci&oacute;n moderna se ha construido sobre la base de una aceptaci&oacute;n universal de la responsabilidad que tienen las personas de sus actos, tanto para ser premiadas como para ser castigadas. Un complejo, ramificado y sofisticado conjunto de instituciones sociales, pol&iacute;ticas y culturales se ha erigido como un inmenso edificio cuyos cimientos, supuestamente, ser&iacute;an una mera ilusi&oacute;n, sin duda &uacute;til pero a fin de cuentas una construcci&oacute;n elaborada por nuestro cerebro.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta l&iacute;nea de pensamiento lleva directamente a la conclusi&oacute;n de que aunque la libertad es una mera sensaci&oacute;n, es, sin embargo, una ilusi&oacute;n &uacute;til. Es ventajoso creer que las personas deben recibir premios y castigos orientados por una ilusoria determinaci&oacute;n de merecimientos. Es &uacute;til la sensaci&oacute;n de autor&iacute;a que se percibe al actuar intencionalmente. La ilusi&oacute;n sirve tambi&eacute;n, piensa Wegner, para ordenar el rompecabezas causal que nos rodea. Adem&aacute;s, se puede comprobar emp&iacute;ricamente que quienes creen en el libre albedr&iacute;o son m&aacute;s eficientes. Al pensar en su ardua defensa de que el libre albedr&iacute;o es una ilusi&oacute;n muy &uacute;til y reconfortante, uno acaba pregunt&aacute;ndose si, a partir de estas premisas, lo mejor no ser&iacute;a m&aacute;s bien optar por el silencio: &iquest;para qu&eacute; revelar que estamos atados a una cadena causal determinista si la ilusi&oacute;n es tan ben&eacute;fica? La &uacute;nica ventaja que obtenemos al disipar la ilusi&oacute;n &#45;seg&uacute;n Wegner&#45; es la paz mental que supuestamente nos invade cuando aceptamos resignadamente nuestro sometimiento al determinismo, en lugar de luchar denodadamente por el control. Esta alternativa, propia por ejemplo del budismo Zen, se propone renunciar a nuestra pretensi&oacute;n de controlar intencionalmente la cadena causal. Pero en seguida Wegner se percata de que acaso no sea posible renunciar intencionalmente a la ilusi&oacute;n de intencionalidad. Ha ca&iacute;do en una curiosa contradicci&oacute;n.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra vertiente de la idea de que el libre albedr&iacute;o es una ilusi&oacute;n se expresa en la idea de que en los humanos existe un m&oacute;dulo cerebral innato responsable del proceso inconsciente y autom&aacute;tico que genera juicios sobre lo justo y lo incorrecto. Este m&oacute;dulo ser&iacute;a el responsable de las elecciones morales. Es una transferencia al terreno de la &eacute;tica de los postulados de Noam Chomsky sobre la existencia de una gram&aacute;tica generativa alojada en los circuitos neuronales. De la misma manera, habr&iacute;a una gram&aacute;tica moral, una especie de instinto alojado en el cerebro que, a partir de principios inconscientes e inaccesibles, generar&iacute;a juicios sobre lo permisible, lo prohibido, lo inequitativo y lo correcto. Desde luego el instinto (o la facultad) moral generar&iacute;a en cada contexto cultural diferentes reglas y costumbres, de la misma manera en que se supone que el m&oacute;dulo cerebral del lenguaje genera diferentes lenguas en los individuos de acuerdo al lugar donde nacen y crecen. Pero el m&oacute;dulo impondr&iacute;a una misma estructura gramatical en todos los casos. Un libro de Marc Hauser, profesor de psicolog&iacute;a en la Universidad de Harvard, ha popularizado esta interpretaci&oacute;n.<sup>5</sup> El instinto moral, sostiene, se ha desarrollado a lo largo de la evoluci&oacute;n y se manifiesta en las intuiciones m&aacute;s que en los razonamientos que hacen los hombres. Estos instintos le dan color a nuestras percepciones y restringen los juicios morales. Sin embargo, Hauser no se&ntilde;ala con precisi&oacute;n cu&aacute;les son los principios morales universales que est&aacute;n alojados en el &oacute;rgano moral de nuestro cerebro, acaso debido a que cree que estos principios, &laquo;escondidos en la biblioteca de conocimientos inconscientes de la mente, son inaccesibles&raquo;. En la misma l&iacute;nea, otro psic&oacute;logo, Steven Pinker, ha afirmado: &laquo;El sentido moral es un dispositivo, como la visi&oacute;n en est&eacute;reo o las intuiciones sobre los n&uacute;meros. Es un ensamblaje de circuitos neuronales engarzados a partir de piezas m&aacute;s antiguas del cerebro de los primates y configurados por la selecci&oacute;n natural para realizar un trabajo&raquo;.<sup>6</sup> Desde luego, no hay ninguna prueba cient&iacute;fica de que estos m&oacute;dulos morales existan.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los lectores pueden intuir que hay algo sospechosamente viciado en estas afirmaciones. Y sin embargo, la idea de que la conciencia puede voluntariamente tomar decisiones que producen actos es rechazada por muchos psic&oacute;logos y neurocient&iacute;ficos. Si la conciencia es definida como un proceso que ocurre exclusivamente en el interior del cerebro, se llega casi irremediablemente a un enfoque mec&aacute;nico determinista. Toda idea contraria a este enfoque suele ser calificada de metaf&iacute;sica y cartesiana. Yo creo, a pesar de todo, que hay explicaciones claramente materialistas y no metaf&iacute;sicas que permiten comprender que la autoconciencia es un proceso que no ocurre totalmente dentro del cerebro y que se entiende mejor si la ubicamos en un contexto m&aacute;s amplio, que incluye el contorno social y cultural.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es una curiosa paradoja que el neurofisi&oacute;logo cuyos experimentos son los m&aacute;s citados para sustentar las tesis deterministas haya cre&iacute;do en la existencia del libre albedr&iacute;o. Benjam&iacute;n Libet (1916&#45;2007) fue un cient&iacute;fico que, en los Estados Unidos, se hab&iacute;a dado a conocer en los a&ntilde;os setenta del siglo XX por unos experimentos que mostraban que, aun cuando una sensaci&oacute;n t&aacute;ctil tarda medio segundo en ser reportada conscientemente por la persona, subjetivamente la percibe como si hubiese llegado exactamente en el mismo instante. M&aacute;s tarde Libet instal&oacute; en su laboratorio instrumentos de registro muy precisos con el objeto de medir el tiempo transcurrido entre el momento en que una persona decide actuar (por ejemplo, mover un dedo) y el instante en que realmente lo hace. Registr&oacute; con un electroencefal&oacute;grafo la actividad de la corteza cerebral y un osciloscopio cronometr&oacute; cada acontecimiento. Hay que se&ntilde;alar que unos diez a&ntilde;os antes dos investigadores alemanes de la Universidad de Friburgo, HH Kornhuber y L Deeke, hab&iacute;an descubierto lo que llamaron el <i>Bereitschaftspotential,</i> que es el potencial de preparaci&oacute;n que aparece en la electroencefalograf&iacute;a momentos antes de que ocurra un movimiento voluntario. El experimento de Libet demostr&oacute; que este potencial el&eacute;ctrico de preparaci&oacute;n ocurr&iacute;a <i>antes</i> de que los sujetos manifestaran su intenci&oacute;n de ejecutar una acci&oacute;n, pero que &eacute;sta suced&iacute;a <i>despu&eacute;s</i> de haberla decidido conscientemente. Mostr&oacute; tambi&eacute;n que una decisi&oacute;n voluntaria pod&iacute;a abortar el movimiento, aun cuando ya se hubiese desencadenado el potencial de preparaci&oacute;n. Libet lleg&oacute; a la conclusi&oacute;n de que la acci&oacute;n intencional se inicia inconscientemente. Pero tambi&eacute;n observ&oacute; que la conciencia puede controlar el resultado del proceso mediante una especie de poder de veto: pod&iacute;a inhibir los mecanismos que llevan a la acci&oacute;n, aun cuando ya se hubiesen iniciado inconscientemente.<sup>7</sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los experimentos de Libet levantaron una gran polvareda de comentarios. Sus propias conclusiones han sido criticadas duramente por los deterministas, pues afirm&oacute; que el libre albedr&iacute;o era una opci&oacute;n cient&iacute;fica tan buena o mejor que su negaci&oacute;n. Apoyaba su idea en una cita de Isaac Bashevis Singer: &laquo;El mayor don que ha recibido la humanidad es el libre albedr&iacute;o. Es verdad que nuestro uso del libre albedr&iacute;o es limitado. Pero el poco libre albedr&iacute;o que tenemos es un don tan enorme y su valor potencial tan grande que por ello mismo vale la pena vivir&raquo;.<sup>8</sup> Los deterministas exaltaron el resultado de los experimentos que mostraron que el acto voluntario se inicia inconscientemente, pero rechazaron la posibilidad de que la conciencia pudiese interrumpir el proceso.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay un ejemplo que parece indicar que el libre albedr&iacute;o es un hecho comprobable cient&iacute;ficamente. El trastorno obsesivo&#45;compulsivo, que ya he mencionado m&aacute;s arriba, implica una intromisi&oacute;n involuntaria en la conciencia. Una de las formas m&aacute;s exitosas de combatir esta enfermedad es la llamada terapia cognitiva&#45;conductual, cuyo uso ha logrado que la gente afectada por este trastorno mental aprenda conductas alternativas que suplan la compulsi&oacute;n de, digamos, lavarse las manos continuamente. Ello significa que el paciente aprende a reconocer el impulso intruso como efecto de la enfermedad, a entender que ello se debe a un desequilibrio qu&iacute;mico, a distraer su atenci&oacute;n con una conducta alternativa y a valorar el s&iacute;ntoma de una nueva manera. El psiquiatra Jeffrey Schwartz, a partir de esto, arguye que el tratamiento produce cambios sistem&aacute;ticos en el metabolismo cerebral de la glucosa como resultado de una serie de decisiones voluntarias realizadas por el individuo durante el tratamiento. Schwartz ha mostrado que la terapia cognitiva&#45;conductual genera nuevos circuitos cerebrales gracias al ejercicio de la voluntad y al poder de sus esfuerzos.<sup>9</sup> Esta argumentaci&oacute;n no ha convencido a los deterministas, quienes siguen viendo en este ejemplo la propuesta camuflada de una interpretaci&oacute;n dualista que acepta que algo &laquo;mental&raquo; (no f&iacute;sico) puede ejercer influencia en la maquinaria f&iacute;sica del cerebro. Para ellos la volici&oacute;n es una mera acci&oacute;n cerebral explicable mediante los mecanismos deterministas que postulan las ciencias f&iacute;sicas y que se expresan en las funciones neuronales. Pero los deterministas no han logrado, a partir de este postulado, agregar nada a la comprensi&oacute;n de la conciencia, el libre albedr&iacute;o o las decisiones &eacute;ticas. Es cierto que aceptar la existencia de una &laquo;mente no f&iacute;sica&raquo; es una violaci&oacute;n de las leyes f&iacute;sicas. Pero afirmar que la mente tiene un car&aacute;cter f&iacute;sico no ayuda en nada a explicar el funcionamiento de los procesos subyacentes a la toma de decisiones. Ser&iacute;a como pretender que la naturaleza f&iacute;sica de una instituci&oacute;n social o pol&iacute;tica contribuye a entender sus funciones.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La libertad no se puede entender si la conciencia es encerrada en el cerebro. Cuando muchos neurocient&iacute;ficos se empecinan en rechazar esta idea, condenan sus investigaciones y reflexiones a quedar cautivas de un c&iacute;rculo vicioso, en el cual el libre albedr&iacute;o no es m&aacute;s que una ilusi&oacute;n creada por el cerebro, un mero epifen&oacute;meno acaso necesario pero carente de poder causal. Esta idea nos deja sin una explicaci&oacute;n del libre albedr&iacute;o, que entonces puede ser s&oacute;lo visto como una expresi&oacute;n pol&iacute;tica dotada de una enorme aura filos&oacute;fica y literaria, pero que no ser&iacute;a m&aacute;s que un eslab&oacute;n en una cadena determinista alojada en el cerebro de los humanos. Si, en contraste, ampliamos nuestra perspectiva y entendemos a la conciencia como un conjunto de redes cerebrales y exocerebrales podemos descubrir facetas y procesos que una visi&oacute;n estrecha es incapaz de entender.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Quiero esbozar algunas facetas que pueden descubrirse si ampliamos nuestra perspectiva. En primer lugar, hay que reconocer que el libre albedr&iacute;o es un bien escaso. Con esto quiero decir que no todos los actos humanos son fruto de la libertad: solamente una peque&ntilde;a parte de la actividad humana escapa a los mecanismos deterministas. Lo importante aqu&iacute; es subrayar que <i>s&iacute;</i> son posibles los actos libres y que una fracci&oacute;n de lo que hacemos forma parte de un espacio social donde la voluntad consciente es un elemento causal importante. Esta voluntad consciente no se puede reducir a una escala neuronal (o molecular) ni al nivel de los peque&ntilde;os actos (como mover un dedo) que han estudiado algunos neurocien t&iacute;ficos. La podremos entender solamente como parte de un sistema, al nivel de las interacciones sociales y culturales, en las cuales intervienen por supuesto las redes neuronales de los individuos implicados. La voluntad consciente ser&iacute;a una propiedad o una condici&oacute;n del sistema de redes cerebrales y exocerebrales. Por &uacute;ltimo, para redondear este esbozo, quiero afirmar que el proceso de elegir libre y conscientemente no es instant&aacute;neo: puede durar horas y d&iacute;as. Si lo descomponemos en una serie de microdecisiones instant&aacute;neas perderemos la imagen de conjunto. En el caso de experimentos como los de Libet, podemos comprender que la decisi&oacute;n de moverse se inici&oacute; en realidad en el momento en que las personas estudiadas aceptaron participar voluntariamente en las pruebas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es necesario, por tanto, colocar el problema del libre albedr&iacute;o a un nivel m&aacute;s alto de complejidad, sin por ello olvidar que subyacen estructuras neuronales, qu&iacute;micas y f&iacute;sicas. Ciertamente, elevar el nivel de complejidad al introducir las estructuras sociales y culturales no resuelve el problema, pero lo coloca en un contexto en que es posible realizar investigaciones m&aacute;s fruct&iacute;feras. Sin embargo hay que reconocer que las cosas se complican, aparentemente, pues al aceptar que la conciencia es tambi&eacute;n un fen&oacute;meno exocerebral se introducen nuevas variables, la m&aacute;s importante de las cuales es la red de procesos simb&oacute;licos sin los cuales una voluntad consciente no puede existir. El problema se complica para quienes quieren abordar el tema de la conciencia solamente desde la neurolog&iacute;a, y suponen err&oacute;neamente que la introducci&oacute;n de variables exocerebrales es como abrir la puerta a la metaf&iacute;sica. La red de procesos simb&oacute;licos exocerebrales no es un fen&oacute;meno metaf&iacute;sico, sino una s&oacute;lida realidad fincada en la materialidad del mundo, pero que no puede ser reducida a explicaciones bioqu&iacute;micas y f&iacute;sicas. El estudio de la interacci&oacute;n entre las redes neuronales y las simb&oacute;licas nos enfrenta a una situaci&oacute;n m&aacute;s compleja, pero puede facilitar &#45;no complicar&#45; el entendimiento de los mecanismos mentales del libre albedr&iacute;o.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Creo que comprenderemos mejor el tema del libre albedr&iacute;o si lo vemos como una parte del problema de la conciencia, entendida como una instancia capaz de tomar decisiones y de elegir. En mi libro <i>Antropolog&iacute;a del cerebro<sup>10</sup></i> he desarrollado la idea de que la conciencia existe en las redes que vinculan los circuitos neuronales con lo que he llamado el exocerebro. Las decisiones que podemos llamar &laquo;libres&raquo; son procesos que ocurren precisamente en este exocerebro, es decir en el conjunto de redes que unen a ciertos circuitos neuronales con una parte de las estructuras culturales. A continuaci&oacute;n presento algunas de las ideas que desarrollo en este libro.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mi hip&oacute;tesis es la siguiente: el fen&oacute;meno de la conciencia humana, entendida como el percatarse de estar consciente (o autoconciencia), implica necesariamente la conexi&oacute;n de ciertos circuitos neuronales con territorios extrasom&aacute;ticos de pr&oacute;tesis culturales, que denomino espacios exocerebrales. De alguna manera estos circuitos neuronales, a los que defino como sociodependientes y como un sistema simb&oacute;lico de sustituci&oacute;n, se percatan de la &laquo;exterioridad&raquo; o &laquo;extra&ntilde;eza&raquo; de los canales simb&oacute;licos y ling&uuml;&iacute;sticos. Hay que subrayar que, vista desde esta perspectiva, la conciencia no radica solamente en el percatarse de que hay un mundo exterior (un habitat), sino en que una porci&oacute;n de ese contorno externo &laquo;funciona&raquo; como si fuese parte de los circuitos neuronales. Para decirlo de otra manera: la incapacidad y la disfuncionalidad del circuito som&aacute;tico cerebral son compensadas por funcionalidades y capacidades de &iacute;ndole cultural. El misterio se halla en que el circuito neuronal es sensible al hecho de que es incompleto y de que necesita de pr&oacute;tesis o de suplementos externos. Esta sensibilidad es parte de la conciencia. Esta idea es consistente con los descubrimientos antropol&oacute;gicos que muestran que la conciencia del Yo, del Ego, del individuo, no puede aparecer sin las redes que construyen la otredad. Los mitos y los s&iacute;mbolos del Yo y del Otro parecen estar estrechamente conectados con procesos neuronales internos.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La conexi&oacute;n entre los circuitos internos sociodepen&#45;dientes y el exocerebro requiere de entender c&oacute;mo un sistema basado en <i>se&ntilde;ales</i> y <i>signos</i> el&eacute;ctricos y qu&iacute;micos se comunica con otro sistema basado en s&iacute;mbolos. El <i>signo</i> o la <i>se&ntilde;al,</i> que es la base de la inteligencia animal, indica algo sobre lo que hay que actuar o bien es un medio para activar una acci&oacute;n. En cambio el <i>s&iacute;mbolo</i> es una herramienta del pensamiento. Una se&ntilde;al revela la presencia de una cosa, una situaci&oacute;n, un acontecimiento o una condici&oacute;n. La se&ntilde;al es percibida por el sujeto y significa un objeto presente, futuro o pasado. Las se&ntilde;ales <i>anuncian</i> sus objetos a un sujeto, mientras que los s&iacute;mbolos <i>lo conducen a concebirlos.</i> El libre albedr&iacute;o es un fen&oacute;meno que se produce en la interacci&oacute;n entre se&ntilde;ales internas y s&iacute;mbolos externos. De aqu&iacute; la obsesi&oacute;n por encontrar el mecanismo &laquo;traductor&raquo;, sea el &laquo;transformador fenom&eacute;nico&raquo; de Gerald Edelman, el &laquo;hom&uacute;nculo&raquo; que Ramachandran quiere rescatar del olvido o los &laquo;correlatos&raquo; entre c&oacute;digos e im&aacute;genes culturalmente definidas y determinados conjuntos neuronales. Otra forma de enfrentar el problema consiste en partir del postulado de que el cerebro es un sistema autorreferencial cerrado, modulado por los sentidos, como propone Rodolfo Llin&aacute;s. En este caso los linderos y los umbrales que separan las percepciones (de color, peso, tono, etc.) son fijados por procesos internos y no por c&oacute;digos, categor&iacute;as y s&iacute;mbolos externos. En estas propuestas hay un rechazo a aceptar que pueden existir estructuras exocere&#45;brales que formen parte de la conciencia. Para estos investigadores el secreto de la conciencia se halla exclusivamente dentro del cerebro.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Creo que la existencia de lo que llamo el exocerebro podr&iacute;a ser respaldada por diversos hechos, algunos de los cuales mencionar&eacute; brevemente:</font></p>     <blockquote>       <p align="justify"><font face="verdana" size="2">1) La condici&oacute;n de los autistas, que parecen tener atrofiadas precisamente las redes neuronales sociodepen&#45;dientes, o la de los individuos afectados por el llamado s&iacute;ndrome de la personalidad antisocial, y que los estudios han mostrado que se caracterizan por una reducci&oacute;n significativa de la materia gris prefrontal.</font></p>       <p align="justify"><font face="verdana" size="2">2) Las formas de plasticidad en circuitos neuronales que requieren de las experiencias provenientes del medio externo para completarse en forma normal (columnas en el c&oacute;rtex visual). Hay que agregar el tipo de plasticidad que depende del aprendizaje.</font></p>       <p align="justify"><font face="verdana" size="2">3) El hallazgo realizado por Rizzolatti y su equipo<sup>11</sup> de las llamadas neuronas espejo: las neuronas espejo son unas c&eacute;lulas visuales y motoras originalmente detectadas en la corteza ventral premotora de los monos (&aacute;rea F5) que tienen la particularidad de que se activan tanto cuando el animal realiza una acci&oacute;n (como agarrar un objeto) como cuando observa a otro individuo (incluyendo humanos) realizar una acci&oacute;n similar. El sistema de las neuronas espejo es posiblemente la base neuronal de las formas sociales de reconocimiento y de entendimiento de las acciones de otros individuos. Hay que destacar que el &aacute;rea F5 del mono es homologa del &aacute;rea de Broca en los humanos.</font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No pretendo que las vastas estructuras sociales y culturales sean un exocerebro gigantesco, una colosal pr&oacute;tesis compuesta por un sinf&iacute;n de circuitos simb&oacute;licos. Una definici&oacute;n tan laxa pierde car&aacute;cter explicativo y nos lanza al abismo de los lugares comunes o las obviedades. Sin embargo, hay que reconocer que la inmensa vastedad de la cultura no parece contener todos los secretos de su estructura y evoluci&oacute;n. A cada paso los estudios de antrop&oacute;logos, historiadores, ling&uuml;istas, soci&oacute;logos y psic&oacute;logos han revelado la necesidad de acudir a explicaciones metasociales para completar la interpretaci&oacute;n de los fen&oacute;menos culturales. No me refiero solamente a la b&uacute;squeda de caminos religiosos y metaf&iacute;sicos. M&aacute;s significativas son las tendencias a buscar respuestas en los espacios de las mentalidades sociales, los inconscientes colectivos, los arquetipos, la selecci&oacute;n natural, los genes o la estructura del cerebro. Me parece que estas inquietudes responden a un problema real y dif&iacute;cil de resolver. En las estructuras socioculturales parece haber una incompletitud similar a la que me parece ver en ciertos circuitos neuronales, y que es especialmente notoria en los mitos, el lenguaje simb&oacute;lico, la imaginer&iacute;a visual o las relaciones de parentesco. Pero la b&uacute;squeda de &laquo;causas&raquo; u &laquo;or&iacute;genes&raquo; extraculturales se ha topado con m&uacute;ltiples dificultades para generar un modelo de explicaci&oacute;n capaz de unificar las estructuras biol&oacute;gicas y las culturales. Pareciera que estamos ante mundos tan irreductibles como pueden serlo los misterios teol&oacute;gicos y las realidades seculares. Acaso sea m&aacute;s creativo dejar de buscar una causalidad metacultural o extrasocial para enfrentarnos al problema de descifrar una trama de interacciones que tiene su propia din&aacute;mica: la red que une el cerebro con el exocerebro.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los circuitos exocerebrales constituyen un sistema simb&oacute;lico de sustituci&oacute;n. Esto quiere decir que sustituyen ciertas funciones cerebrales mediante operaciones de car&aacute;cter simb&oacute;lico, con lo cual se ampl&iacute;an las potencialidades de los circuitos neuronales. Un ejemplo sencillo es el uso de memorias artificiales, una de cuyas formas m&aacute;s primitivas puede ser la simple acumulaci&oacute;n y clasificaci&oacute;n de objetos que simbolizan determinadas situaciones, personas, loca&#45;lizaciones, relaciones, pactos, acciones, intenciones o rituales, que pueden ser recordadas en momentos y contextos no directamente relacionados con lo que se quiere memo&#45;rizar. Una colecci&oacute;n codificada de objetos naturales y artificiales requiere, desde luego, de la capacidad de darle nombre a cada uno. El habla basada en voces que simbolizan acciones, objetos y personas va ligada a la capacidad de producir im&aacute;genes visuales de tipo simb&oacute;lico, que quedan plasmadas en pinturas, estatuillas, grabados, esculturas y figuras de diverso tipo. Para completar este paisaje m&iacute;nimo de recursos exocerebrales, podemos agregar la capacidad de intercambiar signos y s&iacute;mbolos visuales y verbales, lo que impulsa las formas mitol&oacute;gicas de imaginaci&oacute;n y permite identificar unidades y sistemas de parentesco. Me atrever&iacute;a a sumar el uso de la m&uacute;sica (canto y percusiones) para tejer v&iacute;nculos, embrionariamente rituales, entre las situaciones simbolizadas y estados emocionales. As&iacute;, los primeros hombres anat&oacute;micamente modernos de hace unos 250 mil a&ntilde;os contaban con un reducido paquete exocerebral formado por unos pocos componentes: habla, sistemas de parentesco, imaginer&iacute;a visual, m&uacute;sica, danza, mitolog&iacute;a, ritual y memoria artificial. Por supuesto, este paquete exocerebral se apoyaba en las habilidades para producir y usar instrumentos l&iacute;ticos primitivos (y sin duda herramientas fabricadas con materiales perecederos como la madera, que no han sobrevivido).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">He hablado de la <i>incompletitud</i> de los circuitos neuronales que requieren de redes externas para completarse. Quiero poner ahora un ejemplo. El descubrimiento de la extraordinaria plasticidad de los mapas motores y sensoriales ocasionada por heridas y amputaciones llam&oacute; la atenci&oacute;n de VS Ramachandran, un neur&oacute;logo interesado en comprender el curioso fen&oacute;meno de los miembros fantasma que perciben las personas que han sufrido una amputaci&oacute;n de sus extremidades, cuyo cuerpo est&aacute; incompleto.<sup>12</sup> Pronto reconoci&oacute; en sus pacientes lo que se hab&iacute;a observado en los experimentos con macacos, ratas y otros mam&iacute;feros: a pesar de haber perdido alguna extremidad percib&iacute;an su presencia e incluso llegaban a sentir dolor en el miembro inexistente. La mano fantasma no era el efecto estrafalario de divagaciones ps&iacute;quicas sin base fisiol&oacute;gica: esa persona sent&iacute;a efectivamente su mano ausente si se le tocaba la mejilla o el antebrazo. De hecho se pod&iacute;a estimular con gran precisi&oacute;n cada dedo de la mano amputada siguiendo el dibujo invisible que fue descubriendo el investigador en la cara y el antebrazo. Pronto descubri&oacute; otros casos en que la persona ten&iacute;a sensaciones en el miembro fantasma al estimular otras regiones: una mujer sent&iacute;a su pie ausente cuando hac&iacute;a el amor, otro declar&oacute; que incluso ten&iacute;a orgasmos en su pie amputado y una mujer que hab&iacute;a sufrido una radical mastectom&iacute;a ten&iacute;a sensaciones er&oacute;ticas en sus pezones fantasma cuando le estimulaban los l&oacute;bulos de las orejas. Ramachandran ofrece dos posibles explicaciones. Podr&iacute;a tratarse del crecimiento de nuevos brotes o reto&ntilde;os en las fibras nerviosas, pero en esta hip&oacute;tesis no queda claro c&oacute;mo puede producirse este proceso en una forma organizada. Otra posibilidad es que haya una enorme redundancia de conexiones, una sobreabundancia de enlaces no utilizados o sin funci&oacute;n espec&iacute;fica que como un ej&eacute;rcito de reserva entrar&iacute;a en acci&oacute;n en caso de necesidad. Seg&uacute;n esta &uacute;ltima hip&oacute;tesis existir&iacute;an conexiones, aunque inhibidas, entre la mejilla o los genitales y la zona del c&oacute;rtex que se vincula con la mano o con el pie. La inhibici&oacute;n cesar&iacute;a en el momento en que se interrumpe el flujo normal de se&ntilde;ales. Pero esto no explica que se activen conexiones reservadas o inhibidas sin ninguna necesidad: &iquest;para qu&eacute; necesitamos tener un orgasmo en el pie fantasma? &iquest;De qu&eacute; sirve tener cosquillas en una mano amputada o sufrir intensos dolores en una pierna inexistente? En todo caso, sea que broten nuevas conexiones o que se desinhiban las ya existentes, subyace una tendencia &#45;determinada gen&eacute;ticamente, supongo&#45; que impide que ciertos conjuntos neuronales vivan en una condici&oacute;n de apagada <i>incompletitud.</i> Los circuitos tienden a completarse, as&iacute; sea en forma aberrante.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Podemos decir que el cuerpo completa muy diversos circuitos cerebrales. O a la inversa: procesos corporales se completan en el cerebro. Todo ello forma circuitos unitarios que se pueden rastrear y representar en mapas.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ramachandran demostr&oacute; la importancia de los circuitos visuales en la gestaci&oacute;n y modificaci&oacute;n de las sensaciones fantasmales. Mediante un sistema de espejos lleg&oacute; incluso a eliminar partes de un brazo fantasma, cambiar su r&iacute;gida posici&oacute;n a una m&aacute;s c&oacute;moda y eliminar el dolor. Es un ejemplo de la manera en que la conciencia puede ejercer una influencia similar a la que mencion&eacute; en el caso del trastorno obsesivo compulsivo. Interesado en el tema de la definici&oacute;n de la identidad corporal y de la conciencia, Ramachandran realiz&oacute; varios experimentos en individuos normales para lograr que la nariz de otra persona, una mano de pl&aacute;stico, una silla o una mesa fueran considerados como parte de su cuerpo, de manera similar a la sensaci&oacute;n de quien conduce un autom&oacute;vil, que percibe la m&aacute;quina como una extensi&oacute;n de su identidad som&aacute;tica. Para Ramachandran lo que ocurre es que nuestro cuerpo mismo es un fantasma que el cerebro ha construido meramente para su conveniencia: la imagen estable que tenemos de nuestro cuerpo, en el que est&aacute; anclado nuestro Ego, es una construcci&oacute;n interna transitoria que puede ser modificada incluso mediante algunos trucos simples. Yo interpreto esta afirmaci&oacute;n como un reconocimiento de la presencia de redes exocerebrales que tienen al menos dos componentes: en primer lugar los &oacute;rganos y partes del cuerpo a las que llegan los nervios; en segundo lugar las extensiones materiales que proporciona el ambiente cultural. Yo considero que, propiamente, el exocerebro abarca s&oacute;lo al segundo componente, junto con las redes simb&oacute;licas y ling&uuml;&iacute;sticas. Pero la experimentaci&oacute;n con el primer componente &#45;de car&aacute;cter som&aacute;tico&#45; nos da claves para entender las mediaciones entre el cerebro y su contorno cultural, especialmente cuando la contraparte som&aacute;tica tiene un car&aacute;cter fantasmal e inmaterial.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Estas extensiones fantasmales del cuerpo, &iquest;son el producto de modificaciones sin causa gen&eacute;tica del mapa cerebral o bien son un efecto de la persistencia espectral de una imagen corporal innata y determinada gen&eacute;ticamente? A esta pregunta Ramachandran contesta que seguramente hay una interacci&oacute;n entre ambos factores. Creo que hay que destacar el hecho de que se produce una sustituci&oacute;n sensorial an&oacute;mala, cuyas peculiaridades ciertamente pueden deberse a modificaciones relativamente contingentes del mapa, pero tambi&eacute;n a una poderosa tendencia a completar la ausencia y el vac&iacute;o con los restos de una imagen corporal primigenia.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Podemos comprender que la relaci&oacute;n entre el cerebro y el medio externo se parece a la que opera entre el Sistema Nervioso Central y los miembros perif&eacute;ricos del cuerpo. Hay mapas neuronales relativamente estables que codifican las peculiaridades de nuestro ambiente. Aqu&iacute; nos topamos con un problema planteado por algunos neur&oacute;logos. En la concepci&oacute;n de Jean&#45;Pierre Changeux el problema radica en que vivimos en un universo &laquo;no etiquetado&raquo;, que no nos env&iacute;a mensajes codificados. Nosotros proyectamos las categor&iacute;as que creamos, con ayuda del cerebro, a un mundo sin destino ni significaci&oacute;n. El universo carece de categor&iacute;as, salvo, aclara Changeux, aquellas creadas por el hombre. El neur&oacute;logo est&aacute; aqu&iacute; contestando una afirmaci&oacute;n del fil&oacute;sofo Paul Ricoeur, a quien le parece un resabio de dualismo cartesiano seguir pensando la actividad mental en t&eacute;rminos de representaci&oacute;n. A Changeux le parece que las representaciones se estabilizan en nuestro cerebro, desde luego no como huellas en la cera, sino indirectamente y despu&eacute;s de un proceso de selecci&oacute;n que Edelman llama darwiniano.<sup>13</sup> Sin duda el nicho ecol&oacute;gico de un mam&iacute;fero superior no es un mundo plat&oacute;nico repleto de ideas previas, proposiciones verdaderas y armon&iacute;as que algunos seres privilegiados &#45;nosotros&#45; podemos descodificar. Pero tampoco es un espacio ca&oacute;tico carente de reglas. Y especialmente el ambiente cultural, como reconoce Changeux, sin duda es un mundo repleto de categor&iacute;as, etiquetas y s&iacute;mbolos. &iquest;C&oacute;mo logra el cerebro codificar, procesar y cartografiar el habitat cultural?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Regresemos por un momento a los v&iacute;nculos entre el Sistema Nervioso Central y la mano (amputada o no). Me surge una pregunta: &iquest;necesita el cerebro una representaci&oacute;n de la mano? &iquest;El &aacute;rea del c&oacute;rtex donde se descubre una especie de dibujo de la mano de un macaco es una representaci&oacute;n? No lo creo. No veo para qu&eacute; necesitar&iacute;a el cerebro una especie de fotograf&iacute;a de la mano si dispone de algo mucho mejor: la mano misma. Otra cosa es el complej&iacute;simo sistema de retroalimentaci&oacute;n sensomotora que enlaza a la mano con el cerebro, y que seguramente usa ciertos c&oacute;digos. Pero no podemos todav&iacute;a leer los &laquo;jerogl&iacute;ficos sin&aacute;pticos&raquo;, como los llama Changeux, para entender las operaciones precisas que realiza el cerebro cuando se mueve la mano o cuando se siente dolor en la pierna fantasma que fue amputada a&ntilde;os atr&aacute;s. Pero la neurociencia se est&aacute; acercando a la explicaci&oacute;n, sobre todo en la medida en que ha ido abandonando la idea de que la conciencia de tener y mover una mano, o de mirar una puesta de sol, implica la existencia de un peque&ntilde;o Ego que vive en el cerebro y que contempla las representaciones de los dedos y del dorso de la mano, o la pel&iacute;cula en colores del hermoso final de una tarde.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El lugar com&uacute;n al que suelen llegar los interesados en la neurolog&iacute;a cognitiva es casi inevitable: &iquest;c&oacute;mo explicamos nuestra experiencia individual cuando percibimos el color rojo? Se suele suponer que la experiencia del rojo es subjetiva y esencialmente privada, un tipo de sensaciones que los fil&oacute;sofos anglosajones llaman &laquo;qualia&raquo;, y que ejemplifica el problema m&aacute;s duro de resolver: &iquest;c&oacute;mo unificar la experiencia subjetiva en primera persona de contemplar el rojo, con la descripci&oacute;n en tercera persona de un cient&iacute;fico que define la sensaci&oacute;n como la activaci&oacute;n de ciertas redes neuronales cuando llega a la retina un haz luminoso que tiene determinada longitud de onda? Es decir: &iquest;qu&eacute; unifica la mente y el cerebro? Sin duda en el universo no existe la categor&iacute;a &laquo;rojo&raquo;. Tampoco existe la categor&iacute;a &laquo;brazo&raquo;. Pero estas categor&iacute;as s&iacute; existen en la cultura y en nuestro lenguaje. Tambi&eacute;n aparecen en nuestro mapa cerebral, aunque no es seguro que sean all&iacute; representaciones del rojo o del brazo. &iquest;Para qu&eacute; necesitamos representaciones si tenemos acceso tanto al miembro como al color, gracias a la mediaci&oacute;n de los nervios y de la retina? El hecho de que las sensaciones no procedan de objetos que tienen pegada una tarjeta identificadora (&laquo;esto es rojo&raquo;, &laquo;esto es un brazo&raquo;) no quiere decir que esos objetos no existan.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para Ramachandran el problema radica en que estamos ante dos lenguajes mutuamente ininteligibles, el de los impulsos nerviosos y el de las lenguas que hablamos. As&iacute;, yo s&oacute;lo puedo explicar mi sensaci&oacute;n de rojo mediante el habla, pero la &laquo;experiencia&raquo; misma &#45;dice&#45; se pierde en la traducci&oacute;n. &iquest;Realmente se pierde? No lo creo. Si se perdiera no existir&iacute;an la literatura y el arte. El verdadero problema a resolver &#45;un aut&eacute;ntico misterio&#45; no es la imposibilidad de traducir las sensaciones subjetivas expresadas mediante el habla a los c&oacute;digos neuronales que cruzan nuestro cerebro. Lo que no podemos explicar es el extra&ntilde;o hecho de que <i>s&iacute;</i> hay comunicaci&oacute;n y que por lo tanto la traducci&oacute;n funciona adecuadamente.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Veamos el problema de la traducci&oacute;n desde otro &aacute;ngulo. En 1928 el pintor surrealista Rene Magritte hizo un experimento mental que deber&iacute;a interesar a los neur&oacute;logos. En su cuadro <i>La traici&oacute;n de las im&aacute;genes</i> vemos una pipa y debajo la siguiente inscripci&oacute;n: <i>&laquo;Ceci n'est pas une pipe&raquo;.</i> Magritte presenta la imagen de un objeto conocido y en la etiqueta declara que &laquo;no es una pipa&raquo;. Hay una contradicci&oacute;n: nuestra retina nos permite reconocer una pipa pero nuestros conocimientos ling&uuml;&iacute;sticos (si sabemos franc&eacute;s) nos revelan lo contrario. Aparentemente estamos ante un problema insoluble de traducci&oacute;n: al mirar el cuadro sentimos con fuerza la presencia de una bella pipa, pero un seco mensaje en otro lenguaje nos advierte que estamos equivocados. Y sin embargo, s&iacute; hay una traducci&oacute;n posible. Aunque aparece una incongruencia entre dos regiones diferentes del cerebro (el c&oacute;rtex visual en el l&oacute;bulo occipital y las &aacute;reas del habla en el hemisferio izquierdo), cualquier conocedor de la cultura occidental moderna intuye la paradoja ir&oacute;nica: evidentemente no vemos una pipa, sino una <i>representaci&oacute;n</i> de ella, y a partir de este juego podemos realizar muchas y muy sofisticadas especulaciones conceptuales sobre si el mensaje ling&uuml;&iacute;stico se refiere a la cosa misma o a su imagen. El juego aqu&iacute; puede servir para recordar que las im&aacute;genes llegan codificadas y etiquetadas por la cultura y que incluso las contradicciones pueden contener mensajes que es necesario descifrar. El cuadro de Magritte nos plantea una duda: &iquest;para qu&eacute; queremos algo que no es una pipa (es su representaci&oacute;n) si podemos tener una de verdad para cargarla de tabaco y fumarla con deleite? &iquest;Para qu&eacute; necesitamos el arte si tenemos la vida cotidiana? Porque las representaciones y el arte nos permiten traducir lo que parece intraducibie.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay que destacar el hecho de que una parte importante, y acaso fundamental, del aparato traductor no se encuentra oculto en el interior del cr&aacute;neo, sino que funciona ante nuestras mismas narices bajo la forma de un amplio abanico cultural integrado por lenguajes, arte, mitos, memorias artificiales, razonamientos matem&aacute;ticos, &oacute;rdenes simb&oacute;licos, relatos literarios, m&uacute;sica, danza, mecanismos clasificatorios o sistemas de parentesco. Es necesario explorar desde la perspectiva neurobiol&oacute;gica todos estos aspectos para definir all&iacute; los mecanismos exocerebrales precisos que puedan ser la clave no s&oacute;lo de las mediaciones traductoras entre el lenguaje cerebral y el mental, sino adem&aacute;s ayudar a explicar el fen&oacute;meno de la autoconciencia. El habla es sin duda uno de los aspectos m&aacute;s importantes de lo que denomino el exocerebro, pero es necesario tomar siempre en cuenta el contexto de s&iacute;mbolos pl&aacute;sticos, rituales, creencias, signos mnemot&eacute;cnicos y sistemas matem&aacute;ticos. Quiero poner un ejemplo sencillo de exocerebro basado en experimentos encaminados a explorar el lenguaje de los simios y su relaci&oacute;n con las pr&oacute;tesis.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un cierto n&uacute;mero de simios, sean capturados en su medio natural o nacidos en cautividad, va a poblar los laboratorios de los cient&iacute;ficos interesados en los procesos mentales, las redes neuronales, la biocibern&eacute;tica, el origen del lenguaje o el estudio de diversas patolog&iacute;as. No es dif&iacute;cil comprender que esta poblaci&oacute;n de simios, en mayor o menor medida, se encuentra sometida a un sufrimiento m&aacute;s o menos agudo, aunque s&oacute;lo sea por el hecho de vivir fuera de su nicho ecol&oacute;gico natural. El mundo en el que viven est&aacute; repleto de etiquetas referidas a categor&iacute;as extra&ntilde;as y se ven obligados a contemplar un universo altamente ordenado y articulado. Algunos de los simios m&aacute;s afortunados fueron a dar al laboratorio de Sue Savage&#45;Rumbaugh, en la Universidad de Georgia. All&iacute; los chimpanc&eacute;s no s&oacute;lo fueron bien tratados, con afecto y comprensi&oacute;n, sino que tuvieron acceso a una peculiar pr&oacute;tesis que les permiti&oacute; comunicarse con los seres humanos, y que sustituy&oacute; la carencia de un aparato vocal adecuado para hablar como nosotros, entre otras cosas debido a que el suyo no permite pronunciar consonantes. La situaci&oacute;n de estos simios puede equipararse a la de unos humanos primigenios trasladados a un medio extra&ntilde;o y dif&iacute;cil, con la importante diferencia de que el <i>Homo sapiens</i> no encontr&oacute; all&iacute; las pr&oacute;tesis adecuadas sino que tuvo que crearlas. Los chimpanc&eacute;s, en cambio, fueron entrenados para usar tableros electr&oacute;nicos con teclas marcadas con unos cien s&iacute;mbolos. Al ser apretada, cada tecla se enciende y al mismo tiempo se proyecta el s&iacute;mbolo correspondiente en una pantalla. Es como si nuestros ancestros primitivos se hubiesen encontrado en el bosque un exocerebro colocado all&iacute; por alg&uacute;n extraterrestre que, ben&eacute;volo, les hubiese ense&ntilde;ado a usarlo antes de regresar a su planeta. Los simios en el laboratorio, forzados por el ambiente humano y gracias a una pr&oacute;tesis electr&oacute;nica, usan recursos cerebrales que acaso no son puestos a funcionar en su medio natural. En otros laboratorios han sido entrenados para usar el lenguaje de signos de los sordomudos. De manera sorprendente, tienen habilidades para comprender y pedir objetos y alimentos mediante el uso de s&iacute;mbolos, y son capaces de combinarlos y de entender que representan acciones o cosas. Pero la gran sorpresa lleg&oacute; con un joven chimpanc&eacute; bonobo llamado Kanzi, que alcanz&oacute; a comprender unas 150 palabras despu&eacute;s de los primeros 17 meses de ense&ntilde;anza, acab&oacute; construyendo en el tablero electr&oacute;nico frases con una estructura sint&aacute;ctica primitiva, pudo adquirir espont&aacute;neamente habilidades ling&uuml;&iacute;sticas por medio de la convivencia social con humanos, de la misma manera que lo hacen los ni&ntilde;os, y fue capaz de entender oraciones complejas. Sue Savage&#45;Rumbaugh ha escrito un libro memorable donde relata su conmovedora y fascinante b&uacute;squeda de habilidades ling&uuml;&iacute;sticas en los chimpanc&eacute;s. Su argumentaci&oacute;n es persuasiva al afirmar que los chimpanc&eacute;s tienen la maquinaria neuronal b&aacute;sica para desarrollar un lenguaje primitivo y que el habla humana no es simplemente el efecto de una estructura innata sino el resultado de un sustrato cognitivo pl&aacute;stico que interact&uacute;a con un medio social. Est&aacute; convencida de que la mente humana s&oacute;lo difiere en grado, pero no cualitativamente, de la de los simios.<sup>14</sup> Sin embargo yo encuentro una diferencia cualitativa: los chimpanc&eacute;s libres en su estado natural no desarrollan el tipo tan complejo de lenguaje que son capaces de crear en cautividad, rodeados de un ambiente humano y con acceso a un sistema simb&oacute;lico que sustituye sus incapacidades. Me parece que ello ocurre no s&oacute;lo debido a la ausencia de una cultura adecuada, sino tambi&eacute;n debido a que no sufren los efectos de una dependencia de ciertos circuitos cerebrales con respecto a las pr&oacute;tesis ling&uuml;&iacute;sticas que les permiten comunicarse. Los chimpanc&eacute;s en cautiverio dependen de los tableros electr&oacute;nicos en la medida en que el medio humano los obliga a ello. Pero no parece haber una dependencia neuronal. Son capaces de usar un exocerebro ling&uuml;&iacute;stico si se les proporciona, y se adaptan a su uso. Pero no tienen circuitos nerviosos caracterizados por su incompletitud y su dependencia de circuitos exocerebrales.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como nota final, como colof&oacute;n, quiero se&ntilde;alar que estoy persuadido de que la soluci&oacute;n al problema del libre albedr&iacute;o se encuentra en lo que he llamado el exocerebro. Una parte del comportamiento humano logra escapar de las redes deterministas de causaci&oacute;n. Las decisiones se realizan en el contexto sociocultural y bajo ciertas condiciones se generan decisiones individuales que no obedecen a reglas deterministas. Se podr&iacute;a arg&uuml;ir que habr&iacute;a aqu&iacute; un determinismo social que, a su vez, podr&iacute;a ser reducido a los mecanismos causales ubicados en centenares, miles o millones de cerebros. Sin embargo, las diversas expresiones de determinismo social en sus versiones extremas (del darwinismo social al economicismo marxista o a la sociobiolog&iacute;a) han fracasado. Con mayor raz&oacute;n est&aacute; destinado al fracaso el determinismo que reduce lo social a lo biol&oacute;gico (y, si seguimos la cadena, lo biol&oacute;gico a lo f&iacute;sico).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las redes socioculturales que unen al colectivo de cerebros tienen sus propias leyes, reglas, normas y estructuras. Es aqu&iacute; donde podemos ubicar el problema del libre albedr&iacute;o, y desde aqu&iacute; comenzar a entender sus dimensiones neurofisiol&oacute;gicas y biogen&eacute;ticas. Este espacio, que he denominado exocerebro, puede ser un punto de partida com&uacute;n para que las neurociencias y las ciencias de la cultura comiencen a investigar el problema de la conciencia y del libre albedr&iacute;o.</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>REFERENCIAS</b></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">1. Rapoport J. The boy who couldn't stop wasing. The experience and treatment of obsersive&#45;compulsive disorder. Londres: Fontana; 1990.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127235&pid=S0185-3325201100010000100001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">2. Tagore R. Three conversations: Tagore Talks with Einstein, with Rolland, and Wells. Asia 1931;XXXI(3):138&#45;143.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127237&pid=S0185-3325201100010000100002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">3. Einstein A. Citado por Prigogine, Ilya. The rediscovery of value and the opening of economics. En: Dopfer K (ed.). The evolutionary foundations of economics. Cambridge: Cambridge University Press; 2005.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127239&pid=S0185-3325201100010000100003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">4. Wegner DM. The illusion of conscious will; Cambridge, Mass.: MIT Press; 2002.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127241&pid=S0185-3325201100010000100004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">5. Hauser MD. Moral minds. How nature designed our universal sense of right and wrong. Nueva York: HarperCollins; 2006.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127243&pid=S0185-3325201100010000100005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">6. Pinker S. The blank slate. Nueva York: Penguin; capitulo 15; 200.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127245&pid=S0185-3325201100010000100006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">7. Libet B. Do we have free will? The volitional brain. Towards a neuros&#45;cience of free will. En: Libet B, Freeman A, Sutherland K (eds.). Exeter: Imprint Academic; 1999.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127247&pid=S0185-3325201100010000100007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">8. <i>Ibid,</i> p. 57. La cita de Singer procede de una entrevista que le hizo H. Flender en 1968, publicada en <i>Writers at work</i> (G. Plimton, ed.), Penguin Books, Nueva York, 1981.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127249&pid=S0185-3325201100010000100008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">9. Schwartz JM. A role for volition and attention in the generation of new brain circuitry: towards a neurobiology of mental force. The volitional brain. Towards a neuroscience of free will. En: Libet B, Freeman A, Sutherland K (eds.). Exeter: Imprint Academic; 1999.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127251&pid=S0185-3325201100010000100009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">10. Bartra R. Antropolog&iacute;a del cerebro. Valencia: Pre&#45;Textos; 2006.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127253&pid=S0185-3325201100010000100010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">11. Rizzolatti G, Fadiga L, Fogassi L, G&aacute;llese V. Premotor cortex and the recognition of the motor actions. Cognitive Brain Research 1996;3:131&#45;41.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127255&pid=S0185-3325201100010000100011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">12. Ramachandran V, Vilanayur S, Blakeslee S. Phantoms in the brain. Human nature and the architecture of the mind. Londres: Fourth Estate; cap&iacute;tulo 2; 1998.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127257&pid=S0185-3325201100010000100012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">13. Changeux J&#45;P, Ricoeur P. Ce qui nous fait penser. La nature et la regie. Pan's: Odile Jacob; 1998.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127259&pid=S0185-3325201100010000100013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">14. Savage&#45;Rumbaugh S, Roger L,. Kanzi. The ape at the brink of the human mind. Nueva York: Wiley; 1994.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9127261&pid=S0185-3325201100010000100014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="nota"></a><b>NOTA</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">* Conferencia Magistral dictada en la XXV Reuni&oacute;n Anual de Investigaci&oacute;n del Instituto Nacional de Psiquiatr&iacute;a Ram&oacute;n de la Fuente, 6 de octubre de 201 0.</font></p>      ]]></body><back>
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