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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[La conciencia y el cerebro: a propósito de La Flama Misteriosa]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Ensayo</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>La conciencia y el cerebro: a prop&oacute;sito de <i>La Flama Misteriosa</i></b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Consciousness and brain: concerning <i>The Mysterious Flame</i></b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Jos&eacute; Luis D&iacute;az<sup>1</sup></b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><sup>1</sup> Departamento de Historia y Filosof&iacute;a de la Medicina. Facultad de Medicina, UNAM.</i></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="right"><font face="verdana" size="2">&iexcl;Oh llama de amor viva    <br> que tiernamente hieres    <br> de mi alma en el m&aacute;s profundo centro!    <br> Pues ya no eres esquiva    <br> acaba ya si quieres,    <br> &iexcl;rompe la tela de este dulce encuentro!</font></p>     <p align="right"><font face="verdana" size="2">San Juan de la Cruz, hacia 1584</font></p>     <p align="right"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>COLIN M<i>c</i>GINN: &iquest;ASOMBRADO O ATAREADO?</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A partir de un art&iacute;culo muy le&iacute;do de 1989 y particularmente en <i>La Flama Misteriosa </i>(1999), el conocido fil&oacute;sofo de la mente Colin McGinn formado en Oxford y actualmente profesor en la Universidad de Rutgers, sostiene que tiene una respuesta convincente al milenario problema mente&#150;cuerpo: la idea de que el misterio no tiene una soluci&oacute;n accesible, al menos para nosotros los seres humanos. No se trata entonces de una explicaci&oacute;n, sino de la idea que el asunto no tiene soluci&oacute;n en t&eacute;rminos de nuestra inteligencia. Algo similar hab&iacute;a argumentado Thomas Nagel (1974) en su art&iacute;culo cl&aacute;sico sobre qu&eacute; se siente ser murci&eacute;lago. Mediante una perspicaz argumentaci&oacute;n l&oacute;gica en ambos casos se llega a una conclusi&oacute;n similar que va m&aacute;s all&aacute; de un esc&eacute;ptico &lt;&lt;ignoramos&gt;&gt; para sostener un desanimado y sombr&iacute;o &lt;&lt;ignoraremos&gt;&gt;. Ahora bien, a diferencia de sus antecesores, estos fil&oacute;sofos distan de ser dualistas cartesianos. Est&aacute;n, por el contrario, convencidos de que la conciencia es un fen&oacute;meno natural indisolublemente ligado al cerebro, pero afirman que constituye una propiedad incognoscible de este &oacute;rgano y para este &oacute;rgano.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">A McGinn le parece profundamente asombroso que la conciencia surja de un tejido org&aacute;nico particular, es decir del cerebro, que no le parece muy diferente de otros tejidos celulares. El fil&oacute;sofo elimina someramente una explicaci&oacute;n basada en la complejidad del cerebro diciendo que no se trata del n&uacute;mero de neuronas o conexiones, sino de una propiedad ignota pero necesaria que denomina como C.<sup>*</sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En referencia a este punto inicial se debe decir que la complejidad cerebral no se relaciona simplemente con el n&uacute;mero de elementos celulares y sus conexiones, sino con la estratificaci&oacute;n progresiva de niveles de operaci&oacute;n en los que surgen propiedades tanto el&eacute;ctricas como cognitivas novedosas o emergentes. Es as&iacute; que el cerebro presenta dos o tres niveles de complejidad sobre otros &oacute;rganos lo cual debe ser una clave para entender sus peculiares funciones (D&iacute;az, 2006). Pero McGinn argumenta tambi&eacute;n que la conciencia es una adquisici&oacute;n reciente en la historia del universo y del planeta, una realidad muy diferente de la materia que hab&iacute;a evolucionado hasta el momento, como si fuera una inyecci&oacute;n de algo nuevo en la antigua factura del cosmos. A pesar de ello no duda que la conciencia es un fen&oacute;meno biol&oacute;gico b&aacute;sico que se encuentra en relaci&oacute;n a ciertas c&eacute;lulas nerviosas y sus potenciales el&eacute;ctricos, pero expresa un profundo e irremediable estupor ante este hecho.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aunque en su exposici&oacute;n no abunda sobre la peculiar estructura material del cerebro, en la cual debe estar la clave de la funci&oacute;n C<sup>*</sup> asociada a la conciencia, no tengo mayor dificultad en compartir el asombro, pues cuando considero o medito sobre el problema que me llev&oacute; y me mantiene en la investigaci&oacute;n tambi&eacute;n soy presa f&aacute;cil de extra&ntilde;eza y turbaci&oacute;n. Una vez expresado el azoro, McGinn procede a examinar las tesis tradicionales de soluci&oacute;n al problema mente&#150;cuerpo con notable penetraci&oacute;n y soltura. Dadas las propiedades tan diferentes de los eventos mentales y los neurofisiol&oacute;gicos, el tipo de materialismo que identifica actividad neuronal con experiencia consciente le es dif&iacute;cil de tragar, incluso de comprender. Debo decir que en cierta medida comparto con &eacute;l esa sensaci&oacute;n y la misma conclusi&oacute;n. El dualismo tampoco le resuelve nada, pues implica la absurda posibilidad de zombies cuyo cerebro permanecer&iacute;a intacto cuando carecen de conciencia, o bien la idea a&uacute;n m&aacute;s insensata de que la conciencia es un espectador descarnado capaz de desligarse del cuerpo como un fantasma. Todo esto es tambi&eacute;n dif&iacute;cil de absorber y a&uacute;n m&aacute;s de aceptar. M&aacute;s tarde el autor examina los postulados de un dualismo no te&iacute;sta, la idea de dos universos paralelos, uno material y el otro mental o consciente, para confrontarlos con la objeci&oacute;n de la causalidad. Es imposible, en efecto, considerar que estos dos universos pudieran afectarse mutuamente pues se violar&iacute;a el principio de conservaci&oacute;n de la energ&iacute;a. Finalmente analiza al panpsiquismo y le parece insostenible porque para explicar a los objetos que no manifiestan propiedades mentales no es necesario imput&aacute;rselas. En cambio los seres sensibles y conscientes requieren ser explicados por su conciencia y cualquier definici&oacute;n de persona implica necesariamente a la conciencia y sus efectos sobre el mundo a trav&eacute;s del comportamiento. Habi&eacute;ndose desmarcado de estas soluciones tradicionales, McGinn agrega que existen m&uacute;ltiples l&iacute;mites del conocimiento en vastos oc&eacute;anos de ignorancia y espec&iacute;ficamente que los m&eacute;todos usados para adquirir conocimiento por parte de las ciencias habituales no son adecuados ni suficientes para resolver la naturaleza de la conciencia que constituye el meollo del problema mente&#150;cuerpo. Nada le garantiza que la inteligencia humana sea capaz de resolver todos los problemas que se le plantean; al contrario, todo le indica que muchos de ellos se presentan y se mantienen como recalcitrantes e insolubles a lo largo de la historia, en especial los problemas filos&oacute;ficos centrales. Particularmente afirma que los conceptos sobre la conciencia se forman a partir de la introspecci&oacute;n y los conceptos sobre el cerebro a partir de la ciencia habitual. Pero sostiene entonces que la introspecci&oacute;n no dice nada de la estructura cerebral y la neurociencia nada de la conciencia. A esta dicotom&iacute;a segregada la llama cerraz&oacute;n cognitiva (<i>cognitive closure</i>) y la esgrime, entre otras cosas, para no invocar a una inteligencia superior en la creaci&oacute;n de los seres conscientes. As&iacute;, una vez m&aacute;s confirma que la conciencia ser&iacute;a un fen&oacute;meno natural pero herm&eacute;tico a la exploraci&oacute;n con las herramientas usuales de la inteligencia y de las ciencias humanas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">McGinn plantea otro argumento para sostener su tesis misteriosa: el hecho de que el universo material, incluidos nuestros cerebros que albergan o producen la conciencia, ocurre en un espacio dimensional, en tanto que los contenidos de conciencia no aparecen constre&ntilde;idos al espacio ni aparentan tener dimensiones. En consecuencia, se necesitar&iacute;a una teor&iacute;a que asintiera con el dualismo en el hecho de que la conciencia no es espacial y con el materialismo en el hecho de que el cerebro s&iacute; lo es. El entendimiento de la conciencia requerir&iacute;a entonces una nueva teor&iacute;a del espacio en la cual el cerebro servir&iacute;a como un intermediario.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y si bien la teor&iacute;a le parecer&iacute;a necesaria, considera que no hay forma de elaborarla y por lo tanto quedaremos en la ignorancia. Como se puede colegir por lo dicho hasta ahora, el tono general de McGinn es pesimista: estamos cognitivamente impedidos para formular tal teor&iacute;a.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>EL MISTERIO: &iquest;CONTEMPLADO O ESCUDRI&Ntilde;ADO?</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me interesa examinar la posici&oacute;n &lt;&lt;misteriosa&gt;&gt; de McGinn por varias razones. La primera es que se trata de un fil&oacute;sofo de la mente cuya exposici&oacute;n me es clara a diferencia de varias posturas esgrimidas por este gremio de profesionales, pues no he tenido una preparaci&oacute;n profesional como fil&oacute;sofo. Si bien el problema mente&#150;cuerpo es el meollo de mi inter&eacute;s acad&eacute;mico, lo he abordado fundamentalmente desde las ciencias del cerebro y de la conducta y sus implicaciones epistemol&oacute;gicas. Al interesarme y acercarme crecientemente en la filosof&iacute;a me he encontrado entre trincheras y en tierra de nadie o de pocos, de tal manera que para los fil&oacute;sofos soy un neurocient&iacute;fico con inquietudes filos&oacute;ficas, en tanto que para mis colegas oficiantes de la ciencia cerebral y conductual, me he convertido en un fil&oacute;sofo con formaci&oacute;n neurobiol&oacute;gica. La indefinici&oacute;n tiene m&aacute;s desventajas que ventajas, pero intento sacar el mejor provecho de ella, quiz&aacute;s con la peregrina idea de que tengo una perspectiva de las dos trincheras que, como sabemos bien, se llevan poco y se frecuentan menos. Prueba de ello es que no solemos ver neurofisi&oacute;logos en los congresos de filosof&iacute;a o fil&oacute;sofos de la mente en congresos de neurociencia, lo cual es lamentable. Frecuentemente me asalta la idea de que es imposible desarrollar una teor&iacute;a h&iacute;brida, es decir emp&iacute;ricamente sustentada a la vez que filos&oacute;ficamente s&oacute;lida, pues por necesidad de l&eacute;xico y de marco de referencia se desliza el discurso hacia uno u otro lado de esta colina situada entre unas trincheras que ni siquiera se enfrentan, sino que en buena medida se ignoran. Es una forma de escepticismo epist&eacute;mico que no incluye, como veremos, un negativismo ontol&oacute;gico sobre la naturaleza de la conciencia, pues estoy convencido de que si Colin McGinn se adentrara en las teor&iacute;as y los hechos sobresalientes de las neurociencias cognitivas cambiar&iacute;a en alguna medida su talante derrotista.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me abocar&eacute; entonces a comentar a este connotado fil&oacute;sofo de la mente desde la perspectiva de un neurocient&iacute;fico y psicobi&oacute;logo aficionado a la filosof&iacute;a en el marco que podr&iacute;amos denominar una ciencia cognitiva de corte <i>situacionista</i>. Como se sabe, esta perspectiva enfatiza el contexto corporal, ambiental y ecol&oacute;gico en el que opera la cognici&oacute;n silvestre, es decir la actividad mental mediada por el comportamiento en la vida diaria (Clark, 1997; Gonz&aacute;lez, 2006). Para la neurociencia cognitiva, interesada en problemas de la fisiolog&iacute;a del comportamiento que necesariamente involucran est&iacute;mulos ambientales, respuestas mensurables y mediaci&oacute;n funcional del cuerpo vivo y en acci&oacute;n, este enfoque resulta una postura no s&oacute;lo adecuada y natural sino tambi&eacute;n provechosa.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para empezar el an&aacute;lisis de la tesis misteriosa de McGinn debo apuntar que al tratar sobre el correlato nervioso de la conciencia es relevante distinguir entre el procesamiento de informaci&oacute;n que se relaciona con el contenido de la experiencia y de la representaci&oacute;n conscientes, y su cualidad o <i>qualia</i>, la propiedad subjetiva de esos contenidos, la manera como se sienten. Una distinci&oacute;n parecida fue hecha de manera general por el joven e influyente fil&oacute;sofo australiano David Chalmers (1996) cuando separ&oacute; los problemas f&aacute;ciles y los dif&iacute;ciles en referencia a la conciencia. Los f&aacute;ciles tienen que ver con el procesamiento de informaci&oacute;n y atestiguamos que los adelantos cient&iacute;ficos sobre ellos son espectaculares. Por ejemplo, con el refinamiento de las t&eacute;cnicas de im&aacute;genes de la actividad regional del cerebro durante la ejecuci&oacute;n de m&uacute;ltiples tareas cognitivas cuidadosamente dise&ntilde;adas y evaluadas, se ha obtenido informaci&oacute;n extensa y fascinante sobre la localidad cerebral involucrada en funciones mentales tan espec&iacute;ficas y diversas como la manipulaci&oacute;n de un objeto por la imaginaci&oacute;n, la compasi&oacute;n, la emoci&oacute;n musical o el &eacute;xtasis m&iacute;stico, entre muchas. El adelanto en la comprensi&oacute;n de estas actividades mentales en referencia a sus fundamentos cerebrales no puede ponerse en duda, aunque se debe decir que no implica el que estas funciones est&eacute;n definitivamente ubicadas ni que exista una modularidad o topograf&iacute;a funcional absoluta. La manera m&aacute;s parsimoniosa de interpretar los resultados que surgen diariamente de esta neurociencia cognitiva de la imagen cerebral es que las regiones que se activan forman parte de redes o circuitos involucrados en la tarea o la actividad mental en operaci&oacute;n. De hecho, en casi todos los estudios se muestra que una actividad mental particular involucra o engarza a varias zonas cerebrales y necesita de su enlace orquestado en una din&aacute;mica que puede tener las caracter&iacute;sticas vivaces de un enjambre o una parvada (D&iacute;az, 2006). Una dificultad muy relevante al tema de este tipo de investigaciones es que no es posible distinguir los procesamientos conscientes de los que no lo son, lo cual dificulta establecer una correlaci&oacute;n m&aacute;s precisa y general de las bases o fundamentos cerebrales de la conciencia.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En efecto, ocurre que los seres humanos podemos procesar informaci&oacute;n mental de manera inconsciente, como ocurre con las percepciones, decisiones, motivaciones y mapas de navegaci&oacute;n que empleamos al conducir un auto en tanto estamos conscientemente m&aacute;s involucrados en una conversaci&oacute;n con alguien al lado. Se conoce bien que la actividad cerebral de alguien que inicia el aprendizaje de un juego electr&oacute;nico es mucho m&aacute;s intensa y requiere del concurso de muchas m&aacute;s zonas que las que emplea cuando ya domina el juego (Baars, 1995). Al igual que la conducci&oacute;n de un autom&oacute;vil, el sujeto necesita de percepci&oacute;n, decisi&oacute;n, empleo de reglas, conocimiento de objetivos y desarrollo de destreza; sin embargo, al inicio de su entrenamiento emplea mayor atenci&oacute;n consciente que cuando ya domina la tarea. Al igual que lo que acontece en el conductor de un auto, cuando ya es un experto puede proceder autom&aacute;ticamente en tanto su atenci&oacute;n se desengancha de la tarea habitual y se engancha en otra actividad mental m&aacute;s demandante o llamativa. Al obtener im&aacute;genes cerebrales no sorprende encontrar que se activan las zonas de percepci&oacute;n visual situadas en el l&oacute;bulo occipital, las zonas de la decisi&oacute;n voluntaria situadas en la regi&oacute;n promotora del l&oacute;bulo frontal, las zonas de control del movimiento de las manos situadas en la corteza motora, las zonas involucradas en los movimientos finos, como el n&uacute;cleo caudado y el cerebelo. Tampoco sorprende, aunque es de mayor dificultad de interpretaci&oacute;n, que la intensidad de la activaci&oacute;n disminuya conforme se adquiere la destreza, porque suponemos que con el aprendizaje se requiere menos y menos actividad nerviosa. Lo que no se logra saber en experimentos de este tipo es el fundamento cerebral de la conciencia que se emplea en la ejecuci&oacute;n, pues la conciencia no es una variable que se pueda medir directamente, lo cual es un hecho problem&aacute;tico que destacan tanto Chalmers como McGinn.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En este sentido el neurocient&iacute;fico se confronta con una dificultad que si bien es severa, no necesita concebir como un misterio, pues este tipo de experimentos logran acotar con mayor precisi&oacute;n las variables. Y si bien no es posible por el momento obtener informaci&oacute;n directa de la conciencia que est&aacute; participando en una tarea, s&iacute; es permisible, por ejemplo, inferir que la atenci&oacute;n dirigida y consciente es mucho mayor al inicio de la tarea que al final cuando el sujeto es ya un experto. De esta forma se puede llegar a la razonable inferencia de que la conciencia no reside en un sitio espec&iacute;fico del cerebro sino que es el aspecto subjetivo y fenomenol&oacute;gico de una funci&oacute;n nerviosa din&aacute;mica flotante entre los m&oacute;dulos que la coordinan y enlazan. No cabe duda de que este tipo de acotaciones e inferencias ser&aacute;n cada vez m&aacute;s justificadas y eficientes y que el entendimiento de las funciones mentales superiores, incluida la conciencia, en t&eacute;rminos de su correlato neurobiol&oacute;gico, continuar&aacute; ampli&aacute;ndose indefinidamente.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A pesar de estos adelantos en lo que se refiere a la informaci&oacute;n procesada conscientemente, el problema mente&#150;cuerpo persiste si consideramos ya no la faceta de informaci&oacute;n propia de los procesos conscientes, sino la faceta cualitativa, el qu&eacute; siente el sujeto experimental cuando ejecuta la tarea y la manera como podemos averiguarlo para establecer correlaciones con la actividad cerebral no s&oacute;lo de la tarea, sino de la experiencia. La dicotom&iacute;a entre la subjetividad consciente y el proceso objetivo neurobiol&oacute;gico reaparece.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>EL PROCESO C*: &iquest;H&Iacute;BRIDO O INCONCEBIBLE?</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al considerar los argumentos que esgrime McGinn, no me queda del todo clara la raz&oacute;n para sostener un misterio tan herm&eacute;tico, en especial porque considera que la conciencia es un fen&oacute;meno natural asociado a otro fen&oacute;meno natural: el proceso C<sup>*</sup> del cerebro. Entiendo que da por sentado que el proceso C<sup>*</sup> no llegar&aacute; a ser conocido por la ciencia aunque podr&iacute;a mencionar varios candidatos hipot&eacute;ticos bastante aceptables en la neurociencia contempor&aacute;nea (Metzinger, 2000). Lo que propone como inaccesible, dadas las propiedades de ambos procesos, el consciente y el cerebral, es el modo y la raz&oacute;n de su acoplamiento que es el meollo del problema mente&#150;cuerpo en su versi&oacute;n actual. De nuevo puedo comprender y aun compartir este escepticismo y ese asombro, pues suelo confrontarme con el pertinaz obst&aacute;culo al entendimiento y, sin embargo, no veo que la brecha sea tan amplia e inaccesible pues en los &uacute;ltimos lustros se ha mostrado, por ejemplo, que el proceso consciente y el proceso intermodular del cerebro son isom&oacute;rficos, lo cual provee de una plataforma procedente para sostener y analizar su correlaci&oacute;n (D&iacute;az, 1998, 2007). Desde luego que el isomorfismo no es m&aacute;s que un paso, pues habr&iacute;a que especificar las unidades que lo componen para poder establecer puentes emp&iacute;ricos entre lo mental y lo neurofisiol&oacute;gico. Pero esta no parece ser una tarea imposible, sino dif&iacute;cil y fascinante. Tampoco comparto el escepticismo radical sobre las soluciones metaf&iacute;sicas al problema a pesar de que ninguna est&aacute; libre de fallas y problemas, pues una s&oacute;lida teor&iacute;a sobre el correlato cerebral de la conciencia debe ser emp&iacute;ricamente probable y filos&oacute;ficamente posible. El reto de tal teor&iacute;a es entonces el acoplar la mejor tesis filos&oacute;fica con la m&aacute;s heur&iacute;stica hip&oacute;tesis biol&oacute;gica. Y si por el momento no podemos visualizar ni colegir el mecanismo de acoplamiento entre las dos facetas, queda mucho por hacer para lograr correlacionarlas adecuadamente, lo cual ser&iacute;a un indudable logro en la dilucidaci&oacute;n de la conciencia.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como muchos otros enigmas de la ciencia natural, &eacute;ste en particular ha sido un poderoso aliciente metodol&oacute;gico. Hay ejemplos de investigaciones cl&aacute;sicas que han logrado obtener datos razonablemente fidedignos mediante informes estandarizados en primera persona de estados y procesos mentales al tiempo que se obtienen variables neurobiol&oacute;gicas y hay ejemplos pertinentes que he esgrimido antes (D&iacute;az, 2007). El campo es a&uacute;n terreno f&eacute;rtil pues se puede considerar naciente. Por ejemplo, pueden plantearse auto&#150;experimentos en los cuales el investigador examine im&aacute;genes funcionales de su propio cerebro en acci&oacute;n al tiempo que experimenta actividades mentales. Podr&iacute;a pensarse que con suficiente entrenamiento este <i>autocerebroscopista </i>pudiera establecer ligas o correlaciones recurrentes entre los datos de su introspecci&oacute;n y los datos que observa en su cerebro, pues estar&iacute;a empalmando m&eacute;todos en primera y tercera persona. Esto no es material de ficci&oacute;n y de hecho algo as&iacute; ocurre en experimentos de <i>neurofeedback </i>en los cuales los sujetos aprenden a controlar su actividad electroencefalog&aacute;fica mediante el cultivo de ciertos estados mentales que se correlacionan a una u otra banda del EEG, siempre y cuando tengan alg&uacute;n acceso a la actividad el&eacute;ctrica (Evans y Abarbanel, 1999). M&aacute;s a&uacute;n, hay planteamientos formales de empalmar una metodolog&iacute;a rigurosa en primera persona como la producci&oacute;n de informes introspectivos estructurados a la par que se obtienen im&aacute;genes o registros de actividad cerebral, como propuso la neurofenomenolog&iacute;a del notable investigador chileno de la cognici&oacute;n Francisco Varela (1996), antes de su prematura muerte. No caben muchas dudas de que &eacute;stas y otras posibles avenidas de acceso al proceso psicof&iacute;sico van a progresar en el futuro pr&oacute;ximo, y si bien no parece que McGinn ofrezca ninguna objeci&oacute;n a este o cualquier otro programa de la neurociencia cognitva, da la impresi&oacute;n que al no tomarlos en cuenta, la brecha mente&#150;cuerpo permanece insalvable en su consideraci&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora bien, aunque el adelanto en la investigaci&oacute;n psicobiol&oacute;gica es notorio e indudable, el problema duro de las cualidades de conciencia persiste, en especial si lo formulo de maneras que me enredan otra vez al alevoso misterio de McGinn. La primera tiene que ver directamente con la neurociencia y la he planteado con anterioridad (D&iacute;az, 2007). Si bien aprendemos cada vez m&aacute;s de los roles funcionales en los que participan los diferentes m&oacute;dulos, centros o regiones del enc&eacute;falo, resulta que el tejido nervioso que los constituye es bastante homog&eacute;neo tanto en su forma como, particularmente, en su funci&oacute;n. Existen diferencias en la manera como est&aacute;n armadas las redes de c&eacute;lulas nerviosas de algunas &aacute;reas del cerebro, como sucede con la arquitectura tisular del cerebelo o del hipocampo. Sin embargo, las diferencias entre las regiones de la corteza cerebral que se distinguen desde principios del siglo pasado como zonas de Brodmann son relativamente menores, pues toda la corteza del cerebro, que sin duda est&aacute; ligada a las operaciones mentales conscientes, est&aacute; estratificada en las mismas capas y ordenada en similares columnas en toda su extensi&oacute;n. Ciertamente no se pueden atribuir a las diferencias morfol&oacute;gicas las enormes diferencias entre contenidos y cualidades mentales. Se debe suponer entonces que la diferencia es funcional y tiene que ver con una codificaci&oacute;n gen&eacute;tica y una especificaci&oacute;n aprendida. Aunque esto es razonable, resulta sorprendente e incompatible que la funci&oacute;n y la representaci&oacute;n neuronal de las funciones mentales sea pr&aacute;cticamente id&eacute;ntica en todas las zonas del cerebro. En efecto: las neuronas usan las mismas se&ntilde;ales en forma de potenciales de acci&oacute;n y potenciales sin&aacute;pticos que descargan cuando las c&eacute;lulas est&aacute;n en las operaciones que necesariamente subyacen a toda actividad mental. &iquest;C&oacute;mo es que si se activan ciertas neuronas de la am&iacute;gdala el individuo sienta miedo, si se activan otras cercanas del hipocampo recuerde una escena de su pasado, si se activan otras aleda&ntilde;as de la corteza temporal reconozca un rostro u otras m&aacute;s en la vecindad escuche y reconozca la melod&iacute;a de un oboe? Esto es por el momento ciertamente inquietante si no francamente misterioso. Una posibilidad es que, como muestran los resultados de im&aacute;genes cerebrales, no haya localidades exclusivas para determinadas tareas cognitivas, pues parece ser que es una funci&oacute;n de enlace entre varias zonas lo que fundamenta una capacidad o proceso mental particular. Estamos lejos de comprender c&oacute;mo la din&aacute;mica intermodular se relaciona con la conciencia, pero parece ser un fundamento razonable.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pensemos ahora en el misterio cualitativo de otra forma. Hace unos a&ntilde;os me bas&eacute; en algunos experimentos de pensamiento bien conocidos del fil&oacute;sofo de la mente Frank Jackson para elaborar un cuento de neurociencia&#150;ficci&oacute;n en el que la protagonista, llamada Mar&iacute;a, padece agenesia cong&eacute;nita del dolor (D&iacute;az, 2000). Intrigada hasta lo indecible por conocer el dolor y dejar de sentirse un fen&oacute;meno, Mar&iacute;a se convierte en la mayor experta mundial en la neurofisiolog&iacute;a del dolor y recibe el premio N&oacute;bel por sus descubrimientos. Sin embargo, al recibir el premio declara no saber nada del dolor. Esta aparente paradoja es factible y comprensible pues la informaci&oacute;n cient&iacute;fica objetiva y en tercera persona proporciona una visi&oacute;n que en el caso del cerebro no revela directamente la experiencia, como hemos visto al hacer una distinci&oacute;n entre informaci&oacute;n y <i>qualia </i>y luego al relatar los experimentos de im&aacute;genes cerebrales neurocognitivas. Pero llev&eacute; la ficci&oacute;n un poco m&aacute;s all&aacute; de esta razonable epistemolog&iacute;a. Desesperada por conocer la experiencia del dolor, Mar&iacute;a realiza un experimento sobre ella misma en el cual se estimula mediante ondas magn&eacute;ticas las zonas cerebrales involucradas en el dolor, pero no llega a sentirlo, lo cual vive como el fracaso de su carrera. No digo el final para no estropearlo por completo a quienes deseen leerlo y quiz&aacute;s comentarlo en un foro abierto que estableci&oacute; sobre el tema la revista <i>Ludus Vitalis</i>. De esta manera, otra de las facetas dif&iacute;ciles o misteriosas de la neurociencia de la conciencia es la que surge al cotejar dos perspectivas, una en tercera persona que es la usual en el m&eacute;todo cient&iacute;fico y otra en primera persona que es la vivencia subjetiva. Una neurociencia de la conciencia pretender&iacute;a juntar exitosamente las dos perspectivas para resolver el problema mente&#150;cuerpo y el argumento que hace McGinn es que esto es imposible. Sin embargo, este an&aacute;lisis un poco m&aacute;s detallado revela que la labor no parece inalcanzable si pretendemos sencillamente llevar a cabo correlaciones entre ambas facetas para en un momento ulterior buscarles la raz&oacute;n del acoplamiento. La aproximaci&oacute;n a un enigma mediante estratagemas sucesivas no es para nada ajena a la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica. La posici&oacute;n de nuestro fil&oacute;sofo requiere, empero, otro comentario en referencia a la introspecci&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>LA INTROSPECCI&Oacute;N: &iquest;ESCASA O DEFECTUOSA?</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">McGinn plantea que nuestros conceptos sobre la conciencia se derivan solamente de la introspecci&oacute;n. Esto sin duda fue as&iacute; hasta los albores de la psicolog&iacute;a experimental en los laboratorios de Wilhelm Wundt, en el siglo XIX. Sin embargo la introspecci&oacute;n ha tenido una larga y tormentosa historia en la que finalmente se ha impuesto una especie de &lt;&lt;neomentalismo&gt;&gt;, a decir del notable investigador de la memoria Alan Paivio (1975), y que tiene ya tres d&eacute;cadas de formulado. A diferencia de la introspecci&oacute;n anecd&oacute;tica de los inicios, la moderna investigaci&oacute;n utiliza instrumentos bastante objetivos para que los individuos expresen sus estados internos, lo cual permite una rigurosa comparaci&oacute;n inter&#150;subjetiva, totalmente compatible con el resto de la ciencia. Este tipo de dispositivos en formas de informes estandarizados, aunque imperfectos y mejorables como todas las t&eacute;cnicas cient&iacute;ficas, hace de la introspecci&oacute;n met&oacute;dica una herramienta valiosa para proporcionar datos de funciones mentales, incluyendo la conciencia, capaces de ser relacionados con datos neurofisol&oacute;gicos obtenidos en paralelo y en tiempo real. Buena parte del edificio de la neurociencia cognitiva moderna se sustenta en esta aproximaci&oacute;n metodol&oacute;gica cuyo &eacute;xito es indudable. Sin embargo, se debe repetir (D&iacute;az, 2007) que los informes introspectivos son recursos incompletos para revelar los contenidos de conciencia y, en referencia a la cualidad de la experiencia, seguramente a&uacute;n menos reveladores que una met&aacute;fora po&eacute;tica, la cual llega mucho m&aacute;s lejos para comunicar los <i>qualia </i>de la experiencia consciente. De esta manera yo tambi&eacute;n podr&iacute;a argumentar que los recursos introspectivos modernos no rompen el misterio pues no revelan fielmente a la conciencia. McGinn va mucho m&aacute;s all&aacute; al sostener que la introspecci&oacute;n es de hecho incapaz de revelar la esencia de la conciencia pues &eacute;sta tiene una estructura fundamental escondida en relaci&oacute;n al espacio adem&aacute;s de que no revela nada de la estructura o funci&oacute;n cerebral. Es precisamente esa reputada esencia la que escapa y seguir&aacute; escapando a nuestro escrutinio.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El problema del punto de vista en tercera y primera persona ha sido ampliamente debatido, sobre todo en la filosof&iacute;a de la ciencia cognitiva. Es indudable que la investigaci&oacute;n sobre los fundamentos nerviosos de la conciencia conforma una empresa cient&iacute;fica muy peculiar porque enfrenta el problema de superponer o identificar los dos puntos de vista que aparecen como fenomenol&oacute;gicamente distintos. Ahora bien, las interdisciplinas situadas entre la psicolog&iacute;a y la biolog&iacute;a (psicofisiolog&iacute;a, psicofarmacolog&iacute;a, neuropsicolog&iacute;a, neurociencia cognitiva, psiquiatr&iacute;a biol&oacute;gica, etc.) han desarrollado una indagaci&oacute;n cada vez m&aacute;s meticulosa y abundante basada en m&eacute;todos paralelos que recaban datos mediante tareas puntuales al tiempo que obtienen informaci&oacute;n cerebral cada vez m&aacute;s precisa. No existe problema metodol&oacute;gico insalvable que impida el cotejo crecientemente preciso de los dos conjuntos de datos. El registro de la actividad mental se va logrando por el perfeccionamiento creciente de los m&eacute;todos que dieron origen a la psicof&iacute;sica hacia 1870 y que constituyen un meollo de la investigaci&oacute;n en ciencia cognitiva. En efecto, los tiempos de reacci&oacute;n y otras se&ntilde;ales que un sujeto animal o humano puede emitir en referencia a estados mentales precisos se correlacionan cotidiana y cercanamente con se&ntilde;ales nerviosas. Sin embargo, estas correlaciones, aunque constituyen datos psicof&iacute;sicos rigurosos, no resuelven el problema metaf&iacute;sico de la relaci&oacute;n mente&#150;cuerpo pues son compatibles con la identidad, la emergencia, el paralelismo o la superveniencia. De esta forma, el misterio de McGinn se puede entender tambi&eacute;n como esa imposibilidad que no se puede prever que sea resuelta por la ciencia en el futuro pr&oacute;ximo. Sin embargo, es importante deslindar este indudable obst&aacute;culo de un escepticismo o un pesimismo psicobiol&oacute;gico que puede derivarse de &eacute;l y caer f&aacute;cilmente en un oscurantismo, pues no disminuye ni desmerece los m&eacute;ritos de esta investigaci&oacute;n h&iacute;brida e interdisciplinaria y del caudal de informaci&oacute;n que arroja sobre las bases cerebrales de la mente consciente.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">McGinn reitera que su argumento es relevante s&oacute;lo al &aacute;mbito de la argumentaci&oacute;n filos&oacute;fica y no toca para nada a la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica, la cual seguir&aacute; descubriendo hechos sobre la mente y sobre el cerebro, aunque no logre penetrar en su conexi&oacute;n m&aacute;s &iacute;ntima. En este punto cr&iacute;tico la investigaci&oacute;n emp&iacute;rica puede y debe sentirse aludida pues la neurociencia cognitiva tiene como objetivo precisamente dilucidar en lo posible la relaci&oacute;n entre procesos mentales, cerebrales y conductuales. Quienes creemos que un adelanto crucial en la materia puede darse, precisamente, por la interacci&oacute;n fruct&iacute;fera entre la filosof&iacute;a de la mente y la neurociencia cognitiva, necesitamos examinar la relevancia de la tesis misteriosa pues a primera vista parece cerrar y para siempre el camino de la interacci&oacute;n. En este sentido el plantear una imposibilidad de resoluci&oacute;n del problema mente&#150;cuerpo puede tener efectos negativos para la interacci&oacute;n entre las disciplinas involucradas, aunque no los tenga para la investigaci&oacute;n emp&iacute;rica de la psicobiolog&iacute;a y sus ramales.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tambi&eacute;n difiero de McGinn cuando dice que no se puede afirmar que un estado de conciencia, como es el tener la experiencia de ver un color amarillo, est&eacute; formado por elementos, como el resto de las cosas del mundo, en este caso, por elementos de naturaleza nerviosa, pues la experiencia subjetiva no puede fracturarse o descomponerse en partes, como las frases, las mol&eacute;culas o las galaxias. Lo que McGinn parece negar son las propiedades emergentes en forma general, pues por definici&oacute;n son adquisiciones holistas que difieren cualitativamente de los elementos que las constituyen, como sucede con las propiedades fisicoqu&iacute;micas del agua como resultantes de la estereoqu&iacute;mica de la mol&eacute;cula H<sub>2</sub>O y sus propiedades combinatorias. Por esta raz&oacute;n no veo dificultad en mantener que los constituyentes elementales de los estados de conciencia son ciertas funciones nerviosas no conscientes que dan lugar a otras funciones de orden superior capaces de generar un sentir subjetivo. Habr&iacute;a dificultad si mantuvi&eacute;ramos que las propiedades conscientes resultantes est&aacute;n separadas o descarnadas de la funci&oacute;n cerebral, pero &eacute;sta se allana si planteamos que el proceso consciente es el aspecto subjetivo de un proceso emergente del cerebro, precisamente el que McGinn denomina como proceso C<sup>*</sup> y que corresponde a lo que hoy d&iacute;a denominamos el correlato nervioso de la conciencia. Ha sido muy &uacute;til el que David Chalmers (1996) haya empezado a trazar los requisitos para considerar adecuado a tal correlato, lo cual depura el listado de los mecanismos postulados. En concordancia con la tesis emergente, creo que McGinn tiene raz&oacute;n cuando afirma que el estado consciente no se puede reducir a sus componentes neuronales, pero no creo que la tenga al negar la posibilidad de que pueda ser significativamente correlacionado con un evento neurofisiol&oacute;gico del m&aacute;ximo nivel de integraci&oacute;n, como podr&iacute;a ser la din&aacute;mica inter&#150;modular del cerebro y que he propuesto como correlato de la conciencia por sus posibles caracter&iacute;sticas de parvada o enjambre que cumplen cabalmente con los requisitos de Chalmers (D&iacute;az, 2006). Este proceso ser&iacute;a mi candidato a C.<sup>*</sup></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora bien, aun si logr&aacute;ramos demostrar emp&iacute;ricamente que la conciencia est&aacute; indisolublemente ligada a una funci&oacute;n nerviosa superior como esa, lo cual ser&iacute;a un logro formidable, el azoro de McGinn puede persistir pues es dif&iacute;cil comprender c&oacute;mo es que dos fen&oacute;menos de naturaleza tan distinta est&aacute;n acoplados por leyes psicof&iacute;sicas que a&uacute;n entonces no lograremos vislumbrar. Lo que no se podr&aacute; negar es que una demostraci&oacute;n de que estos eventos est&aacute;n ligados por necesidad ser&iacute;a un avance sustancial en el entendimiento del problema mente&#150;cuerpo. El reto seguir&aacute; siendo no s&oacute;lo el descubrir el correlato neural de la conciencia sino el entender cabalmente el c&oacute;mo la conciencia surge, est&aacute; ligada o se presenta en ese proceso y el misterio de McGinn nos ayudar&aacute; entonces a precisar y no desde&ntilde;ar el requerimiento.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>M&Aacute;S MISTERIOS: &iquest;EF&Iacute;MEROS O ETERNOS?</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Me pregunto ahora si el referido misterio no responde a una determinada &eacute;poca y ofrezco un par de ejemplos de que as&iacute; puede ser. Hace a&ntilde;os se consideraba imposible abordar a fondo el problema de la conciencia por el hecho de que la noci&oacute;n del &lt;&lt;Yo&gt;&gt; era un hecho central de la fenomenolog&iacute;a que hac&iacute;a imposible su abordaje objetivo, pues el Yo es la esencia de la subjetividad y al tiempo el agente para emprender un estudio objetivo. Esta paradoja se consider&oacute; insalvable y McGinn la sigue considerando impenetrable. Sin embargo, ha ido ganando terreno en los &uacute;ltimos lustros una alternativa conceptual y estoy convencido que est&aacute; logrando superar el obst&aacute;culo. Se trata de la identificaci&oacute;n del misterioso e insustancial &lt;&lt;Yo&gt;&gt; con un sistema cognitivo de auto&#150;referencia. El Yo ser&iacute;a la representaci&oacute;n que tiene una criatura de s&iacute; misma y estar&iacute;a constituido por una serie de subsistemas filogen&eacute;ticos y ontog&eacute;nicos que empiezan en la propriocepci&oacute;n fisiol&oacute;gica, pasan por la imagen corporal, la capacidad de navegaci&oacute;n y la distinci&oacute;n cuerpo&#150;mundo hasta desembocar en el uso l&eacute;xico de los pronombres en primera persona, la memoria autobiogr&aacute;fica, la conciencia de la muerte y la conciencia moral. Tanto el modelo jer&aacute;rquico como cada una de las capacidades de auto&#150;referencia son susceptibles de an&aacute;lisis, de investigaci&oacute;n y de teorizaci&oacute;n. El &lt;&lt;Yo&gt;&gt; no ha quedado atr&aacute;s ni ha sido borrado del l&eacute;xico como sucedi&oacute; con el flogisto, sino que ha sido definido y acotado por la investigaci&oacute;n de fil&oacute;sofos de la mente como Jos&eacute; Luis Berm&uacute;dez (1998), quien, echando mano de evidencia emp&iacute;rica desde la fisiolog&iacute;a hasta la etolog&iacute;a y la ciencia cognitiva, ha logrado formular una teor&iacute;a y una metodolog&iacute;a de acceso a &eacute;ste, el concepto m&aacute;s abstracto de la psicolog&iacute;a. La confluencia de la filosof&iacute;a y las ciencias de la mente, el cerebro y la conducta, ha sido clave en este logro y me extra&ntilde;&oacute; ver que McGinn en su tratamiento del misterio del &lt;&lt;Self&gt;&gt; no haga referencia alguna a este progreso en el entendimiento.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Propongo ahora un segundo ejemplo de acotaci&oacute;n temporal: El hecho de que no podamos comprender a plenitud c&oacute;mo es que el cerebro produce o alberga a la conciencia no parece ser un problema muy distinto al hecho de que no podemos comprender a plenitud qu&eacute; es la vida. En ambos casos el problema may&uacute;sculo se ha multiplicado en una mir&iacute;ada de facetas particulares sobre las cuales hay suficiente informaci&oacute;n para entender la funci&oacute;n con bastante integridad. En el caso de la vida podemos desentra&ntilde;ar las funciones del metabolismo, la reproducci&oacute;n, la excitabilidad o el comportamiento en t&eacute;rminos de sus mecanismos fisiol&oacute;gicos. En el caso de la mente podemos hacer casi otro tanto con la percepci&oacute;n, la memoria, el lenguaje, el miedo o el dolor. En uno y otro caso se nos escapa un elemento crucial y la misma perplejidad que ahora nos atosiga para la conciencia fatigaba a los bi&oacute;logos de los a&ntilde;os 1920 en referencia a la misteriosa propiedad global de la vida. Hoy podemos comprender mejor que la vida es una propiedad que resulta de otras m&aacute;s b&aacute;sicas como las ya mencionadas. En un futuro pr&oacute;ximo podremos comprender mejor que la conciencia surge del enlace de m&oacute;dulos de actividades mentales m&aacute;s elementales. Como en el resto de la ciencia hay una mejor&iacute;a en la comprensi&oacute;n pero no hay una soluci&oacute;n final al enigma, soluci&oacute;n que es poco probable que llegue, pues con cada descubrimiento no s&oacute;lo se destapan ciertas propiedades sino que, al mismo tiempo, aparecen nuevas inc&oacute;gnitas.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tercer ejemplo: Quiz&aacute;s el misterio que nos presenta McGinn es, en alguna medida, similar al problema bastante espinoso de la conducta y su necesaria base nerviosa. La conducta es un proceso de movimiento organizado y altamente diferenciado, dotado de motivaciones, objetivos, funciones y significados no manifiestos. Sabemos que est&aacute; producida causalmente por funciones nerviosas en las que las actividades de neuronas y sinapsis se engarzan en pautas de excitaci&oacute;n e inhibici&oacute;n sumamente complejas que finalmente desembocan en actos tan variados como el ensartar un hilo en una aguja, un paso de danza, alcanzar un objeto, adoptar un gesto de alegr&iacute;a, emitir un aspaviento de insulto o una amenaza con la mano. La conducta tiene una esfera de acci&oacute;n que se sit&uacute;a entre un organismo y su medio como un intermediario adaptativo y no parece tener m&aacute;s constituyentes elementales que las diferentes contracciones o estiramientos de grupos musculares que se desenvuelven con una precisi&oacute;n y una velocidad sorprendentes. Sin embargo, una exhaustiva descripci&oacute;n f&iacute;sica del movimiento nos aclara muy poco sobre la conducta, pues los movimientos est&aacute;n cargados precisamente de motivaciones, objetivos, funciones y otros significados. A pesar de todo ello, no parece haber una dificultad infranqueable en considerar que la conducta surge de pautas nerviosas de actividad sin las cuales es inconcebible. Bien me doy cuenta que la conducta difiere de la conciencia en el sentido de que no constituye una vivencia subjetiva pero tambi&eacute;n de que se instaura como un proceso emergente con una base nerviosa y necesariamente correlacionado con pautas de actividad fisiol&oacute;gica.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>EL ASOMBRO: &iquest;RECOBRADO O DESAIRADO?</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La noci&oacute;n de un misterio particular en referencia a la naturaleza de la conciencia en t&eacute;rminos de la biolog&iacute;a o de la f&iacute;sica ha asaltado a muchos de los involucrados en la psicobiolg&iacute;a y la neurociencia, y aunque esa vivencia puede resultar desalentadora, muchas veces redunda en un acicate para realizar o proponer abordajes experimentales cada vez m&aacute;s agudos y certeros de las dos facetas involucradas, as&iacute; como teor&iacute;as cada vez m&aacute;s s&oacute;lidas para enfrentar el problema mente&#150;cuerpo en su acepci&oacute;n contempor&aacute;nea, es decir la relaci&oacute;n entre la mente consciente y la funci&oacute;n cerebral. Y si bien los fil&oacute;sofos de la mente y los neurocient&iacute;ficos cognitivos pueden seguir tranquilamente su curso de acci&oacute;n e ignorarse mutuamente, sostengo una vez m&aacute;s que el progreso sustancial en este campo podr&aacute; fructificar cuando los dos frentes se encuentren y acepten lo mucho que hay que aprender el uno del otro. Me ha sorprendido el comprobar que hay fil&oacute;sofos interesados en el color o en la emoci&oacute;n y que no tienen mayor informaci&oacute;n sobre los datos emp&iacute;ricos, o neurofisi&oacute;logos de las mismas materias que no conocen el extenso debate te&oacute;rico sobre ellas en el &aacute;mbito de las humanidades. Muchas veces he escuchado de unos y otros que de nada les sirve el discurso de sus colegas tan cercanos en intereses como lejanos en su marco de aproximaci&oacute;n. Las dos culturas tienen aqu&iacute; una expresi&oacute;n dram&aacute;tica y particularmente deprimente. La tesis misteriosa de McGinn, m&aacute;s que empantanar la ruta de la investigaci&oacute;n psicobiol&oacute;gica, parece obstaculizar el sendero de esa posible fertilizaci&oacute;n mutua entre ciencia y filosof&iacute;a en la que conf&iacute;o.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la mayor parte de este escrito me he referido al abordaje acad&eacute;mico con el lenguaje l&oacute;gico que requiere y le es caracter&iacute;stico. Sin embargo entiendo mejor el punto de vista de McGinn cuando recobro el azoro de la cuesti&oacute;n mente&#150;cuerpo que sin piedad me asalta de vez en cuando. En este sentido no queda sino tomar parte en el grupo de los azorados, pero deslindarnos de quienes, como &eacute;l, aceptan el obst&aacute;culo por razones que les parecen infranqueables. La neurociencia cognitiva tendr&aacute; mucho m&aacute;s que decir sobre el fundamento cerebral de la conciencia en el futuro y no podemos predecir hasta d&oacute;nde podr&aacute; llegar ni plantear obst&aacute;culos <i>a priori</i>.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y sin embargo debo decir que, a pesar de todas las objeciones que he levantado hasta este momento, desde la perspectiva de un investigador en neurociencia cognitiva, hay algo en la tesis misteriosa que resuena con mi experiencia. Ciertamente reconozco que hay l&iacute;mites al conocimiento y que el aparato cognitivo humano es deficiente. Puede ser que McGinn tenga raz&oacute;n al decir que los problemas filos&oacute;ficos son en realidad problemas cient&iacute;ficos pero que no tienen una soluci&oacute;n viable para nuestra inteligencia. Sin embargo, si fuera fil&oacute;sofo (sin ofender a los profesionales), me sentir&iacute;a invalidado y hasta anulado por una versi&oacute;n fuerte de esta tesis pues, seg&uacute;n la entiendo, implica que no puede haber progreso en el conocimiento del problema mente&#150;cuerpo. Admito as&iacute; que quiz&aacute;s haya un n&uacute;cleo duro o imposible de roer en el centro de todos los grandes problemas humanos, como hemos visto para el Yo, la vida o la conducta, sin mencionar a la energ&iacute;a o la cultura, pero esto no quiere decir que no haya manera de aproximarse o que cualquier abordaje sea igualmente torpe o, peor a&uacute;n, igualmente in&uacute;til.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El propio McGinn (2000) me ha ense&ntilde;ado en su estupenda biograf&iacute;a que problemas tan severos como el significado y la naturaleza de la sem&aacute;ntica han evolucionado notablemente gracias a los aportes de un grupo de fil&oacute;sofos del lenguaje en la segunda mitad del siglo XX y que ahora sabemos y entendemos mucho m&aacute;s que antes del asunto. De igual forma, la lectura de <i>La Flama Misteriosa </i>me refuerza la idea de que hay algo ciertamente enigm&aacute;tico que unifica mente y cuerpo o conciencia y cerebro, algo que debe conformar una unidad y una realidad objetiva que reta y se escabulle a nuestro entendimiento. Tambi&eacute;n ha fortalecido mi credo en el sentido de que para conceptuar apropiadamente esta unidad debemos considerar que la conciencia tiene una base o una ra&iacute;z org&aacute;nica nerviosa sumamente peculiar y que el cerebro genera esa propiedad natural &uacute;nica en unidad con la cultura y con las peculiaridades &uacute;nicas y distintivas de la conciencia. &iexcl;Caramba!: todo ello es mucho decir para alguien quien, como Colin McGinn, proclama un insondable misterio.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>AGRADECIMIENTOS</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El presente trabajo, en una versi&oacute;n m&aacute;s escueta, fue presentado en el simposio &lt;&lt;Ciencias Cognitivas y Filosof&iacute;a de la Mente&gt;&gt; del XIV Congreso Internacional de Filosof&iacute;a llevado a cabo en Mazatl&aacute;n, Sinaloa, M&eacute;xico, el 6 de noviembre de 2007, con el t&iacute;tulo de &lt;&lt;El misterio de la conciencia: una respuesta neurofisiol&oacute;gica a McGinn.&gt;&gt; Agradezco a Juan Gonz&aacute;lez Gonz&aacute;lez, el organizador del simposio, su invitaci&oacute;n y aliciente.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>REFERENCIAS</b></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">1. Baars BJ. In the theatre of consciousness: The workspace of the mind. New York: Oxford University Press; 1997.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022751&pid=S0185-3325200800030001000001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">2. Berm&uacute;dez JL. The paradox of self&#150;consciousness. Cambridge: MIT Press; 1998.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022752&pid=S0185-3325200800030001000002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">3. Chalmers D. The conscious mind: In search of a fundamental theory. New York: Oxford University Press; 1996.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022753&pid=S0185-3325200800030001000003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">4. Clark A. Being there: Putting brain, body and world together again. Cambridge: MIT Press; 1997.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022754&pid=S0185-3325200800030001000004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">5. D&iacute;az JL. El dolor de Mar&iacute;a. Un cuento de neurociencia ficci&oacute;n. Ludus Vitalis 2000;7(12):181&#150;187</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022755&pid=S0185-3325200800030001000005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">6. D&iacute;az JL. La ordenaci&oacute;n piramidal del cerebro y el enjambre de la conciencia. Primera y segunda partes. Salud Mental 2006;29(2&#150;3):7&#150;12,1&#150;10.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022756&pid=S0185-3325200800030001000006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">7. D&iacute;az JL. La conciencia viviente. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica; 2006.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022757&pid=S0185-3325200800030001000007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">8. Evans JR, Abarbanel A (editores) Introduction to quantitative EEG and neurofeedback. Amsterdam: Elsevier Science &amp; Technology Books; 1999.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022758&pid=S0185-3325200800030001000008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">9. Gonz&aacute;lez JC (editor). Perspectivas contempor&aacute;neas sobre la cognici&oacute;n, categorizaci&oacute;n, conceptualizaci&oacute;n. M&eacute;xico: Siglo XXI y UAM; 2006.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022759&pid=S0185-3325200800030001000009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">10. McGinn C. Can we solve the mind&#150;body problem? Mind 1989;98:349&#150;366.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022760&pid=S0185-3325200800030001000010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">11. McGinn C. The mysterious flame. Conscious minds in a material world. New York: Basic Books; 1999.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022761&pid=S0185-3325200800030001000011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">12. McGinn C. The making of a philosopher. New York: Harper &amp; Collins; 2002.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022762&pid=S0185-3325200800030001000012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">13. Metzinger T (ed.). The neural correlates of consciousness. Cambridge: MIT Press; 2000.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022763&pid=S0185-3325200800030001000013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">14. Nagel T. &lt;&lt;What is like to be a bat?&gt;&gt; Philosophical Review 1974;83:435&#150;450.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022764&pid=S0185-3325200800030001000014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">15. Paivio, S. &lt;&lt;Neomentalism&gt;&gt;. Canadian J Psychology 1975;29:263&#150;291.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022765&pid=S0185-3325200800030001000015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">16. Varela F. Neurophenomenology: A methodological remedy to the hard problem. J Consciousness Studies 1996;3<b>:</b>330&#150;350.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=9022766&pid=S0185-3325200800030001000016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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