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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Dossier: Homenaje a Antonio Alatorre</font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Antonio amigo</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Antonio dear Friend</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Tom&aacute;s Segovia</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay amistades &iacute;ntimas, pero no tendr&iacute;a mucho sentido decir de alguien que es mi amigo privado. Es que el terreno de lo &iacute;ntimo se abre aparte de lo p&uacute;blico, pero no a sus expensas, mientras que lo privado es lo que se amuralla y defiende de lo p&uacute;blico y contra lo p&uacute;blico. No hay inconveniente en que una amistad &iacute;ntima sea p&uacute;blica, pero una amistad privada ser&iacute;a casi clandestina. Dirimir en privado, aunque sea entre amigos, es de una manera o de otra dirimir a escondidas, y entonces el centro est&aacute; en el secreto y el apartamiento y no en la amistad. Y sin embargo hay un momento en que la intimidad desea recurrir a la privacidad: es el momento del sentimiento. Abrir nuestros sentimientos a una o muchas personas no es hacerlos p&uacute;blicos. Pero exhibir en p&uacute;blico los sentimientos es hacer violencia a la intimidad. Hay muchos gestos que pueden tomarse como homenajes &iacute;ntimos, desde un saludo caluroso hasta la dedicatoria de una obra, pero convertidos en actos p&uacute;blicos cambian de sentido. A m&iacute; me ser&iacute;a muy dif&iacute;cil hacer un homenaje p&uacute;blico a mi hijo, a mi mujer, a mi novia, a mi madre, a mi abuela, tal vez incluso a mi padre. Sentir&iacute;a que quebranto la privacidad, y que por una vez es l&iacute;cito recurrir a lo privado no como una barricada de lo <i>propio,</i> sino de lo <i>&iacute;ntimo.</i></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mi amistad con Antonio Alatorre no fue nunca privada. Compartimos toda clase de cosas, desde aficiones y pasiones, incluso man&iacute;as, o amistades y admiraciones, hasta proyectos que a veces llevamos a la pr&aacute;ctica. Aunque los temas filol&oacute;gicos llenaban buena parte de nuestras conversaciones, yo desde luego no estoy calificado para comentar su obra de fil&oacute;logo. Mi homenaje no puede ser pues ni acad&eacute;mico ni la exhibici&oacute;n p&uacute;blica de mis sentimientos. Mi primer gesto, en el momento de la muerte de Antonio, fue escribir un poema. Esta vez prefiero relatar algunos episodios anecd&oacute;ticos, aunque solo sea por el gusto de evocar su figura, pero que pueden mostrar tambi&eacute;n el car&aacute;cter impecablemente humano que admir&aacute;bamos en &eacute;l, y que no creo que traicionen ninguna intimidad por hacerse p&uacute;blicos, puesto que nunca fueron privados. Todos los que lo conocieron supieron de una manera o de otra que lo m&aacute;s admirable era que en la persona extraordinaria que fue no hiciera nunca la menor mella haber sido el gran maestro que fue.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">El primer episodio que quiero relatar se remonta a los a&ntilde;os 60 y antes. Fue la &eacute;poca en que estuve a cargo a la vez de la <i>Revista Mexicana de Literatura</i> y de la Casa del Lago. Yo hab&iacute;a tratado a Antonio y Margit en El Colegio de M&eacute;xico y no estaba de acuerdo con la imagen de Antonio que prevalec&iacute;a entonces en los medios intelectuales mexicanos: la del ex seminarista apocado y convencional transformado en erudito emparedado, aburrido y tradicional. &Eacute;l mismo me contaba a&ntilde;os m&aacute;s tarde, haciendo la autocr&iacute;tica de aquella &eacute;poca suya, que una vez en una reuni&oacute;n le hab&iacute;an ofrecido una copa y la hab&iacute;a rechazado diciendo: "No, gracias; temo alegrarme". Sin embargo, yo hab&iacute;a adivinado que aquello era una capa superficial que &eacute;l no lograba romper, sin duda por timidez, pero que encubr&iacute;a una persona llena de vitalidad, ingenio y hasta malicia. De modo que a fines de los a&ntilde;os 50 propuse a mis compa&ntilde;eros de la <i>Revista Mexicana de Literatura</i> que le invit&aacute;ramos a formar parte de la redacci&oacute;n. No me fue f&aacute;cil vencer la extra&ntilde;eza, perfectamente comprensible, de mis compa&ntilde;eros. Antonio funcion&oacute; perfectamente en aquel grupo y pronto los dem&aacute;s tuvieron que revisar la imagen que de &eacute;l ten&iacute;an. La revista ten&iacute;a una secci&oacute;n titulada "La pajarera" donde ejerc&iacute;amos an&oacute;nimamente el humorismo sobre la actualidad literaria. Mientras yo dirig&iacute; la revista, no hubo un solo n&uacute;mero en que Antonio no colaborara en esa secci&oacute;n, ensa&ntilde;&aacute;ndose especialmente con las figuras m&aacute;s reaccionarias del ambiente literario. Ser&iacute;a un bonito desaf&iacute;o para los eruditos del futuro el de descubrir cu&aacute;les de esas notas son de su pluma. Puedo darles desde ahora una peque&ntilde;a pista revelando que todas las p&aacute;ginas que se burlan de Alfonso Junco (que &eacute;l escrib&iacute;a Xunco con equis) son obra suya. Por esa misma &eacute;poca organic&eacute; en la Casa del Lago unos cursos libres de iniciaci&oacute;n en diversos aspectos literarios y art&iacute;sticos. Invit&eacute; a Antonio a dar uno de esos cursos tremendamente heterodoxos, gratuitos y abiertos a todo el que quisiera inscribirse, sin programa previo y sin evaluaciones preestablecidas. Era una gloria ver la evidente satisfacci&oacute;n con que Antonio hablaba de los cl&aacute;sicos a un grupo de personas sin ning&uacute;n t&iacute;tulo acad&eacute;mico, sentadas en el c&eacute;sped en el jard&iacute;n de la Casa del Lago, &eacute;l bajo un &aacute;rbol como Carlomagno al pie de su roble. Fue en esos d&iacute;as, no me cabe la menor duda, cuando empez&oacute; a salir a luz el Antonio que todos conocimos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Desde entonces, siempre que estuvimos alejados uno de otro, intercambiamos una copiosa correspondencia. Yo le escrib&iacute;a a menudo en verso, a veces en estilo par&oacute;dico, a veces simplemente juguet&oacute;n. &Eacute;l no se animaba a competir conmigo en ese terreno y nunca me contest&oacute; en verso, pero en cambio me escribi&oacute; a veces en lat&iacute;n, p&aacute;rrafos que despu&eacute;s ten&iacute;a que traducirme &eacute;l mismo, pues mi lat&iacute;n siempre fue rudimentario. Pero los gui&ntilde;os y malicias de mi versificaci&oacute;n juguetona yo sab&iacute;a que solo &eacute;l sabr&iacute;a apreciarlos en todos sus detalles. &Eacute;l tambi&eacute;n lo sab&iacute;a. La llegada del correo electr&oacute;nico dio m&aacute;s o menos al traste con aquella hermosa vena epistolar, como con tantas otras.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sobre el verso espa&ntilde;ol hablamos much&iacute;simas veces, y compart&iacute;amos muchas opiniones, aunque no todas. El tono era m&aacute;s o menos como el del siguiente episodio: Antonio comentaba un endecas&iacute;labo m&iacute;o que dec&iacute;a:</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">hac&iacute;amos muy mal el amor, &iquest;sabes?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El amor y los endecas&iacute;labos &#151;observ&oacute; &eacute;l. Yo me defend&iacute; compar&aacute;ndome nada menos que con Garcilaso. Si mi endecas&iacute;labo era dudoso, m&aacute;s dudoso a&uacute;n era este de Garcilaso:</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">Mi vida no s&eacute; en qu&eacute; se ha sostenido...</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No se sabe en qu&eacute; acento se sostiene, pero eso es justamente lo que el verso est&aacute; diciendo. &iquest;Por qu&eacute; no juzgar as&iacute; mi endecas&iacute;labo? Creo que aquella vez lo convenc&iacute;.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En todo caso, me propuso en alg&uacute;n momento que escribi&eacute;ramos juntos un tratado de m&eacute;trica espa&ntilde;ola. Yo har&iacute;a especial hincapi&eacute; en el aspecto te&oacute;rico y &eacute;l en el aspecto hist&oacute;rico. Me puse en seguida, desordenadamente por supuesto, a buscar fuentes filos&oacute;ficas sobre el concepto de ritmo. Pronto conclu&iacute; con desaliento que nunca alcanzar&iacute;a la claridad sobre ese tema. No s&eacute; cu&aacute;nto influir&iacute;a por su lado aquel proyecto en la orientaci&oacute;n de sus investigaciones, pero es claro que en ese terreno, como en tantos otros, sus estudios son imprescindibles para el conocimiento hist&oacute;rico de la m&eacute;trica espa&ntilde;ola.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En 1966 tuvimos un breve encuentro en Par&iacute;s. A mi regreso a M&eacute;xico, el a&ntilde;o siguiente, &eacute;l hab&iacute;a tomado la direcci&oacute;n del Centro de Estudios Ling&uuml;&iacute;sticos y Literarios de El Colegio de M&eacute;xico. Empez&oacute; a insistir en que yo deber&iacute;a formar parte del Colegio. Le propuse en cambio, despu&eacute;s de muchos meses de resistir a su oferta, que organizara dentro de su Centro un grupo interesado en compartir conmigo lecturas sobre el estructuralismo, gran novedad del momento. Apoy&oacute; en seguida la idea, y esos encuentros con estudiantes de doctorado del Colegio se realizaron durante meses sin el m&aacute;s leve rastro de burocracia, como en los buenos tiempos del primer Colegio de M&eacute;xico, el de Alfonso Reyes, que los dos a&ntilde;oramos siempre. A&ntilde;os despu&eacute;s, ya incorporado yo al Colegio, me encarg&oacute; organizar un programa de formaci&oacute;n de traductores. Despu&eacute;s de muchas discusiones y algunos viajes de estudio, present&eacute; un proyecto que escandaliz&oacute; a muchos de mis colegas, en el que las calificaciones acad&eacute;micas de los aspirantes contaban mucho menos que el talento y la pasi&oacute;n. No fue f&aacute;cil impon&eacute;rselo al "claustro", como lo llamaban algunos colegas m&iacute;os, pero la victoria fue claramente de Antonio Alatorre, no m&iacute;a.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Recuerdo tambi&eacute;n aquellas reuniones musicales perfectamente ortodoxas, hace bastantes a&ntilde;os, en su casa de Las &Aacute;guilas. Margit y Antonio eran casi profesionales, hasta el punto de que grabaron un disco de m&uacute;sica renacentista bastante bien acogido por los entendidos. Pero en su casa, los fines de semana, se reun&iacute;a el grupo m&aacute;s heterog&eacute;neo imaginable de aficionados (algunos incluso que no sab&iacute;an leer m&uacute;sica y ten&iacute;an que memorizar su parte), para interpretar m&uacute;sica polif&oacute;nica antigua bajo la direcci&oacute;n de Antonio y con la vaga asesor&iacute;a de Joaqu&iacute;n Guti&eacute;rrez Heras. Tengo en la memoria por ejemplo alguna sesi&oacute;n en que hab&iacute;a un tromb&oacute;n, una viola, una o m&aacute;s guitarras, alg&uacute;n viol&iacute;n, varias voces, el piano de Antonio y una flauta dulce bastante chapucera (la m&iacute;a). Esa mezcla, o m&aacute;s bien esa uni&oacute;n, de lo m&aacute;s elevado y lo m&aacute;s inmediato y cotidiano fue siempre el rasgo m&aacute;s caracter&iacute;stico de Antonio Alatorre.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La autoridad de sus criterios era tambi&eacute;n simple y llana. Era la autoridad del sabio, nunca la del superior y ni siquiera la del maestro, m&aacute;s bien la autoridad del amigo atento, serio y sensato, y rico en consejos. Sobre la lengua espa&ntilde;ola por ejemplo varias generaciones hemos aprendido m&aacute;s que de cualquier otra fuente de su libro <i>Los mil y un a&ntilde;os de la lengua espa&ntilde;ola.</i> Y ese libro es uno de los m&aacute;s amenos que cualquiera de nosotros haya le&iacute;do nunca. Hace a&ntilde;os, cuando un d&iacute;a tuve la revelaci&oacute;n, recitando de memoria en la ducha, de la estructura m&eacute;trica del <i>Poema de Mio Cid,</i> corr&iacute; inmediatamente, por supuesto, en busca de Antonio Alatorre para comunicarle aquel descubrimiento que nadie entender&iacute;a como &eacute;l, y para pedir su confirmaci&oacute;n. Cuando termin&eacute; de exponerle nerviosamente mi idea, sonri&oacute; satisfecho y me dijo, como quien da una palmada en la espalda a un muchachito estudioso: "Muy bien, hace unos meses lo public&oacute; un erudito holand&eacute;s". Ninguna alharaca, ninguna solemnidad, pero tambi&eacute;n ning&uacute;n rechazo, ninguna falta de atenci&oacute;n. Con Antonio era dif&iacute;cil sentirse marginado. La naturalidad de su trato fue lo que le llev&oacute; a ser tan buen padre como buen maestro.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A veces admiramos la modestia de algunas grandes figuras. En efecto es admirable que alguien que est&aacute; en alg&uacute;n sentido por encima de nosotros no nos imponga sin embargo barreras o distancias. Pero ninguna modestia puede ser del todo sincera, porque la modestia es de por s&iacute; una convenci&oacute;n. Lo de Antonio era otra cosa; era esa tranquila certidumbre de que nadie est&aacute; por encima de nadie en <i>todos</i> los sentidos. Se puede ser modesto sin tener esa certidumbre, y muchas grandes figuras practican la modestia sin descender por eso a nuestro nivel. Otros en cambio tienen esa certidumbre que m&aacute;s que modestia es sabidur&iacute;a; no consiste principalmente en que <i>yo</i> sea modesto, sino en que tomo en serio al otro, tan en serio o tan poco en serio como a m&iacute; mismo. Antonio Alatorre era ejemplar en este terreno.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tambi&eacute;n esta virtud tiene que ver con lo privado y lo p&uacute;blico. Puede decirse que Antonio Alatorre jam&aacute;s se dej&oacute; atenazar por el espacio p&uacute;blico. Todos los que hemos asistido alguna vez a sus cursos o conferencias hemos experimentado esa manera incomparable que ten&iacute;a de hacernos sentir que form&aacute;bamos parte de lo que all&iacute; estaba sucediendo. La sensaci&oacute;n era siempre de que est&aacute;bamos en familia, no en un acto p&uacute;blico. Su actuaci&oacute;n en esos momentos ten&iacute;a todo el encanto de un <i>showman,</i> y a la vez era todo lo contrario de un espect&aacute;culo: era en todo caso una fiesta, un ritual familiar; no creo que haya habido nunca nadie m&aacute;s alejado de la solemnidad.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se ve que todo esto no es transformar un acto p&uacute;blico en un acto privado, sino justamente en una experiencia &iacute;ntima. Es lo que busca siempre un verdadero seductor, y Antonio Alatorre lo era magistralmente. Podr&iacute;a por eso concluir en un tono ligeramente afor&iacute;stico: he conocido tal vez hombres m&aacute;s seductores, hombres m&aacute;s sabios; pero no espero encontrar nunca en la vida una sabidur&iacute;a tan seductora.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Informaci&oacute;n sobre el autor</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Tom&aacute;s Segovia.</b> Naci&oacute; en Valencia, Espa&ntilde;a, en 1927 y tras la Guerra Civil espa&ntilde;ola lleg&oacute; a M&eacute;xico, donde estudi&oacute; el bachillerato, despu&eacute;s Lengua y Literaturas Hisp&aacute;nicas en la Facultad de Filosof&iacute;a y Letras de la UNAM y el profesorado de franc&eacute;s en el programa de la Sorbona en M&eacute;xico. Entre 1948 y 1954 trabaj&oacute; como profesor en el Institut Fran&ccedil;ais d' Am&eacute;rique Latine y en la Alliance Fran&ccedil;aise. Obtuvo la beca Guggenheim en 1950. Fue profesor en la Facultad de Filosof&iacute;a y Letras de la UNAM y profesor visitante en la Universidad de Princeton. De 1970 hasta su jubilaci&oacute;n en 1984 fue profesor&#45;investigador de El Colegio de M&eacute;xico. Ah&iacute; imparti&oacute; diversos cursos de literatura, ling&uuml;&iacute;stica y teor&iacute;a literaria; fund&oacute; y dirigi&oacute; el Programa para la formaci&oacute;n de Traductores. Fue tambi&eacute;n miembro del Consejo Consultivo del <i>Diccionario del Espa&ntilde;ol de M&eacute;xico.</i> Por otra parte, ha desarrollado una importante labor como traductor de la obra de grandes autores franceses (recientemente, la Universidad de Par&iacute;s le otorg&oacute; el Doctorado <i>Honoris causa,</i> en gran parte debido a esa labor). Ha sido editor en destacadas casas editoriales de M&eacute;xico, Espa&ntilde;a y Francia, al igual que en diversas revistas del pa&iacute;s y del extranjero, de algunas de las cuales fue fundador. Su obra po&eacute;tica, ensay&iacute;stica y narrativa es sobresaliente; ha sido merecedor de los m&aacute;s importantes premios literarios para escritores en lengua espa&ntilde;ola: en tres ocasiones obtuvo el premio Alfonso X de traducci&oacute;n (1982, 1983 y 1984). Por su obra po&eacute;tica y ensay&iacute;stica el premio Xavier Villaurrutia (1972), el Premio Magda Donato (1974), el Premio Octavio Paz de Poes&iacute;a y Ensayo (2000), el Premio Extremadura a la Creaci&oacute;n (2007), el Premio Juan Rulfo (2005), el Premio Internacional de Poes&iacute;a Federico Garc&iacute;a Lorca (2008). Entre sus muchos libros de poes&iacute;a se encuentran: <i>Anagnorisis</i> (1967), <i>Terceto</i> (1972), <i>El cuaderno del n&oacute;mada</i> (1978), la recopilaci&oacute;n <i>Poes&iacute;a (1943&#45;1976)</i> editada por el Fondo de Cultura Econ&oacute;mica en 1982, <i>Partici&oacute;n (1976&#45;1982), Lapso (1986), Noticia Natural (1992), Fiel Imagen (1995), Misma Juventud (2000), Estuario</i> (2010 y 2011). Entre sus libros de ensayo: <i>Contracorrientes</i> (1973), <i>Po&eacute;tica y prof&eacute;tica</i> (1986), <i>Recobrar el sentido</i> (2005), <i>Cartas cabales</i> (2010), <i>Digo yo</i> (2011). Entre su obra narrativa: <i>Trizadero</i> (1974), <i>Personajes mirando una nube</i> (1982), <i>Cartas de un jubilado</i> (2010). Sigue escribiendo y publicando libros de poes&iacute;a, narrativa y ensayo. Tiene adem&aacute;s un blog donde publica poemas recientes, notas, una columna period&iacute;stica, comentarios de actualidad, etc. (<a href="http://tomassegovia2.blogspot.com/" target="_blank">http://tomassegovia2.blogspot.com/</a>).El siete de noviembre de este a&ntilde;o, estando ya este n&uacute;mero en el departamento de publicaciones, muri&oacute; Tom&aacute;s Segovia. Otra irreparable p&eacute;rdida para las letras en nuestro pa&iacute;s y en nuestra lengua. Hemos dejado adrede en presente los verbos de esta nota, y en negritas estas l&iacute;neas, como m&iacute;nima se&ntilde;al de protesta y de homenaje.</font></p>      ]]></body>
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