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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Art&iacute;culos</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Personajes mirando una nube</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Fabio Mor&aacute;bito</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando hace m&aacute;s de quince a&ntilde;os Tom&aacute;s Segovia public&oacute; <i>Personajes mirando una nube,</i> su libro de relatos, el hecho pas&oacute; bastante inadvertido, lo cual se debi&oacute; seguramente a que en M&eacute;xico, como en otras partes, una vez que un escritor ha sido encasillado en un g&eacute;nero, no se ve con buenos ojos que se ponga a cultivar otro, especialmente si es un g&eacute;nero que se considera antit&eacute;tico al suyo, como es el caso de la narraci&oacute;n con respecto a la poes&iacute;a. No era pues esperable que el primer libro de relatos de un poeta como Tom&aacute;s Segovia llamara poderosamente la atenci&oacute;n. Un poeta, adem&aacute;s, nunca llama poderosamente la atenci&oacute;n, ni siquiera cuando cambia de g&eacute;nero. Y el tono meditativo del libro, los paisajes de relieves difuminados que se pierden en la lejan&iacute;a y los personajes que a menudo parecen vagar en un ensimismamiento estupefacto, no estaban hechos para impresionar al lector sino, en todo caso, para rodearlo, filtr&aacute;ndose en su atenci&oacute;n a trav&eacute;s de una prosa ramificante, continua y persuasiva. Segovia, en otras palabras, hab&iacute;a escrito uno de los libros menos vistosos y m&aacute;s perfectos que se hab&iacute;an escrito en muchos a&ntilde;os, y pag&oacute; el precio por ello.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A la general discreci&oacute;n de estos relatos contribuye el hecho de que carecen virtualmente de t&iacute;tulo, pues los t&iacute;tulos reproducen simplemente las primeras palabras de cada historia, de acuerdo con un procedimiento que es muy com&uacute;n en la poes&iacute;a, mas no en la narrativa. &iquest;Se trata tal vez de una forma solapada de inclinar al lector hacia una lectura "po&eacute;tica" de estos textos; una forma de advertirle, por ejemplo, que no espere el suspenso ni las dram&aacute;ticas vueltas de tuerca que se suelen esperar de un cuento? Tal vez. Pero podr&iacute;a tratarse de otra advertencia, m&aacute;s sutil y quiz&aacute; inconsciente: la de leer todos estos cuentos sin interrupci&oacute;n (pues los t&iacute;tulos interrumpen), como si fueran el mismo cuento, como si estos personajes fueran en el fondo el mismo personaje, el autor de un &uacute;nico soliloquio en que se repasan los momentos cruciales de su vida.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es dif&iacute;cil resistirse a esta hip&oacute;tesis, sobre todo por el v&iacute;nculo que parece haber entre el primer cuento y el &uacute;ltimo, entre el ni&ntilde;o narrador del primer relato y el hombre maduro y quiz&aacute; viejo que narra la &uacute;ltima historia. Hay sin duda un secreto di&aacute;logo entre ambos. El ni&ntilde;o del primer cuento, que sigue a su padre en una errancia de pueblo en pueblo, intuye que ese viaje s&oacute;lo se terminar&aacute; cuando &eacute;l y su padre lleguen a un lugar sustancialmente distinto de todos los visitados anteriormente, tan distinto que secretamente los inhabilite para el regreso. En el &uacute;ltimo relato, el solitario habitante de la torre, cuyos contactos con el mundo se limitan a las visitas mensuales de los encargados de llevarle provisiones y a las dos incursiones que &eacute;l hace cada a&ntilde;o en ocasi&oacute;n de las Fiestas para saludar a su gente que vive abajo, parece ser el hombre en que se ha convertido el ni&ntilde;o del principio, y su torre, situada en un indefinido punto elevado de la comarca, desde el cual puede atisbar los pueblos del valle y sobre todo percibir entra&ntilde;ablemente el transcurso del tiempo, se antoja ese lugar distinto a todos los dem&aacute;s lugares en pos del cual iban infatigablemente el padre y el ni&ntilde;o del primer relato.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Visto as&iacute;, el libro describir&iacute;a la evoluci&oacute;n de un destino, mas no de un destino novelesco, no la evoluci&oacute;n de un car&aacute;cter espec&iacute;fico, sino, simplemente, el punto inicial y final de una vida cuyos momentos cruciales describir&iacute;an los otros relatos. De una vida que es todas las vidas. As&iacute;, el ni&ntilde;o solitario del principio, que sigue a su padre como se sigue a un dios o a un &iacute;dolo, que no camina nunca a su lado sino siempre atr&aacute;s, sin verlo nunca verdaderamente de frente sino siempre de espalda, como impotente para alcanzarlo o tan siquiera tocarlo, regresa al final de su trayectoria a la soledad de sus inicios, con el padre que, convertido en una torre, presta a su hijo su &uacute;ltimo servicio, trep&aacute;ndolo simb&oacute;licamente en sus hombros para otorgarle el don de una visi&oacute;n privilegiada, cuyo precio es la soledad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El hijo, sostenido por el padre, conquista las nubes o, mejor dicho, &eacute;l mismo se vuelve una nube. Es imposible no pensar en &Iacute;caro, elevado hasta las nubes por su padre, el genial inventor del laberinto; pero en el mito griego, como sabemos, &Iacute;caro se olvida precisamente de las nubes y por eso se aproxima demasiado al sol y derrite la cera de sus alas. Desoye la advertencia de D&eacute;dalo de quedarse por abajo de las nubes, de no sobrepasar esa &uacute;ltima capa de sentido, y la desoye porque comete el error de tomar demasiado al pie de la letra la equivalencia sol = luminosidad y supone que la luz es m&aacute;s luz, o la luminosidad es m&aacute;s luminosidad, conforme uno se acerca m&aacute;s al sol. No comprende que a partir de cierto grado de elevaci&oacute;n en el cielo el sol se convierte virtualmente en una met&aacute;fora, en un punto vac&iacute;o que s&oacute;lo tiene sentido a trav&eacute;s de las cosas que ilumina. Y no lo comprende, entre otras razones, porque ha sido educado en un laberinto, con el que D&eacute;dalo, su padre, ha dado forma f&iacute;sica a la literalidad. Hijo del laberinto, de una construcci&oacute;n que s&oacute;lo admite un uso, tan s&oacute;lo uno (y que en virtud de esa exclusividad carece de hecho de cualquier uso posible), &Iacute;caro no est&aacute; preparado para concebir o entender una met&aacute;fora, una presencia que es una ausencia o un arriba que es un abajo, porque s&oacute;lo conoce el sentido estricto y un&iacute;voco de las cosas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En cambio, el ni&ntilde;o que protagoniza el primer relato de Segovia, al rev&eacute;s de &Iacute;caro, ha aprendido de sus errancias en compa&ntilde;&iacute;a del padre que todo es d&uacute;ctil y variable. La imagen del cuero con que se abre el libro resume magistralmente esta sabidur&iacute;a. En su memoria el hijo identifica ese material con el padre, pues de cuero estaban hechos su morral, sus botas y su cintur&oacute;n, pero evoca sobre todo su maleabilidad, su docilidad para plegarse a formas y usos dis&iacute;miles, como si el cuero lo hubiera educado para reconocer en la multiplicidad de las cosas esos parentescos y v&iacute;nculos sin los cuales la realidad permanece inerte y desorganizada. Estos v&iacute;nculos, que ordenan el mundo, permiten tambi&eacute;n interpretarlo y escapar as&iacute; de la estrecha identidad de cada cosa consigo misma. La maleabilidad del cuero, en otras palabras, resume la maleabilidad del mundo y la capacidad de las cosas de transformarse en otras.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El padre andar&iacute;n, que todo lo transfigura, que nunca mira hacia arriba sino hacia adelante, siempre con la vista fija en el nuevo pueblo que van a encontrar, est&aacute; abierto a los est&iacute;mulos m&aacute;s dispares del camino, excepto uno: el regreso. Y esta negaci&oacute;n, que el hijo advierte cuando le parece que el viaje de ambos transcurre enteramente cuesta abajo, hace de la aventura paterna una empresa tercamente solitaria como la de &Iacute;caro. Hombre escurridizo, que se mezcla con los dem&aacute;s hombres pero siempre los abandona, que no se establece en ning&uacute;n lugar, aunque sus actos y palabras permanecen en la memoria de aquellos que lo conocen, el padre prepara con su ejemplo el ambiguo futuro de su hijo en la torre, que se exiliar&aacute; no para apartarse torvamente de los hombres, sino para comprenderlos y amarlos, como si s&oacute;lo as&iacute; pudiera hacerlo. El hijo, como el padre, no pertenecer&aacute; a ning&uacute;n sitio y a ninguna persona, porque ser&aacute; el centinela de todos, el guardi&aacute;n del tiempo com&uacute;n, el que escucha en nombre de todos el latido del tiempo. La mirada abarcadora del hijo desde la torre y, por abarcadora, necesariamente piadosa sobre el hormigueo humano que transcurre all&aacute; abajo, es la mirada del padre que el hijo ha decantado y refinado. Este es el sentido de su visi&oacute;n privilegiada, que se tiende de un solo golpe sobre el ajetreo del mundo, ese mismo ajetreo que el padre le hab&iacute;a mostrado parte por parte a lo largo del viaje de ambos. Y esta mirada no s&oacute;lo justifica al padre, que ahora se ve que la iba "construyendo" paso a paso justamente para las pupilas de su hijo, sino que justifica a los de all&aacute; abajo, que sin esa mirada puesta sobre ellos no se sentir&iacute;an de verdad vivos y reales. Es como cuando miramos una nube; s&oacute;lo en un primer momento la vemos como algo ajeno y remoto; en seguida nos sentimos mirados por ella y, transportados hasta su altura, nos vemos a nosotros mismos aqu&iacute; abajo, acalor&aacute;ndonos en nuestros asuntos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ya en una entrevista imaginaria de sabor montaliano Segovia hab&iacute;a declarado que el t&iacute;tulo del libro, <i>Personajes mirando una nube,</i> hac&iacute;a referencia al hecho de que los personajes de estos relatos pierden el tiempo o, mejor dicho, lo ven pasar. Lo cual es cierto. Pero el t&iacute;tulo alude tambi&eacute;n a la necesidad de reconocerse en un latido m&aacute;s difuso que el de los signos inmediatos del traj&iacute;n diario. Esos espejos imperfectos que son las nubes, en lugar de devolvernos nuestra imagen exhaustivamente, con una sobreabundancia pueril de detalles, nos la devuelven esencializada y metaforizada por el tiempo. Su lejan&iacute;a las hace malos conductores de fidelidad aparente y excelentes espejos de par&aacute;bolas esenciales. "Soliloquio de las nubes", podr&iacute;a haber sido otro t&iacute;tulo de este libro, en el que los personajes parecen estar a un paso de acceder al sentido profundo de sus acciones. Como las nubes, est&aacute;n en camino de disolver sus enigmas. En esos momentos, un hombre es un poco todos los hombres. Toda situaci&oacute;n l&iacute;mite nos resta sustancia biogr&aacute;fica y nos devuelve sustancia m&iacute;tica. Nos devuelve al tiempo verdadero, liber&aacute;ndonos del mero tiempo acumulado, y es dentro del tiempo y fuera de la cronolog&iacute;a donde es posible saber d&oacute;nde estamos. Desde luego hay que morir un poco para saberlo. S&oacute;lo si nos replegamos, comprendemos. Puramente erguidos, nuestra vida, de tan plena, se nos escapa, como cuando somos ni&ntilde;os. En este sentido, el poeta es siempre el hijo de un caminante y un protegido por &eacute;ste. Lo sigue uno o dos pasos atr&aacute;s para comprender el camino y protegerse de &eacute;l. Necesita que alguien lo cubra. El poeta D&eacute;dalo se abre camino a trav&eacute;s de su hijo &Iacute;caro. En el libro de Segovia, el poeta del final, que es el ni&ntilde;o del principio, se trepa a los hombros del padre y ve lo que &eacute;ste no pudo ver. Levantar un hijo al cielo y levantarse sobre la torre del propio padre son, en el fondo, el mismo gesto, el gesto de quien aspira a las nubes, pero no aspira a traspasarlas. Gesto de un rezagado, de un tard&iacute;o, de un poeta. Y mirar las nubes es querer descansar de los innumerables espejos que nos rodean para reflejarnos en una carne m&aacute;s opaca y ambigua, que intuimos m&aacute;s verdadera. Todo el libro de Segovia, con sus maravillosos paisajes de bruma y de niebla, de difuminadas lejan&iacute;as y l&iacute;mites desvanecidos, est&aacute; escrito desde esta nostalgia por una opacidad redentora.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Creo incluso que la opacidad es el tema m&aacute;s &iacute;ntimo de Tom&aacute;s Segovia. Creo que la opacidad es su gran maestr&iacute;a. Simplificando un poco, me parece que su obra descansa sobre la defensa de lo no dicho y de lo impl&iacute;cito. Nunca decimos verdaderamente lo que queremos decir, siempre nos desviamos y, por ello, justamente, vale la pena hablar, porque s&oacute;lo en las desviaciones, en la relativa desposesi&oacute;n de nuestras palabras, tiene sentido encontrarse. La palabra que no se desv&iacute;a, que no acepta arrastrar el limo del sinn&uacute;mero de resonancias que lleva en s&iacute;, que no se haga m&iacute;nimamente opaca, ser&aacute; siempre una palabra abstracta, una palabra impuesta, una orden y no un reconocimiento. Por eso, la poes&iacute;a, que es el arte de la desviaci&oacute;n y del detrito, el arte supremo de la resonancia, es el verdadero arte del reconocimiento.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De ah&iacute; que estos cuentos est&eacute;n llenos no s&oacute;lo de veladuras atmosf&eacute;ricas sino sobre todo de veladuras en la comunicaci&oacute;n. La escasez de di&aacute;logos es significativa. Se respira en todos ellos la nostalgia por un entendimiento que se d&eacute; por abajo de las palabras, o a trav&eacute;s de un uso l&uacute;dico y caprichoso de ellas que retarde el sentido y resalte su car&aacute;cter ritual. Tal vez se deba a esto el hecho de que varios de estos cuentos sean protagonizados por los seres m&aacute;s rituales de todos, los ni&ntilde;os. Incluso el &uacute;ltimo relato, cuyo protagonista, el habitante de la torre, es un adulto y quiz&aacute; un viejo, es en realidad el cuento de un ni&ntilde;o, de un ni&ntilde;o sabio, de un ni&ntilde;o que habla solo y que no se ha dado cuenta de que ya no es un ni&ntilde;o, o que sabe que su madurez no lo ha modificado sustancialmente. Sospecho que, para Segovia, &eacute;sta es la condici&oacute;n imprescindible para ser poeta: tener el valor de no cambiar, no caer en la tentaci&oacute;n de curarnos de nuestra ni&ntilde;ez, o sea de nuestra orfandad. Porque el ni&ntilde;o, hu&eacute;rfano o no, est&aacute; siempre inmerso en la orfandad, o al menos la mira transparentemente como nadie. La orfandad es el don del poeta y se disipa tan pronto como la madurez nos provee de las primeras seguridades adultas, que son siempre ilusorias. Los personajes de este libro son todos hu&eacute;rfanos, porque en alguno de ellos esta ilusi&oacute;n no ha comenzado todav&iacute;a y en los dem&aacute;s se ha ca&iacute;do de tajo. Mirar una nube, que es el gesto que los re&uacute;ne a todos, es pues un gesto propio de la orfandad, tal vez porque es el gesto que m&aacute;s nos identifica con los muertos. &iquest;Qu&eacute; hacen los muertos sino ver pasar las nubes? El hu&eacute;rfano se reconoce en ellos porque vive su propio abandono como un abandono por parte de los vivos, como una incapacidad de &eacute;stos de suplir con vida su desamparo. Mirar c&oacute;mo pasa una nube es dejar la mirada sin objeto ni prop&oacute;sito, tenderse como un muerto, convertirse en "una pura mirada ingr&aacute;vida". Y tenderse como un muerto es tenderse sobre un espacio virgen, nunca hollado por nadie. Implica, pues, transfigurarse, tal como una nube, que es nube porque recorre siempre un camino in&eacute;dito, un surco que ella misma inaugura, se transfigura a cada instante. As&iacute;, esta sed de transfiguraci&oacute;n no es m&aacute;s que sed de renacer, algo que se ve muy claro en uno de los cuentos m&aacute;s memorables del libro, en el que una mujer que vive sola se levanta a veces a mitad de la noche y, en una especie de rito son&aacute;mbulo, arrastra con esfuerzo alguno de los pesados muebles de su casa, &uacute;nicamente para acostarse en la zona del piso que el mueble hab&iacute;a mantenido oculto hasta ese momento. "Cuando despu&eacute;s de un rato de aquel silencioso esfuerzo lo hab&iacute;a desplazado lejos de su sitio, regresaba a ocupar ese espacio donde nunca hab&iacute;a estado (...) Me acurrucaba en aquella zona del piso como en un claro limpio y fresco de un bosque invisible (...) Me quedaba largamente all&iacute;, echada contra el suelo, para sentirme desconocida hasta el v&eacute;rtigo, restaurada hasta perderme, fluyendo como un agua del bautismo".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cada vez que releo este cuento, me perturba. Es el cuento m&aacute;s breve de todos, colocado a mitad del libro, como si fuera su punto de gravitaci&oacute;n, como si esta mujer fuera la nube del t&iacute;tulo a la que los otros personajes, desde los diferentes &aacute;ngulos del libro, est&aacute;n mirando continuamente, porque se reconocen en ella. Todo lo que ella dice, podr&iacute;a decirlo una nube. Una nube siempre est&aacute; echada, no en el suelo sino en el cielo, en un lugar que nadie ha usado, donde se restaura y se pierde a cada instante, fluyendo como un agua de bautismo, imagen cabal de la palabra viva que a media altura, en el l&iacute;mite de la altura permitida, nos proporciona aqu&iacute; abajo la sombra bienhechora del sentido.</font></p>      ]]></body>
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