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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Partidos, facciones y otras calamidades: Debates y propuestas acerca de los partidos políticos en México, siglo XIX]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Alfredo &Aacute;vila y Alicia Salmer&oacute;n (coords.), <i>Partidos, facciones y otras calamidades. Debates y propuestas acerca de los partidos pol&iacute;ticos en M&eacute;xico, siglo XIX</i></b></font></p>  	    <p align="center">&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Ana Romero Valderrama*</b></font></p>  	    <p align="center">&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico, Instituto de Investigaciones Hist&oacute;ricas, 2013, 254 p.</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">* <em>University of Houston</em></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la d&eacute;cada de 1840, Jos&eacute; Mar&iacute;a de Bocanegra aseguraba que los partidos buscaban beneficios privados y confabulaban "para intrigar y derribar gobiernos, o para disponer de los intereses y los derechos de particulares".<sup><a href="#nota">1</a></sup> Tal fisonom&iacute;a personalista y circunstancial de los grupos partisanos represent&oacute; una problem&aacute;tica para buena parte de la historiograf&iacute;a mexicanista, ya que &eacute;sta consider&oacute; que las formaciones del siglo XX no contaban con los rasgos necesarios para ser denominadas de tal forma, especialmente, porque ten&iacute;an una presencia marginal a programas definidos y regulados por la gobernabilidad.<sup><a href="#nota">2</a></sup> Desde la politolog&iacute;a, Giovanni Sartori declaraba que los partidos surgieron en la modernidad, ya que entonces tuvieron una percepci&oacute;n positiva y, por lo tanto, una existencia plenamente aceptada. Aseguraba que esta valoraci&oacute;n respond&iacute;a a que los partidos representaron una forma institucionalizada e integrada al orden gubernamental que permit&iacute;a la diversidad y la disensi&oacute;n. Se&ntilde;alaba la importancia de evitar el anacronismo al marcar una diferenciaci&oacute;n contextualizada respecto de los grupos pol&iacute;ticos previos a los partidos.<sup><a href="#nota">3</a></sup> Con una postura an&aacute;loga, la historiograf&iacute;a mexicanista resolvi&oacute; denominar facciones a los grupos decimon&oacute;nicos y partidos a los "modernos".<sup><a href="#nota">4</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La Escuela de Cambridge presentar&iacute;a una cr&iacute;tica a interpretaciones afines a aquella de la historiograf&iacute;a mexicanista y declarar&iacute;a que la noci&oacute;n conflictiva no es la palabra, sino la interpretaci&oacute;n de &eacute;sta. Asegurar&iacute;a que la lectura hist&oacute;rica de los partidos deber&iacute;a de quedar delimitada a explicar intenciones y funciones a las que &eacute;stos hac&iacute;an referencia.<sup><a href="#nota">5</a></sup> La presente obra marca una postura similar, ya que desde&ntilde;a la posici&oacute;n de la historiograf&iacute;a mexicanista que limita tal designaci&oacute;n a los esquemas descritos por Sartori. As&iacute;, pregunta sobre las caracter&iacute;sticas de los partidos mexicanos de la &eacute;poca decimon&oacute;nica y disecciona los rasgos identitarios de aquellos grupos que durante los a&ntilde;os germinales fueron llamados sin ambages "partidos".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los coordinadores pensaron esta obra durante una reuni&oacute;n de historiadores en 2003, despu&eacute;s de notar varios puntos comunes en los partidos del siglo XIX y principios del siglo XX y, de esta forma, invitaron a varios especialistas a realizar un libro colectivo, con la intenci&oacute;n de fomentar la reflexi&oacute;n sobre el papel de los partidos en la historia mexicana. En la introducci&oacute;n, los coordinadores marcan una cuesti&oacute;n fundamental que articula esta obra. Resaltan una contraposici&oacute;n primordial de los pensadores y pol&iacute;ticos decimon&oacute;nicos en la percepci&oacute;n de los partidos: la relaci&oacute;n entre una gobernabilidad exitosa y la unidad pol&iacute;tica. Durante los a&ntilde;os fundacionales de M&eacute;xico, los individuos condenaron toda divisi&oacute;n que amenazara con la p&eacute;rdida de la libertad adquirida o la disoluci&oacute;n de la gobernabilidad, en consecuencia, rechazaron aquellos grupos porque consideraron que atentaban contra la pr&iacute;stina uni&oacute;n nacional. Posteriormente, al transformar esta idea de confrontaci&oacute;n, modificaron las percepciones relacionadas. No obstante, los coordinadores subrayan que los presentes cap&iacute;tulos demuestran que la trayectoria interpretativa de entonces de ninguna forma avanzar&iacute;a de manera lineal de una perspectiva negativa que rechazara la legitimidad de las formaciones partisanas a una concepci&oacute;n positiva que buscara institucionalizarlas, sino que representar&iacute;a una convivencia intermitente de ambas posturas, la cual encontrar&iacute;a resonancia en la siguiente centuria.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"El orden republicano y el debate por los partidos, 1825&#45;1828", de Alfredo &Aacute;vila y Mar&iacute;a Eugenia V&aacute;zquez Semadeni, presenta los primeros momentos de los partidos en la reci&eacute;n establecida rep&uacute;blica federal. Los autores marcan dos vectores fundamentales en los procesos partidistas de aquellos momentos. Destacan una significativa transici&oacute;n en la valoraci&oacute;n de los partidos a ra&iacute;z de los conflictos generados en la construcci&oacute;n de la nueva institucionalidad. Aseguran que las formaciones partisanas mudaron de una percepci&oacute;n positiva de "participar" a una negativa de "separar" la nueva unidad y provocar la disoluci&oacute;n nacional y, de esta manera, fueron combatidas. Por otro lado, los autores explican la manera en que los yorkinos contribuyeron a la idea de una confrontaci&oacute;n bipartidista de las logias. Aseguran que la polarizaci&oacute;n ocasionada por la invasi&oacute;n napole&oacute;nica a Espa&ntilde;a en 1808 permiti&oacute; una noci&oacute;n de confrontaci&oacute;n entre serviles y liberales, y mantuvo una continuidad durante la guerra civil novohispana de 1810 al luchar mon&aacute;rquicos y grupos insurgentes. Despu&eacute;s de establecida la rep&uacute;blica, los yorkinos retomaron esta noci&oacute;n binaria al manifestar una disputa entre patri&oacute;ticos y traidores, <i>i. e.</i> entre yorkinos y escoceses, y aquellas etiquetas negativas que fueron adjudicadas por los yorkinos a los contrarios: borbonistas, espa&ntilde;oles, arist&oacute;cratas. Sobre esta visi&oacute;n dicot&oacute;mica de la &eacute;poca independiente, tan enraizada no solamente en la historiograf&iacute;a decimon&oacute;nica sino en la contempor&aacute;nea, los autores subrayan que este reconocimiento del grupo enemigo posibilit&oacute; una narrativa favorable al sistema partidista, la cual result&oacute; ef&iacute;mera, ya que los yorkinos no otorgaron una legitimidad a la existencia de los contrarios y sus proyectos pol&iacute;ticos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En "La actitud de la administraci&oacute;n de Anastasio Bustamante hacia los partidos y la oposici&oacute;n pol&iacute;tica (1830&#45;1832)", Catherine Andrews estudia el discurso de la prensa pro bustamantista al valorar el papel de las formaciones partisanas en la vida pol&iacute;tica y, por otro lado, las medidas tomadas por la autoridad gubernativa para regular las expresiones oposicionistas. La administraci&oacute;n bustamantista recibi&oacute; una naci&oacute;n impactada por las revueltas mas&oacute;nicas de a&ntilde;os previos. De esta forma, hered&oacute; la percepci&oacute;n negativa hacia los partidos al considerar que &eacute;stos quebrantaban la estabilidad nacional. Seg&uacute;n Andrews, <i>El Registro Oficial</i> acept&oacute; la idea de una opini&oacute;n individual que se&ntilde;alara las fallas del gobierno, siempre que no cayera en los excesos y, por supuesto, que limitara esta facultad a los llamados "hombres de bien". As&iacute;, critic&oacute; la inclinaci&oacute;n popular de los yorkinos, y llam&oacute; a los individuos "aptos" a abandonar los uniformes partidistas y participar en la gobernabilidad. Por otro lado, la administraci&oacute;n bustamantista fragu&oacute; varias medidas para garantizar estos mismos objetivos. Andrews asegura que, de forma contraria a la versi&oacute;n defendida por la historiograf&iacute;a, esta autoridad no atac&oacute; a los grupos opositores de una forma m&aacute;s en&eacute;rgica que las presidencias anteriores.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En "Entre la espada y la pared: el partido conservador (1848&#45;1853)", Erika Pani estudia al grupo pol&iacute;tico que asumi&oacute; el papel de "conservador" y fund&oacute; en 1848 el peri&oacute;dico <i>El Universal.</i> Pani indica que los editores conservadores mantuvieron la idea de que los partidos representaban importantes elementos desestabilizadores de la gobernabilidad. Afirma que, no obstante, por la proximidad de los tiempos electorales, los editores declararon la diversidad de pareceres y aseguraron la necesidad de escuchar, considerar y respetar a los otros partidos. <i>El Universal</i> reconoci&oacute; dos partidos "palancas" en la sociedad: conservadores y dem&oacute;cratas. Aunque, al igual que la prensa bustamantista estudiada por Andrews, promovi&oacute; la participaci&oacute;n de los individuos aptos, especialmente, los propietarios. Los conservadores triunfaron, pero recibieron las descalificaciones liberales y resultaron forzados a renunciar. As&iacute;, explica la autora, mudaron el discurso de los contrapesos y acusaron a los liberales de destructores de la naci&oacute;n y, posteriormente, en 1853, no olvidaron la experiencia previa y apoyaron la dictadura santannista al buscar aventajar a los enemigos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En "El imposible pluralismo pol&iacute;tico: del exclusivismo y otros vicios de los partidos pol&iacute;ticos en el M&eacute;xico de la Reforma", Fr&eacute;d&eacute;ric Johansson estudia desde la &eacute;poca de la rebeli&oacute;n de Ayutla que derrib&oacute; a Santa Anna en 1854 hasta la victoria de los liberales sobre los conservadores en 1860. Aborda una problem&aacute;tica nodal de los partidos decimon&oacute;nicos: los desencuentros entre las discursivas pluralistas y sus pr&aacute;cticas "exclusivistas" y, por supuesto, los matices de estas &uacute;ltimas. Johansson se&ntilde;ala que, durante aquellos a&ntilde;os, los pol&iacute;ticos rechazaron de manera p&uacute;blica y un&aacute;nime los favoritismos &#151; <i>e. g.</i> la pr&aacute;ctica de otorgar puestos gubernativos a los correligionarios (la "empleoman&iacute;a")&#151;. Condenaron las acciones personalistas que no ten&iacute;an que ver con ideales y proyectos pol&iacute;ticos y atentaban contra el bienestar de la naci&oacute;n. Por otro lado, con lineamientos parecidos a la administraci&oacute;n bustamantista de 1829 y al partido conservador de 1848, los conservadores que llegaron al poder en 1858 orientaron su postura exclusivista a rechazar los excesos demag&oacute;gicos y "comunistas" y, al mismo tiempo, a centrar el poder en los "hombres decentes". No obstante, Johansson subraya la necesidad de resaltar la excepcionalidad en los favoritismos, ya que, aunque varios puestos fueron acaparados por correligionarios, otros individuos pertenecientes a las formaciones contrarias, pero altamente capacitados o relacionados a clientelismos regionales, quedaron intocables.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En "Partidos personalistas y de principios; de equilibrios y contrapesos. La idea de partido en Justo Sierra y Francisco Bulnes", Alicia Salmer&oacute;n confronta la concepci&oacute;n de ambos pol&iacute;ticos porfiristas sobre los partidos. Analiza las condiciones de transformaci&oacute;n o permanencia interpretativa de estos l&iacute;deres "cient&iacute;ficos" frente a la pr&oacute;xima sucesi&oacute;n de la administraci&oacute;n porfirista. En la publicaci&oacute;n <i>La Libertad,</i> en 1881, Bulnes ofreci&oacute; dos acepciones de los partidos: por una parte, la tradicional, al equipararlos de forma negativa a "facciones" y, por otra parte, la moderna. Asegur&oacute; que, a diferencia de los partidos europeos o estadounidenses, las formaciones mexicanas inevitablemente representaban facciones particularistas y, por lo mismo, los mexicanos no pod&iacute;an o deb&iacute;an de aventurarse a consolidar los partidos. Por otro lado, Sierra despleg&oacute; igualmente una concepci&oacute;n polis&eacute;mica de la idea de los partidos. En 1878 indic&oacute; que los liberales anteriores lograron la victoria de los principios republicanos, pero no consiguieron la estabilidad pol&iacute;tica tan necesaria para avanzar. As&iacute;, plante&oacute; una conciliaci&oacute;n y la transformaci&oacute;n de partido combativo a partido de gobierno, de personalistas e idealistas a pr&aacute;cticos. La autora se&ntilde;ala que, ciertamente, Sierra manifest&oacute; ya una perspectiva moderna al buscar otorgar legitimidad y programas concretos al partido, pero conserv&oacute; la noci&oacute;n unanimista. La caducidad de la administraci&oacute;n porfirista ya ocupaba a distintas fuerzas pol&iacute;ticas en 1904, ya que la sucesi&oacute;n amenazaba la estabilidad nacional. Bulnes har&iacute;a suya la idea de organizar las fuerzas pol&iacute;ticas, pero, de forma contraria a Sierra, reivindicar&iacute;a la lucha bipartidista, y propondr&iacute;a la uni&oacute;n olig&aacute;rquica de conservadores modernos y liberales (excluidos los populistas). Por supuesto, indica Salmer&oacute;n, al avanzar las ideas revolucionarias, volver&iacute;a a la noci&oacute;n tradicional de los partidos y los calificar&iacute;a de facciosos y elementos an&aacute;rquicos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En "&iexcl;Sufragio efectivo, no reelecci&oacute;n! Un partido pol&iacute;tico contra el poder absoluto", Pedro Salmer&oacute;n asegura que la idea de crear una fuerza partidista democr&aacute;tica de cara a la reelecci&oacute;n porfirista no surgi&oacute; con la famosa obra <i>La sucesi&oacute;n presidencial de 1910</i> de Francisco I. Madero, aunque s&iacute; la alent&oacute;. Salmer&oacute;n estudia la actividad de los antireeleccionistas identificados con Madero y la formaci&oacute;n y organizaci&oacute;n del partido creado para respaldarlos. Muestra que estos personajes ya no plantearon cuesti&oacute;n alguna a la perspectiva de una organizaci&oacute;n partidista para contender en la pr&oacute;xima elecci&oacute;n. En la entrevista de James Creelman en 1908,&nbsp;D&iacute;az anunci&oacute; que no buscaba la reelecci&oacute;n y que daba la bienvenida a la formaci&oacute;n de partidos. Madero y otros personajes aprovecharon estas palabras y trabajaron para la creaci&oacute;n de un partido democr&aacute;tico con un programa que exigiera la aplicaci&oacute;n de la Constituci&oacute;n y creara los mecanismos necesarios para evitar una nueva dictadura y, posteriormente, que revisara las reformas pertinentes. Salmer&oacute;n desarrolla varios aspectos del partido "Centro Antirreeleccionista de M&eacute;xico" que naci&oacute; en 1909.&nbsp;Explica de qu&eacute; manera &eacute;ste form&oacute; clubes con centros directivos de car&aacute;cter estatal y nacional, result&oacute; perseguido por la autoridad gubernamental, se transform&oacute; en grupo conspirativo clandestino e invit&oacute; a la rebeli&oacute;n en 1910.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En "El Partido Cat&oacute;lico Nacional. Las instituciones liberales al servicio de la restauraci&oacute;n cat&oacute;lica", Laura O'Dogherty desarrolla la historia del partido cat&oacute;lico que represent&oacute; la respuesta de grupos eclesi&aacute;sticos y seculares al derrumbe porfirista. Explica que, al mismo tiempo que en 1911 D&iacute;az presentaba su renuncia a la presidencia, naci&oacute; el Partido Cat&oacute;lico Nacional que pretendi&oacute; reclamar los derechos constitucionales de la Iglesia y los ciudadanos cat&oacute;licos. El nuevo partido cont&oacute; con dos rasgos distintivos: por una parte, abandon&oacute; la noci&oacute;n de las negociaciones privadas entre gobierno e Iglesia y, por otra, reivindic&oacute; la Constituci&oacute;n de 1857 y abraz&oacute; el liberalismo pol&iacute;tico. Busc&oacute; posicionarse frente a los conflictos de las fuerzas pol&iacute;ticas que lucharon por la preponderancia al resquebrajarse la administraci&oacute;n D&iacute;az. Inicialmente, no afront&oacute; a los grupos porfiristas, pero al resultar evidente la derrota de &eacute;stos, pretendi&oacute; apoyar al candidato a la presidencia que garantizara una posici&oacute;n ventajosa a la Iglesia, as&iacute;, respald&oacute; a Madero. La autora manifiesta que, sin embargo, desapareci&oacute; porque no comulg&oacute; con la rebeli&oacute;n armada y temi&oacute; la disoluci&oacute;n social provocada por la Revoluci&oacute;n, adem&aacute;s de que una ramificaci&oacute;n de &eacute;ste sufri&oacute; la cancelaci&oacute;n de espacios de participaci&oacute;n pol&iacute;tica por Victoriano Huerta.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los cap&iacute;tulos anteriores brindan varias coordenadas significativas para explicarnos las circunstancias excepcionales de los partidos decimon&oacute;nicos al transitar entre la censura y la respetabilidad. Muestran la convivencia de diferentes interpretaciones ligadas a dos percepciones fundamentales. La negativa, al designarlos elementos destructores de la gobernabilidad, represent&oacute; una lectura relacionada con tiempos coyunturales de especial fragilidad de la autoridad durante los a&ntilde;os germinales y la administraci&oacute;n porfirista. La positiva, en aquellos momentos en que los partidos necesitaron afianzarse con la integraci&oacute;n de los opuestos, mayoritariamente asociada a la idea de considerar a los partidos instituciones necesarias y buscar organizarlos y reglamentarlos para formular principios y proyectos compartidos y encauzar la competencia pol&iacute;tica. Esta &uacute;ltima posici&oacute;n tendr&iacute;a una incipiente existencia, t&iacute;mida y accidentada, durante el siglo XIX, aunque pr&oacute;spera y ya fortalecida en el siglo XX. As&iacute;, en la d&eacute;cada de 1820, la clase pol&iacute;tica consider&oacute; a los partidos "los males necesarios" de los sistemas representativos: entidades pol&iacute;ticas pasajeras, germinadas para solventar momentos conflictivos. Asumi&oacute; que, de forma ideal, todos los individuos terminar&iacute;an por sumarse al grupo que demostrara representar la voluntad general y, de esta manera, los partidos desaparecer&iacute;an. Al llegar a los tiempos previos a la revoluci&oacute;n mexicana, continu&oacute; con algunas viejas reservas, pero, igualmente, concret&oacute; la posibilidad de otorgar a los partidos una existencia perdurable y sujeta a formas &oacute;ptimas de organizaci&oacute;n para interactuar con la autoridad. Una pregunta cardinal sobre la participaci&oacute;n partidista durante aquella &eacute;poca la plantea Andrews: &iquest;cu&aacute;l ser&iacute;a la forma adecuada de expresar una oposici&oacute;n leg&iacute;tima tal, o simple posici&oacute;n, frente a la potestad gobernante?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una carencia en la presente obra es que no nos proporciona los elementos suficientes para penetrar en la discusi&oacute;n historiogr&aacute;fica relacionada con los partidos en el M&eacute;xico decimon&oacute;nico. En varios cap&iacute;tulos no presenta una revisi&oacute;n cr&iacute;tica que nos indique problemas o posturas de los estudios hist&oacute;ricos al abordar los partidos seleccionados y por qu&eacute; explicarlos es una tarea imperativa. Una problem&aacute;tica m&aacute;s significativa es que esta obra reporta una brecha cronol&oacute;gica entre 1833 y 1847 y, con esta ausencia, desaprovecha la oportunidad de brindar una perspectiva innovadora sobre formaciones imprescindibles en procesos hist&oacute;ricos fundamentales del siglo XIX (e. g., los partidos "moderados" y "radicales" de la d&eacute;cada de 1840). Ciertamente, es acertada la decisi&oacute;n de los coordinadores sobre ilustrar la bisagra entre ambos siglos, aunque la relevancia de la tem&aacute;tica requer&iacute;a proporcionar al siglo XIX una mayor presencia de estudios hist&oacute;ricos recientes, y quiz&aacute; aventurar un segundo tomo dedicado al siglo XX. Fuera de estas ausencias, es una obra sugerente que proporciona los principales elementos para alcanzar una mirada diversa y novedosa. Permite trazar coincidencias y especificidades reveladoras y, aunque solamente presenta algunas facetas de los partidos de entonces, abre la puerta a buscar una fresca aproximaci&oacute;n a aquellos partidos que no son revisados. Una pregunta fundamental que posiblemente quede en la mente de los lectores de esta interesante y bien documentada propuesta es &iquest;qu&eacute; pueden decirnos estos textos y los procesos se&ntilde;alados sobre los partidos de la siguiente centuria, especialmente, la instauraci&oacute;n del Partido Revolucionario Institucional? Naturalmente, tal pregunta hace de esta obra una lectura recomendada no solamente para historiadores, polit&oacute;logos y estudiosos sociales, sino para aquellas personas que buscan conocer la historia mexicana y entender la actualidad.</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup>&nbsp;Jos&eacute; Mar&iacute;a de Bocanegra, <i>Memorias para la historia de M&eacute;xico independiente, 1822&#45;1836,</i> M&eacute;xico, Instituto Nacional de Estudios Hist&oacute;ricos de la Revoluci&oacute;n Mexicana/Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1987, v. I, p. 389&#45;390.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3480279&pid=S0185-2620201400010000600001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup>&nbsp;<i>Cfr.</i> Michael P. Costeloe, <i>La primera rep&uacute;blica federal de M&eacute;xico (1824&#45;1835). Un estudio de los partidos pol&iacute;ticos en el M&eacute;xico independiente,</i> M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1996 &#91;1975&#93;, p. 85&#45;86,    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3480281&pid=S0185-2620201400010000600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> y Alfredo &Aacute;vila, "El Partido Popular en M&eacute;xico", <i>Historia y Pol&iacute;tica. Ideas procesos y movimientos sociales,</i> Madrid, n. 11, 2004, p. 35&#45;64.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3480282&pid=S0185-2620201400010000600003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup>&nbsp;Giovanni Sartori, <i>Partidos y sistemas de partidos,</i> Cambridge, Alianza Editorial/Cambridge University, 1980, v. I, "Pr&oacute;logo" y p. 35.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3480284&pid=S0185-2620201400010000600004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup>&nbsp;<i>Vid.</i> Will Fowler, <i>Mexico in the age of proposals, 1821&#45;1853,</i> Wesport (Connecticut)/London, Greenwood Press, 1998.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3480286&pid=S0185-2620201400010000600005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup>&nbsp;Terence Ball, "Party", en <i>Political innovation and conceptual change,</i> edici&oacute;n de Terence Ball <i>et al.,</i> Cambridge, Cambridge University Press, 1989, p. 155&#45;176.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3480288&pid=S0185-2620201400010000600006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body><back>
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