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<journal-title><![CDATA[Estudios de historia moderna y contemporánea de México]]></journal-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as bibliogr&aacute;ficas</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Marta Eugenia Garc&iacute;a Ugarte, <i>Poder pol&iacute;tico y religioso. M&eacute;xico, siglo XIX,</i> 2 t.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Sergio Francisco Rosas Salas*</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, C&aacute;mara de Diputados, LXI Legislatura/Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico, Instituto de Investigaciones Sociales/Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana/Miguel &Aacute;ngel Porr&uacute;a, 2010.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>* El Colegio de Michoac&aacute;n</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Poder pol&iacute;tico y religioso</i> analiza, a partir de la figura de Pelagio Antonio de Labastida y D&aacute;valos &#8212;can&oacute;nigo de Michoac&aacute;n, obispo de Puebla y arzobispo de M&eacute;xico&#8212;, las posiciones pol&iacute;ticas y sociales de los obispos mexicanos entre 1831 y 1878 <i>(cfr.</i> p. 15). El libro, sin embargo, excede por mucho su objetivo inicial: es una historia de la Iglesia mexicana entre la primera rep&uacute;blica federal y el inicio del r&eacute;gimen porfirista.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La investigaci&oacute;n que sustenta el trabajo se realiz&oacute; en 14 archivos p&uacute;blicos y privados &#8212;en Roma y en distintas ciudades de M&eacute;xico&#8212; y m&aacute;s de 10 bibliotecas con fondos antiguos. As&iacute;, uno de los primeros aspectos a resaltar de la obra de Garc&iacute;a Ugarte es el gran acopio de materiales de primera mano, impresos y manuscritos. A partir de ellos, la autora ofrece una interpretaci&oacute;n propia y novedosa, desde las fuentes mismas, acerca de la Iglesia mexicana y sus relaciones con el Estado y la sociedad durante el siglo XIX.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El rigor documental no impide a la autora insertar su trabajo en la discusi&oacute;n historiogr&aacute;fica en torno a la historia de la Iglesia y del pensamiento conservador en M&eacute;xico. Como se muestra en la introducci&oacute;n, el libro recupera una discusi&oacute;n iniciada en la d&eacute;cada de 1960. A partir de las invitaciones de O'Gorman y de Hale, Garc&iacute;a Ugarte evita el manique&iacute;smo historiogr&aacute;fico heredero de las pugnas ideol&oacute;gicas del siglo XIX y analiza a la par las posturas de liberales y conservadores. En las p&aacute;ginas de la obra se encuentra, por ejemplo, un an&aacute;lisis minucioso de los proyectos liberales de 1833 y de las leyes de Reforma de 1859, tanto como la reconstrucci&oacute;n de la posici&oacute;n de Clemente de Jes&uacute;s Mungu&iacute;a en 1851 ante el juramento civil que deb&iacute;a prestar, y del proyecto monarquista que Labastida defendi&oacute; en Roma en 1861. Resulta por tanto una historia plena de matices y, sobre todo, dispuesta a asumir que los actores sociales del periodo no fueron de una sola pieza, y que su labor fue mucho m&aacute;s pragm&aacute;tica de lo que se ha querido aceptar. As&iacute;, el libro revela un gran apego a las fuentes y a las discusiones protagonizadas por los hombres p&uacute;blicos del siglo antepasado.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Del mismo modo, <i>Poder pol&iacute;tico y religioso</i> ofrece una s&iacute;ntesis poco practicada por la historiograf&iacute;a mexicana: analiza tanto el discurso eclesi&aacute;stico como las decisiones pol&iacute;ticas y pastorales del clero, a partir de su relaci&oacute;n con el Estado y con la Santa Sede. En ese sentido, es una invitaci&oacute;n a estudios m&aacute;s profundos acerca del papel del clero en la construcci&oacute;n del Estado, en la conformaci&oacute;n de un "nuevo catolicismo" y en el cambio de la sociedad mexicana en el siglo XIX.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para lograr estos aportes destaca el uso de los conceptos de <i>tradici&oacute;n y modernidad.</i> En el libro la tradici&oacute;n est&aacute; lejos de ser algo est&aacute;tico. Sin ignorar que para el catolicismo la tradici&oacute;n es el fondo reservado de la fe, inmutable a lo largo de los siglos, la autora la entiende como un producto hist&oacute;rico que busca resaltar el valor de lo permanente y de lo estable y que, sin embargo, est&aacute; sujeto a adecuaciones acordes con la circunstancia particular. Por su parte, entiende la <i>modernidad</i> como un movimiento a favor del cambio, producto en mucho del impulso de la filosof&iacute;a ilustrada y del surgimiento del individuo &#8212;un valor liberal por excelencia&#8212;. A partir de esta perspectiva te&oacute;rica, la autora sostiene que entre 1831 y 1878, los obispos mexicanos de la primera y segunda generaci&oacute;n fueron profundamente tradicionalistas en el r&eacute;gimen eclesi&aacute;stico, pero modernos en lo social. En esta b&uacute;squeda de complejidades no hay ya dicotom&iacute;as insalvables: el clero es tan tradicional como el pont&iacute;fice ante la disciplina de la Iglesia, y tan moderno como los liberales mexicanos frente a la construcci&oacute;n del Estado. Vale la pena repensar estas categor&iacute;as en otros trabajos de la misma tem&aacute;tica. Por s&iacute; misma, la tradici&oacute;n implica cambio, aunque valore la permanencia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las hip&oacute;tesis del libro avanzan al ritmo de la narraci&oacute;n cronol&oacute;gica propuesta. Un primer periodo puede datarse de entre 1825 y 1850, delimitado por la misi&oacute;n del can&oacute;nigo de Puebla Francisco Pablo V&aacute;zquez como enviado de M&eacute;xico ante la Santa Sede y la labor de la primera generaci&oacute;n de obispos mexicanos. Garc&iacute;a Ugarte sostiene que en este periodo el inter&eacute;s primordial del propio V&aacute;zquez en Puebla o de Juan Cayetano Portugal en Michoac&aacute;n fue fundar una Iglesia mexicana caracterizada por su libertad y autonom&iacute;a frente al Estado nacional y la Santa Sede. En ese sentido, la discusi&oacute;n en torno al patronato es vista como el elemento clave para sustentar el proyecto de Iglesia nacional defendido por los primeros obispos mexicanos. La independencia de M&eacute;xico era la independencia de la Iglesia, pues el patronato ces&oacute; con la emancipaci&oacute;n pol&iacute;tica de Espa&ntilde;a. La labor de la Iglesia en el XIX est&aacute; as&iacute; marcada por una b&uacute;squeda y una defensa de la autonom&iacute;a, que podr&iacute;a pensarse como la defensa del ideal de una Iglesia libre en un Estado libre.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A lo largo del trabajo, <i>Poder pol&iacute;tico y religioso</i> muestra una jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica celosa de su independencia y autonom&iacute;a, pendiente del conflicto con el poder civil en torno a la riqueza y los bienes eclesi&aacute;sticos, que hasta 1855 se resuelve por medio de la negociaci&oacute;n y el acuerdo. Como muestra el an&aacute;lisis de la rep&uacute;blica central, el conflicto existi&oacute;, pero se termin&oacute; gracias a la existencia de un proyecto compartido del clero con los actores pol&iacute;ticos y militares, si bien la Iglesia mostr&oacute; desde 1833 su intransigencia en torno a sus derechos y libertades. La jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica compart&iacute;a con las elites civiles el ideal republicano, el valor social de la intolerancia religiosa y el papel privilegiado del clero ante la sociedad. Asimismo, clero y gobierno quer&iacute;an una rep&uacute;blica moderna y poderosa.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En esta t&oacute;nica, el libro aporta elementos para discutir la existencia o no de un proyecto de rep&uacute;blica cat&oacute;lica en M&eacute;xico, subrayado por autores como Brian Connaughton y Sol Serrano. &iquest;Se pens&oacute; en &eacute;l, o s&oacute;lo existieron consensos entre las elites civiles y eclesi&aacute;sticas acerca de la importancia del catolicismo en la sociedad? El libro encuentra que desde la d&eacute;cada de 1820 se da, al menos en M&eacute;xico, una pugna entre el poder civil y el poder religioso que, aunque en ocasiones coinciden en sus objetivos, sostienen posturas distintas respecto de la relaci&oacute;n Iglesia&#45;Estado. Los conflictos antes de Ayutla entre ambas potestades muestran las divergencias en el seno de la sociedad mexicana, y subrayan la lucha entre ambas potestades por delimitarse a s&iacute; mismos, a partir de la defensa de su libertad, autonom&iacute;a y predominio social.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es justamente a partir de lo ocurrido en este periodo que puede entenderse el periodo de la Reforma, entre 1855 y 1867. Como muestra Garc&iacute;a Ugarte, el papel preponderante de Pelagio Antonio de Labastida y D&aacute;valos, reci&eacute;n llegado a la di&oacute;cesis de Puebla como obispo, surgi&oacute; de su defensa de los bienes, derechos y libertades de la Iglesia ante el embate del gobierno de Ignacio Comonfort en 1855 y 1856. En aquel momento, el zamorano defendi&oacute; a su di&oacute;cesis en consonancia con los argumentos esgrimidos entre 1833 y 1850 por los obispos de Puebla, Francisco Pablo V&aacute;zquez, y de Michoac&aacute;n, Juan Cayetano Portugal. La defensa de Labastida lo llev&oacute; a ser uno de los l&iacute;deres natos de la jerarqu&iacute;a cat&oacute;lica mexicana desde los primeros a&ntilde;os de su episcopado, posici&oacute;n que afianzar&aacute; a partir de su expulsi&oacute;n y exilio en Roma. El primer tomo de la obra relata los avatares del obispo de Puebla entre 1855 y 1861, entre M&eacute;xico y Roma, y deja ver su importancia en la defensa de la Iglesia ante el r&eacute;gimen de Ayutla. Sin embargo, habr&iacute;a que confrontar la labor de Labastida con otros mitrados de la Reforma, para poder ponderar si fue en efecto, como argumenta la autora, el m&aacute;ximo l&iacute;der del clero mexicano.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute; como la autora analiza en detalle la defensa de la jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica ante la legislaci&oacute;n liberal, tambi&eacute;n reconstruye la postura de Benito Ju&aacute;rez y los liberales mexicanos, como lo hace con Valent&iacute;n G&oacute;mez Far&iacute;as y Jos&eacute; Mar&iacute;a Luis Mora al abordar la primera reforma liberal. Garc&iacute;a muestra que la legislaci&oacute;n liberal, que desemboc&oacute; en la guerra de Reforma (1858&#45;1861), ten&iacute;a como objetivo separar la religi&oacute;n de lo pol&iacute;tico, crear propietarios civiles y, sobre todo, ciudadanos m&aacute;s leales al Estado que a la Iglesia. Por ello, como nunca antes, el clero se aline&oacute; con la opci&oacute;n conservadora, y apoy&oacute; a Zuloaga y Miram&oacute;n. En s&iacute;ntesis, considera la Reforma liberal de mediados de siglo como el momento de consolidaci&oacute;n del Estado&#45;naci&oacute;n en M&eacute;xico, y de un Estado liberal. La Reforma es vista as&iacute; como el momento del enfrentamiento entre los poderes pol&iacute;tico y religioso.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Del mismo modo, Garc&iacute;a Ugarte subraya el cambio en la mentalidad cat&oacute;lica durante la primera mitad del siglo XIX como un aspecto central de la Reforma mexicana y, m&aacute;s a&uacute;n, de su &eacute;xito. As&iacute;, por ejemplo, sostiene que la disminuci&oacute;n en la recaudaci&oacute;n del diezmo era anterior al fin de la coacci&oacute;n civil para su cobro, en 1833, y no producto de ella. Garc&iacute;a Ugarte sostiene que la secularizaci&oacute;n social inici&oacute; en la primera mitad del siglo XIX, con la conformaci&oacute;n del Estado&#45;naci&oacute;n. Desde su perspectiva, en aquellos a&ntilde;os se form&oacute; lentamente una identidad civil nacional, gracias a instrumentos como los catecismos c&iacute;vicos, a la lectura de obras ancladas en la tradici&oacute;n filos&oacute;fica moderna, sobre todo francesa, y a los cambios operados en la idea de naci&oacute;n tras la derrota de 1847 &#8212;que, como bien muestra, dio pie a la reactualizaci&oacute;n del monarquismo planteado desde 1840&#8212;. &iquest;Hasta qu&eacute; grado existe ese cambio social? Me parece que la respuesta se cifra en la realidad que se analice: no es lo mismo Michoac&aacute;n que Puebla, o Chiapas que M&eacute;xico. La respuesta est&aacute; en funci&oacute;n de lo fecundo que sea esta v&iacute;a de an&aacute;lisis en ulteriores investigaciones sobre Iglesia, Estado y sociedad en el M&eacute;xico decimon&oacute;nico, y de lo que revelen.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Siguiendo a Labastida y D&aacute;valos, Garc&iacute;a Ugarte analiza, como pocas obras hasta ahora, el papel de los obispos mexicanos en el exilio, entre 1861 y 1863. Muestra que, a pesar de la cercan&iacute;a con P&iacute;o IX &#8212;de quien Labastida fue gran amigo&#8212;, los obispos lucharon por mantener su autonom&iacute;a, en aras de aplicar con tamices nacionales, e incluso regionales, la doctrina pontificia. As&iacute;, por ejemplo, muestra el poco impacto que tuvo en 1864 el <i>Syllabus,</i> a diferencia de lo ocurrido en Europa.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un a&ntilde;o antes, Labastida &#8212;apreciado y admirado en Roma como un sufrido defensor de los derechos de la Iglesia ante el embate liberal&#8212; fortaleci&oacute; su liderazgo entre el episcopado nacional no s&oacute;lo por ser el nuevo arzobispo de M&eacute;xico, sino porque fue uno de los mitrados que m&aacute;s influyeron en la reestructuraci&oacute;n de las di&oacute;cesis y la jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica. Frente a lo planteado por autores como Roberto Di Stefano para el caso argentino, Garc&iacute;a Ugarte sostiene que la romanizaci&oacute;n del clero fue tard&iacute;a, visible s&oacute;lo a partir del magisterio de Le&oacute;n XIII, y no un proceso llevado a cabo en la primera mitad del siglo XIX. Como en muchos otros aspectos, la lectura de Garc&iacute;a Ugarte ofrece nuevos elementos para la discusi&oacute;n historiogr&aacute;fica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Siguiendo el hilo cronol&oacute;gico de <i>Poder pol&iacute;tico y religioso,</i> la autora muestra que en 1864 Labastida fue uno de los m&aacute;s importantes promotores del proyecto mon&aacute;rquico que instaur&oacute; a Maximiliano en el trono del Segundo Imperio. La autora consigue mostrar la influencia que el zamorano tuvo sobre P&iacute;o IX para que &eacute;ste, a su vez, convenciera al pr&iacute;ncipe. Del mismo modo, Garc&iacute;a Ugarte muestra c&oacute;mo a partir de 1865 Maximiliano enfrent&oacute; el abandono de la jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica mexicana, que rompi&oacute; con &eacute;l al constatar su proyecto de monarqu&iacute;a liberal. Si Labastida se exili&oacute; en febrero de 1867 fue gracias a que ten&iacute;a ya dos a&ntilde;os alejado de Maximiliano y su pol&iacute;tica liberal, como la de G&oacute;mez Far&iacute;as y la de Ju&aacute;rez. El imperio es as&iacute;, desde la perspectiva de la jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica, plenamente mexicano.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Garc&iacute;a Ugarte subraya como uno de los aportes del libro su mirada de la parroquia como actor social. De hecho, a partir de la importancia creciente de Labastida en el proceso hist&oacute;rico general, Garc&iacute;a Ugarte puede concentrarse en un an&aacute;lisis particular de su labor como obispo. Labastida es el gran protagonista del segundo tomo. A partir de la visita pastoral del arzobispo, en 1865, el libro analiza las realidades parroquiales como elementos centrales en la pugna ideol&oacute;gica de la Reforma y en la recomposici&oacute;n del catolicismo tras 1867. A ello coadyuva, adem&aacute;s, la poca participaci&oacute;n de los obispos en el Concilio Vaticano I: por ejemplo, Labastida no dej&oacute; ninguna opini&oacute;n en torno a la infalibilidad pontificia. Su papel, como el de los dem&aacute;s mitrados, se centr&oacute; m&aacute;s en M&eacute;xico que en las discusiones en boga en Roma durante los &uacute;ltimos a&ntilde;os de P&iacute;o IX.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El segundo tomo de <i>Poder pol&iacute;tico y religioso</i> realiza un aporte importante a la historiograf&iacute;a en torno a la &eacute;poca del catolicismo "vencido", y muestra, desde la perspectiva local, que los creyentes no se aislaron de la acci&oacute;n eclesial y se dedicaron a aspectos puramente intelectuales. M&aacute;s bien, se alejaron del &aacute;mbito nacional y abandonaron &#8212;temporalmente&#8212; la arena pol&iacute;tica, para refugiarse en &aacute;mbitos parroquiales. La derrota pol&iacute;tica de la opci&oacute;n conservadora en 1867 result&oacute;, del mismo modo, en una renovaci&oacute;n de la vida pastoral, devastada por la guerra. La autora sostiene que entre 1871 y 1878 Labastida gobern&oacute; por primera vez la arquidi&oacute;cesis de M&eacute;xico. Este &uacute;ltimo periodo del libro es el del primer periodo pastoral del arzobispo. Entonces Labastida recorri&oacute; la di&oacute;cesis, estableci&oacute; un estrecho contacto con sus p&aacute;rrocos y luch&oacute;, a trav&eacute;s de la educaci&oacute;n cat&oacute;lica, contra el crecimiento de la masoner&iacute;a y del protestantismo, pugnando as&iacute; por mantener el catolicismo como un elemento central en la sociedad mexicana.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Desde 1874, Labastida hab&iacute;a impulsado la lucha de la Iglesia por el control social frente al Estado liberal triunfante, y hab&iacute;a impulsado la participaci&oacute;n de los laicos en la pol&iacute;tica, a partir de su condici&oacute;n de ciudadanos. Por ello el libro sostiene que la pol&iacute;tica conciliadora de Labastida antecedi&oacute; el magisterio de Le&oacute;n XIII en una d&eacute;cada, y muestra que la Iglesia mexicana utiliz&oacute; la propia reforma liberal y sus postulados en beneficio propio. Garc&iacute;a Ugarte refuta as&iacute; la tesis de que despu&eacute;s de 1867 la Iglesia se refugi&oacute; en los templos. Fue a las parroquias, s&iacute;, pero para hallar desde lo local nuevos mecanismos de acci&oacute;n, toda vez que el proyecto de Iglesia aut&oacute;noma ya no pod&iacute;a competir por el poder pol&iacute;tico, pero s&iacute; por el control social.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los dos &uacute;ltimos cap&iacute;tulos del libro muestran a Labastida como el art&iacute;fice de la reforma de la Iglesia mexicana tras el embate liberal, y del cambio de pol&iacute;tica pastoral y acci&oacute;n pol&iacute;tica de la jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica. As&iacute;, la pol&iacute;tica de conciliaci&oacute;n del Porfiriato se debi&oacute; no s&oacute;lo a la voluntad de Porfirio D&iacute;az, sino a la praxis de Pelagio Antonio de Labastida, quien prefiri&oacute; el acuerdo y la negociaci&oacute;n antes que el conflicto, que tanto hab&iacute;a sufrido a lo largo de su vida. Despu&eacute;s de 1878, el protagonista de <i>Poder pol&iacute;tico y religioso</i> era no s&oacute;lo el arzobispo de M&eacute;xico: era ya el l&iacute;der indiscutible de la jerarqu&iacute;a cat&oacute;lica mexicana.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En suma, el libro de Garc&iacute;a Ugarte es una aportaci&oacute;n importante y acabada para el estudio de la Iglesia, el Estado y la sociedad en el M&eacute;xico del siglo XIX. Su riqueza y rigor documental, am&eacute;n de su capacidad de s&iacute;ntesis, ofrecen una mirada comprensiva acerca del can&oacute;nigo, obispo y arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y D&aacute;valos, figura se&ntilde;era de la Iglesia mexicana entre 1825 y 1878 y, m&aacute;s a&uacute;n, del papel activo y decisivo de la jerarqu&iacute;a eclesi&aacute;stica mexicana en la formaci&oacute;n y conformaci&oacute;n del Estado y la sociedad. Desde ahora, <i>Poder pol&iacute;tico y religioso</i> es ya una obra fundamental para acercarse al siglo XIX mexicano, y es una invitaci&oacute;n para perseverar en los m&uacute;ltiples procesos, personajes e historias que transitan por sus p&aacute;ginas.</font></p>     ]]></body>
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