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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Lila Caimari (comp.), La ley de los profanos. Delito, justicia y cultura en Buenos Aires (1870-1940)]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as bibliogr&aacute;ficas</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Lila Caimari (comp.), <i>La ley de los profanos. Delito, justicia y cultura en Buenos Aires (1870&#150;1940)</i></b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Elisa Speckman Guerra*</b></font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Buenos Aires, Universidad de San Andr&eacute;s/Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2007 (Secci&oacute;n de Obras de Historia)<sup><a href="#notas">1</a></sup></b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>* Instituto de Investigaciones Hist&oacute;ricas, Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico</i></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Buenos Aires durante los a&ntilde;os 1870&#150;1940 constituye un escenario generoso para un estudio de la criminalidad, la ley y la justicia, o para un estudio de los saberes, las miradas, los imaginarios y las representaciones sobre el orden, la transgresi&oacute;n, el control estatal, la resoluci&oacute;n de los conflictos y los mecanismos de interacci&oacute;n. Lo mismo puede decirse de la ciudad de M&eacute;xico, donde se sit&uacute;a el trabajo de Pablo Piccato, uno de los siete cap&iacute;tulos que integran el volumen.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para recrear estos escenarios resulta inevitable el uso de una imagen o de un t&eacute;rmino, la expansi&oacute;n. Ambas ciudades se expandieron a un ritmo impresionante: en menos de sesenta a&ntilde;os la poblaci&oacute;n de Buenos Aires casi se multiplic&oacute; por diez (entre 1869 y 1914), la de la ciudad de M&eacute;xico en menos de cuarenta se multiplic&oacute; casi por cuatro (entre 1877 y 1910). Tambi&eacute;n crecieron la criminalidad real y, como apunta Lila Caimari, la criminalidad imaginada o la presencia del delito en las preocupaciones de gobernantes e intelectuales, en la prensa y en las revistas, en las novelas y la literatura popular, en los temores de los citadinos. El ensanchamiento de la criminalidad imaginada respondi&oacute; a otros ensanchamientos. Seg&uacute;n diversos autores del volumen, la sensaci&oacute;n de anonimato y la imposibilidad del conocimiento mutuo ahond&oacute; la desconfianza, el recelo al desconocido y, en general, al "otro" (de ah&iacute; la necesidad de delimitar, definir y controlar la otredad). A ello se sum&oacute; un cambio de la prensa, que ampli&oacute; su p&uacute;blico y su esfera de influencia: moderna por sus t&eacute;cnicas de producci&oacute;n y por su inter&eacute;s en la inmediatez de la noticia, los periodistas se esforzaron por atraer lectores con reportajes amarillistas o de nota roja y, con el mismo fin, por integrar lenguajes atractivos, textuales y gr&aacute;ficos. Tambi&eacute;n se sum&oacute; la preocupaci&oacute;n por el orden, por el pol&iacute;tico, amenazado por sucesivos enfrentamientos, y por el social, fr&aacute;gil tambi&eacute;n pero esperanzado en la ciencia y las modernas t&eacute;cnicas policiales. As&iacute;, el crimen gan&oacute; espacio en el universo cultural de los especialistas y de la sociedad.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A estas expansiones &#151;la de la ciudad, la de la criminalidad, la del temor, la del saber o el imaginario sobre la criminalidad&#151; se sumaron la del monopolio estatal sobre la expedici&oacute;n del derecho, la justicia y el castigo, por tanto, la de la ley sobre el derecho, pues el proceso de codificaci&oacute;n estaba consumado y a la legislaci&oacute;n, seg&uacute;n el modelo, deb&iacute;an apegarse los jueces, los individuos en conflicto, los diversos actores sociales. Y, por &uacute;ltimo, la expansi&oacute;n de los profesionistas y sus &aacute;reas de influencia, de los "operadores del derecho" (encargados de idear la ley, de aplicarla, de ense&ntilde;ar y transmitir el orden jur&iacute;dico) y de una polic&iacute;a que se esforzaba por profesionalizarse y que se presentaba como profesional.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Dada la amplitud del escenario, todo acercamiento (aun colectivo) exige delimitaciones. <i>La ley de los profanos </i>establece dos. La primera: sus autores no buscaron acercarse a la criminalidad, a la ley o a la justicia, sino a los conocimientos, los discursos, las visiones, las im&aacute;genes o representaciones en torno a ellos. Estamos, entonces, en el terreno de la cultura y, si quisi&eacute;ramos precisar, en el terreno de la cultura jur&iacute;dica. La segunda: se propusieron reconstruir la mirada de los "profanos", en palabras de Lila Caimari, de los individuos ajenos a las instituciones consagradas, que no detentaban el conocimiento experto en la materia ni conoc&iacute;an su pr&aacute;ctica de primera mano. Una vez que retomamos el concepto de cultura jur&iacute;dica, debemos referirnos a la propuesta de Giovanni Tarello, quien habla de "cultura jur&iacute;dica externa" (de la sociedad, el p&uacute;blico, la popular) y "cultura jur&iacute;dica interna" (la de los especialistas del derecho, como profesores, jueces, funcionarios, abogados, notarios, polic&iacute;as).<sup><a href="#notas">2</a></sup> Por tanto, estamos en el terreno de la "cultura jur&iacute;dica externa".</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las delimitaciones se respetan y el volumen resulta coherente. A la afinidad de temas se suman otras homogeneidades: el libro es ameno y deja ver el oficio de sus autores, y sus investigaciones, basadas en testimonios de la &eacute;poca, se insertan en marcos historiogr&aacute;ficos y debates te&oacute;ricos para ofrecer textos propositivos, anal&iacute;ticos y de amplio alcance, que ata&ntilde;en a diversos campos de la historia (la cultural, la social, la pol&iacute;tica) e incluso trascienden a la historia, pues tocan aspectos de patente actualidad.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La coherencia permite un acercamiento conjunto. Si bien cada cap&iacute;tulo es interesante en s&iacute; mismo y puede leerse separadamente, resulta posible y pertinente referirse a temas y conclusiones comunes. Uno de ellos &#151;ya mencionado&#151; es la creciente preocupaci&oacute;n por el delito en una ciudad moderna y creciente. Como muestra Lila Caimari, el delito en general, y el secuestro en particular, eran vistos como una m&aacute;s de las consecuencias del liberalismo y el desplazamiento de la moral y la educaci&oacute;n cat&oacute;lica, como tambi&eacute;n de las nuevas formas de sociabilidad y del impacto de modas extranjeras, de la influencia del cine hollywoodense, de la monetarizaci&oacute;n y el cambio econ&oacute;mico, de las armas de fuego y las ametralladoras, del autom&oacute;vil que permit&iacute;a escapar por los tambi&eacute;n modernos caminos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otro lado, como se&ntilde;alan diversos autores (Mercedes Garc&iacute;a Ferrari, Sandra Gayol, Pablo Piccato y M&aacute;ximo Sozzo), en una urbe habitada por individuos que, por su n&uacute;mero, no pod&iacute;an conocerse y no pod&iacute;an conocer sus h&aacute;bitos y conductas y, por tanto, no sab&iacute;an en qui&eacute;n confiar o desconfiar, como tampoco qui&eacute;n era honrado y qui&eacute;n criminal, recelos y temores aumentaban. De ah&iacute; que, como estudian Gayol y Piccato, los citadinos idearan mecanismos para darse a conocer o generar amigos en una sociedad de extra&ntilde;os, para crear confianza en un ambiente de desconfianza mutua. La primera analiza las notas que enviaban a la prensa quienes deseaban refutar una acusaci&oacute;n a su honor y presentarse como honrados y capaces ante una sociedad sin rostro, pero a la que atribu&iacute;an la misma capacidad de juzgar y certificar que antes atribu&iacute;an a vecinos y clientes; el segundo muestra c&oacute;mo esos caminos, estereotipos y entendidos fueron utilizados por los timadores para generar confianza en sus v&iacute;ctimas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el mismo camino &#151;el an&aacute;lisis de los mecanismos que serv&iacute;an para disipar el miedo al criminal y la desconfianza al otro&#151; pueden ubicarse los trabajos que se ocupan del etiquetamiento o la identificaci&oacute;n. Ansolabehere, Caimari, Sozzo y, en cierta forma, Gayol y Piccato reconstruyen el rostro y las caracter&iacute;sticas de los criminales (las que presentaban, las que se privilegiaban, las que se imaginaban). Publicaciones y testigos de la &eacute;poca presentaban al mundo del crimen, incluso al universo paralelo, al mundo del honor, como sitios poblados exclusivamente por varones (de diferentes estratos socioecon&oacute;micos y culturales). Las mujeres no defend&iacute;an su honor (Gayol), no timaban ni participaban del crimen organizado (Piccato y Caimari), tampoco figuraban en los discursos deterministas (Sozzo). La excepci&oacute;n, una novela de Francisco Sicardi, quien ubica a su protagonista, Goga, en un campo tradicionalmente vinculado con la transgresi&oacute;n femenina, la prostituci&oacute;n, y en otro menos usual, pues ella y multitudes de mujeres participan en el activismo pol&iacute;tico (como dije, actividad menos usual, aunque ligada a la m&aacute;s tradicional participaci&oacute;n femenina en la revuelta urbana) (Ansolabehere).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El universo del crimen poblado por varones, tambi&eacute;n por extranjeros, lo constituye la mayor parte de los criminales que figuraban en las revistas (Sozzo), como &#151;en la realidad o en el imaginario&#151; lo eran los timadores m&aacute;s dif&iacute;ciles de fichar (Piccato), los miembros de las mafias (Caimari) y los anarquistas, considerados doblemente extranjeros por su indiferencia a la patria de origen o por defender doctrinas extranjeras, y considerados criminales por su participaci&oacute;n en atentados o en actos que atentaban contra el orden p&uacute;blico (Ansolabehere).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&iquest;C&oacute;mo los habitantes de una urbe, poblada por migrantes, pod&iacute;an admitir la vinculaci&oacute;n criminal&#150;extranjero sin sentirse aludidos? &iquest;el migrante no reciente, m&aacute;s a&uacute;n, el de segunda generaci&oacute;n, buscaba diferenciarse del reci&eacute;n llegado e identificarse con quienes por generaciones habitaban Buenos Aires? &iquest;Los ya adaptados ve&iacute;an al reci&eacute;n llegado como extranjero? el trabajo de Pablo Piccato proporciona pistas interesantes: si el citadino (independientemente de su origen) buscaba aprovecharse del reci&eacute;n llegado, podr&iacute;amos pensar que no se identificaba con &eacute;l. Piccato muestra c&oacute;mo el fuere&ntilde;o no s&oacute;lo pod&iacute;a ser visto como peligroso sino tambi&eacute;n como ingenuo y, por tanto, el citadino no s&oacute;lo pod&iacute;a temerlo sino tambi&eacute;n caer en la tentaci&oacute;n de timarlo: los timadores sol&iacute;an presentarse como viajeros extraviados en las calles de la ciudad y desconocedores de sus pr&aacute;cticas, los citadinos, en su af&aacute;n por aprovechar la ocasi&oacute;n de sacar ventaja del reci&eacute;n llegado, se convert&iacute;an en la v&iacute;ctima de los expertos, pero tambi&eacute;n de sus ambiciones, prejuicios, simpat&iacute;as o estereotipos.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En fin, en una ciudad poblada por varones y por extranjeros, la etiqueta del criminal hombre&#150;migrante no agotaba la necesidad de construir un verdadero otro, f&aacute;cilmente identificable y controlable. A ello se dedica el trabajo de M&aacute;ximo Sozzo, quien estudia las ideas que permit&iacute;an vislumbrar al criminal como diferente al resto de los hombres por su esencia org&aacute;nica o moral. Aborda, por tanto, la disyuntiva entre dos explicaciones del delito y, en general, de la acci&oacute;n humana: la voluntarista&#150;igualitaria (que considera que las acciones dependen de la voluntad del actor y que todos los hombres tienen la misma posibilidad de decidir sus actos) y la determinista&#150;diferenciante (que considera que las acciones dependen de factores determinantes, ubicados en el entorno o en el organismo del actor, lo cual marca una diferencia entre los individuos determinados a cometer un crimen e incluso entre los individuos con grados diversos de determinaci&oacute;n). El tema de la diferenciaci&oacute;n aparece tambi&eacute;n en el cap&iacute;tulo de Pablo Ansolabehere, quien muestra c&oacute;mo las ideas de la antropolog&iacute;a criminal se aplicaron a los anarquistas, considerados criminales natos por especialistas (el m&eacute;dico Francisco de Veyga) y por literatos (el novelista Francisco Sicardi).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tanto Sozzo como ansolabehere proponen ideas interesantes. El primero sostiene que el igualitarismo&#150;voluntarismo legal presentaba resquicios pues exculpaba de responsabilidad penal a individuos enfermos o dementes, es decir, org&aacute;nicamente diferentes al resto. Por otra parte, afirma que, si en los escritos de los especialistas se asomaba un esencialismo org&aacute;nico, en las revistas privaba un esencialismo moral asociado a la gram&aacute;tica de lo monstruoso y cercano a la posici&oacute;n voluntarista. Por tanto, presenta un voluntarismo que reconoc&iacute;a que ciertos grupos, por sus caracter&iacute;sticas f&iacute;sicas, no pod&iacute;an decidir sobre sus actos y, por tanto, no eran iguales al resto ni actuaban libremente; y un esencialismo que, sin caer en el determinismo biol&oacute;gico, se&ntilde;alaba anomal&iacute;as morales muy parecidas a las que, finalmente, deb&iacute;an reconocer los voluntaristas al explicar por qu&eacute;, de forma libre y consciente, algunos individuos optaban por el camino del mal. Igualitarismo y determinismo mitigados y ecl&eacute;cticos. Parecida es la conclusi&oacute;n de ansolabehere en su an&aacute;lisis de la novela de Francisco Sicardi, pues sostiene que a una visi&oacute;n propia de la antropolog&iacute;a criminal, el autor a&ntilde;adi&oacute; factores familiares, maltrato, miseria, falta de educaci&oacute;n. De nuevo, una mitigaci&oacute;n del determinismo en aras de un causalismo familiar y social, o una postura ecl&eacute;ctica caracter&iacute;stica de los intelectuales hispanoamericanos.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Regresando al punto de partida, el esfuerzo por se&ntilde;alar al criminal se refleja, de forma aun m&aacute;s n&iacute;tida, en el trabajo de mercedes Garc&iacute;a Ferrari, quien estudia el tema de la identificaci&oacute;n. Al hacerlo &#151;y al igual que Sozzo&#151; se adentra en la otra cara de la modernidad, la que promet&iacute;a resolver los problemas generados por la propia modernidad: la ciencia, que en su estudio de los delincuentes ofrec&iacute;a encontrar rasgos determinantes que permitir&iacute;an identificarlos aun antes de que delinquieran; y la fotograf&iacute;a, que ofrec&iacute;a localizar a los criminales y a los reincidentes, y el sistema Bertillon y la antropometr&iacute;a, que permit&iacute;an localizar las fotograf&iacute;as de dichos delincuentes en la mar de expedientes y rostros que poblaban las comisar&iacute;as y rebasaban la memoria de los polic&iacute;as.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora bien, junto al actor que hasta ahora hemos tratado (el individual y por tanto localizable, en el mejor caso an&oacute;malo org&aacute;nicamente y no producto de la sociedad o del sistema pol&iacute;tico y econ&oacute;mico), figura otro actor &#151;la multitud&#151; y, con este nuevo actor, otros temores. Temible era la multitud disidente y vinculada con l&iacute;deres anarquistas (y por tanto criminales) que aparece en el trabajo de Pablo Ansolabehere, como temible era la multitud que, en casos como el de Abel Ayerza, simpatizaba con la v&iacute;ctima y culpaba al estado por su ineficacia en la protecci&oacute;n de los ciudadanos y, lo peor, por su corrupci&oacute;n, como se lee en el trabajo de Lila Caimari. Una multitud tan temible que, al final del d&iacute;a, individuos empapados del ideal de igualdad y acostumbrados a la urbe masiva, buscaron caminos para la autodiferenciaci&oacute;n y dejaron de percibir los documentos de identificaci&oacute;n como papeles de sospecha para verlos como veh&iacute;culos de pertenencia (como concluye Garc&iacute;a Ferrari).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En suma, los autores de <i>La ley de los profanos </i>tratan temas comunes y ofrecen una visi&oacute;n que rebasa los asuntos particulares y los a&ntilde;os precisos. Mucho faltar&iacute;a por hacer, pero ni puede pedirse m&aacute;s a una obra colectiva ni puede agotarse un tema sin que las aportaciones particulares resulten repetitivas. En el volumen se podr&iacute;a extra&ntilde;ar, tan s&oacute;lo, una mayor preocupaci&oacute;n por la identidad y el perfil de los "profanos" que se manifestaban en la prensa, en las revistas, en la literatura, as&iacute; como un mayor inter&eacute;s por los lectores (reales, potenciales o imaginarios).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Dos trabajos se interesan claramente en los autores, el de Sandra Gayol y el de M&aacute;ximo Sozzo, y aun en estos casos surgen preguntas. La primera habla de sujetos an&oacute;nimos (no c&eacute;lebres) "socialmente diversos", como comerciantes, vendedores, empleados, profesionistas, y presenta un discurso compartido; por tanto, concluye que el lenguaje del honor y la importancia del honor eran comunes a diversos grupos. La conclusi&oacute;n es muy interesante pero &iquest;las fuentes permitir&iacute;an introducir matices?, &iquest;un vendedor se expresaba igual que un m&eacute;dico?, &iquest;habr&iacute;a alguna forma de saber si era m&aacute;s probable que su disputa terminara en tribunales que en un enfrentamiento callejero o un duelo de caballeros? por su parte, M&aacute;ximo Sozzo presenta a polic&iacute;as que escrib&iacute;an en una revista no institucional y dirigida a una audiencia que no estaba integrada por polic&iacute;as. &iquest;Hubieran escrito de otra forma para una revista de la instituci&oacute;n o para sus antiguos compa&ntilde;eros de oficio? Las preguntas son m&aacute;s numerosas para otros textos. Por ejemplo, Pablo Ansolabehere analiza la obra de Antonio S&aacute;nchez Ruiz, Francisco Sicardi y Carlos Octavio Bunge, y contextualiza las diferencias con base en los momentos de publicaci&oacute;n y los sucesos criminales o sociales. &iquest;La diferente visi&oacute;n podr&iacute;a depender tambi&eacute;n de la diversa formaci&oacute;n, inter&eacute;s o bagaje cultural de los autores? por otra parte, Lila Caimari o Sandra Gayol aluden al inter&eacute;s de la prensa por captar o acceder a p&uacute;blicos masivos, y M&aacute;ximo Sozzo registra la intenci&oacute;n pedag&oacute;gica de Bunge, pues su ensayo form&oacute; parte de un libro de lectura que buscaba cimentar los valores patrios en los ni&ntilde;os. Obviamente el lenguaje y el tono respond&iacute;an a la intenci&oacute;n del redactor y a la imagen de los lectores. &iquest;Podr&iacute;a decirse algo m&aacute;s de esto? &iquest;otros "profanos" realizaron concesiones a sus lectores y al hacerlo modificaron su discurso o su lenguaje?</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para cerrar, resulta importante pasar a las conclusiones que se desprenden de la obra. En primer lugar, queda claro que exist&iacute;a una similitud entre diversos lenguajes. Maximo Sozzo y Pablo Ansolabehere encuentran un antecedente &#151;o una derivaci&oacute;n&#151; de las novelas policiales, detectivescas o de espionaje en los relatos de casos c&eacute;lebres. Por su parte, Lila Caimari muestra la presencia de la t&eacute;cnica cinematogr&aacute;fica en la prensa, entre otras cosas, con la influencia del g&aacute;ngster estadounidense o, ante la imposibilidad de captar las im&aacute;genes del crimen, con la escenificaci&oacute;n de las escenas criminales, en ocasiones acompa&ntilde;adas por historietas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tambi&eacute;n existieron cruces discursivos, como lo anuncia desde el pr&oacute;logo Lila Caimari: el saber de los no especialistas no se opon&iacute;a a la visi&oacute;n especializada u oficial; por el contrario, los profanos se apropiaban del saber acu&ntilde;ado en &aacute;mbitos "sacros". En general, la obra permite concluir que exist&iacute;an ideas y valores comunes a diversos escritores y c&iacute;rculos. Sandra Gayol y Pablo Piccato muestran que el concepto de honor era compartido por diferentes grupos; M&aacute;ximo Sozzo revela c&oacute;mo igualmente determinista o esencialista resultaba el discurso especializado que el de las revistas (aun con el desplazamiento al esencialismo moral); y Pablo Ansolabehere sostiene que una similar versi&oacute;n del anarquista aparec&iacute;a en tratados criminol&oacute;gicos, informes periciales, leyes y proyectos y novelas.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y lo m&aacute;s interesante son las repercusiones. M&aacute;ximo Sozzo postula que la novela <i>Hacia la justicia, </i>de Francisco Sicardi, debe ser le&iacute;da en el contexto de la promulgaci&oacute;n de la Ley de residencia en 1902 (que contemplaba como sujetos punibles a todos los extranjeros) pues, sostiene, el hecho de que el anarquista fuera argentino y el h&eacute;roe hijo de extranjeros refleja la defensa de los inmigrantes y de la inmigraci&oacute;n. En el flujo contrario, Lila Caimari sostiene que el impacto social del atentado anarquista en el Teatro Col&oacute;n o el secuestro de Abel Ayerza propiciaron el cambio legal, el primero, y la Ley de Defensa Social en 1910, el segundo, el proyecto de c&oacute;digo penal de 1933 que daba m&aacute;s espacio a las ideas de la escuela positivista y reestablec&iacute;a la pena de muerte.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una reflexi&oacute;n &uacute;ltima. Como ya lo dije, coincido en la necesidad de delimitar un acercamiento a la criminalidad, la ley y la justicia y, por otra parte, considero que los autores del volumen respetaron la intenci&oacute;n de privilegiar las representaciones o las "dimensiones simb&oacute;licas" sobre los "comportamientos sociales objetivamente observables", aun as&iacute;, me parece que en algunos cap&iacute;tulos las fronteras son difusas. Sucede en los trabajos de Mercedes Garc&iacute;a Ferrari o Pablo Piccato, quienes reconstruyen pr&aacute;cticas, pero &#151;y el pero es esencial&#151; dejan en claro que &eacute;stas no pueden ser entendidas sin un conocimiento del universo cultural que las propicia o acompa&ntilde;a: el se&ntilde;alamiento de los individuos a identificar, as&iacute; como el rechazo a la identificaci&oacute;n, responden a ideas, imaginarios y prejuicios; la amistad y la reputaci&oacute;n de los hombres de la calle, la posibilidad de confiar o de timar se jugaba en un terreno de supuestos, reglas, simpat&iacute;as y valores. Por tanto, m&aacute;s que un cuestionamiento a la obra o a las delimitaciones de &eacute;ste o futuros trabajos, creo que otra de las aportaciones de <i>La ley de los profanos </i>es mostrar, justamente, c&oacute;mo los saberes inciden sobre los comportamientos, controles, leyes, justicias (mientras que los actos criminales, los mecanismos de control, las decisiones judiciales generan a su vez conocimientos, reacciones, ideas, valores). De ah&iacute; que, independientemente de los l&iacute;mites, las fronteras sean tenues y que, en general, al hablar de cultura jur&iacute;dica se deba incluir no s&oacute;lo el estudio de conocimientos, opiniones, l&eacute;xicos, principios y valores sino tambi&eacute;n las actitudes y los comportamientos frente al derecho, la violaci&oacute;n de la ley y la justicia.<sup><a href="#notas">3</a></sup></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b><a name="notas"></a>Notas</b></i></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1 </sup>Una versi&oacute;n sintetizada de esta rese&ntilde;a se publicar&aacute; en Argentina en la revista <i>Prismas.</i></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2 </sup>V&eacute;ase la introducci&oacute;n de Ricardo Gustini y Giorgio Rebuff a (p. 24), a la obra de Giovanni Tarello, <i>Cultura jur&iacute;dica y pol&iacute;tica del derecho, </i>traducci&oacute;n de Isidro Rosas Alvarado, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1995 (Secci&oacute;n de Obras de Pol&iacute;tica y Derecho).</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3 </sup>V&eacute;ase, adem&aacute;s del trabajo de Tarello, el de Lawrence Friedman, "The concept of legal culture. A reply" (p. 16), en David Nelken (editor), <i>Comparing legal cultures, </i>Aldershot (Hants, Inglaterra)/Brookfield (Vermont), Dartmouth Publishing Company, 1997, p. 33&#150;39.</font></p>      ]]></body>
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