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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as bibliogr&aacute;ficas</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Emilio Uranga, <i>An&aacute;lisis del ser del mexicano y otros escritos sobre la filosof&iacute;a de lo mexicano</i></b> <b><i>(1949&#45;1952)</i></b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Aurelia Valero Pie</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>selecci&oacute;n, pr&oacute;logo y notas de Guillermo Hurtado, Bonilla Artigas, M&eacute;xico, 2013 (Las Semanas del Jard&iacute;n, 4), 253 pp.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Instituto de Investigaciones Hist&oacute;ricas, Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico</i>, <a href="mailto:aureliavalero@gmail.com">aureliavalero@gmail.com</a></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"Hay personas con m&eacute;rito que desagradan y otras con defectos que logran cautivar", escribi&oacute; Fran&ccedil;ois de La Rochefoucauld hacia mediados del siglo XVII.<sup><a href="#nota">1</a></sup> M&aacute;s all&aacute; del carisma, en cuanto especie de encanto irracional, la estimaci&oacute;n posee, en efecto, su propia l&oacute;gica y sus reglas, una y otras acompa&ntilde;adas de diversos premios y sanciones. Decir que Emilio Uranga rompi&oacute; una a una las normas t&aacute;citas de la convivencia acad&eacute;mica explica, al menos en parte, el descuido en que cay&oacute; su obra durante las &uacute;ltimas cinco d&eacute;cadas. Quienes lo conocieron suelen traer a la memoria su genio y mal genio, aqu&eacute;l dilapidado al servicio del poder y este &uacute;ltimo expresado en los m&uacute;ltiples denuestos que infligi&oacute; a sus maestros y colegas. Entre esos episodios se recuerda cuando, en ocasi&oacute;n del homenaje luctuoso que se rindi&oacute; a Samuel Ramos, Uranga afirm&oacute;, para esc&aacute;ndalo de los presentes, que el reci&eacute;n fallecido no hab&iacute;a sido ni buen fil&oacute;sofo ni profesor. Otro tanto sucedi&oacute; a la muerte de Jos&eacute; Gaos, colocado, por la pluma del alumno, bajo los estigmas del dogmatismo, el resentimiento y la frustraci&oacute;n. Por si esto no bastara, tambi&eacute;n acus&oacute; a Daniel Cos&iacute;o Villegas de contrarrevolucionario y de inclinarse a la reacci&oacute;n, mientras que otros intelectuales de primera l&iacute;nea, como Fernando Ben&iacute;tez y los hermanos Gonz&aacute;lez Casanova, encontraron en las columnas de la revista <i>Siempre!</i> acerbas cr&iacute;ticas a sus respectivas posturas y trayectorias.<sup><a href="#nota">2</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora bien, si el medio intelectual rara vez objeta la soberbia, muy dif&iacute;cilmente perdonar&aacute; la ingratitud, inexcusable falta a la que sucumbi&oacute;, en opini&oacute;n de sus coet&aacute;neos, el fil&oacute;sofo Emilio Uranga. Jos&eacute; Luis Mart&iacute;nez, por mencionar un ejemplo, no tuvo empacho en omitir, en la reedici&oacute;n de una obra colectiva, el cap&iacute;tulo con que Uranga hab&iacute;a participado, debido, en palabras del escritor, a sus "turbiedades pol&iacute;ticas &#91;...&#93; y, sobre todo, &#91;a&#93; los ataques que hizo contra los maestros que lo hab&iacute;an ayudado".<sup><a href="#nota">3</a></sup> De modo literal y figurado, poco a poco se fue as&iacute; urdiendo el silencio en torno a un hombre acostumbrado a despertar esc&aacute;ndalo en el sentido propio de la palabra, es decir, no s&oacute;lo a herir los o&iacute;dos de las personas bienpensantes, sino a producir alboroto, ruido y tumulto entre los miembros de los c&iacute;rculos letrados. En modo alguno es exagerado decir que ninguno de los escritos publicados entre 1949 y 1952, ahora reunidos por feliz iniciativa de Guillermo Hurtado, pas&oacute; desapercibido. Seg&uacute;n consta en diversos testimonios y cr&oacute;nicas de la &eacute;poca, todos ellos se comentaron, criticaron o aprobaron, y en ning&uacute;n caso fueron recibidos con indiferencia. Incluso hoy, a m&aacute;s de sesenta a&ntilde;os de distancia, el lector que recorra estas p&aacute;ginas comprobar&aacute; que no es posible permanecer impasible ante la lucidez, iron&iacute;a y agilidad creadora que distingue la escritura de Uranga, una prosa cargada de im&aacute;genes perdurables, de analog&iacute;as inesperadas y, sobre todo, de una terrible y muy divertida irreverencia ante los hombres y las cosas, ante lo sagrado y lo profano. Tan iluminadores resultan esos gestos de sarcasmo, origen de un sinf&iacute;n de antipat&iacute;as y enemistades, que podr&iacute;a incluso encontrarse en ellos una virtud central en la econom&iacute;a del discurso, no s&oacute;lo desde el punto de vista estil&iacute;stico, sino porque representa una significativa toma de distancia respecto del gremio y la filosof&iacute;a como disciplina acad&eacute;mica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si bien los rasgos mencionados impregnan el conjunto, esta rese&ntilde;a se concentra en la tercera parte del libro, aquella que re&uacute;ne los escritos publicados en los dos principales suplementos culturales de la &eacute;poca: <i>M&eacute;xico en la Cultura,</i> distribuido a trav&eacute;s del peri&oacute;dico <i>Novedades,</i> y la <i>Revista Mexicana de Cultura,</i> inserta entre las p&aacute;ginas de <i>El Nacional.</i> Es posible sugerir que el incluir esa serie como parte del conjunto representa un atractivo mayor de la antolog&iacute;a por distintas razones. En primer lugar, debido a que se trata de una aut&eacute;ntica novedad editorial, en el mejor sentido de la expresi&oacute;n. A diferencia de las otras dos secciones &#151;integradas por el ensayo <i>An&aacute;lisis del ser del mexicano</i> y por los art&iacute;culos que aparecieron en diversas revistas especializadas durante el periodo en cuesti&oacute;n&#151;, esas notas period&iacute;sticas eran, para el investigador contempor&aacute;neo, casi desconocidas y de laboriosa consulta. Apenas se podr&aacute; insistir lo suficiente en la importancia que reviste ese rescate documental, sobre todo si se considera que la vida cultural de M&eacute;xico qued&oacute; en gran medida plasmada en los suplementos que a finales de los a&ntilde;os cuarenta fund&oacute; Fernando Ben&iacute;tez. Con sus diecis&eacute;is p&aacute;ginas, moderna tipograf&iacute;a y amplitud de contenido, <i>M&eacute;xico en la Cultura</i> y la <i>Revista Mexicana de Cultura</i> representaron una verdadera revoluci&oacute;n en la forma de concebir y divulgar las actividades asociadas a esa esfera de la vida p&uacute;blica. De ah&iacute; que quien desee realmente conocer a un autor, determinar su lugar en el medio intelectual e identificar a sus interlocutores, as&iacute; como las problem&aacute;ticas en com&uacute;n y los puntos de divergencia, tal como se desarrollaron al mediar el siglo XX, deba dirigir su mirada hacia esos suplementos culturales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al incluir esos art&iacute;culos como parte del volumen, Guillermo Hurtado contribuye a romper una man&iacute;a enquistada entre quienes estudiamos la historia de la filosof&iacute;a en M&eacute;xico y que consiste en reducir el espectro de lectura a algunos libros o ensayos emblem&aacute;ticos, sin prestar atenci&oacute;n a los contextos de enunciaci&oacute;n, a los medios en que circulan las ideas ni a los indicios que apuntan hacia su efectiva recepci&oacute;n. No es otra cosa lo que aparece en aquellas notas period&iacute;sticas, cuya iron&iacute;a, entendida como mordacidad, pero tambi&eacute;n como distanciamiento y reflexividad, revela algunos mecanismos que regulan el mundo intelectual. As&iacute;, por ejemplo, el texto que aparece bajo el rubro "Generaci&oacute;n y grupo" constituye una aut&eacute;ntica desmitificaci&oacute;n de aquel primer concepto, tan recurrido en la &eacute;poca con el sentido que le prest&oacute; Jos&eacute; Ortega y Gasset. Lejos de constituir una noci&oacute;n de orden te&oacute;rico, capaz de infundir coherencia al devenir humano y a los cambios que conlleva, Uranga sostuvo que "toda teor&iacute;a de la generaci&oacute;n encubre una <i>m&iacute;stica</i> de la generaci&oacute;n &#91;...&#93;, t&eacute;rmino dotado de poder m&aacute;gico, f&oacute;rmula incantatoria puesta al servicio de su coeficiente emocional". No hab&iacute;a, por ende, que enga&ntilde;arse y pensar que los ciclos generacionales respond&iacute;an a la necesidad impostergable de alguna fuerza hist&oacute;rica. Por el contrario, afirm&oacute;, "la generaci&oacute;n nace no en el momento en que 'descubre su problem&aacute;tica y se dedica expresamente a resolverla', sino en el instante en que un &oacute;rgano de publicidad le da ocasi&oacute;n de darse a notar y de hacer circular, so capa de estudio, habladur&iacute;as y desatinos sobre sus allegados" (pp. 208&#45;209).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aunque escritas con &aacute;nimo de provocar, en esas l&iacute;neas Uranga admiti&oacute; el papel que desempe&ntilde;aron los medios masivos de comunicaci&oacute;n en la proyecci&oacute;n del Grupo Filos&oacute;fico Hiperi&oacute;n. Quienes desde una perspectiva hist&oacute;rica han estudiado el movimiento, en particular Ana Santos y el mismo Guillermo Hurtado, no olvidaron se&ntilde;alar c&oacute;mo los suplementos culturales, las revistas de la &eacute;poca e incluso la radio y la televisi&oacute;n concurrieron a hacer de sus principales miembros los portadores indiscutibles de una nueva y muy urgente misi&oacute;n generacional. Que el propio Uranga, sin cegarse por su &eacute;xito y vertiginoso ascenso hacia la fama, identificara los mecanismos de la ilusi&oacute;n publicitaria resulta ciertamente admirable. A juzgar por sus palabras, esa ilusi&oacute;n radicaba en pretender que la atenci&oacute;n prestada a los miembros del Grupo correspond&iacute;a a un orden preestablecido o a una correlaci&oacute;n de fuerzas objetiva, cuando, de hecho, los medios informativos participan en la construcci&oacute;n y el sentido de su objeto. Una vez verificado ese artificio, el espejismo se consolidaba al poner en pr&aacute;ctica aquello que Roland Barthes denomin&oacute;, un par de d&eacute;cadas m&aacute;s tarde, "efecto de realidad": el conjunto de operaciones que conducen a ocultar la presencia del enunciante, dotando al discurso de una apariencia neutra, desinteresada e impersonal. En la prosa de Uranga:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La generaci&oacute;n hace decir a la historia cu&aacute;l es su tarea y luego c&iacute;nicamente la inscribe en las cosas como su eco objetivo. &#91;...&#93; La iron&iacute;a consiste justamente en hacer comprender que a una generaci&oacute;n le ha servido de madrina la historia. El programa se lo inventan lib&eacute;rrimamente sus miembros y volvi&eacute;ndose a los que ven a sus espaldas les hacen comulgar con la "objetividad" de ese tema. (p. 211)</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Identificar el "cinismo" como eje articulador del discurso sobre el acontecer, presente y pasado, es sin duda una de las mayores contribuciones que Uranga puede aportar al m&eacute;todo de la historia intelectual. El esp&iacute;ritu c&iacute;nico, puntualiz&oacute; en otro art&iacute;culo, "sabe que todo es relativo, que todo es limitado, pero sabe tambi&eacute;n que el hombre puede revestir a todo lo relativo de un coeficiente de absolutizaci&oacute;n". Es c&iacute;nico, por ende, "quien acepta conscientemente una inversi&oacute;n de los valores, y absolutizar lo relativo es invertir radicalmente los valores" (p. 178). En ese sentido estricto es posible afirmar que los estudios sobre el pasado intelectual en M&eacute;xico se fundan, en cierta medida, en diversos relatos redactados bajo el signo del cinismo. Con ello me refiero a la propensi&oacute;n a abrevar en los escritos que dejaron sus protagonistas, pero no como un testimonio entre otros, sino sucumbiendo a su apariencia de objetividad. Rara vez, aunque por fortuna con progresiva frecuencia, se contrastan las versiones, se cuestiona la secuencia o se ampl&iacute;a el n&uacute;mero de actores. El resultado ha sido que nociones como "Generaci&oacute;n del Centenario", "Generaci&oacute;n del 17" o "Generaci&oacute;n de medio siglo" suelen emplearse sin dar cuenta de su car&aacute;cter construido. Tambi&eacute;n lo es la tendencia a repetir el rosario de las filiaciones, comenzando por el Ateneo y Antonio Caso, cuyo principal disc&iacute;pulo, Samuel Ramos, encontrar&iacute;a su legado enriquecido en la figura de Leopoldo Zea y en los mismos hiperiones.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Consciente de las ventajas que supone ostentarse como punto culminante de una tradici&oacute;n del pensamiento, tambi&eacute;n Emilio Uranga dedic&oacute; algunas p&aacute;ginas a esclarecer su propia ascendencia intelectual. Quien abandone por un instante la tercera parte del volumen y se dirija a la segunda encontrar&aacute; un art&iacute;culo titulado "50 a&ntilde;os de filosof&iacute;a en M&eacute;xico". Tras identificar los momentos estelares del periodo, con sus bondades y bemoles, en esas l&iacute;neas atribuy&oacute; a la meditaci&oacute;n sobre lo mexicano "el sentido de la tarea filos&oacute;fica por excelencia" (p. 132). Que el recorrido hist&oacute;rico dif&iacute;cilmente pudiera encontrar un desenlace m&aacute;s digno fue la conclusi&oacute;n que Uranga sugiri&oacute;, entre serio y burl&oacute;n. Mito y desmitificaci&oacute;n aparecen, por lo tanto, a tan s&oacute;lo unas p&aacute;ginas de distancia, introduciendo en sus escritos una sutil llamada de atenci&oacute;n hacia los procedimientos que convierten los juegos de oposiciones y las luchas por la representaci&oacute;n en un relato orientado, continuo e inequ&iacute;voco.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su condici&oacute;n de herramientas desmitificadoras merecen particular menci&oacute;n los art&iacute;culos englobados en la serie "Filosof&iacute;a en M&eacute;xico y de M&eacute;xico", publicada entre junio de 1949 y febrero de 1950 en el suplemento <i>M&eacute;xico en la cultura.</i> La desaprobaci&oacute;n p&uacute;blica que sobre la llamada filosof&iacute;a del mexicano manifest&oacute; Jos&eacute; Gaos en febrero de aquel a&ntilde;o fue sin duda el detonante de esos textos, concebidos como aut&eacute;nticas piezas de combate. En uno de ellos, con el t&iacute;tulo "Dos existencialismos", dio cuenta de los factores de tipo sociol&oacute;gico que determinaron la recepci&oacute;n de Heidegger en M&eacute;xico, por encima de la que mereci&oacute; el existencialismo franc&eacute;s. Uno de esos condicionantes llevaba el nombre del profesor "transterrado", quien hab&iacute;a a tal grado afianzado su feudo que "los fil&oacute;sofos que se declaran heideggerianos son estudiantes que temen encontrarse con un juicio desfavorable de Gaos y prefieren estar bien con el maestro y no con los disc&iacute;pulos rebeldes". El maestro no cejaba en el esfuerzo por dictar el rumbo de los pensamientos, dado que la condena de "toda desviaci&oacute;n de la ortodoxia heideggeriana" hab&iacute;a significado para muchos "una orden de apartarse decididamente de todo lo sartriano". Uranga vaticinaba, sin embargo, que tales astucias se ver&iacute;an frustradas a la postre, puesto que "siempre que entren en pugna un espa&ntilde;ol y un franc&eacute;s, el mexicano sentir&aacute; inclinaci&oacute;n a ponerse de lado del franc&eacute;s, por atavismo cultural" (p. 174). La singular qu&iacute;mica que reg&iacute;a esas afinidades electivas hallaba un ingrediente adicional en el gusto por lo que estuviera "de moda, lo actual&iacute;simo, lo <i>up to date,</i> la novedad" (p. 176). Ahora bien, sosten&iacute;a el infractor, "en el existencialismo lo actual no es Heidegger sino Sartre", puesto que de &eacute;l se esperaba "una teor&iacute;a de las relaciones sociales, una pedagog&iacute;a, una teor&iacute;a de la historia, una moral y una idea del hombre", mientras que el disc&iacute;pulo de Husserl promet&iacute;a, a lo sumo, una identificaci&oacute;n entre el ser y la nada.<sup><a href="#nota">4</a></sup> La nota terminaba con una &uacute;ltima provocaci&oacute;n que era tambi&eacute;n un grito de guerra. Al referirse a las conferencias que el Grupo Hiperi&oacute;n hab&iacute;a sostenido un a&ntilde;o antes en el Instituto Franc&eacute;s de Am&eacute;rica Latina, adujo en retrospectiva que "present&aacute;bamos o impon&iacute;amos una elecci&oacute;n entre el existencialismo franc&eacute;s y el existencialismo alem&aacute;n, y en ning&uacute;n momento supusimos que la disyuntiva pod&iacute;a ser obviada por conductos diplom&aacute;ticos" (p. 176).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al decir de alguno de sus compa&ntilde;eros, los art&iacute;culos "hicieron mucho ruido por su tono agresivo y despiadado".<sup><a href="#nota">5</a></sup> Sin duda no era otra su intenci&oacute;n, puesto que escandalizar fue una estrategia a la que Uranga con frecuencia recurri&oacute; para hacerse escuchar en el mar de voces que entonces contend&iacute;an. De aguzar un poco el o&iacute;do, junto a la innegable aspereza tambi&eacute;n se escuchar&aacute;n los ecos, bastante m&aacute;s tenues, de un proceso de autoafirmaci&oacute;n, por el que fue fraguando una filosof&iacute;a y una personalidad.</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Borrar o desdibujar, aunque sea un poco, nuestras peculiaridades &#151;afirm&oacute; desafiante&#151;, para acogernos a otras que no nos pertenecen, pero que m&aacute;s f&aacute;cilmente evocan a lo universal no nos atrae. &#91;...&#93; Empecinados estamos con lo nuestro, con lo que nos ci&ntilde;e y rodea, con lo que nos es familiar y trama nuestra vida cotidiana y extraordinaria. (p. 189)</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Argumentos te&oacute;ricos, criterios territoriales o, simplemente, divertidas y en ocasiones muy hirientes insolencias fueron los recursos que puso en movimiento con el fin de abrirse un espacio y definir su propia identidad. Pero si ese desarrollo individual posee un inter&eacute;s de orden general, ello se debe a que al mismo tiempo hizo evidentes cuestiones de mayor alcance, como el hecho, con frecuencia soslayado, de que la recepci&oacute;n no depende &uacute;nicamente de la fuerza argumentativa o del rigor en los conceptos, sino de aspectos de car&aacute;cter sociol&oacute;gico y estructural.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otro ejemplo de esas estrategias de deconstrucci&oacute;n figura en un chispeante art&iacute;culo titulado "Fil&oacute;sofos y profesores de filosof&iacute;a". "Muchos han lamentado &#151;apunt&oacute; en ese texto&#151; que la filosof&iacute;a se convirtiera en instituci&oacute;n acad&eacute;mica." Razones para opinar de ese modo al parecer hab&iacute;a de sobra, si bien la principal radicaba en que, tras imponerse una severa asepsia, el fil&oacute;sofo hab&iacute;a "perdido importantes dimensiones de lo humano". Confinada a la c&aacute;tedra y restringida a un estrech&iacute;simo c&iacute;rculo de especialistas e iniciados, la disciplina ya s&oacute;lo se cifraba en el sutil arte de "transformar los problemas con que entramos en ella, en otros que nos son propuestos por la tradici&oacute;n". "Sustituir una dificultad por un problema filos&oacute;fico t&eacute;cnicamente significativo" constitu&iacute;a, por ende, el formidable avance que hab&iacute;a atra&iacute;do la entonces llamada "normalizaci&oacute;n" de la filosof&iacute;a, hoy conocida como "profesionalizaci&oacute;n". No menos deslumbrante aparec&iacute;a otra mutaci&oacute;n verificada de manera simult&aacute;nea en el campo de la ense&ntilde;anza, que consiste en haberse impuesto como meta formar, no pensadores como tales, sino un buen n&uacute;mero de comentadores. "Es ello un progreso del que pocos se han dado cuenta", se&ntilde;al&oacute; con iron&iacute;a. Sin desprenderse del notable bagaje te&oacute;rico que adquiri&oacute; en el curso de su propio aprendizaje, Uranga dej&oacute; as&iacute; testimonio de la desaz&oacute;n que le produjeron las reformas en el r&eacute;gimen universitario, cuya especializaci&oacute;n ha seguido en aumento. Pese a que tanto los problemas te&oacute;ricos como las exigencias acad&eacute;micas en nuestros d&iacute;as apenas resultan comparables, la pregunta que entonces sugiri&oacute; todav&iacute;a se mantiene vigente: &iquest;c&oacute;mo conciliar el rigor filos&oacute;fico con la transmisi&oacute;n y difusi&oacute;n efectivas del conocimiento?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aunque habr&iacute;a mucho m&aacute;s que decir sobre esas notas period&iacute;sticas, agotar su contenido no figura entre los prop&oacute;sitos de este comentario, limitado a sugerir el potencial error de considerarlas como meros apuntes de circunstancia, colocados a modo de ap&eacute;ndice o anexo a la obra mayor de Emilio Uranga. En la medida en que ah&iacute; puntualiz&oacute; ciertos matices te&oacute;ricos, respondi&oacute; diversas objeciones, azuz&oacute; a sus oponentes e identific&oacute; algunos engranajes que regulan el medio intelectual, ese conjunto constituye una pieza central para entender, no s&oacute;lo su pensamiento, sino el contexto que lo vio surgir. Si a ello se a&uacute;na la textura y profundidad que l&iacute;nea a l&iacute;nea abon&oacute; a su autorretrato, es posible valorar mejor esos textos, en los que se lee el proceso que lo convirti&oacute; en un pensador de gran originalidad, en un l&uacute;cido observador de su tiempo y, desde luego, en un temible adversario. Por esos motivos, parece casi superfluo insistir en el acierto de cerrar con ellos el <i>An&aacute;lisis del ser del mexicano</i> y los ensayos de corte acad&eacute;mico que circularon por aquellos a&ntilde;os. Uno y otros se enriquecen, en efecto, a la luz de los escritos publicados en la prensa. &Uacute;nicamente hubiera sido de desear que se ampliara un poco el periodo considerado, de tal modo que quedaran integrados algunos art&iacute;culos aparecidos en fechas anteriores, en particular aquel que se titula "Maurice Merleau&#45;Ponty: fenomenolog&iacute;a y existencialismo", y que expone un primer esbozo de la filosof&iacute;a del mexicano.<sup><a href="#nota">6</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con todo, los ensayos publicados bastan con creces para mostrar por qu&eacute; Uranga fue y sigue siendo un pensador tan inc&oacute;modo como fascinante. Sus observaciones m&aacute;s seductoras aparecen con otras tantas que disgustan, su lucidez en ocasiones se oscurece tras la ira y su iron&iacute;a quiz&aacute; revela tanto como oculta. Olvidar que su figura condensa una suma de contradicciones, para dotarlo de una extra&ntilde;a coherencia, equivaldr&iacute;a, sin embargo, a opacar por completo el brillo de su pensamiento. No se comprender&iacute;a cu&aacute;les fueron los motores de su fuerza ni c&oacute;mo logr&oacute; poner en marcha uno de los momentos m&aacute;s animados de nuestra historia intelectual. Tampoco se entender&iacute;a su progresivo aislamiento de un medio que no perdona la ingratitud y menos a&uacute;n a quienes ridiculizan las fallas. Y es que Uranga, pese a no decir siempre lo que quisiera escucharse, tambi&eacute;n afirm&oacute; con claridad y sarcasmo lo que muchos no atinar&iacute;an ni a balbucear.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Guillermo Hurtado tiene raz&oacute;n en destacar, en el magn&iacute;fico pr&oacute;logo que precede el volumen, que "el crep&uacute;sculo personal de Uranga, cada vez m&aacute;s aislado y enfermo, coincidi&oacute; con el descr&eacute;dito total de la filosof&iacute;a de lo mexicano" (p. 14). Ese doble declive favoreci&oacute; que por la pendiente rodara el conjunto de su obra y sus ideas, sin criterio ni discriminaci&oacute;n. Reflexiones gr&aacute;vidas en sugerencias &#151;como la cr&iacute;tica de la raz&oacute;n euroc&eacute;ntrica y el llamado a buscar modernidades alternativas&#151; y conceptos de gran potencial heur&iacute;stico, como el "cinismo", la "desilusi&oacute;n" y la "accidentalidad", corrieron la misma suerte que aspectos con quiz&aacute; menor vigencia, como el proyecto de elaborar una <i>ontolog&iacute;a</i> del mexicano. Todo se amonton&oacute; en id&eacute;ntico abismo. Seg&uacute;n Abelardo Villegas, Gaos coment&oacute; un d&iacute;a:</font></p>  	    <blockquote> 		    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">en Europa no s&oacute;lo hab&iacute;a grandes fil&oacute;sofos sino tambi&eacute;n qui&eacute;n se lo dec&iacute;a, los valoraba y les hac&iacute;a el eco adecuado. En tanto que en los fil&oacute;sofos mexicanos hab&iacute;a una especie de canibalismo, se devoraban entre ellos o, en el peor de los casos, sus obras ca&iacute;an en una conspiraci&oacute;n de silencio, como si nadie hubiera escrito nada.<sup><a href="#nota">7</a></sup></font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Gracias a las inestimables labores de compilaci&oacute;n y de interpretaci&oacute;n que emprendi&oacute; Guillermo Hurtado, estamos ahora en mejores condiciones para abandonar esos h&aacute;bitos can&iacute;bales y devolver a Emilio Uranga el lugar que le corresponde en la reflexi&oacute;n pret&eacute;rita y actual.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="nota"></a><b>Notas</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> Fran&ccedil;ois de La Rochefoucauld, <i>Maximes et r&eacute;flexions diverses,</i> Gallimard, Par&iacute;s, 1976, p. 69;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2815792&pid=S0185-2450201400010000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> la traducci&oacute;n es m&iacute;a.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> Retomo estos datos de Ana Santos, "Los hijos de los dioses. El <i>Grupo Filos&oacute;fico Hiperi&oacute;n</i> y el Estado mexicano", tesis de maestr&iacute;a en Historia, Facultad de Filosof&iacute;a y Letras, UNAM, 2012, pp. 151&#45;152.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2815794&pid=S0185-2450201400010000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> Citado en Ana Santos, <i>op. cit.,</i> p. 153.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup> Como se sabe, <i>El ser y el tiempo</i> de Martin Heidegger no constitu&iacute;a sino la primera parte de una obra que nunca alcanz&oacute; a ver la segunda. A la espera de que apareciera el complemento anunciado, Jos&eacute; Gaos auguraba a sus alumnos que en &eacute;l se verificar&iacute;a una fusi&oacute;n entre el ser y la nada, en cuanto conceptos regentes de la ontolog&iacute;a heideggeriana. Tal es el sentido de las afirmaciones de Uranga.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup> Joaqu&iacute;n &#91;S&aacute;nchez&#93; Macgr&eacute;gor, "Balance de la filosof&iacute;a en M&eacute;xico durante el a&ntilde;o 1949", <i>M&eacute;xico en la Cultura,</i> 1 de enero de 1950, p. 7.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2815798&pid=S0185-2450201400010000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup> Emilio Uranga, "Maurice Merleau&#45;Ponty: fenomenolog&iacute;a y existencialismo", <i>Filosof&iacute;a y Letras,</i> no. 30, abril&#45;junio de 1948.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2815800&pid=S0185-2450201400010000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>7</sup> Abelardo Villegas, "Pol&eacute;mica de las mafias", <i>Proceso,</i> no. 798, 17 de febrero de 1992, p. 39.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2815802&pid=S0185-2450201400010000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body><back>
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