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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as bibliogr&aacute;ficas</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Sue Donaldson y Will Kymlicka, <i>Zoopolis. A Pol&iacute;tical Theory of Animal Rights</i></b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Marta Tafalla</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Oxford University Press, Oxford/Nueva York, 2011, 329 pp.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Departamento de Filosof&iacute;a, Universidad Aut&oacute;noma de Barcelona.</i> <a href="mailto:Marta.Tafalla@uab.es">Marta.Tafalla@uab.es</a></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Zoopolis</i> es un libro sorprendente, que propone reformular el debate sobre nuestra relaci&oacute;n con los animales en un marco te&oacute;rico nuevo, y que sin duda despertar&aacute; una encendida discusi&oacute;n. Sus autores son Will Kymlicka, el conocido fil&oacute;sofo pol&iacute;tico y especialista en convivencia multicultural, catedr&aacute;tico en la Queen's University en Kingston, Ontario, y su esposa Sue Donaldson, autora de un popular libro de cocina vegana.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para entender el car&aacute;cter innovador de este libro hay que comprender el debate del que parte y que intenta transformar. Desde que en 1975 Peter Singer public&oacute; el ya cl&aacute;sico <i>Liberaci&oacute;n animal</i>, en la &eacute;tica filos&oacute;fica se ha desarrollado un debate cada vez m&aacute;s intenso y complejo acerca de nuestra relaci&oacute;n con las otras especies animales. Esa discusi&oacute;n se ha centrado hasta ahora en dos frentes. En primer lugar, lo que podr&iacute;amos llamar el <i>debate de las razones</i>, que ha venido examinando de qu&eacute; maneras justifica nuestra sociedad la utilizaci&oacute;n de los animales como meros instrumentos, su explotaci&oacute;n sistem&aacute;tica y su maltrato (experimentaci&oacute;n militar, experimentaci&oacute;n m&eacute;dica, cr&iacute;a industrial para consumo, caza, caza furtiva, espect&aacute;culos de circo, corridas de toros...). Asimismo, ha ofrecido razones para poner fin a estas formas de maltrato. Este debate te&oacute;rico ha incluido desde an&aacute;lisis de la concepci&oacute;n aristot&eacute;lica de la esclavitud, hasta una b&uacute;squeda de argumentos en las filosof&iacute;as de Hume, Bentham, Kant, Schopenhauer, Rawls o Habermas, aunque gran parte de la discusi&oacute;n ha estado protagonizada por el di&aacute;logo entre utilitaristas y deont&oacute;logos que iniciaron Singer y Regan. Sin embargo, recientemente, nuevas perspectivas han ido enriqueciendo ese debate. Por un lado, Martha Nussbaum ha denunciado que los debates se centraban demasiado en el criterio del dolor, y ha propuesto una concepci&oacute;n m&aacute;s amplia de lo que ser&iacute;a para un animal disfrutar de una vida justa. En <i>Las fronteras de la justicia</i> (2005) propon&iacute;a aplicar el <i>enfoque de las capacidades</i> a los animales y defend&iacute;a el criterio del <i>florecimiento</i>, entendido como la posibilidad de que cada animal individual realice aquellas capacidades que son propias de su especie. Aunque la propuesta es pol&eacute;mica por cuanto desdibuja las fronteras entre vida justa y vida buena propias de la modernidad, su concepci&oacute;n m&aacute;s compleja acerca de las vidas de los animales ha sido un buen est&iacute;mulo para el debate. Por otro lado, hay que celebrar que se sumara a la discusi&oacute;n el <i>ecofeminismo</i>, un movimiento que a&uacute;na las perspectivas feminista, ecologista y animalista. Su virtud ha consistido en mostrar que la explotaci&oacute;n de los animales es un caso, entre otros, de la estructura de dominio que vertebra nuestra sociedad, y que se manifiesta en las relaciones con la naturaleza en un sentido m&aacute;s global, as&iacute; como en las relaciones de g&eacute;nero. De esta manera, ha contribuido a situar las cuestiones concretas de &eacute;tica aplicada a los animales dentro de un contexto m&aacute;s amplio. Son diversas las autoras que han trabajado en esta l&iacute;nea, y en lengua espa&ntilde;ola cabe destacar el libro reciente de Alicia Puleo <i>Ecofeminismos para otro mundo posible</i> (2011).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En segundo lugar, se ha desarrollado el <i>debate sobre la soluci&oacute;n</i> a este maltrato sistem&aacute;tico de los animales en tantos &aacute;mbitos de nuestra sociedad (ciencia, alimentaci&oacute;n, moda, entretenimiento...). Ah&iacute; la &eacute;tica filos&oacute;fica ha participado en una discusi&oacute;n m&aacute;s amplia en el espacio p&uacute;blico entre activistas a favor de los animales, juristas, veterinarios, et&oacute;logos, ecologistas, etc. Una discusi&oacute;n en la que parec&iacute;a haber s&oacute;lo dos opciones: una de ellas era la <i>liberaci&oacute;n</i> de los animales, es decir, dejar de emplearlos como instrumentos para el beneficio humano; en algunos casos, esta opci&oacute;n llevaba a condenar como incorrecta pr&aacute;cticamente cualquier forma de relaci&oacute;n entre humanos y otros animales. La alternativa era el <i>bienestar</i>, esto es, aceptar ciertas formas de uso de los animales siempre que estuvieran libres de crueldad y ofrecieran unas m&iacute;nimas condiciones de vida justa; una opci&oacute;n que demasiadas veces se ha acabado utilizando para introducir tan s&oacute;lo m&iacute;nimas mejoras en el trato a los animales y continuar justificando su explotaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Durante casi cuarenta a&ntilde;os de debate, el nivel de sofisticaci&oacute;n de las teor&iacute;as se fue incrementando a la par que el n&uacute;mero de fil&oacute;sofos participantes. Sin embargo, durante todo este tiempo, el debate filos&oacute;fico hab&iacute;a quedado circunscrito al &aacute;rea de la &eacute;tica, y esto es lo que ha llegado a su fin con el libro de Donaldson y Kymlicka; por esta raz&oacute;n, creo que su obra marca un cambio de &eacute;poca en el debate filos&oacute;fico sobre nuestra relaci&oacute;n con las otras especies animales. Donaldson y Kymlicka parten del debate actual y aceptan la teor&iacute;a de los derechos de los animales, pero reh&uacute;san quedarse en el debate &eacute;tico. Su libro, <i>Zoopolis</i>, es una propuesta audaz para trasladar la cuesti&oacute;n de los animales de la &eacute;tica a la pol&iacute;tica. Una ubicaci&oacute;n que en realidad Arist&oacute;teles ya hab&iacute;a ofrecido en su d&iacute;a, y que tambi&eacute;n Rousseau apunt&oacute;, pero que nunca se desarroll&oacute; de una manera sistem&aacute;tica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La idea fundamental de los autores es que la situaci&oacute;n de explotaci&oacute;n y maltrato de los animales en nuestra sociedad no puede resolverse con una simple defensa del valor intr&iacute;nseco de los animales individuales. Ellos no son s&oacute;lo individuos con derechos, ni tan s&oacute;lo miembros de especies, cada una con diferentes caracter&iacute;sticas biol&oacute;gicas, sino que tambi&eacute;n pertenecen a comunidades pol&iacute;ticas. Muchos animales conviven con nosotros en las ciudades, y nuestras vidas y las suyas se entretejen en relaciones de interdependencia y responsabilidad. Son esos diferentes tipos de relaciones que se establecen entre los animales y nuestras instituciones y pr&aacute;cticas pol&iacute;ticas lo que debemos estudiar y analizar en t&eacute;rminos de comunidad, territorio y soberan&iacute;a. As&iacute; pues, los autores trazan un nuevo marco para analizar nuestra relaci&oacute;n con los animales, que incluye toda una serie de factores sociales, geogr&aacute;ficos e hist&oacute;ricos que no hab&iacute;an sido contemplados en el debate &eacute;tico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El libro propone tambi&eacute;n otra idea. Seg&uacute;n los autores, las teor&iacute;as &eacute;ticas han defendido, ante todo, que los animales poseen algunos derechos negativos (a no ser tratados con crueldad, a no ser privados de la libertad, a no ser privados de la vida) que deber&iacute;an traducirse en poner fin a las formas de maltrato. Sin embargo, <i>Zoopolis</i> no s&oacute;lo apuesta por eliminar las situaciones de maltrato, sino tambi&eacute;n por defender que es posible hallar buenas formas de convivencia entre la especie humana y las otras especies. T&iacute;as un extenso estudio sobre las diferentes formas en que humanos y otros animales conviven en los mismos territorios, o sobre las relaciones de vecindad con animales salvajes que habitan territorios distintos, los autores proponen relaciones que no s&oacute;lo est&eacute;n libres de maltrato, sino en las cuales sea posible el respeto, la convivencia e incluso, en algunos casos, la amistad y la ayuda mutua. Esta idea apunta en la misma direcci&oacute;n que el libro reciente y &eacute;xito de ventas <i>El fil&oacute;sofo y el lobo</i>, de Mark Rowlands, pero con la diferencia de que Rowlands narraba una experiencia particular de amistad con un lobo, mientras que los autores de Zoopolis tratan de ofrecer una visi&oacute;n panor&aacute;mica de las posibles formas de convivencia e incluso de amistad con animales de distintas especies.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para desarrollar estas dos ideas, los autores dividen a los animales en tres grandes grupos. Esta clasificaci&oacute;n no se basa en sus capacidades cognitivas o emocionales, ni en su semejanza biol&oacute;gica con nosotros, sino en la realidad de los distintos tipos de relaci&oacute;n que los animales mantienen con las comunidades humanas, en el actual contexto social y pol&iacute;tico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En primer lugar, los autores abordan la cuesti&oacute;n de los animales que se han domesticado y que conviven en nuestras ciudades, ya sea como animales de compa&ntilde;&iacute;a o como instrumentos de la industria alimentaria o textil, en la experimentaci&oacute;n cient&iacute;fica o en situaciones equivalentes. En esos casos, los autores reivindican que, dado que nosotros hemos domesticado a esos animales y los hemos introducido en nuestras ciudades, se deben considerar miembros de nuestras comunidades pol&iacute;ticas y, por lo tanto, deber&iacute;amos tratarlos y respetarlos como <i>cociudadanos</i>. Eso implica, en primer lugar, que no podemos aceptar formas de explotaci&oacute;n de esos animales. Ser&iacute;a tolerable que algunos prestaran algunos servicios, siempre que lo hicieran en buenas condiciones. Los autores ponen como ejemplo los perros o los caballos que trabajan en pr&aacute;cticas de terapia para humanos con distintas enfermedades o discapacidades, o que prestan su ayuda a las fuerzas de seguridad. Ser&iacute;a aceptable que estos animales continuaran contribuyendo de este modo a la comunidad, pero siempre que sean tratados correctamente y compensados por su esfuerzo con tiempo para s&iacute; mismos, de modo que no sean v&iacute;ctimas del agotamiento f&iacute;sico y emocional que pueden provocar esas tareas. En t&eacute;rminos generales, no ser&iacute;a aceptable maltratar de ninguna forma a esos animales; incluso, puesto que son miembros de nuestra comunidad, se les deber&iacute;a ofrecer protecci&oacute;n cuando enferman, o en caso de que sean v&iacute;ctimas de accidentes o cat&aacute;strofes naturales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En contrapartida &#151;afirman los autores&#151; podemos exigirles que se adapten a las formas de vida de nuestras ciudades. Por ejemplo, en el caso de los perros, las pol&iacute;ticas sociales deber&iacute;an permitirles usar el transporte p&uacute;blico y alojarse en hoteles con sus familias humanas, y se deber&iacute;an crear espacios donde pudieran correr libremente; a cambio, los perros deben estar bien educados y ser capaces de convivir con humanos y otros animales sin representar un peligro para nadie.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Aunque los autores afirman que la domesticaci&oacute;n de los animales casi siempre se llev&oacute; a cabo con el objetivo de la explotaci&oacute;n, creen que, al menos para algunas especies de animales dom&eacute;sticos, ser&iacute;a posible llegar a tener vidas buenas en nuestras comunidades. Esto es m&aacute;s f&aacute;cil de defender con los animales de compa&ntilde;&iacute;a, pero los autores argumentan que tambi&eacute;n muchos animales de granja podr&iacute;an convivir amigablemente con nosotros si no fueran criados simplemente para obtener un beneficio econ&oacute;mico. Los autores ponen como ejemplo algunos santuarios de animales rescatados de la industria alimentaria, donde individuos de distintas especies conviven entre ellos y con humanos, o la pr&aacute;ctica cada vez m&aacute;s com&uacute;n de personas que tienen gallinas en el jard&iacute;n de su casa, y a cambio de los huevos, les ofrecen una vida buena.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En esta parte del libro encontramos algunas p&aacute;ginas fascinantes sobre el tema siempre tan pol&eacute;mico de la domesticaci&oacute;n y una reflexi&oacute;n sobre la autodomesticaci&oacute;n del ser humano. Asimismo, a trav&eacute;s de distintos ejemplos de personas que conviven con animales dom&eacute;sticos, se muestra en qu&eacute; medida estos animales y los seres humanos pueden llegar a comunicarse y conocerse, lo que hace posible relaciones de amistad y ayuda mutua.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En segundo lugar encontrar&iacute;amos los animales salvajes, que viven fuera de nuestras comunidades, aunque desgraciadamente muchas de nuestras acciones les causan un mal, ya sea de manera directa como la caza, o indirecta, como la contaminaci&oacute;n. Aqu&iacute;, la tesis central de los autores es que los animales salvajes no muestran una inclinaci&oacute;n a convivir con los humanos, y por ello deber&iacute;amos respetar esa actitud y no promover el contacto con &eacute;stos. Para proteger la forma de vida de estos animales, sin relaci&oacute;n con nosotros, los autores demandan reconocer la soberan&iacute;a de sus comunidades.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los autores toman el t&eacute;rmino <i>florecimiento</i> de Martha Nussbaum, y argumentan que el florecimiento de los animales salvajes individuales no se puede dar al margen del de sus comunidades, por lo que respetar a estos animales exige respetar su territorio, y la mejor forma de hacerlo es reconocerlo como un territorio soberano, que debemos renunciar a controlar. As&iacute; que habr&iacute;a que reformular las relaciones entre humanos y animales salvajes en t&eacute;rminos de relaciones justas entre comunidades soberanas. Para ilustrar esta idea, Donaldson y Kymlicka comparan las injusticias que han sufrido los animales salvajes a manos de los humanos con los casos en que unas culturas humanas han colonizado y expoliado a otras. Los autores defienden que respetar la soberan&iacute;a de las comunidades de animales salvajes implica que no s&oacute;lo no debemos destruir esas comunidades, sino que tampoco debemos imponerles nuestras formas de vida o forzarlas a convivir con nosotros. No debemos intervenir en su organizaci&oacute;n social propia ni en sus relaciones entre ellos; por ejemplo, no hay que intentar cambiar las relaciones de depredaci&oacute;n por otras que nos parezcan m&aacute;s justas. Entre los animales salvajes no hay relaciones de justicia, sino relaciones naturales que incluyen diversas formas de violencia, en las cuales no debemos intervenir. La soberan&iacute;a significa que tienen derecho a vivir sus vidas conforme a su naturaleza, a no ser forzados a vivir de otro modo, a no ser colonizados y, por supuesto, a no ser destruidos. Ahora bien, los autores aceptar&iacute;an ciertas formas m&iacute;nimas de intervenci&oacute;n humana siempre que no pongan en cuesti&oacute;n la autonom&iacute;a y la integridad de esas comunidades; por ejemplo, si la ayuda humana pudiera impedir el avance de un virus capaz de asolar un ecosistema. Ayudarlas ser&iacute;a leg&iacute;timo en casos concretos, como puede serlo cuando distintas comunidades humanas se prestan ayuda entre s&iacute;, siempre que ello no amenace la soberan&iacute;a de las comunidades.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los problemas m&aacute;s dif&iacute;ciles se dar&iacute;an en las zonas fronterizas entre comunidades humanas y de animales salvajes o en zonas donde se produjeran solapamientos. En los casos en que un territorio animal quedara dividido por infraestructuras humanas, que es un problema frecuente incluso en las zonas m&aacute;s salvajes, habr&iacute;a que introducir un sistema de corredores que salvaran esa divisi&oacute;n. Tambi&eacute;n se tendr&iacute;a que actuar a la inversa cuando un territorio humano quedara dividido por una zona de animales salvajes. Pensar las fronteras es fundamental, puesto que, de hecho, buena parte de los territorios son fronterizos, lo que tambi&eacute;n sucede entre las distintas comunidades humanas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En tercer lugar, los autores se refieren a aquellos animales que viven en nuestras ciudades o en sus l&iacute;mites sin que nosotros los hayamos domesticado ni introducido, como pueden ser algunos tipos de roedores o p&aacute;jaros, e incluso zorros o coyotes. En algunos pa&iacute;ses, y muy t&iacute;picamente en el continente americano, esta clase de animales incluye un buen n&uacute;mero de especies. Se trata de animales que, en t&eacute;rminos evolutivos, han sido capaces de adaptarse con &eacute;xito a nosotros, hallando alimento y refugio en nuestras ciudades, y que, en algunos casos, han modificado su comportamiento de forma admirable para lograrlo; sin embargo, son la clase de animales que menos conocemos y apreciamos. Algunos son tolerados, como las ardillas o los p&aacute;jaros, pero a otros se los considera pestes, como las ratas o las palomas. Nos cuesta pensar en ellos y a menudo tenemos comportamientos muy contradictorios, como dar comida a los p&aacute;jaros, pero a la vez permitir que nuestros gatos dom&eacute;sticos los cacen. No sabemos c&oacute;mo deber&iacute;amos tratarlos; para muchas personas son seres que no introdujimos nosotros en nuestras ciudades y que no deber&iacute;an estar aqu&iacute;. Se dice a veces que deber&iacute;an volver a la naturaleza salvaje, pero en la mayor&iacute;a de los casos eso resulta imposible, pues su h&aacute;bitat son nuestras ciudades.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Donaldson y Kymlicka argumentan que no podemos considerarlos <i>cociudadanos</i> porque no se integran en nuestra comunidad como lo hacen los animales dom&eacute;sticos. No podemos esperar de ellos que se socialicen, que aprendan ciertos comportamientos y respeten ciertas reglas, ni buscar relaciones de convivencia y amistad. Por ello, no podemos conferirles los derechos que concedemos a los animales dom&eacute;sticos, pero tampoco podemos devolverlos a la naturaleza salvaje a la que ya no pertenecen. As&iacute;, los autores les otorgan un estatus intermedio que bautizan como <i>denizens</i>, una palabra que cabr&iacute;a traducir por habitantes, en contraste con <i>ciudadanos</i>. Ese estatus intermedio significa que debemos aceptarlos en nuestras comunidades y tenerlos en cuenta &#151;por ejemplo, cuando dise&ntilde;amos ciudades&#151;, y que no podemos maltratarlos; pero tampoco tenemos m&aacute;s obligaciones hacia ellos. Los autores afirman que no deber&iacute;amos alimentar a estos animales ni buscar el contacto con ellos, para evitar situaciones de conflicto como las que se dan, por ejemplo, cuando las personas alimentan a los coyotes que viven en las afueras de algunas ciudades. En caso de que se den situaciones de superpoblaci&oacute;n, los autores optan por m&eacute;todos para reducir la reproducci&oacute;n de esos animales sin matar a los individuos. Los problemas que pueden ocurrir son muy diversos seg&uacute;n cu&aacute;l sea la especie animal y c&oacute;mo sea la comunidad humana, pero los autores ofrecen diversos ejemplos de grupos de humanos que han aprendido a no da&ntilde;ar a esos animales e incluso a beneficiarse de la belleza que aportan a las ciudades.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Zoopolis. A Political Theory of Animal Rights</i> tiene varias virtudes. Una de ellas es la habilidad con que se plantean viejos problemas de una forma novedosa, lo que sin duda estimular&aacute; el debate. Otra es el esfuerzo por ofrecer una visi&oacute;n panor&aacute;mica, casi sistem&aacute;tica, de los problemas que se dan en nuestra relaci&oacute;n con los animales, en un s&oacute;lido intento de ordenar la reflexi&oacute;n; y resulta admirable que se logre sin perderse en un discurso abstracto. La tercera gran virtud del libro es que se plantea un considerable n&uacute;mero de casos particulares analizados en detalle, lo que demuestra un amplio conocimiento de nuestra relaci&oacute;n con los animales y se ofrecen muchas soluciones a problemas concretos. Son de agradecer los ejemplos en que se muestra c&oacute;mo algunas personas han logrado establecer buenas relaciones con los animales, historias de inteligencia, sensibilidad y justicia; y son tantos esos ejemplos que el libro resulta, a veces, muy optimista. Sin embargo, por mucho que ese tono sea esperanzador, tambi&eacute;n es posible que genere desencuentros con aquellos lectores que perciban una gran diferencia entre la realidad que conocen y la que el libro describe. Quiz&aacute; esto se debe al hecho de que el libro est&aacute; muy anclado en un contexto social concreto. Para un lector europeo, por ejemplo, resulta un libro muy norteamericano. Los problemas en la relaci&oacute;n con los animales que se describen y las soluciones que se proponen responden a un tipo de ciudad y una forma de vida propia de Norteam&eacute;rica, y muy diferente de otros lugares. Para un libro que pretende ofrecer una visi&oacute;n panor&aacute;mica, quiz&aacute; ha faltado tener m&aacute;s en cuenta la variabilidad de situaciones en otros continentes y culturas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero creo que la cr&iacute;tica principal que podr&iacute;a hacerse al libro de Donaldson y Kymlicka es que aborde apenas la cuesti&oacute;n jur&iacute;dica. Su idea de considerar a algunos animales como ciudadanos no va acompa&ntilde;ada de una propuesta de c&oacute;mo deber&iacute;a traducirse en la legislaci&oacute;n, de qu&eacute; manera habr&iacute;a que reformar las leyes estatales y las ordenanzas municipales para reconocer a los animales como ciudadanos. En el mismo sentido, los autores ofrecen muchos ejemplos de casos concretos en que algunas personas solucionan de manera inteligente los conflictos con animales, pero no nos dicen si la ley deber&iacute;a imponer como norma algunas de esas pr&aacute;cticas. En t&eacute;rminos generales, creo que el intento de los autores de ofrecer una visi&oacute;n m&aacute;s pr&aacute;ctica de c&oacute;mo mejorar nuestra relaci&oacute;n con los animales se har&iacute;a m&aacute;s clara si se abordara el papel de la norma jur&iacute;dica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, al margen de esta &uacute;ltima cuesti&oacute;n, se trata de un libro l&uacute;cido, que es extenso y denso sin dejar de ser nunca estimulante, y que al mismo tiempo consigue, lo cual es extra&ntilde;o en un libro de filosof&iacute;a, y m&aacute;s en un libro de &eacute;tica aplicada a animales, arrancarnos alguna que otra sonrisa.</font></p>     ]]></body>
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