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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as bibliogr&aacute;ficas</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Leticia Flores Farf&aacute;n, <i>En el espejo de tus pupilas. Ensayos sobre la alteridad en Grecia antigua</i></b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>David Arturo Delgado Esquivel</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Editarte, M&eacute;xico, 2011, 117 pp.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Facultad de Filosof&iacute;a y Letras, Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico</i> <a href="mailto:davo_gto@hotmail.com">davo_gto@hotmail.com</a></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hace m&aacute;s de veinte siglos que la civilizaci&oacute;n griega abandon&oacute; el teatro de la historia y dej&oacute; a Occidente un legado inagotable. En las palabras que usamos permanecen, aunque diluidos, ciertos saberes que les fueron propios a esos hombres del Mediterr&aacute;neo, y lo mismo en nuestras ciudades, sociedades y formas de mirar el mundo. Es cierto que los griegos han sido idealizados durante mucho tiempo y tambi&eacute;n es probable que nunca lleguemos a entenderlos del todo. Observados a la distancia y debido a la turbiedad que acompa&ntilde;a al tiempo, los griegos se nos vuelven cada vez m&aacute;s <i>otros.</i> Con todo esto y a pesar de la irreductible velocidad del mundo en que vivimos, a&uacute;n son posibles los espacios en los que podemos llevar a cabo esa saludable pr&aacute;ctica de encararnos con los actores del pasado. No es casualidad que Plat&oacute;n con su gran pluma haya querido legarnos esos maravillosos ejercicios literarios que a la postre llevar&iacute;an el nombre de <i>Di&aacute;logos,</i> conversaciones en las que el ateniense convoca a S&oacute;crates, Diotima, Fedro y Alcib&iacute;ades, entre otros, a mirarse de frente y compartir su <i>logos,</i> a mirarse en el espejo que se forma en las pupilas del otro.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Siguiendo esta actitud propia de los griegos, Leticia Flores Farf&aacute;n ha escrito <i>En el espejo de tus pupilas. Ensayos sobre la alteridad en Grecia antigua,</i> una obra que, como la propia autora se&ntilde;ala, bien podr&iacute;a llevar el t&iacute;tulo de <i>Los griegos y sus otros.</i> La raz&oacute;n se encuentra justamente en el prop&oacute;sito del libro: el examen de algunas de las formas en que los griegos construyeron la imagen de s&iacute; mismos al tiempo que se diferenciaban de una amplia gama de otredad compuesta por mujeres, ni&ntilde;os, esclavos, b&aacute;rbaros y animales. En esta variedad de entes se destaca como el muy otro la figura del guerrero, del hombre y el ciudadano griego. En una cultura con esp&iacute;ritu agonal, en la que un hombre vale lo que vale su <i>logos,</i> la identidad de un individuo coincide con la valoraci&oacute;n social que se genera en la mirada de quienes lo rodean.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con un importante aparato cr&iacute;tico y un vasto conocimiento de la cultura griega, la doctora Flores Farf&aacute;n nos gu&iacute;a por un mundo griego que construye sus valores a partir del espect&aacute;culo. En el primer cap&iacute;tulo, que lleva por nombre justamente "El poder de la mirada", nos acercamos a la din&aacute;mica del agonismo, tan cara a los griegos, donde la guerra es el lugar propicio para dar muestra p&uacute;blica de la virtud. Para ser reconocido por los otros como <i>kal&oacute;s</i> &#151;como virtuoso, bello, valeroso&#151;, el hombre griego usa el cuerpo tenso y calentado con el sol y la fatiga para mostrar su val&iacute;a. La contextura del cuerpo est&aacute; asociada no solamente al &eacute;xito en la actividad atl&eacute;tica y guerrera, sino tambi&eacute;n a la estatura moral de la persona. Es por ello que durante la guerra en Ili&oacute;n fue tan importante conservar intacto el cuerpo de los guerreros o bien lacerarlos con el fin de destruir sus cualidades y valores, tal como sucedi&oacute; con H&eacute;ctor, cuyo cad&aacute;ver fue arrastrado por el carro de Aquiles.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El h&eacute;roe griego, con sus avatares y sus cuitas, es el modelo del personaje que alcanza en grado sumo la estimaci&oacute;n p&uacute;blica, la <i>tim&eacute;.</i> Con ello, el h&eacute;roe busca incansablemente pervivir en la memoria y huir del olvido. Aun despu&eacute;s de que la fuerza vital lo haya abandonado, el cuerpo muerto permanece sujeto a la din&aacute;mica de la mirada. El ejemplo m&aacute;s claro de esto se encuentra en los rituales funerarios. Dar sepultura a un cad&aacute;ver es permitir que siga el camino al mundo de los muertos y se mantenga presente en la memoria de los vivos. Dejar insepulto un cad&aacute;ver es condenarlo al ultraje eterno. Semejante tratamiento estaba reservado para criminales, traidores y sacr&iacute;legos, aquellos que por sus actos son merecedores de la verdadera muerte, que consiste en el olvido, el silencio, la oscura indignidad y la ausencia de renombre.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con la misma intenci&oacute;n de dibujar el rostro del amigo y distinguir lo propio de lo extra&ntilde;o, los griegos construyeron toda una serie de relatos con el fin de explicar su origen y perpetuar los lazos filiales que aseguran la cohesi&oacute;n de la sociedad. Los personajes de estos relatos son justamente <i>los nacidos de la tierra,</i> aquellos que crean un estrecho v&iacute;nculo con el suelo donde nacieron, quienes por ser aut&oacute;ctonos han logrado un establecimiento m&aacute;s s&oacute;lido, m&aacute;s civilizado y puro. Detr&aacute;s de estos relatos, nos dice la autora, se encuentra toda una estrategia ret&oacute;rica mediante la cual se legitima el poder de mando y la autoridad. Sin un mito vinculante que permita a todos los ciudadanos "alegrarse y entristecerse por las mismas cosas", resulta imposible fundar una ciudad. Esto es algo que no pas&oacute; desapercibido para Plat&oacute;n, quien plantea los beneficios del "hermoso riesgo de creer en un mito" que, a la manera de un bien aplicado <i>pharmakon,</i> produzca convicciones firmes y saludables.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero, como destaca Flores Farf&aacute;n, hay un aspecto negativo implicado en la ret&oacute;rica nacionalista, ya que es mediante discursos como &eacute;stos como los griegos explican qui&eacute;nes son ellos y, al mismo tiempo, qui&eacute;nes son los diferentes: los extranjeros, los excluidos, los "no griegos", quienes no comparten la lengua, las creencias y las formas de vida gestadas en la polis. Se atribuye a dos grandes personajes de la historia griega, Tales y S&oacute;crates, el estar agradecidos por tres cosas: el ser hombre y no animal, var&oacute;n y no mujer, griego y no b&aacute;rbaro. Aunque hable la misma lengua y haya nacido en el mismo suelo patrio, la mujer griega es vista como un colono extranjero entre los hombres. En "El eterno femenino", la autora del libro rese&ntilde;ado explica la forma en que los griegos constituyeron la idea de lo femenino como lo for&aacute;neo, lo irracional, lo peligroso y lo doliente.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Atenea, Andr&oacute;maca, Pen&eacute;lope, Pandora, Clitemnestra, H&eacute;cuba y Medea son acaso algunos ejemplos paradigm&aacute;ticos de la idea de lo femenino que habitaba en el imaginario griego. Si Atenea es la diosa que protege a la ciudad que lleva su nombre, ello se debe a que se han eliminado de su imagen los atributos de lo femenino y se han destacado otros: su ser de diosa virgen, guerrera, racional. Las dem&aacute;s mujeres, en cambio, se ajustan m&aacute;s a la definici&oacute;n de Pandora, la primera de la raza de las mujeres; raza maldita, terrible pero a la vez necesaria, regalo envenenado, bello mal. Ante semejante naturaleza, el hombre ha de considerar a la mujer un ser a medias que requiere la gu&iacute;a de la raz&oacute;n masculina para conducir sus acciones. La buena mujer habr&aacute; de morar en la oscuridad de la casa y habr&aacute; de rodearse de silencio, aun si es una diosa. La buena mujer, tan propensa al llanto, habr&aacute; de controlar sus impulsos frente al dolor que le cause la muerte de sus propios hijos, acaso ciudadanos muertos en defensa de la patria. Pero toda previsi&oacute;n es insuficiente cuando la propensi&oacute;n gana y la fuerza de lo femenino se desborda; cuando las madres dolientes se vuelven terriblemente madres que no olvidan ni perdonan, y que por lo mismo son incapaces de participar de la voluntad conciliadora que proviene de las instituciones hechas por los hombres. Su deseo de venganza raya en una actitud antipol&iacute;tica, de peligroso desprecio por la justicia al extremo inconcebible de Medea, la mujer que por sus actos terribles no puede sino confirmar su condici&oacute;n de b&aacute;rbara y extranjera.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo enteramente distinto, lo completamente otro del hombre griego se hace visible por medio de una narrativa identitaria que fij&oacute; sus l&iacute;mites a la par de los acontecimientos hist&oacute;ricos que marcaron a la cultura griega. La distinci&oacute;n entre <i>h&eacute;llenes</i> y <i>b&aacute;rbaroi</i> &#151;los griegos de pleno derecho, quienes conocen efectivamente la diferencia entre lo justo y lo injusto, lo conveniente y lo perjudicial, y los b&aacute;rbaros, aquellos que por su forma de hablar y actitudes son m&aacute;s parecidos a los animales irracionales&#151; se aliment&oacute; durante largo tiempo con un discurso fuertemente ligado a la ret&oacute;rica de la guerra. Esta distinci&oacute;n se hace m&aacute;s evidente al observar los avatares de las Guerras M&eacute;dicas, en las que los hoplitas, cuerpo de guerreros unidos, representan los ideales de la ciudad con cada paso firme. Los b&aacute;rbaros son identificados con los persas, un cuerpo desigual de mercenarios que, a diferencia de los guerreros que miran de cerca al oponente y a la muerte, prefieren atacar desde lejos, con arcos y flechas. En ese ej&eacute;rcito y su comandante Jerjes se combinan todas las caracter&iacute;sticas del b&aacute;rbaro: su ser tir&aacute;nico, su cercan&iacute;a con lo femenino, su lujuria, su desenfreno, su crueldad, su servilismo, su irracionalidad. "B&aacute;rbaros y barbar&oacute;fonos" completa este abanico de otredad a partir del cual los griegos configurar&aacute;n sus m&uacute;ltiples rostros haciendo uso constante del juego de polaridades construido a partir de ideas como animal/hombre, mujer/var&oacute;n, esclavo/libre, irracional/racional. Como bien se&ntilde;ala la autora de <i>En el espejo de tus pupilas,</i> son las presencias y las omisiones, las afirmaciones y los silencios, los relatos y los decretos los que van configurando los saberes colectivos y los marcos de inteligibilidad de toda comunidad humana, aquellos construidos por los griegos y, gracias a su mirada, tambi&eacute;n los nuestros.</font></p>      ]]></body>
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