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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[La gestión episcopal de Manuel Posada y Garduño. República católica y arzobispado de México, 1840-1846]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>La gesti&oacute;n episcopal de Manuel Posada y Gardu&ntilde;o. Rep&uacute;blica cat&oacute;lica y arzobispado de M&eacute;xico, 1840&#45;1846</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Pablo Mijangos y Gonz&aacute;lez</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Berenise Bravo Rubio, <i>La gesti&oacute;n episcopal de Manuel Posada y Gardu&ntilde;o. Rep&uacute;blica cat&oacute;lica y arzobispado de M&eacute;xico, 1840&#45;1846.</i> Editorial Porr&uacute;a. M&eacute;xico. 2013. 211 pp.</b></font></p>  	    <p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Centro de Investigaci&oacute;n y Docencia Econ&oacute;micas (CIDE).</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es casi un lugar com&uacute;n sostener que la Iglesia y la religi&oacute;n cat&oacute;licas son dos factores de enorme relevancia en la historia de M&eacute;xico. Desde cualquier perspectiva ideol&oacute;gica resulta innegable que buena parte de los conflictos que han definido el rostro nacional est&aacute;n vinculados, de una u otra manera, al debate sobre el papel que ha tenido y debe tener el catolicismo en nuestra vida p&uacute;blica (un debate que, claramente, a&uacute;n no hemos resuelto de manera definitiva). A pesar de su importancia capital, la historia eclesi&aacute;stica no ha sido uno de los temas favoritos de nuestra historiograf&iacute;a. Aunque durante las &uacute;ltimas d&eacute;cadas se ha hecho un gran esfuerzo por recuperar y rehabilitar el pasado de la Iglesia cat&oacute;lica en M&eacute;xico, la lista de temas y preguntas pendientes sigue siendo muy extensa. En lo que hace al siglo XIX, por ejemplo, contamos con algunos estudios excelentes sobre la desamortizaci&oacute;n y nacionalizaci&oacute;n de bienes eclesi&aacute;sticos, y tambi&eacute;n con varias obras de alt&iacute;simo nivel sobre los antecedentes, momentos y din&aacute;mica del conflicto Iglesia&#45;Estado, pero seguimos ignorando mucho sobre la historia social del clero cat&oacute;lico y su relaci&oacute;n cotidiana con la feligres&iacute;a, un tema fundamental que s&oacute;lo puede entenderse adecuadamente a partir de la extensa documentaci&oacute;n judicial y gubernativa resguardada en los archivos eclesi&aacute;sticos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A la luz de este vac&iacute;o historiogr&aacute;fico se advierte la importancia de la obra m&aacute;s reciente de Berenise Bravo Rubio, <i>La gesti&oacute;n episcopal de Manuel</i> <i>Posada y Gardu&ntilde;o,</i> cuyo modesto t&iacute;tulo, a mi parecer, no refleja la riqueza de su contenido. M&aacute;s que una biograf&iacute;a del primer arzobispo metropolitano nombrado despu&eacute;s de la Independencia, este libro ofrece una fascinante y pormenorizada radiograf&iacute;a del clero secular del arzobispado de M&eacute;xico bajo el r&eacute;gimen de la rep&uacute;blica cat&oacute;lica. Tomando como modelo la obra cl&aacute;sica de William Taylor, <i>Ministros de lo sagrado,</i> Berenise Bravo nos muestra los entresijos de la estructura institucional y la composici&oacute;n social de una poderosa corporaci&oacute;n que estaba presente en todos los &aacute;mbitos de la vida p&uacute;blica y privada del M&eacute;xico independiente, y que, muy a su pesar, no ten&iacute;a m&aacute;s remedio que compartir el espacio p&uacute;blico con las autoridades de una joven rep&uacute;blica inestable y empobrecida. Para elaborar esta radiograf&iacute;a la autora consult&oacute; varios fondos bibliogr&aacute;ficos y archiv&iacute;sticos hasta ahora insuficientemente aprovechados. Entre ellos destaca el magn&iacute;fico Archivo Hist&oacute;rico del Arzobispado de M&eacute;xico, tal vez el mejor archivo eclesi&aacute;stico del pa&iacute;s, y en cuya preservaci&oacute;n, catalogaci&oacute;n y difusi&oacute;n Berenise Bravo ha colaborado de manera m&aacute;s que entusiasta.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El libro est&aacute; estructurado alrededor de dos inquietudes centrales. La primera tiene que ver con los cambios y permanencias en la vida eclesi&aacute;stica mexicana tras la Independencia: &iquest;qu&eacute; innovaciones trajo el r&eacute;gimen republicano en la relaci&oacute;n cotidiana entre la Iglesia y el Estado? &iquest;Hasta qu&eacute; punto el clero del arzobispado de M&eacute;xico logr&oacute; adaptarse al nuevo r&eacute;gimen e incluso beneficiarse del mismo? Nada ilustra mejor la magnitud de los cambios provocados por la Independencia en la vida eclesi&aacute;stica que la propia biograf&iacute;a del arzobispo Manuel Posada y Gardu&ntilde;o. Como bien advirtieron los contempor&aacute;neos, la elecci&oacute;n de Posada para la silla episcopal metropolitana fue un "evento extraordinario", pues por primera vez el cabildo eclesi&aacute;stico del arzobispado hab&iacute;a podido participar significativamente en el complejo proceso de nombramiento de su prelado. En efecto, aunque Posada hab&iacute;a sido "presentado" a la Santa Sede por el presidente Anastasio Bustamante, quienes realmente eligieron al candidato fueron los can&oacute;nigos del cabildo catedral, atendiendo a su excelente formaci&oacute;n acad&eacute;mica en ambos derechos, y a su larga experiencia en el gobierno eclesi&aacute;stico y en la arena pol&iacute;tica nacional. A diferencia de su antecesor, el prelado aragon&eacute;s Pedro Fonte, Manuel Posada proven&iacute;a del clero mexicano, conoc&iacute;a bien su realidad e incluso hab&iacute;a participado en la creaci&oacute;n de la primera Rep&uacute;blica federal. Su principal preocupaci&oacute;n no era ya promover la lealtad a la "Majestad Cat&oacute;lica" espa&ntilde;ola, sino preservar los bienes, prerrogativas, supremac&iacute;a y decoro de la Iglesia mexicana.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta novedosa autonom&iacute;a de la Iglesia se reflej&oacute; tambi&eacute;n en la asignaci&oacute;n de curatos, un asunto que era de sumo inter&eacute;s tanto para el clero como para las autoridades civiles. En este punto, Berenise Bravo advierte un sutil pero decisivo cambio con respecto al periodo colonial: si durante la &eacute;poca novohispana los virreyes hab&iacute;an gozado de la facultad de elegir y confirmar al titular de un curato vacante a partir de una terna propuesta por el arzobispo, a partir de 1829 el presidente y los gobernadores estatales conservaron &uacute;nicamente el llamado "ejercicio de la exclusiva", que consist&iacute;a en el derecho a vetar a tres de los cinco candidatos a un beneficio eclesi&aacute;stico, dejando "al menos dos" para que el arzobispo pudiese hacer "la libre provisi&oacute;n". La autora se&ntilde;ala que este derecho no fue utilizado durante la gesti&oacute;n de Manuel Posada, lo cual atribuye sobre todo a la buena relaci&oacute;n que mantuvo el prelado con las principales autoridades civiles de su jurisdicci&oacute;n. &Eacute;ste es un dato importante, porque indica que la defensa de la autonom&iacute;a eclesi&aacute;stica no implicaba necesariamente una actitud antag&oacute;nica contra el Estado. De hecho, subraya la autora, el arzobispo Posada "apoy&oacute; e hizo que sus curas secundaran las decisiones y peticiones provenientes de las autoridades civiles, siempre y cuando no afectaran el bien de la Iglesia".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las nuevas libertades del r&eacute;gimen republicano, sin embargo, tambi&eacute;n ten&iacute;an un lado peligroso para la Iglesia. Mientras que en el periodo colonial la Iglesia cat&oacute;lica hab&iacute;a logrado evitar y contener esc&aacute;ndalos vergonzantes gracias a la ausencia de una verdadera "opini&oacute;n p&uacute;blica", la introducci&oacute;n de una considerable libertad de prensa a partir de 1812 facilit&oacute; una mayor divulgaci&oacute;n de las pr&aacute;cticas abusivas y los delitos cometidos por los cl&eacute;rigos. Esta amenaza permanente al prestigio social de la Iglesia explica que el arzobispo Posada pusiera tanto esmero en la elecci&oacute;n, supervisi&oacute;n y disciplina de su clero, pues el prelado sab&iacute;a que sus decisiones deb&iacute;an dejar satisfecha "la causa p&uacute;blica" en la medida de lo posible. Todo parece indicar, sin embargo, que esta pol&iacute;tica de moderaci&oacute;n y autovigilancia no fue suficiente para evitar el surgimiento y la difusi&oacute;n de voces anticlericales en el arzobispado, lo cual, a su vez, nos lleva a la segunda gran inquietud que estructura el libro de Berenise Bravo: &iquest;el creciente anticlericalismo del periodo republicano es un indicio de que M&eacute;xico ya estaba atravesando por un irreversible proceso de secularizaci&oacute;n? &Eacute;sta es una pregunta fundamental, pues tradicionalmente los historiadores han asumido que, al menos desde las reformas absolutistas del siglo XVIII, las sociedades de la cristiandad occidental comenzaron a separar los asuntos p&uacute;blicos de los religiosos, relegando la fe a la esfera privada.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A contracorriente de este lugar com&uacute;n de la historiograf&iacute;a, Berenise Bravo sostiene expl&iacute;citamente que en el M&eacute;xico de la primera mitad del siglo XIX "no prevalec&iacute;a un proceso de secularizaci&oacute;n de la sociedad". Esto resulta claro si consideramos que la Iglesia segu&iacute;a siendo omnipresente en los espacios y festividades p&uacute;blicas, y que las autoridades civiles demandaban constantemente la bendici&oacute;n religiosa de sus leyes y cargos: basta recordar que, aun en los peores momentos del conflicto Iglesia&#45;Estado en 1857, los diputados liberales juraron la nueva Constituci&oacute;n frente a un crucifijo y exigieron anunciar su entrada en vigor con repiques de campanas y un <i>Te Deum</i> en la Catedral. M&aacute;s que un impulso secularizador, lo que la autora detecta es una feroz competencia entre las autoridades civiles y las eclesi&aacute;sticas por la supremac&iacute;a en el espacio p&uacute;blico, as&iacute; como un creciente descontento social frente al incumplimiento de los deberes que ten&iacute;a el clero hacia la feligres&iacute;a. Para ilustrar y entender ambos fen&oacute;menos, Berenise Bravo va mucho m&aacute;s all&aacute; del arzobispo Posada y emprende un amplio estudio de la distribuci&oacute;n, la movilidad y los problemas recurrentes del clero del arzobispado, el cual ocupa las mejores p&aacute;ginas de la obra.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Apoy&aacute;ndose en la documentaci&oacute;n de la secretar&iacute;a arzobispal, la autora se&ntilde;ala que los cerca de 500 presb&iacute;teros seculares del arzobispado de M&eacute;xico estaban distribuidos de manera desigual en tres grandes zonas. La primera, en el norte del territorio arzobispal, comprend&iacute;a alrededor de 60 parroquias ubicadas en la Sierra Gorda y la Huasteca; la segunda, en el extremo sur, abarcaba 25 curatos de la costa del Pac&iacute;fico y la Tierra Caliente; y la tercera, finalmente, comprend&iacute;a poco m&aacute;s de 160 parroquias ubicadas en los f&eacute;rtiles valles de la meseta central. Mientras que las dos primeras zonas eran temidas por su pobreza, su clima nocivo y sus caminos intransitables, los curatos de la tercera regi&oacute;n eran muy solicitados porque garantizaban un sustento seguro y un clima salubre, adem&aacute;s de la posibilidad de aspirar a una prebenda en el cabildo catedralicio o en la Colegiata de Guadalupe, las dos corporaciones eclesi&aacute;sticas de mayor riqueza e influencia en el arzobispado. Esta competencia por la congrua digna y los cargos de prestigio nos habla de un clero humano, demasiado humano, cuyos miembros no s&oacute;lo deseaban ejercer un apostolado religioso, sino vivir c&oacute;modamente del mismo y ganarse de paso una buena posici&oacute;n social.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El problema con estas ambiciones clericales es que la realidad mexicana de la primera mitad del siglo XIX no daba para mucho: el pa&iacute;s se hallaba sumido en una fuerte crisis econ&oacute;mica desde los a&ntilde;os de la guerra de Independencia y las autoridades de la joven rep&uacute;blica tambi&eacute;n buscaban afirmar su autoridad y allegarse de los recursos necesarios para gobernar y, en la medida de lo posible, sacar alg&uacute;n provecho del cargo p&uacute;blico. De ah&iacute; que a los curas se les exigiera frecuentemente que llevaran una "conducta arreglada", privilegiando el anuncio del Evangelio por encima de pasiones y preocupaciones terrenales. Seg&uacute;n demuestra Berenise Bravo, la feligres&iacute;a y las autoridades civiles del arzobispado hab&iacute;an asimilado la imagen del cl&eacute;rigo virtuoso promovida por el Concilio de Trento y los concilios provinciales mexicanos, esto es, la del "cura de almas" que celebraba de forma puntual los oficios religiosos, administraba oportunamente los sacramentos, visitaba a los enfermos, promov&iacute;a la erecci&oacute;n de escuelas y la "magnificencia del culto divino", y, sobre todo, no era mujeriego, borracho o jugador, ni trataba de forma violenta y desp&oacute;tica a los fieles. Cuando esta imagen no coincid&iacute;a con la realidad, tanto la feligres&iacute;a como las autoridades civiles acud&iacute;an a las instancias judiciales del gobierno episcopal, o bien, hac&iacute;an uso del tribunal de la opini&oacute;n p&uacute;blica para demandar el cumplimiento de la disciplina eclesi&aacute;stica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A mi parecer, el tercer cap&iacute;tulo es uno de los m&aacute;s originales e interesantes de la obra, porque ofrece un excelente an&aacute;lisis de los asuntos ventilados en el Provisorato del arzobispado de M&eacute;xico, el tribunal que conoc&iacute;a de "todas las demandas promovidas por autoridades, particulares, corporaciones e incluso cl&eacute;rigos en contra de todo aquel individuo o instituci&oacute;n que gozaba de fuero eclesi&aacute;stico". Seg&uacute;n la informaci&oacute;n recopilada por Berenise Bravo, durante la gesti&oacute;n de Manuel Posada se presentaron 192 denuncias en contra de cl&eacute;rigos del arzobispado, 78 por causas criminales y 53 por causas civiles. Entre las causas criminales destacan aqu&eacute;llas por golpes, injurias y malos tratos a los feligreses, as&iacute; como por el cobro excesivo de obvenciones parroquiales. Es notable que buena parte de estas denuncias fueron interpuestas por jueces de paz y que el agravio mencionado con mayor frecuencia fuera el desprecio patente de los curas a la investidura civil. En su contestaci&oacute;n formal a estas denuncias, muchos cl&eacute;rigos alegaban que tanto los feligreses como los funcionarios locales no reconoc&iacute;an la <i>superioridad</i> de su dignidad eclesi&aacute;stica. Aqu&iacute; resulta por dem&aacute;s expl&iacute;cito el siguiente testimonio del cura Jos&eacute; Mar&iacute;a Orihuela, quien en 1841 fue denunciado ante el Provisorato por el juez de paz de Acapetlahuaya:</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se han cre&iacute;do que los p&aacute;rrocos estamos sujetos en nuestra persona y autoridad a los subprefectos y dem&aacute;s jueces civiles... &#91;cuando&#93; realmente tenemos &#91;una&#93; autoridad &#91;puesto&#93; que no s&oacute;lo somos padres para misa, bautismos, casamientos y responsos &#91;..&#93;.</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con base en &eacute;ste y otros testimonios similares, Berenise Bravo concluye, siguiendo a William Taylor, que durante la d&eacute;cada de 1840 segu&iacute;a viva la vieja disputa dieciochesca entre el clero parroquial y las autoridades seculares locales por el derecho a ejercer "la primera autoridad" en sus comunidades. La diferencia con el periodo borb&oacute;nico radicaba en el contexto pol&iacute;tico e institucional en que dicha disputa se estaba desarrollando: si la Iglesia gozaba ahora de una mayor autonom&iacute;a y los cl&eacute;rigos s&oacute;lo deb&iacute;an su cargo a la opini&oacute;n favorable de su prelado, tambi&eacute;n los adversarios del clero ten&iacute;an una mayor libertad para publicar sus denuncias y cuestionar la autoridad de los curas como rectores de la vida social. Puede ser que la relativa paz del sexenio 1840&#45;1846 se debiera a los buenos oficios del arzobispo Posada, pero es claro que ya exist&iacute;a una brecha profunda entre un clero escandalizado frente a la corrupci&oacute;n y la litigiosidad de sus fieles, y un laicado que a veces calificaba a los ministros del culto como "lobos carn&iacute;voros", "inmoralizados" y "avarientos". La autora no lo dice de esta manera, pero creo que a partir de la informaci&oacute;n que ofrece tambi&eacute;n podr&iacute;a concluirse que la guerra civil de la Reforma fue la consecuencia y el desenlace dram&aacute;tico de estas tensiones cotidianas de la vida local, m&aacute;s que un simple enfrentamiento entre dos proyectos antag&oacute;nicos de naci&oacute;n. De esta manera, este libro tan sugerente de Berenise Bravo es ante todo una invitaci&oacute;n a repensar la historia pol&iacute;tica y eclesi&aacute;stica de M&eacute;xico a partir de la experiencia social, cuya infinita riqueza puede apreciarse todav&iacute;a en la casu&iacute;stica judicial y administrativa generada cotidianamente por la Iglesia y el Estado.</font></p>      ]]></body>
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