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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Semblanzas</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Gustav Leonhardt</b> <b>(s'Graveland, 1928&#45;&Aacute;msterdam, 2012)</b><b></b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Lucero Enr&iacute;quez</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Instituto de investigaciones Est&eacute;ticas</i>.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Escribo esta semblanza con una gran tristeza porque Gustav Leonhardt fue mi maestro y una parte muy importante de mi vida se ha ido con &eacute;l. Lo visit&eacute; por &uacute;ltima vez el 1 de octubre de 2010. Se miraba muy fr&aacute;gil y p&aacute;lido, casi et&eacute;reo, conjurando la enfermedad, viviendo s&oacute;lo en y por la m&uacute;sica y, sin embargo, leyendo con entusiasmo la cr&oacute;nica de un viajero del siglo XVII que describ&iacute;a con exactitud asombrosa aspectos t&eacute;cnicos de las construcciones del &Aacute;msterdam de esa &eacute;poca. Me mostr&oacute; el libro, me ley&oacute; un p&aacute;rrafo sobre ventanas y a continuaci&oacute;n me dijo: "Tengo 100 conciertos el pr&oacute;ximo a&ntilde;o y &eacute;ste tuve casi 150". Dos d&iacute;as antes hab&iacute;a regresado de Alemania.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En los pa&iacute;ses anglosajones de los a&ntilde;os sesenta, decir "estudio con Gustav Leonhardt" era pronunciar una f&oacute;rmula m&aacute;gica que propiciaba en el interlocutor unos ojos muy abiertos y un "&iexcl;ah!" de significado incierto. Simult&aacute;neamente, quedaba uno rodeado de un halo tambi&eacute;n incierto. Y es que para entonces, Gustav Leonhardt y Frans Br&uuml;ggen, ambos holandeses, ya se encontraban en la categor&iacute;a de estrellas rutilantes de un firmamento que hab&iacute;a empezado a brillar dos generaciones antes, en Par&iacute;s, con Wanda Landowska, pionera de un tipo <i>sui generis</i> de clavec&iacute;n resucitado, y, en Londres, con Arnold Dolmetsch, redescubridor de las flautas dulces y de los m&eacute;todos de interpretaci&oacute;n de la m&uacute;sica desde entonces llamada "antigua". Aunque Leonhardt daba la impresi&oacute;n de haber salido del vientre materno a los 40 a&ntilde;os tocando <i>El arte de la fuga,</i> lo cierto es que alguna vez fue un adolescente, hijo de una familia de comerciantes con recursos, que, forzado a permanecer encerrado en la casa familiar el &uacute;ltimo a&ntilde;o de la segunda guerra mundial, se enamor&oacute; de Bach y del clavec&iacute;n que hab&iacute;an encargado sus padres para hacer m&uacute;sica de c&aacute;mara en familia. Un clavec&iacute;n comercial (no estoy segura de si era un Neupert), esto es, un clavec&iacute;n, s&iacute;, pero muy distinto a los clavecines hist&oacute;ricos que despu&eacute;s tocar&iacute;a y que llegar&iacute;a a comprar, tocar y lucir, primero en el peque&ntilde;o piso de su casa en el Nieuwmarkt, de &Aacute;msterdam, y despu&eacute;s en su mansi&oacute;n del siglo XVII ubicada en el Herengracht, tambi&eacute;n en &Aacute;msterdam.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Basilea y Viena podr&iacute;an con justicia reclamar a los holandeses su pretensi&oacute;n de considerar a Holanda, gracias a Leonhardt y a Br&uuml;ggen, la cuna de lo que hoy llamamos "hacer m&uacute;sica hist&oacute;ricamente informada". Al menos por lo que hace a Leonhardt, en la Schola Cantorum Basilensis (1947&#45;1950) aprendi&oacute; y practic&oacute; un nuevo concepto de ejecuci&oacute;n al &oacute;rgano que le ense&ntilde;&oacute; Eduard M&uuml;ller, basado en la l&oacute;gica del an&aacute;lisis musical y no en los efectos t&iacute;mbricos del instrumento, muy del gusto rom&aacute;ntico. De esa l&oacute;gica se vali&oacute; Leonhardt en sus interpretaciones y en sus comentarios en clase.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el entorno propicio de la Schola Cantorum, Leonhardt fue objeto y sujeto de la influencia de August Wenzinger, maestro de conjuntos instrumentales y de <i>viola da gamba,</i> y de quienes en ese centro trabajaban, en forma met&oacute;dica y seria, temas como la ornamentaci&oacute;n, la teor&iacute;a y la pr&aacute;ctica del bajo cifrado y el uso de arcos barrocos en instrumentos de cuerda hist&oacute;ricos (Leonhardt tocaba la <i>viola da gamba</i> bastante bien). Despu&eacute;s, en Viena (1950&#45;1953), en forma autodidacta, descubri&oacute; y practic&oacute; la musicolog&iacute;a hist&oacute;rica consultando obras te&oacute;ricas y tratados de ejecuci&oacute;n instrumental de los siglos XVII y XVIII. Transcribi&oacute; centenares de manuscritos de m&uacute;sica de autores en aquel tiempo desconocidos, cuyas obras desde entonces y a lo largo de su vida toc&oacute; y dio a conocer. Hace a&ntilde;o y medio, cuando estuve con &eacute;l por &uacute;ltima vez, mientras me preparaba un caf&eacute; <i>espresso</i> ("lo &uacute;nico que s&eacute; cocinar"), pude ver en el atril de un clave italiano que ten&iacute;a en la gran ex cocina de su mansi&oacute;n &#151;acondicionada como una muy acogedora y ampl&iacute;sima sala de estar&#151; una de esas transcripciones suyas hechas 60 a&ntilde;os atr&aacute;s, amarillenta, gastada, remendada, entra&ntilde;able.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el sal&oacute;n 23 del Amsterdamsch Conservatorium, en el n&uacute;mero 5 de la Bachstraat, dos veces a la semana &#151;lunes y martes en las ma&ntilde;anas&#151; Gustav Leonhardt divid&iacute;a por partes iguales sus horas de clase (calculo que unas ocho o diez en total durante el periodo 1965&#45;1970) entre estudiantes holandeses y estudiantes extranjeros llegados de Jap&oacute;n, Estados Unidos, Inglaterra, Francia, M&eacute;xico. Aceptaba s&oacute;lo a unos cuantos alumnos regulares. Ten&iacute;a, adem&aacute;s, uno que otro alumno particular que tomaba un par de clases con &eacute;l y despu&eacute;s se marchaba de regreso a su pa&iacute;s. Desconozco cu&aacute;ntos se quedaron con las ganas de ser escuchados, al menos. Sus comentarios y correcciones eran parcos y los hac&iacute;a mediante un repertorio cuidadosamente mesurado y seleccionado de ademanes y expresiones faciales: los unos, estudiados y elegantes, las otras, entre t&iacute;midas y coquetas, ambos aunados a frases cortas y monos&iacute;labos altamente expresivos en holand&eacute;s como <i>nou</i>, <i>tja, fijn, ach.</i> Del bolsillo derecho de su saco de <i>tweed,</i> sacaba un l&aacute;piz de no m&aacute;s de diez cent&iacute;metros de largo con el que, de vez en cuando, marcaba tenuemente la partitura con s&iacute;mbolos de articulaci&oacute;n, ag&oacute;gica, registraci&oacute;n. &iquest;Dificultades t&eacute;cnicas? &iquest;Qu&eacute; es eso? &iquest;Acaso existen? Distancia, parquedad, elegancia... &iquest;c&oacute;mo adjetivar esa forma de ser de Leonhardt&#45;maestro? Contundentes, en cambio, sin necesidad de adjetivos, eran sus conocimientos musicales y su capacidad interpretativa. La pedagog&iacute;a sale sobrando cuando se tiene como maestro a un m&uacute;sico&#45;artista que en ambas capacidades sobrepasa cualquier par&aacute;metro conocido. Pero esa apreciaci&oacute;n, que se me fue revelando con el tiempo, no la pod&iacute;a tener yo cuando era una joven que hab&iacute;a recorrido 10 000 kil&oacute;metros en busca de un maestro de quien s&oacute;lo conoc&iacute;a tres cosas: su fama, la forma de articular en el clavec&iacute;n (que me transmiti&oacute; en unas cuantas clases su primera alumna mexicana, Luisa Dur&oacute;n) y su capacidad anal&iacute;tica e interpretativa mostrada en las conferencias magistrales sobre <i>Las variaciones Goldberg</i> que le hab&iacute;a escuchado impartir en la Universidad de Yale, en 1964. Y menos pude tenerla durante mis primeros tiempos en Holanda, ya en el Amsterdamsch Conservatorium, cuando inmutable, sin piedad, a manera de "noche oscura del alma", me dio a escoger, durante eternos ocho meses, la m&uacute;sica que yo quisiera estudiar, s&iacute;, pero s&oacute;lo pod&iacute;a elegir entre obras de virginalistas ingleses. Nada m&aacute;s. Una ma&ntilde;ana soleada, la primera despu&eacute;s del invierno, ya resignada, le pregunt&eacute; al concluir la clase, temiendo la respuesta: "&iquest;Byrd? &iquest;Tomkins?" "Revisa y escoge alguna suite de B&otilde;hm", me dijo sin m&aacute;s. Cuando sal&iacute; de su casa en el Nieuwmarkt, &iexcl;el sol s&iacute; que brillaba! Tambi&eacute;n lo que yo hab&iacute;a aprendido de digitaci&oacute;n a la manera antigua y del desciframiento, mediante la articulaci&oacute;n refinad&iacute;sima que &eacute;l ense&ntilde;aba y sobre la que era especialmente puntilloso, la ret&oacute;rica oculta en las inteligentes variaciones y en las s&oacute;lidas obras polif&oacute;nicas de William Byrd, Thomas Tomkins y John Bull.</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v34n101/a9f1.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando sal&iacute;a de gira, nos dejaba bajo la gu&iacute;a de una antigua disc&iacute;pula suya, Anneke Uittenbosch, quien gentil y respetuosa asum&iacute;a el dif&iacute;cil papel de sustituir a quien era insustituible. Un papel un tanto ingrato. Afortunadamente para ella y para nosotros, no era ni muy frecuente ni muy prolongado eso que a m&iacute; me parec&iacute;a un peque&ntilde;o montaje teatral.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el sal&oacute;n de clase no hab&iacute;a tiempo ni espacio para nada que no fuera la m&uacute;sica. El 3 de octubre de 1968 abri&oacute; la puerta, unos minutos antes de las nueve de la ma&ntilde;ana, llevando bajo el brazo uno de los matutinos m&aacute;s le&iacute;dos (creo que era el <i>Algemeen Handelsblad)</i>. Apenas cerr&oacute;, y sin siquiera dejar su portafolio en la mesa como sol&iacute;a, extendi&oacute; el brazo y me mostr&oacute; el peri&oacute;dico: una excelente y dram&aacute;tica foto a media plana con los tanques en Tlatelolco, como fondo, y, en primer plano, estudiantes sangrando con cara de angustia. Con uno de sus ademanes mesurados y una expresi&oacute;n interrogante en los ojos me dijo: "&iquest;Y esto?" Sentada frente al clave, cerr&eacute; los ojos, mov&iacute; la cabeza, todo "a lo Leonhardt", y no dije nada. En seguida, sin mediar palabra, se sent&oacute; junto al clave y yo empec&eacute; a tocar.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Vino, conoci&oacute; y dio clases magistrales a su progenie mexicana en los primeros d&iacute;as de marzo de 1995. Mostrando una generosidad desconcertante en &eacute;l (era sumamente cuidadoso con el dinero), acept&oacute; venir a tocar dos conciertos &#151;uno en el anfiteatro Bol&iacute;var de San Ildefonso y otro en la sala Nezahualc&oacute;yotl&#151; y a impartir tres d&iacute;as de clases magistrales en la sala Carlos Ch&aacute;vez del Centro Cultural Universitario; lo hizo por la tercera parte del dinero que hubiese cobrado en cualquier otra parte del mundo: era la cantidad que entonces le pod&iacute;a pagar la Direcci&oacute;n de Actividades Musicales de la UNAM. En el concierto de la sala Nezahualc&oacute;yotl, el domingo 5, gratitud, admiraci&oacute;n o m&aacute;s bien veneraci&oacute;n fue lo que arrop&oacute; su figura, indistinguible del clavec&iacute;n sobre el que se inclinaba, iluminada por un haz de luz brillante que ca&iacute;a sobre canas, nariz afilad&iacute;sima y manos, todo, por lo dem&aacute;s, rodeado de negro. Nunca me ha parecido la sala Nezahualc&oacute;yotl m&aacute;s hermosa. Pero me equivoco: no era una sala de conciertos, esa noche "la Neza" se transform&oacute; en un templo. Toc&oacute; Gustav Leonhardt y la m&uacute;sica que hizo, envuelta en el sonido del clavec&iacute;n, se pos&oacute; en el aliento contenido del p&uacute;blico. Despu&eacute;s de la magia, la c&aacute;lida convivencia con su familia mexicana: mesurada, elegante, compartiendo el pan, la sal y el tequila disfrazado de caf&eacute; de olla en El Rinc&oacute;n de la Lechuza, taquer&iacute;a que fue de Mart&iacute;n Seidel, primer constructor de clavecines en M&eacute;xico, disc&iacute;pulo de Martin Skowroneck, constructor que Leonhardt ten&iacute;a en gran estima y de quien pose&iacute;a uno de sus clavecines preferidos. Con una mirada p&iacute;cara en los ojos y una sonrisa infantil, el jarrito en la mano, le escuch&eacute; musitar: "Ya manch&eacute; el frac y es el &uacute;nico que traigo, no pesa y no se arruga". A ese Leonhardt, y por ese ser y estar suyos de sencilla, cordial y noble elegancia, acudieron a felicitar con m&uacute;sica, en su 80 aniversario, amigos, colegas y ex disc&iacute;pulos de todo el mundo. Otra vez y como siempre, la m&uacute;sica llen&oacute; todo, en esta ocasi&oacute;n la Waalse Kerk, iglesia de la que Leonhardt fue el organista titular durante su sexagenaria vida activa en Holanda. Fue una fiesta sorpresa: "algo han planeado, pero no s&eacute; qu&eacute;", me dijo, cuando le llam&eacute; por tel&eacute;fono para felicitarlo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En Viena, adem&aacute;s de la Biblioteca Nacional y sus tesoros documentales y bibliogr&aacute;ficos, Leonhardt se encontr&oacute; con Nikolaus Harnoncourt, con quien empez&oacute; una relaci&oacute;n musical y laboral que cristaliz&oacute;, a lo largo de muchos a&ntilde;os, en m&uacute;ltiples empresas conjuntas, una de ellas la grabaci&oacute;n de todas las cantatas sacras de J. S. Bach (Teldec, 1970&#45;1989) que los hizo merecedores del premio Erasmus. Los dos casados con violinistas, Marie y Alice, los dos con sus respectivos grupos orquestales, Leonhardt Consort y Concentus Musicus Wien, los dos grandes artistas, insuperables ejecutantes, estudiosos y conocedores de los aspectos hist&oacute;ricos, te&oacute;ricos y pr&aacute;cticos de todo lo que tocaban, vidas paralelas de gigantes paralelos. En 1967, ya estaban en la cima cuando en Huize Queekhoven, Breukeen, durante el primer curso de Musicultura: Art and Culture in the Baroque Period, supimos que le hab&iacute;an dado el Disco de Oro a la grabaci&oacute;n de la <i>Pasi&oacute;n seg&uacute;n san Juan,</i> de J. S. Bach (BWV 245), que hab&iacute;a dirigido Harnoncourt con el Concentus Musicus Wien, ni&ntilde;os solistas (soprano y contralto) e instrumentos hist&oacute;ricos originales. Era la primera vez que un premio comercial se otorgaba a una grabaci&oacute;n de m&uacute;sica tan "hist&oacute;ricamente informada". En Huize Queekhoven, adem&aacute;s de ellos dos, estaban Frans Br&uuml;ggen, Sigiswald y Wieland Kuijken y Eugen Dombois. Fue una gran noticia para todos, ese d&iacute;a fuimos una familia muy feliz.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tambi&eacute;n en la segunda mitad de ese a&ntilde;o de 1967, Leonhardt fue el personaje principal de la pel&iacute;cula <i>Cr&oacute;nica de Ana Magdalena Bach,</i> dirigida por Jean&#45;Marie Straub. Las cr&iacute;ticas m&aacute;s duras y los comentarios m&aacute;s sarc&aacute;sticos se escucharon en el mundillo de la m&uacute;sica barroca en Holanda. A Leonhardt lo convenci&oacute; la entrega al proyecto y el conocimiento que Straub hab&iacute;a adquirido sobre Bach. &Eacute;ste hab&iacute;a escogido a Leonhardt diez a&ntilde;os antes de iniciar el rodaje como el mejor int&eacute;rprete de Bach despu&eacute;s de escuchar cuanta grabaci&oacute;n hab&iacute;a disponible de las obras de &oacute;rgano y clavec&iacute;n del compositor. &iquest;Pel&iacute;cula sobre Bach o documental sobre Leonhardt? Otra vez, como en el sal&oacute;n de clase, la m&uacute;sica rige todo y, tambi&eacute;n, paraliza todo, hasta la c&aacute;mara. Y Leonhardt, con gran peluca y sin &aacute;pice de maquillaje, enteramente Leonhardt <i>himself,</i> inmoviliza a su vez los parlamentos, los despoja de cualquier intencionalidad porque as&iacute; lo quiso y s&oacute;lo as&iacute; acept&oacute; "actuar". La autenticidad as&iacute; entendida, &iquest;transmite algo m&aacute;s all&aacute; de la m&uacute;sica que, de por s&iacute;, no necesita nada m&aacute;s que una interpretaci&oacute;n como la que s&oacute;lo Leonhardt pod&iacute;a ofrecer? &Eacute;l estaba convencido de que esa pel&iacute;cula brindaba la oportunidad &uacute;nica de escuchar la m&uacute;sica de Bach en los espacios donde se escuch&oacute;, con los instrumentos con los que se toc&oacute;, pero, sobre todo, con la dotaci&oacute;n ideal que, seg&uacute;n las fuentes, Bach hubiese deseado escuchar. Fue su &uacute;nica incursi&oacute;n en el cine que, por lo dem&aacute;s, le era ajeno.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Straub tuvo que haber escuchado <i>El arte de la fuga,</i> obra sobre la que Leonhardt hab&iacute;a publicado un argumento: <i>The Art of Fuge. Bach's Last Harpsichord Work. An Argument</i> (La Haya, Martinus Nijhoff, 1952). Y s&iacute; que era un argumento: un organista&#45;clavecinista de escasos 24 a&ntilde;os sustentaba la "ejecutabilidad" de una obra en contra de la tradici&oacute;n musicol&oacute;gica que hasta entonces la hab&iacute;a considerado una obra te&oacute;rica. Tambi&eacute;n caus&oacute; revuelo. Pero como a diferencia de la mayor&iacute;a de los music&oacute;logos, Leonhardt s&iacute; pod&iacute;a y pudo probar su dicho con la m&uacute;sica misma, todos callaron. <i>El arte...</i> y <i>Las variaciones Goldberg</i> fueron grabadas con la casa Vanguard Recordings Society, bajo los auspicios de la Bach Guild y, hasta donde s&eacute;, fueron los primeros discos que Leonhardt grab&oacute; durante su estancia en Viena. As&iacute; pues, no s&oacute;lo hab&iacute;a conocido a Harnoncourt en esa ciudad, sino tambi&eacute;n a la compa&ntilde;&iacute;a disquera con la cual grabar&iacute;a gran cantidad de obras. Tambi&eacute;n en Viena conoci&oacute; a otro insuperable artista y m&uacute;sico: el contratenor Alfred Deller. El &aacute;lbum <i>Masterpieces of the Italian Baroque,</i> con Deller y la misma combinaci&oacute;n productora, atestiguan ese doble encuentro y constituyen, en mi opini&oacute;n, los dos &uacute;ltimos ingredientes de indudable peso curricular en su vida. Al salir de Viena para establecerse en &Aacute;msterdam en 1953, Leonhardt ya era lo que durante los siguientes 60 a&ntilde;os de su vida sigui&oacute; siendo: organista, clavecinista, especialista en Bach, maestro, director ("es tan f&aacute;cil dirigir que no vale la pena hacerlo m&aacute;s que, quiz&aacute;, una vez al a&ntilde;o"), int&eacute;rprete &uacute;nico (su discograf&iacute;a no tiene parang&oacute;n), editor de la obra de J. P. Sweelinck, laureado por el gobierno de su pa&iacute;s, doctorado <i>honoris causa</i> por varias universidades.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La fuerza de un artista que conoce con profundidad la materia de su arte puede resultar a los ne&oacute;fitos como la luz que ceg&oacute; a san Pablo. No s&eacute; el n&uacute;mero exacto, pero hubo estudiantes del conservatorio que desertaron antes de graduarse o que dejaron de tocar despu&eacute;s de haber estudiado con Leonhardt. Otros se convirtieron en sus clones, sin que &eacute;l mismo se percatase de ello. Hoy, el directorio de sus ex alumnos incluye a los m&aacute;s sobresalientes clavecinistas de Europa, Estados Unidos y Jap&oacute;n. En M&eacute;xico no hay clavecinista que no tenga el ADN musical de Leonhardt. Somos una familia y Leonhardt tiene aqu&iacute; hijas, nietos y hasta bisnietos.</font></p>      ]]></body>
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