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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Pintores y doradores en Sevilla: 1650-1699]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Libros</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Pintores y doradores en Sevilla. 1650&#45;1699. Documentos</b> <b>Duncan T. Kinkead (comp.)</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Rogelio Ruiz Gomar</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Bloomington, Indiana, Autor House, 2006.</b></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La prolongada y paciente revisi&oacute;n que el recientemente fallecido investigador norteamericano Duncan T. Kinkead llevara a cabo en archivos espa&ntilde;oles durante cerca de 40 a&ntilde;os le permiti&oacute; extraer importantes materiales relacionados con la historia del arte hispano que ha ido publicando en trabajos de los que muchos nos hemos beneficiado. Por ello nos congratulamos de la aparici&oacute;n de este nuevo libro, dedicado por cierto a la memoria de otro destacado hispanista norteamericano, Harold E. Wethey, en el que reuni&oacute; informaci&oacute;n valiosa sobre la actuaci&oacute;n de los art&iacute;fices que formaron parte del gremio de pintores y doradores de Sevilla en la segunda mitad del siglo XVII, mismo que no dudo ser&aacute; igualmente de enorme utilidad para avanzar en el mejor conocimiento del tema se&ntilde;alado.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ciertamente no encontraremos en este libro un desarrollo org&aacute;nico o un r&aacute;pido bosquejo del rico panorama enunciado; tampoco se trata de un trabajo de altos vuelos, de cr&iacute;tica incisiva, plena de propuestas o novedosas reflexiones. Sin embargo, gracias a la ampl&iacute;sima compilaci&oacute;n de noticias relativas a los art&iacute;fices que formaron parte del mencionado gremio, expurgadas de los viejos papeles guardados en diversos archivos, estamos ante una obra de positivo inter&eacute;s para todo aquel que se acerque tanto a la actuaci&oacute;n de dichos art&iacute;fices como al entorno o las condiciones en que trabajaron. En una breve introducci&oacute;n, el compilador explica la naturaleza del libro, aclara el m&eacute;todo que sigui&oacute; para ordenar el material y advierte sobre algunos problemas que se presentan en este tipo de trabajos, verbigracia, el de los hom&oacute;nimos y las inevitables confusiones a que pueden conducir. Concebido como una poderosa herramienta de consulta, todo el estudio est&aacute; organizado de manera alfab&eacute;tica, a partir del apellido de los artistas. Adem&aacute;s, para evitar omisiones involuntarias, el autor decidi&oacute; repetir la misma informaci&oacute;n en la entrada correspondiente a cada uno de los art&iacute;fices mencionados en un mismo documento. Tras el muy amplio y variado cuerpo de registro que conforma la parte sustantiva del libro, &eacute;ste concluye con un &uacute;til anexo documental, la bibliograf&iacute;a y dos &iacute;ndices de los artistas incluidos, uno para los pintores y doradores y otro para los escultores, ensambladores y arquitectos de que se hace menci&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No est&aacute; de m&aacute;s advertir que as&iacute; como hay mucha informaci&oacute;n nueva, que por primera vez se publica, existe tambi&eacute;n otra que ya se conoc&iacute;a, recogida con anterioridad por diversos autores en obras generales o monogr&aacute;ficas (Gestoso, Sancho Corbacho, Valdivieso, Quiles, el propio Kinkead, y otros). Pero lejos de que esta circunstancia venga en dem&eacute;rito del trabajo, es algo que hay que agradecer. De hecho, en esto radica la naturaleza del libro y es su mayor virtud: poner al alcance del estudioso toda la informaci&oacute;n documental que se ha ido localizando de cada art&iacute;fice en el apartado correspondiente. Y habla bien del compilador que en cada caso indica tanto la fuente como el fondo del que procede para facilitar su localizaci&oacute;n, por m&aacute;s que este esfuerzo se vea sacrificado ante el desafortunado af&aacute;n de modernizaci&oacute;n que, de vez en vez, mueve a algunos centros a introducir nuevos sistemas de clasificaci&oacute;n a sus fondos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra de las virtudes del trabajo es que junto a la documentaci&oacute;n de artistas afamados o que gozan de cierto reconocimiento se presenta tambi&eacute;n la de muchos otros actores secundarios o menos atractivos, cuando no totalmente desconocidos. Tal es el caso de Mart&iacute;n Su&aacute;rez Orozco, oscuro pintor al que encontramos recibiendo aprendices en distintos momentos, lo que le vale, al menos, para que lo tengamos por buen "maestro" (pp. 505&#45;507).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A trav&eacute;s de la documentaci&oacute;n reunida, podemos asomarnos a la diversidad de registros relativos a los art&iacute;fices o a las actividades que llevaron a cabo, pues lo mismo se recogen las noticias habituales de bautizo, matrimonio o defunci&oacute;n, que las referentes a contratos para la ejecuci&oacute;n de obras, cartas de examen, testamentos, recibos de pago o contratos de aprendizaje, as&iacute; como tambi&eacute;n otras en que aparecen actuando como fiadores, interviniendo en aval&uacute;os y arrendamientos, otorgando cartas poder o de dote, adquiriendo bienes en almonedas, vendiendo o comprando esclavos o haciendo donaci&oacute;n de obras. Pero junto a todos estos documentos se recogen otros referentes a asuntos menos frecuentes que no obstante requieren ser igualmente atendidos por los estudiosos, como pueden ser las cancelaciones de contratos (tanto de obras como de aprendizaje), los pleitos de diversa &iacute;ndole en que se vieron envueltos o aquellos en que se alude a su participaci&oacute;n &#151;ya como mayordomos ya como miembros&#151; en hermandades o cofrad&iacute;as. As&iacute;, nos enteramos de que varios pintores fueron "hermanos" de la congregaci&oacute;n del Sant&iacute;simo y Doctrina Cristiana, que estuvo ubicada en la Casa Profesa de la Compa&ntilde;&iacute;a de Jes&uacute;s (p. 516), y tambi&eacute;n que para el Viernes Santo de 1666, el pintor Mat&iacute;as de Godoy se encontraba preso, junto con varios m&aacute;s, a causa de un pleito con los miembros de otra cofrad&iacute;a.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Del mismo modo, la variedad de noticias recogidas nos permite asomarnos a las diversas tareas a que en ocasiones se dedicaban los art&iacute;fices estudiados. Por ejemplo, el pintor Juan Francisco Garc&iacute;a de la Vega lo mismo ejecuta una pintura del <i>Bautismo de Cristo</i> por 162 reales (1689) que pinta y dora alcanc&iacute;as y faroles para la parroquia de Santa Catalina (1696; pp. 194&#45;195). Pero resulta m&aacute;s interesante enterarnos de que algunos pintores cubr&iacute;an trabajos peculiares, como parece ser el pintar los cirios pascuales. &Eacute;ste es el caso de Pedro de Medina, quien durante cuatro a&ntilde;os consecutivos elabor&oacute; el de la catedral hispalense, o el de Alonso P&eacute;rez, que hizo lo propio para la iglesia de San Salvador. Si esto es as&iacute;, estar&iacute;amos ante una especialidad poco estudiada.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otro lado, en varios casos la documentaci&oacute;n recogida permite reconstruir las redes familiares que, favorecidas por la organizaci&oacute;n gremial, se fueron tejiendo tanto entre los artistas de un mismo oficio como en los de campos colindantes. Por ejemplo, en el aval&uacute;o de los bienes que deja Juan de Vald&eacute;s Leal hay informaci&oacute;n de lo que se aparta para la dote de su hija en ocasi&oacute;n de su matrimonio, en 1692, con Crist&oacute;bal G&oacute;mez, igualmente pintor (pp. 198&#45;199); otro ejemplo, entre muchos m&aacute;s, es el de Juan G&oacute;mez de Couto, quien se cas&oacute; con la hija de un maestro escultor (p. 207).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Asimismo, la nutrida informaci&oacute;n recogida permite corroborar que la edad en que los aprendices empezaban su instrucci&oacute;n fluctuaba entre los 10 y los 12 a&ntilde;os, lo que, sin embargo, no fue impedimento para que alguno fuese recibido a los nueve y otro a los 17 a&ntilde;os. Empero, algo que quiz&aacute; no se hab&iacute;a advertido es que el tiempo que duraba dicha etapa de aprendizaje depend&iacute;a, al parecer, de la edad en que se entraba al taller, acaso porque se esperaba que todo aprendiz debiera estar concluyendo su instrucci&oacute;n hacia los 19 o los 21 a&ntilde;os, justo cuando muchos comenzaban a tener m&aacute;s responsabilidades y deb&iacute;an contar, ya en su calidad de oficiales, con un medio honesto para ganarse la vida. &iquest;Es as&iacute; como debe entenderse el caso de aquel aprendiz que iba a permanecer como tal "por tiempo y espacio de nueve a&ntilde;os" por haber entrado a los 10 a&ntilde;os (p. 462)? Sea como fuere, esta pr&aacute;ctica al parecer no pas&oacute;, como s&iacute; muchas otras, a la Nueva Espa&ntilde;a, donde la etapa de aprendizaje se mantuvo en promedio por cuatro a&ntilde;os.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Del mismo modo, aunque uno puede pensar que los maestros deb&iacute;an obtener alguna ganancia por el hecho de aceptar un aprendiz y comprometerse a tenerlo en su casa y ense&ntilde;arle el oficio, lo cierto es que ese punto nunca aparece en los contratos de aprendizaje &#151;al menos en los que se conocen, y esto es igual para el caso de la Nueva Espa&ntilde;a. Nos hemos ido quedando con la impresi&oacute;n, pues, de que acaso la ganancia que obten&iacute;a el maestro por ello era la que derivaba del servicio que el muchacho le iba a prestar, como mano de obra barata. Por eso sorprende encontrar un caso en que se especifica que el maestro iba a recibir 600 reales de moneda de vell&oacute;n, en dos pagos, "por raz&oacute;n de la dicha ense&ntilde;anza" (p. 340).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Asimismo, aunque no hay contradicci&oacute;n en ello, llama la atenci&oacute;n saber que Francisco Meneses Osorio era designado "maestro de la arte de la pintura y encarnaci&oacute;n", y que en su carta de examen, obtenida en 1655, Juan G&oacute;mez de Couto quedara acreditado como maestro en cuatro artes: pintura, estofado, dorado y encarnado (p. 204), informaci&oacute;n que desconcierta a los estudiosos del arte de la Nueva Espa&ntilde;a, acostumbrados a que en las ordenanzas se marcaba m&aacute;s la separaci&oacute;n entre las labores propias de pintores y doradores, prohibiendo la invasi&oacute;n de sus respectivos campos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por otro lado, resulta curiosa la petici&oacute;n de algunos para, debido a su pobreza, poder seguir practicando su oficio, a pesar de no estar examinados; es el caso de Juan Rodr&iacute;guez Mej&iacute;a (1661, p. 475) y de Luis de Silva (1676, p. 503), o tambi&eacute;n el de Juan de Vald&eacute;s Leal, a quien se le otorg&oacute; licencia para seguir practicando su arte por seis meses (1658, pp. 528&#45;529).</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Igualmente atractiva es la noticia del poder otorgado a Juan Carre&ntilde;o de Miranda, en octubre de 1674, para que en nombre de varios pintores, escultores y doradores de Sevilla, y en su calidad de pintor del monarca, pueda acudir ante el rey y el Real Consejo a solicitar el reconocimiento de la academia que han constituido y de los estatutos que la rigen y que se guarden los honores y privilegios concedidos a sus respectivas artes (pp. 476&#45;477).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Interesante es, igualmente, la documentaci&oacute;n que nos deja saber de los bienes que quedaban a la muerte de los art&iacute;fices; entre otros, se recoge la informaci&oacute;n que corresponde a Juan Sim&oacute;n Guti&eacute;rrez (p. 222), Esteban M&aacute;rquez (pp. 294&#45;296), Francisco Polanco (pp. 452&#45;453), Gaspar de Ribas (quien ten&iacute;a un retrato de Mart&iacute;nez Monta&ntilde;ez, p. 460), Luis Antonio de Ribera (pp. 465&#45;466) o Juan Jos&eacute; Salinas (p. 490).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Indirectamente, algunos registros nos permiten extraer informaci&oacute;n sobre los precios de rubros varios, que van desde la renta de casas hasta el costo de obras o productos. Por ejemplo, la libra de "polvos azules que llaman de esmaltes" remitidos de Amberes (seg&uacute;n la tasaci&oacute;n dada por los pintores Ignacio de Ries y Juan van Mol, p. 470) costaba 2 reales de vell&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Llama la atenci&oacute;n, igualmente, encontrar que algunos art&iacute;fices se dedicaron a realizar lotes de cuadros casi de manera mec&aacute;nica, como verdaderas obras en serie. Un claro ejemplo lo tenemos en Juan G&oacute;mez Arroyo, ocupado en entregar 34 lienzos "de a dos varas y tercia de alto y vara y tercia de ancho" que comprend&iacute;an 10 &aacute;ngeles, 12 ap&oacute;stoles "en cielo y pa&iacute;s con celajes y sus insignias en las manos" y "12 v&iacute;rgenes con sus ropajes bordados" (1662, p. 202), y poco despu&eacute;s 130 lienzos m&aacute;s, todos ellos sin bastidor, a dos pesos y medio cada uno (1664, pp. 203 y 216). Por supuesto, como el mismo Duncan T. Kinkead ha demostrado en sus trabajos sobre Juan de Vald&eacute;s Leal y Juan de Luz&oacute;n, buena parte de dichas obras se hac&iacute;an para enviarlas al Nuevo Mundo. &Eacute;ste es el caso, entre muchos m&aacute;s, de Juan Mart&iacute;nez de Gradilla, quien en 1675 deb&iacute;a ejecutar 200 lienzos con tem&aacute;tica devocional y profana (pp. 305&#45;306); de Luis Carlos Mu&ntilde;oz (1665, p. 355), y Bartolom&eacute; y Tom&aacute;s de Contreras, quienes se obligaban a elaborar 300 cuadros, con temas de devoci&oacute;n y "acabados de toda perfecci&oacute;n", y a entregar 20 cada mes, a 33 reales cada uno (1676, p. 216). En este &uacute;ltimo caso se especifica que si dichos maestros no cumplieran, se los comprar&iacute;an a Juan Sim&oacute;n Guti&eacute;rrez, "pintor que vive enfrente del Buen Suceso", art&iacute;fice que durante varios a&ntilde;os estuvo surtiendo encargos de ese mismo tipo. En algunas ocasiones se precisa que iban con destino a la Nueva Espa&ntilde;a; es el caso del citado Sim&oacute;n Guti&eacute;rrez (1680&#45;1690, pp. 218&#45;221), de Esteban M&aacute;rquez (con varios encargos, entre los que destaca el de 12 lienzos de cuatro varas de largo por cinco de ancho, con escenas de la vida de San Francisco de As&iacute;s, por 2 000 reales, que pueden ser los que, atribuidos a Murillo, se custodian en el Museo Regional de Guadalajara, Jalisco; 1694, pp. 291294), as&iacute; como de Tom&aacute;s Mart&iacute;nez (p. 299) o Alonso P&eacute;rez (p. 432). Pero obviamente son m&aacute;s los casos de los art&iacute;fices cuyos trabajos se remitieron a diversos centros sudamericanos, como por ejemplo el del ya mencionado Alonso P&eacute;rez (pp. 416&#45;417), de Diego Trujillo (pp. 513&#45;515) o de varios m&aacute;s (pp. 222, 251252, 353 y 423&#45;425). Cu&aacute;n importante debi&oacute; ser este comercio y env&iacute;o de obras al Nuevo Mundo que en 1678 Mat&iacute;as de Arteaga y Juan Jos&eacute;, alcalde y veedor del gremio, respectivamente, objetaron el cobro de "derecho de salida de la pintura de devoci&oacute;n que fabrican en esta ciudad los maestros de la dicha arte en sus casas y obradores y remiten a vender por su cuenta a los puertos de mar y de Indias", con base en una sentencia obtenida en que se declaraba " libre de dicha paga a la dicha pintura" (Sevilla, 11 de enero de ese a&ntilde;o; p. 243). Y, como era de esperar, as&iacute; como hay obras en tr&aacute;nsito, tambi&eacute;n se consignan casos como el de Diego S&aacute;nchez Montano, que en 1682 estaba "de partida para la provincia de la Nueva Espa&ntilde;a de Indias" (p. 492).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El hecho de que para cada entrada el compilador procurara seguir un mismo orden al registrar los datos m&aacute;s relevantes de la documentaci&oacute;n y de que en algunos casos ofrezca la transcripci&oacute;n de la parte sustancial de la misma indudablemente da unidad al trabajo. Sin embargo, es muy deplorable que no se haya hecho una cuidada edici&oacute;n de cada entrada, pues de inmediato se advierte que el compilador no tiene el idioma espa&ntilde;ol como lengua materna, y que si bien se desenvuelve con soltura en &eacute;l, no lo domina. El resultado est&aacute; en que la lectura se hace dif&iacute;cil y cansada por las constantes faltas en la sintaxis y palabras inexistentes o malentendidas. Mucho hubiera ganado el estudio si hubiese contado con ayuda, pues hubiera bastado un lector atento para corregir gran parte de los problemas con que nos topamos a cada paso. Pese a ello, la utilidad que encierra no s&oacute;lo salva al libro que nos ocupa, sino que, es f&aacute;cil aventurar, habr&aacute; de convertirse en una referencia obligada para todos los estudiosos o interesados en incursionar en el campo de estudio se&ntilde;alado, precisamente porque las noticias que en &eacute;l se recogen son tan numerosas y de &iacute;ndole tan diversa que lo convierten en el veh&iacute;culo ideal, especialmente para asomarnos a aspectos y cuestiones que no siempre est&aacute;n a nuestra disposici&oacute;n, como es el entorno social, familiar y laboral &#151;mediante la ubicaci&oacute;n de casas u obradores&#151;, importante para comprender la vida misma en que se desenvolvieron los pintores y doradores de la ciudad a la orilla del Betis en la segunda mitad del siglo XVII.</font></p>      ]]></body>

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