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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Obras, documentos, noticias</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Arquitectura y urbanismo en Iberoam&eacute;rica: universo por explorar</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Alberto Gonz&aacute;lez Pozo</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una de las restricciones que me impongo al escribir este ensayo sobre arquitectura latinoamericana es que excluyo a M&eacute;xico como tema central de reflexi&oacute;n. Parece un contrasentido dejar fuera a nuestro pa&iacute;s cuando se trata de ver el panorama de la arquitectura y el urbanismo iberoamericanos en su conjunto. En este caso, se trata de un recurso que me obliga a salirme de un &aacute;mbito de experiencias personales y fuentes bibliohemerogr&aacute;ficas accesibles en el que me siento relativamente seguro, para adentrarme en un territorio mucho menos conocido o francamente ignoto. Pero excluir a M&eacute;xico y sus edificaciones como tema central de este texto no implica olvidarme de mi realidad. Al contrario: las analog&iacute;as y diferencias entre nuestra cultura arquitect&oacute;nica y la de otros pueblos hermanos de Am&eacute;rica son interesant&iacute;simas y las mencionar&eacute; a medida que vayan apareciendo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>Las diversas preexistencias ind&iacute;genas</b></i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sudam&eacute;rica precolombina muestra gran variedad regional en sus asentamientos y sus arquitecturas. Mientras en la extensa cuenca amaz&oacute;nica al noreste florecieron aldeas agr&iacute;colas de subsistencia y en las regiones pampeanas del sureste predominaron grupos n&oacute;madas, toda la cordillera de los Andes, sus valles altos y su litoral Pac&iacute;fico fueron escenarios de civilizaciones agr&iacute;colas que siguen etapas parecidas a las de Mesoam&eacute;rica. La arqueolog&iacute;a sudamericana todav&iacute;a est&aacute; construyendo modelos y cronolog&iacute;as que expliquen mejor lo ocurrido.<a name="n1b"></a><sup><a href="#n1a">1</a></sup> Si esto es dif&iacute;cil de entender ahora, lo era mucho m&aacute;s hace cuatro d&eacute;cadas, cuando Jorge E. Hardoy logr&oacute; reunir en una sola obra un panorama del urbanismo precolombino en todo el Continente Americano, ya que por aquel entonces incluso los modelos explicativos sobre Mesoam&eacute;rica estaban revis&aacute;ndose.<a name="n2b"></a><sup><a href="#n2a">2</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>Las etapas formativas</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En Sudam&eacute;rica hay un largo proceso entre 10000 y 2000 a&ntilde;os antes de nuestra era, cuando aparecen los primeros ocupantes de la costa y del altiplano, y se transita gradualmente de culturas n&oacute;madas a otras sedentarias en las que se inicia la domesticaci&oacute;n de especies vegetales comestibles y de animales dom&eacute;sticos (llamas, vicu&ntilde;as, alpacas, perros y patos), as&iacute; como la construcci&oacute;n de aldeas, como actividades predominantes. Luego ocurre un periodo de transici&oacute;n, todav&iacute;a precer&aacute;mico, entre 2000 y 1400 a.C., en que aparecen los primeros asentamientos compactos con n&uacute;cleos ceremoniales tanto en la Costa del Pac&iacute;fico (en Caballo Muerto, Aspero, El Para&iacute;so y Paracas) como en los valles altos de la cordillera de los Andes (en Kotosh y Huaricoto).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Algunos de estos sitios evolucionaron en la siguiente etapa entre 1400 y 500 a.C., llamada Horizonte Temprano, correspondiente a la formaci&oacute;n de las culturas&#45;madre de Sudam&eacute;rica. Es cuando surgen mont&iacute;culos piramidales que adoptan disposiciones en forma de U. Algunos muestran decoraci&oacute;n arquitect&oacute;nica antropomorfa como la <i>huaca</i> (pir&aacute;mide) de los Reyes en Caballo Muerto, o s&iacute;mbolos c&oacute;smicos como en Kotosh. Este florecimiento culmina en Chav&iacute;n de Huantar, importante sitio arqueol&oacute;gico que floreci&oacute; entre 800 y 200 a.C. y en cuyo centro ceremonial ya est&aacute;n presentes rasgos que aparecer&aacute;n repetidamente en etapas posteriores: pir&aacute;mides escalonadas, patios hundidos y <i>cabezas&#45;clavas</i> de piedra labrada.<a name="n3b"></a><sup><a href="#n3a">3</a></sup> Ya en esta &eacute;poca aparece la metalurgia ind&iacute;gena sudamericana, con ejemplos desde el sur de Colombia hasta el norte de Argentina. Con Chav&iacute;n ocurre lo mismo que con La Venta en Mesoam&eacute;rica: durante mucho tiempo se consider&oacute; origen de la arquitectura olmeca cuando en realidad representa una de las &uacute;ltimas etapas de esa cultura primigenia.</font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f1.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En algunos sitios como los valles costeros de los r&iacute;os Nepe&ntilde;a y Casma, cercanos a Chav&iacute;n y bajo su influencia, se desarrollan otros rasgos que guardan un impresionante paralelismo con el precl&aacute;sico y cl&aacute;sico mesoamericano, particularmente la zona maya: las plataformas escalonadas, algunas con frisos o mascarones monumentales y otras con nichos, como en el Taj&iacute;n. Es el caso de Moxeque, donde, por cierto, la plataforma piramidal est&aacute; rematada por templos dobles, como los que levantaron los mexicas en Mesoam&eacute;rica muchos siglos despu&eacute;s.<a name="n4b"></a><sup><a href="#n4a">4</a></sup> Otra cultura regional de esta etapa formativa es la de Garagay, dentro de la zona metropolitana de Lima, cuyos vestigios muestran frisos y mascarones policromados de gran calidad.<sup><a name="n5b"></a><a href="#n5a">5</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por la misma &eacute;poca florece en la pen&iacute;nsula de Paracas otra cultura, conocida con ese mismo nombre, que impulsa el g&eacute;nero de necr&oacute;polis, con pozos excavados en forma de botella para los enterramientos. Al parecer, en ella se inician las "marcas" o gigantescos dibujos sobre la tierra formando l&iacute;neas o s&iacute;mbolos, como &aacute;rboles&#45;candelabro.<sup><a name="n6b"></a><a href="#n6a">6</a></sup> Este rasgo de arquitectura de paisaje a gran escala prepara manifestaciones en la cultura nazca que floreci&oacute; despu&eacute;s.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>Las etapas intermedias</b></i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al finalizar el Horizonte Temprano, alrededor de 400 a.C., Chav&iacute;n y Paracas pierden importancia y se inicia un nuevo lapso llamado Periodo Intermedio Temprano de casi un milenio de duraci&oacute;n hasta 500 d.C. Es cuando surgen las culturas moche (o mochica) en la costa norte del Pac&iacute;fico andino, y Nazca, un poco m&aacute;s al sur. Se trata de civilizaciones agr&iacute;colas en toda forma, que cultivaban algod&oacute;n, ma&iacute;z, papa, calabaza, chile y coca (esta &uacute;ltima para efectos rituales), y que practicaban exitosamente la pesca. El sitio de Moche, cerca de la desembocadura del r&iacute;o hom&oacute;nimo sobre el Oc&eacute;ano Pac&iacute;fico, muy cerca de la actual Trujillo, era toda una ciudad y muestra todav&iacute;a restos de unas huacas del Sol y de la Luna, pir&aacute;mides escalonadas no muy distintas y coet&aacute;neas de las de Teotihuacan. La huaca del Sol fue una de las mayores pir&aacute;mides de adobe del Continente Americano, ya que med&iacute;a 350 m por lado, si bien su altura apenas alcanzaba los 40 m.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por su parte, la cultura nazca dej&oacute; pocos vestigios de su arquitectura, pero en cambio perfeccion&oacute; las t&eacute;cnicas de la cultura precedente de Paracas, consistentes marcas, extensas planicies o pampas con l&iacute;neas, bandas o figuras gigantescas que s&oacute;lo se pueden apreciar desde el aire. Algunas son motivos geom&eacute;tricos o zoomorfos, presentes tambi&eacute;n en su cer&aacute;mica. Esta singular manera de marcar simb&oacute;licamente el territorio es un ejemplo que no ha sido suficientemente aquilatado por los profesionales contempor&aacute;neos de la arquitectura de paisaje.</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f2.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El siguiente lapso es el Horizonte Intermedio, contempor&aacute;neo del Epicl&aacute;sico mesoamericano, ya que se sit&uacute;a entre 500 y 900 d.C. Dos ciudades&#45;Estado del altiplano dominan a casi todas las dem&aacute;s en esta &eacute;poca: Huari al norte y Tiahuanaco al sur. Ambas traslapaban su esfera de influencia sobre el territorio en que hab&iacute;a surgido la cultura nazca.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El sitio de Tiahuanaco (Bolivia) tuvo una ocupaci&oacute;n que se remonta a 1500 a.C. y permanece hasta 1200 d.C., pero su esplendor ocurre en el Horizonte Intermedio. Era una isla de unos 900 por 500 m rodeada por canales que la conectaban con el lago Titicaca, situado a m&aacute;s de 4000 m sobre el nivel del mar. Hoy est&aacute; separada de sus m&aacute;rgenes y en sus vestigios arquitect&oacute;nicos se advierte un sugerente juego dial&eacute;ctico entre el mont&iacute;culo o pir&aacute;mide principal en forma de U, la Akapana,<a name="n7b"></a><sup><a href="#n7a">7</a></sup> y el conjunto de Kalasasaya, que es una plataforma con un gran patio hundido. Esta oposici&oacute;n entre patio hundido y mont&iacute;culo principal recuerda la que tambi&eacute;n existe en la acr&oacute;polis casi contempor&aacute;nea de Monte Alb&aacute;n, y obliga a preguntarnos sobre posibles intercambios o simples coincidencias entre ambas formas de concebir el espacio ritual, distantes m&aacute;s de 6000 km entre s&iacute;.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al patio hundido de Kalasasaya se ingresa por dos marcos&#45;portal simb&oacute;licos, uno de ellos la Puerta del Sol. La funci&oacute;n simb&oacute;lica que cumpl&iacute;a esa puerta no es muy distinta de algunos <i>torii</i> p&eacute;treos de la arquitectura hind&uacute; mucho despu&eacute;s, pero su naturaleza construida es totalmente distinta, ya que el portal simb&oacute;lico no est&aacute; constituido por piezas sino que se trata de un monolito ricamente labrado de 4 m de ancho por 3 de alto con un vano al centro. Por otra parte, en las paredes o muros de contenci&oacute;n del patio hundido, sobresalen las consabidas <i>cabezas&#45;clavas,</i> un rasgo que proviene de la cultura Chav&iacute;n, pero finamente interpretado. Tiahuanaco se encuentra ahora entre los sitios bolivianos en la lista del patrimonio mundial.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las <i>chullpas</i> o torres funerarias cil&iacute;ndricas de piedra o adobe son otra tipolog&iacute;a interesante en el &aacute;rea de influencia de Tiahuanaco. Se empleaban para depositar restos humanos en su c&uacute;spide para que los c&oacute;ndores y otras aves carro&ntilde;eras se encargaran de devorar los tejidos org&aacute;nicos, dejando limpios los esqueletos. Vestigios de estos interesantes edificios se encuentran en Sillustani y Cantamarca.<sup><a name="n8b"></a><a href="#n8a">8</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las relaciones entre los tiahuanacotas y su medio ambiente lacustre eran muy sabias: desarrollaron una t&eacute;cnica de camellones (parecida a las chinampas mesoamericanas) en los que pod&iacute;an practicar agricultura intensiva. Y todav&iacute;a hoy se advierte, en todas las laderas monta&ntilde;osas que rodean al extenso lago Titicaca, la labor de muchos siglos de construcci&oacute;n y mantenimiento de terrazas agr&iacute;colas en las que se evita la erosi&oacute;n y se aprovecha el agua pluvial al m&aacute;ximo. Siglos adelante, los incas heredaron y explotaron esas eco&#45;t&eacute;cnicas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Mientras Tiahuanaco ejerci&oacute; su influencia hacia el Sur, hasta la ca&ntilde;ada de Humahuaca (Argentina), Huari, cerca del actual Ayacucho, inici&oacute; una expansi&oacute;n incesante hacia la costa y el Norte. Sus realizaciones arquitect&oacute;nicas son pr&aacute;cticas y utilitarias, como los conjuntos de Pikillakta y de Viracochapampa. Ambos cuentan con amplias plazas centrales y un sinn&uacute;mero de locales habitables y de almacenamiento rigurosamente zonificados e incluso modulados, y muestran claramente que su prop&oacute;sito era servir como centros administrativos y para concentrar excedentes de la producci&oacute;n agropecuaria de regiones dominadas por ese incipiente imperio.<a name="n9b"></a><sup><a href="#n9a">9</a></sup></font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f3.jpg"></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>Las etapas finales de Sudam&eacute;rica prehisp&aacute;nica</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay un Periodo Intermedio&#45;Tard&iacute;o que se limita a la costa peruana entre 900 y 1476 d.C. En ese lapso florecen dos culturas urbanas importantes: la primera dur&oacute; hasta 1350 y se limit&oacute; a la cuenca del r&iacute;o Lambayeque, del que toma su nombre, aunque tambi&eacute;n se conoce como cultura de Sic&aacute;n. Sus principales centros urbanos fueron: primero, Bat&aacute;n Grande y, m&aacute;s tarde, Cerro Purgatorio. Este &uacute;ltimo asentamiento, constituido por ciudadelas, rodea a un enorme promontorio p&eacute;treo.<a name="n10b"></a><sup><a href="#n10a">10</a></sup> Esta tipolog&iacute;a urban&iacute;stica prefigura la siguiente etapa que se comenta a continuaci&oacute;n.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Finalmente, la cultura de Sic&aacute;n es sojuzgada como consecuencia del advenimiento y consolidaci&oacute;n del imperio Chim&uacute; (o Chimor), que logr&oacute; unificar bajo su dominio a multitud de cuencas de la vertiente occidental de los Andes. El urbanismo imperial de los chim&uacute; era de riguroso control social, a juzgar por la constituci&oacute;n de su capital Chan Chan, formada por diez ciudadelas contiguas y relativamente independientes. No se puede menos que reflexionar sobre las analog&iacute;as entre esta estructura de la ciudad m&aacute;s extensa de Sudam&eacute;rica precolombina y la de Teotihuacan, donde cada manzana era una vecindad corporativa cerrada,<sup><a name="n11b"></a><a href="#n11a">11</a></sup> como tampoco pueden pasar inadvertidas sus semejanzas con las grandes capitales hist&oacute;ricas de China: Chang'An y Pek&iacute;n, donde tambi&eacute;n existieron grandes sectores urbanos separados entre s&iacute;.<sup><a name="n12b"></a><a href="#n12a">12</a></sup> Otros rasgos interesantes reflejan su estrecha relaci&oacute;n con los rigores del medio ambiente: como que el litoral del Pac&iacute;fico donde se ubica es des&eacute;rtico, la ciudad est&aacute; totalmente construida con adobes y "tapias" (tramos de muros de tierra apisonada entre moldes). Incluso hay celos&iacute;as y finas decoraciones arquitect&oacute;nicas de grecas hechas con barro modelado. Por otra parte, subsisten vestigios de grandes estanques o cisternas donde se almacenaba agua necesaria para la supervivencia.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La importancia de Chan Chan corresponde a su rango actual de ejemplo del patrimonio cultural de la humanidad, pero hay muchos otros sitios de esa &eacute;poca que merecen analizarse y darse a conocer, como Pacachamac, cerca de Lima actual,<sup><a name="n13b"></a><a href="#n13a">13</a></sup> y Apurle. En realidad, Pacachamac era una ciudad&#45;santuario y su origen es muy anterior al del imperio chim&uacute;, pero es en esta etapa cuando alcanza un esplendor y una veneraci&oacute;n regional que se prolonga hasta la epoca incaica.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La tecnolog&iacute;a del imperio chim&uacute; fue todav&iacute;a m&aacute;s compleja. Sus miembros eran capaces de construir canales para conectar dos cuencas fluviales contiguas, siguiendo las curvas de nivel del terreno, sin que hoy d&iacute;a se logre comprender c&oacute;mo lograron esta haza&ntilde;a topogr&aacute;fica, carentes de los instrumentos que ahora empleamos. Tambi&eacute;n construyeron carreteras y caminos que recorr&iacute;an centenares de kil&oacute;metros, tecnolog&iacute;a que luego heredaron a los incas, quienes los sojuzgaron.</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f4.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como los aztecas en Mesoam&eacute;rica, que se expandieron a partir de Tenochtitlan, los incas (1476&#45;1534) multiplicaron r&aacute;pidamente su dominio desde la regi&oacute;n del Cuzco sobre casi toda la zona andina en el &uacute;ltimo lapso de las culturas prehisp&aacute;nicas sudamericanas conocido como Horizonte Tard&iacute;o. Ambas culturas, la azteca y la incaica, heredaron y acrecentaron el saber y las t&eacute;cnicas de los pueblos que les precedieron, pero dentro de una organizaci&oacute;n militarista e imperialista; en la c&uacute;spide de su poder&iacute;o, ambas hicieron contacto con los espa&ntilde;oles y sucumbieron ante ellos en sendas guerras. Hasta ah&iacute; las analog&iacute;as, porque las diferencias entre sus respectivos urbanismos y arquitecturas son mayores que en los periodos precedentes. Si los aztecas conservaron las pir&aacute;mides como edificios culminantes de sus centros ceremoniales (ciertamente con menor escala que las de los horizontes cl&aacute;sico y epicl&aacute;sico), los incas evitaron concentrar tanto esfuerzo edificatorio en grandes mont&iacute;culos y lo distribuyeron mejor entre diversas obras con importantes funciones utilitarias: terrazas agr&iacute;colas y caminos,<a name="n14b"></a><sup><a href="#n14a">14</a></sup> pero tambi&eacute;n fortificaciones, espacios abiertos y cubiertos donde se concentraban los excedentes de la producci&oacute;n, centros de control, palacios, plazas y viviendas. El equilibrio y la diversidad de programas utilitarios, as&iacute; como el control social que se advierte en las disposiciones urban&iacute;sticas reflejan una cultura que algunos han caracterizado como "socialista".<a name="n15b"></a><sup><a href="#n15a">15</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Su urbanismo ofrece algunas analog&iacute;as con la antig&uuml;edad hel&eacute;nica. En Cuzco, por ejemplo, la acr&oacute;polis donde se ubica la fortaleza de Sacsahuam&aacute;n, con su triple muralla, domina a la capital incaica.<a name="n16b"></a><sup><a href="#n16a">16</a></sup> El uso de megalitos de m&aacute;s de 3 metros de altura para levantar ese sistema defensivo no era muy diferente del que emplearon los mic&eacute;nicos en sus propias acr&oacute;polis, pero las t&eacute;cnicas empleadas para cortarlos y armarlos fueron m&aacute;s sofisticadas. A juzgar por estimaciones recientes, Cuzco prehisp&aacute;nico lleg&oacute; a constituir una verdadera aglomeraci&oacute;n metropolitana donde conviv&iacute;an cerca de 300 000 habitantes.<a name="n17b"></a><sup><a href="#n17a">17</a></sup> En su planimetr&iacute;a urbana hay, seg&uacute;n otros autores, un fascinante zoomorfismo: su per&iacute;metro se asemeja al perfil de un puma americano, donde la cabeza corresponde a la fortaleza, mientras que el cuerpo del felino ser&iacute;a el resto de la ciudad.<sup><a name="n18b"></a><a href="#n18a">18</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ollantaytambo es otro ejemplo de emplazamiento extremo que se aferra con sus garras p&eacute;treas a las empinadas pendientes andinas. Hoy d&iacute;a, un poblado colonial hom&oacute;nimo ocupa la misma extensi&oacute;n y partes de la traza que tuvo la ciudad prehisp&aacute;nica.<sup><a name="n19b"></a><a href="#n19a">19</a></sup> Lo destacable es que el enorme esfuerzo de construir ese asentamiento es m&iacute;nimo comparado con el que se requiri&oacute; para terracear extensas zonas en sus alrededores, haci&eacute;ndolas cultivables. Lo mismo ocurre en Machu Picchu, la remota ciudad entre las nubes, situada dos kil&oacute;metros por encima del r&iacute;o Urubamba. Al parecer, los espa&ntilde;oles no llegaron a conocer esa ciudadela que ahora es uno de los sitios arqueol&oacute;gicos m&aacute;s importantes del Continente Americano, inscrito en la lista del patrimonio mundial.</font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero las culturas andinas, por m&aacute;s variadas que hayan sido en cuanto a regiones y &eacute;pocas, no son m&aacute;s que parte de todas las culturas precolombinas centro y sudamericanas. Hay regiones sudamericanas, m&aacute;s apartadas del n&uacute;cleo andino, donde se observa su influencia, como ocurre en la sabana de Bogot&aacute;, poblada por <i>muiscas</i> antes del contacto con los espa&ntilde;oles.<sup><a name="n20b"></a><a href="#n20a">20</a></sup> Desgraciadamente, son muchas todav&iacute;a las lagunas de conocimiento que tenemos sobre los antiguos pueblos ta&iacute;nos, arahuacos y caribes que florecieron en las grandes islas del Golfo de M&eacute;xico y el Mar Caribe. Porque precisamente el &aacute;rea de Centroam&eacute;rica y el Caribe es donde pudieron haberse registrado contactos entre los dos grandes focos culturales de Mesoam&eacute;rica y Sudam&eacute;rica precolombinas. Son cuestiones que alg&uacute;n d&iacute;a habr&aacute;n de explicarse mejor; cabos sueltos que deben retomarse si se quiere tener completo el panorama de la evoluci&oacute;n de la arquitectura y el urbanismo hasta antes de la dominaci&oacute;n hispano&#45;portuguesa en Am&eacute;rica.</font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f5.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>Los primeros asentamientos y edificaciones de las colonias hispano&#45;portuguesas</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hace mucho que ha sido superada la noci&oacute;n de que las exploraciones mar&iacute;timas, los descubrimientos sucesivos y las guerras de conquista emprendidas por espa&ntilde;oles y portugueses y la instauraci&oacute;n de gobiernos coloniales durante todo el siglo XVI prepararon el terreno para sustituir arquitecturas y urbanismos ind&iacute;genas por edificios y ciudades semejantes a los de la pen&iacute;nsula ib&eacute;rica de esa &eacute;poca. El fen&oacute;meno es mucho m&aacute;s complejo que eso: en primer lugar, porque las persistencias ind&iacute;genas fueron muy fuertes en algunas regiones americanas y dejaron su huella en inmuebles y asentamientos levantados por los conquistadores; en segundo, porque las propias culturas espa&ntilde;ola y portuguesa del siglo XVI formaban un racimo integrado por su pasado medieval, su herencia isl&aacute;mica y su muy reciente incorporaci&oacute;n al Renacimiento; y en tercer t&eacute;rmino, porque hay muchos ejemplos que demuestran que hubo grandes dosis de ingenio, de adaptaci&oacute;n y de inventiva en el trazo de los asentamientos iberoamericanos y en las soluciones arquitect&oacute;nicas del Nuevo Mundo. Todo esto se prolong&oacute; hasta las primeras d&eacute;cadas del siglo XIX, cuando casi toda Iberoam&eacute;rica comenz&oacute; a independizarse.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En esos tres siglos hay bastantes semejanzas entre los urbanismos y las arquitecturas de las distintas regiones americanas. Pero no son pocas las diferencias: la diversidad de ambientes, la pertenencia a alguna de las dos potencias coloniales y, por &uacute;ltimo, la mayor o menor presencia de las culturas ind&iacute;genas ancestrales, con todo y sus antiguas tecnolog&iacute;as urban&iacute;sticas y constructivas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute; como la traza espa&ntilde;ola de M&eacute;xico&#45;Tenochtitlan en 1524&#45;1527 no pudo ignorar el trazado previo de calzadas y canales de la metr&oacute;polis azteca, en el Cuzco virreinal tampoco se pudo prescindir de los s&oacute;lidos muros p&eacute;treos de la capital incaica. Muchas casas y algunas de las iglesias virreinales cuzque&ntilde;as son aprovechamientos de preexistencias para reutilizar a la ciudad destruida.<a name="n21b"></a><sup><a href="#n21a">21</a></sup> El caso de Quito tambi&eacute;n ejemplifica ese mismo pragmatismo con el que los espa&ntilde;oles, m&aacute;s que comenzar a trazar las ciudades <i>ex&#45;novo,</i> tomaron muy en cuenta la ordenaci&oacute;n territorial y las trazas preexistentes.<a name="n22b"></a><sup><a href="#n22a">22</a></sup></font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f6.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si se rastrean algunas supervivencias urban&iacute;sticas de la Edad Media, podr&iacute;a mencionarse al patr&oacute;n caracter&iacute;stico de lotificaci&oacute;n medieval que se adopt&oacute; en Panam&aacute;, una de las primeras fundaciones espa&ntilde;olas del Continente (1519), con predios angostos y alargados.<a name="n23b"></a><sup><a href="#n23a">23</a></sup> Las manzanas y lotes cuadrados vendr&iacute;an despu&eacute;s: en Tepeaca lo mismo que en Buenos Aires, en C&oacute;rdoba<a name="n24b"></a><sup><a href="#n24a">24</a></sup> o en Mendoza (Argentina), cuando ya se hab&iacute;an instituido las famosas Ordenanzas atribuidas a Felipe II. Antes hubo otros experimentos: manzanas rectangulares con lotes cuadrados en M&eacute;xico y en Puebla, o manzanas cuadradas con lotes rectangulares en Oaxaca. Sin duda, en la primera mitad del siglo XVI hubo mucha difusi&oacute;n de modelos europeos, pero tambi&eacute;n se experiment&oacute; y se inventaron nuevas soluciones.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por ejemplo, el atrio y las capillas posas o las capillas de humilladero frente a las iglesias de las &oacute;rdenes mendicantes no se dieron exclusivamente en Nueva Espa&ntilde;a: tambi&eacute;n los encontramos en Per&uacute; o Bolivia, incluso sobrepuestos a antiguas plataformas precolombinas, como el Santuario de Copacabana, Bolivia, cerca del lago Titicaca o el Santuario de Manquir&iacute;, cerca de Potos&iacute;, donde todo el recinto religioso, incluyendo el atrio, se levanta sobre una antigua huaca prehisp&aacute;nica.<sup><a name="n25b"></a><a href="#n25a">25</a></sup></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las distintas estrategias de expansi&oacute;n territorial y control social empleadas por espa&ntilde;oles y portugueses tienen un punto importante de convergencia en la evangelizaci&oacute;n de extensas regiones ind&iacute;genas a cargo de los jesuitas. Los ignacianos no comenzaron tan pronto como las &oacute;rdenes mendicantes en M&eacute;xico, pero supieron de sus experiencias evangelizadoras y se inspiraron en ellas para sus propias misiones, verdaderas <i>reducciones</i> que les permitieron concentrar grupos ind&iacute;genas entre 5 000 y 20 000 habitantes en distintas regiones perif&eacute;ricas de la Amazonia, formando <i>rep&uacute;blicas de indios</i> en territorios que ahora pertenecen a Bolivia, Argentina, Paraguay y Brasil. En esos asentamientos, reinterpretaron el patr&oacute;n de asentamiento de grupos abor&iacute;genes, como los guaran&iacute;es, que constaban de cuatro o m&aacute;s <i>ogas</i> plurifamiliares de materiales perecederos (cada una habitada por 80 a 200 personas) dispuestas en torno a un espacio central.<sup><a name="n26b"></a><a href="#n26a">26</a></sup> En la versi&oacute;n jesuita, en vez de casas comunes hay largas cruj&iacute;as de material duradero (piedra o ladrillo) divididas en cuartos para cada familia, accesibles desde un portal com&uacute;n. La misi&oacute;n y sus dependencias (iglesia, claustro o claustros y huerta) dominan uno de los lados de la plaza, mientras que las cruj&iacute;as habitacionales de los indios rodean los otros tres lados. Fue una pol&iacute;tica de poblamiento exitosa que, por cierto, les permiti&oacute; exportar ese modelo a un &aacute;mbito ecol&oacute;gicamente distinto en la Baja y la Alta California.<a name="n27b"></a><sup><a href="#n27a">27</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En esos pueblos&#45;misiones sudamericanos, la densidad del asentamiento y su riguroso orden geom&eacute;trico dan cuenta del equivalente orden social y moral perseguido por los ignacianos. Pero pronto entraron en conflicto con los intereses de otros colonos espa&ntilde;oles y portugueses (particularmente los <i>bandeirantes</i> paulistas que trataron siempre de esclavizar a los indios) y ya para mediados del siglo XVIII se encontraban en una situaci&oacute;n cr&iacute;tica que finalmente se resolvi&oacute; con la expulsi&oacute;n de los jesuitas de todos los dominios espa&ntilde;oles. El abandono y posterior ruina de las reducciones no se hizo esperar. Hoy, esos restos de las misiones jesu&iacute;ticas del Guayr&aacute;<sup><a name="n28b"></a><a href="#n28a">28</a></sup> o las de Mojos y Chiquitos forman parte del patrimonio cultural de la humanidad.</font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f7.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al parecer, la tipolog&iacute;a de corredores&#45;portal de las misiones, donde la vida dom&eacute;stica se prolonga en un espacio social, influy&oacute; sobre las respectivas arquitecturas regionales, por ejemplo, en algunos templos per&iacute;pteros como en Yaguar&oacute;n (Paraguay) o en asentamientos que florecieron en el siglo XVIII, como Santa Cruz o Trinidad (Bolivia) y otros que desgraciadamente han desaparecido, donde los corredores o portales rodean totalmente a las manzanas, imprimi&eacute;ndole a la ciudad una singular imagen urbana.<sup><a name="n29b"></a><a href="#n29a">29</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>Los puertos y sus sistemas defensivos</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Muchas de las primeras ciudades portuarias del siglo XVI y sus fortificaciones han desaparecido o evolucionado, como la primera Panam&aacute; y Portobelo en el Istmo de Centroam&eacute;rica, Trujillo en Per&uacute; o la primera Buenos Aires sobre el r&iacute;o de La Plata. Hoy, el fuerte de San Felipe en la Laguna de Izabal, Guatemala, accesible desde el Mar Caribe por un r&iacute;o navegable para las embarcaciones de aquellas &eacute;pocas, puede parecer d&eacute;bil defensa ante posibles incursiones si se le compara con los poderosos sistemas defensivos posteriores en La Habana y Santiago (Cuba), en San Juan (Puerto Rico),<sup><a name="n30b"></a><a href="#n30a">30</a></sup> o Cartagena de Indias (Colombia).<a name="n31b"></a><sup><a href="#n31a">31</a></sup> La evoluci&oacute;n tecnol&oacute;gica de las armas de fuego a partir del siglo XVI influy&oacute;, sin duda, en las previsiones defensivas que tomaron en Am&eacute;rica tanto Espa&ntilde;a como Portugal, no tanto para protegerse de los naturales sino de las incursiones de piratas o corsarios de nuevas potencias en la escena europea. Sin embargo, deben tomarse en cuenta los distintos grados de vulnerabilidad de estos sitios fortificados seg&uacute;n el volumen de riquezas o recursos que proteg&iacute;an. Dependiendo del riesgo, las ciudades pod&iacute;an incluso prescindir de murallas y limitar sus defensas a la presencia de una buena fortaleza militar contigua o central, como en la segunda Buenos Aires.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Brasil, ocupado en buena parte por la gran cuenca selv&aacute;tica del Amazonas, limit&oacute; al principio el proceso de ocupaci&oacute;n de su territorio a las zonas costeras atl&aacute;nticas y territorios inmediatos. De hecho, sus principales ciudades hasta el siglo XVII fueron mar&iacute;timas, como Salvador de Bah&iacute;a, Olinda y R&iacute;o de Janeiro, o muy cercanas al litoral, como S&atilde;o Paulo. Salvador se fund&oacute; en 1549 como capital de las posesiones portuguesas en Am&eacute;rica, con un primer n&uacute;cleo urbano de traza m&aacute;s o menos regular que ya para el siglo XVII hab&iacute;a crecido al doble. La ciudad estaba unos 60 m sobre el nivel del puerto, lo que oblig&oacute; desde un principio, aparte de construir las consabidas fortificaciones para defender el sitio, a encontrar la mejor forma de subir las mercader&iacute;as de la parte baja de la ciudad a la parte alta. Para ello se dispuso una empinada rampa: el <i>guindaste,</i> por donde la carga se izaba literalmente con ayuda de poleas sobre grandes ruedas de madera.<a name="n32b"></a><sup><a href="#n32a">32</a></sup> Esta funci&oacute;n mec&aacute;nica especializada dej&oacute; su huella sobre la evoluci&oacute;n posterior del mismo sitio, ya que en el siglo XX surgi&oacute; ah&iacute; un elevador municipal que a&uacute;n funciona, ahora en beneficio de los habitantes que ascienden o descienden entre las ciudades baja y alta.</font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f8.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los enclaves mar&iacute;timos portugueses compartieron un mismo riesgo con sus hom&oacute;logos espa&ntilde;oles: pod&iacute;an ser atacados e incluso destruidos por corsarios o piratas, como ocurri&oacute; con la primera Panam&aacute; (o Panam&aacute; Viejo), incendiada en 1671 y reubicada a partir de 1673 en el actual centro hist&oacute;rico, unos pocos kil&oacute;metros al poniente.<a name="n33b"></a><sup><a href="#n33a">33</a></sup></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre los siglos XVI y XVIII, algunos de esos puertos y otros nuevos cambiaron de manos (incluso varias veces) entre las potencias colonizadoras y, en consecuencia, recibieron variados influjos de la cultura urban&iacute;stica y arquitect&oacute;nica europea. El caso de Recife es una muestra de ello: fundado en un arrecife que explica su top&oacute;nimo, estuvo bajo dominio holand&eacute;s entre 1620 y 1660, hasta que fue recuperado por la corona portuguesa. Para entonces, los holandeses ya hab&iacute;an dejado importantes huellas edificadas de su presencia; entre ellas, la primera sinagoga en el Continente Americano, cuyos restos a&uacute;n se conservan.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>Los enclaves productivos</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La diversificaci&oacute;n de las econom&iacute;as coloniales fue d&aacute;ndoles una vocaci&oacute;n a muchos otros asentamientos de tierra adentro. Los jesuitas, por ejemplo, ubicaron importantes estancias de producci&oacute;n agropecuaria de imponente arquitectura en Santa Catalina, cerca de C&oacute;rdoba (Argentina).<sup><a name="n34b"></a><a href="#n34a">34</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La producci&oacute;n azucarera tambi&eacute;n cobr&oacute; importancia desde el siglo XVI en los territorios americanos que apenas comenzaban a ocupar espa&ntilde;oles y portugueses. Pero pronto se plantearon las limitaciones de explotarlos con mano de obra ind&iacute;gena. Por eso, ya en el siglo XVII se inici&oacute; el tr&aacute;fico de esclavos africanos, que se consideraban m&aacute;s apropiados para este tipo de labor. Los ingenios en el &aacute;rea del Caribe y en Brasil deben su productividad a esa explotaci&oacute;n &eacute;tnica, pero han dejado pocos vestigios de sus edificaciones. En cambio, las minas en Potos&iacute; (donde se explotaba a los indios mediante el sistema de la <i>mita)</i> obligaron a un urbanismo adaptado a esas funciones, con interesantes vestigios de haciendas circunvecinas de beneficio minero, con molinos de trituraci&oacute;n movidos por energ&iacute;a hidr&aacute;ulica y una espl&eacute;ndida casa de acu&ntilde;aci&oacute;n de moneda.<a name="n35b"></a><sup><a href="#n35a">35</a></sup> En Brasil tambi&eacute;n hubo enclaves mineros importantes, sobre todo a ra&iacute;z del descubrimiento de oro y diamantes a fines del siglo XVI en la zona de Minas Gerais.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin embargo, ya en la segunda mitad del siglo XVIII comienza a sentirse el influjo del nuevo orden borb&oacute;nico que prevalec&iacute;a en Europa. Las nuevas fundaciones urbanas adquieren entonces una l&oacute;gica que llama la atenci&oacute;n, como en San Jos&eacute; de Macap&aacute; y Nueva Mazag&atilde;o. Ambas ciudades jugaban un papel importante en el sistema regional dominado por una empresa monop&oacute;lica creada para explorar y explotar los recursos de esa inmensa zona norte&ntilde;a del Brasil. La traza de San Jos&eacute; de Macap&aacute;, a orillas del Amazonas, llama la atenci&oacute;n por su rigurosa ret&iacute;cula ortogonal, sus lotes angostos y alargados, y sus dos generosas plazas centrales: una para el mercado y otra para la administraci&oacute;n municipal y la iglesia. En cambio, en Nueva Mazag&atilde;o, la traza ortogonal se interrumpe s&oacute;lo cuando los bajos o el curso de los afluentes del r&iacute;o Mutuc&aacute; lo imped&iacute;an,<sup><a name="n36b"></a><a href="#n36a">36</a></sup> algo que tambi&eacute;n hizo Le Corbusier casi dos siglos despu&eacute;s en su dise&ntilde;o urbano para Chandigarh.</font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f9.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>La arquitectura religiosa</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Quiz&aacute; porque la iglesia era la presencia m&aacute;s importante en el espacio edificado de las ciudades coloniales iberoamericanas, recibi&oacute; mucha m&aacute;s atenci&oacute;n de autoridades eclesi&aacute;sticas y civiles y tiende a una mayor uniformidad, sin dejar de registrar, claro est&aacute;, los cambios del renacimiento al manierismo y de &eacute;ste al barroco. Pero tambi&eacute;n son discernibles algunas diferencias que provienen de la propia pen&iacute;nsula ib&eacute;rica y se acent&uacute;an en Am&eacute;rica. El manierismo y el barroco portugueses ya se distingu&iacute;an claramente de ejemplos coet&aacute;neos espa&ntilde;oles en el gusto de los primeros por <i>delinear</i> las aristas de la arquitectura (sobre todo en los exteriores) mediante un lenguaje de pilastras y cornisamento donde la piedra expuesta luce m&aacute;s oscura, contrastando con los paramentos enjarrados en blanco. Es como un retorno al mismo recurso empleado por Brunelleschi y Francesco di Giorgio sobre todo en interiores de iglesias renacentistas del siglo XV. Esta peculiar forma de <i>dibujar</i> los contornos de la arquitectura pas&oacute; a Portugal y luego a Brasil, donde tenemos varios ejemplos notables de los siglos XVII y XVIII en R&iacute;o de Janeiro, Salvador de Bah&iacute;a, Olinda, Ouro Preto y Congonhas.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Todav&iacute;a no est&aacute; claro por qu&eacute; el barroco berniniano o borrominiano, ese barroco de espacios interiores ovales y exteriores donde alternan superficies c&oacute;ncavas y convexas, no prendi&oacute; del todo en Espa&ntilde;a y mucho menos en sus dominios americanos. Hay, ciertamente, manifestaciones tard&iacute;as del siglo XVIII, como la capilla del Pocito en el Santuario de Guadalupe en M&eacute;xico, la portada con calles laterales c&oacute;ncavas de la catedral de La Habana,<sup><a name="n37b"></a><a href="#n37a">37</a></sup> o el interesante claustro de novicias en el convento de monjas carmelitas en Antigua (Guatemala), donde las celdas semejan p&eacute;talos en torno a un patio circular.<sup><a name="n38b"></a><a href="#n38a">38</a></sup> Brasil acept&oacute; con m&aacute;s naturalidad las tipolog&iacute;as espaciales barrocas, como en las iglesias de San Francisco o del Rosario de los Negros, Ouro Preto, lo mismo que otros rasgos del barroco transalpino (suizo, alem&aacute;n) como algunos chapiteles lobulados que rematan varios campanarios en Salvador de Bah&iacute;a o en R&iacute;o.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las portadas fueron otro de los sitios escogidos por el barroco religioso hispanoamericano para concentrar ah&iacute; todos sus mensajes. Ah&iacute; se depositaron puntualmente todas las influencias externas y end&oacute;genas: desde el plateresco hasta el neocl&aacute;sico; desde la omnipresencia de los mensajes iconol&oacute;gicos europeos hasta la interpretaci&oacute;n ingenua de los artesanos ind&iacute;genas que las levantaron. Todo se combin&oacute; y produjo ejemplos notables, ya fueran sobrios como las portadas de las catedrales de Cuzco o de Ayacucho, o de San Agust&iacute;n, tambi&eacute;n en Ayacucho (Per&uacute;); o bien m&aacute;s complejos e imaginativos como en las catedrales de C&oacute;rdoba (Argentina) y Lima (Per&uacute;), o en la iglesia de La Compa&ntilde;&iacute;a en Quito (Ecuador), provista de las mejores columnas salom&oacute;nicas de toda Am&eacute;rica. Y hubo, claro est&aacute;, portadas barrocas exuberantes como las de las iglesias de La Merced en Lima, de La Compa&ntilde;&iacute;a en Arequipa y de San Francisco en Cajamarca (Per&uacute;) o de La Merced en Antigua (Guatemala). O tambi&eacute;n, templos de peque&ntilde;a magnitud pero de gran val&iacute;a est&eacute;tica como los San Lorenzo y San Bernardo en Potos&iacute; (Bolivia).<sup><a name="n39b"></a><a href="#n39a">39</a></sup></font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f10.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>La vivienda colonial latinoamericana</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Uno de los campos de estudio m&aacute;s interesantes en la arquitectura colonial de Centroam&eacute;rica, Sudam&eacute;rica y el Caribe es la vivienda, porque es el g&eacute;nero que normalmente agrupa m&aacute;s de 90% o 95% de las edificaciones que se levantaban en cada pueblo, villa o ciudad. No obstante, en la mayor&iacute;a de historias de la arquitectura la atenci&oacute;n se centra casi exclusivamente en los templos y los principales edificios p&uacute;blicos. Afortunadamente, esa visi&oacute;n estrecha ha comenzado a cambiar y ahora hay cada vez m&aacute;s autores que se ocupan m&aacute;s directamente de este importante tema. Castillero Calvo, por ejemplo,<sup><a name="n40b"></a><a href="#n40a">40</a></sup> detecta viviendas urbanas t&iacute;picas del siglo XVIII en la Nueva Panam&aacute;, constituidas por una cruj&iacute;a de dos o tres niveles al frente del lote, donde se ubicaban la tienda y la vivienda de sus propietarios, una cruj&iacute;a lateral intermedia de un solo nivel y abierta a un patio con el pozo, donde estaban la cocina y el espacio para comer, todo en torno al fog&oacute;n y la chimenea que sobresal&iacute;a por encima de esa parte del edificio, mientras que al fondo del predio se erig&iacute;a una cruj&iacute;a destinada a la servidumbre, que ten&iacute;a acceso independiente por una calle de servicio.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La cocina tambi&eacute;n fue parte importante de las viviendas en Antigua (Guatemala), a juzgar por las notables chimeneas que se elevan por encima del fog&oacute;n del hogar en esa ciudad. Desde la calle, algunas parecen m&aacute;s bien cupulines de capilla dom&eacute;stica que chimeneas propiamente dichas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al analizar la vivienda urbana colonial, investigadores colombianos prefieren partir de un an&aacute;lisis tipol&oacute;gico de las trazas urbanas para pasar inmediatamente al de las parcelaciones, y de ah&iacute; a todas las posibilidades que los distintos tipos de lote ofrec&iacute;an para la implantaci&oacute;n de las viviendas, desde las m&aacute;s grandes, con dos o m&aacute;s patios rodeados por cruj&iacute;as, hasta las m&aacute;s modestas, formadas por soluciones tipol&oacute;gicas de dos cruj&iacute;as formando lo que en M&eacute;xico conocemos como una alcayata, o incluso por una sola cruj&iacute;a con un patio trasero exterior.<sup><a name="n41b"></a><a href="#n41a">41</a></sup> Por su parte, Covo Torres analiza las tipolog&iacute;as distributivas y constructivas m&aacute;s importantes de Cartagena de Indias, Colombia, present&aacute;ndolas con dibujos caricaturizados, con el estilo de Eduardo del R&iacute;o Rius que conocemos en M&eacute;xico. Gracias a ese recurso tienen informaci&oacute;n b&aacute;sica bastante clara y f&aacute;cilmente comprensible, lo que no impide al autor llegar a detalles precisos sobre la carpinter&iacute;a de techumbres y balcones, incluyendo los tipos de ensamble m&aacute;s empleados.<a name="n42b"></a><sup><a href="#n42a">42</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El aspecto de estas casas y su l&oacute;gica constructiva deben mucho, sin duda, a la tradici&oacute;n andaluza, como tambi&eacute;n se advierte en otro rasgo que aparece una y otra vez en ciudades sudamericanas: el <i>alto de madera,</i> espacio habitable en el piso superior que toma la forma de balc&oacute;n techado, todo de madera, abierto en ciudades c&aacute;lidas y h&uacute;medas (como en Cartagena, en Puerto Cabello<a name="n43b"></a><sup><a href="#n43a">43</a></sup> o en La Habana)<sup><a name="n44b"></a><a href="#n44a">44</a></sup> o bien cerrado por celos&iacute;as o vidrieras que aparece en climas secos o fr&iacute;os (en Lima lo mismo que en Sucre o en Potos&iacute;). Algunos de estos balcones lime&ntilde;os, como los de la casa Torre Tagle, son francamente moriscos.<sup><a name="n45b"></a><a href="#n45a">45</a></sup></font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f11.jpg"></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los altos de madera eran una forma distinta y m&aacute;s econ&oacute;mica de resolver los mismos espacios que se obten&iacute;an con <i>loggias</i> altas, de arcadas a la manera renacentista, como las que tuvieron los palacios de Col&oacute;n en Santo Domingo y de Cort&eacute;s en Cuernavaca. Esta &uacute;tima tipolog&iacute;a del <i>piano nobile</i> no desapareci&oacute; del todo, especialmente en el Caribe, donde la encontramos todav&iacute;a en el siglo XVIII en casas burguesas o se&ntilde;oriales en Panam&aacute; o en La Habana.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los patios de las casas son el coraz&oacute;n de la arquitectura dom&eacute;stica. Muchos cumplen a&uacute;n con sus funciones originales como en Coro o en La Vela, Venezuela, llenos de &aacute;rboles, flores y animales dom&eacute;sticos, con sus frescas galer&iacute;as donde transcurre la vida familiar.<a name="n46b"></a><sup><a href="#n46a">46</a></sup> A primera vista, todos los patios son semejantes. Sus variantes se refieren a la forma en que est&aacute;n resueltos sus peristilos, ya sea con apoyos de piedra o ladrillo y arcadas, o bien, m&aacute;s frecuentemente, con columnas y dinteles de madera. Sin embargo, en Bolivia aparece ocasionalmente una tipolog&iacute;a distinta en casas de dos niveles, como la Casa Diez de Medina en La Paz (actual Museo Nacional de Arte), donde la escalera principal del inmueble ocupa por completo uno de los lados del primer patio.<a name="n47b"></a><sup><a href="#n47a">47</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>Los materiales y sistemas constructivos de las colonias</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las arquitecturas coloniales tambi&eacute;n reflejan la disponibilidad de recursos materiales y mano de obra en cada regi&oacute;n. Por eso, independientemente de los estilos que van sucedi&eacute;ndose durante los siglos coloniales y republicanos, vemos reflejado el medio ambiente en cada arquitectura local: desde las robustas mamposter&iacute;as p&eacute;treas de la iglesias de Barichara en Santander o de Mongu&iacute; en Boyac&aacute; (ambas en el altiplano colombiano) hasta catedrales levantadas con muros de adobe en Coro (Venezuela),<sup><a name="n48b"></a><a href="#n48a">48</a></sup> de bajareque en Cuenca (Ecuador) o de ladrillo en Santa Cruz (Bolivia).</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la Am&eacute;rica colonial tambi&eacute;n se usaron muchas formas constructivas mud&eacute;jares, sobre todo en los caballetes de madera que soportaban tejados de iglesias y de arquitectura civil. Es un rasgo que casi desapareci&oacute; en Nueva Espa&ntilde;a a partir del siglo XVII, cuando muchos tejados se sustituyeron por b&oacute;vedas de mamposter&iacute;a, pero que subsiste todav&iacute;a en el Caribe, desde Cuba hasta Venezuela; y en gran parte de Sudam&eacute;rica, desde la costa atl&aacute;ntica de Brasil hasta la zona andina en Ecuador, Per&uacute;, Bolivia y el norte argentino. El sistema b&aacute;sico era el caballete de <i>par y nudillo</i> de madera a la usanza mud&eacute;jar. Lo que var&iacute;a son los refuerzos adicionales (como tirantes de madera ligando a las columnas) o la presencia agregada de artesonados.<a name="n49b"></a><sup><a href="#n49a">49</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra influencia indirecta de la construcci&oacute;n mud&eacute;jar transportada a formas renacentistas o barrocas la encontramos en el empleo de los azulejos, sobre todo en Brasil, donde su profusi&oacute;n y calidad es sobresaliente, lo mismo en rodapi&eacute;s de iglesias en Olinda que en lugares p&uacute;blicos en Salvador de Bah&iacute;a. M&aacute;s que formar intrincadas tramas geom&eacute;tricas al estilo andaluz, los azulejos brasile&ntilde;os, lo mismo que sus modelos portugueses, armaron grandes escenas piadosas, paisaj&iacute;sticas o urbanas que probablemente provienen de grabados europeos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>Las j&oacute;venes rep&uacute;blicas iberoamericanas y sus edificaciones</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Todas las naciones iberoamericanas se independizaron durante las primeras dos d&eacute;cadas del siglo XIX, con excepci&oacute;n de Cuba (donde el dominio espa&ntilde;ol se prolong&oacute; otro siglo) y Brasil. El caso brasile&ntilde;o es singular, porque durante las guerras napole&oacute;nicas la corona portuguesa se refugi&oacute; en R&iacute;o de Janeiro temporalmente, d&aacute;ndoles a sus dominios brasileros un <i>status</i> semejante al de sus provincias peninsulares hasta 1830. Luego dej&oacute; una dinast&iacute;a de la casa de Braganza al frente del Brasil, convirti&eacute;ndolo en imperio aut&oacute;nomo que funcion&oacute; hasta 1880, a&ntilde;o en que finalmente surgi&oacute; la rep&uacute;blica en una transici&oacute;n incruenta. Estos hechos aseguraron en Cuba y en Brasil un esfuerzo edificatorio decimon&oacute;nico m&aacute;s sostenido que el del resto de las j&oacute;venes rep&uacute;blicas latinoamericanas, m&aacute;s ocupadas en guerras intestinas o de defensa de sus territorios.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f12.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En ese contexto, la arquitectura y el urbanismo latinoamericanos durante el siglo XIX responden a pocas tipolog&iacute;as europeas &#151;en gran medida a cargo de arquitectos del mismo origen&#151; que se inician con el neocl&aacute;sico, prosiguen con otros neoestilos (neog&oacute;tico, neorrom&aacute;nico, neomorisco) y culminan, ya en el tr&aacute;nsito hacia el siglo XX, con el eclecticismo.<a name="n50b"></a><sup><a href="#n50a">50</a></sup> Sin embargo, crece el n&uacute;mero de estudios que detectan procesos de adaptaci&oacute;n de esas tipolog&iacute;as a las condiciones ambientales, tecnol&oacute;gicas y culturales imperantes en cada regi&oacute;n, lo que produjo respuestas &#151;no siempre perceptibles a primera vista&#151; que muestran ingenio y una buena dosis de creatividad.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El peso del neocl&aacute;sico es innegable, como en la fachada de la catedral de Buenos Aires (1822), de Pr&oacute;spero Catel&iacute;n, con su p&oacute;rtico dodec&aacute;stilo de orden corintio soportando entablamento y front&oacute;n.<sup><a name="n51b"></a><a href="#n51a">51</a></sup> Otros ejemplos relevantes son El Templete de Antonio de la Torre en La Habana (1827) o la Iglesia del Salvador en Arequipa, Chile (1842).<a name="n52b"></a><sup><a href="#n52a">52</a></sup> Ya en la segunda mitad del siglo XIX, un arquitecto emigrado de Italia, Luis Caravati, proyecta entre 1859 y 1886 otro racimo de ejemplos neocl&aacute;sicos: la Catedral, la Casa de Gobierno Provincial, el Seminario Conciliar y el Hospital San Juan Bautista, todos en Catamarca, Argentina.<a name="n53b"></a><sup><a href="#n53a">53</a></sup> Por la misma &eacute;poca, los suizos ticineses Agust&iacute;n y Tom&aacute;s C&aacute;nepa tambi&eacute;n emplearon ese estilo en la Catedral y el Cabildo de Santiago del Estero, Argentina.<sup><a name="n54b"></a><a href="#n54a">54</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sin duda, hubo otras aplicaciones del neocl&aacute;sico decimon&oacute;nico y sus variantes tard&iacute;as, por ejemplo, en el Capitolio Nacional de Colombia en Bogot&aacute;, de Tom&aacute;s Reed, proyectado en 1847 y concluido ochenta a&ntilde;os m&aacute;s tarde con algunas modificaciones, como la supresi&oacute;n del front&oacute;n sobre el peristilo de orden j&oacute;nico.<a name="n55b"></a><sup><a href="#n55a">55</a></sup> Muchos otros edificios institucionales adoptaron un ropaje neocl&aacute;sico, como la C&aacute;mara de Comercio (1815) en Salvador de Bah&iacute;a, Brasil, o el Cabildo (1842), dise&ntilde;o de Pascual Urdapilleta en Asunci&oacute;n, Paraguay,<a name="n56b"></a><sup><a href="#n56a">56</a></sup> y algunos de ellos comenzaron a competir en volumen o en altura con las iglesias, que en la &eacute;poca colonial hab&iacute;an sido las edificaciones dominantes. El ejemplo m&aacute;s sobresaliente de esta secularizaci&oacute;n de la arquitectura de la segunda mitad del siglo XIX es el Palacio del Congreso en Buenos Aires, proyectado por V&iacute;ctor Meano en 1898,<a name="n57b"></a><sup><a href="#n57a">57</a></sup> cuya altura sobrepas&oacute; a todos los dem&aacute;s edificios de su &eacute;poca. La misma aspiraci&oacute;n se advierte incluso en peque&ntilde;as localidades como Solol&aacute;, Guatemala, donde el modesto palacio municipal ostenta orgulloso su torre de reloj con las proporciones de un soberbio campanario eclesial.</font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/aiie/v26n85/a7f13.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El neocl&aacute;sico tambi&eacute;n aparece, m&aacute;s imaginativo, en programas culturales como el notable Teatro Sol&iacute;s de Montevideo, Uruguay (1841), de Carlo Zucchi, o el de Quetzaltenango, la Atenas guatemalteca. Hay muchos otros teatros dignos de menci&oacute;n, pero entre ellos sobresalen el Teatro Col&oacute;n de Buenos Aires, que tuvo dos versiones: la primera, desaparecida, proyectada en 1857 por Carlos Enrique Pellegrini, que ya ten&iacute;a estructura met&aacute;lica, y la definitiva, proyectada en 1889 por Francisco Tamburini, que es un escenario de artes interpretativas de rango mundial.<sup><a name="n58b"></a><a href="#n58a">58</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Neocl&aacute;sicas fueron, tambi&eacute;n, edificaciones dom&eacute;sticas como "El Caser&oacute;n" del caudillo Juan Manuel de Rosas en Palermo, Buenos Aires (ya desaparecido), o muchas fachadas de viviendas de los barrios que se extendieron en el siglo XIX fuera del n&uacute;cleo urbano original de La Habana, donde el paisaje urbano lo formaban cl&aacute;sicos portales de columnas y dinteles descritos magistralmente por Alejo Carpentier.<sup><a name="n59b"></a><a href="#n59a">59</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El neocl&aacute;sico tambi&eacute;n se extendi&oacute; a trav&eacute;s de obras p&uacute;blicas muy populares, como las fuentes&#45;lavadero de Guatemala (donde hubo ejemplos sobrios y monumentales de la &eacute;poca colonial, como la que existe en el centro de Antigua), pero que en el siglo XIX adoptaron formas helen&iacute;sticas, como en Totonicapan. Ese neocl&aacute;sico al servicio de tareas cotidianas tambi&eacute;n est&aacute; en la Alh&oacute;ndiga de Salvador de Bah&iacute;a, Brasil, con su mercado semicircular abierto. Tambi&eacute;n aparece en los ingresos a algunos panteones civiles, como el del Pilar en Salvador de Bah&iacute;a (1815), o en su hom&oacute;logo en Rosario, Argentina (1876).<sup><a name="n60b"></a><a href="#n60a">60</a></sup> Esta apropiaci&oacute;n popular de un prestigioso estilo ya hab&iacute;a ocurrido con el barroco, as&iacute; que no extra&ntilde;a la multitud de aplicaciones que se le encontraron al neocl&aacute;sico en toda Am&eacute;rica Latina.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El periodo neomedieval y sus variantes (neorrom&aacute;nico, neog&oacute;tico), as&iacute; como la corriente neomorisca son menos frecuentes, pero no por ello carecen de inter&eacute;s. Destacan los ejemplos de la Bas&iacute;lica de Luj&aacute;n, de Ulrico Courtois, y la Catedral de La Plata, de Pedro Benoit (ambas iniciadas a fines del siglo XIX, en Argentina),<a name="n61b"></a><sup><a href="#n61a">61</a></sup> as&iacute; como las iglesias de Sandon&aacute;, Nari&ntilde;o, de Ubat&eacute;, Cundinamarca y la Ermita de Cali, todas en Colombia.<sup><a name="n62b"></a><a href="#n62a">62</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra tipolog&iacute;a caracter&iacute;stica del siglo XIX (pero que proviene del anterior) es la de las disposiciones pan&oacute;pticas que se adoptaron para reclusorios, hospitales y otros equipamientos donde se buscaba controlar visualmente a grupos determinados. Entre los primeros ejemplos destaca la C&aacute;rcel Pan&oacute;ptica (hoy Museo Nacional) de Bogot&aacute;, de Tom&aacute;s Reed, que era un proyecto de 1846 con alas convergentes, ejecutado 25 a&ntilde;os m&aacute;s tarde por Guerra Azuola y Olaya.<sup><a name="n63b"></a><a href="#n63a">63</a></sup> Tambi&eacute;n responden a esa tipolog&iacute;a el Hospital Dos de Mayo en Lima (1868&#45;1875) de Mateo Graziani,<a name="n64b"></a><sup><a href="#n64a">64</a></sup> el Penal de Recife y la Penitenciar&iacute;a Nacional de Buenos Aires (1876) de Ernesto Bunge.<a name="n65b"></a><sup><a href="#n65a">65</a></sup></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>El urbanismo decimon&oacute;nico</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El ingreso de Am&eacute;rica Latina al mundo de la globalizaci&oacute;n comienza a partir de la conquista de su territorio por potencias europeas en el siglo XVI. Y el siglo XIX aceler&oacute; m&aacute;s ese proceso. El urbanismo decimon&oacute;nico, inspirado por nuevos intereses y reglas, donde la renta del suelo y la obtenci&oacute;n de plusval&iacute;a se obten&iacute;an m&aacute;s f&aacute;cilmente en las &aacute;reas de crecimiento urbano, que pronto comenzaron a desbordar los l&iacute;mites del antiguo orden urbano colonial. En ese contexto, el impacto del transporte colectivo fue decisivo. Movidos al principio por tracci&oacute;n animal, luego, durante un breve periodo, por m&aacute;quinas de vapor y finalmente, ya en el siglo XX, por tranv&iacute;as el&eacute;ctricos cada vez m&aacute;s grandes y veloces, esos sistemas de transportaci&oacute;n facilitaron la explosi&oacute;n urbana que comenz&oacute; a registrarse en toda Am&eacute;rica Latina, especialmente en las grandes capitales, lo mismo R&iacute;o de Janeiro<sup><a name="n66b"></a><a href="#n66a">66</a></sup> y S&atilde;o Paulo que Buenos Aires o la ciudad de M&eacute;xico.<sup><a name="n67b"></a><a href="#n67a">67</a></sup> Son historias paralelas que conviene conocer y comparar para reconocer los rasgos comunes de movilidad que fueron estructurando el espacio urbano.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">M&aacute;s interesantes resultan los primeros intentos en la &uacute;ltima d&eacute;cada del siglo XIX por reunir esas experiencias en proyectos de ciudades nuevas, como La Plata en Argentina y Belo Horizonte en Brasil. La Plata es fruto de un programa integral muy completo promovido en 1882 por Dardo Rocha y trazado por Pedro Benoit<sup><a name="n68b"></a><a href="#n68a">68</a></sup> para una ciudad con una corona de establecimientos rurales y hort&iacute;colas, donde la zona urbana es circundada y penetrada por v&iacute;as f&eacute;rreas que llegan a dos terminales cerca del centro. Su traza combina un orden rigurosamente ortogonal con generosas diagonales, entonces muy de moda tanto en Europa como en Estados Unidos, lo mismo que en otras ciudades como Buenos Aires y C&oacute;rdoba, que introdujeron esos trazos poco antes. Su condici&oacute;n de capital de la provincia de Buenos Aires provey&oacute; a La Plata de equipamientos administrativos provinciales y municipales que la hac&iacute;an una ciudad burocr&aacute;tica. Su dise&ntilde;o urbano dispuso tantos parques como edificios p&uacute;blicos necesitasen de ese tipo de entorno para lucir mejor su imagen de servicio. En consecuencia, La Plata es hoy una de las ciudades decimon&oacute;nicas latinoamericanas m&aacute;s generosamente dotadas de espacios verdes.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Belo Horizonte (1895) es el ejemplo brasile&ntilde;o contempor&aacute;neo a La Plata donde tambi&eacute;n se aprecia una ret&iacute;cula ortogonal precisa, cruzada por algunas diagonales y circundada por v&iacute;as f&eacute;rreas. Tambi&eacute;n hay abundancia de &aacute;reas verdes, aunque m&aacute;s concentradas en pocas zonas.<sup><a name="n69b"></a><a href="#n69a">69</a></sup> Conociendo ambos ejemplos, se advierte la influencia com&uacute;n del proyecto urbano de L'Enfant para Washington, pero tambi&eacute;n cabr&iacute;a indagar respecto a posibles influencias del proyecto del <i>Ensanche</i> para Barcelona de Ildefonso Cerd&aacute; sobre estos magn&iacute;ficos dise&ntilde;os urbanos.<a name="n70b"></a><sup><a href="#n70a">70</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i><b>La arquitectura de la Revoluci&oacute;n Industrial</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El impacto de la Revoluci&oacute;n Industrial lleg&oacute; tarde a Latinoam&eacute;rica, pero pronto hizo sentir sus efectos. Se desarrollaron nuevos g&eacute;neros y maneras de construir que siguieron evolucionando hasta el siglo XX. Tambi&eacute;n surgieron nuevas formas de energ&iacute;a capaces de acelerar los procesos de producci&oacute;n. Todo transform&oacute; la eficiencia, el tama&ntilde;o y la variedad de f&aacute;bricas, sider&uacute;rgicas, refiner&iacute;as, astilleros. Hasta mediados del siglo XIX, las edificaciones necesarias para la industria pod&iacute;an ser de maderamen. El hierro, la l&aacute;mina de zinc y el vidrio industrializados no aparecieron sino m&aacute;s tarde, pero pronto se convirtieron en el material constructivo b&aacute;sico de esas edificaciones, conviviendo con sistemas tradicionales de mamposter&iacute;as que se conservaron para muros divisorios, fachadas y algunos ornamentos. Con mamposter&iacute;as externas se lleg&oacute; incluso a dar fisonom&iacute;a medieval a algunas f&aacute;bricas como una en Bah&iacute;a Blanca, Argentina, en las postrimer&iacute;as del siglo XIX.<sup><a name="n71b"></a><a href="#n71a">71</a></sup> Muchas de esas primeras edificaciones industriales han desaparecido, pero quedan varias de las que se construyeron para los sistemas de transportaci&oacute;n regional, terminales ferrocarrileras que se levantaron en la segunda mitad del siglo XIX, como la Estaci&oacute;n Central de Asunci&oacute;n, Paraguay (1864), la segunda Estaci&oacute;n del Ferrocarril Central de Montevideo, Uruguay (1897), la tercera Estaci&oacute;n Central de Santiago de Chile, del mismo a&ntilde;o,<sup><a name="n72b"></a><a href="#n72a">72</a></sup> y la magn&iacute;fica Estaci&oacute;n La Luz de S&atilde;o Paulo, Brasil (1900), actualmente reutilizada como centro cultural. Otras estaciones todav&iacute;a m&aacute;s grandes y espectaculares se construyeron en R&iacute;o, S&atilde;o Paulo, Buenos Aires y Bogot&aacute; ya en el siglo XX.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La industrializaci&oacute;n tambi&eacute;n propici&oacute; un mejoramiento palpable en las infraestructuras urbanas, que pudieron expandirse vigorosamente gracias a la disponibilidad de partes prefabricadas para sus centrales, sus equipos y sus redes. As&iacute;, comenzaron a construirse grandes dep&oacute;sitos elevados de agua, a base de placas de hierro, como el de Pelotas, Brasil (1875). Eran &uacute;tiles, sin duda, pero muy feos, por mucho que se adornaran con elementos decorativos de hierro forjado. Quiz&aacute; por eso algunos se ocultaron detr&aacute;s de fachadas de edificios convencionales, como la cisterna de Manaos (1899).<sup><a name="n73b"></a><a href="#n73a">73</a></sup> El inmueble m&aacute;s significativo de este tipo es el Palacio de Las Aguas Corrientes: una gigantesca cisterna dividida en compartimentos de placas de hierro en pleno centro de Buenos Aires, que por fuera se percibe como elegante edificio p&uacute;blico de varios niveles, con su fachada neorrenacentista donde muchos de sus vanos est&aacute;n cegados o s&oacute;lo iluminan una circulaci&oacute;n en torno a ese dep&oacute;sito hidr&aacute;ulico.<sup><a name="n74b"></a><a href="#n74a">74</a></sup></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los sistemas de construcci&oacute;n que surgieron con la Revoluci&oacute;n Industrial propiciaron nuevos programas de equipamientos, por ejemplo para el comercio popular: s&oacute;lo en Buenos Aires, entre 1823 y 1900 se construyeron 36 mercados p&uacute;blicos (la mayor&iacute;a despu&eacute;s de 1850), entre ellos el gran Mercado de Abasto. En ellos se emplearon estructuras de hierro que posibilitaron grandes claros y diversas formas de iluminaci&oacute;n cenital.<sup><a name="n75b"></a><a href="#n75a">75</a></sup> Otro tanto ocurri&oacute; en Brasil, donde a&uacute;n subsisten mercados armados con elementos de hierro prefabricados en Francia, como el Mercado San Jos&eacute; en Recife (1875).<sup><a name="n76b"></a><a href="#n76a">76</a></sup></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Era s&oacute;lo el comienzo de los sistemas constructivos que caracterizar&iacute;an a mucha de la arquitectura del siglo XX. Porque si bien los prefabricados de hierro colado siguieron emple&aacute;ndose hasta la Primera Guerra Mundial, al final ser&iacute;an sustituidos por otros materiales: acero, aluminio, concreto, pl&aacute;sticos. Y lo mismo ocurrir&iacute;a con el eclecticismo que imper&oacute; en los edificios m&aacute;s prestigiosos del &aacute;mbito latinoamericano: terminar&iacute;a por dar paso a los intentos del <i>art nouveau,</i> del nacionalismo, del <i>art d&eacute;co</i> y del movimiento moderno. Pero tambi&eacute;n en esa transici&oacute;n hubo particularidades regionales que merecen consignarse en otro art&iacute;culo que se enlazar&aacute; cronol&oacute;gicamente con &eacute;ste que ahora termina.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Notas</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n1a"></a><a href="#n1b">1</a>. La variedad y nomenclatura de cronolog&iacute;as sobre la arqueolog&iacute;a sudamericana es muy grande. Casi cada uno de los autores que se ocupan del urbanismo y la arquitectura precolombinas citados en este art&iacute;culo propone una cronolog&iacute;a distinta. Nosotros hemos optado por la que proponen Michael Coe, Dean Snow y Elizabeth Benson en <i>Atlas of Ancient America,</i> Nueva York&#45;Oxford, Facts On File, 1986, seg&uacute;n la cual se alternan periodos con horizontes.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n2a"></a><a href="#n2b">2</a>. Jorge E. Hardoy, <i>Ciudades precolombinas,</i> Buenos Aires, Infinito, 1964.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764621&pid=S0185-1276200400020000700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n3a"></a><a href="#n3b">3</a>. Federico Kauffman Doig, <i>Manual de arqueolog&iacute;a peruana,</i> Lima, PEISA, 1973, pp. 94&#45;95.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764623&pid=S0185-1276200400020000700002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n4a"></a><a href="#n4b">4</a>. <i>Ibid.,</i> p. 258, comenta, refiri&eacute;ndose a Moxeque: "Esta concepci&oacute;n recuerda muy de cerca algunos monumentos mesoamericanos muy tempranos con 'mascarones' adosados a sus paredes."</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n5a"></a><a href="#n5b">5</a>. Rogger Ravines, "Garagay: un centre c&eacute;r&eacute;moniel du Formatif", en Mus&eacute;es Royaux d'Art et d'Histoire, <i>Inca&#45;Per&uacute;, 3000Ans d'Histoire,</i> Gent, Imschoot Uitgevers, 1990, pp. 132&#45;146.</font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n6a"></a><a href="#n6b">6</a>. Michael Coe <i>et al., op. cit.,</i> pp. 180&#45;181.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n7a"></a><a href="#n7b">7</a>. La arque&oacute;loga mexicana Linda Manzanilla opina que esa pir&aacute;mide era una especie de "acto de conmemoraci&oacute;n de la creaci&oacute;n del mundo", por lo que su ubicaci&oacute;n coincide con el eje del mismo. Tambi&eacute;n observa la presencia de dos grupos de usuarios: sacerdotes <i>c&oacute;ndores</i> y <i>pumas,</i> lo que explica algunas simetr&iacute;as del conjunto, as&iacute; como una coincidencia con dualismos iconogr&aacute;ficos en sitios mesoamericanos donde se representan guerreros identificados con felinos o aves de presa, por ejemplo en Cacaxtla o en el Templo Mayor de Tenochtitlan. <i>Cfr.</i> Linda Manzanilla, <i>Akapana, una pir&aacute;mide en el centro del mundo,</i> M&eacute;xico, UNAM, Instituto de Investigaciones Antropol&oacute;gicas, 1992, pp. 107&#45;109.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764628&pid=S0185-1276200400020000700003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n8a"></a><a href="#n8b">8</a>. Sergio Purin, "Les civilisations du P&eacute;rou ancien", en Mus&eacute;es Royaux d'Art et d'Histoire, <i>op. cit.,</i> p. 32. Tambi&eacute;n Kauffmann&#45;Doig, <i>op. cit.,</i> pp. 475&#45;478.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n9a"></a><a href="#n9b">9</a>. Denise Pozzi&#45;Escot, "L'Empire Wari", en Mus&eacute;es Royaux d'Art et d'Histoire, <i>op. cit.,</i> pp. 196&#45;201.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n10a"></a><a href="#n10b">10</a>. Kaufman&#45;Doig, <i>op. cit.,</i> pp. 400&#45;401.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n11a"></a><a href="#n11b">11</a>. Laurette Sejourn&eacute;, <i>Arquitectura y pintura en Teotihuac&aacute;n,</i> M&eacute;xico, Siglo XXI, 1969.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764633&pid=S0185-1276200400020000700004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n12a"></a><a href="#n12b">12</a>. Jorge E. Hardoy, <i>op. cit.,</i> p. 371, observa atinadamente que "en ambas culturas fue costumbre dividir los distritos interiores de las ciudades mediante muros que con frecuencia eran no menos formidables que los exteriores".</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n13a"></a><a href="#n13b">13</a>. Ponciano Paredes Botoni, "Pacachamac", en Mus&eacute;es Royaux d'Art et d'Histoire, <i>op. cit.,</i> pp. 178&#45;195.</font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n14a"></a><a href="#n14b">14</a>. Los incas llegaron a acumular cerca de 40000 kil&oacute;metros de caminos, seg&uacute;n Michael Coe <i>etal., op. cit.,</i> p. 201.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n15a"></a><a href="#n15b">15</a>. Louis Badouin, <i>Der Sozialistische Staat der Inka,</i> Rowohlt Hamburg, 1956.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764638&pid=S0185-1276200400020000700005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n16a"></a><a href="#n16b">16</a>. Heinrich Ubbel&ouml;hde Doering, <i>Kulturen Alt&#45;Perus,</i> Tubinga, Verlag Ernst Wasmuth, 1996, pp. 193&#45;195</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764640&pid=S0185-1276200400020000700006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n17a"></a><a href="#n17b">17</a>. Jean&#45;Fran&ccedil;ois Bouchard, "L'architecture Inca", en Mus&eacute;es Royaux d'Art et d'Histoire, <i>op. cit.</i> , p. 484, indica que en el n&uacute;cleo central viv&iacute;an de 15 000 a 20 000 habitantes, otros 50000 o m&aacute;s en barrios perif&eacute;ricos, de 50000 a 110000 en zonas suburbanas y 110000 o m&aacute;s en zonas rurales circunvecinas.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n18a"></a><a href="#n18b">18</a>. Teresa Gisbert, <i>Historia de la arquitectura y el urbanismo precolombino en Bolivia,</i> M&eacute;xico, Instituto Panamericano de Geograf&iacute;a e Historia, 1980, t. I.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764642&pid=S0185-1276200400020000700007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n19a"></a><a href="#n19b">19</a>. Heinrich Ubbel&ouml;hde Doering, <i>op. cit.,</i> pp. 249&#45;252.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n20a"></a><a href="#n20b">20</a>. Silvia Arango se refiere a un asentamiento a base de recintos cercados que podr&iacute;a ser influencia de Chan Chan, s&oacute;lo que, en vez de muros de adobe y tapial, las cercas que dividen las ciudadelas son de madera, y, en vez de techos planos de azotea, las cubiertas eran piramidales de madera y palma. <i>Cfr.</i> Silvia Arango, <i>Historia de la arquitectura en Colombia,</i> Bogot&aacute;, Universidad Nacional de Colombia, 1989, pp. 30&#45;35.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764645&pid=S0185-1276200400020000700008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n21a"></a><a href="#n21b">21</a>. Pedro. A. Belaunde, "Cusco", en <i>Centros hist&oacute;ricos. Am&eacute;rica Latina,</i> Bogot&aacute;, Junta de Andaluc&iacute;a&#45;Universidad de los Andes&#45;Escala Colombia, 1990.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764647&pid=S0185-1276200400020000700009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n22a"></a><a href="#n22b">22</a>. Pe&ntilde;aherrera Mateus, "Evoluci&oacute;n del trazado urbano de Quito, desde 1500 a 1922", en Sociedad Ecuatoriana de Investigaciones Hist&oacute;ricas y Geogr&aacute;ficas, <i>Memoria n&uacute;m. 2, 1991&#45;1992,</i> Quito, 1993.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764649&pid=S0185-1276200400020000700010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n23a"></a><a href="#n23b">23</a>. Manuel Castillero Calvo, <i>La vivienda colonial en Panam&aacute;,</i> Panam&aacute;, Shell, 1995.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764651&pid=S0185-1276200400020000700011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n24a"></a><a href="#n24b">24</a>. Mar&iacute;a Elena Foglia <i>et al., La cuadr&iacute;cula en el desarrollo de la ciudad hispanoamericana. El caso de C&oacute;rdoba, 1573&#45;1810,</i> C&oacute;rdoba, Universidad Nacional de C&oacute;rdoba&#45;Facultad de Arquitectura y Urbanismo, 1987.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764653&pid=S0185-1276200400020000700012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n25a"></a><a href="#n25b">25</a>. Jos&eacute; de Mesa y Teresa Gisbert, "Arquitectura, pintura y escultura", en varios autores, <i>Potos&iacute;, patrimonio cultural de la humanidad,</i> La Paz, Compa&ntilde;&iacute;a Minera del Sur, 1988, p. 136.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764655&pid=S0185-1276200400020000700013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n26a"></a><a href="#n26b">26</a>. Salvador Cabral <i>et al.,</i> "Medio natural y cultura aborigen", en ICOMOS&#45;Unesco, <i>Las misiones jesu&iacute;ticas del Guayr&aacute;,</i> Buenos Aires, Manrique Zago, 1993, pp. 31&#45;32.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764657&pid=S0185-1276200400020000700014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n27a"></a><a href="#n27b">27</a>. Miguel Messmacher, <i>La b&uacute;squeda del signo de dios. Ocupaci&oacute;n jesuita de la Baja California,</i> M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1997.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764659&pid=S0185-1276200400020000700015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n28a"></a><a href="#n28b">28</a>. Jorge O. Gazaneo, "Geopol&iacute;tica de las misiones", y Alberto de Paula, "La arquitectura de las misiones del Guayr&aacute;", en ICOMOS&#45;Unesco, <i>op. cit.,</i> pp. 75&#45;151.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n29a"></a><a href="#n29b">29</a>. Ram&oacute;n Guti&eacute;rrez, <i>Arquitectura y urbanismo en Iberoam&eacute;rica,</i> Madrid, C&aacute;tedra, 1992, pp. 210&#45;219.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764662&pid=S0185-1276200400020000700016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> En M&eacute;xico tenemos un caso semejante en Tlacotalpan, pero sin influencia misional.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n30a"></a><a href="#n30b">30</a>. Ram&oacute;n Guti&eacute;rrez, "Espacio y fortificaci&oacute;n en Am&eacute;rica", en Junta de Andaluc&iacute;a, <i>Andaluc&iacute;a en Am&eacute;rica: el legado de ultramar,</i> Barcelona&#45;Madrid, Lunwerg, 1995, pp. 145&#45;161.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764664&pid=S0185-1276200400020000700017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n31a"></a><a href="#n31b">31</a>. Jos&eacute; Salazar Ferro <i>et al., Patrimonio urbano en Colombia,</i> 2a ed., Santa F&eacute; de Bogot&aacute;, Subdirecci&oacute;n de Patrimonio&#45;Colcultura, 1997, p. 52.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764666&pid=S0185-1276200400020000700018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n32a"></a><a href="#n32b">32</a>. Nestor Goulart Reis, <i>Evolu&ccedil;ao Urbana do Brasil 1500/1720,</i> 2a ed., S&atilde;o Paulo, Pini, 2001, pp. 144&#45;149.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764668&pid=S0185-1276200400020000700019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n33a"></a><a href="#n33b">33</a>. Alfredo Castillero Calvo, <i>Arquitectura, urbanismo y sociedad. La vivienda colonial en Panam&aacute;. Historia de un sue&ntilde;o,</i> Panam&aacute;, Biblioteca Cultural Shell, 1994.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764670&pid=S0185-1276200400020000700020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n34a"></a><a href="#n34b">34</a>. Carlos Moreno, <i>Espa&ntilde;oles y criollos, largas historias de amores y desamores,</i> 4. <i>De las viejas tapias y ladrillos,</i> Buenos Aires, Centro para la Conservaci&oacute;n del Patrimonio Urbano y Rural, 1995, p. 25.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764672&pid=S0185-1276200400020000700021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n35a"></a><a href="#n35b">35</a>. Juan Fern&aacute;ndez, "La miner&iacute;a colonial", en varios autores, <i>Potos&iacute;, patrimonio cultural de la humanidad,</i> La Paz, Compa&ntilde;&iacute;a Minera del Sur, 1988, pp. 245&#45;251.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764674&pid=S0185-1276200400020000700022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n36a"></a><a href="#n36b">36</a>. Roberta Marx Nelson, <i>Novas Vilas para o Brasil&#45;Colonia. Planejamento Espacial e Social no S&eacute;culo XVIII,</i> Brasilia, CIORD (Centro Integrado de Ordenamento Territorial) &#45;Alva, 1997.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764676&pid=S0185-1276200400020000700023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n37a"></a><a href="#n37b">37</a>. Joaqu&iacute;n Weiss, <i>La arquitectura colonial cubana. Siglo XVIII,</i> La Habana, Letras Cubanas, 1979, pp. 74&#45;76.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764678&pid=S0185-1276200400020000700024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n38a"></a><a href="#n38b">38</a>. Ram&oacute;n Guti&eacute;rrez, <i>op. cit.,</i> 1992.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n39a"></a><a href="#n39b">39</a>. Jos&eacute; de Mesa y Teresa Gisbert, <i>op. cit.,</i> pp. 154&#45;155. Ambos autores opinan que "la obra capital de la arquitectura potosina en cuanto a decoraci&oacute;n es la portada de San Lorenzo, construida entre 1743 y 1744".</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n40a"></a><a href="#n40b">40</a>. Alfredo Castillero Calvo, <i>Arquitectura, urbanismo y sociedad: la vivienda colonial en Panam&aacute;, historia de un sue&ntilde;o,</i> Panam&aacute;, Biblioteca Cultural Shell, 1994.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764682&pid=S0185-1276200400020000700025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n41a"></a><a href="#n41b">41</a>. Jos&eacute; Salazar Ferro et al., <i>op. cit.,</i> 1997.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n42a"></a><a href="#n42b">42</a>. Javier Covo Torres, <i>La casa colonial cartagenera,</i> Bogot&aacute;, El &Aacute;ncora, 1996.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764685&pid=S0185-1276200400020000700026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n43a"></a><a href="#n43b">43</a>. Graciano Gasparini, <i>Venezuela: monumentos hist&oacute;ricos y arqueol&oacute;gicos,</i> M&eacute;xico, Instituto Panamericano de Geograf&iacute;a e Historia, 1966, p. 21.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764687&pid=S0185-1276200400020000700027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n44a"></a><a href="#n44b">44</a>. Joaqu&iacute;n E. Weiss, <i>op. cit.,</i> 1979.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n45a"></a><a href="#n45b">45</a>. Ram&oacute;n Gut&eacute;rrez, <i>op. cit.,</i> pp. 173&#45;175.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n46a"></a><a href="#n46b">46</a>. Ana Mar&iacute;a Reyes, <i>Coro y La Vela: la defensa de un patrimonio,</i> Coro, Fundaci&oacute;n Juventud y Cambio, 1996.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764691&pid=S0185-1276200400020000700028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n47a"></a><a href="#n47b">47</a>. Este rasgo se prolonga hasta el siglo XIX, por ejemplo en el asilo de ancianas de la calle Yanacocha, La Paz. <i>Cfr.</i> Teresa Gisbert, <i>op. cit.,</i> vol. 2, M&eacute;xico, Instituto Panamericano de Geograf&iacute;a e Historia, 1991, pp. 148, 153 y 189.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n48a"></a><a href="#n48b">48</a>. Graciano Gasparini, <i>op. cit.</i> , p. 49.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n49a"></a><a href="#n49b">49</a>. Exceptuando algunas capillas rurales en el Altiplano Central que a&uacute;n conservan este sistema, en M&eacute;xico casi no quedan ejemplos importantes de caballetes de <i>par y nudillo.</i> Por eso mismo sorprende su profusi&oacute;n en el resto de Iberoam&eacute;rica.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n50a"></a><a href="#n50b">50</a>. La siguiente etapa, el <i>art nouveau,</i> no surgi&oacute; en Am&eacute;rica Latina sino hasta las primeras d&eacute;cadas del siglo XX, aunque ya hab&iacute;a dado comienzo en la Europa finisecular decimon&oacute;nica.</font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n51a"></a><a href="#n51b">51</a>. Mario J. Buschiazzo, <i>La arquitectura en la Rep&uacute;blica Argentina, 1819&#45;1930,</i> Buenos Aires, Mac Gaul, 1971, p. 8.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764697&pid=S0185-1276200400020000700029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n52a"></a><a href="#n52b">52</a>. Myriam Waisberg, "Valpara&iacute;so", en <i>Centros hist&oacute;ricos. Am&eacute;rica Latina., op. cit.</i></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n53a"></a><a href="#n53b">53</a>. Alberto Nicolini, "Catamarca", en Sociedad Central de Arquitectos e Instituto Argentino de Investigaciones en Historia de la Arquitectura y el Urbanismo, <i>El patrimonio hist&oacute;rico de los argentinos,</i> Buenos Aires, Sociedad Central de Arquitectos, 1987, pp. 94&#45;99.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764700&pid=S0185-1276200400020000700030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n54a"></a><a href="#n54b">54</a>. Rodolfo O. Legname, y Marta B. Silva, "Santiago del Estero", en Sociedad Central de Arquitectos e Instituto Argentino de Investigaciones en Historia de la Arquitectura y el Urbanismo, <i>op. cit.,</i> pp. 70&#45;71.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n55a"></a><a href="#n55b">55</a>. Silvia Arango, <i>op. cit.,</i> pp. 106&#45;110.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n56a"></a><a href="#n56b">56</a>. Ram&oacute;n Guti&eacute;rrez, <i>op. cit.,</i> pp. 365&#45;401.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n57a"></a><a href="#n57b">57</a>. Mario J. Buschiazzo, <i>op. cit.</i> , p. 44.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n58a"></a><a href="#n58b">58</a>. <i>Ibid.,</i> pp. 16, 17, 44 y 45.</font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n59a"></a><a href="#n59b">59</a>. Alejo Carpentier, <i>La ciudad de las columnas,</i> M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1970.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764707&pid=S0185-1276200400020000700031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n60a"></a><a href="#n60b">60</a>. Ram&oacute;n Guti&eacute;rrez, <i>op. cit.,</i> pp. 401&#45;409.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n61a"></a><a href="#n61b">61</a>. Mario J. Buschiazzo, <i>op. cit.,</i> p. 40.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n62a"></a><a href="#n62b">62</a>. Silvia Arango, <i>op. cit.,</i> pp. 149&#45;150.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n63a"></a><a href="#n63b">63</a>. <i>Ibid.,</i> pp. 109&#45;110.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n64a"></a><a href="#n64b">64</a>. Ram&oacute;n Guti&eacute;rrez, <i>op. cit.,</i> pp. 458&#45;459.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n65a"></a><a href="#n65b">65</a>. <i>Ibid.,</i> pp. 444&#45;455.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n66a"></a><a href="#n66b">66</a>. El caso de la expansi&oacute;n urbana de R&iacute;o de Janeiro durante los siglos XIX y XX y su relaci&oacute;n con los sistemas de transporte p&uacute;blico est&aacute; descrito magistralmente en Mauricio de Almeida Abreu, <i>Evolu&ccedil;ao Urbana do Rio de Janeiro,</i> 2a ed., R&iacute;o de Janeiro, IPLANRIO&#45;Jorge Zahar, 1988.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764715&pid=S0185-1276200400020000700032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n67a"></a><a href="#n67b">67</a>. Mar&iacute;a Dolores Morales, "La expansi&oacute;n de la ciudad de M&eacute;xico en el siglo XIX: el caso de los fraccionamientos", en Alejandra Moreno Toscano (coord.), <i>Ciudad de M&eacute;xico. Ensayo de construcci&oacute;n de una historia,</i> M&eacute;xico, Instituto Nacional de Antropolog&iacute;a e Historia, 1978, pp. 189&#45;216.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764717&pid=S0185-1276200400020000700033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n68a"></a><a href="#n68b">68</a>. Mario J. Buschiazzo, <i>op. cit.</i></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n69a"></a><a href="#n69b">69</a>. Marco Aurelio A. de Filgueiras Gomes y Fabio Jos&eacute; Martins de Lima, "Pensamento e pr&aacute;tica urban&iacute;stica em Belo Horizonte, 1895&#45;1961", en Maria Cristina da Silva Leme (coord.), <i>Urbanismo no Brasil,1891&#45;1965,</i> S&atilde;o Paulo, Studio Nobel&#45;FAUUSP&#45;FUPAM, 1999, pp. 120&#45;140.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764720&pid=S0185-1276200400020000700034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n70a"></a><a href="#n70b">70</a>. Habr&iacute;a que recordar que Cerd&aacute; hab&iacute;a estudiado acuciosamente el desarrollo urbano de las principales ciudades iberoamericanas y que sus avanzadas tesis trataban de recobrar, actualiz&aacute;ndolas, las experiencias del urbanismo espa&ntilde;ol en ultramar, particularmente en los casos de Buenos Aires (Argentina) y Cienfuegos (Cuba). <i>Cfr.</i> Arturo Soria y Puig (comp.), <i>Cerd&aacute;. Las cinco bases de la teor&iacute;a general de la urbanizaci&oacute;n,</i> Barcelona y Madrid, Fundaci&oacute; Catalana per la Recerca&#45;Electa Espa&ntilde;a, 1996.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764722&pid=S0185-1276200400020000700035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n71a"></a><a href="#n71b">71</a>. Ram&oacute;n Guti&eacute;rrez, <i>op. cit.,</i> p. 531.</font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n72a"></a><a href="#n72b">72</a>. Jorge D. Tartarini, <i>Arquitectura ferroviaria,</i> Buenos Aires, Colihue, 2001, pp. 37&#45;59.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764725&pid=S0185-1276200400020000700036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n73a"></a><a href="#n73b">73</a>. Geraldo Gomes da Silva, <i>Arquitetura do ferro no Brasil,</i> S&atilde;o Paulo, Nobel, 1987, pp. 94&#45;97.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764727&pid=S0185-1276200400020000700037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n74a"></a><a href="#n74b">74</a>. Ernesto Maeder (dir.) y Ram&oacute;n Guti&eacute;rrez (dir. de inv.), <i>El Palacio de las Aguas Corrientes: monumento hist&oacute;rico nacional,</i> Buenos Aires, Patrimonio Hist&oacute;rico&#45;Aguas Argentinas, 1996.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764729&pid=S0185-1276200400020000700038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n75a"></a><a href="#n75b">75</a> Ra&uacute;l E. Piccioni, "Las tipolog&iacute;as de los mercados", en <i>DANA(Documentos de Arquitectura Nacional y Americana),</i> Buenos Aires, Instituto Argentino de Investigaciones de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo, n&uacute;m. 25, 1988, pp. 32&#45;41.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=764731&pid=S0185-1276200400020000700039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n76a"></a><a href="#n76b">76</a>. Geraldo Gomes da Silva, <i>op. cit.,</i> pp. 138&#45;150.</font></p>      ]]></body><back>
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