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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><i><b>E</b></i><b><i>l</i> Primero sue&ntilde;o <i>de sor Juana In&eacute;s de la Cruz. Bases tomistas</i> de Alejandro Soriano Vall&egrave;s</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>por Roc&iacute;o Olivares Zorrilla</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico, Instituto de Investigaciones Est&eacute;ticas, 2000 (Estudios de Literatura, 6)</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Recuerdo un emblema de Athanasius Kircher en su <i>Aedipus Aegyptiacus</i>en el que aparece un escarabajo trazando un sendero en espiral a partir de lo que Kircher llama el "esp&iacute;ritu mundano" con "apetito de forma",<a name="n1b" id="n1b"></a><a href="#n1a"><sup>1</sup></a> sendero cuyos siete c&iacute;rculos conc&eacute;ntricos, que culminan de afuera hacia adentro en el centro del Esp&iacute;ritu Divino, ostentan sendos signos planetarios. En ese apetito de forma me hace pensar a veces el universo de correspondencias y voces que late en el mundo de la literatura, rizomas que se entrecruzan y separan, fundi&eacute;ndose y bifurc&aacute;ndose en una espesa mara&ntilde;a cuyo apetito caprichoso, de pronto, en momentos luminosos, emerge del vientre terreno. Esos instantes germinales son los atisbos de la forma, constructos, poemas, pir&aacute;mides que se yerguen airosas hacia la luz. Cuando nos acercamos subyugados por una forma y la palpamos y abrazamos en un acto aut&eacute;nticamente amoroso, descubrimos en su textura el rumor interno de sus ra&iacute;ces. Todo un coro de murmullos, que en el poema o&iacute;mos en singular concierto, nos remite a sus fundamentos. En el caso del <i>Primero sue&ntilde;o</i>, de sor Juana In&eacute;s de la Cruz, el amoroso abrazo suele perderse en un laberinto de voces, y nos puede pasar, en reflejo abismal, lo mismo que al alma at&oacute;nita ante el c&uacute;mulo de lo creado. Es preciso entonces un hilo de Ariadna, una gu&iacute;a veraz que nos conduzca a la fuente subterr&aacute;nea de im&aacute;genes, ritmos y enigmas dibujados en el poema. La escol&aacute;stica viene a ser, as&iacute;, una ra&iacute;z maestra en la que podemos apoyarnos para dilucidar el <i>Primero sue&ntilde;o</i>, desembarazados lo m&aacute;s posible de prejuicios denostatorios fabricados por el didactismo de nuestro tiempo y adentr&aacute;ndonos en la verdadera significaci&oacute;n de la llamada <i>philosophia perenne</i>. &Eacute;sta es la aventura que emprende Alejandro Soriano, arm&aacute;ndose de los mismos elementos que ofrece el discurso l&oacute;gico y anal&iacute;tico y dejando en el olvido la superficial prevenci&oacute;n contra el pensamiento tomista que suelen inocularnos en las aulas. A partir de una lectura puntual y de un sagaz examen del <i>Primero sue&ntilde;o</i>, Alejandro explora el universo de la <i>Summa</i>, detectando, identificando y vinculando los componentes de ambos mundos, el del poema y el del tratado filos&oacute;fico. Esta singular tarea tiene pocos antecedentes, como el de Alfonso M&eacute;ndez Plancarte y el de Gerald Cox Flynn, pero sus resultados nunca han sido expuestos tan sistem&aacute;ticamente ni tampoco en un paralelismo dialogante con una obra insoslayable en nuestro momento: <i>Las trampas de la fe</i>, de Octavio Paz. A ra&iacute;z de la publicaci&oacute;n de este libro cr&iacute;tico&#45;biogr&aacute;fico, se modific&oacute; sensiblemente la luz bajo la cual la cr&iacute;tica literaria ve&iacute;a la obra de sor Juana. Pero las nuevas conclusiones y presunciones acerca de la vida de la F&eacute;nix, fundadas en nuevos datos, que por cierto debemos agradecer tambi&eacute;n a El&iacute;as Trabulse, resultan insuficientes para juzgar de manera atinada el gran poema sorjuanino. Es innegable, adem&aacute;s, que muchas de las aseveraciones que en un principio arrebataron al p&uacute;blico lector de la obra de Paz, sobre todo las referentes al contexto literario y filos&oacute;fico de sor Juana, desde los autores cl&aacute;sicos y helen&iacute;sticos hasta los renacentistas y barrocos contempor&aacute;neos a ella, poco a poco han sido identificadas como provenientes de cr&iacute;ticos anteriores que permanec&iacute;an en los oscuros anaqueles universitarios y que nunca fueron <i>best&#45;sellers</i>, como Karl Vossler o Robert Ricard, entre otros, de quienes por cierto Paz da muy vagas referencias cuando de hecho los cita, eso s&iacute;, expandiendo los hallazgos de sus antecesores con las analog&iacute;as del brillante discurso po&eacute;tico que lo caracteriza. Sin embargo, si la tarea de Octavio Paz al completar los se&ntilde;alamientos de sus maestros con nuevos descubrimientos y atisbos proyecta la obra de sor Juana en una dimensi&oacute;n m&aacute;s plena y profunda, Paz toca muy escasamente aspectos fundamentales, radicales, dir&iacute;amos, del contexto cultural de sor Juana, como ese inmenso paraje de la cultura occidental que es el de la obra de Tom&aacute;s de Aquino. Y sucede que de la adecuada o inadecuada ponderaci&oacute;n de las bases tomistas de la obra de sor Juana depende un sinn&uacute;mero de conclusiones y afirmaciones de Octavio Paz que muchas veces s&iacute;, pero a veces no, responden a la realidad literaria del <i>Primero sue&ntilde;o</i>. Y as&iacute; como despu&eacute;s de <i>Las trampas de la fe</i>, tanto en M&eacute;xico como en otros pa&iacute;ses, la cr&iacute;tica sorjuanina ha dejado de repetir viejos lugares comunes sobre su vida y su obra, te&ntilde;idos de romanticismo, beater&iacute;a o psicologismo, tambi&eacute;n hace falta someter a un detenido e implacable examen esta obra de Paz para poder internarnos cada vez m&aacute;s y de manera m&aacute;s cierta en la savia y las ra&iacute;ces del <i>Primero sue&ntilde;o</i>. El libro de Alejandro Soriano nos demuestra hasta qu&eacute; punto no todo estaba dicho sobre el <i>Primero sue&ntilde;o</i>, como algunos quer&iacute;an hacer creer. El sondeo que Soriano realiza de los muy diversos supuestos de las met&aacute;foras de sor Juana, su precisi&oacute;n de los alcances filos&oacute;ficos y sem&aacute;nticos de sus muchos s&iacute;mbolos, la delimitaci&oacute;n de cada una de las categor&iacute;as aristot&eacute;lico&#45;tomistas que descubre en el c&aacute;liz de los p&eacute;talos po&eacute;ticos, nos brindan un perfume m&aacute;s definido del <i>Primero sue&ntilde;o</i> del que emana de muchos respetables comentaristas sorjuaninos que prefieren glosar las afirmaciones de Paz que desplegar los misterios radicales del poema. El estudio contextual de una obra de gran envergadura, como &eacute;sta de sor Juana, es m&aacute;s vasto de lo que pudiera imaginarse, y no tenemos &#150;&iexcl;nunca debemos!&#150; cruzarnos de brazos y no ver m&aacute;s que la cena de las cenizas despu&eacute;s del espect&aacute;culo deslumbrante. Antes que la cr&iacute;tica, fue el poema.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sobre el car&aacute;cter verdadero o enga&ntilde;oso de <i>El sue&ntilde;o</i> de sor Juana, por ejemplo, o&iacute;mos una y cien veces, que el <i>Primero sue&ntilde;o</i> es un poema del desenga&ntilde;o barroco. Nada m&aacute;s parcial sobre este gran poema, y coincido enteramente con los largos y meticulosos pasajes que Alejandro Soriano dedica al problema del supuesto "desenga&ntilde;o" del alma en <i>El sue&ntilde;o</i>. M&aacute;s a&uacute;n, con respecto al mismo contexto de sor Juana es limitada la casu&iacute;stica del desenga&ntilde;o en relaci&oacute;n con la amplitud de motivos y resortes de ese gran universo del barroco, un estilo y un pensamiento optimista si los hay, al decir de Otis Green, y que se abre al mundo en crecimiento; esc&eacute;ptico, s&iacute;, pero entusiasta, lleno de curiosidad y de esperanza. Alejandro Soriano se pregunta como punto de partida: "&iquest;D&oacute;nde reside el fracaso del alma?", en referencia a la afirmaci&oacute;n de Paz de que <i>El sue&ntilde;o</i> es "la historia de una derrota". Y procede puntualmente a desnudar la lectura del poema de los prejuicios didasc&aacute;licos con que se desv&iacute;a el recto sentido del poema. Soriano precisa: el entendimiento humano no es deficiente sino que posee su propia perfecci&oacute;n humana. S&oacute;lo tiene l&iacute;mites, con lo que el <i>Primero sue&ntilde;o</i> es un poema sobre los l&iacute;mites del saber humano. Y no s&oacute;lo Octavio Paz es rebatido en un pormenorizado examen de las connotaciones de las met&aacute;foras sorjuaninas sino, de paso, toda una secuela cr&iacute;tica que ha tomado por verdad incuestionable lo que finalmente resulta ser una lectura parcial y m&aacute;s bien forzada. Es magistral el cap&iacute;tulo que Otis Green dedica al problema del optimismo&#45;pesimismo en el barroco en el tomo cuarto de su gran obra <i>Espa&ntilde;a y la tradici&oacute;n occidental</i>. Ah&iacute; podemos encontrar un sinn&uacute;mero de referencias que apoyan la recta comprensi&oacute;n de <i>El sue&ntilde;o</i> de sor Juana como un poema b&aacute;sicamente optimista, que es la posici&oacute;n de Alejandro Soriano y la que yo comparto. Y si Soriano accede a esta conclusi&oacute;n despu&eacute;s de un an&aacute;lisis del discurso po&eacute;tico&#45;filos&oacute;fico de sor Juana, Otis Green sustenta dicha conclusi&oacute;n ofreci&eacute;ndonos una gama de citas de autores espa&ntilde;oles del Renacimiento y del barroco a la vista de las cuales sostiene que, para los barrocos hisp&aacute;nicos, "el fraude es obra del hombre, no de Dios" y que esta idea, tan vieja como el cristianismo, no se tambale&oacute; en el barroco espa&ntilde;ol: "la esperanza no ha muerto". Prosigue asentando que la esperanza no tiene m&aacute;s alternativa que la desesperaci&oacute;n, y que &eacute;sta es "el pecado m&aacute;s grave que puede cometer un creyente cat&oacute;lico". El mismo Graci&aacute;n, catalogado como el pesimista por excelencia, justifica las vueltas de la Fortuna como "alternativas de una just&iacute;sima providencia". El pesimismo surge ante los equ&iacute;vocos humanos. As&iacute; en san Pablo como en Nieremberg, quien condena la futilidad de los hombres mundanos, pero no de los hombres a secas. Entonces, concluye Otis Green, "En las obras que presentan la vida como un sue&ntilde;o, o como una comedia o un teatro, se ve, m&aacute;s que un desfogue de pesimismo, la sensaci&oacute;n de que la realidad est&aacute; separada de nosotros por el mundo de los fen&oacute;menos."<a name="n2b" id="n2b"></a><a href="#n2a"><sup>2</sup></a>&nbsp;&nbsp;Creo &nbsp;sinceramente &nbsp;que Georgina Sabat de Rivers dio en el clavo en un ensayo suyo de 1969,<a name="n3b" id="n3b"></a><a href="#n3a"><sup>3</sup></a> cuando afirm&oacute; que el <i>Primero sue&ntilde;o</i> no s&oacute;lo ense&ntilde;a a bien morir, sino tambi&eacute;n a bien vivir, complementando con esta cert&iacute;sima observaci&oacute;n, a la que llama "el magisterio del sue&ntilde;o", el c&eacute;lebre ensayo de Jos&eacute; Gaos en el que el fil&oacute;sofo hermana el poema de sor Juana con el drama el drama de Calder&oacute;n. No es un sue&ntilde;o enga&ntilde;oso el de sor Juana, no, pues no tiene la naturaleza eb&uacute;rnea, opaca, de aquellos sue&ntilde;os que los petrarquistas ve&iacute;an en vano de su amada ausente. El sue&ntilde;o de sor Juana es el sue&ntilde;o del hombre, de todos los hombres, en trayectoria tenaz hacia la verdad y el bien. F&aacute;cil ser&iacute;a decir que no hay tal verdad ni bien y que, por tanto, los que a ello tienden se enga&ntilde;an, pero subyace en esa afirmaci&oacute;n una buena dosis de nihilismo, si no es que de farise&iacute;smo. El alma de sor Juana tiene un sue&ntilde;o verdadero, uno que vislumbra a trav&eacute;s de la puerta transl&uacute;cida, hecha de cuerno pulido, la trascendencia del hombre mismo a pesar de todas sus limitaciones y con todos sus despertares, los que por cierto son tan anticlim&aacute;ticos con respecto a los bellos sue&ntilde;os como reconfortantes ante los malos. El despertar de sor Juana est&aacute; lleno de luz y certidumbre cuando su alma en sue&ntilde;o tocaba sirtes. Si Jos&eacute; Gaos no observ&oacute; esto fue porque estaba muy ocupado haciendo otros se&ntilde;alamientos igualmente importantes, pero que no eran todos los se&ntilde;alamientos posibles. La naturaleza de la cr&iacute;tica no consiste en abarcar todas las lecturas de una sola vez como quien tapa el sol con un dedo. El papel de la cr&iacute;tica es ofrecer una lectura coherente y abierta a otras lecturas plausibles. El gran maestro seguramente estar&iacute;a de acuerdo con esto, as&iacute; que resulta absurdo interponerlo como obst&aacute;culo insalvable al sano ejercicio de la cr&iacute;tica. Valgan estos cap&iacute;tulos de Alejandro Soriano para reafirmar, a partir de la sem&aacute;ntica propia del poema y del contexto del pensamiento escol&aacute;stico en el que aquel se inserta, que la vieja filosof&iacute;a ten&iacute;a m&aacute;s rasgos modernos de lo que sospechar&iacute;amos si nos atuvi&eacute;semos a una &oacute;ptica superficial.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Observaciones tan sutiles y sagaces de nuestro autor, como la de que ni Octavio Paz ni Sergio Fern&aacute;ndez incluyen el amanecer como parte de la alegor&iacute;a del poema, con lo que aqu&eacute;lla queda incompleta en sus interpretaciones, nos iluminan ese rinc&oacute;n que permanec&iacute;a en penumbra cuando le&iacute;amos subyugados, por ejemplo, el brillante discurso de Paz; rinc&oacute;n oscuro o &aacute;mbito del significado po&eacute;tico que por sus fueros, y tambi&eacute;n gracias a Alejandro Soriano, viene ahora a completarnos el sentido del <i>Primero sue&ntilde;o</i>. El amanecer es salida del enga&ntilde;o del so&ntilde;ar, pero no decepci&oacute;n, ni mucho menos desesperaci&oacute;n. Es acceso a la certidumbre y c&uacute;spide del ser humano, plenitud de todas las potencias y, entre ellas, la del libre albedr&iacute;o; conciencia de las propias limitaciones pero certeza de estar en el camino correcto. Esto es, nada menos, la perfecci&oacute;n dable al ser humano. Una perfecci&oacute;n circunscrita, asim&eacute;trica, poblada de anomal&iacute;as como esta extravagancia del so&ntilde;ar. Es reconfortante, a&uacute;n m&aacute;s, realmente estimulante ver c&oacute;mo los derroteros de la mejor cr&iacute;tica vienen a confluir en una visi&oacute;n m&aacute;s clara del poema de sor Juana. Queda ya muy lejos el psicodrama que la cr&iacute;tica nos pintaba de una sor Juana renunciante que sacrifica el mundo de las letras como acto de contrici&oacute;n religiosa. Y lo excitante es que no s&oacute;lo logramos dar este gran paso a trav&eacute;s del an&aacute;lisis contextual del momento en que vivi&oacute; sor Juana, de las circunstancias que rodearon los &uacute;ltimos a&ntilde;os de su vida, de los textos documentales que arrojan luz sobre los motivos de esta rara mujer, sino tambi&eacute;n por medio del examen riguroso de las met&aacute;foras que componen su obra.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra cuesti&oacute;n fundamental es la de la m&iacute;stica en relaci&oacute;n tanto con el <i>Primero sue&ntilde;o</i> como con la propia existencia de sor Juana. Sobre esto hay todav&iacute;a mucho que decir. Hasta la obra de Octavio Paz o poco antes, hab&iacute;amos estado en el terreno de la cr&iacute;tica sorjuanina ante una imagen m&aacute;s bien distorsionada de ella como m&iacute;stica, imagen que por cierto persiste en pa&iacute;ses fuera del nuestro en los que sor Juana s&oacute;lo es superficialmente considerada, en &aacute;mbitos acad&eacute;micos, como una escritora de la &iacute;ndole de santa Teresa. Era la visi&oacute;n de Ezequiel Ch&aacute;vez, la que ahora pretenden seguir sosteniendo algunos a pesar del camino recorrido desde <i>Las trampas de la fe</i>. Alejandro Soriano contribuye enormemente al esclarecimiento de la relaci&oacute;n de sor Juana con la m&iacute;stica. Sus cap&iacute;tulos dedicados al car&aacute;cter metaf&iacute;sico del vuelo del alma son un dechado de rigor anal&iacute;tico. En ellos desmenuza las im&aacute;genes po&eacute;ticas a la luz del pensamiento escol&aacute;stico y coincide, con Paz, en la naturaleza filos&oacute;fica del trayecto intelectual de que somos testigos en <i>El sue&ntilde;o</i>. Y la relevancia de estos pasajes de la obra de Alejandro Soriano no s&oacute;lo se debe a esta capital especificaci&oacute;n sobre el poema sorjuanino, sino que en ella coincide con los mejores cr&iacute;ticos que le preceden, entre los que tambi&eacute;n se encuentra Octavio Paz. Es decir que la obra de Alejandro Soriano no es una mera contestaci&oacute;n a <i>Las trampas de la fe</i>, sino una cr&iacute;tica sincera que toma al poema como eje rector y que coincide con la cr&iacute;tica de Paz en muy diversas ocasiones, lo que nos demuestra y garantiza el af&aacute;n de Soriano por llegar a la lectura m&aacute;s plausible en bien de todos los interesados. Otra cosa ser&iacute;a ser m&aacute;s enemigo de Plat&oacute;n que amigo de la verdad, lo que es tan suplantador de la verdad como el ser muy amigo de Plat&oacute;n. El vuelo del alma en <i>El sue&ntilde;o</i> es s&oacute;lo m&iacute;stico en cuanto a la intenci&oacute;n, nos dice Alejandro Soriano, no hay una experiencia m&iacute;stica real como la de san Juan o santa Teresa sino mental. En esa experiencia intelectual, dir&iacute;a yo, ahora s&iacute; distanci&aacute;ndome de <i>Las trampas...</i>, la verdadera c&uacute;spide es el propio intelecto agente, como &aacute;pice del hombre hacia Dios, y no precisamente las esferas supralunares que Cosmiel muestra a Teodidacto en el <i>Iter extaticum</i> de Kircher. Cuando volv&iacute; los ojos de nuevo al poema despu&eacute;s de leer <i>Las trampas...</i> no encontr&eacute; m&aacute;s planetas que la Tierra dormida y en sombras, ni m&aacute;s astros que las "intelectuales" y "claras" "estrellas" en s&oacute;lo un verso de todo el poema. En cambio s&iacute; vi, como Alejandro, interiorizaci&oacute;n, autoconciencia del alma, "cumbre de su propio vuelo". Es por eso que resulta central el problema de la "centella" del alma. Estoy plenamente de acuerdo en esto con Soriano; desde hace ya un buen tiempo me percat&eacute; de que la cr&iacute;tica sorjuanina no hab&iacute;a tocado con suficiencia esta cuesti&oacute;n fundamental. En efecto, el alma no "es centella" como pretende Paz, sino que "contempla" la centella. Por medio de ella y "participada de Alto Ser", le es dable ver a la Divinidad como uno ve al Otro. &Eacute;sta es la proposici&oacute;n de santo Tom&aacute;s en la <i>Summa</i>, y a la que se adhiere sor Juana. El alma participa de Dios pero no es Dios: diferencia abismal con la perspectiva emanatista de la heterodoxia y resultado decantado de la inmensa labor de depuraci&oacute;n que santo Tom&aacute;s realiz&oacute; en el siglo XIII de la herencia platonizada de los textos aristot&eacute;licos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Sigamos con otras afirmaciones cuestionables de ciertos comentaristas: la sor Juana cartesiana, por ejemplo. Este curioso af&aacute;n lo veo muy emparentado con posturas m&aacute;s bien liberales en torno a la cultura mexicana, en las cuales la revoluci&oacute;n de Independencia es una especie de eje hacia el cual y desde el cual gira toda la historia de nuestro pa&iacute;s. A ese v&oacute;rtice ir&iacute;a, pues, a parar el inter&eacute;s cient&iacute;fico de sor Juana, su observaci&oacute;n pragm&aacute;tica de la naturaleza y su curiosidad experimental. Es decir que antes de Descartes no hab&iacute;a m&aacute;s ciencia que la recitaci&oacute;n de los libros heredados ni m&aacute;s pr&aacute;ctica que la sangr&iacute;a con sanguijuelas. &iexcl;Pobre escol&aacute;stica, cuyos esfuerzos y sudores en mil laboratorios tanto del Viejo como del Nuevo Mundo no pod&iacute;an encontrar m&aacute;s que el error! Hasta que de pronto se hizo la luz y la raz&oacute;n nos puso en el camino correcto. Entonces sor Juana no puede menos que participar de un racionalismo de tipo cartesiano, pues lo que nos narra acerca de sus observaciones y experiencias en la <i>Respuesta a sor Filotea</i> no tiene nada que ver con la aproximaci&oacute;n escol&aacute;stica al conocimiento. Ejemplos de mixtificaci&oacute;n, como &eacute;ste, son frecuentes al tratarse de personajes tan singulares como nuestra Juana. Hay quienes la han tildado de pagana, de hermetista, de manierista, de preilustrada, de m&iacute;stica y hasta de lesbiana. A veces pienso que entre tanto ep&iacute;teto, lo que se hace evidente es una necesidad obsesiva de la cr&iacute;tica de postular aparentes tesis por medio de dichos ep&iacute;tetos y probarlas con unas cuantas analog&iacute;as prendidas con alfileres. Y conste que no es porque yo niegue de plano que existan en la obra de sor Juana elementos de hermetismo o de manierismo o de m&iacute;stica, sino que el problema es, precisamente, la etiquetaci&oacute;n sin m&aacute;s, que omite todo un complejo de vinculaci&oacute;n entre ciertas caracter&iacute;sticas y otras; entre las circunstancias concretas que rodean una producci&oacute;n literaria y esta misma. El hermetismo, por ejemplo, es para m&iacute; m&aacute;s bien hermen&eacute;utica; el manierismo, s&oacute;lo un aspecto m&aacute;s del barroco que ella comparte y vive; el supuesto lesbianismo, simplemente petrarquismo po&eacute;tico. Sucede algo parecido con la pretendida modernidad de sor Juana. Creo, s&iacute;, que Sig&uuml;enza, su amigo, fue un preilustrado, como lo fueron otros sabios de su tiempo, pero hace falta un estudio detenido como el que emprende Alejandro Soriano para establecer la diferencia entre la naturaleza quiditativa o escol&aacute;stica del conocimiento que propone sor Juana y no la propuesta perino&eacute;tica del cartesianismo, que separa el &aacute;mbito de la fe del &aacute;mbito de la raz&oacute;n &oacute;operaci&oacute;n clave del racionalismo ilustrado. El racionalismo escol&aacute;stico pas&oacute; por diversas etapas a lo largo de su existencia. Ya en el siglo XIII el gran avance de determinadas ciencias, como el de la &oacute;ptica, evidenciaba que en el seno de la escol&aacute;stica hab&iacute;a un aut&eacute;ntico inter&eacute;s por el comportamiento del mundo objetual. A mediados del siglo XVI, Petrus Ramus, desde Par&iacute;s, hab&iacute;a difundido ampliamente un nuevo racionalismo escol&aacute;stico y antiaristot&eacute;lico basado en la observaci&oacute;n del universo. En el XVII, siglo de sor Juana, desde las primeras d&eacute;cadas se dej&oacute; sentir en los c&iacute;rculos intelectuales de Europa la influencia empirista del <i>Novum organum</i> de Francis Bacon, cuya propuesta era precisamente la experimentaci&oacute;n. El racionalismo de sor Juana va por estos caminos: pero tambi&eacute;n tiene a Dios como fin &uacute;ltimo de toda reflexi&oacute;n. Es una escol&aacute;stica de nuevo tipo. Pero esto no se puede percibir si no nos adentramos en la historia misma del racionalismo filos&oacute;fico y si no distinguimos, como lo hace Alejandro Soriano en su esclarecedor cap&iacute;tulo "La deducci&oacute;n", las verdaderas implicaciones de su aproximaci&oacute;n cognoscitiva al mundo y a Dios.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&iquest;Es fil&oacute;sofa sor Juana? La pregunta tiene facetas y pienso, tambi&eacute;n, que este ep&iacute;teto puede sumarse a la serie que mencion&eacute; anteriormente y que tiende a encajonar a sor Juana en requisitos inventados por nuestras propias necesidades reivindicativas. Sor Juana es tan fil&oacute;sofa como lo fueron Quevedo o fray Luis de Le&oacute;n. Su profundo conocimiento de la figura del mundo que propone el tomismo aristot&eacute;lico no la convierte en un Francisco Su&aacute;rez sino en una poeta de primera l&iacute;nea. No otro es el fin de la filosof&iacute;a, que no s&oacute;lo es el tautol&oacute;gico, el del amor a la sabidur&iacute;a, sino el fin social de hacer de la vida de los hombres una vida acorde a la verdad. Y la vida creativa de sor Juana lo fue siempre: sabia y atenta a los dictados de su inteligencia, pero no sujeta al discurso argumentativo&#45;expositivo de la filosof&iacute;a. &iquest;C&oacute;mo explicarse, si no, el gracioso desparpajo &#150;ideol&oacute;gicamente conveniente&#150; de poetas y dramaturgos cuando convierten al libre albedr&iacute;o o voluntad, en lugar de un acto en sentido estricto, como lo era para santo Tom&aacute;s, en una potencia del alma acompa&ntilde;ada del entendimiento y de la memoria? Los resortes culturales suelen trastocar las categor&iacute;as filos&oacute;ficas cuando los poetas las alegorizan. En esta metamorfosis se desdibujan los l&iacute;mites y distinciones que traza cuidadosamente el fil&oacute;sofo, porque de lo que se trata es de persuadir por medio de una representaci&oacute;n figurativa. Un fil&oacute;sofo de tomo a lomo escribir&iacute;a un tratado sobre el asunto. Pero los poetas hacen poes&iacute;a. Sus instrumentos son la polisemia y la imaginaci&oacute;n formativa, no el rigor anal&iacute;tico ni la s&iacute;ntesis expositiva. &iquest;Es menos la poes&iacute;a por ello? &Eacute;sa ser&iacute;a una nueva impostura. Pienso entonces que cierta cr&iacute;tica suele caer en un reflejo especular de sus propias intenciones, lo que la aleja de una interpretaci&oacute;n ajustada de la obra que examina. Como el reflejo en abismo de <i>Las Meninas</i> de Vel&aacute;zquez, hay cr&iacute;ticos que se pintan pintando el cuadro al infinito. Es reparador, entonces, un estudio como el de Alejandro Soriano para hacernos conscientes de que toda la filosof&iacute;a de sor Juana est&aacute; contenida, cifrada en sus im&aacute;genes y alusiones, y de que la filosof&iacute;a es para ella enraizamiento de su obra, <i>humus</i> o sustrato del portentoso despliegue que llamamos poes&iacute;a. Alejandro Soriano nos lleva as&iacute; de la mano por las soterradas bases tomistas del <i>Primero sue&ntilde;o</i>, identificando ramificaciones y vericuetos para revelarnos la verdadera &iacute;ndole de la savia nutriente de sus met&aacute;foras y para que podamos encontrarnos, en el recodo final, con el poema en luz.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Notas</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n1a" id="n1a"></a><a href="#n1b">1</a>. <i>Aedipus Aegyptiacus</i>, Roma, Vitalis Mascardi, 1652, t. II, p. 411.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=747000&pid=S0185-1276200000010001600001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n2a" id="n2a"></a><a href="#n2b">2</a>. <i>Espa&ntilde;a y la tradici&oacute;n occidental</i>, Madrid, Gredos, 1969 (BRH), vol. 4, pp. 29&#45;36.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=747002&pid=S0185-1276200000010001600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="n3a" id="n3a"></a><a href="#n3b">3</a>. "A prop&oacute;sito de sor Juana In&eacute;s de la Cruz: tradici&oacute;n po&eacute;tica del tema <i>sue&ntilde;o</i>en Espa&ntilde;a", en MLN, 1969, 84, 2, p. 195.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=747004&pid=S0185-1276200000010001600003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body><back>
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