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</front><body><![CDATA[  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Editorial</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La met&aacute;fora de la <i>tierra quemada,</i> que titula esta colecci&oacute;n de art&iacute;culos, alude a las consecuencias previsibles de las supuestas violencias desmesuradas y sin sentido, de las guerras sin tregua ni cuartel, de la supuesta agresividad irracional y casi at&aacute;vica o de la presunta violencia naturalizada (o culturalizada), es decir, sin historia (o prehist&oacute;rica), a las cuales nos tienen acostumbrados determinadas ret&oacute;ricas de los eternos conflictos sin resolver en los pa&iacute;ses "colonizados", "subdesarrollados" o "dependientes". En Am&eacute;rica Latina, la <i>tierra quemada</i> es lo que queda tras el paso de estados can&iacute;bales, conquistadores desalmados, ej&eacute;rcitos caudillistas, guerrillas fundamentalistas, narcotraficantes impunes, polic&iacute;as corruptos y otras tantas formas de violencia culturalmente legitimadas (e ileg&iacute;timas). <i>Tierra quemada</i> alude, pues, a los paisajes desolados de la violencia, la derrota, la destrucci&oacute;n y el trauma social en sus m&uacute;ltiples variantes. Sin embargo, los que conocen el sistema de roza, basado en la tala y quema, practicado por tantas culturas preindustriales, saben que quemar la tierra no significa necesariamente la destrucci&oacute;n final de un ecosistema: puede ser el proleg&oacute;meno de la fertilidad, tras un periodo m&aacute;s o menos largo de barbecho que permita, en el caso que nos ocupa, establecer las responsabilidades morales y legales derivadas del ejercicio de la violencia, reparar a las v&iacute;ctimas y rehabilitar el tejido social, para comenzar, as&iacute;, un proceso de cicatrizaci&oacute;n de las heridas. La <i>tierra quemada</i> puede ser, adem&aacute;s, la met&aacute;fora punto de partida de otro tipo de campo f&eacute;rtil, el acad&eacute;mico: una ventana abierta a la multiplicidad de miradas que desde la disciplina antropol&oacute;gica se proyectan sobre un terreno de investigaci&oacute;n tan lacerante como intelectualmente sugestivo, el de la antropolog&iacute;a de la violencia, a la que est&aacute; dedicada este monogr&aacute;fico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El volumen recoge ocho textos basados en investigaciones realizadas en diversos escenarios latinoamericanos. Originalmente fueron presentados al simposio "Violencias y culturas" que coordinamos en el marco del IX Congreso de Antropolog&iacute;a realizado en Barcelona (Feixa y Ferr&aacute;ndiz, 2002), aunque han sido revisadas por <i>Nueva Antropolog&iacute;a</i> y se ha a&ntilde;adido un texto nuevo. El objetivo del simposio era abordar las variadas formas de la agresividad humana en el mundo de la posguerra fr&iacute;a, con la convicci&oacute;n de que las nuevas formas de violencia &#151;"nuevas" guerras, "nuevos" terrorismos, "nuevos" traumas cotidianos&#151; tampoco pueden comprenderse y analizarse sin la referencia de sus bases culturales y sus expresiones simb&oacute;licas. Aunque uno de los elementos te&oacute;ricos centrales de la propuesta era considerar la complejidad de los cruces, engranajes y modulaciones entre diversas formas de la violencia y sus imbricaciones respectivas con formas determinadas de la "cultura", por motivos de organizaci&oacute;n hemos clasificado para este volumen las contribuciones seleccionadas bajo los ep&iacute;grafes de "Violencias y culturas pol&iacute;ticas", "Violencias y culturas cotidianas" y "Violencias y culturas de g&eacute;nero".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En primer lugar, consideramos <i>violencias pol&iacute;ticas</i> aquellas que se originan en el Estado o surgen como desaf&iacute;o o respuesta ante acciones o pol&iacute;ticas de &eacute;ste (Nagengast, 1994). Ello incluye las m&uacute;ltiples formas e intensidades que puede tomar la represi&oacute;n a disidentes &#151;coerci&oacute;n o amenazas, encarcelamiento, tortura, etc.&#151;, as&iacute; como las luchas en las cuales las minor&iacute;as &eacute;tnicas o grupos de clase se enfrentan al Estado. Pensando en casos como el de las masacres entre tutsis y hutus en Ruanda o Burundi, Nagengast tambi&eacute;n incluye en el concepto de violencias pol&iacute;ticas a aquellas "acciones de violencia que pueden o no ser ejecutadas por el Estado o sus agentes pero que tienen como objetivo expreso la consecuci&oacute;n de ciertos objetivos sociales, &eacute;tnicos, econ&oacute;micos o pol&iacute;ticos en el &aacute;rea de los asuntos p&uacute;blicos del Estado o la vida social en general". Para esta autora, si este tipo de conflictos son tolerados o incentivados por el Estado para "crear, justificar, excusar o explicar o imponer jerarqu&iacute;as de diferencia y relaciones de desigualdad", debemos considerarlos como violencia pol&iacute;tica, aunque el Estado no aparezca como agente primario de la violencia <i>(op. cit.,</i> 1994: 114).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Elsa Blair aporta, desde Colombia, una reflexi&oacute;n acerca de la importancia del estudio de los aspectos culturales de la violencia. Colombia, atravesada por m&uacute;ltiples violencias &#151;conflicto armado, violencias vinculadas con el narcotr&aacute;fico, violencias p&uacute;blicas, violencias sociales difusas&#151; ha visto como los "violent&oacute;logos" han priorizado durante d&eacute;cadas el an&aacute;lisis de los aspectos pol&iacute;ticos del conflicto, poniendo en cuarentena su relevancia cultural, especialmente en su expresi&oacute;n como "cultura de la violencia". Este rechazo tiene su origen, seg&uacute;n Blair, en conceptos arcaicos y desfasados de la cultura &#151;muchas veces sostenidos por los propios antrop&oacute;logos&#151; que sugieren una "esencia violenta" inmodificable en la identidad colombiana. Para entender mejor la din&aacute;mica e inter relaciones de las violencias en Colombia y para superar los "discursos de invisibilidad" que acompa&ntilde;an en ocasiones a los an&aacute;lisis tradicionales, propone incorporar al debate interdisciplinario los &uacute;ltimos avances te&oacute;ricos y metodol&oacute;gicos de la "antropolog&iacute;a del conflicto" y los estudios de la "pol&iacute;tica de las emociones", que incluyen de forma prominente los aspectos fenomenol&oacute;gicos, expresivos y significativos de la violencia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Centrando su an&aacute;lisis en la reacci&oacute;n de un grupo de psiquiatras y psic&oacute;logos argentinos inmersos en el horror de la dictadura (1976&#45;1983), Sergio Visacovsky plantea otro aspecto crucial para el entendimiento de la violencia pol&iacute;tica y del trauma social que se deriva de ella: las complejas pol&iacute;ticas de la memoria y el olvido de los sucesos de la violencia (Antze y Lambeck, 1996). La memoria, entendida como reconstrucci&oacute;n interpretativa de determinados hechos, es uno de los lenguajes m&aacute;s importantes en la construcci&oacute;n y legitimaci&oacute;n de los grupos sociales, sus identidades y sus acciones. Ahora bien, &iquest;qu&eacute; ocurre con los esquemas interpretativos de los que disponemos para organizar la memoria en secuencias narrativas plausibles &#151;ya sean tramas locales o discursos expertos&#151; cuando se trata de sucesos de car&aacute;cter masivo, de los denominados <i>cr&iacute;ticos, catastr&oacute;ficos</i> o <i>catacl&iacute;smicost</i> Para Visacovsky, este tipo de eventos pueden "comprometer las posibilidades de asimilaci&oacute;n y procesamiento de los esquemas interpretativos, puesto que afectan directamente las convicciones, normas y valores profundos de los grupos sociales". Los profesionales de Lan&uacute;s optan por construir esta memoria traum&aacute;tica, que se articula en un contexto de disputas geneal&oacute;gicas, utilizando im&aacute;genes espaciales tomadas de su propia cotidianidad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Para muchos analistas, el levantamiento zapatista en Chiapas se ha convertido, por su complejidad y por la novedad de algunos de sus aspectos m&aacute;s caracter&iacute;sticos &#151;como pueden ser la inusitada presencia medi&aacute;tica de <i>Marcos,</i> la proyecci&oacute;n del movimiento revolucionario en el ciberespacio, la creaci&oacute;n de una estructura de solidaridad globalizada o la proliferaci&oacute;n del llamado "turismo revolucionario"&#151; en el paradigma de los conflictos por venir en el nuevo siglo. Jaume Vallverd&uacute; discute uno de sus aspectos clave, tambi&eacute;n multidimensional: las relaciones entre la violencia religiosa y el conflicto pol&iacute;tico. Y lo hace mediante el an&aacute;lisis del papel que juegan en el conflicto diversos actores sociales vinculados con las iglesias, ya sean cat&oacute;licos tradicionalistas, simpatizantes de la teolog&iacute;a de la liberaci&oacute;n, protestantes o evang&eacute;licos. La llamada "guerra de religiones" que se produce en las comunidades ind&iacute;genas chiapanecas expresa tanto las tensiones causadas por la disidencia religiosa como la amenaza que este pluralismo religioso supone para las estructuras de control simb&oacute;lico, pol&iacute;tico y econ&oacute;mico tradicionales. En muchos casos, distintos agentes del Estado colaboran con las elites ind&iacute;genas para que, bajo el paraguas del conflicto religioso, &eacute;stas se consoliden en los distintos espacios de poder pol&iacute;tico local. Al mismo tiempo, el an&aacute;lisis de las conversiones religiosas y las luchas sociales asociadas a ellas son aspectos cruciales para entender la g&eacute;nesis del zapatismo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por su parte, Jos&eacute; Luis Pi&ntilde;eyro, sobre la base del an&aacute;lisis de la relaci&oacute;n entre las fuerzas armadas y la guerrilla rural en M&eacute;xico, pretende desnaturalizar la violencia pol&iacute;tica mediante el an&aacute;lisis matizado de las condiciones estructurales en las cuales se produce. Particularmente interesante es la comparaci&oacute;n que establece de la guerrilla rural con la evoluci&oacute;n de las fuerzas armadas mexicanas en el contexto de la guerra fr&iacute;a, pues guerrilla y contraguerrilla se alimentan y explican mutuamente. Tambi&eacute;n es relevante el contraste entre las guerrillas de los a&ntilde;os sesenta y setenta, que surgen en pleno combate anticomunista, y la guerrilla zapatista de los noventa, que coincide con la ca&iacute;da del muro de Berl&iacute;n y el proceso de mediatizaci&oacute;n de los conflictos violentos.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En segundo lugar, aunque todas las violencias &#151;estructurales, simb&oacute;licas, f&iacute;sicas, &eacute;tnicas, pol&iacute;ticas, de g&eacute;nero&#151; tienen un impacto determinante sobre las vidas de los individuos que las sufren, la caracter&iacute;stica primordial de las <i>violencias cotidianas</i> es su existencia en el &aacute;mbito microsocial. La llamada de Das y Kleinman a "interrogar lo ordinario" (2000: 7&#45;10) en la b&uacute;squeda de las conexiones entre violencia y subjetividad, entre sucesos globales y estructuras de sentimiento locales &#151;en la b&uacute;squeda, en suma, de los lugares m&aacute;s &iacute;ntimos del sufrimiento social&#151;, responde, sin duda, a esta necesidad de analizar con detenimiento el espacio terminal de muchos impulsos violentos que recorren las sociedades contempor&aacute;neas. Nancy Scheper&#45;Hughes, una de las antrop&oacute;logas que m&aacute;s concienzudamente ha estudiado las violencias cotidianas, las ha definido como "aqu&eacute;llas peque&ntilde;as rutinas y acciones violentas practicadas de un modo normativo sobre cuerpos vulnerables, ya sea en el seno de la familia, en los colegios, hospitales, cl&iacute;nicas, &#91;o&#93; en diversos establecimientos burocr&aacute;ticos y administrativos (desde el ayuntamiento y la oficina del registro p&uacute;blico hasta la morgue y los cementerios)" (1997: 145). Philippe Bourgois, sin embargo, piensa que esta definici&oacute;n se solapa demasiado con los efectos cotidianos de la violencia estructural y propugna restringirla a "las pr&aacute;cticas rutinarias y expresiones de agresi&oacute;n interpersonal que sirven para normalizar la violencia a un nivel micro, como es el caso del conflicto dom&eacute;stico, delincuencial y sexual, e incluso el abuso de sustancias". Para este &uacute;ltimo autor, un reto crucial de los an&aacute;lisis de la violencia cotidiana es llegar a entender c&oacute;mo "puede llegar a crecer y consolidarse en una <i>cultura del terror,</i> en otras palabras, en un sentido com&uacute;n que normaliza la violencia tanto en la esfera p&uacute;blica como en la privada" (2001). Pero si la vida cotidiana puede ser un espacio de desarraigo, fragmentaci&oacute;n, vulnerabilidad, dolor, miedo y sospecha, puede tambi&eacute;n convertirse en un lugar esencial para la reconciliaci&oacute;n y la regeneraci&oacute;n social y simb&oacute;lica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su an&aacute;lisis de las violencias cotidianas en el puerto de Veracruz, Juan Antonio Flores se enfrenta con un tema especialmente delicado en la investigaci&oacute;n antropol&oacute;gica: la localizaci&oacute;n y desciframiento de los lenguajes cotidianos del trauma social (Antze y Lambeck, <i>op. cit.).</i> Flores describe c&oacute;mo el cuerpo de la mujer se convierte en un espacio violentado, mutilado y alienado por medio de la violaci&oacute;n sexual y otras formas del maltrato dom&eacute;stico, f&iacute;sicas y simb&oacute;licas, sostenidas por la hegemon&iacute;a de un imaginario social masculino agresivo. Aparte de ser v&iacute;ctimas de estas violencias cotidianas, las mujeres del puerto de Veracruz tienen dificultades para encontrar tramas corp&oacute;reas o discursivas que expresen esta experiencia traum&aacute;tica. Las posesiones por esp&iacute;ritus malignos, que incluyen agresi&oacute;n y flagelamiento de las mujeres pose&iacute;das, y las narrativas de enfermedades &#151;como, en el caso de Guadalupe, la par&aacute;lisis facial, la artritis o el insomnio&#151; dibujan una topolog&iacute;a dom&eacute;stica del mal y son, por tanto, espacios expresivos donde es factible buscar y encontrar trazos del sufrimiento social. De hecho, constituyen el punto de despegue para la interpretaci&oacute;n sadiana que Flores hace de la violencia y el trauma cotidianos en Veracruz.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Siguiendo a Rosaldo (2000), podemos considerar las fronteras no como zonas vac&iacute;as o tierras de nadie, sino como lugares de enorme densidad pol&iacute;tica, social y cultural. En estos intrincados espacios fronterizos, quiz&aacute; la actividad cotidiana m&aacute;s relevante es el permanente cruce de los l&iacute;mites pol&iacute;ticos, ya sea regular o irregularmente, en un sentido u otro. Cada frontera tiene su historia, sus controversias, sus mecanismos de control y sus tragedias. En este contexto, la frontera entre Estados Unidos y M&eacute;xico puede considerarse uno de los lugares m&aacute;s permeables, vigilados y dram&aacute;ticos del mundo. En su contribuci&oacute;n al volumen, Guillermo Alonso nos presenta un cat&aacute;logo cr&iacute;tico de las diferentes violencias que se desploman cotidianamente sobre los miles de indocumentados mexicanos y centroamericanos que tratan de pasar al norte: <i>coyotes</i> sin escr&uacute;pulos, delincuentes de frontera &#151;<i>asaltapollos</i>&#151; o grupos xen&oacute;fobos semiorganizados &#151;como los <i>cazaindocumentados</i> de Arizona&#151;. Por parte de las autoridades estadounidenses, cuyas pol&iacute;ticas tienen un impacto mucho m&aacute;s generalizado, encontramos ciudades fronterizas <i>berlinizadas</i> (atravesadas por muros), reflectores sobre los lindes, sensores de movimientos y c&aacute;maras infrarrojas y silencio burocr&aacute;tico acerca de las v&iacute;ctimas, como parte del repertorio de estrategias y t&eacute;cnicas de contenimiento que se han desplegado en los distintos operativos fronterizos. S&iacute; bien puede pensarse que el control de las fronteras es un derecho leg&iacute;timo de los Estados, no lo es a cualquier precio. Alonso denuncia la evoluci&oacute;n de las estrategias de control de indocumentados de las patrullas fronterizas estadounidenses &#151;vinculadas con la expansi&oacute;n de la filosof&iacute;a de la tolerancia cero que mencion&aacute;bamos antes&#151; que, en su versi&oacute;n m&aacute;s reciente, incluyen la firme apuesta por la respuesta policial y la violencia como factor disuasorio, as&iacute; como la maximizaci&oacute;n de los peligros del entorno natural para hacer m&aacute;s arriesgada, selectiva y tr&aacute;gica la frontera. Para Alonso, se ha instalado en la frontera M&eacute;xico&#45;Estados Unidos una l&oacute;gica de conflicto de baja intensidad con efectos colaterales que, de hecho, condena a muerte a miles de indocumentados.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En tercer lugar, las <i>violencias de g&eacute;nero</i> han sido frentes tradicionales de la violencia intrasocial, aunque s&oacute;lo en los &uacute;ltimos a&ntilde;os han ascendido al primer plano de la actualidad medi&aacute;tica y de la investigaci&oacute;n sociol&oacute;gica (Bourdieu, 2000). Joan Vendrell se aproxima a la violencia sexual y su representaci&oacute;n a partir del an&aacute;lisis de la nota roja de un peri&oacute;dico en Morelos (M&eacute;xico). El autor presenta ejemplos fecundos de la discrepancia entre las categor&iacute;as penales (de la violaci&oacute;n al estupro) y las pr&aacute;cticas cotidianas de las que se hace eco la prensa &#151;en las cuales las fronteras entre los distintos delitos, y entre delitos, sospechas y rumores, se confunden&#151;. La representaci&oacute;n de la violencia, mediatizada por la prensa en forma sensacionalista, produce otro tipo de violencia simb&oacute;lica: una imagen dominante de delito sexual en la cual se confunden, tambi&eacute;n, v&iacute;ctimas, victimarios, vengadores y cronistas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Patricia Ravelo, por su parte, presenta una novedosa aproximaci&oacute;n al fen&oacute;meno del feminicidio en Ciudad Ju&aacute;rez (M&eacute;xico). La autora se refiere al espectacular incremento de homicidios cometidos contra mujeres &#151;por lo general j&oacute;venes y trabajadoras de la industria maquiladora&#151; en esta zona fronteriza entre M&eacute;xico y Estados Unidos desde 1993. Alej&aacute;ndose de la interpretaci&oacute;n oficial que los justifica como fruto del incremento de la delincuencia com&uacute;n, la autora los analiza como cr&iacute;menes organizados, pensados contra un segmento espec&iacute;fico de la sociedad, aunque los victimarios no est&eacute;n claros (tanto grupos empresariales como sat&aacute;nicos, pero nunca individuos aislados). Lo relevante es que, por repetici&oacute;n e impunidad, el fen&oacute;meno se convierte en paradigma cultural, en <i>costumbre de matar.</i> No es casual que ello se produzca en una zona fronteriza &#151;"lo femenino es una condici&oacute;n dif&iacute;cil en esta frontera"&#151; y en un momento hist&oacute;rico crucial &#151;con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las representaciones antropol&oacute;gicas de las violencias son especialmente enmara&ntilde;adas y no es extra&ntilde;o que su llegada al p&uacute;blico provoque controversias. Est&aacute;n, como todo texto, hist&oacute;rica, social y pol&iacute;ticamente situadas. Pero adem&aacute;s, se insertan de forma autom&aacute;tica en campos interpretativos muy complejos que podemos imaginar como campos minados con profusi&oacute;n, plagados de verdades parciales, mentiras interesadas, intoxicaciones partidistas, seducciones etnogr&aacute;ficas, silencios sepulcrales, gestos elocuentes y otras muchas ret&oacute;ricas del conflicto. Corren el peligro permanente de ser usadas como instrumentos por sectores partidistas en un conflicto determinado, lo que hace especialmente importante tratar de predecir su impacto y proteger en el texto a determinados informantes o colectivos. Tienen un grado de espectacularidad asociado &#151;en las tem&aacute;ticas, en las im&aacute;genes, en las ret&oacute;ricas&#151; que, si no se controla, puede descompensar cualquier esfuerzo anal&iacute;tico. Philippe Bourgois ha denunciado el deslizamiento de muchos estudios hacia lo que &eacute;l denomina una <i>pornograf&iacute;a de la violencia,</i> en la cual las bases estructurales y simb&oacute;licas de una forma de violencia determinada pueden quedar sumergidas bajo "espeluznantes detalles de derramamientos de sangre, agresiones y heridas" (2001: 11). Sin duda, abusar de las descripciones morbosas sin la suficiente contextualizaci&oacute;n no puede sino fomentar estereotipos y simplificaciones entre muchos lectores. Pero ahogar la experiencia diaria de la violencia bajo un torrente de causas estructurales y conexiones simb&oacute;licas produce un distanciamiento anal&iacute;tico que dificulta la empat&iacute;a con las v&iacute;ctimas, la transmisi&oacute;n de las voces de los actores y la comprensi&oacute;n de las texturas del terror cotidiano. No hay f&oacute;rmulas infalibles, ni debe haberlas, pero parece razonable buscar una tensi&oacute;n equilibrada entre la <i>tierra quemada</i> y el campo f&eacute;rtil.</font></p> 	    <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>BIBLIOGRAF&Iacute;A</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Antze, P. y M. Lambeck (eds.) (1996), <i>Tense Past: Cultural Essays in Trauma and Memory,</i> Londres, Routledge.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5561671&pid=S0185-0636200500020000100001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bourdieu, P. (2000), <i>La dominaci&oacute;n masculina,</i> Barcelona, Anagrama.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5561673&pid=S0185-0636200500020000100002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p> 	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bourgois, P. (2001), "The Continuum of Violence in War and Peace: Post&#45;Cold War Lessons from El Salvador", <i>Ethnography,</i> vol. 2, n&uacute;m. 1, pp. 5&#45;34.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5561675&pid=S0185-0636200500020000100003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Das, V. y A. Kleinman (2000), "Introduction", en Das <i>et al.</i> (eds.), <i>Violence and Subjectivity,</i> Berkeley, University of California Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5561677&pid=S0185-0636200500020000100004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Feixa, C. y Ferr&aacute;ndiz, F. (eds.) (2002), <i>Violencias y culturas,</i> Barcelona, FAAEE&#45;ICA &#91;edici&oacute;n en CD&#45;Rom&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5561679&pid=S0185-0636200500020000100005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nagengast, C. (1994), "Violence, Terror, and the Crisis of the State", <i>Annual Review of Anthropology,</i> n&uacute;m. 23, pp. 109&#45;136.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5561681&pid=S0185-0636200500020000100006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </font></p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Rosaldo, R., (2000), <i>Cultura y verdad,</i> M&eacute;xico, Grijalbo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5561683&pid=S0185-0636200500020000100007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2">Scheper&#45;Hughes, N. (1997), <i>La muerte sin llanto: violencia y vida cotidiana en Brasil,</i> Barcelona, Ariel.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5561685&pid=S0185-0636200500020000100008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body><back>
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