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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as bibliogr&aacute;ficas</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Julio Alfonso P&eacute;rez Luna (coord.), <i>Lenguas en el M&eacute;xico novohispano y decimon&oacute;nico</i></b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>por Dora Pellicer</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, El Colegio de M&eacute;xico, 2011.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta obra colectiva, que re&uacute;ne diez valiosas contribuciones, da inicio con un texto ejemplar del quehacer historiogr&aacute;fico a cargo de Hans&#45;Josef Niederehe: "La gramaticograf&iacute;a espa&ntilde;ola del siglo de las Luces". Las primeras reflexiones del autor giran alrededor de la obra de Nebrija, cuyas <i>Introductiones Latinae</i> que salieron a la luz en 1481, ocuparon un lugar cardinal en el marco de una tradici&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica esencialmente latinista y fueron objeto de numerosas reediciones en el viejo y en el nuevo continente. Niederehe puntualiza que no ocurri&oacute; as&iacute; con la <i>Gram&aacute;tica de la lengua castellana.</i> Al ser esta lengua un idioma de uso cotidiano no se consideraba que requiriese de un estudio gramatical, por lo que ocup&oacute; un segundo plano frente a las <i>Introductiones</i> y no fue sino siglo y medio despu&eacute;s, cuando tuvo una segunda publicaci&oacute;n. Niederehe apunta que el rechazo a que una lengua romance fuera susceptible de ordenarse en reglas gramaticales lo hizo patente Juan de Vald&eacute;s al despuntar el siglo XVI advirtiendo: "ya sab&eacute;is que las lenguas vulgares de ninguna manera se pueden reducir a reglas, de tal suerte que por ellas se puedan aprender". No obstante reconoce que poco despu&eacute;s Aldrete ofreci&oacute; un atisbo de la apertura gramatical que se fue gestando en el siglo XVII al reconocer en su libro <i>Del origen y principio de la lengua castellana,</i> la conveniencia de poseer ciertos conocimientos de la lengua que se habla "aunque sea vulgar". As&iacute;, el castellano entr&oacute; al Siglo de las Luces, aunque manteniendo lo que Niederehe se&ntilde;ala como "una vecindad clara con el estudio del lat&iacute;n".</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Muestra de ello son para &eacute;l: la <i>Gram&aacute;tica Disputada o Curso Latino</i> de Jer&oacute;nimo de San Agust&iacute;n (1715), la <i>Gram&aacute;tica latina escrita con nuevo m&eacute;todo y nuevas observaciones en verso castellano</i> de Juan de Iriarte (1771) y la <i>Gram&aacute;tica de la lengua latina</i> de Gregorio Mayans y Siscar (1771). Niederehe apunta que estas obras estaban pensadas para que, quienes acced&iacute;an a la universidad, se iniciaran en el conocimiento de la lengua de prestigio, y, agrega, que en ese siglo las raras gram&aacute;ticas del castellano estaban concebidas como textos escolares para los ni&ntilde;os. Fue fray Benito de San Pedro (1769) quien, a juicio del propio Niederehe, otorg&oacute; estatus de arte al saber de esta lengua en su <i>Arte de romance castellano, dispuesta seg&uacute;n sus principios generales y uso de los mejores autores.</i> Esta obra, que a sus ojos fue fundacional de la gramaticograf&iacute;a espa&ntilde;ola, se nutri&oacute; de las ideas gramaticales de Francisco S&aacute;nchez de las Brozas. Al detenerse a explicar la influencia que el racionalismo franc&eacute;s y el universalismo de los maestros de Port Royal tuvieron sobre los acad&eacute;micos espa&ntilde;oles, Niederehe se&ntilde;ala que el texto de Benito de San Pedro, al recuperar los postulados de "el Brocense", inaugur&oacute; la presencia del racionalismo espa&ntilde;ol en la descripci&oacute;n de la lengua. Fue dentro de este marco conceptual, en el que la <i>Gram&aacute;tica de la Real Academia Espa&ntilde;ola,</i> que vio la luz en 1771, postul&oacute; el "orden natural de colocar las palabras" en analog&iacute;a con "la estructura ontol&oacute;gica del universo" y plante&oacute; la distinci&oacute;n entre la "construcci&oacute;n natural" que observa ese orden y la "construcci&oacute;n figurada" que no lo observa. Paralelamente distingui&oacute; al verbo como centro de la oraci&oacute;n, anticipando la idea de la dependencia que con &eacute;l establecen los otros constituyentes oracionales en las gram&aacute;ticas occidentales modernas. Finalmente hay que reconocer que el texto de Niederehe no deja fuera del tintero la cuidadosa menci&oacute;n a las gram&aacute;ticas de ense&ntilde;anza del espa&ntilde;ol como lengua extranjera, tal la de Lovaina de 1555, as&iacute; como tampoco omite la referencia a otra gramaticograf&iacute;a que le fue contempor&aacute;nea: la de las gram&aacute;ticas misioneras en lenguas ind&iacute;genas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A continuaci&oacute;n de este magistral estudio, el libro ofrece una serie de art&iacute;culos que dan cuenta de los dos conjuntos tem&aacute;ticos indicados en su t&iacute;tulo: el novohispano y el decimon&oacute;nico. El primero de ellos, que es el m&aacute;s nutrido, se interna en la obra de los religiosos que fueron designados por el Pont&iacute;fice Alejandro VI, en su <i>Bula</i> de 1493, como hombres "doctos sabios y expertos" y asignados, por el mismo prelado, como responsables de cristianizar a los habitantes de Indias en favor de la Iglesia y de los Reyes Cat&oacute;licos. Los franciscanos, Andr&eacute;s de Olmos, Alonso de Molina, Bernardino de Sahag&uacute;n, Pedro de Gante, Alonso Urbano, as&iacute; como el dominico Benito Fern&aacute;ndez, y el secular novohispano Bartolom&eacute; de Alva encuentran lugar en estas p&aacute;ginas, en la pluma de especialistas que, con sus pesquisas bibliogr&aacute;ficas y sus cuidadas reflexiones dan raz&oacute;n de las estrategias con que estos frailes se acercaron a las lenguas amerindias. Buena parte de la tarea emprendida, con sus dificultades y sus logros, qued&oacute; grabada en las imprentas coloniales, hered&aacute;ndonos un campo de estudio que no ha dejado de dar frutos. Los textos del presente libro son muestra de ello. Sus autores destacan la complejidad del proceso a trav&eacute;s del cual se tradujeron los conceptos y dogmas cristianos a las lenguas nativas americanas, destacando las estrategias que ofrecieron soluci&oacute;n a esta transformaci&oacute;n, no solo ling&uuml;&iacute;stica sino tambi&eacute;n cultural. En ellos se reconstruye tambi&eacute;n la manera en que se logr&oacute; reconocer y describir el tejido gramatical y sem&aacute;ntico de estas lenguas. La escritura pictogr&aacute;fica recibe especial atenci&oacute;n en el contexto del sistema tributario que estableci&oacute; la corona y, el cuidadoso desciframiento de las im&aacute;genes que componen los glifos de la matr&iacute;cula de Huexotzingo, permite reconocer los valores logogr&aacute;ficos, fonogr&aacute;ficos y sil&aacute;bicos contenidos en ellas. Los contenidos relativos a la Colonia incluyen, por &uacute;ltimo, un recuento de la terminolog&iacute;a otom&iacute; que hace referencia al t&eacute;rmino <i>libro</i> en el <i>Vocabulario triling&uuml;e de</i> fray Alonso Urbano. Con una acertada elecci&oacute;n de documentos secundarios, se ilustra en &eacute;l sobre la manera en que franciscanos y jesuitas concibieron y ofrecieron la ense&ntilde;anza gramatical a los j&oacute;venes ind&iacute;genas y criollos durante el siglo XVI.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La otra &aacute;rea tem&aacute;tica del libro nos introduce al siglo XIX. Es pertinente hacer notar que los art&iacute;culos sobre esta centuria no aparecen desligados del pasado colonial inmediato. M&aacute;s bien muestran el inter&eacute;s que hubo en el M&eacute;xico independiente por el estudio de ese pasado que iba a permitir conocer a fondo la naci&oacute;n reci&eacute;n independizada para poder gobernarla. Como se desprende de estos textos, dicho conocimiento se orient&oacute; a m&uacute;ltiples t&oacute;picos, tanto el rescate de la diversidad de lenguas y de la designaci&oacute;n prehisp&aacute;nica e hisp&aacute;nica de espacios geogr&aacute;ficos tradicionalmente significativos, como el inteligente escrutinio de la sistem&aacute;tica y fraterna tarea de los bibli&oacute;grafos decimon&oacute;nicos, en su incansable b&uacute;squeda por la autenticidad de los documentos que rese&ntilde;aban. En suma, los autores que participan en esta segunda parte del libro aquilatan la labor desplegada por tales eruditos en las instituciones gubernamentales y acad&eacute;micas en el curso de ese siglo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A continuaci&oacute;n de esta mirada de conjunto acercamos al lector a la rese&ntilde;a de cada una de las contribuciones de la obra.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el art&iacute;culo que lleva como t&iacute;tulo "Problemas filol&oacute;gicos y hermen&eacute;uticos en las obras doctrinales de Sahag&uacute;n", Pilar M&aacute;ynez propone c&oacute;mo enfrentar el reconocimiento del tipo de autor&iacute;a en las grandes obras coloniales. En primer lugar, en su texto destaca ella que la obra de este ilustre franciscano escudri&ntilde;&oacute; el pasado de aqu&eacute;llos a quienes ten&iacute;a que convertir al cristianismo, por lo que se introdujo en el terreno doctrinal tanto como en el hist&oacute;rico. M&aacute;ynez indica que, en la interpretaci&oacute;n de la obra de fray Bernardino de Sahag&uacute;n, el investigador no puede separar la tarea de la relaci&oacute;n hist&oacute;rica y la labor del fraile como doctrinero. De esta suerte, ella propone organizar el estudio, teniendo siempre en cuenta el objetivo fundamental de Sahag&uacute;n: la conversi&oacute;n de los naturales de las Indias.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Respetando las exigencias disciplinarias de su investigaci&oacute;n documental, la autora se propone recobrar las etapas de la composici&oacute;n y de las revisiones de una <i>Historia,</i> cuyo narrador, Sahag&uacute;n, cumpli&oacute; m&uacute;ltiples papeles y dio cuenta de m&uacute;ltiples voces que no son f&aacute;ciles de desentra&ntilde;ar. De manera paralela emprende la compleja labor de desenredar el hilo de la obra doctrinal del franciscano quien, en el transcurso de la traducci&oacute;n de su doctrina cristiana a la lengua n&aacute;huatl, busc&oacute; la participaci&oacute;n de los hablantes nativos. A juicio de Sahag&uacute;n esa era la &uacute;nica manera de garantizar la cabal comprensi&oacute;n y aprehensi&oacute;n de los misterios de la Fe por parte de los naturales. No obstante, esta autora hace eco a la preocupaci&oacute;n expresa del fraile sobre las propuestas de los sabios colaboradores ind&iacute;genas que a su lado intervinieron en traducciones como las del <i>Libro de los Colloquios.</i> En el proceso de su investigaci&oacute;n, encuentra que la versi&oacute;n en lengua n&aacute;huatl se caracteriza por su mayor extensi&oacute;n y por una esmerada textualidad en la que destacan los componentes persuasivos propios del idioma n&aacute;huatl. Deshilando con particular cuidado el tejido de este tipo de textos, la investigadora ha llevado a cabo comparaciones entre la versi&oacute;n castellana y la versi&oacute;n n&aacute;huatl, y se&ntilde;ala que, a pesar de las correspondencias b&aacute;sicas de toda traducci&oacute;n, no es la una el espejo de la otra. A la luz de sus evidencias M&aacute;ynez concluye indicando la necesidad de una valoraci&oacute;n filol&oacute;gica y hermen&eacute;utica que sit&uacute;e puntualmente "la influencia ind&iacute;gena en las obras de Sahag&uacute;n que dieron como producto final una versi&oacute;n nahua de la cristiandad."</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el art&iacute;culo "Conceptualizaci&oacute;n y creaci&oacute;n l&eacute;xica en la literatura de evangelizaci&oacute;n", Mercedes Montes de Oca incursiona en el problema de las equivalencias que permiten el tr&aacute;nsito de los conceptos de la cristiandad, provenientes del griego y del lat&iacute;n, a la lengua n&aacute;huatl. Los datos de su trabajo provienen de cinco obras: el <i>Confesionario menor</i> y el <i>Confesionario mayor</i> de fray Alonso de Molina; el <i>Confesionario mayor y menor en lengua mexicana</i> de fray Bartolom&eacute; de Alva; el <i>Tratado de los siete pecados capitales</i> de fray Andr&eacute;s Olmos y la <i>Doctrina christiana</i> de fray Pedro de Gante. En estos textos la lengua n&aacute;huatl se convirti&oacute; en el repositorio de conceptos cristianos generados originalmente en lat&iacute;n, los cuales no pod&iacute;an expresarse en una traducci&oacute;n somera, por lo que los religiosos se vieron frente al desaf&iacute;o de incursionar en procesos de recomposici&oacute;n sem&aacute;ntica profunda.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Son cuatro los t&eacute;rminos que constituyen el objeto de las reflexiones de Montes de Oca: <i>Alma, Dios, Castigo, Infierno,</i> los cuales no eran ajenos al mundo conceptual nahua y justamente por ello, deb&iacute;an ser cuidadosamente traducidos, evitando peligrosos contagios. La tarea que llev&oacute; a cabo Montes de Oca fue muy escrupulosa en su recorrido por las vertientes ling&uuml;&iacute;sticas que cada t&eacute;rmino le exigi&oacute;. Para explicar el primero de ellos, <i>Alma,</i> incursion&oacute; en la voz latina de donde proced&iacute;a: <i>anima</i> y en su contextualizaci&oacute;n an&iacute;mica, que es la que pod&iacute;a penetrar la sensibilidad ind&iacute;gena. De esta suerte, el <i>buen estado</i> del <i>anima</i> hizo uso del contraste <i>limpieza vs suciedad,</i> donde <i>limpieza</i> se identificaba con lo bueno y lo sano del <i>anima</i> y <i>suciedad</i> se aparejaba con sensaciones f&iacute;sicas desagradables como <i>hediondo, sucio, podrido, negro,</i> las cuales requer&iacute;an del lavado y la limpieza as&iacute; como del bautismo, la confesi&oacute;n o la penitencia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De la segunda voz <i>Dios,</i> Montes de Oca subraya dos t&eacute;rminos nahuas aparejados al Dios creador ind&iacute;gena Tezcatlipoca: <i>ipalnemohuani</i> "por quien se vive" y <i>teyocoyani techihuani</i> "el hacedor de gente". A continuaci&oacute;n, pone atenci&oacute;n a las predicaciones que pod&iacute;an agenci&aacute;rseles sin traspasar las fronteras literales sem&aacute;nticas. Esto, para evitar voces nativas susceptibles de generar ambig&uuml;edades polite&iacute;stas cuando se introduc&iacute;a al &uacute;nico Dios del cristianismo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los ejemplos que analiza el art&iacute;culo muestran la preocupaci&oacute;n de los evangelizadores por evitar que las traducciones a la lengua ind&iacute;gena se contaminaran de las creencias y de los &iacute;conos paganos. La investigadora muestra las soluciones que ofrec&iacute;an las figuras sem&aacute;ntico po&eacute;ticas disponibles. Por ejemplo, los difrasismos como: <i>titeotl toquichtli</i> "t&uacute; Dios, t&uacute; hombre", evitaban el empleo aislado del t&eacute;rmino n&aacute;huatl <i>teotl</i> porque &eacute;ste formaba parte de la construcci&oacute;n del concepto de idolatr&iacute;a.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La predicaci&oacute;n acerca del <i>Castigo</i> se enfrentaba a dos espacios de significaci&oacute;n diferentes. En la lengua ind&iacute;gena hab&iacute;a toda una tipolog&iacute;a de castigos posibles como <i>inatl cecec</i> "agua fr&iacute;a", <i>in tzitzicaztli</i> "ortiga" pero en el cristianismo era gen&eacute;rico y vinculado a la muerte, a la eternidad y al infierno, lo que llev&oacute; tambi&eacute;n a tomar decisiones sobre la elecci&oacute;n de esta noci&oacute;n en la lengua ind&iacute;gena. As&iacute;, indica Montes de Oca, el t&eacute;rmino <i>mictlan</i> que hac&iacute;a referencia a un lugar desolado e inh&oacute;spito adonde iban los muertos que mor&iacute;an de muerte natural, pas&oacute; a ser el de un temido lugar de castigo y sufrimiento eternos adonde iban las almas que mor&iacute;an en el pecado.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El texto de esta autora ofrece, por a&ntilde;adidura, ejemplos del problema de la traducci&oacute;n en la impartici&oacute;n de los sacramentos y finaliza clasificando algunas de las estrategias con las que se introdujo de manera recurrente el empleo de pr&eacute;stamos l&eacute;xicos en la conversi&oacute;n religiosa. Las interpretaciones de Montes de Oca, en este art&iacute;culo, dan cuenta de la compleja y laboriosa tarea ling&uuml;&iacute;stica, sem&aacute;ntica y discursiva que signific&oacute; la evangelizaci&oacute;n en las lenguas maternas de los pueblos amerindios.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El art&iacute;culo de Ascensi&oacute;n Hern&aacute;ndez de Le&oacute;n&#45;Portilla, lleva por t&iacute;tulo: "Naturaleza y funci&oacute;n del nombre en el <i>Arte de la lengua mexicana y castellana</i> de fray Alonso de Molina". Esta autora, al ubicar la obra de Molina, subraya la herencia gramatical que nos leg&oacute; este ilustre franciscano para, a continuaci&oacute;n, concentrar su atenci&oacute;n en una de las secciones del <i>Arte:</i> la que se ocupa del <i>nombre.</i> Para entrar en materia y ubicar el lugar que ocupa esta clase gramatical en la estructura global de la gram&aacute;tica, nos familiariza con ella, llevando a cabo una esmerada descripci&oacute;n de los apartados que la componen. Se detiene igualmente a comentar las fuentes de inspiraci&oacute;n de Molina &#45;Donato y Nebrija&#45; se&ntilde;alando los cambios que este fraile llev&oacute; a cabo en el trazado de la gram&aacute;tica nebrisense, as&iacute; como los v&iacute;nculos que mantuvo con la obra de su hermano de orden, Andr&eacute;s de Olmos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La estrategia que sigue la autora en su disertaci&oacute;n consiste en aproximarse, tanto a la realidad sustancial del <i>nombre</i> es decir, <i>su naturaleza,</i> como a sus desplazamientos en la oraci&oacute;n es decir, <i>sus funciones.</i> En este recorrido recupera la perspectiva desinencial que adopt&oacute; Molina para ordenar su an&aacute;lisis, de acuerdo con los marcadores de su "estado absoluto" y su "estado relacionado", en el cual las terminaciones se hacen corresponder con su funci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En este art&iacute;culo se llama la atenci&oacute;n en el hecho de que Molina se dejaba llevar por las particularidades de la lengua que describ&iacute;a, aunque eso tuviera el costo de alejarse de la ortodoxia latina. Este fue un loable esfuerzo de parte del franciscano, quien a menudo tuvo que alejarse de la latinidad, que en el siglo XVI gobernaba el decurso de la gram&aacute;tica. El respeto por la lengua ind&iacute;gena que describe se hace evidente al tratar de la pluralizaci&oacute;n, los nombres adjetivos, los nombres infinitos y la part&iacute;cula del relativo. En lo que corresponde a la funci&oacute;n, esta autora no deja pasar el lugar prioritario que Molina acord&oacute; a la formaci&oacute;n de los nombres posesivos, no como una aglutinaci&oacute;n, sino como la formaci&oacute;n de una clase de palabra. En la descripci&oacute;n de los nombres verbales, el culto fraile tom&oacute; en cuenta, como bien destaca la autora, su procedencia, su derivaci&oacute;n y su significado, al tiempo que introduc&iacute;a su funcionamiento con los pronombres y daba cuenta de los cambios morfofon&eacute;micos que ten&iacute;an lugar en el proceso de nominalizaci&oacute;n del verbo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al dar raz&oacute;n de fen&oacute;menos comunes a la lengua n&aacute;huatl, como son las p&eacute;rdidas de fonemas y morfemas en el proceso de constituci&oacute;n de las palabras y oraciones, Hern&aacute;ndez de Le&oacute;n&#45;Portilla llama la atenci&oacute;n al uso que se hace en gram&aacute;ticas como la de Molina y la de Olmos del t&eacute;rmino <i>composici&oacute;n</i> en vez del de <i>sintaxis.</i> Ella se&ntilde;ala con mucho acierto que el primer concepto explica, de manera m&aacute;s n&iacute;tida, el proceso que re&uacute;ne o ayunta partes diferentes de la oraci&oacute;n, conduciendo a la formaci&oacute;n de nuevas palabras. Considera, por ende, "&#91;que&#93; la posesi&oacute;n &#91;es&#93; el primer paso de composici&oacute;n de la lengua, ya que el nombre rara vez aparece en estado absoluto y con frecuencia aparece pose&iacute;do".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otro punto importante del trabajo es el de reflejar las descripciones y ejemplos de Molina que se aparejan con los del <i>Arte</i> de Olmos, y, propone, que los acercamientos entre trabajos de esta envergadura muestran la presencia de "una tradici&oacute;n de an&aacute;lisis gramatical sustentada y continua." Por &uacute;ltimo, muestra la autora en sus consideraciones finales, que Molina pose&iacute;a tambi&eacute;n el conocimiento de la lengua hebrea, en cuya gram&aacute;tica es relevante la relaci&oacute;n de posesi&oacute;n que responde a una construcci&oacute;n distinta a la del griego y el lat&iacute;n, y que tal conocimiento posiblemente orient&oacute; a Molina al hacer la elecci&oacute;n de la posesi&oacute;n para explicar la funci&oacute;n del nombre. En suma, se&ntilde;ala que la erudici&oacute;n del franciscano en materia de lenguas, le permiti&oacute; reconocer que en n&aacute;huatl el nombre era el punto de partida para situar la naturaleza y la funci&oacute;n de las otras partes de la oraci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el art&iacute;culo "Los libros otom&iacute;es en el <i>Vocabulario triling&uuml;e castellano&#45;n&aacute;huatl&#45;otom&iacute;</i> de fray Alonso Urbano (ca. 1605)," Alonso Guerrero lleva a cabo una descripci&oacute;n de las formas que aparecen en este <i>Vocabulario,</i> con objeto de registrar la designaci&oacute;n referida al t&eacute;rmino "libro". Como otros vocabularios de las postrimer&iacute;as del XVI y la alborada del XVII, el de Urbano, tom&oacute; como modelo el <i>Vocabulario en lengua castellana y mexicana</i> de Molina. En este sentido Guerrero advierte sobre la casi inevitable presencia de pr&eacute;stamos o calcos nahuas en la obra de Urbano. Al recorrer en forma pormenorizada estas dos fuentes &#45;Urbano y Molina&#45; Guerrero hace notar que los t&eacute;rminos en lengua otom&iacute; que registra el primero de estos autores se encuentran siempre en consonancia con los del segundo para el n&aacute;huatl. Adem&aacute;s, apunta a la pertinencia de otras reflexiones sobre la escritura mesoamericana que se pueden derivar del <i>Vocabulario</i> de Urbano, apoyando adecuadamente su interpretaci&oacute;n en fuentes secundarias.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su art&iacute;culo podemos reconocer alrededor de treinta t&eacute;rminos que con sus variantes suman un total aproximado de 55 ejemplos. En ellos se rinde cuenta de una amplia fraseolog&iacute;a otom&iacute; en relaci&oacute;n con t&eacute;rmino "libro". La clasificaci&oacute;n de Guerrero se presenta en tres columnas: las entradas tomadas de Urbano con su glosa morfol&oacute;gica y su traducci&oacute;n al espa&ntilde;ol, en la primera; la traducci&oacute;n espa&ntilde;ola, en la segunda y la terminolog&iacute;a n&aacute;huatl de Molina, en la tercera. El art&iacute;culo aporta pocos ejemplos de t&eacute;rminos aislados como el que corresponde al vocablo "libro"; la mayor parte de los datos corresponde a sintagmas o a frases que versan sobre diversos aspectos referidos a la escritura. De esta suerte re&uacute;ne multitud de sintagmas que ya sea predican cualidades como "el lienzo te&ntilde;ido blanco", ya sea estados como "el lienzo escrito". Sus ejemplos tambi&eacute;n ofrecen se&ntilde;alamiento de los instrumentos "escribo con metal" y de los lugares de la escritura "la casa donde se vende libro". Al igual registra quehaceres como "machaco el lienzo" y oficios como "el vendedor de lienzo" as&iacute; como las referencias a los g&eacute;neros "libro de cuenta" y "libro de canci&oacute;n". Cuando va al encuentro de los t&eacute;rminos nahuas de Molina que Urbano tradujo al otom&iacute;, Guerrero destaca ejemplos de importante proyecci&oacute;n historiogr&aacute;fica. Uno de ellos es el del personaje nahua encargado de la escritura del discurso hist&oacute;rico relacionado con los <i>altep&eacute;tl,</i> centros ceremoniales y c&oacute;smicos de enorme trascendencia en la vida mesoamericana. El escritor de este discurso, el <i>altepetlacuilo</i> o <i>xiutlacuilo,</i> aparece en Molina dentro de la entrada "cronista o coronista" y Urbano lo registra en otom&iacute; como <i>ang&auml;yoqhueya</i> "el escritor del a&ntilde;o". En un momento de su texto, Guerrero da raz&oacute;n de la existencia de varios c&oacute;dices de tradici&oacute;n n&aacute;huatl que ofrecen informaci&oacute;n sobre grupos otom&iacute;es. A la fecha ha encontrado tres c&oacute;dices de escritura otom&iacute;: el <i>C&oacute;dice de Huichapan,</i> el <i>C&oacute;dice Mart&iacute;n del Toro</i> y el <i>Manuscrito Chamacuero</i> y otros dos, que contienen palabras de esta lengua: la <i>Rueda calend&aacute;rica de Meztitl&aacute;n</i> y el <i>C&oacute;dice de Jilotepec.</i> Adicionalmente al <i>Vocabulario</i> de Urbano, Guerrero destaca en el corolario de su art&iacute;culo, el valor hist&oacute;rico de estos c&oacute;dices coloniales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Rodrigo Mart&iacute;nez Baracs, en su texto "Las <i>Doctrinas christianas</i> en diferentes dialectos de la lengua mixteca del dominico fray Benito Fern&aacute;ndez" nos sit&uacute;a, de entrada, en la segunda mitad del siglo XVI, cuando este fraile dominico hizo el reconocimiento de tres variedades dialectales de la lengua mixteca, la que se hablaba en Tlaxiaco, la de Tepozcolula y la chuchona, d&aacute;ndose a la tarea de escribir sus correspondientes <i>Doctrinas.</i> Durante tres siglos no se tuvo noticia de estas obras hasta que en 1865, la prolija indagaci&oacute;n de tres connotados bibli&oacute;grafos las sac&oacute; a la luz; dos de ellas impresas, aunque ya algo deterioradas y la tercera, manuscrita. Los avatares de su hallazgo nos son dados a conocer en la cuidadosa investigaci&oacute;n historiogr&aacute;fica y a la vez, amena narrativa, de Mart&iacute;nez Baracs. Los personajes del relato, Francisco Pimentel, Joaqu&iacute;n Garc&iacute;a Icazbalceta y el bibli&oacute;grafo franco&#45;americano Henry Harrisse, protagonizan un episodio que pone al descubierto la calidad acad&eacute;mica, la impronta &eacute;tica y la colaboraci&oacute;n puntual y desinteresada entre los bibli&oacute;grafos decimon&oacute;nicos, para quienes no era aceptable rese&ntilde;ar un <i>non licuit,</i> as&iacute; como tampoco recusar su existencia.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fue la consulta de la <i>Biblioth&egrave;que Am&eacute;ricaine</i> de Ternaux, que mencionaba varias <i>Doctrinas mixtecas,</i> la que dio inicio al periplo que se narra en este art&iacute;culo. La referencia de Ternaux despert&oacute; el inter&eacute;s de Harrise quien se hab&iacute;a propuesto describir y dar informaci&oacute;n sobre los libros americanos del siglo XVI en su obra, <i>Bibliotheca Americana Vetustissima.</i> Su criterio de trabajo, se dice en el art&iacute;culo, consist&iacute;a en "privilegiar la inclusi&oacute;n de libros realmente existentes, efectivamente vistos y examinados por &eacute;l mismo o por un colaborador perfectamente confiable, o en su defecto, aludidos por documentos seguros y convincentes." La inclusi&oacute;n de las <i>Doctrinas</i> del dominico Fern&aacute;ndez en la <i>Vetustissima</i> deb&iacute;a responder a estos criterios por lo que, narra Mart&iacute;nez Baracs, Harrise inici&oacute; un exhaustivo rastreo en reputadas bibliotecas de la Uni&oacute;n Americana y llev&oacute; a cabo intercambios con sinf&iacute;n de conocedores pero sin obtener resultados satisfactorios.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fue en 1855 cuando busc&oacute; el contacto epistolar con Joaqu&iacute;n Garc&iacute;a Icazbalceta al leer su art&iacute;culo "Tipograf&iacute;a mexicana" y constatar que el bibli&oacute;grafo mexicano segu&iacute;a su mismo riguroso m&eacute;todo cient&iacute;fico. Harrisse le solicit&oacute; la verificaci&oacute;n de los datos que sobre las <i>Doctrinas mixtecas</i> le hab&iacute;an sido aportados. Aqu&iacute; entr&oacute; en juego el papel de don Joaqu&iacute;n con sus amplios conocimientos bibliogr&aacute;ficos a los cuales contribuy&oacute; tambi&eacute;n, generosamente, Francisco Pimentel desde la Sociedad Mexicana de Geograf&iacute;a y Estad&iacute;stica (SMGE). Nos indica Mart&iacute;nez Baracs, que el primero de estos cultos decimon&oacute;nicos respondi&oacute; a Harrisse con una extensa disertaci&oacute;n en la que se&ntilde;alaba los pormenores que rodeaban el deambular de dichos textos y la falta de menci&oacute;n, por parte de los especialistas, de los ejemplares mixtecos de 1550 y de 1567. Finalizaba el escrito inform&aacute;ndole de la reciente recepci&oacute;n, en los archivos de la SMGE, de los ejemplares de dos <i>Doctrinas mixtecas</i> del fraile Fern&aacute;ndez, una de 1567, que ning&uacute;n bibli&oacute;grafo hab&iacute;a antes mencionado, escrita e impresa en el dialecto de Tlaxiaco y Chietla, y otra de 1568, en el dialecto de Tepozcolula, tambi&eacute;n impresa aunque ambas muy maltratadas y con hojas faltantes.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Este &uacute;ltimo dato, contin&uacute;a narrando Mart&iacute;nez Baracs, le hab&iacute;a sido informado a Garc&iacute;a Icazbalceta por el fil&oacute;logo Pimentel, quien en el seno de la SMGE hab&iacute;a profundizado en el estudio comparativo de los dialectos del idioma mixteco y posteriormente incluy&oacute; tales <i>Doctrinas</i> en su <i>Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas ind&iacute;genas de M&eacute;xico.</i> En el art&iacute;culo se precisa que en la edici&oacute;n 1874&#45;1875 de esta obra, Pimentel consider&oacute; los dialectos de Tepozcolula y de Tlaxiaco como dos de los once dialectos del mixteco y, el chuch&oacute;n, como una de las lenguas que formaban parte de la familia mixtecozapoteca. Igualmente recuerda que el chuch&oacute;n ha sido objeto de distintas valoraciones en su relaci&oacute;n con el mixteco y tambi&eacute;n ha sido relacionado con el popoloca, el mazateco y el ixcateco. En cuanto a Icazbalceta, Mart&iacute;nez Baracs relata que la disertaci&oacute;n que envi&oacute; a Harrisse, fue la base del texto que incluy&oacute; en su conocida <i>Bibliograf&iacute;a mexicana del siglo XVI.</i> A la postre, concluye esta narrativa historiogr&aacute;fica, Harrisse, omitiendo la distinci&oacute;n dialectal, incluy&oacute; las dos <i>Doctrinas mixtecas</i> como una misma obra en su "Lista de obras impresas en Am&eacute;rica entre los a&ntilde;os 1540 y1600 de las que hemos tenido noticia personal el se&ntilde;or Garc&iacute;a Icazbalceta y nosotros."</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Am&eacute;n de ofrecer datos valiosos sobre otros textos del siglo XVI en lengua mixteca, Mart&iacute;nez Baracs da t&eacute;rmino a su art&iacute;culo, subrayando el hecho de que las <i>Doctrinas</i> de fray Benito Fern&aacute;ndez, hasta ahora poco estudiadas, son el primer ejemplo conocido de escritura alfab&eacute;tica de la lengua mixteca y las primeras en registrar variedades dialectales de esta lengua.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el estudio titulado "Valores sil&aacute;bicos en la escritura ind&iacute;gena de la <i>Matr&iacute;cula de Huexotzinco",</i> Carmen Herrera emprende valientemente la tarea de indagar sobre caracter&iacute;sticas particulares de los signos en el c&oacute;dice de dicha <i>Matr&iacute;cula.</i> La autora explica, en la primera parte de su texto, la importancia de este orden de documentos desde varias perspectivas. En primer lugar, se detiene a comentar el papel que jugaron dichos documentos para dar cuenta de la situaci&oacute;n pol&iacute;tica, social y econ&oacute;mica del territorio del que tom&oacute; posesi&oacute;n la Corona espa&ntilde;ola y del que las autoridades virreinales deb&iacute;an rendir cuenta. En segundo lugar, llama la atenci&oacute;n acerca de los conflictos que tuvo que encarar la instituci&oacute;n del sistema tributario espa&ntilde;ol y, por &uacute;ltimo, indica los cambios que signific&oacute; dicho sistema en las canonj&iacute;as del orden social ind&iacute;gena. Citando a Margarita Menegus, Herrera nos recuerda que "la implantaci&oacute;n de esta pol&iacute;tica tributaria modific&oacute; en forma irreversible el orden ind&iacute;gena: gran cantidad de se&ntilde;ores principales pasaron a engrosar las filas de los tributarios, perdiendo as&iacute; sus privilegios...". La citada <i>Matr&iacute;cula</i> consta de una serie de cuadernillos elaborados en diferentes localidades por distintos tlahcuilos y, de acuerdo con ellos, se dedujo que en la provincia tributaria hab&iacute;a 11, 318 personas que deb&iacute;an dar tributo: macehuales, terrazgueros y se&ntilde;ores principales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una vez que sit&uacute;a la <i>Matr&iacute;cula de Huexotzinco</i> en su contexto sociohist&oacute;rico, Herrera se interesa primordialmente en lo que su codificaci&oacute;n aporta como fuente de conocimiento de la escritura ind&iacute;gena. Presenta la propuesta de Aubin quien, a finales del siglo XIX, distingui&oacute; entre la <i>pintura did&aacute;ctica</i> que transmite conocimientos con im&aacute;genes convencionales o imitativas y la <i>escritura figurativa</i> que emplea estos m&eacute;todos gr&aacute;ficos para expresar el lenguaje. Aubin concluy&oacute; que la escritura de los antiguos nahuas era logo&#45;sil&aacute;bica, y, con algunos matices, &eacute;sta es la postura recuperada en la actualidad por Alfonso Lacadena. Esta afirmaci&oacute;n es la que el trabajo de Herrera busca precisar al estudiar un c&oacute;dice que ninguno de los autores se&ntilde;alados consider&oacute;.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En este sistem&aacute;tico ejercicio anal&iacute;tico, Herrera muestra que s&oacute;lo una veintena de elementos gr&aacute;ficos transcriben fonogr&aacute;ficamente un n&uacute;mero semejante de s&iacute;labas del n&aacute;huatl. Esto la conduce a postular que la tradici&oacute;n de los tlahcuilos de Huejotzingo otorg&oacute; preferencia a la escritura logogr&aacute;fica, directa o indirecta, por encima de la escritura sil&aacute;bica. Como en su funci&oacute;n de logogramas, nos dice la autora, los elementos transcriben ra&iacute;ces, pueden ser s&iacute;labas de cualquier tipo, pero no son fonogramas; &eacute;stos pueden marcarse cuando los elementos transcriben un valor f&oacute;nico o cuando fungen como determinativos. No obstante, concluye, en la medida en que el uso logogr&aacute;fico predomina, el valor sil&aacute;bico no es del todo predecible.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Herrera se plantea una interesante pregunta sobre la conveniencia de la distinci&oacute;n entre fonograf&iacute;a y logograf&iacute;a ya que en su b&uacute;squeda de los usos sil&aacute;bicos la divisi&oacute;n result&oacute; ser poco pertinente. A la luz de esta experiencia, sustentada con numerosos ejemplos meticulosamente descritos, Herrera cita la reflexi&oacute;n de Harris en el sentido de considerar el logograma como un "metasigno" que representa indirectamente la palabra y, en la misma t&oacute;nica, su sonido. En consecuencia, concluye la autora, la postulaci&oacute;n de un silabario resulta en la utilizaci&oacute;n de un patr&oacute;n que se impone a los datos, no como un m&eacute;todo para entender c&oacute;mo reinterpret&oacute; la oralidad este sistema de escritura.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Una colaboraci&oacute;n de inter&eacute;s para la historiograf&iacute;a ling&uuml;&iacute;stica es la recuperaci&oacute;n de las ense&ntilde;anzas gramaticales en la Nueva Espa&ntilde;a. Esta es la intenci&oacute;n de Lucero Pacheco &Aacute;vila en su texto "La ense&ntilde;anza de la gram&aacute;tica en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco y en los colegios jesuitas durante el siglo XVI novohispano." Con el recurso a una cuidada selecci&oacute;n de fuentes secundarias, en este art&iacute;culo se ofrece un breve pero sustancial repaso de c&oacute;mo el conocimiento del lat&iacute;n, que Nierderehe rese&ntilde;a profusamente al inicio de este mismo libro, se organiz&oacute; y se divulg&oacute; en la Nueva Espa&ntilde;a.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En 1533, apunta Pacheco &Aacute;vila, Carlos V recibi&oacute; una recomendaci&oacute;n de parte de Ram&iacute;rez de Fuenleal para que los franciscanos tomaran a su cargo la instrucci&oacute;n gramatical de los ind&iacute;genas. Estos frailes aceptaron con benepl&aacute;cito la orden real ya que consideraron que dicha ense&ntilde;anza pod&iacute;a coadyuvar a consolidar la cristianizaci&oacute;n conduciendo a la formaci&oacute;n de un sacerdocio ind&iacute;gena. Con este objetivo en mente, el proyecto para la difusi&oacute;n de la gram&aacute;tica latina, se situ&oacute; en el contexto del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco al lado de la teolog&iacute;a, la filosof&iacute;a y otras artes liberales. Sin embargo, apunta esta autora, no tardaron en surgir de la orden de los dominicos, en particular, los opositores a un conocimiento y a una formaci&oacute;n que colocar&iacute;a a la poblaci&oacute;n amerindia en condiciones de igualdad con los colonizadores y debilitar&iacute;a con ello el poder del que gozaban al amparo de la Corona espa&ntilde;ola.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La llegada de la orden jesuita en 1572 dio renovado lugar a la transmisi&oacute;n de la gram&aacute;tica latina. Pacheco apunta que los colegios jesuitas como el de San Pedro y San Pablo abrieron sus puertas a los j&oacute;venes ind&iacute;genas con la intenci&oacute;n de hacerlos capaces de interpretar y analizar los principios de la doctrina cristiana. Las fuentes consultadas condujeron sus indagaciones a los internados jesuitas como el de San Mart&iacute;n de Tepotzotl&aacute;n, donde se ense&ntilde;&oacute; lat&iacute;n a los m&aacute;s aptos y, adicionalmente, se les ofrecieron las v&iacute;as del saber teol&oacute;gico y filos&oacute;fico para encaminarlos a la vida eclesi&aacute;stica. A pesar de que entre los propios miembros de la orden hubo quienes, al un&iacute;sono con un amplio grupo de la sociedad novohispana, rechazaban la incursi&oacute;n ind&iacute;gena a la vida sacerdotal, Pacheco nos recuerda que estos religiosos lograron ordenar a uno de los primeros sacerdotes de sangre mexicana, Antonio del Rinc&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Este art&iacute;culo, adem&aacute;s de introducirnos en los primeros intentos por integrar a los colonizados a un campo de conocimientos que desbordaba ampliamente la instrucci&oacute;n puramente catequ&iacute;stica de las escuelas parroquiales, lleva a cabo un esmerado repaso de las materias que se llegaron a impartir en los colegios que dirigieron franciscanos y jesuitas. Los programas que recopil&oacute; esta autora hacen ver que los frailes de ambas &oacute;rdenes integraron tambi&eacute;n el conocimiento de la lengua n&aacute;huatl en sus ense&ntilde;anzas. Pacheco ofrece, por a&ntilde;adidura, una larga lista de los autores cuyas obras eran utilizadas no solo para la transmisi&oacute;n del lat&iacute;n sino para el estudio de la l&oacute;gica, la filosof&iacute;a, la teolog&iacute;a, la ret&oacute;rica y la m&uacute;sica. Finalmente su texto muestra c&oacute;mo se conceb&iacute;a y defin&iacute;a la gram&aacute;tica en el marco del pensamiento humanista que fue transmitido a los futuros sacerdotes novohispanos e ind&iacute;genas en el siglo XVI.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El art&iacute;culo de B&aacute;rbara Cifuentes, Guadalupe Landa y Luc&iacute;a Gonz&aacute;lez, "Un acercamiento a los estudios decimon&oacute;nicos sobre la onom&aacute;stica geogr&aacute;fica de M&eacute;xico" se enfoca a la designaci&oacute;n, denominaci&oacute;n y reconocimiento de "los lugares" introduci&eacute;ndonos al campo de la toponimia. El se&ntilde;alamiento f&iacute;sico y ling&uuml;&iacute;stico al que concurre la denominaci&oacute;n de los espacios geogr&aacute;ficos permite que, cuando &eacute;stos sufren cambios en el paisaje terrenal, cultural o pol&iacute;tico, su nombre permanezca y, con &eacute;l, se pueda lograr su reconstrucci&oacute;n hist&oacute;rica. Esta propiedad justifica con creces el trabajo llevado a cabo por dichas autoras. En las p&aacute;ginas que nos ofrecen se hace evidente la atenci&oacute;n que, en esa centuria, se acord&oacute; a los estudios de la toponimia en un buen n&uacute;mero de instituciones cient&iacute;ficas y de la administraci&oacute;n p&uacute;blica. Cifuentes, Landa y Gonz&aacute;lez llevan a cabo una pormenorizada narrativa del azaroso ir y venir de la investigaci&oacute;n lexicogr&aacute;fica, referida a los lugares que constitu&iacute;an la materialidad geogr&aacute;fica, cultural y ling&uuml;&iacute;stica de la naci&oacute;n mexicana en el siglo XIX.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En este art&iacute;culo, adem&aacute;s, se llama la atenci&oacute;n al valor que ten&iacute;an los nombres geogr&aacute;ficos para que gobernantes y acad&eacute;micos pudieran reconocer la compleja configuraci&oacute;n de nuestro territorio. El hecho de que, para ese siglo, no hubiese un acuerdo normativo sobre los nombres de lugares, hac&iacute;a imperiosos los estudios para lograrlo. No era f&aacute;cil contribuir a la formaci&oacute;n de un esp&iacute;ritu nacional si el pa&iacute;s se denominaba M&eacute;xico para Faustino Chimalpopoca, pero Meixco para Jos&eacute; Mar&iacute;a Cabrera y cuya escritura era para unos con "j" y para otros con "x".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fueron varias las instituciones que, en diversos momentos del siglo XIX, tomaron la responsabilidad de formalizar los nombres de la geograf&iacute;a del pa&iacute;s. Entre las dependencias del gobierno, las autoras se refieren al Ministerio de Relaciones Interiores y Exteriores, del que hac&iacute;a parte el Instituto Nacional de Geograf&iacute;a y Estad&iacute;stica, al Ministerio de Guerra y Marina que, con la finalidad de recopilar nomenclaturas geogr&aacute;ficas, fund&oacute; la Comisi&oacute;n de Estad&iacute;stica Militar y, finalmente, al Ministerio de Fomento, que cre&oacute; la Direcci&oacute;n General de Estad&iacute;stica. Entre las corporaciones cient&iacute;ficas ofrece una extensa relaci&oacute;n de la Sociedad Mexicana de Geograf&iacute;a y Estad&iacute;stica (SMGE), que fue creada a mitad del siglo y mantuvo una estrecha relaci&oacute;n con las instituciones del gobierno, en particular con la Direcci&oacute;n General de Estad&iacute;stica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las tres autoras llevan a cabo una descripci&oacute;n detallada de los proyectos que se desarrollaron en las Comisiones creadas al interior de estos espacios institucionalizados para el estudio de las nomenclaturas geogr&aacute;ficas y, en la misma t&oacute;nica, recuperan la labor que, sobre la materia, llev&oacute; a cabo la SMGE. El resultado de las escrupulosas indagaciones de Cifuentes, Landa y Gonz&aacute;lez, conduce a destacar los esfuerzos llevados a cabo por los eruditos a cargo de dichos proyectos as&iacute; como tambi&eacute;n las dificultades que enfrentaban los especialistas de la SMGE sobre c&oacute;mo decidir la pauta para describir e interpretar los nombres ind&iacute;genas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre los numerosos trabajos mencionados y depurados cr&iacute;ticamente en este art&iacute;culo, no pueden dejar de mencionarse dos: <i>El Diccionario universal de historia y geograf&iacute;a,</i> (1853&#45;1856) y <i>De los nombres y lugares aztecas,</i> 1860. El primero fue concebido por Lucas Alam&aacute;n pero llevado a la pr&aacute;ctica por Manuel Orozco y Berra. En &eacute;l se integraron art&iacute;culos relativos a la toponimia en lenguas ind&iacute;genas con su traducci&oacute;n al espa&ntilde;ol. El segundo fue una traducci&oacute;n, realizada en el seno de la SMGE, de la investigaci&oacute;n del fil&oacute;logo alem&aacute;n Juan Carlos Buschmann, <i>Die Aztekischen Ortsnamen</i> (1852). En ella se confirmaban, con base en el estudio de los top&oacute;nimos de la lengua n&aacute;huatl, los postulados de Alejandro von Humboldt sobre la proveniencia, desde el norte, de las tribus nahuatlacas y su expansi&oacute;n hasta Nicaragua.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En las p&aacute;ginas de su escrito, las autoras colocan el acento en los programas lexicogr&aacute;ficos de las &uacute;ltimas tres d&eacute;cadas del XIX, que consideran como cruciales para la organizaci&oacute;n y conservaci&oacute;n de los top&oacute;nimos ind&iacute;genas. A su juicio, la SMGE marc&oacute; el derrotero, otorgando especial atenci&oacute;n al mantenimiento de la toponimia amerindia e insistiendo en que las modificaciones innecesarias de la misma, conduc&iacute;an a la confusi&oacute;n en la interpretaci&oacute;n de documentos, escrituras y t&iacute;tulos de propiedad, entre otros textos de importancia. Cifuentes, Landa y Gonz&aacute;lez nos dan cuenta de que ya en las postrimer&iacute;as del siglo, concurrentemente con el compromiso del Ministerio de Fomento de organizar el primer Censo Nacional del pa&iacute;s, se llevaron a cabo dos ambiciosos programas lexicogr&aacute;ficos a la cabeza de los cuales estuvo Antonio Pe&ntilde;afiel: el proyecto de <i>Nombres geogr&aacute;ficos de M&eacute;xico,</i> en el que se corrigieron y normalizaron 460 top&oacute;nimos de la lengua n&aacute;huatl y la <i>Nomenclatura geogr&aacute;fica de</i> <i>M&eacute;xico,</i> en la que se integr&oacute; un atlas de glifos de dicha lengua y un registro exhaustivo y normativizado de la toponimia ind&iacute;gena mexicana. En opini&oacute;n de las autoras la obra de Pe&ntilde;afiel, cierra un ciclo de la investigaci&oacute;n lexicogr&aacute;fica y "representa un hito en la planificaci&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica de nuestro pa&iacute;s".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"Entre Cl&iacute;o y Babel: La experiencia historiogr&aacute;fica y ling&uuml;&iacute;stica de Jos&eacute; Fernando Ram&iacute;rez", es el nombre que lleva el &uacute;ltimo art&iacute;culo de esta serie, cuyo autor es Jos&eacute; Ulises Vel&aacute;zquez Gil. El personaje que habita en las p&aacute;ginas de su texto fungi&oacute; como abogado, periodista y pol&iacute;tico, tres actividades distintivas de los eruditos del siglo XIX. La carta de presentaci&oacute;n historiogr&aacute;fica de este erudito es su estudio de tres c&oacute;dices: el <i>Boturini,</i> que Jos&eacute; Fernando Ram&iacute;rez sac&oacute; a la luz por primera vez; y el <i>Telleriano</i> y <i>Vaticano,</i> que compar&oacute;, para encontrar las diferencias entre ambos. De acuerdo con Vel&aacute;zquez Gil, las aportaciones m&aacute;s importantes de este ilustre estudioso dieron inicio en 1847 cuando, luego de una estancia en el Archivo General de la Naci&oacute;n, prepar&oacute; una serie de trabajos sobre las lenguas habladas en el norte de M&eacute;xico en su texto <i>California y lenguas que hablan en Sinaloa, Sonora y California.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En su revisi&oacute;n de manuscritos jesuitas, contin&uacute;a se&ntilde;alando Vel&aacute;zquez Gil, encontr&oacute; una lista an&oacute;nima del a&ntilde;o 1730 que ofrec&iacute;a nombres de lenguas habladas en ese siglo, en la regi&oacute;n noroeste de la Nueva Espa&ntilde;a como la pima, &oacute;pata, yuma, seri, eudeve, hegue, toba y yaqui. En esa colecci&oacute;n, Vel&aacute;zquez Gil hace notar que en una gram&aacute;tica del &oacute;pata, cuyo autor aparece como el padre Lombardo, se considera a esta lengua como sin&oacute;nimo del teg&uuml;ima. Otra minucia que extrae Vel&aacute;zquez Gil de la indagaci&oacute;n jesu&iacute;tica que llev&oacute; a cabo su personaje, da cuenta de los idiomas que, en el siglo XVIII se hablaban en Sinaloa, Nuevo M&eacute;xico, Sonora y Durango: el guamoa, el aguachacha y el guamaque, entre otros.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Vel&aacute;zquez Gil entrega igualmente, en su texto, una exhaustiva informaci&oacute;n sobre las numerosas obras que coment&oacute; el erudito Jos&eacute; Fernando Ram&iacute;rez. Entre ellas se&ntilde;ala: el <i>Arte zapoteco,</i> de fray Juan Francisco Torralba de 1800, la <i>Luz y gu&iacute;a para leer escrebir pronunciar y saber la lengua othomy,</i> de Juan S&aacute;nchez de la Barquera de 1751 y dos <i>Bocabularios</i> an&oacute;nimos, uno en la lengua de Michoac&aacute;n y otro biling&uuml;e en lengua castellana y zapoteca. Vel&aacute;zquez Gil apoya su estudio sobre la obra de Ram&iacute;rez en comentarios de diversas fuentes secundarias, que reiteran la importancia del trabajo que realiz&oacute; este estudioso. Su texto es un cuidadoso apunte biogr&aacute;fico de un intelectual t&iacute;pico del siglo XIX, que se interes&oacute; por rescatar y comentar estudios poco conocidos sobre las lenguas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En suma, los art&iacute;culos que aqu&iacute; arriba han sido rese&ntilde;ados van precedidos de una breve pero bien planteada "Presentaci&oacute;n" que se debe a Luis Fernando Lara y de una "Introducci&oacute;n", elaborada por el coordinador Julio Alfonso P&eacute;rez Luna, quien con gran diligencia prologa todos los textos que componen la obra. La amplia y fina revisi&oacute;n de fuentes originales y los estudios llevados a cabo, hacen del libro <i>Lenguas en el M&eacute;xico novohispano y decimon&oacute;nico,</i> una invaluable aportaci&oacute;n a la historiograf&iacute;a ling&uuml;&iacute;stica de M&eacute;xico.</font></p>      ]]></body>
</article>
