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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as bibliogr&aacute;ficas</font></p>      <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Eduardo Matos Moctezuma, <i>Arqueolog&iacute;a del M&eacute;xico antiguo</i></b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>por Manuel G&aacute;ndara</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, Jaca Book/Instituto Nacional de Antropolog&iacute;a e Historia, 2010, 384 p, ils.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Arqueolog&iacute;a del M&eacute;xico antiguo,</i> de Eduardo Matos, se trata de un trabajo que condensa, de manera amena y amable, toda una tradici&oacute;n de estudios sobre la historia de la arqueolog&iacute;a mexicana, tradici&oacute;n de la que Matos ha sido a la vez promotor y protagonista. Es un trabajo de divulgaci&oacute;n, cuyo rigor y profundidad lo hacen de igual inter&eacute;s para el gran p&uacute;blico que para el especialista y que &#151;predigo sin riesgo a equivocarme&#151; ser&aacute; de tambi&eacute;n de gran utilidad en la formaci&oacute;n de nuevos arque&oacute;logos.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La obra se organiza en nueve cap&iacute;tulos y una breve "Reflexi&oacute;n final", siguiendo en general un eje de exposici&oacute;n cronol&oacute;gico, aunque con un ingenioso recurso del autor: incluir en el primer cap&iacute;tulo, dedicado a las visiones ind&iacute;gena y colonial de los or&iacute;genes mexicanos, la visi&oacute;n de la prehistoria, subdisciplina que siempre ha tenido un desarrollo propio, casi aut&oacute;nomo, en nuestro pa&iacute;s. As&iacute;, en este primer cap&iacute;tulo nos enteramos de las creencias mitol&oacute;gicas prehisp&aacute;nicas y de la forma en que los pueblos mesoamericanos concibieron y utilizaron el pasado &#151;recuperando incluso objetos antiguos como v&iacute;nculos de legitimaci&oacute;n&#151;. Esta visi&oacute;n se compara con la colonial, dominada inicialmente por una interpretaci&oacute;n b&iacute;blica que va cediendo paso a una manera ilustrada de ver el problema de los or&iacute;genes; y, finalmente, la visi&oacute;n de la propia prehistoria, cuyo recuento sigue el autor pr&aacute;cticamente hasta nuestros d&iacute;as, lamentando por cierto el cierre del Departamento de Prehistoria que, a sus ojos, en su &uacute;ltima etapa no ten&iacute;a ya la enjundia ni la calidad acad&eacute;mica que tuvo antes. Este recurso de unir las tres visiones sobre los or&iacute;genes funciona bien: permite que en los cap&iacute;tulos sucesivos la exposici&oacute;n cronol&oacute;gica fluya de manera ininterrumpida, ya sin tener que ocuparse de los detalles de la investigaci&oacute;n prehist&oacute;rica; &eacute;sta, no por ser menos importante, ha sido menos numerosa y ha jugado un papel pol&iacute;tico relativamente menor al de la arqueolog&iacute;a de periodos m&aacute;s tard&iacute;os.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El cap&iacute;tulo segundo aborda la labor de los cronistas espa&ntilde;oles, que Matos subdivide en solados, frailes, ind&iacute;genas y civiles; el tercero, "la vuelta a la mexicanidad" que se diera entre 1670 y 1750; el cuarto, la ilustraci&oacute;n "o el retorno de los dioses" (1750&#45;1821); el quinto, los inicios del M&eacute;xico independiente (1821&#45;1877); el sexto, el Porfiriato (1877&#45;1911); el s&eacute;ptimo, el periodo revolucionario (1911&#45;1925); el octavo, la institucionalizaci&oacute;n de la antropolog&iacute;a (1925&#45;1950); y, finalmente, el noveno, el periodo actual (1950 a la fecha).</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La obra est&aacute; destinada no solamente a los colegas arque&oacute;logos, sino, fundamentalmente, al gran p&uacute;blico. Por ello, se descarga el texto de referencias bibliogr&aacute;ficas, que se reportan puntualmente mediante notas al final del libro. Ello facilita sin duda la lectura del lego, aunque con sacrificio del especialista, considerando el tama&ntilde;o, volumen y peso del libro: acudir constantemente al final de la obra resulta un buen tonificador muscular. Pero el sacrificio se justifica, porque la idea es hacer accesible a un p&uacute;blico amplio el trayecto que ha tenido nuestra disciplina en M&eacute;xico. Por la misma raz&oacute;n, el autor explica conceptos, periodos o t&eacute;cnicas que, aunque familiares para el especialista, es necesario clarificar para los no especializados. Es decir, se trata, fundamentalmente, de un trabajo de divulgaci&oacute;n y, a saber, un <i>muy</i> buen trabajo de divulgaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La magistral pluma de Matos hace que pasajes que pudieran acabar siendo tediosos resulten incluso emocionante o divertidos. El autor salpica el texto con an&eacute;cdotas y datos curiosos, sin detrimento del rigor acad&eacute;mico, que a&ntilde;aden a cada paso un toque de sabor y color, premian la lectura e invitan al lector a seguir adelante. Ello es doblemente meritorio, dada la extensi&oacute;n de la obra (384 p&aacute;ginas). An&eacute;cdotas como la de las rimas al traslado de la Piedra del Sol en el siglo XIX (p. 194&#45;5), o el de la remoci&oacute;n del Chac Mol (p. 171), muestran un lado que no siempre se explora de nuestra disciplina. Y el humor de Matos brilla en muchos puntos, como cuando menciona que fray Servando Teresa de Mier tuvo nombre de calle (p. 117). Menci&oacute;n aparte merecen las ilustraciones, seleccionadas con especial cuidado por el autor con apoyo de Lourdes Cu&eacute;, a quien el autor agradece en la dedicatoria del libro. Varias de ellas se muestran por primera vez, o al menos en &aacute;ngulos o recuadres novedosos, y nunca interrumpen o desv&iacute;an la atenci&oacute;n del texto.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No comentar&eacute; mucho sobre los cap&iacute;tulos sobre la colonia y el siglo XIX, salvo para describirlos como deliciosos: constituyen una lectura &aacute;gil, pero sin menoscabo de identificar los ejes sobre los que ocurri&oacute; el desarrollo de la arqueolog&iacute;a en nuestro pa&iacute;s; por ejemplo, el que desde finales de la Colonia hubo intentos de inventariar el patrimonio y en el M&eacute;xico independiente se inicia una tradici&oacute;n para preservarlo, apuntalada en una legislaci&oacute;n que lo convierte en bien de inter&eacute;s nacional &#151;y que, en opini&oacute;n de Matos, que compartimos, hoy hay que defender&#151;. Punto especial es el del debate que el Matos ha venido sosteniendo con otro querido maestro, colega y amigo, Carlos Navarrete (p. 115), sobre el origen de la arqueolog&iacute;a en M&eacute;xico. Este &uacute;ltimo lo relaciona a trabajos en Palenque, mientras que Matos ha venido sosteniendo que los trabajos de Vasco y Gama de 1790 sobre el calendario azteca y la Coatlicue son mucho m&aacute;s cercanos al desplante de una disciplina acad&eacute;mica. Todo indica que esta pol&eacute;mica quiz&aacute; ahora llega a su fin, con los datos y argumentos que aporta Matos (p. 115&#45;116). Asunto aparte es el momento en que la arqueolog&iacute;a se profesionaliza y cuando podemos hablar por primera vez de una disciplina cient&iacute;fica con su correspondiente comunidad acad&eacute;mica y algo similar a una primera posici&oacute;n te&oacute;rica &#151;cosa que en otros pa&iacute;ses no ocurri&oacute; sino hasta el &uacute;ltimo tercio del siglo XIX. En el nuestro quiz&aacute; pueda asociarse a la creaci&oacute;n de la Escuela Internacional de Arqueolog&iacute;a y Etnolog&iacute;a, en 1910, sobre cuya operaci&oacute;n Matos tambi&eacute;n recupera muchos datos &uacute;tiles. Las instituciones antecedentes, notablemente el Museo Nacional y la Inspecci&oacute;n de Monumentos, as&iacute; como los principales &oacute;rganos de publicaci&oacute;n, tambi&eacute;n se analizan en detalle.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Comentar&eacute; m&aacute;s sobre los &uacute;ltimos cap&iacute;tulos. El autor apunta (p. 307) que la intenci&oacute;n original de la obra era dedicar un segundo tomo a los desarrollos del siglo XX. Como bien se&ntilde;ala, desde entonces hubo una profusi&oacute;n de proyectos, instituciones y figuras, lo que hace imposible ya no solamente un recuento detallado, sino incluso un cat&aacute;logo completo de las principales investigaciones. No obstante, se reportan los eventos y las tendencias centrales, quedando muy pocas omisiones de nota. La brevedad del tratamiento en estos &uacute;ltimos cap&iacute;tulos &#151;as&iacute; como lo reciente de los hechos narrados&#151; dificulta, como es normal, una aproximaci&oacute;n m&aacute;s detallada o la posibilidad de retomar algunas de las pol&eacute;micas centrales que, por otro lado, quiz&aacute; no sean de tanto inter&eacute;s para el p&uacute;blico lego. Pero de todas maneras me llam&oacute; mucho la atenci&oacute;n la forma en que Matos elige organizar el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo y la manera en que lo titula ("Nuevas t&eacute;cnicas, nuevos datos, 1950 en adelante"), dado que, aunque le da un peso importante al tratamiento de los avances t&eacute;cnicos y los nuevos hallazgos, no deja de lado los avances te&oacute;ricos, avances de los que &eacute;l mismo ha sido protagonista en m&aacute;s de un momento.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De hecho, es probable que algunos quieran debatirle a Matos la manera en que organiza lo que llama las "principales corrientes arqueol&oacute;gicas" de esta &uacute;ltima etapa, que &eacute;l denomina de "reconstrucci&oacute;n monumental", "tecnicista" y "marxista" (p. 318). Parecer&iacute;a no haber un criterio homog&eacute;neo en esta clasificaci&oacute;n, quiz&aacute; porque, como toda clasificaci&oacute;n, involucra elementos arbitrarios. Pero en su narrativa, esta l&oacute;gica de exposici&oacute;n funciona, sobre todo porque, como &eacute;l apunta, la mayor&iacute;a de los colegas se ha mantenido prudentemente lejos de comprometerse de lleno con alguna de las posiciones te&oacute;ricas que surgieron durante este periodo. Predomina, en mi opini&oacute;n, un eclecticismo cauteloso construido sobre una base de historia cultural o particularismo hist&oacute;rico, aunque Matos prefiere no utilizar "etiquetas", dado que no cree mucho en ellas (p. 216). Por ello quiz&aacute; resulte pr&aacute;ctico ubicar en un mismo bando (tecnicista) a autores que otros separar&iacute;an por estar m&aacute;s afiliados a una posici&oacute;n ambientalista que a una procesual, o a otra de un neoevolucionismo de influencia marxista que uno de corte ecol&oacute;gico cultural. El tratamiento, como se ve, no toma la filiaci&oacute;n te&oacute;rica como eje de la narrativa, cosa que, de nuevo, puede entenderse en funci&oacute;n del car&aacute;cter de divulgaci&oacute;n de la obra.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otro asunto que seguramente resultar&aacute; pol&eacute;mico es la afirmaci&oacute;n que hace (p. 321) en el sentido de que, a pesar de sus pretensiones, la arqueolog&iacute;a marxista ha contribuido menos que las otras dos a nuestro conocimiento de Mesoam&eacute;rica. La brevedad del tratamiento seguramente le impidi&oacute; dar cuenta de algunas posibles explicaciones de por qu&eacute; esto pudiera ser as&iacute;, por lo que queda al lector comparar la longevidad de cada una de estas tendencias: la "reconstructora", con casi cien a&ntilde;os; la "t&eacute;cnica", que se inicia en los cincuenta, y el propio marxismo que, fuera de algunos intentos precursores, solamente empieza a tomar forma a mediados de la d&eacute;cada de los setenta. O bien, el que, muy temprano en este desarrollo, se vetara u obstaculizara que uno de los l&iacute;deres de esta posici&oacute;n hiciera trabajo de campo en M&eacute;xico o que los proyectos de esta corriente tuvieran presupuestos proporcionalmente muy menores a los que disfrutaron, por ejemplo, los mega proyectos de los noventa, o que simplemente se cerraron dichos proyectos con argumentos administrativos. De hecho, luego de haber sido la corriente predominante en la Escuela Nacional de Antropolog&iacute;a e Historia durante dos d&eacute;cadas, momentos en donde era casi obligatorio ser marxista, vemos hoy d&iacute;a el avance de posturas abiertamente hostiles al marxismo y a sus seguidores, que han alcanzado niveles inaceptables, m&aacute;s cercanos a la <i>vendetta</i> personal que a la argumentaci&oacute;n acad&eacute;mica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En fin... y ya que menciono a la Escuela Nacional de Antropolog&iacute;a e Historia, debo decir que Matos, siendo no solamente exalumno y profesor de la misma, sino exdirector, hace un tratamiento de nuestra historia que, aunque corto, es una estupenda y justificada reivindicaci&oacute;n de algunos de los logros y aportes de nuestra instituci&oacute;n. Esta actitud se reconoce y agradece, y contrasta con las de otros colegas que, en momentos cr&iacute;ticos para la supervivencia de nuestra escuela, declaraban p&uacute;blicamente que la ENAH deb&iacute;a cerrarse dado su supuesto "pobre nivel acad&eacute;mico".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como se ver&aacute; por estos &uacute;ltimos comentarios, necesariamente breves, se hace notorio que la obra de Matos no es solamente una recopilaci&oacute;n de nombres de pr&oacute;ceres, autores y obras, proyectos y hallazgos; es decir, una historia de datos y fechas al mejor estilo positivista, como quiz&aacute; pudiera pensarse de la de su antecesor inmediato y con quien gentilmente polemiza Matos, Bernal <i>(Historia de la arqueolog&iacute;a en M&eacute;xico,</i> Porr&uacute;a, 1979), obra abiertamente antite&oacute;rica (v&eacute;ase Bernal 1979:10&#45;13): por el contrario, aunque su intenci&oacute;n es servir como instrumento de divulgaci&oacute;n, a cada paso y en particular en las sucintas pero sustanciosas p&aacute;ginas con las que cierra cada cap&iacute;tulo, el autor nos ofrece provocadoras reflexiones y agudas cr&iacute;ticas. De hecho, hay que aplaudir su valor cuando denuncia, en casos como el de Ixcateopan (p. 305), la manipulaci&oacute;n pol&iacute;tica a la que ha estado sujeta nuestra disciplina desde pr&aacute;cticamente sus inicios (y Matos pudo vivir en carne propia); o bien la ineficaz actuaci&oacute;n del INAH para defender las lomas de Santa Mar&iacute;a en Morelia, sobre cuya destrucci&oacute;n nuestro autor oportunamente alert&oacute; (p. 186).</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se trata, sin duda, de una obra que resultar&aacute; &uacute;til tanto a legos como a expertos; ser&aacute; herramienta de aprendizaje de los aspirantes a arque&oacute;logos; e impresionante corpus para estudio de los historiadores de la arqueolog&iacute;a y, en general, la ciencia social en M&eacute;xico. Cuando preparaba estas breves notas, pens&eacute; en iniciar con algo as&iacute; como "Esta es, sin duda, la culminaci&oacute;n del trabajo de Eduardo Matos como historiador de la arqueolog&iacute;a mexicana". Y es que, en efecto, este libro condensa y re&uacute;ne el conocimiento que Eduardo ha logrado a lo largo de a&ntilde;os de investigaci&oacute;n sobre el pasado de nuestra disciplina. Decid&iacute; finalmente no hacerlo, porque el t&eacute;rmino "culminaci&oacute;n" connota el cierre, el final de algo. Por eso, conociendo la erudici&oacute;n, la dedicaci&oacute;n y, sobre todo, el entusiasmo y la energ&iacute;a de Matos, dudo que esta obra sea la &uacute;ltima que el autor nos regale sobre este tema, en el que, indudablemente, sigue siendo el l&iacute;der.</font></p>      ]]></body>
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