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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Bibliograf&iacute;a</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Cruz Barney, &Oacute;scar, <i>Historia del derecho en M&eacute;xico</i></b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Rafael Estrada Michel*</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b><i>2a.</i> ed., M&eacute;xico, Oxford University Press, 2004, 1049 pp.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>* Catedr&aacute;tico del Departamento de Derecho de la Universidad Iberoamericana.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Historia del derecho en M&eacute;xico</i> es un libro que viene a llenar una laguna que entre nosotros hab&iacute;a devenido en desesperantemente perpetua, En efecto, no abundan los manuales de historia jur&iacute;dica en el An&aacute;huac, y la explicaci&oacute;n de fen&oacute;meno semejante no resulta de sencilla formulaci&oacute;n, Podr&iacute;a alegarse que el jurista&#45;historiador recela del texto para cursos acad&eacute;micos porque sabe que constituye s&oacute;lo un g&eacute;nero (y no el m&aacute;s &uacute;til para efectos de la pr&aacute;ctica y del desarrollo cient&iacute;fico) entre los muchos que abarca la literatura jur&iacute;dica, Pero ello dejar&iacute;a sin justificaci&oacute;n obras que, como el <i>Manual de historia del derecho espa&ntilde;ol</i> de Tom&aacute;s y Valiente, o la <i>Tierra y poder</i> de Brunner, son producto del privilegiado accionar de mentes envidiablemente versadas en los vericuetos de la historia del derecho, La verdad es que hab&iacute;a faltado voluntad para realizar una s&iacute;ntesis que, siguiendo un hilo conductor, se ocupe en explicar lo que hist&oacute;ricamente ha venido siendo el derecho en nuestras tierras, Es motivo de celebraci&oacute;n que esta explicaci&oacute;n se halle ahora al alcance de los estudiantes que en poco tiempo han de convertirse en operadores de la justicia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">As&iacute; pues, aunque &Oacute;scar Cruz se reconoce inserto en una tradici&oacute;n que ya ha ocupado varios lustros de la vida acad&eacute;mica del pa&iacute;s, lo cierto es que su obra posee un notable aroma a innovaci&oacute;n, No s&oacute;lo por su naturaleza de manual (un <i>manual</i> que cada edici&oacute;n torna m&aacute;s dif&iacute;cil de <i>manipular,</i> dicho sea esto en un sentido tanto literal como metaf&oacute;rico), sino por la rara cualidad que posee y que le permite integrar los temas tradicionales de la historiograf&iacute;a jur&iacute;dica en el m&aacute;s amplio espectro de la teor&iacute;a y la pr&aacute;ctica del derecho actual, como prueban sobradamente las p&aacute;ginas dedicadas al an&aacute;lisis de las modernas teor&iacute;as de un Hart o un Gagarin en relaci&oacute;n con el antiguo cuestionamiento en torno a la juridicidad de las civilizaciones precolombinas, El lector, en suma, queda habilitado para, con instrumentos de gran actualidad, hacerse cargo de la investigaci&oacute;n <i>de frontera</i> que ha surgido en torno a los ya a&ntilde;ejos temas de la historia del derecho en M&eacute;xico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Historia del derecho <i>en</i> M&eacute;xico y no historia del derecho mexicano, pues el profesor Cruz sabe que, en principio, no hace historia de un orden jur&iacute;dico abstra&iacute;do de la realidad geopol&iacute;tica que le toc&oacute; en suerte experimentar. Es el desenvolvimiento de la idea jur&iacute;dica occidental en tierras mesoamericanas lo que le ocupa. Por ello es que el autor que nos convoca dedica numerosas p&aacute;ginas a esos dos &oacute;rdenes jur&iacute;dicos diferenciados que posibilitaron nuestra dolorosa inserci&oacute;n en Occidente: el derecho castellano y el derecho indiano. Son dignas de especial agradecimiento, por parte de los catedr&aacute;ticos, las p&aacute;ginas que el autor dedica a las pol&eacute;micas del quinientos en particular, a mi modo de ver, las que contienen la ordenaci&oacute;n de las nada f&aacute;ciles <i>Relecciones</i> salmantinas, en las que el inmenso Vitoria se ocup&oacute; de los t&iacute;tulos para la conquista de las Indias. Se trata del momento luminoso en el que por primera y &uacute;nica vez en la historia, un imperio cuestiona la legitimidad de sus ocupaciones (&iexcl;qu&eacute; lejos estamos de los <i>halcones</i> de la se&ntilde;ora Rice!), y el autor lo solventa con una erudici&oacute;n y una sencillez merecedoras de elogio. Con todo, me gustar&iacute;a que &Oacute;scar Cruz se atreviese a contestarnos si ya es posible hablar de un derecho mexicano, peculiar y adaptable al reino, como quer&iacute;a Agust&iacute;n de Iturbide. Y si es as&iacute;, propongo para sucesivas ediciones el OMNI comprensivo t&iacute;tulo de <i>Historia del derecho en M&eacute;xico e historia del derecho mexicano.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La pr&aacute;ctica jacobina &#151;tan com&uacute;n como este barroco An&aacute;huac con &iacute;nfulas de barrio de St. Antoine&#151; consiste en hacer <i>tabula rasa</i> de todo pret&eacute;rito que pueda decirnos algo distinto a lo que sostiene el indigno coro de gargantas oficiales, y que entre nosotros se ha traducido en la perniciosa pr&aacute;ctica de olvidarnos de nuestro pasado &#151;que es el del Cid <i>(campeador,</i> como recuerda Ortega, significa litigante) y el del primero de nuestros jueces, don Vasco, el de Moctezuma, el escribano Cort&eacute;s y todos los implicados en el (insisto) doloroso parto que signific&oacute; ese momento sin par para la historia del orbe que se llam&oacute; ca&iacute;da de Tenochtitlan, el de Luis de Velasco y Fernando de Alva Ixtlilx&oacute;chitl, el de los cantos a nahuas de Juana Ram&iacute;rez, el de la <i>pol&iacute;tica</i> de Sol&oacute;rzano y la <i>Historia antigua</i> de Clavijero&#151;, la jacobina pr&aacute;ctica, dec&iacute;a, es desechada de inmediato con sapiencia, rigor y sistema por un profesor universitario que sabe que lo que requiere la formaci&oacute;n de los profesionales mexicanos es un severo proceso de de sintoxicaci&oacute;n, una terapia de relativizaci&oacute;n para la cual, como quer&iacute;a Valiente, la historia del derecho deviene en insuperable herramienta.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">No por ello se olvida del pasado ind&iacute;gena, como hacen tantos cultores de un hispanismo retardatario e igualmente reduccionista. Y no lo hace porque olvidarse de &eacute;l es tanto como cortar por mitad a la sociedad y al derecho novohispanos. Como ya hemos apuntado, de la mano de Gagarin y de Hart, Cruz Barney <i>reconoce</i> (y la palabra no resulta inocua cuando la relacionamos con el pensamiento haitiano) la historicidad jur&iacute;dica de los pueblos pre&#45;novohispanos. Realiza, pues, un esfuerzo que se inscribe con pleno derecho en el pomposo mundo de la historia de las culturas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo propio puede decirse de su an&aacute;lisis de los grandes olvidados en estas malagradecidas tierras, los juristas castellanos que por espacio de tres centurias contribuyeron desde allende la mar oc&eacute;ana a configurar el orden jur&iacute;dico neoespa&ntilde;ol, un orden en muchos aspectos envidiable para los mexicanos hodiernos. Me entusiasma la conexi&oacute;n que el de la pluma establece con la historia general del derecho cuando cataloga a los diversos juristas como cultores del <i>Mos italicus</i> tard&iacute;o, cultores del <i>Mos gallicus</i> y cultivadores del humanismo jur&iacute;dico racionalista. La clasificaci&oacute;n permite insertar nuestro devenir jurisprudencial en el m&aacute;s ancho, mucho m&aacute;s ancho, panorama del Occidente jur&iacute;dico. No debemos cejar en el empe&ntilde;o de que para nuestros alumnos los nombres de Antonio de Nebrija, Alfonso de Castro, Francisco Mart&iacute;nez Marina, Gaspar Melchor de Jovellanos y Jer&oacute;nimo Castillo de Bovadilla, autor de una fundamental y recientemente estudiada <i>Pol&iacute;tica para corregidores y se&ntilde;ores de vasallos,</i> resulten tan familiares o m&aacute;s que los de un Hans Kelsen, un Oliver Wendell Holmes o un Federico de Savigny. En ello nos va la esperanza de reconocer la especificidad de nuestro derecho, si es que, &iacute;nsito en el cuestionamiento, posee alguna.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Decididos a adentrarnos en el ambivalente espacio del M&eacute;xico independiente, hemos de se&ntilde;alar la gran ventaja que la obra de Cruz guarda sobre los t&iacute;picos manuales de historia del derecho indiano, pues al hacerse cargo de temas decimon&oacute;nicos y posrevolucionarios permite contemplar desde privilegiada atalaya lo que el profesor Clavero ha llamado la "desolaci&oacute;n de la quimera en M&eacute;xico". La pregunta se torna inevitable: &iquest;a qui&eacute;n culpamos de nuestro fracaso? si la historia se tratara, como pretenden algunos, de hallar culpables, incluso en los genes. Nuestra rep&uacute;blica liberal, &iquest;constituye una ruptura o una continuaci&oacute;n con el estatalismo novohispano? El cuestionamiento, a pesar de los incomparables esfuerzos de O'Gorman, est&aacute; a&uacute;n en el aire y a buen seguro que nos tendr&aacute; ocupados durante los pr&oacute;ximos decenios.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es precisamente el diecinueve, el siglo que proporciona el mayor c&uacute;mulo de novedades a la edici&oacute;n que hoy se presenta. Derivado de su inter&eacute;s por la codificaci&oacute;n decimon&oacute;nica &#151;ese fen&oacute;meno expropiatorio que tan a fuerza de calzador irrumpi&oacute; en el M&eacute;xico postnovohispano&#151;, inter&eacute;s que no hace mucho tiempo cristaliz&oacute; en su importante libro acerca de la historia de los c&oacute;digos en la rep&uacute;blica, el autor ofrece una enriquecida explicaci&oacute;n del fen&oacute;meno en las &aacute;reas civil, penal y mercantil, muy en la l&iacute;nea de un Fioravanti que ha denunciado las hist&eacute;ricas relaciones que existen entre el suceso codificador y su mellizo&#45;adversario, el constitucional. El abogado postulante, m&aacute;s all&aacute; del acad&eacute;mico, nos ofrece por su parte una interesante referencia al arbitraje al que fue proclive el An&aacute;huac del ochocientos, comenzando por aquel numeral 280 de la Constituci&oacute;n de C&aacute;diz que prescrib&iacute;a que "no se podr&aacute; privar a ning&uacute;n espa&ntilde;ol de terminar sus diferencias por medio de jueces &aacute;rbitros, elegidos por ambas partes". Sin salir del siglo decimonoveno, en esta inmejorable sede me gustar&iacute;a destacar otra de las importantes novedades del texto consistente en la explicaci&oacute;n del imprescindible papel que en nuestra vida nacional ha desempe&ntilde;ado el Poder Judicial, desde aquel t&iacute;tulo V de &#151;otra vez&#151; la Constituci&oacute;n de 1812 que constituy&oacute;, como ha venido sosteniendo desde hace alg&uacute;n tiempo, el germen de lo que habr&iacute;a de ser nuestro peculiar federalismo judiciario.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">No se olvida Cruz Barney del derecho que llama "emanado de la Revoluci&oacute;n Mexicana". Ese derecho para el cual, como sosten&iacute;a el general P&eacute;rez Trevi&ntilde;o en la Convenci&oacute;n del Partido Nacional Revolucionario de 1928, val&iacute;an m&aacute;s las conquistas revolucionarias que los derechos individuales. En efecto, afirmaba el ilustre militar que la tradici&oacute;n constitucional de reelecci&oacute;n legislativa ten&iacute;a que "dar pausa en el derecho y las libertades del individuo" para dar sitio "a los derechos de las multitudes que hoy se acogen a los principios revolucionarios". En fin. Dec&iacute;amos que la decisi&oacute;n del profesor Cruz, a la par de valiente, es cient&iacute;ficamente irreprochable. Y es que &#151;perm&iacute;taseme que d&eacute; preliminar respuesta a la pregunta que formul&eacute; l&iacute;neas arriba&#151; si un derecho puede llamarse genuinamente mexicano, ese es el derecho agrario y laboral, sin cuyo entendimiento resulta imposible comprender no s&oacute;lo al M&eacute;xico del siglo XX, sino al M&eacute;xico todo, esa perturbadora mezcla de precoz estatalismo y de pueril y defensivo sentimiento nacional que hace abstracci&oacute;n, sin mayor cargo de conciencia, de los derechos fundamentales de la persona humana.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Vayamos ahora a las consideraciones generales que nos permitan redondear la faena. Me permitir&eacute; acudir a la an&eacute;cdota personal para exhibir que el libro de &Oacute;scar Cruz posee tambi&eacute;n significaciones trasatl&aacute;nticas. Nadie en Espa&ntilde;a sabe que fuimos (o que somos) una Nueva Espa&ntilde;a. Una especie de mala conciencia (as&iacute; lo explicaba mi maestro, don Benjam&iacute;n Gonz&aacute;lez Alonso) provoca que el peninsular no quiera saber nada de la p&eacute;rdida de un continente y que en cambio se regodee masoquistamente con la tragedia finisecular que implic&oacute; la privaci&oacute;n de un par de islas caribe&ntilde;as. El propio don Benjam&iacute;n me ped&iacute;a le recomendase cuatro libros que pudieran hablarle de la independencia de la Am&eacute;rica septentrional. De inmediato nombr&eacute; a cuatro apellidos cl&aacute;sicos: Alam&aacute;n, Mora, Bustamante, Zavala. &iquest;Y en cu&aacute;nto a historia del derecho?, me revir&oacute;. No me arrepentir&eacute; nunca de haberle sugerido de inmediato, y en primer termino, la obra cuya segunda edici&oacute;n nos tiene reunidos aqu&iacute;. La feliz sugerencia provoc&oacute; un gran inter&eacute;s por la cuesti&oacute;n mexicana (que evidentemente trasciende lo jur&iacute;dico) entre lo m&aacute;s que solventes miembros del Departamento de Historia del Derecho de aquella cuasimilenaria y feliz universidad de la Espa&ntilde;a veterocastellana.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En cuanto a las implicaciones para el aqu&iacute; y el ahora, creo oportuno anunciar que acaso estemos presenciando la consolidaci&oacute;n de una generaci&oacute;n en el sentido orteguiano del t&eacute;rmino, una prole que ha bebido de los maestros del &uacute;ltimo novecientos y que ha producido ya frutos granados como son este libro, la labor destacad&iacute;sima que en el &aacute;mbito pedag&oacute;gico&#45;judiciario se halla desempe&ntilde;ando Salvador C&aacute;rdenas y, en otros &aacute;mbitos, la hist&oacute;rica y magn&iacute;fica puesta en escena del <i>Anillo</i> wagneriano por alguien que es, ante todo (cuando menos en lo jur&iacute;dico), un profesor de historia del derecho: Sergio Vela. Una generaci&oacute;n, pues, decidida a "edificar con la raz&oacute;n, la tolerancia y la experiencia hist&oacute;rica" (la frase, hasta aqu&iacute;, pertenece a Valiente) un M&eacute;xico que alcance, por fin, las alturas que marca su pasado y que exige su futuro.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&Oacute;scar Cruz Barneyes, a la par que miembro de la generaci&oacute;n de iushistoriadores a la que me referido, hijo de la labor universitaria ignaciana. Fue, en efecto, la Universidad Iberoamericana el sitio en el que recibi&oacute;, de manos del maestro Mayagoitia, las lecciones que transformar&iacute;an su vida. Nuestro Departamento de Derecho ha sabido dar siempre su sitio a la realidad hist&oacute;rica, sin la cual todo acercamiento a la teor&iacute;a y a la pr&aacute;ctica de la justicia de viene en autocomplaciente y frustrada tentativa. Por las aulas de la iushistoria en la "Ibero", desfilan cotidianamente nombres ilustres como los de Jos&eacute; Echeagaray y Alejandro de Antu&ntilde;ano, relevantes autores como Marco Antonio P&eacute;rez de los Reyes y Carlos Fuentes L&oacute;pez, entusiastas y bien calibradas voces j&oacute;venes, como las de Mar&iacute;a Jos&eacute; Rueda, Venustiano Reyes y Mar&iacute;a Jos&eacute; Pi&ntilde;er&uacute;a. Todos bajo la &eacute;gida minervaniana incomparable de los que se han ido (don Edmundo O'Gorman, el padre Villoro, don Manuel Borja y ese espl&eacute;ndido historiador del derecho que, entre tantas otras cosas, supo ser Fernando V&aacute;zquez Pando) y de los que nos alegran el coloquio diario, como el romanista hacia quien todo elogio es insuficiente, Jos&eacute; de Jes&uacute;s Ledesma, el constitucionalista que nos conmueve con las bell&iacute;simas p&aacute;ginas que dedica en su <i>Programa</i> a la tragedia del cuarenta y siete, Ra&uacute;l Gonz&aacute;lez Schmal y, por supuesto, el excepcional var&oacute;n que &Oacute;scar tiene como padre y que ha sabido tambi&eacute;n historiar el derecho mercantil internacional: don Rodolfo Cruz Miramontes. Pues bien, a este claustro de excepci&oacute;n, que reivindica sin titubear el sitio que le corresponde al lado de las escuelas de historia jur&iacute;dica surgidas en otras universidades del pa&iacute;s, pertenece por gran fortuna el profesor Cruz.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un acad&eacute;mico que es, al alim&oacute;n, patriota y personaje inc&oacute;modo para los poderes (el nacional y el supranacional, lo cual explica su exitoso desarrollo como abogado en causas de libre comercio). Y esta continua comunicaci&oacute;n entre el aula y el panel resulta de particular importancia en el desarrollo de una obra que parte de la base, y cito al autor, de que "por su m&eacute;todo la Historia del Derecho es Historia, mientras que por su contenido es Derecho".<sup><a href="#nota">1</a></sup> Estamos ante un autor que no se conforma con ser historiador del derecho, sino que busca ser jurista&#45;historiador, sin caer en los excesos de quienes pretenden que existe algo as&iacute; como una historia que constituye, una historia constituyente. Sabe que no escribe para un p&uacute;blico necesariamente especializado, por lo que se preocupa en dotar al estudiante de un recorrido apasionante por las gracias y desgracias de la historia patria, sin caer en manique&iacute;smos al uso, como aqu&eacute;l de los "quinientos a&ntilde;os de explotaci&oacute;n", pero sin renunciar a la denuncia de atrocidades e imperdonables ineficacias, como las propias del sombr&iacute;o 1847.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Realizaba mi maestro hace algunos a&ntilde;os &#151;y, &iquest;qui&eacute;n iba a dec&iacute;rnoslo?, hace ya varios papados y varios imperios&#151; algunas consideraciones en los grossianos <i>Cuadernos florentinos</i> acerca de la historia del derecho, con el pretexto (nunca mejor dicho) de la primera edici&oacute;n del <i>Manual</i> de quien fuera su valiente gu&iacute;a el profesor Tom&aacute;s y Valiente.<sup><a href="#nota">2</a></sup> Sorprende la actualidad de los conceptos vertidos por Gonz&aacute;lez Alonso cuando se repara en que fueron escritos antes de la ca&iacute;da del Muro de Berl&iacute;n y del desmoronamiento de las Torres Gemelas. Me convenzo de que el diagn&oacute;stico que desde hace d&eacute;cadas ha realizado la historia jur&iacute;dica, en lo que respecta a la naturaleza de este Leviat&aacute;n de tres cabezas en el que vivimos, ha sido certero. El libro de &Oacute;scar Cruz ha venido a honrar el diagn&oacute;stico en tierras que, como las <i>tenochcas,</i> han sufrido desde muy temprano los embates del normativista absolutismo jur&iacute;dico. Aspiro a que mis palabras hayan fungido como algo parecido a las que en su momento escribiera don Benjam&iacute;n en cede renacentista. Sin su donaire y sin su castellano impecable, pero con el cari&ntilde;o de quien sabe reconocer al maestro en sus mocedades. Hay que recordar que para cuando escribi&oacute; su <i>Manual,</i> Francisco Tom&aacute;s y Valiente a&uacute;n no hab&iacute;a presidido el Tribunal Constitucional espa&ntilde;ol ni se hab&iacute;a enfrentado a la anti&#45;hist&oacute;rica intolerancia etarra. Y ya era el profesor Valiente. &iquest;Qu&eacute; habremos de saber en los a&ntilde;os venideros acerca del profesor Cruz Barney? La historia no constituye ni juridiza ni profetiza, pero yo me atrevo a creer que ser&aacute; algo muy bueno, en especial para esta patria vendedora de ch&iacute;a y tan urgida de buenas noticias. En &Oacute;scar Cruz tiene un buen hijo que, como don Alonso Quijano, cantor de las delicias del Toboso, sabe qui&eacute;n es.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> Cruz Barney, O., <i>Historia del derecho en M&eacute;xico,</i> 2a. ed., M&eacute;xico, Oxford University Press, 2004, p. XXVII.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1625879&pid=S0041-8633200600020001000001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> Gonz&aacute;lez Alonso, B., "Algunas consideraciones sobre la historia del derecho", <i>Quaderni Fiorentini,</i> 10, 1981.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1625881&pid=S0041-8633200600020001000002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body><back>
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