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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Bibliograf&iacute;a</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Andrade S&aacute;nchez, Eduardo,&nbsp;<i>El desafuero en el sistema constitucional mexicano</i></b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Miguel Carbonell*</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, UNAM, Instituto de Investigaciones Jur&iacute;dicas, 2004, X&#45;212 pp.</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>* Investigador del Instituto de Investigaciones Jur&iacute;dicas de la UNAM.</i></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Jos&eacute; Ortega y Gasset dec&iacute;a en un texto de junio de 1915 que el valor de las palabras con sentido pol&iacute;tico resid&iacute;a no solamente en lo que expresaban sino tambi&eacute;n en el momento en que eran pronunciadas.<sup><a href="#notas">1</a></sup> Esta reflexi&oacute;n de Ortega es completamente aplicable al libro de Eduardo Andrade que se rese&ntilde;a, ya que &#151;para bien o para mal&#151; el tema del desafuero ha sido y sigue siendo un tema de actualidad, de modo que las p&aacute;ginas que lo conforman tendr&aacute;n que ser le&iacute;das tomando en cuenta los retos que nos impone el tiempo tan extra&ntilde;o que estamos viviendo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La dimensi&oacute;n temporal del libro de Andrade se expresa adem&aacute;s en dos datos ineludibles: el primero es que el autor fue un destacado miembro (quiz&aacute; el m&aacute;s destacado) de la Secci&oacute;n Instructora de la C&aacute;mara de Diputados durante la LVIII Legislatura del Congreso de la Uni&oacute;n (2000&#45;2003), y en esta virtud tuvo bajo su conocimiento los procedimientos iniciados contra varios legisladores por las conductas il&iacute;citas que se produjeron en la campa&ntilde;a electoral de 2000; el segundo dato temporal que incide en el libro de Andrade es que fue publicado cuando el entorno pol&iacute;tico mexicano llevaba algunos meses discutiendo sobre la declaraci&oacute;n de procedencia de un ex&#45;diputado de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal y del jefe de gobierno de la ciudad de M&eacute;xico; es inevitable, pero a la vez muy provechoso, que en este contexto la obra de Andrade haya servido y siga sirviendo como referente te&oacute;rico indispensable para encaminar adecuadamente los pasos que deber&aacute; dar en el futuro la C&aacute;mara de Diputados en este tipo de temas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Con todo, el mensaje principal del libro va m&aacute;s all&aacute; de una determinada coyuntura. Lo que nos transmiten sus p&aacute;ginas es que el r&eacute;gimen de responsabilidades de los servidores p&uacute;blicos, tal como se conforma </font><font face="verdana" size="2">actualmente, es un verdadero galimat&iacute;as y est&aacute; plagado de contradicciones, omisiones e inconsistencias. No lo dice Andrade en su texto, pero no es dif&iacute;cil concluir a partir de su exposici&oacute;n que las deficiencias existentes son las que han permitido la impunidad que durante d&eacute;cadas ha caracterizado la actuaci&oacute;n de algunos funcionarios p&uacute;blicos mexicanos, y que, por desgracia, sigue siendo la regla de todos los d&iacute;as, si atendemos a los acontecimientos de los &uacute;ltimos a&ntilde;os. Todav&iacute;a se puede suscribir la aguda observaci&oacute;n de Gabriel Zaid cuando apunta:</font></p>  	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En M&eacute;xico, las autoridades pueden actuar como asaltantes, y con la mayor impunidad, precisamente por ser autoridades. Pueden robar, humillar, someter y seguir en su cargo. Ni todas, ni siempre, lo hacen, lo cual le da eficacia al abuso: es selectivo, queda al arbitrio de la autoridad. No vivimos en el r&eacute;gimen carcelario de Castro, ni en la dictadura de Pinochet, sino en un r&eacute;gimen de derecho sujeto a excepciones selectivas. No vivimos en un Estado de excepci&oacute;n, pero tampoco en un Estado de derecho sin excepci&oacute;n. En esto, pero no en aquello; aqu&iacute;, pero no all&aacute;; con &eacute;ste, pero no con aqu&eacute;l; esta vez, pero no todas; rige la arbitrariedad, disfrazada de cumplimiento de la ley.<sup><a href="#notas">2</a></sup></font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La definici&oacute;n no podr&iacute;a ser m&aacute;s precisa: un contexto en el que la aplicaci&oacute;n de la ley es selectiva y la exigencia de responsabilidad discrecional es un contexto que genera impunidad.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La mejor forma de garantizar esa impunidad, sin abandonar por ello la bandera ret&oacute;rica de la lucha contra la corrupci&oacute;n, es crear un r&eacute;gimen de responsabilidades que formalmente sea presentable ante la opini&oacute;n p&uacute;blica nacional e internacional, pero que en el fondo tiene por objetivo asegurar que a ning&uacute;n funcionario p&uacute;blico se le pueda sancionar por sus conductas il&iacute;citas, a menos que se trate de un funcionario sin apoyo de sus superiores o que existan "intereses pol&iacute;ticos" para llamarlo a cuentas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y esta es justamente otra dimensi&oacute;n importante que nos viene a demostrar el libro de Andrade. Da la impresi&oacute;n de que el sistema de responsabilidades, en su conjunto, est&aacute; dise&ntilde;ado para figurar como una espada de Damocles, que lo mismo puede proteger &#151; por sus lagunas, por su falta de rigor, por las autoridades que se&ntilde;ala como competentes, etc&eacute;tera&#151; a los amigos, que castigar a los enemigos. El t&iacute;tulo cuarto de la Constituci&oacute;n parece un traje lleno de hoyos, por donde se puede colar casi todo, si se quiere.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es desde esta perspectiva que puede entenderse la extra&ntilde;a disposici&oacute;n seg&uacute;n la cual el presidente de la rep&uacute;blica solamente puede ser juzgado por traici&oacute;n a la patria y por delitos graves del orden com&uacute;n. Si la intenci&oacute;n de quienes redactaron el art&iacute;culo 108 constitucional fue limitar la posibilidad de emprender un juicio pol&iacute;tico contra el presidente, tal supuesto est&aacute; totalmente superado en la actualidad, pues el art&iacute;culo 20 de la misma Constituci&oacute;n transmite al legislador ordinario la facultad de determinar qu&eacute; delitos son graves; contando con esa autorizaci&oacute;n, los legisladores tanto federales como locales han entrado en los &uacute;ltimos a&ntilde;os en una espiral de criminalizaci&oacute;n y endurecimiento de las penalidades verdaderamente absurdo &#151; bajo el falaz argumento de que as&iacute; se combate la delincuencia&#151; que ha tenido entre sus consecuencias que la lista de delitos graves del orden com&uacute;n sea muy extensa. &iquest;Qu&eacute; pasar&iacute;a si un presidente que tuviera que gobernar sin mayor&iacute;a en ninguna de las c&aacute;maras del congreso y con exiguos apoyos de su propio partido se enfrentara a un proceso de juicio pol&iacute;tico por alg&uacute;n "delito grave del orden com&uacute;n"?</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">El fondo del tema de la responsabilidad del presidente de la rep&uacute;blica y de la insuficiente soluci&oacute;n que presenta el art&iacute;culo 108 constitucional son identificados claramente por Andrade cuando sostiene que al presidente "no se le puede privar del desempe&ntilde;o de su funci&oacute;n por consideraciones de car&aacute;cter pol&iacute;tico, por desv&iacute;os en su conducta p&uacute;blica o privada, por mala administraci&oacute;n, por ineptitud, ni siquiera por demencia o p&eacute;rdida de sus facultades mentales"; en estos casos el autor propone acudir a lo que dispone el art&iacute;culo 85 constitucional para declarar la ausencia temporal en el cargo y de esa forma permitir la sustituci&oacute;n por un presidente interino.<sup><a href="#notas">3</a></sup> Con independencia de que estemos o no de acuerdo con el punto de vista de Andrade, la pregunta que nos tenemos que hacer es si queremos ese tipo de imprevisi&oacute;n constitucional y este r&eacute;gimen tan d&eacute;bil de responsabilidad presidencial, que puede desembocar en una crisis de enormes dimensiones en un caso extremo.<sup><a href="#notas">4</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otra cuesti&oacute;n notable del r&eacute;gimen jur&iacute;dico del t&iacute;tulo cuarto de la Constituci&oacute;n, que no le deja de sorprender a Andrade, es que el juicio pol&iacute;tico parece estar completamente abierto a la discrecionalidad (o incluso a la arbitrariedad) de los legisladores por la vaguedad con que el texto de la carta magna enumera las causas para su celebraci&oacute;n. Recordemos que el art&iacute;culo 110 constitucional establece que el juicio pol&iacute;tico ser&aacute; procedente cuando alg&uacute;n servidor p&uacute;blico de los que tienen fuero realice "actos u omisiones que redunden en perjuicio de los intereses p&uacute;blicos o de su buen despacho".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Andrade deduce de este precepto y del art&iacute;culo 7 de la Ley Federal de Responsabilidades de los Servidores P&uacute;blicos que lo desarrolla, que la ilicitud de la conducta del funcionario no es un requisito para que se le pueda hacer juicio pol&iacute;tico. Tiene toda la raz&oacute;n. Considera Andrade que "la ilicitud deber&iacute;a ser un requisito&nbsp;<i>sine qua non</i>&nbsp;para iniciar un juicio pol&iacute;tico", porque de otro modo estar&iacute;amos ante un rasgo parlamentario "de enorme magnitud" dentro de nuestro sistema presidencial de gobierno. Tambi&eacute;n en esto tiene raz&oacute;n, aunque har&aacute; falta valorar si se trata de algo positivo o negativo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En todo caso, es una m&aacute;s de las muchas cuestiones no resueltas en la definici&oacute;n del tipo de sistema pol&iacute;tico que establece la Constituci&oacute;n. Si incluimos en el texto constitucional alguna forma de juicio pol&iacute;tico, no podemos exigir que exista ilicitud para su procedencia, porque precisamente el juicio pol&iacute;tico da lugar a la responsabilidad pol&iacute;tica y no a otro tipo de responsabilidad que se presentar&iacute;a en caso de que el funcionario hubiera realizado alguna conducta il&iacute;cita, ya fuera de car&aacute;cter penal, civil o administrativa. Esto es lo que explica que las sanciones en el caso del juicio pol&iacute;tico sean solamente la destituci&oacute;n y la inhabilitaci&oacute;n. Por el contrario, la comisi&oacute;n de una conducta il&iacute;cita da lugar a distintos tipos de sanciones, que en &uacute;ltima instancia no son impuestas por el Poder Legislativo sino por los jueces o por la administraci&oacute;n p&uacute;blica a trav&eacute;s de los &oacute;rganos encargados de las tareas de contralor&iacute;a.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La experiencia de Andrade durante la LVIII Legislatura le hace emprender en su obra un consistente alegato para demostrar el car&aacute;cter jurisdiccional de los actos que realiza la C&aacute;mara de Diputados en el proceso de la declaraci&oacute;n de procedencia. Nuestro autor rechaza que en ese proceso todos los actos sean de naturaleza administrativa y en consecuencia no est&eacute;n sujetos a las mismas formalidades y requisitos que se exigen para los actos de "privaci&oacute;n" de derechos, mencionados en el p&aacute;rrafo segundo del art&iacute;culo 14 constitucional. Los que se realizan en el marco de un procedimiento de declaraci&oacute;n de procedencia son actos de car&aacute;cter jurisdiccional, afirma con rotundidad Andrade.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Su tesis es del todo correcta, a la luz del sentido com&uacute;n y sobre todo a la luz de lo que establece nuestro ordenamiento jur&iacute;dico: el art&iacute;culo 25 de la Ley de Responsabilidades dispone que la Secci&oacute;n Instructora debe practicar todas las diligencias conducentes a establecer la existencia del delito y la probable responsabilidad del inculpado. Para esto la secci&oacute;n debe desarrollar actos de car&aacute;cter materialmente jurisdiccional, no administrativo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La duda que podr&iacute;a surgir, sin embargo, es la profundidad con que la Secci&oacute;n Instructora tiene que desarrollar esas actividades de car&aacute;cter jurisdiccional. Es decir, la pregunta que se debe contestar es si la secci&oacute;n debe llevar a cabo una actividad sustancialmente id&eacute;ntica a la que se desarrolla en un juicio penal, con todas las formalidades, antes de emitir su dictamen. La respuesta a esta pregunta debe ser negativa, por una sencilla, pero contundente raz&oacute;n: un juez penal tiene que decidir si la persona enjuiciada es o no culpable, mientras que la Secci&oacute;n Instructora no decide sobre la inocencia o culpabilidad, sino que se limita a:&nbsp;<i>1)</i> Verificar que la persona acusada efectivamente tenga la protecci&oacute;n de la inmunidad que le otorga el fuero;&nbsp;<i>2)</i> Constatar la existencia del delito; y&nbsp;<i>3)</i> Establecer la probable responsabilidad del inculpado. Nada m&aacute;s. Esos dos requisitos sirven, por ejemplo, en un proceso penal, para que un juez libre una orden de aprehensi&oacute;n, pero no para que dicte una sentencia condenatoria. Por lo tanto, la Secci&oacute;n Instructora debe desarrollar una labor materialmente jurisdiccional, pero con una intensidad menor a la que se desarrolla ante la autoridad judicial. Como lo escribe nuestro autor:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La diferencia con un juicio penal es que en este &uacute;ltimo debe quedar&nbsp;<i>probada</i>&nbsp;la responsabilidad para poder condenar, y en el juicio de procedencia basta con que la secci&oacute;n estime que es&nbsp;<i>probable</i>&nbsp;dicha responsabilidad, sin prejuzgar de la culpabilidad, pero s&iacute; considerando que dicha culpabilidad puede darse en raz&oacute;n de la probable responsabilidad.</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El libro de Andrade tiene otras muchas cuestiones que deben ser comentadas y analizadas, sobre todo en el momento pol&iacute;tico tan delicado que est&aacute; viviendo el pa&iacute;s. Su lectura arroja una multitud de ense&ntilde;anzas y nos permite afirmar la conveniencia de proceder a una revisi&oacute;n integral del sistema de responsabilidades de los servidores p&uacute;blicos. El texto de Andrade nos pone frente a una evidencia: el sistema para exigir responsabilidades fue pensado para un M&eacute;xico distinto al que estamos viviendo. La posibilidad de poner casi todo el procedimiento en manos de &oacute;rganos pol&iacute;ticos como lo son las c&aacute;maras del congreso quiz&aacute; tuviera sentido en tiempos pasados, pero actualmente arroja m&aacute;s sombras que certezas. Quiz&aacute; para el futuro ser&iacute;a necesario ir pensando, con base en la abundante evidencia te&oacute;rica y emp&iacute;rica que re&uacute;ne Andrade en su libro, en judicializar el procedimiento de desafuero, de forma que las determinaciones sobre la declaraci&oacute;n de procedencia quedaran exclusivamente en manos de las autoridades judiciales, tal vez con la excepci&oacute;n de las acusaciones contra el presidente de la rep&uacute;blica.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Si se decide judicializar la declaraci&oacute;n de procedencia, se tendr&iacute;a que pensar en un mecanismo que no "contaminara" al &oacute;rgano jurisdiccional competente, evitando de esa forma que estuviera impedido para conocer en momentos posteriores de las posibles impugnaciones al proceso penal o administrativo que se siguiera contra un funcionario que hubiera sido desaforado. Por ejemplo, la decisi&oacute;n sobre el retiro del fuero podr&iacute;a dejarse en manos de una sala&nbsp;<i>ad&#45;hoc</i>&nbsp;de la Suprema Corte de Justicia de la Naci&oacute;n, integrada por tres ministros; eso no representar&iacute;a un obst&aacute;culo para que la misma corte, sesionando en pleno, pudiera conocer de un eventual recurso interpuesto contra alguna de las secuelas del procedimiento que se abrir&iacute;a en caso de considerar procedente el retiro del fuero.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La judicializaci&oacute;n del desafuero evitar&iacute;a las sospechas sobre el posible uso partidista del mismo con el objetivo de eliminar a adversarios pol&iacute;ticos, sobre todo hasta en tanto el Ministerio P&uacute;blico no tenga autonom&iacute;a frente a los poderes ejecutivos federal y locales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El tema del juicio pol&iacute;tico merece una consideraci&oacute;n aparte, pues en efecto, como lo se&ntilde;ala Andrade, es un rasgo propio del sistema parlamentario. &iquest;Estamos dispuestos a ir introduciendo elementos de ese sistema en la Constituci&oacute;n y a perfeccionar los ya existentes? La respuesta deber&iacute;a ser afirmativa si somos capaces de quitarnos las anteojeras que todav&iacute;a nos hacen pensar que los sistemas pol&iacute;ticos deben ser puros, o presidenciales o parlamentarios, o centralistas o federales, o mon&aacute;rquicos o republicanos. A veces olvidamos que el mejor r&eacute;gimen pol&iacute;tico es el que sea funcional, y que la pureza de los sistemas est&aacute; muy bien, si acaso, en los libros de texto, pero casi nunca resulta &uacute;til para la realidad pol&iacute;tica. En el caso de M&eacute;xico, la funcionalidad del sistema pol&iacute;tico, a partir del fuerte y novedoso peso del Poder Legislativo, debe conducirnos hacia la introducci&oacute;n de algunas caracter&iacute;sticas parlamentaristas, como la moci&oacute;n de censura o la figura del jefe de gabinete.<sup><a href="#notas">5</a></sup></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El mayor valor del libro de Eduardo Andrade es que nos ense&ntilde;a de d&oacute;nde venimos, en d&oacute;nde estamos actualmente situados y hacia d&oacute;nde podemos avanzar en materia de responsabilidades de los funcionarios p&uacute;blicos. No es poco si tenemos en cuenta los tiempos de confusi&oacute;n, encono y mala fe que parecen caracterizar a nuestra vida p&uacute;blica por momentos. El rigor en el an&aacute;lisis y la claridad de pensamiento que est&aacute;n presentes en cada p&aacute;gina del libro de Andrade son caracter&iacute;sticas que siempre se agradecen, pero que destacan m&aacute;s ante escenarios pol&iacute;ticos como el nuestro; por eso es tan gratificante y tan recomendable su lectura.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><a name="notas"></a><b>Notas</b></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> Citado por Juli&aacute;, Santos,&nbsp;<i>Historia de las dos Espa&ntilde;as</i>, Madrid, Taurus, 2004, p.16.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1615810&pid=S0041-8633200500020001200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> <i>Adi&oacute;s al PRI</i>, M&eacute;xico, Oc&eacute;ano, 1995, p. 98.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1615812&pid=S0041-8633200500020001200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> Diego Valad&eacute;s ha explicado recientemente que en materia de sustituci&oacute;n presidencial la Constituci&oacute;n mexicana presenta enormes y peligrosas lagunas; v&eacute;ase su trabajo "La sustituci&oacute;n presidencial en M&eacute;xico y en derecho comparado", en Carbonell, Miguel (coord.),&nbsp;<i>Derecho constitucional. Memoria del Congreso Internacional de Culturas y Sistemas Jur&iacute;dicos Comparados</i>, M&eacute;xico, UNAM, Instituto de Investigaciones Jur&iacute;dicas, 2004, pp. 861 y ss.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1615814&pid=S0041-8633200500020001200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>4</sup> La dificultad para realizar una sustituci&oacute;n del titular del Poder Ejecutivo sin sobresaltos es, justamente, una de las cr&iacute;ticas que los defensores del sistema parlamentario hacen a los reg&iacute;menes presidenciales. V&eacute;ase en este sentido las observaciones de Linz, Juan, "Los peligros del presidencialismo", en Diamond, Larry y Plattner, Marc F.,&nbsp;<i>El resurgimiento global de la democracia</i>, trad. de Isabel Vericat, M&eacute;xico, UNAM, 1996;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1615816&pid=S0041-8633200500020001200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref -->&nbsp;<i>id</i>., "Democracia presidencialista o parlamentaria, &iquest;hay alguna diferencia?", en&nbsp;<i>Presidencialismo&nbsp;</i>vs. parlamentarismo, Buenos Aires, 1988;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1615817&pid=S0041-8633200500020001200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref -->&nbsp;<i>id</i>. y Valenzuela, Arturo (comps.),&nbsp;<i>La crisis del presidencialismo</i>, vol. I:&nbsp;<i>Perspectivas y comparaciones</i>, Madrid, Alianza, 1997.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1615818&pid=S0041-8633200500020001200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>  	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup> V&eacute;ase, en este sentido, las consideraciones de Valad&eacute;s, Diego,&nbsp;<i>El gobierno de gabinete</i>, M&eacute;xico, UNAM&#45;IIJ, 2003.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1615820&pid=S0041-8633200500020001200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body><back>
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